Juan Carlos Onetti, los encierros y el impulso creativo

Ahora que la esperanza se vislumbra al final del túnel pandémico, reflexionamos sobre el valor de nuestras actitudes durante este extraño  aislamiento. De nuestra pasividad o de nuestra creatividad y de muchos que, por distintas circunstancias, hicieron del obligado enclaustramiento un elemento de pulsión para proyectar sus escritos. En verdad el hecho no es nuevo, ya el marqués de Sade o el mismísimo Miguel de Cervantes Saavedra crearon parte de sus obras hallándose en prisión.

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 – Madrid, 1994), quizás el mejor exponente de las letras uruguayas contemporáneas, sufrió en su larga vida tiempos de encierro, en las cárceles de la dictadura militar, en sus largos años de exilio y luego, en su convalecencia a causa de una salud quebradiza, aislamientos que de una manera solapada y en otras más explícita influyeron en muchos de sus textos.

Si larga fue su existencia también fue extensa su producción literaria. El escritor publicó innumerables artículos periodísticos, sus primeros relatos breves fueron publicados por entregas en la prensa escrita, y luego con éxito en forma de libro. También son muy reconocidas una quincena de sus novelas, entre otras: El pozo; La muerte y la niña;, Cuando ya no importe, y en particular la denominada “trilogía de Santa María” compuesta La vida breve; El astillero; y Juntacadáveres.

Onetti fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en el año 1967 con Justacadáveres, galardón que le fue concedido a Mario Vargas Llosa por La casa verde; en 1980 fue merecedor del Premio Cervantes de Literatura, y también en el mismo año fue postulado para el Premio Nobel. Aún así, son muchos los que piensan que el uruguayo no ha tenido hasta la fecha el reconocimiento que en verdad se merecería.

El siguiente es el texto de su cuento El gato:

“Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable. De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.
Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.
John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad. Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.
Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:
–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estábamos prácticamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Íbamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.
Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johnny dijo sin mirarme:
–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.
–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cócteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.

Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya basta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseábamos.
Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:
–Lo que explica para cualquier tipo inteligente porque desde entonces solo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco”.

Paul Auster, legados de familia

Son tiempos de introspección, de sopesar y revalorizar nuestro futuro. Para ello, son muchos los que en un intento de dar respuesta a los interrogantes que les surgen en este presente tan particular, buscan rescatar textos ligados a historias existenciales que fueron éxito en el pasado.

En realidad, estos mecanismos de búsqueda de orientación no le son ajenos al ser humano. Surgen ante puntuales situaciones de vacío, en las que se busca volver hacia las esencias, como orientación y también, para encontrar sosiego. Lo saben aquellos que han surcado algunas décadas de vida, con el peso adicional que se va sumando en el consciente, carga que a veces llega a transformarse en un verdadero estigma de la existencia.

Esto es lo que de alguna manera debe haber sentido Paul Auster (1947 – Newark, New Jersey), ante la ausencia de su padre (“era un hombre invisible”) en un importante tramo de su vida. Relación inexistente y vacua que el escritor, muchos años después de la defunción de su progenitor, sintió la necesidad de analizar para volcar sus impresiones en un trabajo literario que es toda una introspección, y que tiene mucho de reflexión sobre la vida y la muerte.

El estadounidense además es el creador de una extensa obra literaria, que abarca la novela: Trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas, Leviatán, Brooklyn Follies, Sunset Park; el relato: El cuaderno rojo; la poesía: Dasapariciones; guiones y adaptaciones cinematográficas: Smoke; Blue in the face; La vida interior de Martin Frost; y el texto teatral: Escondite; Laurel y Hardy van al cielo. Producción por la que ha sido galardonado con varios premios: Premio del Gremio de libreros (Madrid); Caballero de la Orden de las artes y las letras (Francia); Premio Príncipe de Asturias de las letras (España).

El texto a continuación pertenece a su novela autobiográfica La invención de la soledad, que se convirtió en todo un proceso catártico para el autor. Con ella logró desentrañar una parte de la personalidad de su padre y sus consecuencias en la existencia del propio Auster, en definitiva, trata de la importancia que cobran en nuestra vida los legados familiares impuestos:

“…En la última conversación telefónica que tuvimos diez días antes de su muerte, me dijo que la casa se había sido vendida y que el trato se cerraría el primero de febrero, unas tres semanas más tarde. Quería saber si había algo en la casa que me sirviera y quedé en ir a visitarlo con mi esposa y Daniel el primer día libre que tuviera. Murió antes de que tuviéramos oportunidad de hacerlo.

Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y solo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen. ¿Qué puede decirnos, por ejemplo, un armario lleno de ropa que espera en silencio ser usada otra vez por un hombre que no volverá a abrir la puerta? ¿Y los paquetes de preservativos en cajones llenos de ropa interior y calcetines? ¿Y la afeitadora eléctrica que está en el baño, todavía llena de la pelusa del último afeitado? ¿O una docena de frascos vacíos de tinte para el pelo escondidos en un maletín de piel? De repente se revelan cosas que uno no quiere ver, no quiere saber. Producen un efecto conmovedor, pero al mismo tiempo horrible. Por sí mismas, las cosas no significan nada, como los utensilios de cocina de una civilización antigua; pero sin embargo nos dicen algo, siguen allí no como simples objetos, sino como vestigios de pensamientos, de conciencia; emblemas de la soledad en que un hombre toma las decisiones sobre su propia vida: teñirse el pelo, usar una camisa u otra, vivir o morir. Y una vez que ha llegado la muerte, todo es absolutamente inútil.

Cada vez que abría un cajón o metía la cabeza en uno de sus armarios, me sentía como un intruso, un ladrón saqueando los lugares secretos de la mente de un hombre. Tenía la sensación de que mi padre entraría en cualquier momento, me miraría con incredulidad y me preguntaría qué demonios estaba haciendo. No parecía justo que no pudiera protestar; yo no tenía derecho a invadir su vida privada.

Un número de teléfono garabateado de prisa al dorso de una tarjeta de visita decía: <H. Limeburg. Todo tipo de cubos de basura>. Fotografías de la luna de miel de mis  padres en las cataratas de Niágara, en 1946: mi madre sentada con nerviosismo sobre un toro, posando para una de esas fotos cómicas que nunca resultan cómicas. Una súbita sensación de qué irreal que había sido la vida, incluso en su prehistoria. Un cajón lleno de martillos, clavos y más de veinte destornilladores. Un archivador lleno de cheques cancelados de 1953 y las tarjetas de felicitación que recibí para mi sexto cumpleaños. Y luego, enterrado en el fondo de un cajón del baño, un cepillo de dientes con iniciales grabadas que había pertenecido a mi madre y que nadie había tocado o mirado en más de quince años.

La lista era interminable…”

 

 

La frase

        “Escribimos para un lector ideal, y un libro es una máquina para construir ese lector”                                                                                                                                                ( Umberto Eco )

 

Literatura de confinamiento

La estricta cuarentena nos ha impulsado a la búsqueda del necesario equilibrio.  Y sin lugar a dudas, la falta de precedentes en esta materia nos ha llevado a echar mano de nuestra máxima inventiva, en la que la palabra escrita a través del microrrelato se ha revelado como un firme soporte terapéutico.  O tal vez, simplemente, como impulso creativo que nos permita proyectarnos más allá de los efímeros tiempos presentes

Estos textos fueron publicados en el diario El Espectador de Colombia.

Gatos 

Las comunidades del norte y del sur están enfrentadas, el norte carece de personal para la recogida de sus cosechas de fruta y verdura; anuncia que si el sur no envía a sus trabajadores, estas se pudrirán en los campos. El sur se niega, no quiere poner en riesgo la salud de sus contratados subsaharianos por el coronavirus. Escucho la noticia y se me tuerce el gesto. —¡Pues vaya! — dice mi gata. La miro atónita —no sabía que los gatos hablaran.

—Pues ahora ya lo sabes— dice socarrona. —Tú eres la suministradora de comida, ¿qué vamos a hacer ahora que me has convencido para ser vegetariana?, estos no dejaran venir a nadie, no por el coronavirus si no porque son todos emigrantes sin papeles.

—Ya, igual les dan la nacionalidad y así…— balbuceo. 

—¡Pero tú en que mundo vives! — me responde furiosa. 

—En el país vecino lo han hecho— contesto tímidamente.

—Vosotros los humanos no dejáis títere con cabeza.

—¡No te enfades!, que hoy se han reunido los países de la Unión Europea para emitir coronabonos a los países más débiles. 

Con gesto despectivo y voz de mando dice —ábreme la puerta no soporto vivir con carnívoros ilusos y estúpidos. 

Rosa Reis

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Día de dragones

Somos los dragones de la noche. Pertenecemos a una estirpe temida por muchos, pero conocida por pocos. Mis hermanos y yo siempre tenemos un hambre insaciable y, por eso, contamos las horas, los minutos, los segundos para salir a cazar. No es fácil esperar a que todo se aquiete, a que la ciudad se duerma. 

Nuestros enemigos son los seres del sol. Criaturas monstruosas carentes de piel peluda, de alas y, lo más raro, sin dientes afilados. Estos seres extraños emiten sonidos insoportables para nuestros oídos. Golpean a sus hembras y enjaulan a otros animales, los dejan así durante varias lunas y luego los sacan para quemarlos en agua caliente.  Algunos de nuestros hermanos caen en sus garras. 

De pronto, el silencio. Llega la hora de salir de la cueva. Sin pensar, nos convertimos en una espiral que emite un hermoso silbido, mientras nuestras alas luchan para no chocarse.  Y es que la luz quema nuestros ojos, nos miramos con extrañeza. Es de día.  

¿Por qué hay silencio? ¿dónde están los monstruos del sol? Volamos hacia la ciudad y abajo vemos calles vacías, gobernadas por un viento frío.  No pronunciamos palabra alguna. El tiempo de los seres del sol, termina hoy. Comienza la era de los murciélagos.

Angélica Villalba Cárdenas

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Distanciamiento social

Y en estos días que prohibido es un abrazo, un beso es impensable; que desde lejos solo me queda mirarla; logro ver con más claridad ese paisaje en que el vivo, logro atesorar más cada gesto, cada olor. En estos días en que las sonrisas se esconden tras los variados modelos de tapa bocas, qué falta hace en cualquier plaza un café, que sin, con 1 o 2 de azúcar, el bullicio de la gente, la velocidad de la vida que en otro momento parecía desbordarnos. Y en estos días tenemos la excusa perfecta para hacer esa llamada que hubiese aguardado por una fecha especial; para enviar un abrazo virtual; para mirarnos hacia dentro y, quizá, asustarnos un poco.

David Felipe Morales

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Chernóbil- Medellín 

No había pasado ni una semana desde que Yvona Shevchenko llegara a Medellín. Era la primera vez que salía de su país, Ucrania, cruzando mares y océanos atraída por las verdes montañas de la ciudad de la que su mejor amiga tanto le había hablado. Montañas que solo podía ver desde su ventana mientras, sentada frente al escritorio, cumplía el aislamiento obligatorio ordenado por las autoridades y aprovechaba el tiempo para iniciarse como escritora. Quería, en principio, relatar su infancia marcada por aquellas largas noches esperando a que llegara su padre del trabajo como inspector de seguridad en una plata nuclear.  Yvona ahora estaba al otro lado de su mundo tratando de entender una tragedia mundial marcada por un virus peor que aquella pesadilla radiactiva del Chernóbil de su infancia.

Mauricio Cadavid Londoño

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Clandestinos

En el mundo de las calles vacías y del encierro obligatorio, los primeros que perdieron su puesto fueron los besos clandestinos. Los míos están muriendo de hambre.

Sandra Guzmán

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León

El hombre del que les voy a hablar se llamaba… su nombre no importa. Lo que nunca se les olvidó a los empleados del zoológico es lo que el muchacho le hizo al león. Así como lo oyen, lo que le hizo al león, durante la noche. Su apellido era León. Siempre lo escribía con letra minúscula, porque podía sentir la fuerza del animal. Cuando la profesora le hacía la corrección en el cuaderno, le invadía una flojera que lo dejaba fulminado en treinta segundos. Como repitió curso, su madre le quitó el apellido y le dejó solo el de ella (…Callado). Y, así estuvo, callao durante mucho tiempo. Lo llevaron al zoológico, un domingo. Al león lo anestesiaron a última hora de la tarde. El muchacho se quedó observando como dormía y los padres se fueron a ver la última función de los delfines. Cuando cerraron el zoológico, el chico había desaparecido. Los padres se marcharon a la comisaria. La mañana siguiente, cuando el veterinario fue a ver al león, encontraron al muchacho dentro de jaula, revolcándose con la cabeza y la cola del animal. El resto del cuerpo no lo encontraron… «Tú quién eres?», «soy león».

Verónica Bolaños

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La frase

Los libros se escriben para unir, por encima del propio aliento, a los seres humanos; y así             defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”                                                                                                                                                  Irene Vallejo )

Luis Sepúlveda, la historia de Fernando

El Chaco es una extensa región que abarca una importante franja en el noreste de la república Argentina, el sureste de la de Bolivia y atraviesa el territorio central del Paraguay. Tiene una forestación propia que oscila entre el monte bajo y el bosque tupido, a punto que en un vasto sector argentino recibe el nombre de El Impenetrable. Aunque su significado real deviene de la lengua aborigen, el quechua, que nombra al  lugar que se hace servir como zona de caza.

La particularidad del suelo chaqueño en el que se desarrolla una importante industria maderera, su clima subtropical atravesado por ríos caudalosos, a los que hay que sumar la variopinta mezcla de su gente con sus idiomas: el castellano de importación y los autóctonos, el guaraní y el quechua, conforma la característica con los que se cincela la personalidad de los locales y también, la de los braceros foráneos que se emplean en la mano de obra de las haciendas y los inmensos aserraderos.

En el entorno de esta particularidad geográfica es lógico que surjan infinidad de historias, algunas proceden de la imaginería ancestral que emana de la selva, otras, que se han alimentado de seres que oscilan entre lo irreal y lo absolutamente verdadero. Es por ello que, en la singularidad de los tiempos presentes, donde más que nunca sopesamos el valor de las auténticas compañías y todavía más, de nuestras legítimas libertades, sobresale la historia de un perro que hizo de su independencia su modo de vida y también, su manera de servir a la comunidad que lo aceptó como a uno más de sus integrantes.

El que sigue es el texto completo de Fernando:

“Algún día perdido en la memoria de los vecinos de Resistencia, en el Chaco, por sus calurosas y húmedas calles se vio cargar a un forastero que cargaba una guitarra mientras charlaba amigablemente con un perro de raza desconocida que lo acompañaba con fidelidad de sombra. El desconocido llamó a la puerta de una pensión y, tras presentarse como artista ambulante, cantor de boleros para mayor precisión, preguntó si él y su perro podían hospedarse.

   -Siempre cuando respeten las horas de siesta. Vos no cantás y el perro no ladra –le respondieron.

   La siesta es larga en el Chaco. Las horas de reposo pasan lentas y apacibles como las aguas del Paraná. Bajo el rigor canicular las brisas se alejan hacia territorios que nadie conoce, no canta el hornillo, el surubí cierra los ojos redondos en el fondo del río, y las gentes se abandonan a un sopor profundo y benéfico.

   A los pocos días de llegar, el cantor se durmió para siempre en una siesta. Al descubrir el triste suceso, el dueño de la pensión y los vecinos comprobaron que sabían muy poco, casi nada, de aquel hombre.

   -Uno de los dos obedece al nombre de Fernando, pero no sé si es él o el perro –comentó alguno.

   Luego de sepultar al cantor, y como una forma de respetar su memoria, los vecinos de Resistencia decidieron adoptar al perro, lo llamaron Fernando y le organizaron la vida: el dueño de un boliche se comprometió a darle cada mañana un tazón de leche y dos medias lunas. El perro Fernando desayunó durante doce años en el mismo boliche y en la misma mesa. Un matarife decidió servirle cada mediodía un trozo de carne con hueso. El perro Fernando acudió puntualmente a la cita durante toda su vida. Los artistas del Fogón de los Arrieros, una casa sin puertas en la que todavía los caminantes encuentran lugar de reposo y mate, aceptaron al perro Fernando como socio de la institución, donde destacó como implacable crítico musical. Tal vez heredado de su primer amo, el perro poseía un agudo sentido de la armonía, y cada vez que algún músico desafinaba debía soportar la reprimenda de los aullidos de Fernando.

Mempo Giardinelli me contó que, durante un concierto de un prestigioso violinista polaco en gira por el noreste argentino, el perro Fernando escuchó atentamente desde su lugar en primera fila, con los ojos cerrados y las orejas atentas, hasta que una pifia del músico le hizo proferir un desgarrador aullido. El violinista suspendió la interpretación y exigió que sacaran de la sala al perro. La respuesta de los chaqueños fue rotunda:

   –Fernando sabe lo que hace. O tocás bien o te vas vos.

   Durante doce años, el perro Fernando se paseó a su anchas por Resistencia. No había boda sin los alegres ladridos de Fernando mientras los recién casados bailaban un chamamé. Si Fernando faltaba a un velorio, era todo un desprestigio tanto para el muerto como para los deudos.

   La vida de los perros es por desgracia breve, y la de Fernando no fue una excepción. Su funeral fue el más concurrido que se recuerda en Resistencia. Las nota necrológicas llenar de pesar los periódicos locales, incontables paraguayos cruzaron la frontera para manifestar su sentida aflicción, los caciques de la política cantaron loas a sus virtudes ciudadanas, los poetas leyeron versos en su honor, y una suscripción popular financió su monumento, que se levanta frente a la casa de Gobierno, pero dándole la espalda, es decir, mostrándole el culo al poder.

   Hace un par de semanas, con mi hijo Sebastián que se inicia en los senderos que amo, salimos de Resistencia para cruzar el Chaco Impenetrable. En el límite de la ciudad leímos por última vez el letrero que dice: <Bienvenidos a Resistencia, ciudad del perro Fernando>.”   

Este relato breve pertenece a la antología Historias Marginales del autor chileno, quien es uno más de los que se encuentran en larga convalecencia a causa del virus Covid-19, a quien deseamos una definitiva recuperación.

 

De lecturas y de vida

Es evidente que la humanidad está atravesando circunstancias nunca vistas con anterioridad. Y al sector de la cultura y específicamente del libro, le requerirá ideas arriesgadas y creativas para que le permitan subsistir y continuar captando a viejos y nuevos lectores.

Las constantes cancelaciones de ferias (Londres, París, el Sant Jordi catalán, la feria de Madrid) son solo algunas de las consecuencias que han acarreado el freno de la actividad literaria. Y otra instancia, el obligado cierre de librerías, hace que queden solo las plataformas electrónicas como único acceso al material de lectura.

En los últimos días las editoriales y sus webs se han afanado en hacer que sus textos físicos, electrónicos o en forma de audio, fueran más que atrayentes a los ojos y en especial al bolsillo de cualquier lector, con ofertas que en muchos casos llegan hasta la pérdida de las tres cuartas partes de su último valor de venta.

También las pequeñas librerías, quienes con mucho esfuerzo resistieron los embates de la crisis del año 2008 piensan, más allá de las ayudas que puedan recibir de las autoridades gubernamentales, en implementar una táctica cercana al crowdfunding donde, con un método basado en la confianza mutua,  intentarían afrontar sus inmediatas necesidades económicas. Así, el cliente pagaría por adelantado el libro que desea, y el librero le haría la entrega del ejemplar una vez que se autorice la reapertura de las tiendas.   

Dada la dimensión que van tomando los hechos, para permitir que sus producciones se sigan dando a conocer, han reaccionado además muchos reconocidos escritores. Es el caso de J.K. Rowling, autora de la reconocida  saga de Harry Potter quien, para abaratar el precio final de sus historias, ha decidido dejar de cobrar los derechos de autor por un tiempo determinado, con serias  posibilidades de que muchos más se sigan sumando a la acción.

Por lo cual, una situación de excepción como la que vive el planeta necesitará, una vez más, de flamantes acciones y de un esfuerzo mancomunado de los componentes del sector para superarla. Ya lo sintetizó de manera certera el científico Albert Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.  

FLF.-

 

La frase

 “El totalitarismo ha tomado mucho el modelo paterno. Porque lo que define al totalitarismo      no son los campos de concentración o las ejecuciones masivas. Lo que lo define es esa                  paternidad infinita donde el líder (o el estado o el partido) es el padre de todos, tiene un              poder absoluto sobre ti (siempre por tu pronto bien, claro), sabe lo que necesitas mejor que        tú y, sobre todo, nunca va a reconocer tu mayoría de edad”      ( Enrique del Risco )

Tánger, la ciudad que hechizó a artistas y escritores

Recostada sobre el Atlántico, frente al estrecho de Gibraltar, fue su ubicación privilegiada y su belleza las que la hicieron objeto preciado de muchos conquistadores. Con los años, su importancia como puerta del Magreb, despertó la atracción de  artistas y escritores quienes decidieron no conquistarla y sí instalarse  en ella para, siendo una ciudad árabe, disfrutar de su espíritu abierto y cosmopolita.

Esteban Feune de Colombi

El texto siguiente fue reproducido en el matutino La Nación de Buenos Aires.

La foto. Qué placer describir fotos. Blanco y negro tirando a sepia con el horizonte chueco, como si un niño se hubiera metido en el cuarto oscuro para torcer el fondo. Tres protagonistas, dos fisgones y el hombre de la cámara. 1957, Tánger. Una playa mansa y algunas construcciones detrás. Técnicamente: una bahía.

A la izquierda, de pie sobre la arena, un desgarbado Peter Orlovsky  (24 años) en traje de baño, las piernas apenas flexionadas en pose anómala, los puños cerrados, una sonrisa que no fue captada en su mejor sonrisa. A su lado está Kerouac (35 años) -ese apellido vuelto minarete de nomadismo y literatura- con cierto aire a De Niro en Toro salvaje: las patas elásticas en tensión, los brazos rodean la espalda, el bóxer arremangado se adhiere a la piel en señal de un reciente chapuzón, un franco y pícaro reír, ¿un diente roto? Me gustaría saber qué piensan las personas impresas en gelatina de plata.

Al lado del autor de En el camino, es decir a la derecha de la imagen, un Burroughs (43 años) socarrón vestido con jeans y chamarra, echado en la arena como un camello que duerme su plácida siesta desértica, quién sabe si colocado, pera sobre nudillos, las puntas de los botines casi-casi se van de cuadro. En segundo plano asoma un fisgón caminando que parecería emular la facha de Orlovsky y de Kerouac; en la mitad exacta de la instantánea el otro fisgón parecería emular la facha de Burroughs.

¿El fotógrafo? Adivinen y ganan el pozo. ¿Se los digo? Es bastante obvio. Ginsberg (31 años), nada menos que el poeta Allen Ginsberg, eterno compañero de Orlovsky y pieza vital del movimiento beatnik. Al pie de la copia el retratista escribió a mano con letra redondita, de secundario (resumo): “Orlovsky y Kerouac entrecierran los ojos al sol de la tarde. Burroughs con anteojos y una chaqueta verde oliva, muchachos marroquíes interesados, el puerto y la aduana en el fondo, donde Peter y yo atracamos a bordo del carguero yugoslavo que nos trajo desde Nueva York”.

Peter Orlovsky, Jack Kerouac (parados) y William Burroughs, acostado sobre la arena.

La cosa sigue, se pone melancólica. Hay incluso más placas de la misma sesión. ¿Qué demonios fabricaban estos yanquis, segunda camada de expats, en Tánger? Ayudaban al yonqui Burroughs -que había asesinado a su mujer en México unos años antes en un lioso episodio a lo Guillermo Tell- a mecanografiar en la habitación 9 del hotel el-Muniria, apodado por ellos Villa Delirium, lo que sería su entrada en la literatura grande, la novela El almuerzo desnudo, alucinado rompecabezas vuelto agobiantes metros de celuloide por Cronenberg a principios de los 90, unos meses después de que Bertolucci hiciera lo propio con El cielo protector, del neoyorquino Paul Bowles, socio vitalicio de la ciudad que entre 1923 y 1956 fue dominio compartido de España, Francia, Inglaterra, Portugal, Bélgica, Holanda, Suecia, Estados Unidos e Italia. “Una úlcera cosmopolita” al decir de Paul Morand, diplomático y novelista parisino.

Todo esto sucede -aquella foto y la descripción de aquella foto, que tengo en el bolsillo y que se parece a las que cuelgan del barsucho Tanger Inn, de paredes enmohecidas, chinches trepidantes y un cóctel de vodka con Coca bautizado Burroughs, ja- en una aletargada playa sobre la que dejo mis huellas junto a un camello de alquiler, una playa desde la que se ve Europa y sugiere, no sé exactamente dónde, la extática y a la vez angustiante posibilidad de cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar a Tarifa por 200 euros en un jet ski clandestino que en ocho minutos perpetra la felonía. Esto no lo googleo, me lo cuenta Khalil, el sereno del teatro Cervantes, abandonado desde hace añares y donde actuaron Enrico Caruso, Lola Flores, Antonio Machín e Imperio Argentina, entre otras figuras internacionales.

“¡Khaliiiiiil!”, zumba Ousama desde su choza de adobe, chapa y caña en el estacionamiento que custodia. Khalil como Gibrán, el escritor libanés. Ousama aspira tabaco y estira su mano ahuecada con un polvito marrón, ofreciendo. Non, merci. “La cocaína de los pobres”, decreta con sentido del humor. Conversamos en una entretenida cruza de español y francés, y yo me concentro en su chilaba, la túnica con capucha onda Ku Klux Klan que cunde por estos lares. Me visitan personajes, olores e incidentes de esta porción del mundo que se colaron en libros de tantos autores. O en cartas.

Pasa un pavo real desprogramado (!), entreveo unas inscripciones del Corán y arremete el tenor: “¡Khaliiiiiil!”. Pienso: ninguna cocaína, eso es rapé; el rapé que los expedicionarios españoles y portugueses llevaron a sus países desde América latina. En fin. Sobrevolado por gaviotas al atardecer, el Cervantes permanece quieto como ojo de vidrio, promiscuo en su dejadez, mientras el estacionamiento -lo vieran: parece Teherán- se inunda de motos chinas con acoplado. Llega Khalil en jogging y babuchas. “Salam aleikum, aleikum salam.” Me pregunta si tengo algún permiso. Claro que no, pero entramos igual. Mira alrededor, abre el candado de la reja roída, prende la linterna de su celular y empezamos, en compañía de dos gatos negros, el penumbroso recorrido por las fauces del teatro.

Primero la sala, con sus butacas hechas puré, amontonadas como en una instalación de Ai Weiwei. “Acá estaba el despacho de billetes, en este lugar se cambiaban los actores, ahí era el palco del rey, allá se ven algunos decorados”, me va diciendo el improvisado guía mientras sorteamos agujeros en el piso de madera. Es alto, flaco, pelado, con dos dientes para un reír honesto, nada desastroso. Da la sensación de que todo se detuvo una noche así como así: “Murcia, 1-4-70”, se lee en una pared de madera adornada con pósteres de diversos espectáculos.

El póquer de escritores estadounidenses de la foto inicial se juntaba, por ejemplo, en el legendario Gran Café de París, en esquina frente a la Place de France. En esa Biela de holgazanes también se agolpaban, separadamente, el rifeño Mohammed Chukri, el francés Jean Genet y el irlandés Samuel Beckett -primera camada de visitantes- bajo embriagadoras volutas de kif, ese non plus ultra de la marihuana. ¿Qué quedará de los paisajes tangerinos de Matisse expuestos en los museos Pushkin o Grenoble, que veneraba Gertrude Stein y que huelen mágicamente a esencias disipadas en el tiempo, amasijo de sabiduría y éxtasis a principios del XX? No por nada la habitación 35 del hotel Villa de France se llama Henri Matisse.

Procesiones de tés morunos en la terraza del Hafa, ese cafecito que balconea sobre el mar y donde el ajedrez urde una perfecta y económica suspensión de las horas para cualquier hombre de letras. Cortejo de Gore Vidal y Truman Capote, rivales, en planeos homoeróticos. ¿En qué recovecos Cecil Beaton y Somerset Maugham, por decir algo?

¿Y André Gide? De él se rumorea que luego de acostarse con algún dócil jovenzuelo marroquí, deporte que practicaba a menudo, le hacía creer que en Francia era un escritor muy conocido y le rogaba que memorizara bien memorizado su nombre, por si las moscas: “François Mauriac”. La anécdota se lee en Museo del chisme, del escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, director de Fantasmas de Tánger y dueño de esta reflexión: “El verdadero exotismo de la ciudad es social, humano, aun años después de clausurada la zona internacional”. ¿Y Patricia Highsmith? ¿y William Saroyan?, ¿y Barthes y Foucault?, ¿y los españoles?, ¿y la Librairie des Colonnes, que los celebra a todos?

Las preguntas así no se contestan en un tris; es más, quizá no se contesten. nunca. Su mera postulación instaura un desovillado camino de cálculos y oráculos muchas veces basados en corazonadas. Elijo así el París para todo un día. Me adueño de una mesa en la que bien pudo haber doblado su esqueleto Tennessee Williams. El dramaturgo aterrizaba a las diez y media de la mañana, después de haber fatigado su cuaderno durante el alba, y pedía un fernet con Coca -cordobés avant la lettre- y el diario para sopesar esa magnífica situación de no hacer nada haciéndolo todo, mirando la gente pasar, soñando despierto. Lo imito, pero con té de menta en vaso largo por la módica de 10 dírham (un dólar). Me convierto, de pronto y por deporte, en Georges Perec, que no estuvo acá, pero bien habría podido. Él, que agotó una esquina de la place Saint-Sulpice en un librito sensacional de 1975, me da el puntapié para que haga lo propio.

Las 13.39. No hay nubes ni wifi. A mi derecha una casa antigua sobre la que flamea una bandera francesa. En la puerta hay dos policías (pasa una ambulancia Renault, suenan varios silbatos) de pistola, cachiporra y walkie-talkie; detrás de ellos, en la pared, un cartelito con forma de flecha pone visas en francés, árabe y bereber. Bocinazo agudo, bocinazo grave. A mi izquierda y casi rozando el techo del toldo, dos enormes árboles que parecen recién podados. El poder de sentarse a mirar sin hacer otra cosa. Sentarse y mirar. Sentarse. Mirar. Estar. Tres adolescentes en un scooter enclenque, sin casco y vestidos como futbolistas. Dos viejos que caminan en dirección contraria se chocan sin querer y quedan enfrentados, a punto de besarse: ambos llevan la misma bolsa turquesa.

Sigo, no sin antes preguntarle al mozo por mis escritores: “Rien de rien”, con cara de pocas pulgas. Una mujer y su sombrero de paja lleno de pompones de colores. Los bigotes más geniales que haya visto. Una mosca en mi mano derecha. En el jardín de la casa antigua hay una palmera y un poste con una cámara. Un BMW negro patente EG 171 RQ manejado por una mujer con burka: vidrios polarizados. Un lustrador de zapatos. Un delivery boy en una motito de La Casa de la Pizza. “Some fucking shit“, le dice una mujer preocupada a otra mujer preocupada. Un hombre altísimo camina en zigzag mirando la pantalla de su teléfono.

Me mudo al interior. Más cómodo y con menos sol. Sin humo. Las sillas son de cuero y las mesas, redondas, con mantel marrón y un vidrio encima. Llega mi croque monsieur. Adentro los clientes parecen más sobrios, más elegantes: señores de negocios vestidos de traje. Gritan un poco. No, hablan fuerte. Pido otro té. Sobresale la voz carraspeada de un hombre que no quiero ver, sólo escuchar. Un taxi 205. Siempre me gustó el diseño de ese auto. Tengo que mirar al tipo de la voz. Hace gestos con las manos como los haría un político. Tose. Mantiene su discurso activo mientras su interlocutor lo estudia. Maniobro con tenedor y cuchillo el croque más raro del mundo. La voz tiene camisa blanca y un saco príncipe de Gales. Parece que dijera “es necesario, Israel, es necesario”. Esas son las alucinaciones auditivas de los viajeros de las que habló el cronista brasileño Rubem Braga, otrora embajador de su país en Marruecos.

EL CIELO PROTECTOR

Y hablando de viajeros. “No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”. Esto lo copio y pego de El cielo protector antes de lanzarme a la aventura: voy a perderme unas horas en la medina, palabra que significa barrio antiguo y que incluye a la mezquita, el zoco -mercados-, la madrasa -escuela- y la alcazaba -también conocida como kazbah-, construcción fortificada donde vivía el gobernador.

¿Y si yo fui marroquí? ¿Y si mi estupidísima, pero tenaz adicción al Marroc, esa delicia de Felfort vuelta petite mort en un par de mordiscos, me autorizara la licencia de viajar en el tiempo y sentir que pude haber sido un ordinario vendedor de alfombras musulmán que se prosternaba, descalzo, cinco veces al día en la mezquita de su barrio para rezar anónimamente? ¿Y si de algún modo u otro yo conocí a Shams ad-Din Abu Abd Allah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati at-Tanyi, a.k.a. Ibn Battuta, el trotamundos tangerino que en el siglo XIV, a lo largo y ancho de tres décadas de peregrinaje, triplicó los kilómetros andados por Marco Polo y consignó sus fascinantes excursiones en Rihla, un libro cuyo subtítulo se ofrece como un “presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes”? Yo pude, borgianamente, haber estado acá y haber presenciado las cacofónicas grabaciones de los Stones con los músicos de Jajouka en 1989.

Ahora sí: la medina, inagotablemente compleja y vagamente amenazante, no plantea un punto de partida, ni mucho menos un punto de llegada. Uno toma esas decisiones. Y ni siquiera. La madeja de pasadizos obliga a empezar de cero a cada vuelta de esquina. Algo sucede en esta ciudad que al vulnerar la primera rompiente -la más superficial, donde surfean los vendedores de ropa falsificada y hachís- te hechiza y te adentra en algo que adopta la forma del corazón del lugar, una suerte de catacumba en la que todavía se puede encontrar, por caso, un bolichito llamado Au Pain Nu en homenaje a la célebre novela de Chukri, prohibida en su tierra y glorificada en Francia, sablazo de alcohol, drogas y sexo, que los magrebíes todavía mantienen detrás del velo.

Esta noche dan Rebecca, de Hitchcock, en la recauchutada cinemateca, ahora epicentro hipster y un buen lugar para ver películas que no sean de Hollywood y estén a mitad podadas. Se me ocurre que ahí se reunirán algunos expatriados y que tal vez acceda a sopesar lo que fue Tánger en otras épocas, la silueta de sus espectros. Acá estoy, esperando en el bar a la intemperie cuando se oyen los rezos, los llorosos rezos de la mezquita, y en la plaza un puñado de vendedores ambulantes apila ropa vieja y la vende a los gritos al mejor postor. Hora de entrar. La sala es enorme y el cuero rojo de sus butacas huele un poco al anís-pimentón-canela condensado en las callecitas. Oigo a ciertos correligionarios hablar en inglés.

A la salida me pego como una estampilla a un septeto de británicos de sesenta y largos. Richard -olvidé el apellido- es un pintor galés de aspecto bohemio que vivió en París, en Madrid y hace un par de décadas, en su sistemática huida del frío y divorciado de su mujer polaca, recaló en Tánger. Habla por un costado de la boca, porque el otro lo tiene tomado por una pipa (apagada). Dice que conoció a Bowles en su tramo final, aunque no sé si creerle. Que adora no entender del todo la cultura de esta región y que su testaruda curiosidad lo mantiene a flote. Que sí, que las cosas lucen muy cambiadas, pero que detrás del manto de “capitalismo fifí” sigue habiendo unas raíces del quinto demonio. Que el hotel el-Muniria está intacto y que los precios son muy razonables, que prefiere esto a toparse con alemanes en chancletas en Mallorca. Que los fantasmas no se buscan sino que se aparecen de la nada cuando uno menos se lo espera y deglute un majoun en una tarde aburrida.