Niños lectores, el desafío se mantiene vigente

Inculcar la lectura a edades tempranas sigue siendo de sumo beneficio para el niño. En ello, ¿cuál es la función de los progenitores en un método que inculque el aprendizaje como diversión, y qué beneficios acarrea en la relación familiar y en el crecimiento intelectual del menor? ¿La genética incide en el aprendizaje? ¿Qué importancia tiene a ojos del niño el hecho de que sus mayores prediquen con su propio ejemplo? El gran reto de atraer al menor a la lectura se sigue manteniendo, pero,  cómo hacer para que la descubra como un acto placentero alejado de cualquier aflicción. Los tiempos se siguen tecnificando a través de múltiples dispositivos, pero aún hoy, el relato de una historia sigue ejerciendo al niño la misma magia de siempre


 El siguiente artículo fue reproducido por el diario El Deber de Bolivia.

Silvana Vicenti

Enamorarse de los libros sin morir en el intento. Probablemente sea una de las recurrentes inquietudes en los hogares, con una especie de idealización del hábito. Y es que sí, la lectura no trae otra cosa que beneficios, pero mientras más se presione a un niño o a un adulto, más riesgo corre de sentir los libros como ‘tarea’ o tortura. Todo menos como el placer de alzar vuelo hacia nuevos mundos.

Entre los frutos que deja esta práctica figuran: la adquisición de nuevo vocabulario; la mejora de la expresión, de la concentración y de la comprensión lectora; el desarrollo de la imaginación, de la creatividad y de la personalidad; sienta las bases para toda la vida; conecta íntimamente a padres e hijos cuando leen juntos; y ayuda a afrontar con inteligencia y mejor perspectiva las situaciones difíciles.

El error de forzar

Para la sicóloga Ana Carola Rojo, es curioso que a pesar del boom de la tecnología y de los juguetes que “hacen todo” sigan llamando la atención las buenas librerías y a los pequeños les siga emocionando la lectura de cuentos. Desde su experiencia clínica, Rojo observa con mucho gusto que las familias valoran el placer y el beneficio de leer, aunque no siempre encuentren el tiempo para hacerlo.

Remarca que la lectura es un hábito que se promueve, no se impone. “Empieza con el ejemplo, cuando el niño ve a sus padres acompañarse de un libro. Luego es importante ofrecerle lecturas fáciles, revistas, cómics; leerle antes de dormir, a todos los niños les gusta el arrullo de la voz de papá o mamá. Y así vamos descubriendo la pasión”, dice.

Rojo reconoce que, por más motivaciones que se dé a un pequeño, todos los seres humanos tienen distintas inclinaciones y gustos. “Siempre hablo del gen lector. Crecí en una casa de campo con una biblioteca lindísima, éramos siete hermanos, algunos éramos lectores y seguimos siéndolo, y otros no, supongo que se debe a habilidades e inteligencias múltiples.

Los padres no se tienen que desesperar cuando un hijo no es devorador de libros, tiene que ver con particularidades y eso también es respetable. Sin embargo, ojalá todo mundo supiera que quien escribe un libro está regalando su sabiduría resumida”, sostiene.

En sus terapias, a menudo recomienda la lectura de determinados textos. “Muestran nuevos puntos de vista, es como un nuevo mapa mental. Ojalá fuera posible explicarlo de ese modo a un hijo rebelde, pero obligar no se puede, de hecho eso es un trabajo desgastante e inútil. Cada ser humano encuentra sus puntos de compensación, ya sea en un deporte, la meditación activa, el arte, etc., pero no hay duda de que la lectura seguirá siendo un compendio de información y sabiduría que generosamente otros seres humanos decidieron registrar para compartir”, dice.

 Libros que curan

Cuando los textos están presentes, pueden ser baldosas para pisar en momentos pedregosos del camino de la vida. Ejemplos hay varios, Ana Carola Rojo dice que superó el oscurantismo adolescente con libros en mano; lo mismo pasó a Morely Sánchez, ganadora del premio Literatura Juvenil de La Hoguera este año, que al recibir el galardón agradeció a los libros que la acompañaron en sus crisis existenciales. “Las edades difíciles pueden promover la lectura, incluso en los casos de bullying; encontrar un libro es como mirarse en el espejo, es un alivio, aleja de la angustia, muestra que otras personas ya superaron las mismas cosas”, opina Rojo.

La ganadora del premio Literatura Infantil 2019 de La Hoguera, Tania Monje, sabe cómo atraer al público más pequeño hacia las letras, le ayuda su experiencia como psicóloga de niños. “Ellos hoy están muy expuestos a las pantallas y estas generan un menor desarrollo del lenguaje y de la capacidad de conectarse con el entorno. Entonces la lectura viene a ser un excelente recurso y estrategia para que el pequeño se conecte con otras ideas y otros mundos, y desarrolle su inteligencia”, arguye. Para lograrlo, dice que los padres deben tener un papel activo. “Básicamente, los niños desarrollan el hábito si los padres lo tienen, es el estímulo principal a través del ejemplo; otro incentivo es comprar libros al niño que tengan que ver con su edad. Es importante dejarlo que elija el ejemplar, que se deje seducir por la tapa y el título”, sugiere.

No tiene precio que un padre o una madre todos los días siente a su hijo en la falda, que junto a él o ella abra el libro y lea una historia relacionada con la edad del menor, que de los dos lados se hagan preguntas sobre el texto, que infieran finales diferentes.

“Todo eso aporta a las necesidades afectivas que tiene el ser humano, que son la seguridad, la diversión y la conexión”, explica Monje, que antes de publicar su libro ganador lo mostró a varios niños, ellos fueron su mejor retroalimentación, le dijeron qué palabras se entendían y cuáles no, de acuerdo con las exigencias del público infantil.

El roce con las letras

Doris Suárez se siente orgullosa de su hija Luciana, de 10 años, una ‘voraz’ lectora que consume entre cinco y seis obras al mes, aparte de las que le recomiendan en su lista de tareas. “El gusto le empezó en el colegio, ya que de alguna manera siempre la incentivan a leer algunas novelas. Noté que para ella no era suficiente, así que comencé a llevarla a la Feria del Libro y a buscar novelas de sus escritores favoritos, que por lo general eran de la serie Santillana”, comparte Doris sobre la exitosa receta desde su propia experiencia.

Con los años, el gusto de Luciana se fue modificando, antes solo leía novelas, “ahora está atraída por la poesía y por algunas temáticas que tienen que ver con el dibujo, los cómics y los Youtubers. Su gusto por la lectura ha hecho ahora que también intercambie libros con sus compañeros”, cuenta.

Al estar de moda el libro Diario de Greg, que aborda las aventuras de un niño, todo lo que le ocurre y cómo mira el mundo de los grandes desde su perspectiva, en una serie de varios tomos, Luciana y sus compañeros de colegio intercambian los distintos ejemplares para devorar toda la colección. “Son actividades extracurriculares. Siempre procuro leer los libros antes de que lleguen a manos de ella para que pueda acceder a información que le sirva y que sea adecuada a su edad”, dice Doris, que brota pecho por la pasión de su hija: cuando a Luciana le gusta una obra, puede leerla hasta seis veces.

“Aun en los tiempos de la tablet, con los nativos cibernéticos, el libro es y seguirá siendo un símbolo de acercamiento cálido y afectivo entre los padres y los niños. La palabra tiene mucho poder, y la escrita tiene más poder todavía porque permanece anclada, perenne por generaciones”, celebra Ana Carola Rojo.

 

La frase

“Mucho de lo que nos sucede ya lo hemos visto antes, y sino mirad el estalinismo. Hay que         leer más historia. Se empieza así, y luego se piensa que hay que deshacer lo que otros han       hecho. A quien dice ‘quemadlo todo`, hay que preguntarle con qué piensa reemplazarlo. Una   vez que inicias la quema, el siguiente, porque ya sentaste el precedente, serás tú”                                                                                                                                                  ( Margaret Atwood )

 

Mario Benedetti, nostalgias de café

Desde tiempos inmemoriales los habitantes de las ciudades aledañas al río de la Plata se adhieren a una costumbre: ver transcurrir la vida a través de la ventana de algún bar. Luego ya puertas adentro, será frecuente que el espacio se transforme en una tribuna deportiva o política, donde la pasión por sostener las propias ideas suele enconarse arrastrada por la pasión y la vehemencia, acción tan usualmente latina cuando se defienden los postulados personales.

El bar, acompañado de la sempiterna compañía de un café, también se transforma en un espacio proclive para generar introspección, lo que supone quizás que, ayudados por la diligente provisión del camarero, esas reflexiones plasmadas en cualquier trozo de papel de emergencia terminen convirtiéndose en ideas, sentencias, poemas, o tal vez en  algún proyecto de cuento o novela; todo conformando una mística muy propia del lugar que en invierno suele acompañar la fina lluvia constante (garúa, en esas latitudes), mientras que en más de una oportunidad irrumpe la cacofonía del vapor que surge de la propia cafetera, o el voceo sostenido del personal dando orden a cada pedido.

El escritor uruguayo (1920-2009), cuyo nombre completo era Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugialo, fue habitué del microclima de estos viejos cafés; cuando sus escritos llevan aún incorporados el aroma de la borra depositada en el fondo del pocillo, el dibujo del barniz deteriorado sobre la madera añeja del marco de una de esas ventanas, o la mirada furtiva que nos devuelve un espejo decolorado e inquisidor. Benedetti gastaba horas de su tiempo en la creadora soledad de estos establecimientos, los disfrutaba tanto, que incluso participó de filmaciones en ellos cuando alguna de sus obras era llevada a la gran pantalla, admitiendo que en muchas oportunidades y como fruto de lo que acontecía dentro y fuera de ellos, le habían ayudado a disparar su imaginación para alimentar innumerables páginas de sus obras en poesía (solía declamar en perfecto alemán), relato o novela: Gracias por el fuego; La borra del café; La tregua; Con y sin nostalgia; Esta mañana; Montevideanos; Primavera con una esquina rota, por mencionar solo algunas de ellas.

Los dos capítulos a continuación son con los da comienzo a la que fuera su primera novela, Quién de nosotros, donde detalla un triángulo amoroso. Un texto que, como otros que llevan su firma, es reeditado de manera permanente y por el que logró su primer gran reconocimiento:

  “Solo hoy, al quinto día, puedo decir que no estoy seguro. El martes, sin embargo, cuando fui al puerto a despedir a Alicia, estaba convencido de que era ésta la mejor solución. En rigor es lo que siempre quise: que ella enfrentara sus remordimientos, su enfermiza demora en ‘lo que pudo haber sido`, su nostalgia de otro pasado y, por ende, de otro presente. No tengo rencores, no puedo tenerlos, ni para ella ni para Lucas. Pero quiero vivir tranquilo, sin esa suerte de fantasma que asiste a mi trabajo, a mis comidas, a mi descanso. De noche, después de la cena, cuando hablamos de mi oficina, de los chicos, de la nueva sirvienta, sé que ella piensa: <En lugar de éste podría estar Lucas, aquí, a mi lado, y no habría por qué hablar>.

   La verdad es que ella y él siempre fueron semejantes, estuvieron juntos en su interés por las cosas –aún cuando discutían agresivamente, aún cuando se agazapaban en largos silencios- y actuaban siguiendo esa espontánea coincidencia que a todos los otros (los objetos, los amigos, el mundo) nos dejaba fuera, sin pretensiones. Pero ella y yo somos indudablemente otra combinación, y precisamos hablar. Para nosotros no existe la protección del silencio; casi diría que, desde el momento que lo tenemos, la conversación acerca de trivialidades propias y ajenas nos protege a su vez de esos horribles espacios en blanco en que tendemos a mirarnos y al mismo tiempo a huirnos las miradas, en que cada uno no sabe qué hacer con el silencio del otro. Es en esas pausas cuando la presencia de Lucas se vuelve insoportable, y todos nuestros gestos, aún los tan habituales como tics, nuestro redoble de uñas sobre la mesa o la presión nerviosa de los nudillos hasta hacerlos sonar, todo ello se vuelve un elíptico manipuleo, todo ello, a fuerza de aludirla, acaba por señalar esa presencia, acaba por otorgarle una dolorosa verosimilitud que, agudizada en nuestros sentidos, excede la corporeidad.

   Cuando miro a Adelita o a Martín jugando tranquilamente sobre la alfombra, y ella también los mira, y ve, como yo veo, una sombra de vulgaridad que desprestigia sus caritas casi perfectas, sé que ella especula más o menos conscientemente acerca de la luz interior, del toque intelectual que tendrían esos rostros si fueran hijos de Lucas en vez de míos. No obstante, a mi me gusta la vulgaridad de mis hijos, me gusta que no reciten poemas que no entienden, que no hagan preguntas sobre cuanto no puede importarles, que sólo les conmueva lo inmediato, que para ellos aún no hayan adquirido vigencia ni la muerte ni el espíritu ni las formas estilizadas de la emoción. Serán prácticos, groseros (Martín, especialmente) en el peor de los casos, pero no cursis, no pregonadamente originales, y eso me satisface, aunque reconozca toda la torpeza, toda la cobardía de esta tímida, inocua venganza.

II

   Lo peor de todo es que no siento odio. El odio sería para mí una salvación y a veces lo echo de menos como a una antípoda de la felicidad. Pero ellos se han portado tan correctamente; de común e inconsciente acuerdo, un código tan juicioso de sus renuncias, que, de mi parte, instalarme en el odio sería el modo más fácil de convertirme a los ojos de ambos en algo irremediablemente odioso, tan irremediable y tan odioso como si ellos me enfrentaran sonriendo y me dijeran:  <Te hemos puesto los cuernos>.

   Como poder aspirar a que si alguna vez se acuestan juntos, yo haya quedado al margen mucho antes; tal como ellos aspiran, estoy seguro, a que si alguna vez no puedo ni aguantarlos ni aguantarme, diga que se acabó, sencillamente, sin caer en la tontería de discutirlo. Mientras tanto, esto representa, aunque no lo parezca, un equilibrio. Alicia otorga mansamente, cuidadosamente, la atención y las caricias que le exigimos. Los niños y yo. Pero es como si hubiéramos prefabricado este vínculo, como si ella nos hubiese adoptado, a los niños y a mí, y ahora no supiese en dónde ni a quién dejarnos. Y como trata de hacer menos ostensible el esfuerzo que le cuesta su naturalidad, yo se lo agradezco y ella agradece mi agradecimiento.

 Lucas, por su parte, se ha eliminado discretamente de la escena; no tanto, sin embargo, para que su ausencia se vuelva sospechosa. Por eso nos escribe una carta por quincena, en la que pormenoriza su vida periodística, sus proyectos literarios, su labor de traductor. Por eso le escribo yo también una carta quincenal, en la que opino sobre política, reniego de mi empleo y detallo los adelantos escolares de Martín y Adelita; carta que termina siempre con unas líneas marginales de Alicia en las que envía <cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas…>” 

La frase

 “Al lado de las grandes novelas están también los grafitis, y el hip hop, y… ¿cómo no va a ser        todo eso cultura? Es la música de fondo de la sociedad contemporánea. Aunque reconozco        que la gente se siente un tanto arisca para con este concepto           ( Leila Guerreiro )

De refugiado a premio Pulitzer

En tiempos donde la palabra refugiado se encuentra por variados motivos a la orden del día, Viet Thanh Nguyen (Buon Ma Thuot, 1971), flamante ganador del premio Pulitzer, de origen vietnamita pero inmigrante desde hace años en los Estados Unidos, hoy atravesando los particulares tiempos de la administración Trump, habla de la importancia que para un autor tiene reflexionar e intentar regresar a aquellos traumas que nos hicieron daño, según el escritor asiático, única manera de lograr paliar las profundas huellas psicológicas del pasado y redimirse como ser humano 

El artículo a continuación fue reproducido en el diario El País de Madrid:

J A Aunión

La vida y la obra del escritor Viet Thanh Nguyen, de 48 años, ganador del premio Pulitzer y profesor de la Universidad del Sur de California, es pura ambivalencia. Piensa en sí mismo como estadounidense (llegó al país con 4 años junto a su familia huyendo de la guerra) y también como vietnamita (de allí huían), pero se sabe parte de una minoría en ambos países. Logró salir adelante y labrarse una carrera académica obligándose a no pensar en su infancia y adolescencia como refugiado, pero volvió a sumergirse en ese tiempo cuando decidió ser escritor:

“Para recopilar material para nuestra escritura tenemos que volver aquello que nos hizo daño”, explica. Su experiencia traumática nace de sus recuerdos, como el primero de todos, cuando le separaron de su familia para poder salir del campo militar donde vivían a su llegada a EE UU a mediados de los años setenta; pero también de aquello que ha hecho suyos a través de los recuerdos de sus padres, esa memoria de segunda mano que puede llegar a ser más poderosa que la directa.

Sobre todo ello, sobre la situación que viven en su país los refugiados e inmigrantes bajo el Gobierno de Donals Trump (“Quienes les odian son los que controlan hoy los mecanismos políticos”) y sobre la secuela que está preparando del libro que le valió el Pulitzer en 2016 (El simpatizante, un relato de humor negro sobre un agente doble del Vietcong exiliado en Los Ángeles) habló Nguyen con EL PAÍS hace unas semanas, a su paso por Madrid para participar en la tercera conferencia anual de la Asociación de Estudios de la Memoria.

Habló, por ejemplo, de esa “memoria de segunda mano” que también marcó toda la obra de uno de sus autores favoritos, WG Sebald. “Él usa el término para describir su propia experiencia, la de alguien nacido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que creció en los años cincuenta y en medio de un gran silencio en todo el país”. En su propio caso, se refiere a los silencios de sus padres, a las cosas que no respondían y a las que él mismo prefería no preguntar. Y también a las que ellos elegían contarle.

“Eran de procedencia humilde, vivieron tiempos muy difíciles, de guerra y descolonización”, arranca. Y añade sobre esas historias que sí elegían rememorar para él, las que de hecho han repetido una y otra vez a lo largo de los años: “Eran o bien muy dramáticas o muy nostálgicas”. Muchas de ellas tenían que ver, por ejemplo, con una brutal hambruna que sufrieron en los años cuarenta y que mató a casi un millón de personas en el norte de Vietnam, cuando no tenían ni siquiera arroz y se veían obligados a comer raíces. “Algunas veces, mi padre cocina raíces como entonces, simplemente porque le recuerda a ese periodo que, aunque fue horroroso, también le lleva a su juventud ahora que tiene 85 años”.

Nguyen ha reflexionado mucho sobre estas cuestiones, como académico y en obras como The Displaced (Los desplazados, en la que reunió testimonios de 17 escritores que habían sido refugiados), The Refugees (Los refugiados, una colección de cuentos que exploran entre otros temas la inmigración y la identidad) y el ensayo Nothing Ever Dies. Vietnam and the Memory of War (Nada muere nunca. Vietnam y la memoria de la Guerra). Y ha llegado a la conclusión de que no hablar de algo no es lo mismo que olvidarlo: “Incluso con el silencio puedes sentir que algo está ocurriendo. Yo he crecido en el entorno de una comunidad de refugiados vietnamitas y allí había mucha violencia doméstica y de otros tipos que creo que estaba conectada con ese pasado en la guerra, como refugiados”.

Entonces, ¿el olvido no es una opción? “Obviamente necesitamos olvidar —individualmente y como países— para poder avanzar. La cuestión es cómo lo hacemos. Y me temo que la mayoría de la gente en la mayoría de los países olvidamos, simplemente, negándonos a lidiar con el pasado, pretendiendo que nunca existió y creyendo que eso nos permite seguir adelante, pero en realidad significa que ese pasado seguirá acompañándonos”. ¿Y cómo se hace, entonces, para olvidar? “Es crucial volver a ese momento traumático para saber qué significa emocionalmente para ti, para entender las complicaciones. Yo creo que solo puedes olvidar cuando finalmente te enfrentas a tu pasado”.

Y eso vale para las personas y también para los países, insiste. De hecho, cuando se le pregunta por cómo está tratando hoy Estados Unidos a los refugiados y a los inmigrantes, su respuesta se remonta a una cuestión histórica no resuelta, una especie de batalla interminable entre los dos corazones de EE UU. “El país está dividido sobre un montón de cosas porque desde el propio origen de la sociedad estadounidense hemos tenido dos impulsos. Uno de ellos es hacia cosas preciosas como la integración, el sueño americano… Pero el otro es la violencia, porque el país fue construido sobre la base de la conquista, el genocidio, la esclavitud, el racismo, el odio… Esta contradicción fundamental vive en la raíz de la historia estadounidense y ahora se está dirigiendo contra los refugiados y los inmigrantes”, explica. Así, si las decisiones políticas de la Administración están teniendo “efectos humanos terribles” (“Las podemos ver todos los días, con inmigrantes muertos, fotografías terribles, niños torturados…”),  también es cierto que “hay una protesta social muy fuerte, desde políticos a gente común que están diciendo que es un error, que se puede hablar de políticas de inmigración y de fronteras, pero no se puede de ninguna manera cometer este tipo de atrocidades”.

 

 

 

 

 

 

La frase

“Hace décadas que me interesa el cambio climático y la deforestación. Hace unos años   emprendí  un viaje que me llevó hasta Michigan, donde había el bosque de pino blanco más   extenso del planeta. Me di una vuelta por allí y no encontré ninguno”    ( Annie Proulx )

Antonio Lobo Antunes, las crónicas de la vida

La crónica literaria es un estilo que se alimenta de manera directa de la crónica periodística; no en vano los mayores exponentes del género han trabajado con anterioridad como reporteros de sucesos. Ahí está el gallego Manuel Rivas o el reconocido estadounidense Guy Talese, uno de los iniciadores de lo que se denominó  Nuevo Periodismo.

Lobo Antunes (Lisboa, 1942) también se adscribe a esta forma de exponer el hecho literario, y con él se ha ganado el respeto y la admiración de muchos. Sus crónicas son certeras, con concisión y velocidad para describir la corta trama de sus historias, pero con el inequívoco resultado que no deja indiferente a lector alguno.

La obra del portugués es extensísima, abarcando los más preciados géneros: El orden natural de las cosas, Sonetos a Cristo, El archipiélago del insomnio, por  mencionar sólo unos pocos títulos los que le han llevado a alzarse con premios como el José Donoso, el Camoes o el FIL de Literatura en Lenguas Romances. Mientras que su nombre está instalado desde hace tiempo como uno de los posibles candidatos al Nobel.

Apegado a su tierra de nacimiento en sus relatos se visualiza la comunión de la ciudad con el río Tajo, mientras se perciben los sonidos del tranvía de la Alfama, o el trasiego constante en la plaza del Comercio al amparo de la estatua del marqués de Pombal y, cómo no, los aromas de su propio barrio de crianza: Benfica, antes en el extrarradio hoy incorporado a la extendida “ciudad blanca”.

Por ello y para apreciar su estilo, de su Libro de Crónicas, el texto completo de Elogio del suburbio, que bien podría parecerse a la acuarela de otros tantos arrabales del mundo:

“Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a las hora del crepúsculo

 -Vííííííííítor

  con un grito que, salido de la Rua Ernesto da Silva, alcanzaba a las cigüeñas en la copa de los árboles más altos y ahogaba a los pavos reales en el lago bajo los álamos. Crecí junto al castillete de las Portas que nos separaba de la Venda Nova y de la Estrada Militar, en un país cuyos puestos fronterizos eran la droguería del señor Jardim, la tienda de comestibles del Careca, la pastelería del señor Madureira y la mercería Havaneza del señor Silvino, y me entretenía por la tarde en el taller de calzado del señor Florindo, golpeando suelas en un cubículo oscuro rodeado de ciegos sentados en banquillos bajos, envueltos en el olor a cuero y a miseria que se mantiene como el único olor a santidad que conozco. Doña María Salgado, delgada, muy pequeña, siempre de luto, transportaba la Sagrada Familia en una caja, de vivienda en vivienda, y mis abuelos recibían en la sala durante quince días a esas tres figuras de barro en una caja de cristal empañado que las criadas iluminaban con mariposas de aceite. Crecí entre el señor Paulo que curaba con cuerdas y cañas las alas de los gorriones, y los Ferra-O-Bico, cuya tía se fugó con un gitano y leía el destino en las playas, embozada de negro como la viuda de un marinero que nunca hizo puerto. Mis amigos tenían nombres propios tremendos (Lafaiete, Jaurés) y vivían en bajos con ventanas a la altura de la calzada, donde se distinguían aparatos de radio gigantescos, tiestos de albahaca y madrinas con chinelas. El perro de la tenería encendía ladridos fosforescentes en las noches de julio, cuando el polen de la acacia llovía en mis párpados, yo, muerto de amor por la mujer de Sandokán, me descubría unicornio encerrado en el servicio de la escuela, y el brigadier Maia, con boina vasca, bajaba a la Adega dos Ossos gesticulando contra el régimen. En la época en la que a los trece años, me inicié en el hockey sobre patines del Futbol Benfica, el portero acolchado como un barón medieval me señaló ante el pasmo de los compañeros.

  -El padre del rubio es médico

  en lo que constituyó de inmediato mi primera gloria deportiva y la primera tenebrosa responsabilidad, a partir del momento en que el entrenador, palpándome los músculos con los ojos, advirtió con una mueca de duda:

  -Me gustaría ver si das la talla, rubio, que tu padre en el ring era una fiera para los golpes.

   El dueño de la Farmacia Uñiao hacía solitarios, la esposa del propietario de la Farmacia Marques era una griega suntuosa con nalgas de ánfora y pupilas encendidas, que me hacía olvidar de la mujer de Sandokán al verla los domingos camino de la iglesia, el campanero a quien llamaban Ze Martelo y que tocaba el Papagaio Loiro en la Elevación de la misa del mediodía en vez del A treze de Maio obligatorio, poseía una empresa funeraria cuyo folleto-reclamo comenzaba ‘¿Para qué insiste usted en vivir si por cien escudos puede tener un bonito funeral?`, y yo escribía versos en los descansos del hockey, fumaba a escondidas, una de mis extremidades tocaba a Jesús Correia y la otra a Camoes y era indecentemente feliz.

Hoy, si voy a Benfica no encuentro Benfica. Los pavos reales se han callado, ninguna cigüeña en la palmera de Correos (ya no existe la palmera de Correo, la quinta de los Lobo Antunes fue vendida) el señor Silvino, el señor Florindo y el señor Jardim murieron, se construyeron edificios en lugar de las casas, pero sospecho que por debajo de esas construcciones de cinco y seis y siete y ocho y nueve pisos, en un sitio cualquiera bajo marquesinas y sucursales de banco, el señor Paulo aún cura, con cuerdas y cañas, las alas de los gorriones, doña María Salgado aún se afana de vivienda en vivienda con la Sagrada Familia en su caja de cristal empañado, Lafaiete y Jaurés juega a los cromos en la Calçada do Tojal rodeados de tiestos y madrinas en chinelas. No hay pavos reales ni cigüeñas pero la acacia de mis padres, obstinada, resiste. Tal vez sólo resista la acacia, sólo ella quede de aquel tiempo como el mástil, horadando las olas, de un barco sumergido. La acacia me basta. Arrasaron las tiendas y los patios, no tocan Papagaio Loiro en la campana, pero la acacia resiste. Resiste. Y sé que junto a su tronco, si cierro los ojos y acerco el oído a su tronco, he de oír la voz de mi madre llamando

  -Antóóóóóóóóónio

  y un chico rubio atravesará el patio, con una bolsa de canicas en el bolsillo, pasará delante de mí sin verme y desaparecerá en la habitación de arriba, soñando que al menos la mujer de Sandokán no lo obligaría nunca a comer puré de patatas ni sopa de habitas durante el suplicio de la cena”.