«Cuando estoy solo en mi habitación, me pongo un parche negro de pirata sobre el ojo derecho. Con ese ojo veo, aunque, a decir verdad, bastante mal. Dicho de otro modo, mi ojo derecho no está del todo privado de visión. Por tanto, cuando quiero mirar nuestro mundo con los dos ojos, lo que percibo son dos mundos superpuestos: uno luminoso y claro, sorprendentemente nítido; el otro impreciso y sutilmente sombrío. Y a veces me ocurre que, andando por una calle bien pavimentada, me paro en seco, como una rata que acaba de salir de las cloacas, amenazado por una sensación de inseguridad y peligro»

<Texto del relato Agüi, el monstruo del cielo de Kenzaburo Oé>

Santiago Roncagliolo, en el relato breve

Como escritor ha tenido la oportunidad de incursionar con acierto en los géneros más variados, aunque tal vez sea en el cuento donde mejor se le vea reflejado

“Para qué extenderse si se puede lograr con menos”, fue lo que Jorge Luis Borges respondió, ante las veladas críticas hechas hacia su persona y hacia la obra del eterno candidato al premio Nobel, por no haber escrito nunca una novela y sí, haber fundamentado su fama de escritor a través de sus innumerables cuentos.

En otro orden, es frecuente escuchar de boca de distintos editores de grandes sellos editoriales que, en general, “los relatos no venden”. A salvedad, eso sí, que sean varios los escritores que participen dentro de una misma colección, porque según los mismos responsables, “le otorgan mayor jerarquía al producto final” y, por tanto, más posibilidades de éxito comercial.

En la persona del escritor peruano (Lima, 1975) su producción literaria se ha extendido en los géneros más variados, el ensayo, el guion televisivo o cinematográfico, el cuento y también la novela. : Es el caso de Abril Rojo, historia reconocida con el premio Alfaguara, donde hace su primera aparición el personaje del fiscal Félix Chacaltana. Le siguen otras como El amante uruguayo, La cuarta espada, Memorias de una dama, y por último Pena máxima, de la que se hizo una película, y donde vuelve a hacer presencia el mencionado fiscal.

Graduado en Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú el peruano, con una historia de familia en la cual se incluye el exilio, ha tenido oportunidad de haber residido en varios países americanos; hecho que le ha deparado un cierto bagaje de circunstancias acopiadas en el lugar mismo donde se produjeron los hechos. Con una producción que no deja de agrandarse, en la medida en que su presencia es asidua en distintos medios de comunicación, haciendo también gala del periodismo de investigación, un género que le atrae de sobremanera. 

Quizás, producto de esas experiencias, su literatura se revalúa cuando se manifiesta a través del relato corto. A veces, publicados de manera individual, en otras, en conjunto con una selección de distintos escritores de origen americano; como por ejemplo la recopilación Latinoamérica Criminal, donde el género negro campea a sus anchas.

Del cuento La cara, el pasaje a continuación: 

   “-¿Es ella o no es ella?

   -No lo sé, doctor. Podría ser cualquiera.

   El fiscal Félix Chacaltana frunció el ceño. A lo largo de su carrera había levantado todo tipo de cadáveres: muertos conocidos y desconocidos, muchos de ellos indocumentados, algunos en avanzado estado de descomposición. Casi siempre había sido posible identificarlos con la ayuda de un pariente o amigo. Pero para el reconocimiento hacía falta que el cuerpo tuviese una cara. Y éste no la tenía.

   -Ojalá no sea ella -dijo el agente Basurto, moviendo la cabeza con preocupación-. Cantaba bien bonito, doctor.

   -<Canta>, agente. En presente. Hasta que no se certifique el deceso por escrito, la señora está oficialmente viva.

   -¿Y entonces quién es esta?

   El fiscal se encogió de hombros. Dentro del tráiler no se podía estar de pie, y los dos funcionarios estaban sentados frente al cuerpo inerte, a ambos lados de la mesita de café, como en un almuerzo campestre. Volvieron a mirar la masa sanguinolenta, esa mezcla informe de pelo, piel y huesos. En el lugar de ese moco rojo, horas antes había habido un rostro.

   -¿Con qué le han dado? -siguió preguntando el policía-. ¿Una piedra?

   -No creo. Una piedra es difícil de manejar. Y la víctima debe haberse defendido. Para hacer esto bien, hace falta un martillo.

   Chacaltana imaginó la punta del martillo hundiéndose en la carne, penetrando los globos oculares, quebrando los huesos del cráneo. Pero su mente volvió rápidamente hacia su problema principal: el procedimiento de identificación del cadáver. No recordaba ninguna especificación en el reglamento para un caso como éste. Y sin identificación, no podía cerrar el acta correspondiente. Odiaba dejar a medias los procedimientos administrativos.

   -¿Y no llevará un documento de identidad en algún bolsillo? -preguntó.

   -Ese traje no tiene bolsillos, pues, doctor -se rio Basurto, que de los procedimientos no sabía una palabra, pero debía ser una autoridad en vestuario folklórico.

   Los ojos del fiscal Chacaltana se posaron en el majestuoso vestido de la víctima: el corpiño de flores rosa y verdes, la pollera gigantesca y el pañuelo amarillo amarrado a los hombros. Después de matarla, el asesino se había tomado la molestia incluso de colocarle el sombre andino. Así que, aparte de la cara machacada a mazazos, la mujer lucía muy presentable.

   -La gente tiene que portar siempre su documento de identidad -regañó el fiscal-. Yo siempre lo llevo, para facilitar la labor de las autoridades en caso de ser víctima de homicidio, sea culposo o doloso.

   -Aah confirmó el policía, y los dos guardaron silencio un momento o miraron por la ventanilla, hacia la explanada llena de botellas vacías y colillas.

   Al fondo el escenario seguía colocado, pero sin luces, ni músicos, ni instrumentos, parecía desnudo. Eso le recordó algo al fiscal.

   -Las mujeres a veces guardan cosas en su ropa interior. ¿Y si lleva su DNI por ahí?

   -Puede ser.

   -¿Y si mira usted?

   -¿Yo?

   -Claro. ¿Usted no es policía?

   -Suboficial de tercera, doctor.

   -Ya, pues. Mire.

   -¿Quiere que manosee a una muerta?

   Los dos se volvieron hacia la susodicha, como si los hubiese sorprendido hablando mal de ella. Tenía un aire plácido, y el fiscal estuvo a punto de pedirle disculpas.

   -Quiero que cumpla con su deber -murmuró.

   -Doctor, con todo el derecho que me merece su persona en el aspecto profesional y humano, permítame recordarle que la occisa aquí presente tiene la complexión física de la señora Casilda Martínez Vilcas, lleva el traje de la señora Casilda Martínez Vilcas, fue hallada en el tráiler-camerino de la señora Casilda Martínez Vilcas, a cien metros de donde la señora Casilda Martínez Vilcas dio un concierto horas antes. ¿No podemos deducir que se trata efectivamente de la señora Casilda Martínez Vilcas?

   Usted no está aquí para deducir, oiga. Está aquí para investigar. ¿Y si el asesino quiere hacernos creer eso para confundirnos? ¿Y si la señora Martínez Vilcas está viva?

   -Ojalá, doctor. Porque era una mujer muy buena. Y cantaba bien bonito.

   -<Canta>, suboficial. Y ahora, revise.

   El policía se resignó. Trató de no mirar el cadáver a los ojos, o a donde habían estado los ojos, y, lentamente, acercó las manos al busto y las introdujo en el corpiño aprovechando las amplias mangas vaporosas. Estuvo revolviendo por ahí un buen rato, escudriñando la región del antepecho, hasta que exclamó:

   -¡Ajá!

   Volvió a sacar las manos y miró al fiscal Chacaltana con ojos triunfales.

   -Mire, doctor: un billete de cien soles. Con esto podemos irnos a almorzar…”

«El reloj de abajo dio las cinco. El perro no se callaba. El campesino enloquecía. Se levantó para ir a soltar al animal, para no oírlo más. Bajó, abrió la puerta, avanzó en la oscuridad. La nieve seguía cayendo. Todo estaba blanco. Los edificios de la granja formaban grandes manchas negras, El hombre se acercó a la perrera. El perro tiraba de su cadena. Lo soltó. Entonces ‘Devorador’ dio un salto, y después se paró en seco, con los pelos erizados, las patas tensas, mostrando los colmillos, con el morro vuelto hacia el estercolero. Antonio, temblando de pies a cabeza, balbució: <¿Qué tiés, condenado?>, y avanzó unos pasos, escudriñando con la mirada la sombra indecisa, la sombra apagada del corral. Entonces vio una forma, ¡una forma humana sentada en su estiércol! La miraba paralizado de horror y jadeante. Pero, de pronto, distinguió junto a sí el mango de su horquilla, clavada en la tierra; la arrancó del suelo y, con uno de esos arrebatos que vuelven temerarios a los más cobardes, se lanzó hacia adelante, para ver…»

<Texto del relato San Antonio, de la selección Cuentos de Guerra de Guy de Maupassant>

Harper Lee y la distintiva literatura del sur estadounidense

Pocas literaturas han logrado la repercusión y tienen un sello tan propio como la del sur del país norteamericano. Son muchos también los escritores que hasta el presente, han alimentado de distintas maneras las páginas de lo que se dio en llamar el Gótico Sureño: Tennessee Williams, Toni Morison, Wiliam Faulkner, Flannery O’Connor o Truman Capote, por nombrar solo algunos. En su mayoría, son historias que no dejan indiferente, y por ello son objeto de una reedición constante.

Este es el caso de Nelle Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926 – 2016), de la que acaban de cumplirse los diez años de su fallecimiento. Conocida por la premiada novela Matar a un ruiseñor, en su trama se mezclan elementos tan propios de este género como el naturalismo, los espacios abiertos, la violencia enraizada o la segregación. Tan característico a una extendida región de los Estados Unidos, con grandes extensiones que, hasta hace tiempos no muy lejanos, necesitaban de abundantes braceros para ser producidas. Hecho que extendió la pervivencia durante siglos del sistema de extracción esclavista. Obra que fue llevada al cine con el protagónico de Gregory Peck en el papel del abogado Atticus Finch; siendo reconocida con el premio Pulitzer de Ficción y luego premiada con los Oscars al mejor actor, a la dirección artística y al mejor guion adaptado.

Como muchos otros escritores autóctonos Lee sintió parte de esa atmósfera opresiva y, por consiguiente, la necesidad de ampliar sus horizontes y como otros, emigrar a una realidad diferente, en su caso, hacia las grandes ciudades de la costa noreste del país. Fue allí donde coincidió con un viejo conocido de juventud, Truman Capote. Aunque antes de esto, ya había hecho sus primeros acercamientos a la escritura desde la clásica revista editada en su instituto; y podo tiempo después ya comenzara a enviar sus escritos a revistas como The New Yorker o Harper’s Bazaar, a las que le siguieron Magazine o Vogue.

Trabajadora incansable y exigente consigo misma, fue el digno ejemplo de la escritora autodidacta, ya que nunca cumplimentó formación alguna respecto a su escritura. Tampoco fue amante de exposiciones en cuanto a su persona, ni de grandes agasajos, más allá de tener unos códigos muy propios en cuanto a su forma de presentarse y vestir.

Luego de años de la publicada su primera novela, anunció la entrega de una segunda: Ve y pon un centinela, la que se publicitó como la continuación de Matar a un ruiseñor, aunque no alcanzó tanta repercusión como esta. La escritora fue autora además de cantidad de relatos, muchos de ellos fueron encontrados a poco tiempo de su muerte.

El pasaje a continuación, donde se puede apreciar parte de esa atmósfera sureña, pertenece a uno de ellos: La tierra del dulce porvenir: 

   “Había sido un verano llevadero si su familia hubiera tenido a bien comunicarse con ella, pero su padre y su hermana estaban enfrascados hasta las orejas en una transacción de terrenos madereros, y a cualquier cosa que les dijera le contestaban absortos con bufidos benévolos, que se cargaban de indignación si se empañaba en tirar del hilo con cualquier estratagema para captar la atención dos minutos seguidos. Las personas a las que había jurado lealtad eterna en la sociedad secreta de la infancia se habían casado hace tiempo y estaban criando niños, una tarea que parecía agotar todas sus energías y su imaginación. La generación anterior a la suya, con hijos a los que se les había pasado la edad de recibir una azotaina, dedicaba su tiempo a la adquisición de electrodomésticos. Ni siquiera podía recrearse con las vistas del pueblo: el Maycomb de su niñez era una cosa; el Maycomb de hoy está salpicado de vulgaridad de neón y de cientos de casitas nuevas que un simple vendaval reduciría de un soplo a remolinos de escombros. Así que dedicaba el verano a las únicas instituciones que encontró más o menos inalteradas: el campo de golf de Maycomb, que cultivó en silencio durante tres meses, y la Iglesia metodista, donde iba cada domingo y cantaba los himnos a pleno pulmón.

   No hay nada como un himno de los que te hielan la sangre en las venas para hacerte sentir como en casa. Cualquier sensación de aislamiento que pudieran tener se había marchitado y perecido ante la visión de doscientos pecadores pidiendo de todo corazón verse sumergidos bajo la corriente redentora de un río de aguas carmesíes. Mientras elevaba hacia el Señor el fruto de los desvaríos del señor Cowper o afirmaba que era el Amor lo que la elevaba, Jean Louise fue partícipe del afecto que prevalece entre los muy diversos individuos que, durante una hora a la semana, se encuentran a bordo del mismo barco.

   Estaba del todo desprevenida para lo que ocurrió nada más finalizar la colecta, el domingo antes del viernes que debía volver a Nueva York. Los metodistas de Maycomb cantaban la llamada Doxología; de ese modo le ahorraban al ministro el esfuerzo de inventar otra plegaria mientras se pasaba el cepillo, dado que para entonces ya había pronunciado tres saludables invocaciones al Señor. Desde los recuerdos eclesiásticos más tempranos de Jean Louise, Maycomb había cantado la Doxología de una manera, y solo de una: <Alabemos / a Dios / de quien / manan / todas / las bendiciones>, una versión tan arraigada en el metodismo sureño con el ritual del servicio fúnebre. Ese domingo, la congregación se estaba aclarando inocentemente la garganta para cantarla a coro, como correspondía, cuando, de sopetón, la señora de Clyde Haskew se puso a tocar el órgano:

             AlabemosaDiosdequienmanan / todaslasbendicio / nes,

                       Alábenletodaslascriatu / rasdelatie / rra.

                    Alábenleenloalto / oh / huestescelestia / les.

                  AlabadoseanPadre, / HijoyEspí / rituSan / to.

   Tal fue la confusión que siguió que, si el arzobispo de Canterbury se les hubiera aparecido de pronto vestido con toda su parafernalia, Jean Louise no se habría sorprendido lo más mínimo: los fieles, que no habían advertido ningún cambio en la interpretación que la señora Haskew llevaba haciendo toda la vida, entonaron la Doxología hasta el final como estaban acostumbrados, mientras la señora Haskew la embalaba, frenética, como si aquello fuera la catedral de Salisbury.

   Lo primero que pensó Jean Louise fue que Henry Hackett se había vuelto loco. Henry Hacket era el director musical de la Iglesia metodista de Maycomb desde que ella tenía uso de razón. Aquel hombre bueno y grandullón, provisto de una suave voz de barítono, dirigía un coro de solistas reprimidos y poseía una memoria infalible para recordar cuáles eran los himnos favoritos de los superintendentes del distrito. En las diversas guerras eclesiales que formaban parte intrínseca de la fe metodista, se podía contar con que Henry sería el único que mantuviera la calma, dando consejo cuando se le requería y reconciliando a los elementos más primitivos de la congregación con la facción revolucionaria. Había dedicado treinta años de su tiempo libre a la Iglesia, y esta le había recompensado hacía poco con un viaje a un campamento musical metodista en Carolina del Sur…”

«Delante había una puerta, tachonada con brillantes luces rojas de neón, y llegaba el ritmo sincopado de jazz desde la distancia, atrayente. No, la puerta no. A la derecha subían unas escaleras oscuras, amenazadoras y angostas. Mary se volvió y corrió hacia ellas, con el eco de sus pasos rebotando en las paredes de piedra. Sintió la respiración atrapada bajo las costillas, tensa y dolorosa. Los gritos se hicieron más fuertes.

–¡Mira! Es una chica. ¡Se escapa!

-¡Atrápala, rápido!

<Del relato Mary Ventura y el noveno reino de Sylvia Plath>

«Un cuento es para mí el negativo de una foto en el cual puedes verter la realidad. Odio la literatura explícita. Una imagen puede ser el anzuelo. Una imagen en la memoria que viene a interpelar al presente y a la cual comienzo a buscarle una explicación, y a construir una narración» (Magela Baudoin)

Joël Dicker, el thriller como bandera literaria

El autor suizo, que alcanzó dimensión de literato a través de su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, continua creando sobre la senda del thriller, su género afín, y quien con Un animal salvaje, vuelve a encontrarse dentro de su ámbito natural

Escritor precoz, contaba con diez años cuando hizo su primera publicación: La Gaceta de los Animales. Un hecho, este de la precocidad, que le traería sus contratiempos cuando, a los diecinueve, presentó a los editores su relato El Tigre, que alcanzó la categoría de obra publicada, pero lo hizo con posterioridad ya que, en su momento, por el desconocimiento de la figura del autor, sumada a la calidad de su escritura, produjo dudas a la casa editorial ante las sospechas que se tratara de una obra plagiada.

Parecido camino siguió su primera novela Los últimos días de nuestros padres, que tampoco encontraba editor a quien le agradara. Presentada luego a concurso del Premio de los Escritores Ginebrinos, fue la ficción que terminó con alzarse con el primer premio, y con él su deseada publicación.  

Sin duda Dicker (Ginebra, Suiza, 1985), quien antes de dedicarse de pleno a su literatura, compaginó estudios en la Escuela de Drama en París y de abogacía en la Universidad de su ciudad natal. Aunque su consagración definitiva vino de la mano de La verdad sobre el caso de Harry Quebert, ficción que fue distinguida con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, y el Premio Goncourt de los Estudiantes. Texto del que se filmó una serie y en la que el autor colaboró como coguionista, lo que le permitió alcanzar un mayor reconocimiento y proyección.

Otros textos posteriores son El libro de los Baltimore, El enigma de la habitación 622, El caso Alaska Sanders, El animal salvaje, y su última publicación, La muy catastrófica visita al zoo, la mayoría de ellos escritos dentro del género del thriller, en el que el autor se siente en su ámbito natural.

Al presente es evidente, por hechos contrastados, que ya no caben más dudas respecto de la capacidad y la calidad del novelista helvético. Al menos, así lo atestiguan de manera fehaciente muchos de sus lectores a lo largo y ancho del planeta, siendo traducidas sus historias a más de treinta idiomas.  

De la novela El animal salvaje, donde el escritor y su trama nos transporta hacia un verdadero vuelo literario sobre su ciudad de origen, el pasaje siguiente:

   “Era una casa moderna. Grande, de forma cúbica, toda de cristal, que se alzaba en medio de un jardín impecable, con piscina y un amplio porche. La parcela estaba rodeada de bosque. Aquel lugar era un oasis, un pequeño paraíso secreto resguardado de las miradas al que se entraba por un camino particular. Al igual que la casa, los que vivían en ella también resultaban ser de ensueño: Arpad y Sophie Braun eran la pareja ideal y dichosos padres de dos hijos maravillosos.

   Aquella mañana, Sophie abrió los ojos a las seis en punto, Llevaba algún tiempo despertándose sistemáticamente a la misma hora. A su lado, Arpad, su marido, dormía a pierna suelta. Era domingo, le habría gustado dormir un rato más. Se revolvió en la cama, en vano. Al final, se levantó sin hacer ruido, se puso una bata y bajó a la cocina para prepararse un café. Una semana después cumpliría los cuarenta y nunca había estado tan guapa.

   Desde la linde del bosque se veía perfectamente el interior del cubo de cristal. Acuclillado detrás de un tronco, un hombre vestido con ropa de deporte oscura que lo hacía invisible permanecía con los ojos clavados en Sophie, que se encontraba en la cocina.

   Sophie, con el café en la mano, observaba la irilla del bosque que delimitada su jardín. Era su ritual matutino. Abarcaba con la mirada su diminuto reino.

   A unos kilómetros de allí, en pleno centro de Ginebra, un Peugeot gris con matrícula francesa circulaba por una avenida desierta. Con la luz del amanecer no se distinguía bien al conductor a través del parabrisas. El vehículo llamó la atención de una patrulla policial y las luces giratorias azules iluminaron la fachada de los edificios circundantes. Los policías procedieron al control del Peugeot y su conductor: todo estaba en regla. Uno de ellos le preguntó al conductor para qué había ido a Ginebra. “Visita familiar”, contestó él. Los policías se marcharon satisfechos. El conductor se congratuló por aquel coche de ocasión que había comprado a muy buen precio y, sobre todo, de forma cien por cien legal. Era el mejor modo de pasar inadvertido.  

   Sophie, en la ventana, seguía observando el jardín. A veces sorprendía a algún zorro que vagabundeaba por el césped. Incluso había llegado a ver un corzo. Le encantaba esa casa que su marido y ella habían adquirido un año antes. Hasta entonces habían vivido en un piso en pleno corazón de Ginebra, en el barrio de Champel. Hacía tiempo que les rondaba por la cabeza la idea de una casa, con jardín para los niños. La subida del precio de la vivienda los había decidido a vender el piso con una buena plusvalía y ponerse a buscar una, Cuando visitaron aquel chalet de autor situado en la encopetada comuna de Cologny, no lo dudaron ni por un segundo. Se despertarían todas las mañanas en ese marco incomparable, sin dejar de estar a cuatro kilómetros del centro de Ginebra, donde ambos trabajaban. Unas pocas paradas de autobús, doce minutos en coche o quince en bicicleta eléctrica para los pijoprogres bastaban para pasar de un universo a otro.

   El hombre que se escondía en la maleza observaba ahora a Sophie con un par de prismáticos militares pequeñitos. Escrutaba el cuerpo espigado que la bata corta dejaba al descubierto y se detuvo en la parte superior del muslo, donde tenía tatuada una pantera.

   A su espalda, a unas decenas de metros, su perro lo esperaba pacientemente atado a un árbol. El animal, echado en una alfombra de hojas, parecía acostumbrado a esa rutina que llevaba prolongándose varias semanas. Su dueño acudía todas las mañanas. Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras. Los Braun dormían con las persianas subidas y lo veía todo: la miraba levantarse, bajar a la cocina para prepararse el café y bebérselo delante de la ventana. Qué deseable era. Lo tenía obnubilado. Obsesionado.

   Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía.

   Desde el bosque, el hombre la miraba con deseo. La realidad no tardó en espabilarlo. Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen.

   Desató al perro y se marchó igual que había ido: corriendo. Cogió la senda forestal, alcanzó la carretera principal y enseguida llegó al pueblo de Cologny. Se dirigió hacia un grupito de adosados: un conjunto de viviendas idénticas, una promoción barata para familias de clase media que había dado mucho que hablar en aquella comuna tan fina acostumbrada a los chalets de lujo.

   Según entró por la puerta de casa, oyó que su mujer lo llamaba:

   -¿Greg? ¿Eres tú?  

   Se encontró a Karine en el salón, leyendo mientras se bebía un té. Los niños seguían dormidos.

   -¿Ya estás despierta, cariño? -preguntó, fingiendo indiferencia.

   -Oí que te levantabas y no conseguí volver a dormirme.

   -Lo siento, no quería despertarte. He salido a correr con el perro.

   Greg, que no podía quitarse a Sophie de la cabeza, se sentó junto a su mujer en el sofá y se arrimó a ella. Pero resultaba obvio que Karine no estaba de humor.

   -Para, Greg, que se van a despertar los niños. Por una vez que puedo leer un libro en paz.

   Greg, apesadumbrado, subió a la planta alta para darse una ducha en el cuarto de baño anejo a su dormitorio. Se quedó un buen rato bajo el chorro de agua tibia. Las andanzas matutinas podían salirle muy caras si lo pillaban. Se estaba jugando el curro. Karine lo dejaría. Él mismo se avergonzaba de espiar así a una mujer en su propia casa. Pero no podía evitarlo. Ese era el problema.

   Aquella fascinación por Sophie había comenzado un mes antes, durante la fiesta en casa de los Braun. Desde esa noche, no había vuelto a ser el mismo…”

«¡Que vergüenza! Sólo de mala gana reconozco que aquella imagen, no, aquel cuadro naturalmente poderoso, es verdad, me espantó, pero me emocionó al mismo tiempo. Se desprendía de él una voluntad que parecía necesario obedecer. A aquel destino grandioso y progresivo no podía oponérsele nada. Un torrente que arrastraba. Y el júbilo que se elevaba desde abajo por todas partes me hubiera arrancado posiblemente también -aunque sólo fuera a título experimental- un <Sieg Heil> de aprobación…»

Texto del relato 1933 del escritor germano Günter Grass