Libros y filmes, una relación no siempre correspondida

¿Leer primero la novela en que se basa una gran pieza cinematográfica y después ver la película o seguir el camino inverso? Toda obra es siempre única, pero los ecos entre narración e imágenes no dejan de alimentar la imaginación de todos

¿Qué hilo invisible une Doctor Zhivago (1965), de David Lean, con A pleno sol, de René Clément (1960)? ¿Y qué Lo que queda del día (1993), de James Ivory, con Sin lugar para los débiles (2007), de los hermanos Coen? La respuesta es simple: nada, sino que las cuatro películas están basadas en novelas que, al momento de ser convertidas en imágenes, ya tenían sobre las espaldas su buen número de lectores. La obra de Boris Pasternak -contrabandeado el manuscrito fuera de la URSS y publicada en Italia en 1957- había sacudido el equilibrio de la Guerra Fría; el policial de Patricia Highsmith colocó en escena a un psicópata cautivador que dejaría su marca en la literatura; la ficción de Ishiguro presentaba una exploración irónica de la psique de clase inglesa; el relato de Cormac McCarthy era un western contemporáneo, frenético e inclasificable.

La disyuntiva sobre la conveniencia de leer el libro o ver la película es ficticia, a condición de que el uno o la otra no sean tan mediocres que cancelen automáticamente el dilema. En los casos mencionados, quien leyó y después vio -o vio y después leyó, como ocurre con más frecuencia- no se habrá visto decepcionado. Los libros son notables y las películas, conscientes de que no son simples subsidiarias de su fuente de inspiración.

Mario Puzo y la zaga de Francis Ford Coppola: El Padrino

Los lazos entre literatura y película, en todo caso, se volvieron duraderos desde que el pionero D. W. Griffith se dio cuenta de que había una garantía productiva para el cine naciente en las novelas que tan bien había afinado narrativamente el siglo previo. A partir de entonces los vínculos pueden resultar fructíferos, pero a veces son también tortuosos. Una exigua novela de Mario Puzo, que hoy nadie parece recordar, le permitió a Francis Ford Coppola desarrollar una decisiva épica mafiosa ( El padrino, por supuesto). A los seguidores de Stephen King, que son legión, no parece molestarles que resulte imposible disociar los rostros de Sissy Spacek o de Jack Nicholson de Carrie y El resplandor, a diferencia de lo que podría suceder con algunos lectores de Vladimir Nabokov (Lolita, de Stanley Kubrick, impuso la imagen de Sue Lyon, aunque el personaje de la novela es bastante menor en edad que la del film).

La ciencia ficción es otro caso revelador de la relación. Parece inverosímil que los libros de Ray Bradbury apenas hayan sido abordados por el cine como se merecen (Fahrenheit 451, de François Truffaut, deja bastante que desear), pero las historias de Philip K. Dick -un escritor más desordenado, pero lleno de ideas- son reapropiadas a destajo, a veces a traición. El mejor ejemplo es Blade Runner (1982), que conserva pocos elementos de la novela original, la entretenida ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, y trafica como título la de otro autor (William Burroughs).

Blade Runner y los pocos elementos con la novela original

Podría establecerse una casuística en el ida y vuelta entre libros y películas. Hay narraciones indestructibles, que ya hicieron un largo camino en la literatura: a ningún contemporáneo de Greta Garbo se le hubiera ocurrido que su Ana Karenina (1935) pudiera postergar la lectura del clásico de Tolstoi, del mismo modo que las innumerables adaptaciones de Dickens lejos estuvieron de desplazar los mamotretos del escritor inglés.

Las novelas de Albert Camus fueron influidas por la gramática cinematográfica, pero ni la versión que filmó Luchino Visconti de El extranjero (con Marcello Mastroianni como Meursault) ni la de La peste, de Luis Puenzo (una adaptación alegórica más contemporánea), amenazaron la apreciación directa de esas obras. Los libros siguen siendo más leídos que los films vistos.

Hay narraciones indestructibles, que ya hicieron un largo camino en la literatura: a ningún contemporáneo de Greta Garbo se le hubiera ocurrido que su Ana Karenina (1935) pudiera postergar la lectura del clásico de León Tolstoi

Gabriel García Márquez se negó, como se sabe, a que se filmara Cien años de soledad . Fue tal vez su astucia para convertirlo en clásico. El lapso de tiempo transcurrido desde su publicación en 1967 y la enorme cantidad de lectores que fue recolectando el libro probablemente le permitieron decantar en el imaginario colectivo sin imágenes sobreimpuestas, algo que la estampa actoral de los Buendía que haya seleccionado Netflix (ahora que sí se está filmando) difícilmente logre torcer. También el recientemente fallecido Carlos Ruiz Zafón (tan adorador del cine que se fue a vivir a Los Ángeles) rechazó que se filmara La sombra del viento , a pesar de que su prosa, tan distinta de los barroquismos del colombiano, parece modelada para una fácil traducción en imágenes.

Shakespeare, en cambio, por acudir a un clásico que fue llevado a la pantalla grande una y otra vez, tiene la ventaja de los dramaturgos. Sus obras fueron escritas para ser representadas y no permiten comparaciones. Cada puesta teatral es una interpretación del soporte ideado por el isabelino. Eso permite que las versiones vayan de un Hamlet tradicional (el de Mel Gibson, de 1990) y las recargadas imágenes de La tempestad infligidas por Peter Greenaway en Prospero’s Books (1991) a las alusiones al Tercer Reich en Ricardo III , de Richard Loncraine (1996), o los Montescos y Capuletos de Verona Beach perpetrados por Baz Luhrmann (1996) en su versión kitsch de Romeo y Julieta. Shakespeare es, en términos cinematográficos, gloriosamente camaleónico.

Mel Gibson en un Hamlet tradicional

Hay una categoría de películas singular: las que son leales al libro sabiendo que se convertirán en algo distinto. Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, comienza con una descripción inolvidable: el cadáver de un mono flotando en el río. En su versión de Zama, Lucrecia Martel elude esa imagen de alto valor simbólico, y coloca otra, igual de intrigante: un frenético cardumen de peces bajo el agua.

Hay libros dignos que tambalean ante su versión fílmica: Being there , de Jerzy Kosinski, parece haber sido fagocitada por Desde el jardín (tal vez haya culpar de ello al gran Peter Sellers ). Otros, que resisten con orgullosa indiferencia: The Go-Between (1953), de L. P. Hartley, con su narración clásica y nostálgica, no pierde nada de su encanto frente a la estupenda El mensajero del amor (1971), de Joseph Losey.

Los libros que superan el trauma de una recreación importante merecen ser leídos una y otra vez. La naranja mecánica (1971), de Kubrick, es más espectacular que la novela de Anthony Burgess , pero la violencia del nadsat (esa inventada jerga medio rusa en que está hecho el libro) tiene la gracia verbal de lo que solo puede lucir por escrito. Tampoco el tono de Nick Carraway, que narra la historia de El gran Gatsby , puede ser reproducido en todo su alcance por la película de 1974 que dirigió Jack Clayton, por mucho que Robert Redford compense la nostalgia con el porte de su Gatsby.

La Naranja Mecánica, de Kubrick, más espectacular que la novela de Anthony Burgess

Un caso límite es La muerte en Venecia, de Thomas Mann, nouvelle fundamental de comienzos de siglo XX, que el italiano Visconti alteró con algunas pinceladas que resultaron clave: el escritor Gustav von Aschenbach, que en el libro es un autor de nota, deviene compositor, lo que permite asociarlo a Gustav Mahler y darle al film una banda sonora de la que la narración de Mann, claro está, carece. Los planos del joven y bello Tadzio, que tanto obnubila al protagonista, recuerdan que una imagen puede ser a veces -no siempre- más eficaz que su descripción verbal.

Julio Cortázar (del que se filmaron Circe o El perseguidor) quedó, por su parte, extrañamente asociado a una película clave del siglo XX: Blow Up (1966), de Michelangelo Antonioni, se basa supuestamente en su cuento “Las babas del diablo“. El relato del argentino es un tour de force que se narra desde algún limbo indefinible, lleno de nubes. El director toma el núcleo del argumento (en un parque un fotógrafo capta con su cámara una escena en apariencia inconveniente) para pasear la historia a través de un Swinging London tan desconcertante como el mundo cortazariano, pero del que difiere de manera sustancial.

Los libros complejos pueden inspirar también películas que invitan a conocerlos. Volker Schlöndorff se animó parcialmente a Marcel Proust en Un amor de Swann (con Jeremy Irons y Ornella Mutti), pero el franco-chileno Raoul Ruiz fue más original: su versión de El tiempo recobrado, el último tomo de En busca del tiempo perdido, les da sentido cinematográfico a algunos de los mecanismos sensibles que ponen a funcionar los recuerdos del protagonista.

Ulises, de James Joyce, libro fundamental de la vanguardia modernista, es, con todo su arsenal de recursos literarios, un libro que a priori no convendría filmar. Tuvo su versión, sin embargo, ejecutada en 1967 por Joseph Strick, que -como la propia novela en su momento- debió enfrentar la censura. He ahí una película que, si se lograra conseguir, cualquier lector maniático querría ver.

Como desquite, se puede echar mano de Berlin Alexanderplatz . La novela de Alfred Döblin -que suele ser señalada por su ambición y ambiente urbano como el doble alemán del libro de Joyce – fue la base para una de las obras más logradas de la historia del cine. Rainer Werner Fassbinder -al que le gustaba identificarse con el protagonista Franz Biberkopf, un ladrón y marginal- realizó su versión en celuloide, pero para televisión, obligado por las casi dieciséis horas que terminó durando. Lo singular -como hizo notar Susan Sontag– es la devota fidelidad con que Fassbinder sigue el original. Libro y película son obras maestras individuales, pero que se comunican. Conviene entregarse asombrados a la doble experiencia -la de leer y ver- sabiendo que en este caso, por una vez, el orden de los factores no altera el producto.

(El autor del texto es Pedro B Rey y fue publicado en el diario La Nación de Argentina)

“Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que esforzarse para ello” ( El cuento de la criada – Margaret Atwood )

Rosa Montero, prolífica y versátil

La escritora (Madrid, 1951) posee un extenso currículum dentro del ámbito del periodismo, profesión que le ha hecho ganar reconocimiento por su amplio desempeño en medios nacionales como extranjeros, especializándose en el género de la entrevista.

En cuanto a la más pura ficción y en concreto a la novela, su producción hasta el presente abarca un total de diecisiete títulos, entre los más reconocidos: Crónica del desamor, La loca de la casa, Historia del rey transparente, Instrucciones para salvar al mundo, y la última de ellas, La buena suerte, que fue presentada hace pocas semanas.

Su creatividad casi compulsiva alcanza también el relato: Amantes y enemigos. Cuentos de parejas, Hombres (y algunas mujeres). También ha incursionado  en el ensayo y en la literatura infantil, y son conocidas sus participaciones en distintos programas de la pantalla chica, por lo que ante la multiplicidad de propósitos, lleva a preguntarse dónde la autora reproduce su tiempo para alimentar tamaña actividad profesional. Y si amplia es su producción, larga es también la lista de premios y reconocimientos de todo tipo, más de dos docenas, de los que destacan el Premio Nacional de Periodismo y el Nacional de las Letras Españolas.

Como otros tantos autores, la madrileña es de las que utilizan el método de apartarse de la cotidianeidad para poder construir sus textos, aunque reconoce que los aislamientos obligatorios como el ocasionado por la pandemia es de los que más le ha costado sobrellevar, para reconocer que por fortuna la escritura fue uno de sus mejores antídotos.

Para construir sus novelas echa mano de un estilo sobrio y equilibrado, aunque puede que encuentre su mejor expresión dentro de las acotadas dimensiones del cuento, quizás siguiendo aquello que supo pregonar Jorge Luis Borges: para qué extender la trama si se puede conseguir el objetivo literario con menos palabras.

Para cotejar lo dicho, un pasaje de su relato breve Parece tan dulce:

    “Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer.

    Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un master en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldívar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió en la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldívar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados en la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados solo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharle rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.

    Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien no conozco: mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego. Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre que está en casa: es abogada y trabaja en un estudio laboralista), se llena la cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas, se mete en la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldívar. Para mí no es, eso está claro: a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para afrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no existo. Muchas veces en mi vida, con diversas, me he sentido así, de cristal transparente: pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo más duro.

    Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:

    -¿Por qué no te compras el monoxinosequé ése, una loción que se dan los hombres contra la calvicie?

    O bien:

    -Deberías cuidarte un poco más.

    No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin mejoría  apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de mis desvelos. Para disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia: pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado…”                                                    

Distopías en los textos literarios

Hablar de las distopías en la literatura en la prolongación de los tiempos pandémicos presentes hasta nos ayuda a simplificar las cosas, es decir, lo que muchos escritores llegaron a imaginar en un futuro para el ser humano, puedan parecer ideas contenidas ante la realidad que nos circunda. El texto a continuación habla de historias que se alimentan del pasado y también de otras que se arriesgan en el futuro, con las licencias lógicas que se pueden otorgar a quienquiera sumergirse en cualquier obra de ficción, a pesar de que lo que nos parecía surgido de imaginaciones altamente fantasiosas, lo veamos en el presente como más cercano y palpable  

El Proceso expone el lado negativo del totalitarismo

‘No pienses mucho en el futuro, pues lo desconocido solo trae temor y angustia, pero lo único seguro es que la muerte te espera’, Dyfred Brazam.

La novela de anticipación siempre ha sido el mejor vehículo para mostrarnos un futuro bastante oscuro, aunque se la ha utilizado como una forma de advertirnos y de criticar los males de la sociedad actual y sus previsibles consecuencias si los seres humanos no tomamos conciencia de lo mal que actuamos y lo permisivo que somos ante los abusos del poder. Es el poder premonitorio de la imaginación.

Si rastreamos en la literatura lo que Orwell nos señaló hace 70 años en su novela 1984, podemos retroceder en el tiempo y buscar indicios de un futuro caótico en el Libro de las Revelaciones de San JuanEl Apocalipsis, que nos avisa de un tiempo en donde el hombre tendrá que luchar contra las fuerzas del mal.

Todas las religiones vislumbran en sus textos futuros terribles para el hombre, Mary Shelley en su novela El último hombre imaginaría un mundo destruido por una gran peste, con una sociedad acabada y donde el último hombre civilizado está en franca agonía, ese mismo tema lo tomaría en el siglo XX, Richard Matheson en su obra maestra Soy leyenda, donde la sociedad está gobernada por mutantes vampiros y el hombre no es más que una leyenda, un triste recuerdo destruido por su propia naturaleza.

Soy Leyenda, de Richard Matheson, muestra la lucha contra vampiros mutantes

La literatura fantástica y de ciencia ficción en sus primeros años muestra optimismo, confianza en que el hombre aliado con la tecnología y la ciencia creara un futuro de esperanza y progreso, de eso nos habla Karel Capek en su obra RUR, donde el hombre crea al robot, un avance científico para la humanidad, pues la palabra robot viene del checo ‘robotik` que significa trabajo, conciliando trabajo y tecnología en beneficio del ser humano.

El siglo XX con las dos hecatombes mundiales, genocidios y el horror atómico hizo pedazos ese anhelo, el hombre es lobo del hombre y su naturaleza es la destrucción y el poder de dominar a su semejante, el triunfo de la sinrazón y la locura estaba a la orden del día.

Fue Kafka el precursor de ese estilo angustiante y pesimista, nadie ha expresado mejor que él, el absurdo de las sociedades burocráticas y totalitarias; pues describe una naturaleza agonizante que señala el destino de la humanidad, el Joseph K protagonista de la novela El proceso no sabrá jamás de que se le acusa y por qué va a morir en manos de un sistema intolerante y brutal.

Franz Kafka, precursor del estilo angustiante y pesimista

Con el equilibrio del terror, producto del enfrentamiento entre las dos grandes potencias, las novelas de ciencia ficción dejan en sus páginas mensajes pesimistas, lo que nos espera en el futuro no es nada bueno, el hombre será absorbido por la masa social, el individualismo, la libertad será aniquilada, novelas como 1984  de George Orwell plasma el horror de la sociedad totalitaria, todo manejado por un carismático dictador llamado Gran Hermano, Farenheit 451 de Ray Bradbury, una novela cruda, donde los libros son la amenaza y el que los posee es un disidente peligroso, o la obra de Aldous Huxley, Un mundo feliz, escrita en los años 30, se aborda la problemática de la manipulación genética, la eugenesia, buscando la perfección de los humanos y desechando a los imperfectos, anticipación del horror del nazismo.

Mientras más avanza la tecnología el hombre abusa de ella, es el mensaje que nos dejan novelas como El planeta de los simios de Pierre Boulle, el ocio y la pereza producto del uso indiscriminado de la técnica revierte la condición del hombre convirtiéndolo en el último estadio de la escala zoológica.

La naranja mecánica de Anthony Burgues, el hombre sometido a la voluntad del Estado y objeto de la experimentación médica para convertirlo en sujeto sin voluntad. O los llamados replicantes que se terminan cansando de vivir tan poco y se rebelan del dominio del hombre y buscan a su creador pidiendo respuestas a su existencia, hermosa alegoría sobre el hombre y sus milenarias preguntas a Dios que Phillip K. Dick nos entrega en Blade Runner.

La escritora española Rosa Montero nos ofrece su trilogía futurista de la detective Bruna Husky, un androide que tiene más humanidad que sus creadores humanos, su labor se desenvuelve en medio de un mundo aséptico exteriormente pero con la podredumbre que lo corroe por dentro, novelas ágiles que tienen esa inspiración orwelliana pero con toques tan abrumadoramente pesimistas como si Joseph Conrad las hubiera inspirado.

Pero qué sucede cuando ese Estado se disuelve y deja al hombre a merced de sus más primarios deseos, nada bueno puede salir de eso, ¿pero en medio de eso qué nos puede permitir seguir siendo humanos? Eso es el tema de reflexión de dos novelas como son Ensayo de la ceguera de José Saramago y La  carretera de Corman McCarthy, por más grande que el mundo se haya degradado siempre habrá personas que a pesar de todo no perderán la humanidad.

En su obra, Saramago impide que las personas pierdan su humanidad a pesar de las dificultades

Sociedades inmersas en gobiernos teocráticos y machistas como es el mensaje de Cuentos de la criada de Margaret Atwood, la mujer objeto de sometimiento brutal y cómo busca por todos los medios su liberación.

En los siglos XVII y XVIII, los moralistas mediante el uso de la fábula y el cuento, invitaban a sus contemporáneos a tomar conciencia de las debilidades y miserias de la sociedad. En este mundo postmoderno, los autores de ciencia ficción nos invitan a reflexionar sobre el devenir de nuestra especie, sobre los límites del progreso y el buen o mal uso que se puede hacer de la ciencia.

Pero la imaginación de los autores y de los lectores tiende siempre a fabricar mundos casi perfectos pero la realidad es a veces más terrible que la imaginación, solo en manos del hombre está al leer estas obras no como simple diversión sino como una siniestra advertencia. 

(El autor del texto principal es Freddy Avilés Zambrano, y fue reproducido en El Universo de Ecuador)

“Los estados deberían invertir más en educación, inteligencia, creación y fomentar el acercamiento al arte y a la cultura. De lo contrario, sólo nos quedará el centro comercial” (Gilles Lipovetsky)

Sylvia Plath, escrituras y confidencias

Se la vincula con las escritoras que con su obra han alimentado el género de la denominada “poesía confesional”. Quizás por ello sus textos han despertado cuestionamientos a través de la particularidad de su existencia, ya que la autora estadounidense (Boston, Estados Unidos, 1932 – 1963, Londres, Reino Unido)  tuvo una vida corta en compañía de sus estados clínicos depresivos que, de una u otra manera, se vieron siempre reflejados en su obra. Rasgo que la emparenta con la argentina Alejandra Pizarnik, que sufrió consecuencias idénticas de la enfermedad, quien además conforma parte de las autoras que a edad temprana pusieron fin a su vida, y a quien se la adhiere al mismo género literario.

Hija de un profesor universitario que no quiso tratarse de su diabetes y por ello cargó con las consecuencias físicas y una muerte temprana, la bostoniana supo ser la niña prodigio que alcanzaba a desempeñarse bien en disciplinas como la pintura o el piano y quien, a los ocho años, escribió su primer poema, habilidad esta última que le hizo adjudicarse una beca para perfeccionar su escritura en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Sería en sus aulas donde conocería al poeta Edward Hugues, con quien tendría un corto matrimonio y dos hijos.

En los treinta años de su existencia tuvo oportunidad de crear una obra no muy extensa pero significativa, compuesta de sus diarios personales de vivencias, sus relatos cortos, compendios de poemas con títulos como El Coloso o Ariel, y una única novela, La campana de cristal, ya que una segunda fue destruida por la propia autora antes de ver la luz. Aun así, fue una de las pocas escritoras que en 1982 recibió un reconocimiento póstumo con un premio Pulitzer por el conjunto de sus poemas.

La suya es una poesía visceral despojada de todo aditamento artificial, sentimiento puro que sin contención alguna es lanzado hacia la percepción del lector, hecho que hace que sus textos sean objeto de una reedición constante. Tal vez los poemas que acompañan este texto con sus títulos, contengan en parte esa carga emocional que en el momento de su escritura acompañaron a la autora:

Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hágase a sí mismo:

infinita, verdad, intocablemente intocable.

Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.

Mi medio son.

El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.

¿C6mo salir de la mente?

Los pasos a mi zaga se concentran en un pozo.

Este mundo carece de árboles y de pájaros,

solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:

un puño rojo se abre y se cierra,

dos papelosas bolsas grises:

he aquí mi materia, bueno: y terror también

a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:

torciendo el cuello.

¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!

Dos frías balas muertas se nos aproximan:

con mucha prisa vienen.

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto hace que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan sin cesar

 Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

“El orgullo es un defecto muy común. Mis lecturas me han convencido de que la naturaleza humana es extremadamente propensa a él, y de que hay muy pocas personas que no se sientan satisfechas de sí mismas por tal o cual condición real o imaginaria.” ( Orgullo y prejuicio – Jane Austen )

El museo de los libros prohibidos

Ya se sabe, el ingenio puede derribar muchas barreras, incluso, la de aquellos rígidos preconceptos del pensamiento. Otorgando valor a esta idea y en un lugar como Tallin, capital de la república báltica de Estonia, se les ocurrió establecer un museo que alberga libros que por alguna razón fueron censurados por las autoridades de turno, o bien, crearon algún tipo de polémica por el contenido de sus páginas, textos que en un amplio abanico oscilan desde el “1984” de George Orwell hasta las ‘Cincuenta sobras de Grey` de E. L. James. El concepto de sus fundadores es sencillo: preservarlos para la posteridad, dar a conocer su historia, y luego, que los visitantes juzguen por sí mismos

Joseph Dunningam, director del Museo de los Libros Prohibidos en Tallin, Estonia

El Museo de los Libros Prohibidos (Banned Books Museum) abrió el 30 de noviembre pasado en Tallín, la capital de Estonia, con la intención de “preservar libros que han sido prohibidos, censurados o quemados y contar su historia al público”. Así lo explica el cofundador y director, Joseph Dunningam (Dundee, Escocia, 32 años). El escocés señala dos cosas que le inspiraron a embarcarse en este proyecto: leer a George Orwell de joven, lo cual le despertó un interés sobre la censura y la libertad de expresión, y el sueño de toda la vida de tener su propia librería.

Los estantes del pequeño museo ofrecen una muestra de volúmenes variopintos: 1984, de Orwell, está justo al lado de la novela erótica Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James, y no muy lejos se encuentran dos gigantes de la literatura estadounidense: Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, y El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. La hilera de abajo, por su parte, tiene la distopía de corte feminista El cuento de la criada, de Margaret Atwood, y la novela gráfica autobiográfica lésbica Fun Home, de Alison Bechdel. De todos estos, el favorito de Dunningam es El paraíso perdido, de John Milton, “en parte porque un fragmento se ha perdido”.

Vivir en China cuando era más joven también le dejó una gran impresión: “Allí vi muchos tipos de restricciones, en especial sobre lo que puedes o no decir, pero lo más perturbador es cómo la población en general cede ante la censura”. La colección del museo se divide por países, con secciones dedicadas a China, Estados Unidos, Rusia, Reino Unido y Estonia. “Cada país tiene una historia y tendencia particular respecto a la censura. En Reino Unido, por ejemplo, tiende a relacionarse con el sexo; en Rusia el objetivo es el control de ideas políticas, y en Estados Unidos predomina la protección a los niños de temas sensibles”, comenta el director.

“Espero que pronto tengamos también una sección dedicada a España”, indica Dunningam, que cuenta que ha estudiado con interés la censura durante la dictadura franquista. “No quiero hacerlo sin la investigación previa necesaria. Hay que tener un gran entendimiento del tema, recolectar un gran número de libros y solo entonces exhibirlos al público. Así es como solemos hacerlo”, señala el escocés. “Espero poder hacer ese acercamiento profundo a la historia de España del siglo XX”.

“Todo el mundo pregunta por Mein Kampf”

Dunningam explica que los textos que han sido meramente polémicos, impugnados o debatidos no entran en la colección, así como tampoco los libros electrónicos, las revistas, los periódicos, las películas, los cómics o la música. “Intentamos resumir para poder entrar en profundidad en el tema de la censura”. Aquí el museo se adentra en un territorio sensible: dibujar una frontera sobre qué es y no es aceptable mostrar al público.

“Más del 95% de la colección entra dentro de lo que llamamos categoría A. Esos libros se exponen abiertamente con una explicación. La categoría B son los tomos que no exhibimos pero se enseñan si se solicitan. Y la categoría C está reservada a los libros que se preservan pero nunca se exhiben”, explica el director. Dunningam da como ejemplo hipotético un manual de fabricación de bombas de la Guerra de Independencia de Estonia: “No estoy interesado en herir a nadie. Lo preservamos porque es historia, pero lo mantenemos fuera de los estantes”.

El principal problema que enfrenta hoy el Museo de los Libros Prohibidos no es un censor, sino un virus. Cuando abrió sus puertas en noviembre tuvo que cerrar casi de inmediato debido a las restricciones sanitarias por un aumento de los contagiados de covid-19 en Estonia. La nación báltica, con una población de 1,3 millones de habitantes, ha pasado de tener unos 3.400 casos y 65 muertes al inicio de octubre a alrededor de 66.500 enfermos confirmados y más de 600 fallecidos a principios de marzo.

“El museo es pequeño y es un reto mantenerlo abierto, en especial durante la pandemia”, confiesa Dunningam, quien explica que la institución está registrada como una empresa social y el dinero que entra se destina exclusivamente a su mantenimiento. Los ingresos, según el director, vienen de donaciones, de la venta de algunos libros o mercancía y de su propio bolsillo. El centro estuvo abierto de forma intermitente en enero y febrero pero ahora está previsto su cierre hasta abril. También mantiene un club de lectura por internet en el que se comentan diferentes títulos: El príncipe de Maquiavelo ha sido el último.

La colección no recibe en la actualidad ayuda económica de ninguna organización pública o privada. Dunningam admite que quizá en el futuro contemple algún tipo de asistencia financiera, pero le preocupa que eso signifique “presiones” o le obligue a “ignorar algún tema en específico”. Considera que muchas personas en Estonia recuerdan todavía “una época que no había libertad de expresión” y por eso valoran y defienden ese derecho.

(El texto pertenece a José González Vargas y fue publicado en el suplemento Babelia del diario El País de España)