Lygia Fagundes Telles, del portugués al español y viceversa

Tiempo atrás, el desaparecido expresidente de Uruguay, José Mujica, mientras se encontraba de visita oficial en Brasil, vaticinó que en el futuro y para una más y mejor integración de Latinoamérica, los niños hispano hablantes deberían aprender portugués en las escuelas, así como aquellos que fueran de habla portuguesa deberían hacer lo mismo con el español.

Hoy, cuando han transcurrido unos años de la manifestación del que fuera mandatario uruguayo, su propuesta está muy lejos de haberse llevado a cabo. Además, la fuerza del inglés, sigue acaparando cada vez más espacio de estudio en las aulas de todo el mundo; aunque a veces sea evidente que lo hace en detrimento de otras lenguas. Aun así, el aprendizaje de un idioma, -de cualquiera de ellos-, no solo es un signo de sapiencia, también es decididamente un elemento de conformación de un individuo y por ende de la sociedad a la cual pertenece.

El reto lanzado al vuelo por el mandatario sudamericano sigue manteniendo su plena vigencia. Y es indudable que la literatura, en todos sus géneros, es una de las formas de sumar aportes de valor a esa posibilidad. Para ello, a nombres como Borges, Neruda, Isabel Allende, Vargas Llosa, Roa bastos, Benedetti o García Márquez, se les podría anteponer los de Guimaraes Rosa, Nélida Piñón, Machado de Asís, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o Lygia Fagundes Telles, por nombrar solo algunos en este posible intercambio del saber hacer literario.

En el caso de Fagundes Telles (Sao Paulo, 1918 – Sao Paulo 2022), lo suyo fue desde joven superar contingencias en la vida, donde llegó incluso a graduarse como doctora en leyes. Como escritora, logró publicar su primer libro de sus primeros relatos a los veinte años de edad: Porao e sobrado, y dos décadas después, As meninas, su primera y más conocida de sus cuatro novelas, texto que la llevó a alzarse con el premio de la Academia Brasilera de las Letras, luego el premio Jabuti de la Cámara Brasilera do Livro y por último, el premio de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.

Su producción en cuanto a relato corto es extensa hasta constituirse como una de las más importantes en su país, que contribuyó a que la autora fuera nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Lisboa, y a ser reconocida por todo el conjunto de su obra con el distinguido premio Camoes, el más importante de los galardones de las letras portuguesas.

La calidad de sus textos hizo que muchos de sus libros fueran traducidos al alemán, inglés o francés, y a lenguas tan disímiles como el sueco, polaco, ruso o el chino.

El pasaje siguiente pertenece al compendio de Cuentos Brasileros. De este, uno de los relatos más festejados de la escritora paulista, El muchacho del saxofón:

   “Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.

   No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.

   -¿Qué es eso? -le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba la música hasta nuestra mesa-. ¿Quién estaba tocando?

   -Es el muchacho del saxofón.

   Mastiqué más despacio. Ya había escuchado antes saxofón, pero ese de la pensión no lo conseguía reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.

   -¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?

   James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.

   -Sí, aquí encima.

   Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.

    -Es una música cruelmente triste -continué.

   -Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro -contestó James, mojando la miga del pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.

   -Y contigo, ¿también se acostó?

   -Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¿me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse…

   ‘Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante, como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal. La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.

   -Parece alguien pidiendo socorro -dije, llenando de cerveza mi vaso-. ¿No tendrá una música más alegre?

   James se encogió de hombros.

   -Los cuernos duelen…

   En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.

   -Pero, ¿por qué? -pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.

   -¿Y los demás no reclaman?

   -Ya se acostumbraron.

   Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientazos que le sobraban. Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. ‘Un enano’, pensé. Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. ‘Cambió de ropa’, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero que diablo de enano es ese que cambia su ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado le lado.

   -¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? -le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.

   -Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas…

   Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto a los enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.

   -Con permiso, dijo.

   No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón…”

«La cultura ya no puede ser ignorada, infrafinanciada o relegada. Hoy los estados deben elegir: seguir tratándola como un lujo o reconocerla por fin como una infraestructura vital. Ya no basta con proclamar su importancia en los discursos. Se necesitan compromisos, financiación y políticas públicas» (Audrey Azoulay – exdirectora general de la Unesco)

«Te doy el reloj, no para que recuerdes el tiempo, sino para que consigas olvidarlo de vez en cuando durante un momento y no malgastes todo tu talento intentando conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás. Ni tan siquiera se libra. Sólo el campo de batalla revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es ilusión de filósofos e idiotas»

Texto de la novela El sonido y la furia de William Faulkner

Arturo Pérez Reverte, cronista, literato y polemista

En los últimos tiempos su persona, a través de las opiniones vertidas en distintos medios, atrajo la aceptación o el rechazo a sus posturas; si bien el autor acapara una larga experiencia como informador de conflictos, y más aún como fecundo novelista

Su rostro comenzó a ser reconocido años atrás cuando, como corresponsal de la televisión pública española, cubría los conflictos más diversos en diferentes zonas de guerra; una tarea que desempeñó durante más de veinte años. Sus crónicas se hicieron oír desde los lugares más variados: Chipre, Líbano, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Sudán, Angola, Bosnia o Croacia, por nombrar algunos, donde siempre intentó informar por sobre las ocasionales contingencias que surgían sobre el terreno.

Es probable que las consecuencias de sus actos le deban haber acarreado su buen desgaste físico y emocional, aunque con seguridad también le habrán aportado un buen cúmulo de experiencias de todo tipo, bagaje que con posterioridad trasladaría a sus historias de ficción, también en su fase de articulista y guionista.

Por tanto, no es extraño que sus historias se hayan destacado dentro del género de la novela de histórica y de aventuras, en las que los habitantes del mundo del mar se ven particularmente reflejados. Producto de ello, una treintena de títulos llegaron a las manos de sus lectores, entre ellos El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, La piel del tambor, la saga del Capitán Alatriste, Territorio Comanche o El club Dumas, estas tres últimas con su correspondiente versión fílmica.  

Los reconocimientos en forma de premios son además proporcionales a su extensa producción: Premio de la Academia Sueca de Novela, Premio New York Book Review, Premio Nacional de Periodismo. Es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

Más allá de sus textos, es común en los últimos tiempos que se entregue a la polémica en las redes sociales. A veces, sobre algún tema que inunda los titulares de prensa; en otros, echando mano de las enseñanzas que le ha dejado su propia historia; en todos los caos, intentando no caer en lo vano mientras pueda aportar su visión a un hecho.

En el que es hasta la fecha su anteúltimo texto de ficción, donde refleja a un mundo que se intuye estar a las puertas de una gran conflagración. Donde el autor nos muestra a seres que deambulan como autómatas mientras intentan hallarse a sí mismos; en una desesperada carrera por darle un sentido a sus vidas.

De La isla de la mujer dormida, el pasaje siguiente:

   “Había paredes pintadas de colores ya perdidos, espejos que la vejez moteaba, arcones labrados, cuadros de barniz oscurecido y polvorientas lámparas venecianas. Un ‘ambarataros’ de madera tallada separaba el salón del dormitorio amueblado con una cama grande, un armario de luna y una antigua alfombra turca. Por las ventanas, al abrir los deteriorados postigos de madera, podían verse las terrazas de las casas próximas, el arco gris de la costa, el mar y el perfil brumoso de las islas lejanas.

   Lena había puesto un disco en el gramófono del salón, junto al que se enmarcaban fotos familiares que el tiempo volvía desvaídas. Cantaba una voz de mujer:

                 Payons-nous un petit peu de plaisir,

                 Nous n’en ferons pas toujours autant,

                 On n’a pas tous les jours vingt ans.

    -¿Entiende el francés? -preguntó ella.

   -Sólo un poco.

   -No todos los días se tienen veinte años… Eso es lo que dice.

   Estaba ante él, inmóvil, justo en la división entre el salón y el dormitorio, junto al panel de madera labrada en forma de hojas, flores y pájaros. Llevaba un rato mirándolo desde el punto intermedio entre antes y después de una frontera figurada, imaginaria, que ella misma hubiera establecido al detenerse en ese lugar. O quizá no tan imaginaria, decidió Jordán. Si algo resultaba fácil, era adivinar lo que ocurría; y, sobre todo, lo que estaba a punto de ocurrir.

   Ella señaló la gran chimenea de mármol, apagada. Se había quitado el jersey al entrar en la casa, dejándolo caer al suelo de cualquier manera. El vestido blanco estilizaba más las líneas prolongadas del cuerpo y permitía a Jordán ver por primera vez sus brazos desnudos. Fue entonces cuando se fijó en las pequeñas marcas: minúsculos puntitos semejantes a picaduras, o pinchazos. Los había visto antes -en los barrios portuarios podía encontrarse de todo-, pero nunca una mujer como aquella.

   -¿Tiene frío? -preguntó Lena.

   -No -movió la cabeza-. Se está bien.

   Le sorprendía no experimentar deseo. O, para formularlo con precisión, que no fuera el deseo la sensación dominante. Se trataba, concluyó, de una curiosidad tranquila, más propia de un espectador que de un actor de verdad implicado. Entonces recordó lo que ella había contado de su marido, intuyendo que Lena Katelios poseía, de algún modo, la extraña facultad de convertir a los hombres en espectadores. En testigos privilegiados, íntimos, de sí misma.

   Súbitamente, ella pareció tomar una decisión. O más bien la había tomado antes y consideraba llegada la ocasión de que también la tomara él: retrocedió internándose -era la palabra exacta, internarse- en el dormitorio sin dejar de mirar a Jordán, invitándolo en silencio a seguirla. Y así, de espaldas, sin perderlo de vista ni volverse en ningún momento, fue hasta la cama y se sentó en ella, en el borde mismo, ligeramente separadas las piernas que se apreciaban bajo el algodón blanco del vestido, sin apartar los ojos del hombre que se aproximaba despacio con resignada cautela, parecida a la de un marino que tanteara el fondo con el escandallo para calcular la profundidad bajo la quilla, el peligro de las rocas ocultas bajo el agua menguante. Y cuando estuvo tan cerca que pudo percibir el aroma de su cuerpo -carne cálida, fatigada, vago rastro de perfume que no era capaz de identificar-, sin apartar los ojos de los suyos ella abrió más las piernas, alzándose lentamente la falda hasta la cintura para mostrar que nada llevaba abajo. Desnudos los muslos y el triángulo del vello púbico ente el que él se arrodilló, muy despacio también, para acercar los labios y la lengua; y, cerrados al fin los ojos, saborear la carne rosada y húmeda que de aquel modo se le ofrecía.

   -Sí, eso es -la oyó decir con voz pronto ronca, lejana.

   Después se estremeció en su boca, con violencia, varias veces. Hasta que de pronto, en repentino arrebato, lo agarró fuerte por el pelo, forzándolo a echar atrás la cabeza. Abrió el los ojos para encontrarse con los de ella, que lo miraban con una intensidad entre asombrada y cruel; y lo hizo a tiempo para verle alzar una mano y abofetearlo dos veces con dura y seca firmeza. Aún pretendió golpearlo una tercera, aunque para entonces Jordán ya se había incorporado rápido, brusco, casi furioso, y agarrándola por una muñeca la echaba atrás, de espaldas sobre la cama, mientras con la otra mano liberaba su cinturón y abría el pantalón antes de clavarse en sus entrañas mediante una violencia de la que nunca, hasta entonces, se hubiera creído capaz con una mujer.

   Creemos los hombres ser amantes o verdugos, recordó un poco más tarde, todavía entre las brumas del momento. Pero en realidad sólo somos sus testigos.”  

«Tal vez hemos llegado al fin de los tiempos, el sol se ha cansado de salir; Cronos, sin víctimas para devorar, se muere de extenuación, las épocas y las estaciones se han trastornado. Tal vez la muerte del tiempo sólo nos concierne a nosotros»

Texto del relato Bajo el sol jaguar de Italo Calvino

Siri Hustvedt, noruega, aunque bien de Minnesota

Es común que su nombre resuene ligado al que fuera su marido, el fallecido escritor Paul Auster; pero bien es cierto que la escritora estadounidense (Northfield – 1955), ha cimentado su propio camino con textos en los distintos géneros de la literatura

Proviene de una familia de migrantes noruegos establecidos en uno de los estados de las anchas planicies del medio oeste de América del Norte, aunque su vida dio un completo giro cuando en busca de su futuro se trasladó a la cosmopolita Nueva York. Allí tuvo la oportunidad de formarse, licenciándose primero en Historia en el Olaf College y luego graduándose en Letras por la prestigiosa Universidad de Columbia.

Sus comienzos en la literatura vinieron a través de la poesía, entre otros, con textos como Leer para ti. Luego fue la novela: Todo cuanto amé, Elegía para un americano, El verano sin hombres, o Recuerdos del futuro. Finalmente, el ensayo: Una súplica para Eros, Vivir, Pensar, Mirar, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Madres, padres y demás o Apuntes sobre mi familia real y literaria. A estas ficciones habría que sumarle sus aportes en diferentes trabajos para revistas sobre psicología y filosofía.

Toda esta extensa producción fue jalonada con distintos reconocimientos, premios como el Fémina francés o el Premio Internacional Gabarrón de Pensamiento y Humanidades. Fue distinguida además con premios Honoris Causa por las Universidades de Oslo, la Universidad Stendhal de Grenoble, Francia, y la Universidad Maguncia de Mainz, Alemania. Por último, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España.

En cuanto a sus obras, es frecuente que la autora incluya algunas de las anécdotas de sus años de niñez y adolescencia, o que se refiera a las carencias de sus primeros tiempos en la ‘gran manzana’. Que mencione la fragilidad del pasado: ‘Dime dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación`. En su novela Recuerdos del futuro, destaca la cercanía entre la coherencia y la locura, y remarca cómo de quebradizos se vuelven los días con los años. En ellos se representa una parte el gozo, mientras que se hace necesario mantener las sombras a prudente distancia.

La escritora compone su texto con una mezcla de estilos, cuando por momentos se permite estructurarlo como un diario personal de experiencias; mientras incluye elementos propios del ensayo y, por supuesto, de la ficción más novelada. Abundan también algunos bosquejos a modo de caricaturas para acompañar la descripción de situaciones y personajes. Componiendo una obra cuanto menos particular y diversa.

El pasaje a continuación da comienzo Recuerdos del futuro, donde Hustvedt intenta captar desde el inicio nuestra mejor atención para acometer su escrito:

   “Hace años dejé las extensas llanuras de Minnesota para dirigirme a la isla de Manhattan en busca del héroe de mi primera novela. Cuando llegué allí en agosto de 1978, más que un personaje era una posibilidad rítmica, una criatura embrionaria de mi imaginación percibida como una serie de compases métricos que se aceleraban o ralentizaban con mis pasos al recorrer las calles de la ciudad. Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro. En Nueva York no buscaba felicidad ni comodidades sino aventuras, y sabía que la persona aventurera debe someterse a un sinfín de pruebas por tierra y por mar antes de regresar a casa, o acaba sucumbiendo a manos de los dioses. Entonces no sabía lo que ahora sé: que al escribir también me escribía. El libro había empezado a escribirse mucho antes de que yo dejara las llanuras. En el cerebro tenía grabado múltiples borradores de una novela de misterio, pero eso no significaba que supiera qué iba a salir. Mi héroe aún por formar y yo nos dirigíamos a un lugar que era poco más que una brillante ficción: el futuro.

   Me había dado doce meses exactos para escribir la novela. Si al final del verano siguiente mi héroe había nacido muerto o fallecía aún en pañales, o si resultaba ser un zopenco cuya vida no merecía ni un comentario; en otras palabras, si no era realmente un héroe, los dejaría atrás tanto a él como a su novela, y me pondría a estudiar a los antepasados de mi criatura muerta (o fallida), los moradores de los volúmenes que llenan las ciudades fantasma que llamamos bibliotecas. Me habían concedido una beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, y cuando pregunté si podía posponerla para el año siguiente, las autoridades invisibles me enviaron una carta interminable en la que aceptaban mi petición.

   Una habitación oscura con una cocina pequeña, un dormitorio aún más oscuro, un diminuto cuarto de baño de baldosas blancas y negras, y un armario con el techo de yeso lleno de protuberancias en el número 309 de la calle Ciento nueve Oeste me costaban doscientos diez dólares al mes. Un piso lúgubre en un edificio destartalado y lleno de desconches y grietas, si yo hubiera sido diferente, si hubiera tenido un poco más de mundo o hubiera leído un poco menos, la pintura verde ácido y las vistas a dos paredes sucias de ladrillo en el sofocante calor del verano me habría desinflado a mí y mis ambiciones, pero en aquel momento no existía el grado de diferenciación, por ínfimo que fuera, que eso requería. Lo feo era hermoso. Decoré las habitaciones alquiladas con las frases y los párrafos embrujados que sacaba a mi antojo de los numerosos volúmenes que tenía en la cabeza.

    Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de prudencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía para él no había otra historia más cierta en el mundo.

   Los primeros momentos que pasé en mi piso conservan en mi memoria una cualidad radiante que nada tiene que ver con la luz del sol. Están iluminados por una idea. Entregada la fianza, pagado el alquiler del primer mes y cerrada la puerta en la cara de mi achaparrado y risueño conserje, el señor Rosales, con las axilas de mi camiseta empapadas de sudor, salté sobre las tablas del suelo en lo que creía que era una giga y lancé los brazos al aire, triunfal.

   Tenía veintitrés años y una licenciatura en Filosofía y Literatura Inglesa en el Saint Magnus College (una pequeña escuela de Humanidades de Minnesota fundada por inmigrantes noruegos); cinco mil dólares en el banco, un fajo de dinero que había ahorrado al acabar la carrera trabajando de camarera en Webster, mi ciudad natal, y durmiendo gratis en casa durante un año; una máquina de escribir Smith Corona, un juego de herramientas, una batería de cocina que me había dado mi madre y seis cajas de libros. Construí un escritorio con tablones y una plancha de contrachapado. Y compré dos platos, dos tazas, dos vasos, dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas contando con el futuro amante (o serie de amantes) con quien, después de una noche de sexo delirante, pensaba compartir un desayuno de tostadas y huevos sentados en el suelo, pues no tenía mesa ni sillas…”     

«La Australia moderna fue construida por europeos que llegaron sin pedir permiso a los nativos. Yo emigré, con permiso de las autoridades, desde Sudáfrica a Australia en el 2002. Soy consciente de lo afortunado de vivir donde quiero. Mientras otros funcionarios, australianos u occidentales en general, mediante una política deliberada, hacen la vida de los refugiados miserable. Su conducta es inhumana, tan inhumana como la conducta de los electores que les respaldan» (John Maxwell Coetzee)

«Era invierno, y la luz del amanecer pintaba la ciudad con colores imprecisos, casi irreales. El agua de los canales, lisa como un espejo, parecía reclamar por las heridas que le abría la embarcación, y de pronto, en el reflejo de aquella Venecia todavía dormida, vi la silueta de un hombre viejo rumiando el silencio del alba, la única manera de aceptar la imposibilidad del amor hacia una mujer mucho, demasiado, más joven, y no por un prejuicio derrotista o una superchería moral, sino por salvar la capacidad de amar de esa mujer»

Texto de las Historias marginales de Luis Sepúlveda

Las existencias de Romain Gary

Su vida que desarrolló a través de múltiples disciplinas, mientras que edificó su obra literaria haciendo uso de los géneros más variados. Siendo reconocido con el premio Goncourt, convirtiéndose en el único escritor en recibirlo en dos oportunidades

Sin lugar a dudas, su larga y multifacética trayectoria hizo que su figura se constituyera en uno de los grandes nombres que contribuyeron a alimentar la ‘grandeur’ de la Francia contemporánea. Nacido en el seno de una familia judía bajo el nombre de Roman Kacew en Vilnius, Lituania, en 1914, desde muy joven se interesó por la música y el violín, pero, exigente consigo mismo, pronto se juzgó poco virtuoso para dedicarse a ello.

Luego, con la separación de sus padres, el pequeño Romain quedó al cuidado de su madre, trasladándose ambos a Varsovia, Polonia, y poco tiempo después, a la Niza francesa, ciudad que le despertó sus ansias de escritor. Pero la Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina, y terminó por enrolarse como piloto en el ejército del aire. Su valeroso desempeño en el campo de batalla le llevó a ser condecorado con la Cruz de Guerra, y a ser nombrado Héroe de la Liberación y Caballero de la Legión de Honor por el gobierno galo.

Superado el conflicto, decidió terminar sus estudios de Derecho y, con ellos, ingresar en la carrera diplomática. Su dominio de varias lenguas (inglés, alemán, ruso, polaco) le facilitarían un rápido ascenso, para desempeñarse con posterioridad en distintos cargos en las delegaciones de Los Ángeles y Nueva York, en los Estados Unidos, y en países tan disímiles como Bolivia y Bulgaria, e incluso llegó a desempeñarse como representante de Francia en las Naciones Unidas.

Esta variedad de experiencias las trasladó también a su obra y las de sus alter ego literarios, ya que era común que firmara sus escritos con su nombre y el de otros tantos seudónimos. Constituyéndose hasta la fecha, en el único escritor que ha ganado el prestigioso premio Goncourt de novela en dos oportunidades, una de ellas bajo el nombre ficticio de Émile Ajar, lo que en su momento ocasionó una gran controversia.

Trabó amistad y frecuentó a autores ilustres, como André Malraux o Albert Camús, entre otros. Mientras que en el plano sentimental se relacionó con la actriz estadounidense Jean Seberg, con la que llegó a casarse, unión de la que nació su hijo Alexandre. Más allá que en círculos intelectuales y gubernamentales, se llegara a aseverar que su bohemia y su polifacetismo le habían impedido alcanzar metas políticas e intelectuales aún mayores. Y si bien a ojos del mundo pareciera que hubiera vivido varias existencias, fue él mismo quien trágicamente decidió cuándo y cómo terminar con la suya.

Autor prolífico, con una obra extensa, apreciada y respetada, incursionó en todos los géneros: novela, ensayo, relato e incluso guiones cinematográficos, además de actuar él mismo en otros tantos filmes; llegando a dirigir dos películas en la que su mujer era la protagonista. De todos sus textos destacan las novelas La promesa del alba, y las ganadoras del Goncourt: Las raíces del cielo (con su nombre), y La vida ante sí (con el seudónimo Émile Ajar), novela en la que describe la París de posguerra, con una trama donde describe la soledad y también, retazos de la solidaridad necesaria entre sus habitantes para poder renacer en esos años grises. De ésta última ficción, el pasaje con el que da comienzo la narración:

  “Lo primero que puedo decirles es que vivíamos en un sexto sin ascensor y que para la señora Rosa, con los kilos que llevaba encima y con solo dos piernas, aquello era toda una fuente de vida cotidiana, con todas las penas y los sinsabores. Así nos lo recordaba ella cuando no se quejaba de otra cosa, porque, además, era judía. Su salud tampoco era buena, y también puedo decirles que esa mujer merecía un ascensor.

   La primera vez que vi a la señora Rosa tendría yo tres años. Antes de esa edad, uno no tiene memoria y vive en la ignorancia. Yo dejé de ignorar con tres o cuatro años y a veces lo echo de menos.

   En Belleville había otros muchos judíos, árabes y negros, pero la señora Rosa tenía que subir los pisos ella sola. Decía que el día menos pensado se moriría en la escalera, y todos los chiquillos se echarían a llorar, porque es lo que se hace cuando alguien muere. Unas veces éramos seis o siete los que estábamos allí dentro y otras veces puede que más.

   Al principio, yo no sabía que la señora Rosa solamente me cuidaba para cobrar un dinero que recibía a fin de mes. Cuando me enteré, tenía seis o siete años y, para mí, saber que era de pago fue todo un golpe. Creía que la señora me quería sin más y que éramos algo el uno para el otro. Estuve llorando toda la noche. Fue mi primer desengaño.

   Al verme tan triste, la señora Rosa me explicó que la familia no significaba nada y que incluso hay gente que se marcha de vacaciones dejando los perros atados a un árbol y que cada año tres mil perros mueren así, privados del cariño de los suyos. Me sentó sobre su regazo y me juró que yo era los más valioso que tenía en el mundo. Pero entonces me acordé del dinero que llegaba todos los meses y me fui llorando.

   Bajé al café del señor Driss y me senté delante del señor Hamil, que era vendedor ambulante de alfombras en Francia y había visto de todo. El señor Hamil tiene unos ojos tan bonitos que da gusto verlos. Cuando lo conocí era ya muy viejo, y desde entonces no ha hecho más que envejecer.

   -¿Por qué sonríe siempre, señor Hamil?

   -Para dar gracias a Dios todos los días por mi buena memoria, mi pequeño Momo.

   Yo me llamo Mohammed, pero todos me llaman Momo porque es más corto.

   -Hace sesenta años, cuando era joven, conocí a una muchacha que me quería y a la que yo también quería. Aquello duró ocho meses, hasta que ella se mudó de casa, y ahora, al cabo de sesenta años, todavía me acuerdo. Yo le decía: No te olvidaré nunca. Pasaban los años y no la olvidaba. A veces tenía miedo, porque aún me quedaba mucha vida por delante y ¿cómo podía yo, un pobre hombre, mantener mi palabra cuando es Dios quien tiene la goma de borrar? Pero ahora estoy tranquilo. No voy a olvidar a Djamila. Ya me queda poco tiempo, me moriré antes.

   Pensé en la señora Rosa, dudé un momento y le pregunté

   -Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?

   No contestó y bebió un poco de té de menta que es bueno para la salud. Desde hacía una temporada, el señor Hamil llevaba siempre una chilaba gris para que, si llegaba la hora, no le pillara con la americana puesta. Me miró y guardó silencio. Seguramente pensaba que yo era todavía un menor y que había cosas que no debía saber. Entonces yo tendría siete años o tal vez ocho, no puedo decírselo con exactitud porque yo no tengo fecha, como verán cuando nos conozcamos mejor, si consideran que vale la pena.

   -Señor Hamil, ¿por qué no contesta?

   -Eres muy joven y cuando se es tan joven es mejor no saber ciertas cosas.

   -Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?

   -Sí -dijo, y bajó la cabeza como si le diera vergüenza.

   Yo me eché a llorar.

   Durante mucho tiempo no supe que era árabe porque nadie me había insultado. No me enteré hasta que fui a la escuela. Pero nunca me peleaba con nadie; cuando se pega a alguien siempre duele.

   La señora Rosa había nacido en Polonia, como judía que era, pero se había buscado la vida muchos años en Marruecos y en Argelia, y hablaba árabe como usted y como yo. Por ese motivo, sabía también judío y hablábamos a menudo en esa lengua. La mayoría de los inquilinos de nuestro edificio eran negros. Hay tres casas de negros en la calle Bisson y en otras dos calles más, en las que viven por tribus, como en África. Los más numerosos son los sarakollé y luego vienen los toucouleurs, que no son pocos. Hay muchas más tribus en la calle Bisson, pero no tengo tiempo de nombrarlas a todas. El resto de la calle y del bulevar de Belleville es principalmente árabe y judío. Y así hasta la Goutte d’Or, donde empiezan los barrios franceses…”