Eduardo Sacheri, los jóvenes frente a los años de plomo

El polifacético escritor ha abordado en su andar múltiples géneros literarios; distinguido en diferentes oportunidades, muchos de sus textos fueron adaptados con éxito a la pantalla grande, otorgándole proyección a su persona y a su literatura

Si bien ya contaba con su reconocimiento en las letras latinoamericanas, la carrera del escritor (Castelar, Buenos Aires, 1967) tomó dimensión mundial a través de su novela El secreto de sus ojos; más aún con la película posterior que, con producción argentina, se hizo con guion del propio autor. La repercusión fue mayor al alzarse con el premio Oscar a la mejor película extranjera. Luego, los estadounidenses decidieron hacer su propia versión, pero no alcanzó el mismo éxito que el film original.

Aunque antes de esto, el autor había hecho conocer sus relatos inspirados en el competitivo ambiente del fútbol. De hecho, hoy escribe una columna en el diario deportivo argentino El Gráfico. Más allá de esto, Sacheri es licenciado en la carrera de Historia de la Universidad bonaerense de Luján, y también imparte clases como profesor en distintos institutos de enseñanza secundaria.

Luego de su primera ficción, le siguió la publicación de la novela La noche de la usina, que fue distinguida con el Premio Alfaguara de Novela. A la que le siguió Papeles en el viento y La odisea de los giles, de la que se hizo otra versión cinematográfica, la que fue nuevamente elegida para representar al país en los premios Oscar. En este caso, no lo alcanzó, pero sí lo hizo con el premio Goya a la mejor película latinoamericana.

Amante de la historia, ha publicado los ensayos Los días de la revolución y Los días de la violencia, basados en los pasos previos de Argentina antes de constituirse como país, y de los posteriores pasos como nación luego de desligarse de lo que fue el imperio español.

En la que es hasta el presente su anteúltima novela, Nosotros dos en la tormenta, la trama se sumerge en los intentos de la joven generación de los años setenta. Cuando una parte intentó cambiar el estado de cosas constituyéndose en guerrilla la que, estructurada en jerarquías como cualquier institución militar, abrazó el enfrentamiento directo con las fuerzas armadas. Historia en la que, con un estilo directo y despojado de todo tipo de circunloquios, describe la relación de dos amigos de infancia y vecinos del mismo barrio quienes, militando en distintas organizaciones, comparten la misma metodología de enfrentamiento directo. Años de necesidad de imperiosos cambios en la sociedad, y en la que las urgencias imperaban e impedían las más que necesarias reflexiones; amparados todos bajo doctrinas que se imponían ser cercanas al quehacer nacional y popular y, ante todo, constituirse en eminentemente revolucionarias.

Del texto Nosotros dos en la tormenta el pasaje a continuación:

   “Claudia sale de la habitación del fondo con el estetoscopio en la mano y cierra la puerta de chapa. Se lo cuelga del cuello para dejar ambas manos libres, pasa la cadena por las argollas de hierro que el Mencho soldó hace unos días y cierra el candado. Antonio la ve desde al umbral de la cocina. La interroga con la mirada y la compañera hace un gesto ligeramente tranquilizador. Antonio se hace a un lado para que pase.

   -Me parece que se va a recuperar sin problema -dice Claudia.

   Antes de que pueda agregar otras consideraciones, se escucha el golpe en la puerta de la calle según el código que tienen establecido. Antonio va a abrirle al Mencho, que fue comisionado para deshacerse del Renault 12 en el descampado gigantesco que hay sobre la ruta 1001 camino a González Catán.

   -¿Todo en orden? -le pregunta casi por fórmula, mientras avanzan por el pasillo hacia la casa.

   El Mencho enciende un cigarrillo y le ofrece otro a Antonio, que acepta.

   -Sí, supongo. Lo que pasa es que tuve que dar un rodeo de la concha de la lora para volver, te imaginás.

   -Ahora que la UBC está completa sí toman asiento alrededor de la mesa. Nadie parece tener apuro por romper ese silencio espeso y cargado de presagios. Santiago se aclara la garganta antes de hablar.

   -Supongo que lo primero es hacer un balance del operativo. ¿Quién quiere hablar?

   Antonio espera. Claudia quedó a cargo de la casa y no tiene nada que decir sobre el operativo, lógicamente. Él no piensa decir una palabra. Calcula que el Mencho tampoco. La única incógnita, entonces, es si el aspirante se lanza a justificarse o el Puma a defenestrarlo.

   -Yo quiero tomar la palabra -dice el Puma, y la incógnita se despeja-. El operativo que realizamos esta noche es una de las acciones más torpes, más pésimamente ejecutadas, más… chapuceras que pueden haber existido en la historia del Ejército Montonero. Y si sa…

   -Yo creo, compañero -lo interrumpe Santiago-, que lo qu…

   -¡Si pedí la palabra le ruego, aspirante, que me deje terminar!

   El Puma se pone de pie y apoya los puños en la mesa.

   -¡Un mes entero! ¡Un mes entero nos dedicamos a preparar el operativo! ¿Y a nadie se le ocurrió verificar qué tan difícil iba a ser neutralizar al objetivo? ¡Un pendejo de catorce años! ¡Catorce años! ¡Sesenta kilos pesa! ¿Y dos soldados, no uno, sino dos, se muestran incapaces de someterlo? ¿Y un tercer soldado que vive enfrente del sujeto, enfrente, no puede poner sobre aviso a la unidad sobre la peligrosidad del mismo?

   Antonio se muerde la lengua. No, si no hay caso. A la corta o a la larga tenían que agarrársela con él. ¿Qué pretendían? ¿Qué les informase de las medidas del cuello, sisa y cintura, la puta madre? La da la razón al Puma con lo de dos soldados que no pueden contener las patadas y los mamporros desesperados de un chico, pero ¿a qué viene esto de echarle la culpa a él? Pero el Puma todavía tiene acusaciones para repartir.

   -¡Y una compañera que, en lugar de estar detrás de la puerta, lista para abrir cuando el auto se detenga en la calle, está vaya uno a saber dónde, y hay que golpear la puerta! ¡Golpear la puerta y esperar que venga a abrir! ¿Pero en qué mundo estamos, compañeros? ¡Carajo!

   El Puma está más y más enardecido a medida que habla. Claudia tiene los ojos fijos en la mesa. Es verdad, ahora que Antonio lo piensa, eso de que tardó en abrir la puerta cuando llegaron. Pero nadie tuvo el tiempo o la presencia de ánimo como para indagar por qué cuernos tardó tanto. La mano de Claudia, la que sostiene el cigarrillo, tiembla ligeramente. Pero no responde una palabra, y Antonio piensa que tácitamente se está haciendo cargo de su metedura de pata.

   -¡Mejor que levantemos la puntería, compañeros! ¡Mejor que mejoremos el accionar de esta Unidad Básica de Combate o esta operación termina como el culo!

   El Puma camina de punta a punta de la cocina, nervioso, exaltado. El único que sigue su derrotero es el Mencho. Los demás aguantan la reprimenda enfurruñados pero conscientes de que se merecen cada palabra que dice el antiguo oficial. Hasta Antonio empieza a pensar que tal vez debió indagar un poco más en las costumbres y los pasatiempos de Diego Laspada. ¿Practicará karate o alguna otra arte marcial? La pucha, se le pasó, evidentemente.

   El Puma se detiene junto a la cocina y enciende una hornalla para calentar el agua de la pava. El silencio resulta una especie de tregua, de cese el fuego. Claudia levanta la mirada hacia Santiago, que parece reaccionar. Se pone de pie. Por lo menos ahora, piensa Santiago, los dos están a la misma altura. Hasta recién parecía que el Puma fuera el responsable de la UBC. Una sensación que Antonio ha tenido tantas veces que ya perdió la cuenta. Santiago habla en un tono que intenta ser tranquilo.

   -Más allá de que sigamos con esta reunión de análisis y balance hay cosas que no pueden esperar. Tenemos que establecer el primer contacto con la familia…”   

«Clara se había cruzado con Damián que por entonces debería tener unos trece años. Un niño grande que se comportaba como uno más pequeño, con torpeza, los labios entreabiertos, la mirada baja y las manos inquietas, sin saber dónde colocarlas. Un niño en la mitad de dos edades, que había crecido más de la cuenta pero aún no se había desarrollado del todo, como solía decirse en esa época, Alto, gordito, blando, sin terminar de cuajar. La sombra del bigote asomando sobre la boca indecisa, La raya al lado, quizá hecha por la madre. El aroma a colonia Nenuco. Calcetines blancos y gruesos zapatos de cordones, como de ortopedia. La bolsa de tela que llevaba colgando del brazo estaba a rebozar de barras de pan, De una de ellas faltaba el pico. El tragón, pensó Clara, no sabe contenerse…»

(Texto de la novela La familia de Sara Mesa)

«A pesar de que me gusta leer, pasear, escuchar música y ver arte, necesito una actividad no contemplativa. Mi razón principal es que pienso con mayor fecundidad cuando compongo, específicamente una novela. Esa es la razón por la que la gente redacta diarios, ‘blogs’, cartas o ‘emails’. No únicamente para comunicarse con otros, sino para explicarse mejor a ellos mismos» (Javier Marías)

Claire Messud, en el crecer adolescente

De padre franco argelino y de madre canadiense, la escritora estadounidense (1966, Greenwich, Connecticut), supo echar mano de su multiplicidad de orígenes, de sus lugares de residencia (Australia, Canadá) y de una educación heterogénea, para establecer un importante punto de enriquecimiento que, de alguna manera, subyace en las tramas de sus historias.

Sus estudios no estan lejos de lo antedicho, cuando en primera instancia obtuvo una beca Guggenheim y luego, cursó estudios en las universidades de Yale y también a la de Toronto. Una vez graduada, se desempeñó como profesora en la universidad de Maryland, para regresar a impartir clases nuevamente en Yale y en la universidad Johns Hopkins donde dictó literatura, además de dirigir talleres de escritura creativa.

En cuanto a su obra, su primera novela del año 1995, Cuando el mundo era estable, ya fue considerada para el premio Pen/Faulkner. A esta le siguieron: Su última vida (1999), Los cazadores, texto compuesto de dos novelas cortas, La mujer de arriba y La niña en llamas, fue nominada por el diario Los Ángeles Times como uno de los mejores libros del año.

Sus historias han sido reconocidas con distintos galardones, además de ser incluida en su momento en la lista de Mejor Joven Novelista Británica y premiada por la Academia Estadounidense de las Artes y de la Ciencias.

En La niña en llamas, se hace mención de la idea esencial con la que se construye la novela y que va más allá del propio texto, cuando refiere a las licencias que se permiten los humanos, y expresa: “Todos moldeamos nuestras historias, para que tenga algún sentido ser quienes creemos que somos”. En ella, dos niñas adolescentes de un pueblo del este de los Estados Unidos, buenas amigas, vecinas y compañeras de instituto, juegan al rol de crecer; echando mano de lo que pueden para salvar sus carencias, mientras intentan comprender a un mundo que decididamente se les hace grande.

De La niña en llamas, el pasaje siguiente:

“Mi casa está dentro del casco urbano o, mejor dicho, en la carretera por la que se entra al centro, en la zona sur. El casco urbano tiene cuatro manzanas de longitud en una dirección y cinco en la otra. Luego hay dos polígonos comerciales en la Ruta 29, por donde se sale a la autopista que es donde están Market Basket, The Dollar Store y The Fashion Bug, y Friendly’s. Cierto que Royston tiene más que esas cuatro manzanas, pero el resto son calles residenciales que se extienden en todas direcciones y se adentran en el bosque. Luego está la Ruta 29, en ambas direcciones, con unos cuantos negocios salpicados por sus orillas, que se extiende en dirección sur primero y luego hacia el norte, hacia Newburyport. Resulta más rápido llegar a los sitios por la interestatal, pero entonces se pierde uno algunas cosas antiguas dignas de ver, como el Golden Lotus Palace, un restaurante que es un templo bermellón al estilo kitsch de los años sesenta y con una enorme puerta dorada y dragones negros de escayola en la parte de fuera: la comida está tan petada de glutamato monosódico que cuando sales de allí te sientes como si estuvieras en otro planeta. O el Lucky Stars, un motel que se fue al garete hace unos años: se han caído un par de paneles del viejo neón -cuando estaba entero parecía que lo habían sacado de Los supersónicos- y han tapado las ventanas con planchas de madera para que personas y animales sin hogar no ocupen las habitaciones enmoquetadas. Ecos del viejo Royston al borde de la Ruta 29: Así era antes de que llegaran los burgueses exiliados de Boston, los artistas y hasta la planta de Henkel.

   Cassie y yo empezamos a ir al pueblo a pie, a explorar. Es decir, recorrimos básicamente el centro. Hasta que un día llegamos a la cantera y al viejo sanatorio. El centro histórico tiene una hilera de edificios antiguos fantásticos, casas de estilo victoriano de ladrillo rojo, con apartamentos encima de los comercios. A mí siempre me había intrigado quién vivía en ellos. Muchas de las tiendas que ponen allí no duran mucho: Royston es de ese tipo de ciudades pequeñas a las que llega la gente que va huyendo de Boston o de Portland, con sus niños pequeños y sus fantasías, y luego se da cuenta de que la vida en un sitio así no era lo que se esperaban. Ponen una joyería coquetona y un café mono con vacas pintadas en las paredes y cortinitas de encaje, y dura un año o dos: sobreviven a los inviernos duros y austeros, cuando nadie anda por la calle; pero antes o después lo cierran y se van por donde han venido. También hay negocios que resisten mucho tiempo, como la Farmacia Adamian o Mahoner, el pub irlandés. O la tienda de ultramarinos que lleva Mildred Bell, una mujer más vieja que mi abuela con una verruga en la barbilla, como las brujas. La tienda de Bell es un sitio muy loco, abigarrado, donde venden -entre otras cosas- jerséis con bordados navideños de renos o elfos. Protegen el escaparate, que nunca cambian, poniendo en el cristal un celofán amarillo. A mí de pequeña me gustaba mucho la sección de juguetes, porque tienen una fila de cubetas de plástico con cacharritos que yo me podía permitir con mi paga: borradores japoneses y libretas de Hello Kitty, pelotas de esas que brillan en la oscuridad y horquillas con forma de cup-cake o de hamburguesa. La señora Bell también debe sentir debilidad por los animales de peluche, porque tienen un cesto enorme lleno de ellos, suavísimos: no sólo osos, sino búhos, jirafas y una gran selección de cerditos, sobre todo, Cassie y yo nos aficionamos a ir a la tienda de Bell aquel agosto porque así veíamos los peluches, pero también porque yo me sentía fatal al verla con la mano así, pasándolo mal, y allí podía apartarme un poco de ella y mirar por mi cuenta y comprarle el cerdito más pequeño, el rosa más pálido: uno al que ella ya había bautizado como Hubert. Lo escondí para que fuera una sorpresa, pero sólo pude esperar un día. Cuando volvimos a la tienda y vio que no estaba empezó a lloriquear.

   Aparte de la tienda de la señora Bell y del Rite Aid, donde podíamos atrincherarnos en el pasillo de artículos de tamaño muestra y lacas de uñas (aunque a Cassie no le dejaban pintarse las uñas y a mí no me gustaba) no había en Royston muchos sitios donde pudieran ir unas crías como nosotras. Íbamos también, paseando, hasta el parque infantil que hay en Market Street, justo al pasar el instituto de enseñanza superior, que tiene un carrusel pintado como el arcoíris y una hilera de columpios, pero aquel verano se pusieron a arreglar el tobogán y el castillo, y sólo quedaban los tocones. Además, el resto de los niños que había en el parque tenían menos de cinco años e iban con sus madres o sus abuelas, lo que resultaba más deprimente aún quedarse en casa.

   Como no podíamos jugar ni al tenis ni al baloncesto, el instituto era un rollo. Además andaba por allí Beckett, un bocazas de octavo, con sus amigos, entre los que estaba el chico que a mí me molaba, Peter Oundle. Peter siempre había ido a nuestro colegio, cuando éramos pequeños habíamos jugado juntos en los recreos: al pilla-pilla, a las cuatro esquinas o al balón prisionero. Pero ahora iba mucho con Beckett, que era dos años mayor que nosotros y el jefe de la banda. Brazos y piernas largos, pies rápidos y expresión de desdén, todos ellos. Peter Oundle era sólo un año mayor que Cassie y que yo, y siempre había sido diferente, de ese tipo de chico que te da la mano para ayudarte cuando te has caído. Flaco, con la nariz puntiaguda, pero guapo: con rizos de un castaño rojizo y pestañas largas.

   Los chicos se pasaban horas jugando al baloncesto. Uno o dos de ellos nos silbaban siempre, cuando pasábamos. Una tarde Beckett me llamó. Me dijo:

   -¡EH, tú, Rizos! ¿De qué son esos granos tan gordos que tienes en la frente?

   Los otros empezaron a carcajearse y yo me puse colorada de vergüenza. Cassie les gritó:

   -¿Qué pasa, Beckett, ya te damos envidia? Porque veo que llevas el pelo largo, como una chica.

   -Bah, que te jodan a ti también -gritó Beckett dándose la vuelta.

   Pero a mí me pareció que le incomodaba.

   -Te abrazaría aquí mismo -le dije a Cassie-, pero eso le serviría para afirmar que somos lesbianas.

   -¿Y a quién le importa? -dijo Cassie-. Me casaría contigo antes que con él. En cualquier momento…”     

«Quizá no sea de ninguna utilidad que yo trate ahora cada una de sus expresiones; pues lo que yo pudiera decir de su tendencia a la duda, o sobre su incapacidad para concertar la vida exterior con la interior, o sobre todo lo otro que lo atormenta…, es siempre lo que ya he dicho: siempre el deseo que encuentre paciencia en sí mismo para soportar y suficiente sencillez para creer; de que cada vez adquiera más confianza con lo que es difícil, y con su soledad entre otras cosas. Y por lo demás deje que la vida transcurra. Créame: la vida tiene razón, en todos los casos» (Rainer Maria Rilke – Cartas a un joven poeta)

«Vivimos en un mundo en que se nos empuja completamente hacia una civilización del zapping; necesitamos centrarnos más en los problemas esenciales y profundizar en ellos. Y, para profundizar, necesitamos la literatura, necesitamos libros» (Amin Maalouf)

Hiromi Kawakami, la sociedad nipona y el realismo mágico

Con merecido reconocimiento, la escritora japonesa se adentra en sus textos con la soledad que impera en su país de origen; un verdadero azote, más aún si se es mujer

Los orientales son gente que se destacan en su mayoría por mesurar sus movimientos, los hacen casi con sigilo y con una completa ausencia de estridencias. Sus acciones suelen ser silenciosas, casi sin querer llamar la atención. A pesar de ello, sean cuales fueren sus habilidades, son unos verdaderos hacedores, como si el tiempo -sin muestras de finitud- le jugara a su favor.

La escritora japonesa (Tokio, 1958) no escapa a lo antedicho. En su caso además, porque ser literata no fue una de sus primeras predilecciones en la vida; de hecho, antes de decidirse por la escritura, estudió ciencias naturales en la Universidad de Ochanomizu, para desempeñarse luego y durante años como profesora de la asignatura de biología. Por tanto, no fue una autora precoz ni mucho menos, su primera publicación -un relato corto- data de 1994, a sus treinta y seis años. A partir de allí, su producción se fue incrementando y diversificando en cuanto a géneros, abarcando no solo el cuento, sino también el ensayo y más todavía la novela.

Años después de ese inicio, declaró abiertamente ser una escritora influenciada por el movimiento del realismo mágico, con la insoslayable figura de Gabriel García Márquez a la cabeza y su Cien años de soledad. Más allá, de rescatar además a otros importantes autores extranjeros y también de su propio país, plumas como las de Yoko Agawa, Seiko Tanabe o Haruki Murakami.

Por consiguiente, los textos de Kawakami son un fiel reflejo de los parámetros de la sociedad nipona, en la que la muestra de cualquier sentimiento en público es objeto de censura, y donde la contención es lo que debe prevalecer. Aunque la soledad de muchos de sus individuos sea un flagelo declarado que sufren hombres y mujeres por igual. En particular, estas últimas, sometidas además a una búsqueda permanente de su propia identidad como féminas. Elementos todos que se ven reflejados en las historias de la tokiota, por nombrar algunas: Algo brilla como el mar, Los amores de Nishino o Abandonarse a la pasión, y también en Dios, su colección de relatos cortos.

Sus publicaciones han sido reconocidas con los prestigiosos premios Akutagawa, el Woman writer’s o el premio Tanizaki, este último por El cielo es azul, la tierra blanca; en la que, con un estilo económico en palabras aunque no menos cargado de significado, nos habla del rencuentro en el tiempo de dos almas frágiles. Novela que fue traducida a varios idiomas y posteriormente llevada al cine. De ella, el pasaje a continuación:

“El maestro me miraba con una mueca de reproche.

   -Estás bebiendo demasiado, Tsukiko -me reprendió con suavidad.

   -Déjeme en paz -le espeté, y llené mi vaso de nuevo. Lo apuré de un trago. Era la tercera botella que caía en una noche.

   -Otra -le pedí al cantinero Satoru.

   -¡Sake! -gritó brevemente hacia la cocina.

   -Tsukiko… -intentó detenerme el maestro. Esquivé su mirada.

   -Ahora ya la has pedido, pero procura no acabártela -me advirtió. En su voz había un deje amenazante que no era propio de él. Mientras hablaba, me daba palmaditas en la espalda.

   -De acuerdo -respondí con un hilo de voz. Pronto empecé a notar los efectos del sake.

   -Deme unas palmaditas más, maestro -farfullé.

   -Hoy te estás comportando como una niña caprichosa, Tsukiko -rió el maestro, y siguió dándome palmaditas en la espalda.

   Es que lo soy. Siempre lo he sido -dije. Mientras tanto, acariciaba la espina de la trucha que el maestro había dejado en el plato. Era tan blanda, que se encorvaba. El maestro apartó la mano de mi espalda y se llevó el vaso a los labios muy despacio. Apoyé la cabeza en su hombro durante un breve instante, pero la aparté enseguida. Él no dio muestras de haberse percatado de mi gesto. Siguió bebiendo en silencio.

Cuando abrí los ojos, me encontraba en casa del maestro.

   Estaba tumbada en el tatami. Encima de mí había una mesita, y justo enfrente vi los pies del maestro. Me incorporé con un sobresalto.

   -¿Ya te has despertado? -me preguntó. La puerta corrediza y el ventanal estaban abiertos, y la brisa nocturna invadía la estancia. Hacía un poco de frío. En el cielo la luna brillaba entre las nubes, rodeada por un grueso halo.

   -¿Me he dormido? -pregunté

   -Sí, has estado durmiendo -rió el maestro.

   -He dormido como un tronco.

Comprobé el reloj. Eran cerca de las doce de la noche.

   -Pero no he estado dormida mucho rato, ¿verdad?

Una horita más o menos.

   -Teniendo en cuenta que estás en una casa ajena, considero que una hora es suficiente -repuso el maestro, con una sonrisa burlona. Tenía las mejillas más coloradas que de costumbre. Supuse que había estado bebiendo mientras yo dormía.

   -¿Qué estoy haciendo aquí? -pregunté. El maestro abrió los ojos, sorprendido.

   -¿No te acuerdas? Empezaste a gritar pidiéndome que te llevara a mi casa.

   -¿En serio? -dije, y me dejé caer de nuevo en el suelo. Apreté la mejilla contra el tatami. MI melena se esparció por el suelo, enredada. Contemplé las nubes que surcaban el cielo nocturno. En ese momento supe que no quería ir de viaje con Takashi Kojima. Tumbada en el suelo, con la mejilla apoyada en el tatami, evoqué la vaga incomodidad que sentía cada vez que estaba con él. Era una molestia casi imperceptible, pero que nunca se desvanecía del todo.

   -Tengo la marca del tatami en la cara -le dije al maestro desde el suelo.

   -¿Dónde? -preguntó. Rodeó la mesita y se me acercó. -Es verdad, está perfectamente marcado.

   Me acarició suavemente la mejilla. Tenía los dedos fríos. Parecía más alto, quizás porque lo veía desde el suelo.

   -Tienes la mejilla ardiendo, Tsukiko.

   Siguió acariciándome. Las nubes pasaban rápidamente. Ocultaban la luna por completo y la descubrían un instante más tarde.

   -Es por el alcohol -le respondí. El maestro se tambaleó ligeramente. Él también parecía ebrio.

   -¿Quiere que vayamos juntos de viaje, maestro? -propuse.

   -¿Adónde quieres ir?

   -A algún lugar donde podamos comer unas buenas truchas.

   -Con las truchas de Satoru tengo más que suficiente -replicó él, y apartó la mano de mi cara.

   -Pues vayamos a un balneario de montaña.

   -No tenemos por qué ir tan lejos. Cerca de aquí hay balnearios que no están nada mal -protestó. Se sentó en el suelo sobre los talones, a mi lado. Ya no se tambaleaba. Estaba tan tieso como siempre.

   -Quiero que vayamos juntos a algún lugar -insistí. Me incorporé y lo miré directamente a los ojos.

   -No iremos a ningún sitio -respondió él, aguantándome la mirada.

   -¡Yo quiero ir de viaje con usted!

   Por culpa del alcohol no era consciente de todo lo que decía. En realidad, sabía perfectamente de qué estaba hablando, pero mi cerebro solo quería comprenderlo a medias.

   -¿Adónde iremos tú y yo solos, Tsukiko?

   -Con usted iría al fin del mundo, maestro -grité.

   El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente. El ambiente estaba cargado de humedad.

   -Tranquilízate, Tsukiko -me advirtió el maestro.

   -Estoy muy tranquila.

   -Deberías volver a casa y descansar.

   -No quiero volver a casa.

   -No seas cabezota.

   -No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted…”

«No hay distinción en la faz de nuestras experiencias; algunas son vívidas, otras opacas; algunas agradables, otras son una agonía para el recuerdo; pero no hay cómo saber cuáles fueron sueños y cuáles realidad»

Texto del relato El impostor de Silvina Ocampo

«Hace poco estuve en París, una ciudad donde la gente se saluda besándose, perfecta para los amantes. Paseando por los muelles encontré una pareja joven, bellísima, que, en lugar de ir de la mano, caminaban cada uno mirando la pantalla de su teléfono. El progreso es una maravilla pero, al mismo tiempo, está creando mucha soledad, y también un tipo de ‘cyborgs’ que nos vigilan día y noche. Si puedo elegir, no quiero formar parte de esto» ( Paul Auster )

«Cuando todos estuvieron en el arca, los animales abajo, los alimentos en el piso intermedio y los hombres arriba, Yahvé envió las aguas sobre la tierra. La lluvia cayó durante cuarenta días y cuarenta noches, lo inundó todo y elevó el arca por encima de la tierra. Las aguas cubrieron las montañas y todo cuanto era carne pereció. Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, las esclusas del cielo se cerraron. El arca se detuvo sobre el monte Ararat. Cuando las aguas menguaron, los habitantes del arca salieron para repoblar el mundo. Noé construyó un altar a Yahvé en el monte Ararat y Yahvé prometió no volver a maldecir ni a destruir la carne de la tierra»

Texto de la novela La promesa del ángel de Frédéric Lenoir y Violette Cabesos