«Claro que se puede hacer buena literatura partiendo del subdesarrollo, pero el subdesarrollo solo es bello en literatura. Ya que hablamos de sociedades injustas en las que hay una minoría que goza de todos los privilegios, y grandes mayorías que carecen de lo mínimo para salir de la condición en que se encuentran» (Mario Vargas Llosa)
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Joan Didion, la magia se renueva
Era marzo del 2018 y hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era quizás su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo el peso de los años y la abulia.
Aunque más allá del texto en cuestión, la autora cuenta con una larga lista de escritos que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse en su momento bajo un pasado periodístico alimentado con historias surgidas de la crónica periodística. Que en el caso de la californiana fueron estructuradas en otras tantas obras de ficción: relatos cortos, novelas, e incluso en guiones cinematográficos.
Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los pasados tiempos pandémicos con las dudas que se esparcieron en el mercado literario, que muchas editoriales decidieron apostar por aquello bueno y ya conocido. Resurgieron así nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otros autores, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, en esta oportunidad, mucho más allá de los países de origen.
Y si en el caso de la mencionada Según…, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para ponerle a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en una crónica de la desaparición del ser querido, crónica que se extiende también por los vertiginosos movimientos de una sociedad que muta a la par de los personajes.
El escrito en parte se transforma en una autobiografía, con pasajes que bien podrían aproximarse a un ensayo, convirtiendo a esta amalgama de estilos en una atractiva ficción. Obra que muchos de los lectores de la autora norteamericana ubican en un plano incluso superior a la obra mencionada en un primer término.
De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:
“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.
Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.
En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.
Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.
Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.
Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.
Se reveló otro torbellino.
La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.
John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.
Y aun así…
Cada noche me esperaba para cenar conmigo.
Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.
Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.
La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”
«<Dirán que en esto influye la belleza, la forma artística>, pensaba. <Bueno, sea. Pero eso no es consuelo. De todos modos, éste no es un procedimiento legítimo. ¿Por qué la moral y la verdad deben tomarse, no en crudo, sino mezcladas con algo, doradas y azucaradas como las píldoras? Eso es anormal. Es una falsificación, un engaño, un escamoteo.>»
Pasaje del relato En casa del escritor ruso Antón Chéjov
Imagen de la escultura Modestia o La verdad velada de Antonio Corradini
Literaturas africanas para resetear la mente y el corazón
Una selección de obras escritas o traducidas al castellano para conocer mejor la realidad de África
Leer literaturas provenientes de las orillas más alejadas de Occidente siempre resulta una aventura llena de obstáculos, pero que vale la pena emprender. Las grandes editoriales bombardean al lector con propuestas, en su mayoría, de autores europeos o estadounidenses, gigantes en ventas y en hacer creer que Occidente es el centro del mundo. Sin embargo, un grupo de irreductibles editoriales, pequeñas e independientes (en su mayoría), se esfuerza para ofrecer a su público voces y realidades diferentes provenientes de otros continentes. No es tarea fácil, porque los canales de distribución y publicidad están copados por grupos editoriales muy poderosos. A pesar de ello, consiguen, a través de medios alternativos, llevar sus propuestas a una limitada audiencia. Estas otras literaturas tienen la virtud de abrir la mente de los que se sumergen en las páginas de sus libros a realidades y puntos de vista diferentes. E invitan a soñar, a viajar y a conocer a seres humanos que en otras partes del mundo se enfrentan a problemas similares, con respuestas no muy diferentes a las que el lector daría.
Aquí se presentan nueve novelas de escritores nacidos en África y ocho ensayos que ayudan a conocer mejor algunos países o problemáticas de este inabarcable continente. Una oportunidad para abrir la mente y el corazón y dejarse interpelar por los cientos de voces que llegan de mucho más allá de las fronteras que encorsetan la cultura dominante.
Novelas
La vida secreta de las esposas de Baba Segi, de Lola Shonevin (Libros de las Malas Compañías, 2022. Traducción del inglés de Federico Vivanco). En esta novela, la escritora y promotora cultural nigeriana presenta un alegato contra el patriarcado y el machismo a través de la vida de una familia polígama. Con mucha ironía y detalle, describe el día a día de las cuatro esposas de Baba Segi y sus hijos. Al mismo tiempo, reivindica la educación de las mujeres como única vía de escape del destino al que la sociedad y la tradición las somete.
Nuestro abismo encantado, de Yamen Manai (Txalaparta, 2023; traducido del francés por Sandra Buenaventura). Un chico de 15 años, víctima de la violencia familiar y social, y su perro sirven de pretexto al autor para profundizar en el Túnez actual. Un país atravesado por la violencia estructural, la jerarquía y la corrupción, donde los jóvenes se hacinan en los barrios. Las autoridades piden sacrificar al animal, para que la rabia no se extienda y, en el fondo, para que la insatisfacción de la juventud no se vuelva contra ellas.
¿Qué mató al joven Abdoulaye Cissé?, de Donato Ndongo (Ediciones Sequitur, 2023). Tras algunos años de silencio llega una nueva novela del escritor ecuatoguineano, cuyo legado está custodiado en la Caja de las Letras del Instituto cervantes. En esta novela, Ndongo vuele a tratar el tema de la migración y el racismo en España. Un joven maliense que llega huyendo de la crisis de su país con la intención de continuar sus estudios ve imposible cumplir su sueño. Entonces decide regresar, pero para ello necesita cualquier trabajo que le permita conseguir algo de dinero. Mientras camina por el centro de Madrid rumbo a una agencia de empleo colapsa. ¿Qué le mató?
Los Maquis, de Hemley Boum (Baile del Sol / Casa África, 2022. Traducción del francés de Pilar Altinier). Una novela histórica que relata la implicación del pueblo bassa en la lucha por la independencia de Camerún. Y los esfuerzos de los colonos para seguir controlando el país a través de gobiernos marionetas. Varios personajes, algunos reales y otros ficticios, dan pie a una trama, llena de intrigas, sacrificios, amor y con tintes de culebrón, que cuestiona la historia oficial, tanto la de los colonizadores como la de los dirigentes que asumen el poder tras la marcha de aquellos.
Neighbours, de Lília Momplé (Libros de las Malas Compañía, 2022. Traducción del portugués de Alejandro de los Santos Pérez). El título de esta obra puede llevar a la confusión de que esté escrita en inglés, pero no es así, cuenta con una excelente traducción al castellano. Momplé relata una larga noche de mayo a través de la vida de cuatro mujeres en un barrio de Maputo y unos asesinos llegados de fuera. Como trasfondo, la Guerra Fría, el apartheid y las sucias tretas para que los países africanos recientemente independizados no puedan seguir su propio camino. Una historia basada en hechos reales con tintes de novela negra que mantiene la tensión hasta el último momento.
La promesa, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2022. Traducción del inglés de Celia Filipetto). El autor sudafricano nunca decepciona. Tampoco en esta novela, en la que a través de cuatro funerales, cuenta la historia de una familia blanca, los Swart, que vive a las afueras de Pretoria. Por medio una promesa hecha a la sirvienta negra. La narración, como si de una cámara de cine se tratase, va voz a los distintos miembros de la saga, mientras desenvuelve los acontecimientos de la historia reciente de Sudáfrica.
Miradnos Bailar, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire 2023. Traducción del francés de Malika Embarek López). Amín está orgulloso de haberse convertido, después de mucho esfuerzo, en un miembro de la nueva burguesía marroquí. Su mujer Mathilde, en cambio, piensa que ha perdido los mejores años de su vida durante la guerra y luego cuidando de la casa y de los hijos. Esta es la excusa que utiliza Slimani para bucear en los primeros años de un Marruecos independiente que busca su propia identidad moviéndose entre la tradición y el espejismo de la modernidad occidental.
El invierno de los jilgueros, de Mohamed El Morabet (Galaxia Gutenberg, 2022). La mirada de un niño inocente que solo conoce Alhucemas describe la cotidianidad de su ciudad y la vida de sus gentes. Más tarde se traslada a Tetuán para estudiar y allí encuentra a Olga. Es la otra mirada del libro, la de la mujer que deja atrás Madrid y quiere crear un nuevo hogar en el norte de África. Dos formas de mirar y entender el mundo que se entrecruzan. Una novela llena de sensaciones, olores y colores.
La huella del zorro, de Moussa Konaté (Libros de las Malas Compañías, 2023. Traducción del francés de Alejandro de los Santos Pérez). Novela negra en su máxima expresión. El comisario Habib y su ayudante Sosso deben dejar las comodidades de Bamako y trasladarse al país dogón, donde han aparecido una serie de cadáveres. Los dogones son conocidos por vivir al margen del Estado y por la fuerza de su magia. En el trasfondo, la eterna cuestión de cómo integrar tradición y modernidad.
Ensayos
La luna está en Duala y mi destino en el conocimiento, de Sani Ladan (Plaza y Janés, 2023). Un libro que no se detiene en el proceso migratorio del joven camerunés que deja su ciudad natal y su familia para poder estudiar. Si no que se adentra en el crecimiento personal y espiritual del autor. Y que describe la toma de conciencia que le ha llevado a ser uno de los principales líderes de la lucha antirracista y de defensa de las personas migrantes en España.
No me toques el pelo. Origen e historia del cabello afro, de Emma Dabiri (Capitán Swing, 2023. Traducción del inglés de Esther Cruz Sataella). El pelo negro nunca es solo pelo. La autora explora cómo el cabello afro puede ser considerado un modelo de descolonización. Un recorrido desde el África precolonial hasta nuestros días, pasando por los distintos movimientos que han reivindicado el poder negro.
Al sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos, de Gonzalo Fernández Parrilla (La Línea del Horizonte, 2022). Los españoles solo son capaces de ver Marruecos a través de los tópicos y los prejuicios alimentados durante generaciones. Pero Fernández Parrilla muestra la riqueza cultural y social del reino alauita. Este libro se debate ente el ensayo, la memoria y la ficción, para ofrecer al lector numerosos puntos de vista que le ayuden a investigar y conocer mejor al país vecino.
Estaciones, de Tarek Eltayed (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2022). Una autobiografía muy original que sumerge al lector en El Cairo de la infancia y juventud del autor: sus barrios, sus gentes, sus sueños, y el descubrimiento de la lectura. Y luego, en el exilio, el valor de esta para no perder las propias raíces.
Los últimos días del África salvaje, de Amador Guallar (Editorial Diëresis, 2023). La vida salvaje de África desaparece a pasos agigantados debido a la acción humana y el cambio climático. Guallar, periodista, fotógrafo y escritor, recorre los rincones más recónditos del continente para contar desde el terreno qué está pasando con los animales en peligro de extinción.
Los grupos armados del Sahel, de Beatriz Mesa (Catarata / Casa África, 2022). Es posible analizar un tema tan complejo y hacerlo interesante para el lector. En esta obra, Mesa profundiza en lo que sucede en el Sahel y cómo los grupos armados que allí operan no se mueven tanto por ideología política o religiosa, sino por el afán de controlar la economía criminal (tráfico de drogas, personas, contrabando…). El dinero sigue moviendo el mundo.
Historia de Etiopía, de Mario Lozano Alonso (Catarata / Casa África, 2022). Siglos de historia resumidos brillantemente en pocas páginas. Una obra llena de sorpresas que acerca al lector a un país muy desconocido y que desarticulas muchos de los mitos que se tiene sobre las naciones africanas.
Historia de Somalia, de Pablo Arconada Ledesma (Catarata / Casa África, 2023). De Somalia solo sabemos que lleva años de guerra. Pero este país tiene una rica historia. Arconada la recorre desde la prehistoria hasta la actualidad y da las claves para entender por qué se ha llegado al actual conflicto.
<El texto y sus sugerencias pertenecen a Chema Caballero, fueron reproducidas en las páginas de Planeta Futuro del diario El País de España>
Rodolfo Walsh, consecuente con sus ideales y con su literatura
Para algunos, Walsh (Choele-Choel, Río Negro, Argentina 1927 – 1977 Buenos Aires, Argentina) fue un ejemplo de profesionalidad, cuando supo conjugar teoría y práctica literaria. Para otros, fue un maestro de aquello que con posterioridad se denominaría como el Nuevo Periodismo, en el que ficción y realidad se acompañan con un objetivo común: enriquecer a la trama. Finalmente para muchos -equivocado o no-, un personaje consecuente con sus ideas hasta la misma muerte.
Oriundo de una familia irlandesa, una parte de sus primeros estudios los realizó en un internado de una congregación religiosa que atendía a hijos faltos de recursos de esa ascendencia. Experiencia dura y poco gratificante que le aportó al escritor elementos que años después darían letra a muchos de sus relatos. Pero antes y desde temprana edad volcó sus esfuerzos hacia el periodismo, colaborando con distintos medios y publicando sus escritos cuando se daban las circunstancias. En un principio fueron cuentos policiales, género que le apasionaba, textos como Diez cuentos policiales o Variaciones en rojo, dan prueba de ello. Luego, con los años, sus ideas fueron girando en lo político, hecho que también se reflejó en una variación en cuanto a género literario.
Así, los primeros gobiernos constitucionales de Juan Perón como presidente, lo encontraron en la vereda opuesta. Una vez derrocado este por un golpe en el que los militares sofocaron a sangre y fuego a los leales al general que querían retomar el poder, donde pudo vivir en primera persona los bombardeos y los posteriores asesinatos revanchistas. Hechos que alimentaron la idea de lo que con el tiempo daría título a uno de sus trabajos más reconocidos: Operación masacre.
Con posterioridad, viajó como corresponsal a Centroamérica, allí pudo apreciar la realidad cubana de cerca, en los que fueron los primeros años de la Revolución Castrista. Además de palpar los preparativos de la fuerza armada contrarrevolucionaria que se adiestraba para su desembarco en playa Girón, la que luego se rebautizaría popularmente como Bahía Cochinos. Para después, junto con otros periodistas de distintos medios que cubrían estos acontecimientos, entre los que se encontraba Gabriel García Márquez, llegar a fundar la agencia Prensa Latina, aunque su experiencia allí sería bastante efímera.
De regreso en Argentina, la investigación de la muerte del dirigente sindical Rosendo García, le dio fundamentos para escribir Quién mató a Rosendo. Poco después, un nuevo posicionamiento personal, le hizo acercarse a las agrupaciones de base del peronismo, integrándose en una de las organizaciones político-militares que en momentos de máxima beligerancia se oponían al gobierno de turno. Aunque por un corto lapso de tiempo, ya que siendo consecuente con sus ideas y en contra de la posición dogmática de sus dirigentes, le hacen decidir su alejamiento.
Es el momento en que los militares, que ya venían actuando en todo el país por orden del gobierno constitucional peronista, dan un nuevo golpe de estado. Y con ello redoblan la apuesta de control en contra de toda institución sospechada de sostener ideas opuestas. Ante esa circunstancia, con la posibilidad de salir del país, Walsh decide permanecer para lanzar su Carta de un escritor a la Junta militar. Días después, es herido de muerte en plena calle por un grupo que le quería secuestrar para callarle para siempre.
Como suele suceder, más allá de las posiciones del hombre, permanecen sus escritos. En la actualidad, a años de aquellos hechos, son varios institutos de educación que llevan su nombre, mientras que su estilo y su obra se analiza y estudia tanto en escuelas de escritura como en universidades de comunicación. Para apreciar en parte su calidad literaria, el siguiente texto de la serie de relatos Irlandeses, y de esta el relato Irlandeses detrás de un gato:
“El chico que más tarde llamaron Gato apareció sin anuncio ni presentaciones contra la pared norte del patio, durante el último recreo anterior a la cena. Nadie sabía desde cuándo estaba acurrucado junto a la ventana de la galería que comunicaba los claustros. En realidad, allí no tenía nada que hacer, porque era a fines de abril y las clases habían estado funcionando un mes entero, devorando la última luz del fastidioso otoño interrumpido por largos y aburridos períodos de lluvia. Estaba oscureciendo y el patio era muy grande, consumía el corazón mismo del enorme edificio erigido en los años diez por piadosas damas irlandesas. La penumbra, pues, y el vasto espacio que ni siquiera ciento treinta pupilos entregados a sus juegos podrían empequeñecer, explican que nadie lo viera antes. Eso, y la propia naturaleza oculta del recién venido, que lo impulsaba a permanecer distante y camuflado, con su cara gris y su guardapolvo gris contra el borrón de la pared más alejada del comedor hacia el que, insensiblemente, habían ido deslizándose durante los últimos veinte minutos las bolitas, la arrimadita y la payana.
El chico parecía enfermo, su rostro era como un limón inmaduro espolvoreado de ceniza. Aún no había cumplido los doce años, era muy flaco y los primeros que se le acercaron vieron que los ojos le brillaban febrilmente. Tenía una manera de moverse extraña e inhumana, hecha de bruscos arranques y fogonazos de pasión, o lo que fuera, mezclados con el más sutil escurrimiento, alejamiento, de un cuerpo sinuoso y evasivo. Era alto, y sin embargo podía parecer mucho más pequeño gracias a un solo movimiento, en apariencia, de la cintura y de los hombros, como si no tuviera huesos a pesar de su flacura. Todo esto resultaba inquietante y ofensivo.
Este chico al que más tarde llamaron el Gato y que en pocas horas más iba a revelar una porción tan inesperada de su naturaleza gatuna, había viajado la mayor parte del día, y toda la noche anterior, y el día anterior, porque vivía lejos, con una madre que iba envejeciendo, con la que estaban rotos los puentes de cariño y que al traerlo lo paría por segunda vez, cortaba un ombligo incruento y seco como una rama, y se lo sacaba de encima para siempre. Es cierto que en último minuto, cuando lo dejó en la rectoría con el padre Fagan, consiguió derramar unas lágrimas y besarlo tiernamente, pero el chico no se engañó con eso, porque él mismo lloró un poco y la besó, y sabía perfectamente que tales gestos no importan mucho fuera del momento o el lugar que los provocan o estimulan.
Lo que predominaba en la mente del chico era una perseguidora memoria de caminos embarrados bajo una amarilla luz de miel, de pequeñas casas que se desvanecían y de hileras de árboles que parecían las paredes de ciudades bombardeadas; porque todo eso había pasado continuamente ante sus ojos durante el largo viaje en tren y se había sumergido de tal modo en su espíritu que aún de noche, mientras dormía a los sacudones sobre el banco de madera del vagón de segunda, había soñado con esa combinación simplísima de elementos, ese paupérrimo y monótono paisaje en que sintió disolverse a un mismo tiempo todas sus ideas y sueños de distancia, de cosas raras y desconocidas y gente fascinante. Su desilusión en esto tenía ahora el tamaño de la infatigable llanura, y eso era más de lo que se atrevía a abrazar con el solo pensamiento.
Exigencias más urgentes vinieron luego a rescatarlo. El padre Fagan lo transfirió al padre Gormally, y el padre Gormally lo llevó al borde del patio enmurado, inmerso, hondo como un pozo, rodeados en sus cuatro costados por las inmensas paredes que allá arriba cortaban una chapa metálica de cielo oscureciente -esas paredes terribles, trepadoras y vertiginosas- y le mostró los ciento treinta irlandeses que jugaban, y cuando volvió a mirar las paredes verticales, él que no había visto otra cosa que la llanura con sus acurrucadas rancherías, una sensación de total angustia, terror y soledad lo poseyó. Fue solo una erupción de puro sentimiento, que le puso de punta cada pelo de la piel; algo parecido a lo que siente la piel de un caballo cuando huele un tigre en el horizonte. Tal vez comprendió que estaba a punto de conocer a la gente de su raza, a la que su padre no pertenecía, y de la que su madre no era más que una hebra descartada. Les temía intensamente, como se temía a sí mismo, a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces solo se manifestaban en formas fugitivas, como sus sueños o sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre.
A primera vista, sin embargo, parecían completamente inofensivos eso chicos campesinos, pecosos, pelirrojos, de uñas y dientes sucios, bolsillos abultados de bolitas, medias marrones colgando flojamente bajo las rodillas, con sus amarillos botines Patria de punteras gastadas por la costumbre de patear piedras, latas y pelotas de fútbol, plantas, raíces de árboles y hasta sus propias sombras; piernas fuertes y macizas bien calzadas en eso pesados botines trituradores, cazadores, que uno (él) veía instintivamente apuntados a sus tobillos, o a la parte blanda de la rodilla, donde el agua se junta y se hincha durante semanas.
Lo cierto es que ahí estaba ahora, el Gato acorralado contra una ventana, y por supuesto lo primero que dijo Mulligan, que parecía mandar el grupo, cuando lo vio allí acurrucado, como listo para saltar, y no queriendo saltar sin embargo, no queriendo pelear, ni siquiera hablar, lo primero que se dijo, tal vez en su idioma, tal vez en el idioma de la madre que él oscuramente comprendía, dijo Mulligan:
-Eh, parece un gato.
Y cuando hubo obtenido la razonable cuota de reconocimiento y de risa, y el sobrenombre quedó pegado para siempre al chico que desde entonces llamaron el Gato, inciso en su corazón o en lo que fuera receptivo al castigo y a la burla, en cualquier cosa que se abriera como un tajo para recibir el cuchillo (porque la herida está allí antes que el cuchillo esté allí, la parte blanda antes que la parte dura, la carne antes que la hoja), cuando estuvo así marcado y al fin sabiendo lo que era, alguien, que podía ser Carmody, Delaney o Murtagh, dijo:
-¿Cómo te llamás?, pibe.
Planteando el terreno, firme para ellos y para el desconocido, porque pudo sospechar que una pregunta tan sencilla tenía un sentido oculto, y por tanto no era en absoluto una pregunta sencilla, sino una pregunta muy vital que lo cuestionaba entero y que debía meditar antes de responder, antes de seguir, como siguió, un curso oblicuo y propiciatorio, antes de decir:
-O’ Hara-, como dijo.
Pero el nombre ofrecido no quiso hundirse, simplemente flotó como una manzana descartada o una papa podrida flotan en el río. Se lo tiraron de vuelta, chorreando desprecio y exasperación:
-Ese no. Tu verdadero nombre, como si fuera trasparente para ellos. Entonces dijo:
-Burgnicourt.
Que era, ese sí, el nombre de su padre, al que nunca amó y ni siquiera conoció bien, un hombre perdido para siempre en las arenas movedizas del agrio recuerdo y la invectiva, su memoria pisoteada por los hombres que siguieron, un fantasma apenado que tal vez espiaba por los agujeros de la ácida memoria a la mujer que fue su esposa y después, sin explicación, se volvió la puta del pueblo, pero una puta piadosa, una verdadera puta católica que llevaba al cuello una cadena de oro con una medalla de la Virgen María…”
Tinta invisible: las mujeres que tuvieron que esconder sus relatos tras un hombre
La Editorial Espinas recupera las obras escritas por féminas que en su época fueron silenciadas o tuvieron que escribir bajo el pseudónimo de una figura masculina
(Mujeres y escritoras)
La historia la escriben los vencedores y esto supuso que el relato siempre estuviese monopolizado por los hombres. Nunca se conocerán los nombres de todas aquellas mujeres que tuvieron que esconderse bajo un pseudónimo para poder publicar sus obras. «Ellas escribían con tal compromiso y valentía que lo único que les importaba era el mensaje: esto es lo que quiero dejar y trasmitir, no me importa que se vea mi nombre«, asegura Alicia de la Fuente, fundadora y editora de la Editorial Espinás.
De la Fuente estudió filología y en sus años de universidad se dio cuenta que acceder a libros escritos por mujeres era una labor casi imposible. Siempre acababa optando por obras de coleccionistas o de segunda mano porque la gran mayoría estaban descatalogadas. Ahora, su proyecto editorial unipersonal nace con la idea de rescatar a todas estas literatas que en su tiempo no tuvieron voz que sí tenían sus compañeros masculinos. «Sí había autoras, solo teníamos que buscarlas», reivindica.
Ellas no estaban solas, sino que luchaban contra una sociedad estrictamente patriarcal acompañadas de sus discursos, férreos y combativos. Matilde Cherner inició, hace ahora 140 años, un debate encarnizado sobre la prostitución con un mensaje que, según Alicia, «las abolicionistas siguen empleando». Eso sí, lo hacía bajo la firma de Rafael Luna, como también lo tuvieron que hacer en su momento firmando en masculino las hermanas Brontë, Louisa May Alcott o Colette.
En su obra María Magdalena, la escritora denunciaba una falta de criticismo frente la institucionalidad de la prostitución, categorizándola como explotación clara en contra de los derechos de las mujeres. Adelantándose a la conocida La desheredada de Benito Pérez Galdós, ella fue la primera persona que criticó en el Estado español el carácter institucional de la prostitución y la mercantilización del cuerpo de la mujer.
Bajo la sombra de sus maridos
Las que no vivieron bajo un pseudónimo masculino, lo hicieron cargando con la sombra de sus maridos a sus espaldas. Este es el caso de Ana Dostoievskaia, protagonista de unas memorias puras y sencillas atravesadas por la inquebrantable figura del autor de Crimen y castigo. Una biografía íntima que sale a la luz gracias al manuscrito que Ana dejó en Dostoievski, mi marido.
Lo mismo le sucedió a Eva Canel, valiente y audaz escritora de Oremus, cuya obra abordó sin tapujos conflictos sociales de mediados del siglo XIX como el adulterio, las relaciones incestuosas, la hipocresía o la religión. Esta obra es «una respuesta a La Regenta de Clarín, machista consolidado y considerado uno de los mejores autores de España en la que dice: «yo también tengo este nivel«, explica la editora.
Canel recibió críticas fervientes que aseguraban que sus libros estaban «tan bien escritos» que era imposible que fuesen de una mujer, otorgándole a su marido la autoría total de sus obras. Una historia que también vivió Mary Shelley, autora de Frankenstein, cuya autoría, en un principio anónima, se vinculó con el nombre de su esposo Percy Shelley. «Cuanto más decían que los escritos no eran míos, más pruebas daba de que no había ningún hombre que me superase en valentía moral», escribió Canel.
Preparadas e inteligentes
Aquellas que tenían el privilegio de poder escribir «eran mujeres muy preparadas o muy inteligentes» que, según de la Fuente, a pesar de ello «ni se les permitía ni se atrevían» a firmar con su propio nombre. Cuando un hombre recibía una crítica a sus obras eran por el propio contenido de las páginas, pero cuando escribía una mujer «toda la atención se centraba en que eran mujeres y no en los temas que trataban», explica la fundadora.
De la Fuente recuerda la obra de la feminista radical estadounidense Joanna Russ, Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Un escrito que ejemplifica cómo se le impidió a lo largo de la historia a las mujeres producir obras escritas, firmarlas, cómo se les ha arrebatado el crédito de todas sus producciones intelectuales y de la forma en las que se las ha despreciado y minimizado.
Es por ello que denuncia situaciones como las derivadas de la polémica de Carmen Mola. Desde su perspectiva cuando tres hombres publican bajo un nombre femenino, se están burlando directamente de todas aquellas mujeres que históricamente tuvieron que escribir bajo un pseudónimo masculino para poder dar voz a sus obras. «Esta editorial va a rescatarlas. Seguirán existiendo mientras las leamos», asegura Espinas.
<El texto pertenece a Uxía Pérez, publicado en las páginas del diario El Público>
Han Kang, Borges y el aprendizaje del griego clásico
La literatura coreana no es de las que más trascienden fuera de la geografía oriental; aunque el otorgamiento de lauros tan importantes como el Nobel a una de sus escritoras, contribuyan a romper de manera decidida con esa tendencia. Además, al menos en el flamante caso del ingreso de la autora a tan distinguido club, resulte un encuentro con una obra que merece ser leída con atención, detenimiento y placer.
Graduada en letras en la Universidad de Yonsei la autora (Gwangju, 1970), comenzó su andadura con las letras dentro del ámbito periodístico, en su caso colaborando con diversas revistas. Hasta la publicación de la que es su primera novela, El amor en Yeosu, que, si bien en su primer momento no tuvo mayor repercusión, hizo que la coreana se inclinara de forma definitiva hacia la narrativa. Fue luego de su segunda ficción, La vegetariana, la que proyectó su nombre y la llevó a alzarse con el prestigioso premio Booker Internacional.
Más allá de sus ficciones en formato de novela, Kang ha incursionado además en géneros como el relato corto y el ensayo. Aunque otros dos títulos como El libro blanco y Actos Humanos, hayan vuelto a poner los ojos en su obra cuando han dado lugar a otros tantos galardones, como los premios Yi Sang Literary Award y el Médicis Extranjero.
Es ya con su última novela, La clase de griego, que logra el alago de propios y extraños, con una trama oscila balanceándose entre lo tangible y lo intangible. En ella unos pocos personajes se muestran afanados en sus búsquedas enfrentándose a la fragilidad del ser humano, y en la que la filosofía oriental sobrevuela el desarrollo de la historia (con homenaje a Jorge Luis Borges incluido). Donde resalta su riqueza narrativa, con un modo económico en palabras, acompañado de estilo poético y precisión descriptiva.
La suya es una historia sin grandes estridencias pero plena de frescura, en la que la necesidad de los personajes de encontrarse a sí mismos se ubica en el centro mismo del relato. Donde guarda importancia lo que se manifiesta y hasta aquello que se insinúa, convirtiendo a la novela en un texto único y particular.
De La clase de griego, el pasaje siguiente:
“¿Vuelves sobre tus pasos empujando el cochecito con el sol dando de pleno en tu cara morena? ¿Tu hijita de dos años agita el manojo de almorejos que has cortado para ella? ¿Te detienes delante de aquella iglesia centenaria en lugar de hacer el camino que va directo a tu casa desde la orilla del río? ¿Alzas a la niña con tus fuertes brazos y entras en la fresca nave del templo, dejando el cochecito en la portería?
Aquella iglesia, donde la luz del sol atraviesa los vitrales y se desparrama en diversas gradaciones de azul, como anegada en hielo; donde el Cristo en la cruz eleva los ojos inocentes al firmamento sin trazas de sufrimiento; donde los ángeles pisan el aire con pasos ligeros como si estuvieran dando un paseo; donde las verdes palmeras de hojas oscuras despliegan bondadosamente las palmas abiertas de sus manos; donde los santos de cara sonriente y cabello gris azulado portan mantos de tonalidades azules más claras. Allá donde mires, es imposible encontrar en la iglesia de St. Stefan un rastro de pecado o sufrimiento, a tal punto que parece un templo pagano.
Una lejana tarde de finales de verano en que salíamos caminando uno junto al otro de aquella iglesia, escribiste algo en la libreta y me la mostraste. Pusiste que, a pesar de haber crecido en una profunda fe religiosa desde pequeña, no podías creer por mucho que te esforzaras, que existiesen lugares tan extremos como el paraíso y el infierno. En cambio, creías en la existencia de fantasmas que vagaban por las calles oscuras hasta la madrugada; y concluías que, si tales espíritus existían, era indudable que Dios también debía existir en alguna parte. Me apreció tan divertido que fundamentaras tu fe en Dios sobre una idea que no solo era ilógica, sino totalmente ajena al cristianismo, que lancé una sonora carcajada y te pedí la libreta. Escribí en ella una demostración de la existencia de Dios que había leído en alguna parte, y te la devolví para que la leyeras:
En este mundo existen la maldad y el sufrimiento y mueren muchos inocentes.
Si Dios es bueno, pero no puede corregir la situación, es un ser impotente.
Si Dios no es bueno y solo es omnipotente, entonces es un ser malvado.
Si Dios no es ni bueno ni omnipotente, entonces no es Dios.
En consecuencia, la existencia de un Dios bueno y omnipotente es una falacia.
Tus ojos se agrandan mucho cuando te enfadas de verdad. Alzas las pobladas cejas, te tiemblan las pestañas y los labios, y se te hincha el pecho cada vez que respiras: Cuando te pasé el bolígrafo, garabateaste con trazos bruscos:
Entonces el mío es un Dios bueno y lleno de tristeza. Si te atraen esas argumentaciones estúpidas, puede que algún día tu propia existencia se convierta en una falacia.
A veces me hago preguntas utilizando esas argumentaciones de la lógica griega que tanto te disgustaban. Si tomamos como cierta la premisa que dice que, cuando perdemos algo, ganamos otra cosa, ¿qué es lo que he ganado yo al perderte a ti? ¿Y qué es lo que ganaré cuando pierda la vista?
Hay inevitablemente algo dudoso e insatisfactorio en toda argumentación lógica, ya que son como una red de la verdad y la mentira a través de la cual escapan los sufrimientos, arrepentimientos, obsesiones, tristezas y debilidades del ser humano, dejando solamente una serie de axiomas como un puñado de oro en polvo. Al tiempo que avanzo por la estrecha barra de equilibrio lanzando falacias con audacia, lo que veo a través de esa red de preguntas y respuestas nítidas y coherentes es un silencio ondulante como el mar azul. Aun así, continúo haciéndome preguntas y respondiéndolas con los ojos sumergidos en ese silencio, en una quietud inquietante y acerada que crece sin cesar como el agua. ¿Por qué me acerqué a ti de esa manera tan estúpida? Puede que mi amor no fuera estúpido, pero como yo sí lo era, se contaminó de mi estupidez. O quizá yo no era tan estúpido, pero la estupidez inherente al amor despertó la estupidez que había en mí y terminó por arruinarlo todo…”









