Las múltiples voces de la amplia y diversa literatura africana

Un autor camerunés y una antología de escritoras de la órbita inglesa muestran la riqueza de obras que se debaten entre el presente y la memoria

No solo es el continente más extenso; África es, ante todo, un territorio casi inabordable en lo que hace a la diversidad geográfica, la profundidad histórica y la multitud de culturas, lenguas y conflictos que lo habitan. Sobre esa multiplicidad, como marcándola a fuego, hay dos huellas que insisten en un presente de por sí complejo: la memoria larga del tráfico de esclavos y la memoria más reciente de la colonización.

“Escribo en francés para decirles a los franceses que no soy francés”, solía decir el escritor argelino Kateb Yacine (Constantina, 1929-Grenoble, 1989), activista por la independencia de su país, autor de la novela Nedjma (considerada una de las primeras grandes obras de la literatura argelina en francés) y Gran Premio Nacional de las Letras en Francia en 1987.

Yacine, que también escribía en árabe y en beréber, aseguraba que el francés era el “botín de guerra” de la Argelia levantada en armas contra la metrópoli, y en esa frase –en la honda complejidad que encierra– quizá se cifre buena parte de los problemas, hallazgos y búsquedas de la literatura poscolonial. En el continente del suajili, el igbo, el yoruba y un listado que se acerca a las 200 lenguas, “lo cierto es que lo que ha sido publicado, en su mayoría, está en francés e inglés”, escribe Federico Vivanco, compilador y traductor de Ellas (también) cuentan. Antología inédita de escritoras africanas de expresión inglesa. Y, si bien no es esperable la belicosidad de los tiempos de la descolonización, en el intercambio entre lenguas nativas y europeas, en la textura de unas incidiendo sobre las otras, y en la aceptación de un vehículo lingüístico como parte de un legado –problemático y a la vez parte de un inevitable mestizaje– radica la riqueza estilística y conceptual de muchas de estas obras.

En Ellas (también) cuentan se incluyen relatos de autoras nacidas en Ghana, Uganda, Sudáfrica y Zimbabue con la explícita voluntad de, en línea con el pensamiento de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, dar a conocer voces que narren la realidad africana en los términos del propio continente. Es una antología de escritoras: la marca de género emerge tanto en la sutileza de ciertos signos domésticos como en la crudeza con que se describe un aborto en “No te puedes perder en Ciudad del Cabo”, de Zoë Wicomb (Namaqualand, 1948). En los relatos de Franka-Maria Andoh (Acra, 1968), Ayesha Harruna Attah (Acra, 1983) y Milly Jafta (Port Elizabeth, 1950) emerge un Occidente convertido en meca de la salvación económica, en contrapunto con las penurias de la migración y el desgarro de los que terminan en el limbo de no pertenecer ni a un mundo ni al otro. Por su parte, en “Recuerda a Atita”, la ugandesa Jackee Budesta Batanda aborda los estragos de los enfrentamientos armados que, desatados tras los movimientos de descolonización de los años 60 y 70, no tiene aún visos de detenerse.

Darle voz a un continente es también iluminar los entresijos de su historia. A eso apunta el camerunés Patrice Nganang (Yaundé, 1970) con La estación de los ciruelos, segunda parte de la Trilogía de África que el autor dedica a sucesos ocurridos en su país natal a mediados del siglo XX.

La inestabilidad política de Camerún no le es ajena a Nganang. En 2017 fue enviado a prisión tras publicar un informe donde cuestionaba al presidente Paul Biya (al frente del país desde 1982). Hoy reside en Estados Unidos y da clases en la Universidad de Princeton.

En La estación de los ciruelos, Nganang se concentra en otro tipo de inestabilidades políticas e históricas. Ubicado mayormente en Yaundé, capital de Camerún, el relato pone el foco en el momento en que la Segunda Guerra Mundial ingresa en África. Más concretamente, en los acontecimientos que se sucedieron luego de que, enviado por Charles de Gaulle, Philippe Leclerc llegara a Camerún, desalojara a las autoridades que respondían a Pétain y, en nombre de la Francia Libre, reclutara a tiradores nativos, “carne de cañón” con la que enfrentaría a las tropas italianas y alemanas en el desierto del Sahara.

Lo que en otro autor podría haber sido una simple novela histórica, en manos de Nganang se revela diferente. El tono de su escritura es extremadamente lírico; el relato –incluso cuando se refiere a la pura y dura materia histórica– tiene un ligero sabor a leyenda. Como si, impregnado del espíritu de los personajes africanos (el hijo del vidente, el leñador que pasa sus días en la selva, la mujer a la que consideran “madre del mercado”), estuviera más ligado a los tiempos circulares de la oralidad que a la severa linealidad moderna. De hecho, de manera intermitente emerge un narrador que se dirige al lector, le sugiere volver algunas páginas atrás si quiere entender mejor determinado pasaje, le comparte alguna reflexión, se permite cierta ironía.

Las referencias a figuras históricas no se reducen exclusivamente a Leclerc o a de Gaulle; sin llegar a ser un relato coral en términos estrictos, la novela se abre en multitud de historias y personajes que, con Yaundé como centro geográfico y narrativo, engarzan sus derroteros personales con los que la guerra y las especulaciones políticas les van imponiendo. Un personaje alude de manera explícita a Ruben Um Nyobè, dirigente que en 1948 (años después de los sucesos contados en la novela) fundaría un partido anticolonialista. Otro personaje recrea la figura de Louis-Marie Pouka, poeta escolarizado en las instituciones francesas y partidario de la asimilación plena a la cultura europea.

“La paradoja de nuestra relación con Francia es que ella es, al mismo tiempo, nuestro opresor y nuestro ideal. ¿Cómo encontrar la salida?”, reflexiona Pouka, que al comienzo de la novela impulsa un cenáculo literario en Yaundé con la esperanza de recrear los cafés literarios parisinos. Solo atraerá a campesinos analfabetos que pronto lo abandonarán, también ellos subyugados por una Francia a la que aceptarán defender en el Sahara sin saber que ese viaje –de la selva al desierto– será sin retorno.

<El texto le pertenece a Diana Fernández Irusta; fue publicado en las páginas del diario La Nación de Argentina>

«A pesar de que me gusta leer, pasear, escuchar música y ver arte, necesito una actividad no contemplativa. Mi razón principal es que pienso con mayor fecundidad cuando compongo, específicamente una novela. Esa es la razón por la que la gente redacta diarios, ‘blogs’, cartas o ‘emails’. No únicamente para comunicarse con otros, sino para explicarse mejor a ellos mismos» (Javier Marías)

Claire Messud, en el crecer adolescente

De padre franco argelino y de madre canadiense, la escritora estadounidense (1966, Greenwich, Connecticut), supo echar mano de su multiplicidad de orígenes, de sus lugares de residencia (Australia, Canadá) y de una educación heterogénea, para establecer un importante punto de enriquecimiento que, de alguna manera, subyace en las tramas de sus historias.

Sus estudios no estan lejos de lo antedicho, cuando en primera instancia obtuvo una beca Guggenheim y luego, cursó estudios en las universidades de Yale y también a la de Toronto. Una vez graduada, se desempeñó como profesora en la universidad de Maryland, para regresar a impartir clases nuevamente en Yale y en la universidad Johns Hopkins donde dictó literatura, además de dirigir talleres de escritura creativa.

En cuanto a su obra, su primera novela del año 1995, Cuando el mundo era estable, ya fue considerada para el premio Pen/Faulkner. A esta le siguieron: Su última vida (1999), Los cazadores, texto compuesto de dos novelas cortas, La mujer de arriba y La niña en llamas, fue nominada por el diario Los Ángeles Times como uno de los mejores libros del año.

Sus historias han sido reconocidas con distintos galardones, además de ser incluida en su momento en la lista de Mejor Joven Novelista Británica y premiada por la Academia Estadounidense de las Artes y de la Ciencias.

En La niña en llamas, se hace mención de la idea esencial con la que se construye la novela y que va más allá del propio texto, cuando refiere a las licencias que se permiten los humanos, y expresa: “Todos moldeamos nuestras historias, para que tenga algún sentido ser quienes creemos que somos”. En ella, dos niñas adolescentes de un pueblo del este de los Estados Unidos, buenas amigas, vecinas y compañeras de instituto, juegan al rol de crecer; echando mano de lo que pueden para salvar sus carencias, mientras intentan comprender a un mundo que decididamente se les hace grande.

De La niña en llamas, el pasaje siguiente:

“Mi casa está dentro del casco urbano o, mejor dicho, en la carretera por la que se entra al centro, en la zona sur. El casco urbano tiene cuatro manzanas de longitud en una dirección y cinco en la otra. Luego hay dos polígonos comerciales en la Ruta 29, por donde se sale a la autopista que es donde están Market Basket, The Dollar Store y The Fashion Bug, y Friendly’s. Cierto que Royston tiene más que esas cuatro manzanas, pero el resto son calles residenciales que se extienden en todas direcciones y se adentran en el bosque. Luego está la Ruta 29, en ambas direcciones, con unos cuantos negocios salpicados por sus orillas, que se extiende en dirección sur primero y luego hacia el norte, hacia Newburyport. Resulta más rápido llegar a los sitios por la interestatal, pero entonces se pierde uno algunas cosas antiguas dignas de ver, como el Golden Lotus Palace, un restaurante que es un templo bermellón al estilo kitsch de los años sesenta y con una enorme puerta dorada y dragones negros de escayola en la parte de fuera: la comida está tan petada de glutamato monosódico que cuando sales de allí te sientes como si estuvieras en otro planeta. O el Lucky Stars, un motel que se fue al garete hace unos años: se han caído un par de paneles del viejo neón -cuando estaba entero parecía que lo habían sacado de Los supersónicos- y han tapado las ventanas con planchas de madera para que personas y animales sin hogar no ocupen las habitaciones enmoquetadas. Ecos del viejo Royston al borde de la Ruta 29: Así era antes de que llegaran los burgueses exiliados de Boston, los artistas y hasta la planta de Henkel.

   Cassie y yo empezamos a ir al pueblo a pie, a explorar. Es decir, recorrimos básicamente el centro. Hasta que un día llegamos a la cantera y al viejo sanatorio. El centro histórico tiene una hilera de edificios antiguos fantásticos, casas de estilo victoriano de ladrillo rojo, con apartamentos encima de los comercios. A mí siempre me había intrigado quién vivía en ellos. Muchas de las tiendas que ponen allí no duran mucho: Royston es de ese tipo de ciudades pequeñas a las que llega la gente que va huyendo de Boston o de Portland, con sus niños pequeños y sus fantasías, y luego se da cuenta de que la vida en un sitio así no era lo que se esperaban. Ponen una joyería coquetona y un café mono con vacas pintadas en las paredes y cortinitas de encaje, y dura un año o dos: sobreviven a los inviernos duros y austeros, cuando nadie anda por la calle; pero antes o después lo cierran y se van por donde han venido. También hay negocios que resisten mucho tiempo, como la Farmacia Adamian o Mahoner, el pub irlandés. O la tienda de ultramarinos que lleva Mildred Bell, una mujer más vieja que mi abuela con una verruga en la barbilla, como las brujas. La tienda de Bell es un sitio muy loco, abigarrado, donde venden -entre otras cosas- jerséis con bordados navideños de renos o elfos. Protegen el escaparate, que nunca cambian, poniendo en el cristal un celofán amarillo. A mí de pequeña me gustaba mucho la sección de juguetes, porque tienen una fila de cubetas de plástico con cacharritos que yo me podía permitir con mi paga: borradores japoneses y libretas de Hello Kitty, pelotas de esas que brillan en la oscuridad y horquillas con forma de cup-cake o de hamburguesa. La señora Bell también debe sentir debilidad por los animales de peluche, porque tienen un cesto enorme lleno de ellos, suavísimos: no sólo osos, sino búhos, jirafas y una gran selección de cerditos, sobre todo, Cassie y yo nos aficionamos a ir a la tienda de Bell aquel agosto porque así veíamos los peluches, pero también porque yo me sentía fatal al verla con la mano así, pasándolo mal, y allí podía apartarme un poco de ella y mirar por mi cuenta y comprarle el cerdito más pequeño, el rosa más pálido: uno al que ella ya había bautizado como Hubert. Lo escondí para que fuera una sorpresa, pero sólo pude esperar un día. Cuando volvimos a la tienda y vio que no estaba empezó a lloriquear.

   Aparte de la tienda de la señora Bell y del Rite Aid, donde podíamos atrincherarnos en el pasillo de artículos de tamaño muestra y lacas de uñas (aunque a Cassie no le dejaban pintarse las uñas y a mí no me gustaba) no había en Royston muchos sitios donde pudieran ir unas crías como nosotras. Íbamos también, paseando, hasta el parque infantil que hay en Market Street, justo al pasar el instituto de enseñanza superior, que tiene un carrusel pintado como el arcoíris y una hilera de columpios, pero aquel verano se pusieron a arreglar el tobogán y el castillo, y sólo quedaban los tocones. Además, el resto de los niños que había en el parque tenían menos de cinco años e iban con sus madres o sus abuelas, lo que resultaba más deprimente aún quedarse en casa.

   Como no podíamos jugar ni al tenis ni al baloncesto, el instituto era un rollo. Además andaba por allí Beckett, un bocazas de octavo, con sus amigos, entre los que estaba el chico que a mí me molaba, Peter Oundle. Peter siempre había ido a nuestro colegio, cuando éramos pequeños habíamos jugado juntos en los recreos: al pilla-pilla, a las cuatro esquinas o al balón prisionero. Pero ahora iba mucho con Beckett, que era dos años mayor que nosotros y el jefe de la banda. Brazos y piernas largos, pies rápidos y expresión de desdén, todos ellos. Peter Oundle era sólo un año mayor que Cassie y que yo, y siempre había sido diferente, de ese tipo de chico que te da la mano para ayudarte cuando te has caído. Flaco, con la nariz puntiaguda, pero guapo: con rizos de un castaño rojizo y pestañas largas.

   Los chicos se pasaban horas jugando al baloncesto. Uno o dos de ellos nos silbaban siempre, cuando pasábamos. Una tarde Beckett me llamó. Me dijo:

   -¡EH, tú, Rizos! ¿De qué son esos granos tan gordos que tienes en la frente?

   Los otros empezaron a carcajearse y yo me puse colorada de vergüenza. Cassie les gritó:

   -¿Qué pasa, Beckett, ya te damos envidia? Porque veo que llevas el pelo largo, como una chica.

   -Bah, que te jodan a ti también -gritó Beckett dándose la vuelta.

   Pero a mí me pareció que le incomodaba.

   -Te abrazaría aquí mismo -le dije a Cassie-, pero eso le serviría para afirmar que somos lesbianas.

   -¿Y a quién le importa? -dijo Cassie-. Me casaría contigo antes que con él. En cualquier momento…”     

«Quizá no sea de ninguna utilidad que yo trate ahora cada una de sus expresionespues lo que yo pudiera decir de su tendencia a la dudao sobre su incapacidad para concertar la vida exterior con la interior, o sobre todo lo otro que lo atormenta…, es siempre lo que ya he dicho: siempre el deseo que encuentre paciencia en sí mismo para soportar y suficiente sencillez para creer; de que cada vez adquiera más confianza con lo que es difícil, y con su soledad entre otras cosas. Y por lo demás deje que la vida transcurra. Créame: la vida tiene razón, en todos los casos» (Rainer Maria Rilke – Cartas a un joven poeta)

Imagen: Pexels – null xtract

Hispanoamérica: literatura y crítica

“Todos los grandes movimientos literarios han sido transnacionales y las grandes obras de nuestra tradición han sido la consecuencia o la réplica de otras obras”

Decir que la literatura de Occidente es una provocación, inmediatamente legítima repulsión. Cada una de las unidades que llamamos literatura inglesa, italiana, alemana o polaca no es una unidad independiente y aislada, sino en continua relación con las otras.

La literatura de Occidente es un tejido de versiones. Los idiomas, los autores, los estilos y las obras han vivido y viven en constante interpenetración. Las relaciones se despliegan en distintos planos y direcciones.

Todos los grandes movimientos literarios han sido transnacionales y todas las grandes obras de nuestra tradición han sido la consecuencia o la réplica de otras obras. La literatura de Occidente es un todo en lucha consigo misma sin cesar, separándose y uniéndose a sí misma en una sucesión de afirmaciones y negaciones que son también reiteraciones y metamorfosis.

Literatura en movimiento y, además, literatura en continua expansión. No solo se extendió en Europa, sino que, también, ha ido a otros continentes: América, Oceanía, África del Sur, y ha creado otras literaturas. En uno de sus extremos, poco a poco, surgieron las literaturas eslavas, las literaturas americanas en tres lenguas (inglesa, castellana, portuguesa y, recientemente, francesa). Muy pronto, una de ellas, la estadounidense, se volvió una literatura universal, parte constitutiva de nuestro universo cultural.

La otra literatura occidental no europea es la literatura latinoamericana en sus dos grandes ramas: la portuguesa y la castellana. El caso de la literatura en francés no lo vamos a tocar. En lo que sigue solo me ocuparé de la literatura hispanoamericana.

En sus comienzos, nuestra literatura fue una mera prolongación de la española; esta situación se extendió desde el siglo XVI hasta fines del XIX. A fines del siglo pasado nace la literatura latinoamericana. Nació fecundada en cierto modo por la poesía simbolista francesa; con ella y por ella, un poco más tarde, nacen el cuento y la novela. Después de un período de oscuridad, que no es un período insignificante sino de grandes escritores que, como Rubén Darío, no traspasaron la frontera de la lengua, ahora nuestros poetas y novelistas han ganado, en la segunda mitad del siglo XX, una suerte de reconocimiento universal. Hoy nos preguntamos si la literatura hispanoamericana es realmente moderna.

La pregunta es pertinente, porque desde el siglo XVIII el pensamiento crítico es uno de los elementos constitutivos de la literatura moderna, es uno de los alimentos de esta, igual que la teología lo fue en la Edad Media de la literatura de creación. Una literatura sin crítica no es moderna, o lo es de un modo peculiar y contradictorio.

¿Se quiere decir que no existe una literatura crítica, o que no tenemos crítica literaria, filosófica, moral o política? La existencia de la primera, es decir, de la literatura crítica, me parece indudable: en casi todos los escritores hispanoamericanos aparece esta o aquella forma de crítica, directa u oblicua, social o metafísica, realista o alegórica. La literatura hispanoamericana, en ese sentido, es moderna porque contiene este elemento de crítica de la sociedad y del hombre o de la realidad.

<Octavio Paz es el autor de este artículo de opinión. Fue publicado en el diario El Comercio de Perú>

«Vivimos en un mundo en que se nos empuja completamente hacia una civilización del zapping; necesitamos centrarnos más en los problemas esenciales y profundizar en ellos. Y, para profundizar, necesitamos la literatura, necesitamos libros» (Amin Maalouf)

Imagen: El pensador de Auguste Rodin

Hiromi Kawakami, la sociedad nipona y el realismo mágico

Con merecido reconocimiento, la escritora japonesa se adentra en sus textos con la soledad que impera en su país de origen; un verdadero azote, más aún si se es mujer

Los orientales son gente que se destacan en su mayoría por mesurar sus movimientos, los hacen casi con sigilo y con una completa ausencia de estridencias. Sus acciones suelen ser silenciosas, casi sin querer llamar la atención. A pesar de ello, sean cuales fueren sus habilidades, son unos verdaderos hacedores, como si el tiempo -sin muestras de finitud- le jugara a su favor.

La escritora japonesa (Tokio, 1958) no escapa a lo antedicho. En su caso además, porque ser literata no fue una de sus primeras predilecciones en la vida; de hecho, antes de decidirse por la escritura, estudió ciencias naturales en la Universidad de Ochanomizu, para desempeñarse luego y durante años como profesora de la asignatura de biología. Por tanto, no fue una autora precoz ni mucho menos, su primera publicación -un relato corto- data de 1994, a sus treinta y seis años. A partir de allí, su producción se fue incrementando y diversificando en cuanto a géneros, abarcando no solo el cuento, sino también el ensayo y más todavía la novela.

Años después de ese inicio, declaró abiertamente ser una escritora influenciada por el movimiento del realismo mágico, con la insoslayable figura de Gabriel García Márquez a la cabeza y su Cien años de soledad. Más allá, de rescatar además a otros importantes autores extranjeros y también de su propio país, plumas como las de Yoko Agawa, Seiko Tanabe o Haruki Murakami.

Por consiguiente, los textos de Kawakami son un fiel reflejo de los parámetros de la sociedad nipona, en la que la muestra de cualquier sentimiento en público es objeto de censura, y donde la contención es lo que debe prevalecer. Aunque la soledad de muchos de sus individuos sea un flagelo declarado que sufren hombres y mujeres por igual. En particular, estas últimas, sometidas además a una búsqueda permanente de su propia identidad como féminas. Elementos todos que se ven reflejados en las historias de la tokiota, por nombrar algunas: Algo brilla como el mar, Los amores de Nishino o Abandonarse a la pasión, y también en Dios, su colección de relatos cortos.

Sus publicaciones han sido reconocidas con los prestigiosos premios Akutagawa, el Woman writer’s o el premio Tanizaki, este último por El cielo es azul, la tierra blanca; en la que, con un estilo económico en palabras aunque no menos cargado de significado, nos habla del rencuentro en el tiempo de dos almas frágiles. Novela que fue traducida a varios idiomas y posteriormente llevada al cine. De ella, el pasaje a continuación:

“El maestro me miraba con una mueca de reproche.

   -Estás bebiendo demasiado, Tsukiko -me reprendió con suavidad.

   -Déjeme en paz -le espeté, y llené mi vaso de nuevo. Lo apuré de un trago. Era la tercera botella que caía en una noche.

   -Otra -le pedí al cantinero Satoru.

   -¡Sake! -gritó brevemente hacia la cocina.

   -Tsukiko… -intentó detenerme el maestro. Esquivé su mirada.

   -Ahora ya la has pedido, pero procura no acabártela -me advirtió. En su voz había un deje amenazante que no era propio de él. Mientras hablaba, me daba palmaditas en la espalda.

   -De acuerdo -respondí con un hilo de voz. Pronto empecé a notar los efectos del sake.

   -Deme unas palmaditas más, maestro -farfullé.

   -Hoy te estás comportando como una niña caprichosa, Tsukiko -rió el maestro, y siguió dándome palmaditas en la espalda.

   Es que lo soy. Siempre lo he sido -dije. Mientras tanto, acariciaba la espina de la trucha que el maestro había dejado en el plato. Era tan blanda, que se encorvaba. El maestro apartó la mano de mi espalda y se llevó el vaso a los labios muy despacio. Apoyé la cabeza en su hombro durante un breve instante, pero la aparté enseguida. Él no dio muestras de haberse percatado de mi gesto. Siguió bebiendo en silencio.

Cuando abrí los ojos, me encontraba en casa del maestro.

   Estaba tumbada en el tatami. Encima de mí había una mesita, y justo enfrente vi los pies del maestro. Me incorporé con un sobresalto.

   -¿Ya te has despertado? -me preguntó. La puerta corrediza y el ventanal estaban abiertos, y la brisa nocturna invadía la estancia. Hacía un poco de frío. En el cielo la luna brillaba entre las nubes, rodeada por un grueso halo.

   -¿Me he dormido? -pregunté

   -Sí, has estado durmiendo -rió el maestro.

   -He dormido como un tronco.

Comprobé el reloj. Eran cerca de las doce de la noche.

   -Pero no he estado dormida mucho rato, ¿verdad?

Una horita más o menos.

   -Teniendo en cuenta que estás en una casa ajena, considero que una hora es suficiente -repuso el maestro, con una sonrisa burlona. Tenía las mejillas más coloradas que de costumbre. Supuse que había estado bebiendo mientras yo dormía.

   -¿Qué estoy haciendo aquí? -pregunté. El maestro abrió los ojos, sorprendido.

   -¿No te acuerdas? Empezaste a gritar pidiéndome que te llevara a mi casa.

   -¿En serio? -dije, y me dejé caer de nuevo en el suelo. Apreté la mejilla contra el tatami. MI melena se esparció por el suelo, enredada. Contemplé las nubes que surcaban el cielo nocturno. En ese momento supe que no quería ir de viaje con Takashi Kojima. Tumbada en el suelo, con la mejilla apoyada en el tatami, evoqué la vaga incomodidad que sentía cada vez que estaba con él. Era una molestia casi imperceptible, pero que nunca se desvanecía del todo.

   -Tengo la marca del tatami en la cara -le dije al maestro desde el suelo.

   -¿Dónde? -preguntó. Rodeó la mesita y se me acercó. -Es verdad, está perfectamente marcado.

   Me acarició suavemente la mejilla. Tenía los dedos fríos. Parecía más alto, quizás porque lo veía desde el suelo.

   -Tienes la mejilla ardiendo, Tsukiko.

   Siguió acariciándome. Las nubes pasaban rápidamente. Ocultaban la luna por completo y la descubrían un instante más tarde.

   -Es por el alcohol -le respondí. El maestro se tambaleó ligeramente. Él también parecía ebrio.

   -¿Quiere que vayamos juntos de viaje, maestro? -propuse.

   -¿Adónde quieres ir?

   -A algún lugar donde podamos comer unas buenas truchas.

   -Con las truchas de Satoru tengo más que suficiente -replicó él, y apartó la mano de mi cara.

   -Pues vayamos a un balneario de montaña.

   -No tenemos por qué ir tan lejos. Cerca de aquí hay balnearios que no están nada mal -protestó. Se sentó en el suelo sobre los talones, a mi lado. Ya no se tambaleaba. Estaba tan tieso como siempre.

   -Quiero que vayamos juntos a algún lugar -insistí. Me incorporé y lo miré directamente a los ojos.

   -No iremos a ningún sitio -respondió él, aguantándome la mirada.

   -¡Yo quiero ir de viaje con usted!

   Por culpa del alcohol no era consciente de todo lo que decía. En realidad, sabía perfectamente de qué estaba hablando, pero mi cerebro solo quería comprenderlo a medias.

   -¿Adónde iremos tú y yo solos, Tsukiko?

   -Con usted iría al fin del mundo, maestro -grité.

   El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente. El ambiente estaba cargado de humedad.

   -Tranquilízate, Tsukiko -me advirtió el maestro.

   -Estoy muy tranquila.

   -Deberías volver a casa y descansar.

   -No quiero volver a casa.

   -No seas cabezota.

   -No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted…”

«Hace poco estuve en París, una ciudad donde la gente se saluda besándose, perfecta para los amantes. Paseando por los muelles encontré una pareja joven, bellísima, que, en lugar de ir de la mano, caminaban cada uno mirando la pantalla de su teléfono. El progreso es una maravilla pero, al mismo tiempo, está creando mucha soledad, y también un tipo de ‘cyborgs’ que nos vigilan día y noche. Si puedo elegir, no quiero formar parte de esto» ( Paul Auster )

Crédito imagen: Unsplash – Léonard Cotte