«En un mundo de mentira, para echar a la mentira del mundo no basta con su opuesto: hace falta un mundo de verdad» ( Franz Kafka – Aforismos )

Lienzo: Jean-Léon Gérome – La verdad saliendo del pozo

Ucrania y Rusia en los libros: cruces de una literatura clásica

Son dos países que viven una tensión fronteriza debido al reconocimiento ruso de las provincias separatistas ucranianas de Donetsk y Luhansk. Pero esa macrozona ha visto nacer a nombres de categoría mundial en los libros, y que han tenido más de un cruce -pero de diferente condición- entre ambas naciones. Aquí un pequeño repaso

Fiodor Dostoievski

Si hay una región pródiga en nombres claves en la literatura es la macrozona de la Europa oriental. Hoy, la región está en el ojo del mundo debido a la tensión ruso-ucraniana debido al reconocimiento ruso de Donetsk y Luhansk, dos regiones ucranianas separatistas, aunque el conflicto viene desde la anexión rusa de Crimea, en 2014.

De todos modos, el antiguo imperio ruso y posterior Unión Soviética vio nacer las trayectorias de nombres interesantes. Quizás los más conocidos son los autores rusos.

En ese sentido, se imponen por su propio peso nombres como el de Fiodor Dostoiesvki. Oriundo de Moscú, en palabras del austriaco Stefan Zweig, tuvo una vida como “la de un personaje del Antiguo Testamento”. Incluyó condena a muerte, exilio, pobreza, una hija fallecida, dos matrimonios, pero tras sí dejó un legado de novelas que permanecen como un tesoro. En esta tecla incluimos, por supuesto, Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, o Memorias del subsuelo.

León Tolstoi

Otro nombre clave es el de León Tolstoi, uno de los nombres insignes en la ficción realista. En este sentido, destacan por supuesto las novelas Ana Karenina y Guerra y paz. Esta última, basada en un hecho histórico crucial para los rusos: la invasión (y derrota) de Napoleón Bonaparte en 1812. Aunque alcanzó la gloria como escritor, hacia el último tramo de su vida se volvió prácticamente un asceta, con inspiración religiosa, se volvió vegetariano y optó por un estilo de vida sencillo y campesino.

Asimismo, el llamado “Padre del cuento moderno”, Antón Chéjov, también nació en Rusia. Médico de profesión, desarrolló su carrera publicando preferentemente relatos breves. Algunos de ellos célebres como La dama del perrito, Las tres hermanas, la crónica La isla de Sajalín, donde narra las condiciones en el lugar, ocupado como centro penitenciario; y obras de teatro, como El jardín de los cerezos, o La gaviota.

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Antón Chéjov

Chéjov tuvo una cierta conexión con la actual Ucrania. Resulta que para 1887, se le detectaron los primeros síntomas de una enfermedad que lo acompañó hasta su muerte: la tuberculosis. Por ello, decidió viajar al sur del imperio. Se estableció en Yalta, en la península de Crimea, al borde del Mar Negro, entre 1899 a 1904. Sin embargo, los esfuerzos no fueron suficientes, y tras emigrar a Alemania buscando cura, falleció en 1904.

Tarás Schevchenko

Pero en el país de la bandera amarilla y azul, el gran nombre es el del poeta Tarás Schevchenko, quien no es tan conocido en occidente como sus pares rusos. De origen siervo, tuvo su principal formación como pintor, en la Academia de Bellas Artes del Imperio, en San Petersburgo. En 1840 publicó su primer libro de poesía, Kobzar (El bardo), donde trataba el sufrimiento del pueblo ucraniano de una manera muy dolida. En rigor, la exaltación de la nacionalidad y la idiosincracia popular ucraniana y la crítica a la autocracia zarista caracterizaron su escritura. De hecho, se le castigó con el exilio y un reclutamiento forzoso en el ejército, pero ello no le impidió seguir pintando y escribiendo.

Otro nombre importante de las letras ucranianas es el de Nicolái Gógol. Nacido en el imperio ruso, por ese dato suele contársele como escritor de esa nacionalidad. Pero él vino al mundo en Soróchintsy, en la región de Poltava, actualmente en Ucrania. Su mayor obra fue Almas muertas, de 1842, definida como “un poema épico en prosa”, donde trataba el tema de la servidumbre. Sin embargo, la segunda parte de la novela, Gógol la arrojó al fuego por dedicarse más a lo religioso.

Nicolái Gógol

Además, escribió Tarás Bulba, una novela histórica protagonizada por un cosaco llamado de esa manera, quien vivió en el siglo XVI. Era una especie de personaje histórico relevante en Ucrania. En gran parte, su literatura tuvo que ver con rescatar lo tradicional. “Escritores como Gogol y Krylov introducen al pueblo y sus leyendas, al campesino y el espacio rural. Es, en términos estrictos, la aparición del costumbrismo localista y estereotipado”, señaló el académico de literatura de la Universidad de Chile, Cristián Cisternas.

Un caso particular es el del legendario Joseph Conrad. Nació en Berdychiv, hoy parte de Ucrania, aunque por esos entonces, en 1857 formaba parte de territorios polacos ocupados bajo el zar ruso, prueba de los veleidosos cambios de fronteras en la zona. Conrad fue un defensor del nacionalismo polaco, aunque en 1878 se radicó en Inglaterra, donde obtuvo la nacionalidad inglesa. En su obra desarrolló una afición a los relatos inspirados en el mundo marítimo, como lo hiciera Melville.

Svetlana Aleksiévich

Por supuesto, no podemos no referirnos a la autora Svetlana Aleksiévich. Premio Nobel de Literatura 2015, nació en Stanislav, la actual Ucrania, por entonces la URSS. Su madre era ucraniana y su padre bielorruso, desde 1991 tiene la nacionalidad de su progenitor. Sin embargo, Aleksiévich ha tenido un ojo puesto en su tierra natal, puesto que su obra más conocida, el libro de crónicas Voces de Chernóbil, se ambienta justamente en la ciudad ucraniana que vivió el accidente nuclear. Hay cosas que no se olvidan.

(Autor del texto: Pablo Retamal; reproducido en el diario La Tercera de Chile)

Chico Buarque, sus letras, las imágenes y la gente

Logró trascender hacia el gran público a través de su faceta de cantautor y músico. Más tarde, sus letras fueron llegando en formato de textos literarios los que, empujados por la curiosidad de sus adeptos y su buen hacer como escritor, fueron ganando una cuota cada vez mayor de lectores en lengua portuguesa primero y de otras partes del orbe después.

Buarque de Holanda (Río de Janeiro, 1944) proviene de una familia de intelectuales, que se volcó en la creación hasta llegar a ser considerado uno de los embajadores de la denominada “nova canco” brasilera. Pero -como a muchos otros- la vida y sus sucesos: un golpe militar que sacudió los estamentos de la sociedad del país sudamericano, le obligaron a replantearse su existencia y  como consecuencia directa, su marcha al exilio en Italia.

De regreso en Brasil su quehacer fue observado como pocos, tuvo que emplear por ello el mejor ingenio para sortear la censura imperante del gobierno de facto, adaptando y utilizando el doble sentido en sus composiciones; con gran repercusión cuando algunas de sus letras se convirtieron en verdaderos himnos en favor de las libertades perdidas.

La crítica velada conformó también parte de la trama de sus novelas, con títulos como Budapest; Leche derramada o El hermano alemán. Fue autor además de obras teatrales, títulos como Gota de agua; La ópera del pícaro o Leva, entre otras; y tuvo oportunidad de incursionar en su faceta de actor, con papeles en filmes de variada repercusión.

Su carrera literaria le ha valido el reconocimiento con la concesión de distintos galardones, como el premio Jabuti, y más recientemente el prestigioso premio Camoes, distinción otorgada por su trayectoria dentro de las letras portuguesas impulsada, que duda cabe, por ser uno de los mayores representantes de la cultura brasilera del último medio siglo.

En su última novela, de reciente aparición, utiliza el género epistolar. En ella expone a la realidad como si de ficción se tratase, y donde cada epístola contiene una historia en sí misma; para reflejar los hechos de la cotidianidad que rodean al protagonista. Por ello, para apreciar una parte de su literatura, de Esa Gente, los textos a continuación:    

3 de enero de 2019

El contable ha llamado para comunicarme que tengo el saldo del banco en números rojos. ¿Y ahora qué? Y ahora qué, pregunto. Son las nueve de la mañana, hace calor, los geranios de la ventana están agostados. Hay pan de molde en la nevera, mantequilla, dos lonchas de jamón, y he aprendido a preparar café en la cafetera eléctrica. A la chica de la limpieza se le daba bien regar los geranios, pero cuando lo hago yo la vecina de abajo siempre se queja de que le cae agua. El periódico está en el recibidor; la primera página es falsa, es una imitación de primera página, donde todas las noticias son anuncios publicitarios. Cuando el gato arañaba el periódico y se meaba encima, solía cabrearme, pero ahora hasta lo echo de menos. Hay quien dice que los gatos angora son suicidas, aunque la chica de la limpieza asegura que saltó persiguiendo un colibrí. Me señaló el gato despachurrado en el parque infantil de la finca, pero preferí no bajar, así que le pedí que lo enterrara allí mismo, en el parterre. La chica solía llegar temprano a casa, se tomaba un café y tenía la abominable manía de hojear el periódico antes que yo. Intenté esconderlo, pero notaba los dobleces irregulares, como la raya de los pantalones mal planchados. También se le notaba que le fastidiaba tomarse el café recalentado, y a la chica sí que no la echo de menos. 

15 de enero de 2019

En vez de dirigirse hacia el sur, después de pasar rozando el Pan de Azúcar, el avión sobrevuela Río de Janeiro a baja velocidad. Me complace pensar que al piloto, como a mí, no le apetece irse de Río, ni tiene prisa en llegar a Sao Paulo. O que haya decidido dar una vuelta panorámica sobre la ciudad, con el fin de mostrar a los pasajeros nuestras playas, el bosque de la Tiyuca, el Cristo Redentor, el Maracaná, las favelas y demás atracciones turísticas. Finalmente, tomamos la ruta habitual sobre el océano, y en eso que el avión hace un viraje de regreso a Río, seguramente por problemas técnicos. Con el gesto risueño, la azafata avanza por el pasillo tranquilizando a los pasajeros que empezaban a mirarse con inquietud. Cuando ya nos dirigíamos a la pista de aterrizaje del aeropuerto Santos Dumont, en el último momento el avión acelera y remonta para sobrevolar la ciudad, en un intento, según entiendo de deshacerse de combustible antes de disponerse a aterrizar de nuevo. El problema empieza cuando las turbinas se ponen a soltar humo, y la azafata, sin perder la sonrisa, apenas si es capaz de contener el alboroto que se crea a bordo. Dicen que, en el instante de la muerte, la vida pasa de principio a fin como una película en nuestra cabeza. Y eso me ocurre, no como en una película, sino en el vuelo rasante que efectúa el avión sobre Río de Janeiro. Allí están el hospital donde nací, la casa de mis padres, la iglesia donde fui bautizado, el colegio donde insulté al cura, el campo de tierra donde marqué un gol de tacón, la playa en la que casi me ahogué, la calle donde me partieron la cara, los cines donde me enamoré, el edificio del curso preuniversitario, que dejé a medias, y cerca del cementerio, el avión vuelve a tomar impulso, levanta el morro, acelera y se introduce entre las nubes. No pasa ni un minuto, cuando el piloto decide regresar, pasando otras vez a ras del hospital de maternidad, la casa de mis padres, la torre de la iglesia, todo de nuevo. Es como si al volar en círculos el avión reprodujera con mayor fidelidad mi recorrido vital, haciéndome revisitar siempre a las mismas mujeres y las mismas películas, haciéndome volver a los mismos domicilios, disfrutar de repetir mis errores. La azafata busca el equilibrio apoyándose, ahora en una butaca, ahora en otra, para comprobar los cinturones de seguridad, y cuando alguien le pregunta si vamos a salir vivos de esta, ella responde con una sonrisa: solo saldremos vivos de milagro. A los gritos de desesperación, ahora se suma el clamor de las oraciones y, desde la ventanilla, me parece ver mi apartamento, un accidente de coches en la cuesta, un gato erizado, el ojo de un perro. El comandante se pone a rezar un avemaría al micrófono, mientras la azafata reparte rosarios y biblias que saca del carrito. Abro el Antiguo Testamento, pero mis gafas de lectura tienen la graduación obsoleta y no me permiten descifrar la letra minúscula. Mientras desgrano el rosario, trato en vano de recordar alguna oración y, con razón, mis compañeros de infortunio me lanzan miradas de odio. El avión está punto de estrellarse con un centenar de creyentes a bordo, por culpa de un ateo que perdió la fe en los milagros hace muchos años. Caen máscaras del techo para todos los pasajeros menos para mí, y no es hasta ese momento cuando me doy cuenta de que en el asiento de al lado está mi padre, que gira la cara y me niega una mísera inhalación de oxígeno. Desencantado, miro a la azafata haciéndome la señal de la cruz en la frente y susurro: mamá. Es el último soplo de vida. A continuación, me despierto envuelto en la sábana con la tele encendida: a partir de hoy, por decreto presidencial, puedo tener cuatro armas de fuego en casa...

El viaje de los libros

En el presente no existe otro elemento que nos sirva de efectiva máquina del tiempo, a la vez que teletransportador y hasta psicoanalista. Cómo los libros y las bibliotecas cambiaron el mundo -para bien o para mal- para convertirnos en lo que hoy tenemos

Frontis del edificio de la biblioteca de Éfeso, en la actual Turquía (National Geographic)

Me encontré en La Habana –hace varios años– a un hombre de piel morena, pelo negro con pintura rubia que lo hacía ver más joven de lo que era, y harapos descoloridos. Con una aparente vergüenza aclaró que no pedía limosna, sino unos minutos para que le hablara de mi país, pues había leído sobre Colombia en un libro de su papá. Esas notas y el relato de los turistas –confesaba él– eran las únicas formas de viajar y conocer lugares lejanos.

Recordé ese momento mientras leía un libro sobre libros; una historia acerca de la historia de los relatos, de los reyes que construyeron bibliotecas tan grandes como su ambición de universalidad, empresas que intentaron recopilar el conocimiento de toda la tierra conocida y los mejores sabios del oriente y occidente descubierto.

«La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad», explica la autora. Ahí llegó exactamente el recuerdo del personaje cubano que solo contaba con la narración oral y unos apuntes de su padre para visualizar lo desconocido y anhelado, ante la imposibilidad de salir de una isla que más parecía una cárcel.

Y es que si hay algo multifuncional y extraordinario es un libro. No hay otro elemento que sirva de máquina del tiempo, teletransportador, proyector de imágenes y psicoanalista. Todo a la misma vez, superando las barreras que le ha puesto la misma historia. Porque al día siguiente de las más sangrientas guerras, de la destrucción de ciudades, de los eventos más caóticos de la humanidad y de los avances tecnológicos, al día siguiente ha habido un libro.

Será retador encontrar una sola casa que no tenga uno. Así sea el de cocina que siempre se sale con la suya para volvernos chef por un momento, o una biblia a la que se recurre de vez en cuando, como si fuera un diccionario. O un diccionario que es como un libro sagrado con leyes, reglas y buenas maneras de comportamiento.

Hay algo mágico en guardar a salvo un libro ya leído en la biblioteca. Siempre habrá un espacio a la vista que nos lleve a ese momento, esa historia y esa pequeña enseñanza que trajo. Allí, «de pie», orgulloso por haber cumplido su misión reposarán por muchos años varias hojas cocidas a un lomo que alguien escribió justo para nosotros, así nunca supiera de nuestra existencia.

De forma coincidente, terminé devorando tres textos seguidos sobre los libros: La ruta del conocimiento, de Violet Moller, que abre los ojos acerca de la influencia de ciudades como Bagdag, Córdoba, Salerno y Venecia en la literatura y la ciencia; El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que es pasaporte para conocer los antepasados de los libros y sus travesías. Y finalmente, Burning the Books, de Richard Ovenden, que con una narración menos ágil que los anteriores advierte los intentos de los regímenes totalitarios –como donde vive el desconocido cubano– por mutilar el conocimiento de los pueblos.

Los tres autores coinciden en el valor de los libros y las bibliotecas. Y de cómo ambas cambiaron el mundo para convertirlo –para bien y para mal– en lo que hoy tenemos, y para darle posibilidad de viaje a quien no puede salir de casa.

Son tres escritos con muchos conocimientos y pensamientos ajenos que deberían estar en las bibliotecas de quienes, como los reyes Ptolomeos en Alejandría, compran, consumen y coleccionan libros huyendo de esa soledad miserable que a veces provoca no tener algo más para leer.

(Texto de Alejandro Riveros González, reproducido en el diario El Tiempo de Colombia)

«La tolerancia -como todo proceso moral- surge de una actitud individual. Este tiempo que odia la <diferencia> no puede crear más que represión y censura. Sin diferencias no puede haber libertad» ( Mauricio Weisenthal )

Virginia Woolf, feminista, visionaria y versátil

Se la considera una de las plumas más importantes del siglo XX. Su nombre completo era Adeline Virginia Stephen (Londres 1882, Reino Unido – Lewes 1941, Reino Unido), pero se dio a conocer con el apellido de su esposo, Leonard Woolf, y al mundo a través de sus relatos breves, novelas, ensayos y obras teatrales, influenciada por su padre Leslie Stephen, que fue historiador, ensayista y novelista.

Woolf es reconocida como una de las figuras vanguardistas de las letras y al mismo tiempo una renovadora del idioma inglés. En sus textos subyacen sus convicciones feministas, que fueron expuestas en las reuniones del llamado Círculo de Bloomsbury, nombre tomado del barrio donde se estableciera con su hermana Vanessa luego de desaparecido su padre, y donde tuvieron lugar innumerables encuentros con integrantes de la clase media alta londinense, reuniones en las que participaron economistas, historiadores o filósofos, quienes hicieron suyas las teorías del ensayista inglés Walter Pater que tuvieron su peso a finales del siglo XIX.

Su primera novela fue Fin de viaje, y a esta le seguirían otras no menos exitosas: El faro; Orlando, con la que se sumergiría en el que para la época era el delicado tema de la sexualidad femenina; La señora Dalloway, donde volvería a la carga en contra de la represión sexual; y Las olas, que se convertiría en su texto más experimental. La autora fue una destacada conferencista en donde, como un impulso a una mejoría en la sociedad, bregó por el acceso de las mujeres a la educación; presentaciones que con posterioridad se publicarían en un ensayo bajo el título de Una habitación propia. Mantuvo una extensa correspondencia con personalidades de todo orden, además de sus diarios personales de vivencias.

Dueña de una salud frágil comenzó a tener cuadros depresivos desde muy joven, el primero luego de la temprana muerte de su madre. Crisis que se circunscribirían a lo que hoy se conoce como trastorno bipolar, enfermedad que no la abandonaría durante el transcurso de su corta vida. A pesar de estos contratiempos sostuvo -junto a su marido- su propia editorial, Hogarth Press, que además de publicar algunas de sus últimas obras, mediante la publicación del libro Tres guineas, mostró su rechazo al fascismo, movimiento que el matrimonio temía por sus posiciones absolutistas y racistas. Hasta una mañana de marzo del 1941 en una de sus tantos episodios con su dolencia, la escritora llenó su abrigo de piedras y se quitó la vida sumergiéndose en las aguas del río Ouse.

Su personalidad y su relevancia en el mundo anglosajón es tal que existe un texto teatral que lleva su nombre: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, del autor estadounidense Edward Albee, obra que se representa con asiduidad en los teatros del mundo y de la que se ha hecho incluso una versión cinematográfica. 

De uno de sus títulos más apreciados, La señora Dalloway, el pasaje con el que da comienzo la novela:

“La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores.

Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y entonces Clarissa Dalloway pensó: qué mañana diáfana, cual regalada a unos niños en la playa.

¡Qué fiesta! ¡Qué aventura! Siempre tuvo esta impresión cuando, con un leve gemido de las bisagras, que ahora le pareció oír, abría de par en par el balcón en Bourton y salía al aire libre. ¡Qué fresco, qué calmo, más silencioso que éste, desde luego, era el aire a primera hora de la mañana…! como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante, y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, que eran los que entonces contaba) solemne, con la sensación que la embargaba mientras estaba en pie ante el balcón abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir; mirando las flores, mirando los árboles con el humo que sinuoso surgía de ellos, y las cornejas alzándose y descendiendo; y lo contempló en pie, hasta que Peter Walsh dijo: ‘¿Meditando entre vegetales?’ -¿fue eso?-, ‘Prefiero los hombres a las coliflores’ -¿fue eso? Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una mañana en que ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Regresaría de la India cualquiera de estos días, en junio o julio, Clarissa Dalloway lo había olvidado debido a lo aburridas que eran sus cartas: lo que una recordaba eran sus dichos, sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, sus malos humores, y, cuando millones de cosas se habían desvanecido totalmente ¡qué extraño era!, unas cuantas frases como esta referente a las verduras.

Se detuvo un poco en la acera, para dejar pasar el camión de Durtnall. Mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (quien la conocía como se conoce a la gente que vive en la casa contigua en Westminster); algo de pájaro tenía, algo de grajo, azul-verde, leve, vivaz, a pesar de que había ya cumplido los cincuenta, y de que se había quedado muy blanca a raíz de su enfermedad. Y allí estaba, como posada en una rama, sin ver a Scrope Purvis, esperando el momento de cruzar, muy erguida. Después de haber vivido en Westminster, ¿cuántos años llevaba ahora allí?, más de veinte, una siente incluso en medio del tránsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy segura, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensión (aunque esto quizá fuera debido a su corazón afectado, según decían, por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical, luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.

Sí, porque el mes de junio estaba mediando. La guerra había terminado, salvo para algunos como la señora Foxcroft que anoche, en la embajada, se atormentaba porque aquel guapo muchacho había muerto en la guerra y ahora un primo heredaría la antigua casa solariega; o como Lady Bexborough quien, decían, inauguró una tómbola con el telegrama en la mano, John, su predilecto, había muerto en la guerra, pero había terminado; a Dios gracias, había terminado. Era junio. El rey y la reina estaban en palacio. Y en todas partes, pese a ser aún tan temprano, imperaba un ritmo, un movimiento de jacas al galope, un golpeteo de palos de cricket; Lords, Ascot, Ranelagh y todo lo demás; envueltos en la suave red del aire matutino gris azulado que, a medida que avanzara el día, lo iría liberando, y en sus céspedes ondulados aparecerían las saltarinas jacas, cuyas manos con sólo tocar levemente el suelo las impulsaban hacia lo alto, y los muchachos arremolinándose, y las rientes chicas con sus vestidos de transparente muselina que, incluso ahora, después de haber bailado durante toda la noche, daban un paseo a sus perros absurdamente lanudos; e incluso ahora, a esta hora, viejas y discretas viudas hacendadas pasaban veloces en sus automóviles, camino de misteriosas diligencias; y los tenderos se asomaban a los escaparates para disponer los diamantes falsos y los auténticos, los viejos y preciosos broches verde-mar con montura del siglo XVIII para tentar a los norteamericanos (pero hay que economizar, y no comprar temerariamente cosas para Elizabeth), y también ella, amándolo cual lo amaba, con una absurda y fiel pasión, ya que antepasados suyos habían sido cortesanos en el tiempo de los Jorges, iba aquella misma noche a iluminar y adornar, iba a dar una fiesta…”

La vida literaria de los felinos

Curiosos por naturaleza, sigilosos como todo felino, colegas cuando ellos así lo deciden, suelen deambular sobre la mesa de trabajo o dormirse pegados al teclado, y hasta indicarte con la mirada que estás sentado en el lugar que les pertenece; compañeros por excelencia de escritores, inspiraron y protagonizaron grandes obras, un recorrido por algunos de los autores que les rindieron su merecido homenaje

“No son más silenciosos los espejos», escribió Borges en su poema “A un gato”; el escritor tuvo a Odín y Beppo y se encariñó con otros tantos.

“Un escritor sin un gato es como un ciego sin lazarillo”, dijo con cierta sabiduría Osvaldo Soriano. Tal afirmación no resulta equivocada cuando uno repasa la larga lista de quienes se dejaron seducir por el encanto felino. Silvina Ocampo contó que cuando Jorge Luis Borges abría una puerta en la Biblioteca Nacional, le preguntaba al gato que ahí vivía: “¿se puede entrar?”. Si ese gato estaba sentado en su silla él simplemente elegía otra para trabajar. Será entonces cierto lo que pensaba el antropólogo y sociólogo francés Marcel Mauss: “los gatos son los únicos animales que consiguieron domesticar al hombre” y que confirmó Winston Churchill con un contundente: “Los perros nos miran como si fuésemos sus dioses, los caballos como a sus iguales, pero los gatos nos miran como a sus súbditos”.
El carácter místico del gato atraviesa la literatura y expone la dualidad, adoración y odio, pero nunca indiferencia. En su día, celebramos entre frases, obras e imágenes al animal que Dios creó, según Víctor Hugo, “para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”.
Una de las mayores preocupaciones que tuvo la británica Doris Lessing cuando ganó el Premio Nobel, en 2007, fue la incomodidad de su gata ante el revuelo de la prensa, y de los curiosos y seguidores en la puerta de su casa. El amor de Lessing por los felinos quedó inmortalizado en Gatos ilustres, libro en el que repasa su vida con único hilo conductor: la historia de los gatos que compartieron su existencia. “Un gato es un auténtico lujo… lo ves caminar por tu habitación y en su andar solitario descubres un leopardo, incluso una pantera. La chispa amarilla de esos ojos te recuerda todo el exotismo escondido en el amigo que tienes al lado, en ese animalito que maúlla de placer cuando lo acaricias”.
Como devota de Lessing desde su época universitaria, la escritora estadounidense Vivian Gornick buscó encontrar en las páginas de aquel libro consejos prácticos que la ayudaran a sobrellevar la vida con el gato que había decidido adoptar. “Sentí la necesidad de que hubiera algo vivo rondando por la casa –escribe– (…) La necesidad de compañía había triunfado, y salí en busca de una criatura cariñosa que ronroneara en mi regazo, durmiera en mi cama y llenara de vida mi departamento con su presencia antigua. Así que comencé a leer este delgado y pequeño volumen sobre los gatos. Pero el libro no me estaba dando nada de lo que necesitaba. ¡Otro autor célebre enternecido por los gatos! Años después de eso, casi todo lo que podía recordar del libro era que Lessing había tenido un gato al que se refería como ‘gato gris’ y otro que era ‘gato negro’, y que uno de ellos dormía en el hueco de su rodilla doblada, y que al otro lo envolvía en una toalla húmeda cuando se enfermaba”.
 
Como Lessing, Olga Orozco hizo su declaración de amor: “Me gustan los perros. Tenía perros cuando chica, pero realmente el animal que ha estado más cerca de mí fue un gato: Berenice. Estuvo conmigo quince años y medio y creo que teníamos una profunda telepatía, pero tampoco podría decir que fuese un animal. Era mi tótem –cuenta la poeta argentina en un pasaje de Travesías (Conversaciones entre Olga Orozco y Gloria Alcorta, coordinadas por Antonio Requeni)–. Tenía en el paladar el círculo oscuro que tienen los animales sagrados en Egipto. Caminaba retrocediendo como los que ven fantasmas y creo que a veces hasta me dictaba lo que escribía. Además, me trataba como si fuera una reina. Podía entrar alguien en la habitación y ella no le hacía el menor caso, se quedaba en su canasta, pero entraba yo y se ponía de pie. Yo canto muy mal, por dentro me siento un ángel, pero por fuera sueno a perro; pues bien, en casa había de pronto una reunión en la que otros cantaban, y cantaban bien. Berenice permanecía inconmovible, en la lejanía; pero en cuanto yo daba la primera nota, aparecía Berenice y hacía acto de presencia durante toda mi actuación. Cuando yo terminaba, recién se retiraba. Cuando yo trabajaba y tenía un horario para levantarme o me quedaba dormida, Berenice me tiraba de la manta a la hora señalada; se trepaba a la cama y yo me despertaba como con un zorro alrededor del cuello. Le escribí un libro cuando murió, los Cantos a Berenice, que son diecisiete cantos”.
En la literatura hay varios ejemplos que muestran la íntima relación que mantuvieron escritores y felinos. Desde su infancia, Jorge Luis Borges amó a los tigres, los dibujaba, los buscaba en las enciclopedias, los admiraba en las jaulas del Zoológico, por eso no es de extrañar que los pequeños “tigres” habitaran su casa.

“No son más silenciosos los espejos\ni más furtiva el alba aventurera; \eres, bajo la luna, esa pantera\que nos es dado divisar de lejos.\Por obra indescifrable de un decreto\divino, te buscamos vanamente; \más remoto que el Ganges y el poniente, \tuya es la soledad, tuyo el secreto.\Tu lomo condesciende a la morosa\caricia de mi mano. Has admitido, \desde esa eternidad que ya es olvido, \el amor de la mano recelosa.\En otro tiempo estás. Eres el dueño\de un ámbito cerrado como un sueño”. “A un gato” tituló Borges dicho poema incluido en El oro de los tigres. El escritor tuvo dos, Odín, el atigrado se llamó así en honor al dios de la mitología nórdica y Beppo, que en sus primeros días se llamó Pepo“Llegué con el gato a la casa de Maipú –recuerda Epifanía Úbeda de Robledo, la ama de llaves del escritor y coautora con Alejandro Vaccaro de El Señor Borges–. Lo bauticé Pepo porque en aquellos años me gustaba un jugador de futbol que se llamaba Reinaldi y le decían ‘la Pepona’ (…). Él lo empezó a llamar Beppo”. El caprichoso animal blanco heredó el título del extenso poema de Lord Byron que lo nombró así en honor a uno de sus cinco gatos.
En La cifra, Borges le escribe a Beppo: “El gato blanco y célibe se mira /en la lúcida luna del espejo /y no puede saber que esa blancura /y esos ojos de oro, que no ha visto /nunca en la casa, son su propia imagen / ¿Quién le dirá que el otro que lo observa / es apenas un sueño del espejo? / Me digo que esos gatos armoniosos, /el de cristal y el de caliente sangre, /son simulacros que concede al tiempo /un arquetipo eterno. Así lo afirma, / sombra también, Plotino en las Ennéadas. / ¿De qué Adán anterior al paraíso, /de qué divinidad indescifrable/ somos los hombres un espejo roto?”.
Julio Cortázar, bautizó a su gato T.W. Adorno, en honor al filósofo y sociólogo alemán. A su gata le puso Flanelle: “(…) en eso los meopas se parecen muchísimo a mi gata Flanelle: por su pelaje y no por su libido, que también brinca cada tanto a mi mesa para explorar lápices, pipa y manuscritos –narra en ‘El agua entre los dedos’–. Todo aquí es tan libre, tan posible, tan gato”. Flanelle era la consentida; con ella solía vérselo en las fotos y la razón de los celos confesos por sus compañeras (en el cuento “Orientación de los gatos” da cuenta de esta situación). A Adorno le regaló el relato “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”, donde describe cómo conoció a aquel gato negro, delgado, hambriento, que vivía en un basurero de Saignon, pueblecito del interior de Provenza donde pasaba las vacaciones y la relación que entabló bajo sus códigos. “(…) mi mujer y yo vimos llegar a Teodoro por el sendero que baja al ranchito y era un gato sucio y canalla, negro debajo de la ceniza polvorienta que mal le tapaba las mataduras, porque Teodoro con otros diez gatos de Saignon vivía del vaciadero de basuras como cirujas de la quema (…) A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés, y nosotros no insistimos porque pronto nos volveríamos a París”. La presencia gatuna también está presente en Rayuela, en las cosas que maravillan a la Maga y en la voz del narrador: “(…) siempre inevitablemente los minouche morrongos miaumiau kitten kat chat cat gatto grises y blancos y negros y de albañal, dueños del tiempo y de las baldosas tibias, invariables amigos de la Maga que sabía hacerles cosquillas en la barriga y les hablaba un lenguaje entre tonto y misterioso, con citas a plazo fijo, consejos y advertencias”.
 
En sus días de exilio en París, Osvaldo Soriano solía cuidar de la gata de Cortázar. La relación del autor de No habrá más penas ni olvido con los felinos era muy intensa, cargada de cierto misticismo. “Yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna”, dijo en una entrevista el hombre que encontró en ellos la compañía en los días de soledad y la inspiración frente a la máquina de escribir: “Un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Vení, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un león. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos”. En una nota que homenajeó a Soriano a diez años de su muerte, Rodolfo Rabanal destacó que el gordo creía que los gatos nada hacían por azar: “De modo que, si su gato había dormido sobre los papeles producidos durante la noche, el trabajo ‘tenía sentido’”.
Es conocida la fascinación que el poeta chileno, Pablo Neruda, sentía por este animal venerado por los egipcios. El ganador del Premio Nobel en 1971 dejó al descubierto su encanto en “Oda al gato”: “(…) Oh pequeño/ emperador sin orbe,/ conquistador sin patria, / mínimo tigre de salón, nupcial / sultán del cielo/ de las tejas eróticas,/ el viento del amor/ en la intemperie/ reclamas/ cuando pasas/ y posas / cuatro pies delicados/ en el suelo,/ oliendo,/ desconfiando/ de todo lo terrestre,/ porque todo/ es inmundo/ para el inmaculado pie del gato./ Oh fiera independiente/ de la casa, arrogante/ vestigio de la noche,/ perezoso, gimnástico/ y ajeno,/ profundísimo gato”, dice en sus versos.
En la casa situada en la isla de Key West, en Florida, Ernest Hemingway llegó a tener más de 30 gatos. La mayoría de ellos sufrían de un trastorno genético llamado polidactilia (anomalía que hace que nazcan con más dedos de los habituales). En la actualidad, en la casa que funciona como museo residen entre 40 y 50 gatos con seis dedos, descendientes de Bola de nieve (Snowball), pequeño felino que le regaló un capitán de mar. Los marineros preferían a los gatos polidáctilos, porque creían que eran de buena suerte. El cariño del autor de Por quién doblan las campanas hacia estos animales fue reflejado por la periodista estadounidense Carlene Fredericka Brennen en el libro Los gatos de Hemingway, donde cuenta curiosidades como que, en la casa en Cuba, en la Finca Vigía, tuvo 57 de estas criaturas deambulando por sus terrenos. “Un gato simplemente lleva a otro –escribió Ernest en una carta a su primera esposa, Hadley Mowrer–. El lugar es tan malditamente grande que en realidad no parece que hubiera muchos gatos hasta que los ves moviéndose como una migración masiva a la hora de comer”. 

Doris Lessing les rindió homenaje en su libro Gatos Ilustres

Descrita como la “mujer de los gatos”, la francesa Sidonie-Gabrielle Colette, más conocida como Colette, fue una pionera en la lucha de los derechos de los animales, desde muy chica intentó ver la vida a través de sus ojos. Los gatos fueron sus verdaderos compañeros en la vida y la escrituraEn La Chatte, Colette narra el compromiso y la luna de miel de una joven pareja dividida por la devoción del hombre hacia Saha. “No era solo un gatito lo que llevaba en ese momento, reflexionó Alain. Era la nobleza encarnada de toda la raza felina, su indiferencia ilimitada, su tacto, su vínculo de unión con el aristócrata humano”. En la reseña publicada en The New York Times, en 1936, Margaret Wallace destaca: “Hay algunos escritos en esta novela que serían difíciles de igualar por su delicadeza y exactitud, y hay docenas de deliciosas imágenes de Saha. Nadie que sea aficionado a los gatos puede permitirse el lujo de perder a este conocido”.
Del escritor Charles Bukowski, su biógrafo Howard Sounes aseguró: “Se volvió sentimental con respecto a los gatos en su vejez”. Lo cierto es que el poeta maldito, símbolo del realismo sucio, sentía cierta debilidad por estos animales. “En mi próxima vida quiero ser gato. Dormir 20 horas al día y que me den de comer. Pasarme el día lamiéndome el culo. Los humanos son demasiado miserables e iracundos y siempre están haciendo cosas”. En Gatos, publicado en la Colección Visor de Poesía (Ediciones Continente) y editado por Abel Debritto se ofrece un compendio de poemas y prosas de Bukowski dedicado a estos seres. “Cuando los elementos me atenazan y paralizan, me limito a mirar a mis gatos. Tengo nueve. Miro a uno de ellos, dormido o medio dormido, y me relajo. Escribir también es mi gato. La escritura me ayuda a plantarle cara a todo. Me apacigua. Aunque solo sea durante unos instantes. Luego se me cruzan los cables de nuevo y vuelta a empezar de cero.”
En Muy lejos de Kensington, la insomne señora Hawkins, alter ego de la novelista británica Muriel Spark, ofrece un preciado consejo a quienes quieren escribir y tienen problemas de concentración: “debe adquirir un gato. A solas con el gato en la habitación en que trabaja, le expliqué, el gato invariablemente se subirá en la mesa y se instalará plácidamente debajo de la lámpara de la mesa (…) El gato se acomodará y estará sereno, con una serenidad que escapa a toda comprensión. Y la tranquilidad del gato gradualmente se le transmitirá a uno mientras está allí sentado, de tal modo que todos los elementos excitables que impiden la concentración se apaciguarán y le devolverán a su mente el autodominio que ha perdido. No hace falta mirar al gato todo el tiempo. Su simple presencia es suficiente. El efecto que tiene un gato en la capacidad de concentración es extraordinario y muy misterioso”.
La imagen de Edgar Allan Poe acompañado por Catarina, la gata de Virginia Clemm, su esposa (algunos biógrafos sugieren que mantuvieron una relación más fraternal que conyugal), se recreó en miles de ilustraciones. Más allá de la discusión de la versatilidad de que el animal se sentara en su hombro mientras escribía, a Poe le gustaban los gatos, tuvo otros, pero Catarina era distinta, y compartía en sus cartas a sus amigos el cariño que sentía hacia ella. Aparentemente fue aceptada en la casa en 1839, antes de que se mudaran a Cates Street. La gata fue una fiel compañera de Virginia hasta el día de su muerte y el consuelo de Poe en los momentos más dolorosos.
“Pluto –así se llamaba el gato– era mi mascota y mi compañero de juegos preferido. Solo yo lo alimentaba, y él me seguía por toda la casa. Era complicado impedirle que me siguiera por las calles”, inmortalizó Poe en el cuento “El gato negro”, una de las mayores obras de la literatura. Pluto es uno de los felinos más famosos (es cierto que su nombre también nos lleva a pensar al fiel compañero de Mickey) junto al Gato con botas, héroe de los Cuentos de mamá ganso de Charles Perrault; al alto, travieso, vestido con un sombrero de copa a rayas rojas y blancas y una corbata de lazo rojo de Dr. Seuss; al gato de Cheshire, también llamado Gato Risón o Gato Sonriente de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll y a Church, el felino que Stephen King hace volver de la muerte en Cementerio de animales.

“A los escritores les gustan los gatos porque son criaturas tranquilas, adorables y sabias, y a los gatos les gustan los escritores por las mismas razones”, intentó echar luz el novelista, periodista y dramaturgo canadiense Robertson Davies la obsesión que despiertan los felinos en el universo literario. Ray Bradbury en Zen en el arte de escribir devela la clave a la hora de crear, imaginar: “Este es el gran secreto de la creatividad. Trata a las ideas como a los gatos: haz que te sigan”.
Pensemos en Mark Twain y sus numerosos compañeros a los que llamó Apollinaris, Beelzebub, Blatherskite, Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Tammany o Zoroaster; en Patricia Highsmith, que se sentía a salvo entre sus gatos (tuvo seis). La prolífica autora de El Talento de Mr. Ripley y Extraños en un tren encontraba en ellos el equilibrio emocional y la inspiración para sus historias, como “Lo que trajo el gato”, maravilloso relato que forma parte de La casa negra: “El gato hizo un ruido más prolongado en su trampilla y, ya con la negra cola y los cuartos traseros a manchas dentro de la casa, retrocedió tirando de algo hasta que pasó por el óvalo de plástico. Lo que había metido en casa era blancuzco (…) ¡Son dedos humanos!, dijo Phyllis. Todos miraron incrédulos acercándose despacio desde la mesa de juego. El gato miraba, orgulloso, las caras de los cuatro humanos que estaban contemplándolo. Gladys contuvo el aliento. Los dos dedos estaban muy blancos e hinchados, no había rastro de sangre, ni siquiera en la base de los dedos, que incluía unos cinco centímetros de lo que había sido la mano”.
Era frecuente que Truman Capote fuera fotografiado abrazado a sus gatos, a su bulldog y en algunas ocasiones, cuando lograba la paz, junto a ellos como si fuera una gran familia. En Desayuno en Tiffany’s, el gato sin nombre de Holly Golightly se convierte un símbolo clave en la novela que Audrey Hepburn inmortalizó en el cine: “Somos un par de seres que no se pertenecen, un par de infelices sin nombre, porque soy como este gato, no pertenecemos a nadie –dice Holly en una escena del filme–. Nadie nos pertenece, ni siquiera el uno al otro”.
Los ejemplos abundan y forman parte de la propia historia de la literatura y de la humanidad. Haruki Murakami es uno de los tantos escritores que confesó su obsesión. Asimismo, el poeta, novelista, dramaturgo y cineasta francés Jean Cocteau bromeaba cuando le preguntaban por afición: “Si prefiero los gatos a los perros, es porque no hay gatos policía”.
En una de sus irónicas y llamativas declaraciones, Garfield proclamó: “Tigres, leones, panteras, elefantes, osos, perros, focas, delfines, caballos, camellos, chimpancés, gorilas, conejos, pulgas… ¡Todos han pasado por ello! Los únicos que nunca hemos hecho el ridículo en el circo… ¡somos los gatos!”. Jacques Sternberg, el novelista, cuentista, guionista y periodista belga-francés, prefirió resumir la obsesión en estas palabras: “En el principio, Dios creó el gato a su imagen. Y, bien entendido, encontró que estaba bien. Pero el gato era perezoso, no quería hacer nada. Entonces, más tarde, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con la finalidad de servir al gato, de servirle de esclavo hasta el fin de los tiempos”.

(Fabiana Scherer es la autora del texto publicado en el matutino argentino La Nación)