Tánger, la ciudad que hechizó a artistas y escritores

Recostada sobre el Atlántico, frente al estrecho de Gibraltar, fue su ubicación privilegiada y su belleza las que la hicieron objeto preciado de muchos conquistadores. Con los años, su importancia como puerta del Magreb, despertó la atracción de  artistas y escritores quienes decidieron no conquistarla y sí instalarse  en ella para, siendo una ciudad árabe, disfrutar de su espíritu abierto y cosmopolita.

Esteban Feune de Colombi

El texto siguiente fue reproducido en el matutino La Nación de Buenos Aires.

La foto. Qué placer describir fotos. Blanco y negro tirando a sepia con el horizonte chueco, como si un niño se hubiera metido en el cuarto oscuro para torcer el fondo. Tres protagonistas, dos fisgones y el hombre de la cámara. 1957, Tánger. Una playa mansa y algunas construcciones detrás. Técnicamente: una bahía.

A la izquierda, de pie sobre la arena, un desgarbado Peter Orlovsky  (24 años) en traje de baño, las piernas apenas flexionadas en pose anómala, los puños cerrados, una sonrisa que no fue captada en su mejor sonrisa. A su lado está Kerouac (35 años) -ese apellido vuelto minarete de nomadismo y literatura- con cierto aire a De Niro en Toro salvaje: las patas elásticas en tensión, los brazos rodean la espalda, el bóxer arremangado se adhiere a la piel en señal de un reciente chapuzón, un franco y pícaro reír, ¿un diente roto? Me gustaría saber qué piensan las personas impresas en gelatina de plata.

Al lado del autor de En el camino, es decir a la derecha de la imagen, un Burroughs (43 años) socarrón vestido con jeans y chamarra, echado en la arena como un camello que duerme su plácida siesta desértica, quién sabe si colocado, pera sobre nudillos, las puntas de los botines casi-casi se van de cuadro. En segundo plano asoma un fisgón caminando que parecería emular la facha de Orlovsky y de Kerouac; en la mitad exacta de la instantánea el otro fisgón parecería emular la facha de Burroughs.

¿El fotógrafo? Adivinen y ganan el pozo. ¿Se los digo? Es bastante obvio. Ginsberg (31 años), nada menos que el poeta Allen Ginsberg, eterno compañero de Orlovsky y pieza vital del movimiento beatnik. Al pie de la copia el retratista escribió a mano con letra redondita, de secundario (resumo): “Orlovsky y Kerouac entrecierran los ojos al sol de la tarde. Burroughs con anteojos y una chaqueta verde oliva, muchachos marroquíes interesados, el puerto y la aduana en el fondo, donde Peter y yo atracamos a bordo del carguero yugoslavo que nos trajo desde Nueva York”.

Peter Orlovsky, Jack Kerouac (parados) y William Burroughs, acostado sobre la arena.

La cosa sigue, se pone melancólica. Hay incluso más placas de la misma sesión. ¿Qué demonios fabricaban estos yanquis, segunda camada de expats, en Tánger? Ayudaban al yonqui Burroughs -que había asesinado a su mujer en México unos años antes en un lioso episodio a lo Guillermo Tell- a mecanografiar en la habitación 9 del hotel el-Muniria, apodado por ellos Villa Delirium, lo que sería su entrada en la literatura grande, la novela El almuerzo desnudo, alucinado rompecabezas vuelto agobiantes metros de celuloide por Cronenberg a principios de los 90, unos meses después de que Bertolucci hiciera lo propio con El cielo protector, del neoyorquino Paul Bowles, socio vitalicio de la ciudad que entre 1923 y 1956 fue dominio compartido de España, Francia, Inglaterra, Portugal, Bélgica, Holanda, Suecia, Estados Unidos e Italia. “Una úlcera cosmopolita” al decir de Paul Morand, diplomático y novelista parisino.

Todo esto sucede -aquella foto y la descripción de aquella foto, que tengo en el bolsillo y que se parece a las que cuelgan del barsucho Tanger Inn, de paredes enmohecidas, chinches trepidantes y un cóctel de vodka con Coca bautizado Burroughs, ja- en una aletargada playa sobre la que dejo mis huellas junto a un camello de alquiler, una playa desde la que se ve Europa y sugiere, no sé exactamente dónde, la extática y a la vez angustiante posibilidad de cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar a Tarifa por 200 euros en un jet ski clandestino que en ocho minutos perpetra la felonía. Esto no lo googleo, me lo cuenta Khalil, el sereno del teatro Cervantes, abandonado desde hace añares y donde actuaron Enrico Caruso, Lola Flores, Antonio Machín e Imperio Argentina, entre otras figuras internacionales.

“¡Khaliiiiiil!”, zumba Ousama desde su choza de adobe, chapa y caña en el estacionamiento que custodia. Khalil como Gibrán, el escritor libanés. Ousama aspira tabaco y estira su mano ahuecada con un polvito marrón, ofreciendo. Non, merci. “La cocaína de los pobres”, decreta con sentido del humor. Conversamos en una entretenida cruza de español y francés, y yo me concentro en su chilaba, la túnica con capucha onda Ku Klux Klan que cunde por estos lares. Me visitan personajes, olores e incidentes de esta porción del mundo que se colaron en libros de tantos autores. O en cartas.

Pasa un pavo real desprogramado (!), entreveo unas inscripciones del Corán y arremete el tenor: “¡Khaliiiiiil!”. Pienso: ninguna cocaína, eso es rapé; el rapé que los expedicionarios españoles y portugueses llevaron a sus países desde América latina. En fin. Sobrevolado por gaviotas al atardecer, el Cervantes permanece quieto como ojo de vidrio, promiscuo en su dejadez, mientras el estacionamiento -lo vieran: parece Teherán- se inunda de motos chinas con acoplado. Llega Khalil en jogging y babuchas. “Salam aleikum, aleikum salam.” Me pregunta si tengo algún permiso. Claro que no, pero entramos igual. Mira alrededor, abre el candado de la reja roída, prende la linterna de su celular y empezamos, en compañía de dos gatos negros, el penumbroso recorrido por las fauces del teatro.

Primero la sala, con sus butacas hechas puré, amontonadas como en una instalación de Ai Weiwei. “Acá estaba el despacho de billetes, en este lugar se cambiaban los actores, ahí era el palco del rey, allá se ven algunos decorados”, me va diciendo el improvisado guía mientras sorteamos agujeros en el piso de madera. Es alto, flaco, pelado, con dos dientes para un reír honesto, nada desastroso. Da la sensación de que todo se detuvo una noche así como así: “Murcia, 1-4-70”, se lee en una pared de madera adornada con pósteres de diversos espectáculos.

El póquer de escritores estadounidenses de la foto inicial se juntaba, por ejemplo, en el legendario Gran Café de París, en esquina frente a la Place de France. En esa Biela de holgazanes también se agolpaban, separadamente, el rifeño Mohammed Chukri, el francés Jean Genet y el irlandés Samuel Beckett -primera camada de visitantes- bajo embriagadoras volutas de kif, ese non plus ultra de la marihuana. ¿Qué quedará de los paisajes tangerinos de Matisse expuestos en los museos Pushkin o Grenoble, que veneraba Gertrude Stein y que huelen mágicamente a esencias disipadas en el tiempo, amasijo de sabiduría y éxtasis a principios del XX? No por nada la habitación 35 del hotel Villa de France se llama Henri Matisse.

Procesiones de tés morunos en la terraza del Hafa, ese cafecito que balconea sobre el mar y donde el ajedrez urde una perfecta y económica suspensión de las horas para cualquier hombre de letras. Cortejo de Gore Vidal y Truman Capote, rivales, en planeos homoeróticos. ¿En qué recovecos Cecil Beaton y Somerset Maugham, por decir algo?

¿Y André Gide? De él se rumorea que luego de acostarse con algún dócil jovenzuelo marroquí, deporte que practicaba a menudo, le hacía creer que en Francia era un escritor muy conocido y le rogaba que memorizara bien memorizado su nombre, por si las moscas: “François Mauriac”. La anécdota se lee en Museo del chisme, del escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, director de Fantasmas de Tánger y dueño de esta reflexión: “El verdadero exotismo de la ciudad es social, humano, aun años después de clausurada la zona internacional”. ¿Y Patricia Highsmith? ¿y William Saroyan?, ¿y Barthes y Foucault?, ¿y los españoles?, ¿y la Librairie des Colonnes, que los celebra a todos?

Las preguntas así no se contestan en un tris; es más, quizá no se contesten. nunca. Su mera postulación instaura un desovillado camino de cálculos y oráculos muchas veces basados en corazonadas. Elijo así el París para todo un día. Me adueño de una mesa en la que bien pudo haber doblado su esqueleto Tennessee Williams. El dramaturgo aterrizaba a las diez y media de la mañana, después de haber fatigado su cuaderno durante el alba, y pedía un fernet con Coca -cordobés avant la lettre- y el diario para sopesar esa magnífica situación de no hacer nada haciéndolo todo, mirando la gente pasar, soñando despierto. Lo imito, pero con té de menta en vaso largo por la módica de 10 dírham (un dólar). Me convierto, de pronto y por deporte, en Georges Perec, que no estuvo acá, pero bien habría podido. Él, que agotó una esquina de la place Saint-Sulpice en un librito sensacional de 1975, me da el puntapié para que haga lo propio.

Las 13.39. No hay nubes ni wifi. A mi derecha una casa antigua sobre la que flamea una bandera francesa. En la puerta hay dos policías (pasa una ambulancia Renault, suenan varios silbatos) de pistola, cachiporra y walkie-talkie; detrás de ellos, en la pared, un cartelito con forma de flecha pone visas en francés, árabe y bereber. Bocinazo agudo, bocinazo grave. A mi izquierda y casi rozando el techo del toldo, dos enormes árboles que parecen recién podados. El poder de sentarse a mirar sin hacer otra cosa. Sentarse y mirar. Sentarse. Mirar. Estar. Tres adolescentes en un scooter enclenque, sin casco y vestidos como futbolistas. Dos viejos que caminan en dirección contraria se chocan sin querer y quedan enfrentados, a punto de besarse: ambos llevan la misma bolsa turquesa.

Sigo, no sin antes preguntarle al mozo por mis escritores: “Rien de rien”, con cara de pocas pulgas. Una mujer y su sombrero de paja lleno de pompones de colores. Los bigotes más geniales que haya visto. Una mosca en mi mano derecha. En el jardín de la casa antigua hay una palmera y un poste con una cámara. Un BMW negro patente EG 171 RQ manejado por una mujer con burka: vidrios polarizados. Un lustrador de zapatos. Un delivery boy en una motito de La Casa de la Pizza. “Some fucking shit“, le dice una mujer preocupada a otra mujer preocupada. Un hombre altísimo camina en zigzag mirando la pantalla de su teléfono.

Me mudo al interior. Más cómodo y con menos sol. Sin humo. Las sillas son de cuero y las mesas, redondas, con mantel marrón y un vidrio encima. Llega mi croque monsieur. Adentro los clientes parecen más sobrios, más elegantes: señores de negocios vestidos de traje. Gritan un poco. No, hablan fuerte. Pido otro té. Sobresale la voz carraspeada de un hombre que no quiero ver, sólo escuchar. Un taxi 205. Siempre me gustó el diseño de ese auto. Tengo que mirar al tipo de la voz. Hace gestos con las manos como los haría un político. Tose. Mantiene su discurso activo mientras su interlocutor lo estudia. Maniobro con tenedor y cuchillo el croque más raro del mundo. La voz tiene camisa blanca y un saco príncipe de Gales. Parece que dijera “es necesario, Israel, es necesario”. Esas son las alucinaciones auditivas de los viajeros de las que habló el cronista brasileño Rubem Braga, otrora embajador de su país en Marruecos.

EL CIELO PROTECTOR

Y hablando de viajeros. “No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”. Esto lo copio y pego de El cielo protector antes de lanzarme a la aventura: voy a perderme unas horas en la medina, palabra que significa barrio antiguo y que incluye a la mezquita, el zoco -mercados-, la madrasa -escuela- y la alcazaba -también conocida como kazbah-, construcción fortificada donde vivía el gobernador.

¿Y si yo fui marroquí? ¿Y si mi estupidísima, pero tenaz adicción al Marroc, esa delicia de Felfort vuelta petite mort en un par de mordiscos, me autorizara la licencia de viajar en el tiempo y sentir que pude haber sido un ordinario vendedor de alfombras musulmán que se prosternaba, descalzo, cinco veces al día en la mezquita de su barrio para rezar anónimamente? ¿Y si de algún modo u otro yo conocí a Shams ad-Din Abu Abd Allah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati at-Tanyi, a.k.a. Ibn Battuta, el trotamundos tangerino que en el siglo XIV, a lo largo y ancho de tres décadas de peregrinaje, triplicó los kilómetros andados por Marco Polo y consignó sus fascinantes excursiones en Rihla, un libro cuyo subtítulo se ofrece como un “presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes”? Yo pude, borgianamente, haber estado acá y haber presenciado las cacofónicas grabaciones de los Stones con los músicos de Jajouka en 1989.

Ahora sí: la medina, inagotablemente compleja y vagamente amenazante, no plantea un punto de partida, ni mucho menos un punto de llegada. Uno toma esas decisiones. Y ni siquiera. La madeja de pasadizos obliga a empezar de cero a cada vuelta de esquina. Algo sucede en esta ciudad que al vulnerar la primera rompiente -la más superficial, donde surfean los vendedores de ropa falsificada y hachís- te hechiza y te adentra en algo que adopta la forma del corazón del lugar, una suerte de catacumba en la que todavía se puede encontrar, por caso, un bolichito llamado Au Pain Nu en homenaje a la célebre novela de Chukri, prohibida en su tierra y glorificada en Francia, sablazo de alcohol, drogas y sexo, que los magrebíes todavía mantienen detrás del velo.

Esta noche dan Rebecca, de Hitchcock, en la recauchutada cinemateca, ahora epicentro hipster y un buen lugar para ver películas que no sean de Hollywood y estén a mitad podadas. Se me ocurre que ahí se reunirán algunos expatriados y que tal vez acceda a sopesar lo que fue Tánger en otras épocas, la silueta de sus espectros. Acá estoy, esperando en el bar a la intemperie cuando se oyen los rezos, los llorosos rezos de la mezquita, y en la plaza un puñado de vendedores ambulantes apila ropa vieja y la vende a los gritos al mejor postor. Hora de entrar. La sala es enorme y el cuero rojo de sus butacas huele un poco al anís-pimentón-canela condensado en las callecitas. Oigo a ciertos correligionarios hablar en inglés.

A la salida me pego como una estampilla a un septeto de británicos de sesenta y largos. Richard -olvidé el apellido- es un pintor galés de aspecto bohemio que vivió en París, en Madrid y hace un par de décadas, en su sistemática huida del frío y divorciado de su mujer polaca, recaló en Tánger. Habla por un costado de la boca, porque el otro lo tiene tomado por una pipa (apagada). Dice que conoció a Bowles en su tramo final, aunque no sé si creerle. Que adora no entender del todo la cultura de esta región y que su testaruda curiosidad lo mantiene a flote. Que sí, que las cosas lucen muy cambiadas, pero que detrás del manto de “capitalismo fifí” sigue habiendo unas raíces del quinto demonio. Que el hotel el-Muniria está intacto y que los precios son muy razonables, que prefiere esto a toparse con alemanes en chancletas en Mallorca. Que los fantasmas no se buscan sino que se aparecen de la nada cuando uno menos se lo espera y deglute un majoun en una tarde aburrida.

La frase

“Creo que, de un modo u otro, los escritores siempre están escribiendo sobre ellos mismos, al      tiempo que les mueve el impulso de extraer sentido al mundo, es decir, de entender lo que          importa, lo llamado a perdurar, lo que guía nuestros actos…”      ( Susan Orlean )

Andrea Camilleri, siempre habrá un inspector

El denominado género negro y su popularización, se remontan a tiempos en que los sucesos policiales encontraban gran eco en las sociedades ávidas de información del siglo XIX. Así diarios prestigiosos y otras publicaciones competían por canalizar la preferencia de los lectores, ansiosos por seguir las pesquisas para desentrañar los hechos luctuosos más diversos: ¿quién se ocultaba en la densa niebla londinense para cometer los crímenes bajo el seudónimo de Jack el destripador? Este y otros acontecimientos fueron seguidos escrupulosamente, siendo fuente de inspiración de los cronistas de la época, quienes pujaban por detallar con elementos morbosos los denodados esfuerzos de los investigadores por resolver cada caso.

En el comienzo del siglo XX nombres como Raymond Chandler, padre  del detective Philip Marlowe, o Georges Simenon, quien hizo mundialmente conocido al inspector Maigret, fueron los que pusieron negro sobre blanco para despertar la imaginación de millones de personas. Ya hacia final de la centuria y a principios de la nueva, fueron las sagas de escritores como Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho, o el griego Petros Markaris y su alter ego literario, el comisario Kostas Jaritos, quienes entre otros se llevaron el favoritismo de los amantes del género policial.

Contemporáneo a estos últimos se encuentra el italiano Andrea Camilleri y su creación, el popular comisario Montalbano, quienes han traspasado el formato de papel para alcanzar la trascendencia en la pequeña pantalla. Aunque bien es cierto que Camilleri tiene una importantísima obra literaria asentada en una treintena de títulos de ensayo y ficción, no cabe duda que logró su mayor renombre con la novela policíaca de la mano de otro siciliano como él, el astuto, malhumorado y amante de la gastronomía Salvo Montalbano. Por ello y por la calidad de toda su obra el oriundo de Puerto Empedocle, recientemente desaparecido, fue distinguido con la Medalla de la Orden italiana al Mérito de la Cultura y las Artes.

De la saga del reconocido comisario, El Ladrón de meriendas, el pasaje con el que da comienzo la historia:

“Se despertó muy mal: las sábanas, en medio del sudor del sueño, alterado por culpa del kilo y medio de sardinas al horno rellenas de anchoas, cebolla, y perejil y pasas que se había zampado la víspera, se le habían enrollado apretadamente alrededor del cuerpo cual si fueran las vendas de una momia. Se levantó, se dirigió a la cocina, abrió el frigorífico y se bebió media botella de agua helada. Mientras lo hacía, miró a través de la ventana abierta. La luz del amanecer presagiaba un buen día, con un mar como una balsa de aceite y un cielo claro y sin nubes. Montalbano, muy sensible a los cambios meteorológicos, se tranquilizó a propósito de su estado de ánimo en las próximas horas. Era todavía muy temprano, por lo que volvió a acostarse cubriéndose la cabeza con la sábana, dispuesto a dormir un par de horitas más. Tal como siempre hacía antes de quedarse dormido pensó en Livia, en su cama de Bocadasse, Génova: era una presencia benéfica en cada viaje que él emprendía a ´the country of sleep`, como decía un poema de Dylan Thomas que le había encantado.   

El viaje recién iniciado fue interrumpido repentinamente por el timbre del teléfono. Tuvo la sensación de que el sonido le entraba como una barrena por un oído y le salía por el otro, traspasándole el cerebro.

    -¿Diga?

    -¿Con quién hablo?

    -Primero dime quién eres.

    -Soy Catarella.

    -¿Qué hay?

    -Perdone, pero no le había reconocido la voz, dottori. Igual estaba durmiendo.

     -¡A las cinco de la madrugada, más bien que sí! ¿Quieres decirme qué ocurre y dejar de una vez de tocarme los cojones?

     -Hay un muerto asesinado en Mazàra del Vallo.

     -¿Ya mí qué coño me importa? Yo estoy en Vigàta.

     -Pero es que, verá usted, dottori, el muerto…

     Colgó y desenchufó el aparato. Antes de cerrar los ojos, pensó que, a lo mejor, el que lo estaba buscando era su amigo Valente, el subjefe de policía de Mazàra del Vallo. Lo llamaría más tarde desde su despacho.

La persiana golpeó con fuerza la pared y Montalbano se incorporó bruscamente en la cama con los ojos desorbitados a causa del sobresalto, convencido, en medio de las brumas del sueño que todavía lo envolvían, de que alguien le había pegado un tiro. El tiempo había cambiado en un santiamén, un húmedo y frío viento encrespaba la amarillenta espuma del mar y el cielo estaba enteramente cubierto de nubes que amenazaban lluvia.

Se levantó soltando maldiciones, fue al cuarto de baño, abrió el grifo de la ducha y se enjabonó. De repente, el agua se acabó.

En Vigàta y, por consiguiente, en Marinella, donde él vivía, daban el agua probablemente cada tres días. Probablemente, pues igual la daban al día siguiente o a la semana siguiente. Por eso él se había curado en salud, mandando instalar en el tejado del chalet unos depósitos de gran capacidad, pero, por lo visto, esta vez hacía por lo menos ocho días que no la daban, para eso servía la autonomía regional. Corrió a la cocina, colocó una olla bajo el grifo para recoger el hilillo que estaba saliendo y lo mismo hizo con el grifo del lavabo. Con la poca agua que recogió, consiguió quitarse el jabón de encima, pero la experiencia no sirvió precisamente para mejorar su estado de ánimo.

Mientras se dirigía en coche a Vigàta, soltando palabrotas contra todos los automovilistas con quienes se cruzaba y que, a su juicio, debían utilizar el código de la circulación, por uno y otro lado, para limpiarse el trasero, le acudieron a la mente la llamada de Catarella y la interpretación que él le había dado. El razonamiento no se tenía en pie: si Valente lo hubiera necesitado a las cinco de la madrugada por algo relacionado con el homicidio de Mazàra, lo habría llamado a su casa y no a su despacho. La interpretación se la había inventado por comodidad, para tranquilizar su conciencia y poder dormir un par de horas más…”                                      

 

La frase

“Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques   sin  provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos   amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso   que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación”                                                                                                                                ( Julio Ramón Ribeyro, de sus Prosas Apátridas – 1975 )

Siri Hustvedt, ficción y pensamiento

Hace ya mucho tiempo que ha dejado el mote de “la mujer de”, en alusión a su marido Paul Auster, para brillar con luz propia; aunque algunos desprevenidos la hayan descubierto por la  concesión del premio Princesa de Asturias de las Letras. Y es que la estadounidense (Northfield, Minesota, 1955) se ha ganado su lugar en el ámbito literario por legítimo derecho, con una producción diversa que abarca la novela (Todo cuanto amé; El verano sin hombres; Elegía para un americano),  la poesía (Leer para ti), y el ensayo (Vivir, Pensar, Mirar; La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres). El  siguiente reportaje fue realizado en ocasión de su visita a la Feria del Libro de Guadalajara, México, donde ha presentado su flamante novela, Recuerdos del futuro  

Paula Conde (diario Clarín, Argentina)

En Recuerdos del futuro, Hustvedt aborda varias cuestiones: por un lado, la memoria y cómo se construye el pasado a partir de un relato desde el presente (hay historias adentro de historias adentro de historias); por el otro, temas como el feminismo, el thriller psicológico, la violencia del patriarcado y el abuso sexual. Una joven estudiante llegada desde Minnesota a Nueva York -cualquier semejanza con la vida real de Hustvedt no es pura coincidencia- escribe un diario de su vida y se obsesiona con el comportamiento de Lucy, su vecina, a la que escucha, o más bien espía, a través de la pared. Estos diarios son recuperados desde el presente de la narradora, ya veterana, a los 62 años.

El libro puede parecer autobiográfico, ¿cuánto de la verdadera Siri hay en él?  “Juego con lo que es real y lo que no. Muchos creen que es mi vida, pero hay mucho inventado. Lo que no es inventado es el cambio emocional, muchos detalles históricos de Nueva York son así, viví en un departamento como el de la novela, los recuerdos de la ciudad son los de mi memoria. Se entrelaza la ficción y la vida real, hay mezcla, y lo hice porque la imaginación y el recuerdo se funden en la vida. Como dice Simone Weil ‘tres cuartos de la vida es imaginación’”.

“Pienso en el feminismo como una historia larga. Yo me declaré feminista a los 14 años. En mi barrio de Minnesota, no había abogadas o médicas mujeres. Muchos hombres sienten miedo de que la igualdad entre hombres y mujeres sea rebajar la masculinidad”, sostiene Hustvedt, quien revela que forjó una “amistad literaria” con su marido Paul Auster, con quien tiene una hija, la cantante Sophie Auster. “Nos admiramos en el trabajo. Lo que mata las amistades es el aburrimiento. Eso nunca nos pasó”.

Las novelas de Hustvedt, como las de muchas otras escritoras mujeres, son más leídas por mujeres que por hombres: “Muchos hombres se me acercan y me dicen que mis libros son los preferidos de sus esposas, hermanas, madres, pero que ellos no los leyeron. Los libros, las historias, no tienen género masculino o femenino. Sin embargo, hay una construcción cultural que establece cosas ridículas como que la ensalada es comida de mujeres y el churrasco, de hombres. Pienso que el motivo por el que los hombres no quieren leer libros escritos por mujeres es porque se experimenta como una sumisión a la autoridad femenina y eso les genera incomodidad”. Y suma: “Estamos formados con códigos sobre cómo debemos ser. La masculinidad puede ser muy dolorosa. Cuando yo era chica y levantaba la mesa, no sentía que era una humillación. En cambio, muchos hombres que levantan la mesa ahora lo sienten como humillante. Creen que ponen en riesgo su masculinidad”.

-En el libro, hay una escena de abuso sexual, ¿fue difícil escribirla?

-Sí. El personaje quería recordar todo y tratar de entender qué había pasado. Recuerdo haber escrito sobre la muerte de un niño en una de mis novelas y fue horrible. Esto también fue horrible. Aunque termina de manera, digamos, graciosa. El humor está ahí, el deus ex machina, cuando dios aparece y salva la situación. Aparece lo sobrenatural. No experimenté ningún abuso en carne propia, pero sí conocí a muchos hombres de alguna manera acosadores cuando era más joven. Entonces quería bucear en estas emociones profundas. Sí, fue difícil.

-El personaje siente vergüenza de contar el episodio. ¿Por qué las mujeres sienten vergüenza de contar que fueron abusadas? ¿Es un tabú?

-Es la naturaleza sexual del abuso lo que genera vergüenza, por ese intento de humillar y castigar el cuerpo de la otra persona mediante el abuso. Esa es la intención de la persona que está intentando violar a una mujer en esta historia. Y es en parte la historia de las mujeres abusadas en general, que creen que son culpables de algo. La protagonista está tratando de encontrar dónde ubicar esto que le sucedió, se culpa a sí misma. La gran ironía de esa escena es que ambos pensaban que iban a dormir juntos desde el principio y después la noche se convierte en eso. Él quiere castigarla y por eso la abusa. Entonces, a ella le toma mucho tiempo entender eso. Sea lo que sea que yo haya hecho, lo que me hizo él es mucho peor, piensa. La mujer se siente culpable, pero es él quien comete el acto de ofensa. Y la hubiera violado si no hubieran aparecido las brujas. Entonces, ese drama es el que todavía estamos trabajando para superar. Cuando leés psicología es muy habitual que las mujeres se sientan culpables y responsables por lo que les pasó, de pensar que tendrían que haber las cosas de manera diferente.

-Es decir que esa vergüenza es una construcción social.

-Claro. Es el contenido sexual del abuso lo que genera vergüenza, no creo que sientas vergüenza en otros tipos de abuso. Me acuerdo de que a mi hermana menor, que paraba una vez en mi casa en Nueva York, una señora loca por la calle empezó a pegarle con el paraguas sin ninguna razón. Mi hermana no se sintió ni con miedo ni culpable, simplemente salió corriendo del ataque. En la cultura debemos analizar entonces el tema sexual, qué hay ahí. Hace un tiempo leí el trabajo de una antropóloga que se titulaba de manera genial: “Es sólo un pene”. Es verdad, es sólo un pene. Cuando lo ves a la distancia es una parte muy vulnerable de la anatomía de un hombre. Imaginate tener toda tu genitalidad hacia afuera, es extremadamente precario. Esa realidad está totalmente suprimida en los discursos sobre violaciones sexuales porque, en general, es cierto que los hombres son físicamente más fuertes que las mujeres, pero también a la inversa. Entonces el pene es una herramienta, un símbolo al servicio de la humillación y reaseguro del poder.

-Pienso en Freud, que decía que a las mujeres somos seres carentes de pene y sentimos envidia de él.

-¡Sí! A Freud lo leí mucho de joven y me parece un hombre brillante, pero en este punto está totalmente equivocado. Habla de la mujer “castrada” en comparación con el hombre, cuando en realidad la vagina es el lugar por donde sale la vida, es la anatomía más singular en la vida de una mujer. ¡La vida aparece por el canal vaginal! Freud debía estar muy ciego y asustado para no ver eso. En vez de ser el lugar por el que todos los seres humanos pasamos para nacer, él ve que “no hay pene”. La cultura occidental está construida de esa manera: que a las mujeres nos falta una parte. ¡Cómo nos puede faltar una parte! Sólo nos puede faltar una parte si la realidad universal es masculina, si el cuerpo desde el que juzgás todo es el cuerpo del hombre. Y en realidad el sistema biológico femenino es mucho más complejo porque “sirve” también para la gestación.

André Aciman, los insondables caminos del deseo

La primera vez que el nombre del escritor egipcio llegó a mis oídos fue a razón  del estreno de la película Llámame por tu nombre (Call me by your name), del realizador italiano Luca Guadagnino. Film basado en la primera novela del autor, que logró muy buena repercusión y se hizo merecedor del premio Oscar al mejor guión adaptado a la pantalla del año 2017, obteniendo elogios de crítica y  espectadores.

Aciman (Alejandría, 1951), quien posee una curiosa historia de identidad, con una familia de origen turco pero de religión judía sefardí que se habían asentado en Egipto; para luego hacer un segundo traslado hacia Italia donde el escritor pasó parte de su juventud, y finalmente terminar emigrando de allí hacia los Estados Unidos. País del que el alejandrino adoptó la nacionalidad, más allá de formarse profesionalmente en la universidad de Harvard y luego, alcanzar el puesto de profesor de escritura esta vez en las universidades de Nueva York y Princeton. Y también, donde se consolidó como novelista.

Es evidente, que el bagaje de su poliédrica conformación personal en sociedades tan disímiles aparece de alguna manera volcado en sus textos, con sus tonalidades, costumbres y variaciones en los que, más allá de constituir una sólida trama creativa, se detiene como un orfebre en la conformación de cada personaje, partiendo de sus sensaciones y más aún de sus sentimientos. Protagonistas a los que deja fluir sustentándolos por sus más puros deseos, sin red de contención o aparente rumbo prefijado, pero con toda la carga de intencionalidad que alimentan sus anhelos primeros.

Parte de esas características son con las que ha edificado la estructura de su último trabajo y, por aquello de que los verdaderos autores escriben siempre la misma novela, se nutre de las mismas esencias con las que configuró sus anteriores obras literarias, con un estilo pleno de pequeños detalles y variados matices, con los que ha construido esta gran ficción narrativa.

De su novela, Variaciones Enigma, el pasaje siguiente:

” – Mi lasci fare, signora. Permítame- dijo él, respaldando cada palabra con tanta deferencia como autoridad. Dicho esto se sacó de la chaqueta una anilla con herramientas diminutas que se parecían más a una colección de abridores de latas de sardinas de todos los tamaños que a leznas, gubias y destornilladores. Se sacó unas gafas del bolsillo de la pechera, desdobló las patillas y las deslizó con cuidado por detrás de las orejas. Me recordó a un niño de la guardería que había empezado a llevar gafas y que se seguía sintiendo incómodo al ponérselas. Luego, con el dedo medio estirado, empujó el puente de las gafas sobre la nariz con la misma delicadeza. Se habría colocado de igual manera bajo la barbilla un violín de Cremona de valor incalculable. Todos sus gestos eran desenvueltos y diestros, provocaban admiración además de confianza. Me sorprendieron sus manos. No estaban encallecidas ni perjudicadas por el trabajo o los productos de su oficio. Eran manos de músico. Deseé tocarlas, no solo porque quería comprobar si las palmas rosadas eran tan suaves como prometían, sino porque, de repente, quise poner mis manos al cuidado de las suyas. Las manos, al contrario que los ojos no intimidaban, sino que acogían. Quería que sus largos nudillos y sus uñas almendradas se deslizaran entre mis dedos y me los sujetaran en una muestra cálida y duradera de camaradería y que con aquel único gesto me repitiera la promesa de que un día, quizá antes de lo que esperaba, yo también sería un hombre adulto con manos como las suyas, y de mis rasgos irradiaría un destello de alborozo y picardía que le diría al mundo que era experto en algo y un hombre muy, muy bueno.

Notó que lo observábamos mientras trataba de abrir la caja y, sin mirarnos ni a mi madre ni a mí, siguió sonriendo para sí mismo, consciente de nuestro suspense, mientras intentaba disiparlo sin dejar ver que se daba cuenta. Sabía lo que estaba haciendo, lo había hecho muchas veces, dijo, mientras seguía mirando fijamente por el ojo de la cerradura.  

-Signor Giovanni – dijo mi madre intentando no distraerlo, mientras él continuaba manipulando la cerradura.

-Sí, signora – contestó él sin mirar.

Tiene una voz preciosa.

Estaba tan absorto con la cerradura que pareció no haberla oído, pero un momento después dijo:

  -No se engañe, signora, no sé entonar una melodía.

¿Con esa voz? 

  -Todo el mundo se ríe cuando canto.

  -Porque están celosos.

  -Créame, no sé cantar ni Cumpleaños feliz.

Los tres nos reímos. Hubo un momento de silencio. Sin apresurarse ni forzar ni arañar la incrustación de bronce que había alrededor de la vieja cerradura, trasteó un poco más y luego exclamó:

-Eccoci! ¡Aquí está!- y unos segundos más tarde, como si un poco de seducción persistente y dulce fuese lo único que hacía falta para escuchar el clic delator, la cerradura cedió por fin y se abrió la caja.

Quise besarle las manos. Lo que se reveló al abrirla fue un reloj de bolsillo de oro, un par de gemelos de oro y una pluma estilográfica sobre un forro de fieltro grueso del color del verdete. En un lado de la pluma, con letras doradas, estaba escrito el nombre completo de mi abuelo, que era también el mío.

  -¡Quién lo iba a pensar! –exclamó mi madre-

Los gemelos tenían las iniciales de su suegro y era probable que se remontaran a su época de estudiante en París. Él los había tenido en alta estima. Mi madre también se acordaba de haber visto el reloj de bolsillo, aunque hacía mucho. Debió de dejar allí las tres cosas, pero como no había vuelto después del accidente, nadie se había dado cuenta siquiera de que faltaban.

  -Y ahora, de pronto, aquí están; pero él no –mi madre se quedó absorta en sus pensamientos-. Le tenía mucho cariño, y él a mí.

El ebanista se mordió el labio y asintió en silencio.

  -Es la crueldad de los muertos. Siempre nos pillan desprevenidos las maneras que eligen para volver, ¿no es cierto, signor Giovanni? –dijo mi madre.

  -Sí –concordó él-. A veces, al querer contarles algo que les hubiese interesado o al preguntar por gente o sitios que solo ellos conocían, nos acordamos de que no nos oirán nunca, ni nos contestarán, que no les importamos. Aunque quizá sea mucho peor para ellos: quizá sean ellos los que nos llaman a nosotros y somos nosotros los que no los oímos y a los que parece que no nos importa…”  

FLF.-