Desde el sur profundo, Flannery O’Connor

Su historia de vida y el lugar geográfico en la cual la desarrolló, son factores ineludibles en la obra de la escritora estadounidense (Georgia, 1925 -1964). A estos elementos, habría que añadir un tercero en el momento que fue diagnosticada de lupus, enfermedad que padeció durante los últimos diez años de su corta existencia. Aun así, este hecho no fue freno alguno para que creara una de las más importantes producciones literarias, engendradas en el marco meridional del país americano.

La autora era hija única de una acomodada familia de origen católico irlandés establecida en una región con un gran peso religioso, pero con predominio del credo protestante. Estados en los que reina un atraso secular, en ellos el abandono, el analfabetismo, la pobreza sistémica, el racismo, y una violencia siempre latente, son fundamentos constantes, factores de los que echó mano para escribir sus novelas; textos como Sangre Sabia, que fue adaptada para el cine, o Los violentos lo arrebatan; ensayos, como Misterio y Maneras, y también una extensa producción de relatos cortos.

En sus obras gustaba de implementar un estilo conciso en formas pero muy potente en cuanto a contenido; donde como pocos retrataba a sus protagonistas en conjunto con los densos ambientes del sur. Su impronta fue de una dimensión tal que sus escritos alimentaron el género que se dio a conocer como “gótico sureño”, por el que también transitaron literatos como Harper Lee, William Faulkner o Carson McCullers.

Frágil de salud, sus últimos años transcurrieron en una granja que gestionaba su madre, donde se criaban gansos, pavos reales y otras aves exóticas. Las  limitaciones causadas por su enfermedad no le impidieron seguir con la escritura, el contacto con amigos, ni tampoco sostener una extensa comunicación epistolar, lo que siguió haciendo hasta su deceso a los treinta y nueve años. En la actualidad, su obra es objeto de culto, siendo catalogada como una de las grandes voces estadounidenses del siglo XX.

El pasaje a continuación pertenece a uno de sus relatos más ponderados, Todo lo que asciende tiene que converger, en él madre e hijo se enfrentan cuando rememoran el pasado familiar y también el de la otrora clase floreciente sureña:

“…-Espérame. Vuelvo a casa para quitarme esta cosa de la cabeza y mañana lo devolveré. No estaba en mis cabales. Con estos siete dólares y medio podré pagar la factura del gas.

     Él la cogió violentamente por el brazo.

     -No lo vas a devolver. Me gusta.

     -Me parece que debo…

     -Cállate y disfruta de él –masculló Julian, más deprimido que nunca.

     Tal como está el mundo, es un milagro que podamos disfrutar de algo. Todo anda revuelto y nadie está en el lugar que le corresponde.

     Julian suspiró.

     Claro que –añadió ella-, si uno sabe quién es, puede ir a cualquier parte-. Decía esto cada vez que él la llevaba a la clase de adelgazamiento-. Casi todas las de la clase no son de los nuestros, pero yo puedo ser amable con cualquiera. Sé quién soy.

     -Les importa un pito tu amabilidad –replicó Julián, furioso-. Eso de saber quién eres solo vale para una generación. No tienes la más remota idea de cuál es ahora tu verdadera posición ni de quién eres.

     Ella se detuvo un momento y dejó que sus ojos lo miraran relampagueantes.

     Claro que sé quién soy, y si tú no sabes quién eres me avergüenzo de ti.

     -¡Otra vez!

     -Tu bisabuelo fue gobernador de este estado –afirmó ella-. Tu abuelo fue un rico terrateniente. Tu abuela era una Godhigh.

     -¿Quieres mirar alrededor y ver dónde estás ahora? –dijo él, tenso mientras con un gesto circular indicaba el barrio, cuya pobreza quedaba un poco disimulada por la oscuridad creciente.

     -Siempre eres quien eres. Tu bisabuelo tenía una plantación y doscientos esclavos.

     -Ya no hay esclavos –replicó él, irritado.

     -Estaban mejor cuando lo eran.

     Él refunfuñó al ver que su madre volvía a sacar el tema. Se precipitaba regularmente en él como un tren por una vía abierta. Él conocía todas las paradas, todos los cruces, todos los pantanos, y sabía el momento exacto en que la conclusión entraría majestuosa en la estación: <Es ridículo. No es realista, simplemente. Deben mejorar, eso sí, pero sin salirse de su sitio>.

     -Dejémoslo –dijo Julian.

     -Los que de veras me dan pena son los medios blancos. Menuda tragedia.

     -¿Quieres hacer el favor de dejarlo de una vez?

     -Supón que fuéramos medio blancos. Desde luego tendríamos sentimientos encontrados.

     -Yo ya tengo sentimientos encontrados –gruñó Julian.

     -Bueno, hablemos de algo más agradable. Recuerdo que de niña iba a casa del abuelo. En aquel entonces, la casa tenía una escalinata doble que subía al segundo piso; la cocina estaba en el primero. A mí me gustaba quedarme en la cocina por el olor que despedían las paredes. Solía sentarme con la nariz pegada al yeso y respiraba profundamente. En realidad, la casa pertenecía a los Godhigh, pero tu abuelo Chestny pagó la hipoteca y consiguió rescatarla. Pasaban dificultades, pero, con dificultades o sin ellas, nunca olvidaron quiénes eran.

     -Aquella mansión decrépita debía de recordárselo –masculló Julian.

     Nunca hablaba de la casa sin desprecio, y nunca pensaba en ella sin deseo. La había visto una vez, de niño, antes de que se vendiera. La doble escalinata se había podrido y derrumbado. Ahora unos negros vivían allí. Pero en la mente de Julian la mansión permanecía tal como la había conocido su madre. Surgía en sus sueños con frecuencia. Él estaba casi siempre en el amplio porche, oyendo el murmullo de las hojas de los robles, después avanzaba por el vestíbulo de altos techos hasta el salón contiguo y observaba las alfombras raídas y los cortinajes descoloridos. Pensaba que era él, no su madre, quien la había apreciado en su justo valor. Prefería aquella elegancia decadente a cualquier otra cosa en el mundo que conociera y por eso todos los barrios en que habían vivido fueron un tormento para él, mientras que su madre apenas notó la diferencia. Ella calificaba su sensibilidad de <saber adaptarse…>”     

El libro como pasaje a la libertad

A muchos centros se los conoce eufemísticamente como “correccionales”,  cuando es conocida la dificultad que conlleva darle un nuevo sentido a la vida a aquellos que están recluidos en las prisiones. Algunos estudiosos del sistema carcelario exponen que son instituciones que solo sirven para que los jóvenes que hayan delinquido se “profesionalicen”, mientras que los mayores tienen la oportunidad de establecer nuevas alianzas a futuro. Aun así hay quienes no se dan por vencidos y persisten en su intento de aportar al sistema, introduciendo cambios que no son innovadores pero que se habían dejado de implementar; es el caso del servicio penitenciario chileno, quienes han vuelto a diseminar bibliotecas por sus centros. Los resultados son alentadores, por lo que se espera completar la implantación en la mayoría de prisiones. Solo basta ver los efectos que provoca la iniciativa, mientras se les abren otras posibilidades a priori impensadas para los que están recluidos. El video a continuación ilustra al respecto: 

(Realización del video a cargo de La Tercera de Chile)

La frase

  “La novela es una corriente de agua y el poema es un coágulo. La novela es combinar                     memoria e imaginación, exige unas posaderas de acero y dedicarse muchas horas. El poema     no se sabe nunca de dónde viene, y requiere de una intensidad de lenguaje con sus propias       bases semánticas”        ( Valentí Puig )

Fred Vargas, el comisario Adamsberg y su brigada criminal

Su seudónimo literario parecería más apropiado para un “chicano” de algún estado del sur de los Estados Unidos, pero que en este caso pertenece a la escritora francesa Frédérique Audoin-Roizeau (París, 1957), conocida por el público como Fred Vargas;  nombre ficticio que tomó prestado de su hermana, la pintora Jo Vargas, y con el que ha alcanzado un espacio propio dentro del mundo de las letras.

Con una formación universitaria en disciplinas como historia y arqueología de fósiles animales, desarrolló su inclinación por la literatura de ficción dentro del género de la novela policíaca, con títulos como Los tiempos del amor y de la muerte, y en particular, con Los que van a morir te saludan. También con sus series, como los de la denominada de Los Tres Evangelistas, formada por: Que se levanten los muertos; Más allá, a la derecha; Sin hogar ni lugar; y con la docena de relatos que conforman la saga del comisario Adamsberg, con títulos como El hombre de los círculos azules; Bajo los vientos de Neptuno o El ejército furioso.

Vargas además ha escrito ensayos, y sus obras fueron adaptadas para la pantalla grande y para la televisión con buena aceptación. Sus textos han sido traducidos a varias lenguas y su autora reconocida con varios galardones: el premio novela negra del Festival de Cognac (Francia), el Deutscher Krimipreis (Alemania), y el Premio Negra y Criminal (España). Finalmente en el año 2018 le fue otorgado el Princesa de Asturias de las Letras; en el que el jurado destacó que sus historias “combinan la intriga, la acción y la reflexión con un ritmo que recuerda la musicalidad característica de la buena prosa en francés”.

El fragmento a continuación, de la serie del comisario Jean Baptiste Adamsberg, pertenece a Tiempos de hielo, en el que el personaje central comparte protagonismo con los otros miembros de su brigada por igual, en un perfecto equilibrio y sin que intervención del oficial en jefe a cargo, acapare mucha mayor participación en el relato, conformando una verdadera confluencia coral en cuanto a voces se refiere:

“…Adamsberg cogió el teléfono, apartó una pila de dosieres y apoyó los pies en la mesa, reclinándose en el sillón. Apenas había dormido esa noche; una de sus hermanas había contraído una pulmonía, Dios sabe cómo.

   -¿La mujer del 33 bis? –preguntó-. ¿Venas abiertas en la bañera? Y ¿por qué me jodes con esto a las nueve de la mañana, Bourlin? Según los informes internos, se trata de un suicidio probado. ¿Tienes dudas?

   Adamsberg le tenía aprecio al comisario Bourlin. Gran comilón gran fumador gran bebedor, en erupción perpetua, viviendo a toda máquina, siempre al borde del abismo, duro como una piedra, y rizado como un corderito, era un resistente digno de respeto que a los cien años seguiría al pie del cañón.

   -El juez Vermillon, el nuevo y diligente magistrado, se me ha pegado como una verdadera garrapata –dijo Bourlin-. ¿Sabes lo que hacen las garrapatas?

   -Sí, lo sé perfectamente. Si te encuentras un lunar con patas, es que es una garrapata.

   -¿Y qué hago?

   -Te la arrancas girándola con una mini palanca. No me digas que me llamas para eso.

   -No, es por el juez, que no es otra cosa que una enorme garrapata.

   -¿Quieres que lo arranquemos juntos con una enorme palanca?

   -Quiere que archive el caso, y yo no quiero archivarlo.

   -¿Tus motivos?

   -La suicida, perfumada y con el pelo lavado esa misma mañana, no dejó carta.

Con los ojos cerrados, Adamsberg dejó que Bourlin le devanara la historia.

   -¿Un signo incomprensible? ¿Cerca de la bañera? ¿Y en qué quieres que te ayude?

   -Tú, en nada. Quiero que me mandes la cabeza de Danglard para que lo vea. Puede que él sepa descifrarlo, no se me ocurre nadie más. Al menos, me quedaré con la conciencia tranquila.

   -¿Solo la cabeza? ¿Y qué hago con su cuerpo?

   -Haz que el cuerpo la siga como pueda.

   -Danglard no ha llegado todavía. Ya sabes que tiene sus horarios, según los días. Es decir, según las noches.

   -Sácalo de la cama, os espero allí a los dos. Una cosa, Adamsberg, el cabo que me acompañará es un joven panoli. Tiene que adquirir pátina.

   -Instalado en el viejo sofá de Danglard, Adamberg sorbía un café bien cargado mientras esperaba que el comandante acabara de vestirse. Le había parecido que la solución más rápida era ir a su casa a sacarlo de la cama y meterlo directamente en su coche.

   Ni siquiera tengo tiempo de afeitarme –gruñó Danglard, inclinando su blando corpachón para mirarse en el espejo.

   -No siempre llega afeitado al despacho.

   -El caso es diferente. Me esperan en calidad de experto. Y un experto se afeita.

   Adamsberg inventariaba sin querer las dos botellas de vino en la mesita baja, el vaso caído en el suelo, la alfombra todavía húmeda. El vino blanco no mancha. Danglard había debido dormirse directamente en el sofá, sin preocuparse esta vez de la escrupulosa mirada de sus cinco hijos a quienes criaba como perlas de cultivo. Los gemelos habían volado a un campus universitario y ese vacío familiar no mejoraba las cosas. Pero quedaba el pequeño, el de los ojos azules, el que no era de Danglard y que su mujer le había dejado siendo un bebé cuando se largó, sin mirar atrás siquiera, por el pasillo, como ya había contado cien veces. El año pasado, aún a riesgo de romper con Danglard, Adamsberg había asumido el papel de torturador al llevarlo a rastras al médico, y el comandante había esperado el resultado de los análisis como un zombi ebrio. Análisis que se habían revelado irreprochables. Hay tipos especialistas en librarse por los pelos, nunca mejor dicho, y no era esta la menor de las cualidades del comandante Danglard.

   -¿Me esperan para qué exactamente? –preguntó Danglard ajustándose los gemelos-. ¿De qué se trata? De un jeroglífico, ¿es eso?

   -Del último dibujo de un suicida. Un signo indescifrable. El comisario Bourlin está muy fastidiado, quiere entenderlo antes de archivar el caso. Tiene al juez encima como una garrapata. Una garrapata muy gorda. Solo tenemos unas horas.

   – Ah, es Bourlin –dijo Danglard relajándose, al tiempo que se alisaba la chaqueta-. ¿Teme un ataque de nervios del nuevo juez?

   -Como buena garrapata, teme que le escupa su veneno.

   -Como buena garrapata, teme que le inyecte el contenido de sus glándulas salivales –lo corrigió Danglard ajuntándose la corbata-. Nada que ver con una serpiente o una pulga. La garrapata, por lo demás, no es un insecto, es un arácnido.

   -Eso es. Y ¿qué piensa usted del contenido de las glándulas salivales del juez Vermillon?

   -Francamente, nada bueno. Dicho esto, no soy experto en signos abstrusos. Soy hijo de mineros del norte –recordó el comandante con orgullo-. Solo sé alguna cosilla suelta.

   -Y sin embargo, lo espera. Por su conciencia.

   -No cabe duda de que, para una vez que voy a servir de conciencia, no puedo perdérmelo…”   

La frase

     “…Se preguntó si existiría alguna antigua superstición sobre lo que depararía el porvenir a          los aspirantes a adúlteros, si contemplaban los cuerpos sin vida de las mujeres que habían        codiciado…”    ( El jardinero fiel – John Le Carré )

Gabriel García Márquez, la nostalgia, y John Lennon

En estos días, en que se han cumplido 40 años de la muerte de John Lennon, han sido muchos los homenajes que se le han ido tributando. Sabido es que el pensamiento y el accionar del exBeatle generó en vida las reacciones más variadas: tildado de rebelde estéril por unos, mientras que despertaba reconocimientos sin límites para otros; lo cierto es que la personalidad del músico inglés dejó indiferente a muy pocos y de distintas generaciones. Entre ellos el escritor colombiano premiado con el Nobel, quien pocos días después del asesinato del nacido en Liverpool, le dedicó el texto siguiente reproducido en su momento por el diario El Espectador de Bogotá


En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentador la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones —la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores— teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, y por las mismas razones. Los reporteros de televisión le preguntaron en la calle a una señora de 80 años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó como si tuviera quince: La felicidad es una pistola caliente. Un chico que estaba viendo el programa dijo: “A mí me gustan todas”. Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó como si tuviera ochenta años: “Porque el mundo se está acabando”.

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces, descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Ángel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había sólo dos discos: una selección de preludios de Debussy, y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: Help, I need somebody. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de segunda letra de catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bozart. Álvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un “oiseau de malheur”, es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé desde entonces en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo, y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.

Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar los momentos amargos y los pinta de otro color. Y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no sólo los que estábamos allí sino también la casa y los árboles del fondo, hasta las sillas en que estábamos sentados. El Che Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero sólo cuando se tiene hambre. En cambio, siempre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos. Pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.

Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con más de 50 años encima y todavía sin saber muy bien quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles comenzaron a cantar. Todo cambió entonces, los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y de la rebelión universitaria. Pero sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

El símbolo de todo esto —al frente de los Beatles— era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto poblado de imágenes hermosas. En Lucy in the Sky, una de sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En Eleanor Rigby —con un bajo obstinado de chelos barrocos— queda una muchacha desolada que recoge arroz en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. “¿Dónde vienen los solitarios?”, se pregunta sin respuesta. Queda también el padre Mac Kensey escribiendo un sermón que nadie ha de oír, lavándose las manos sobre las tumbas y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, es algo que se dice con demasiada felicidad de todo lo que parece raro, como suelen decirlo de Kafka quienes no lo han sabido leer. Para otros es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos.

Textos de ira y reivindicación

El “Black Lives Matter”, que tanto se observa estos días en pancartas al frente de manifestaciones y en otras tantas expresiones, es un claro exponente del hartazgo que ha alcanzado una gran parte de la sociedad estadounidense -y de otras latitudes- en temas de racismo. A pesar de esta carga manifiesta, que condiciona y se arrastra desde el origen de los tiempos, son variadas las voces de escritores que a partir de mediados del siglo XIX en adelante, han sabido darse a conocer en base a buenas historias y calidad de sus textos, nombres como el de Toni Morrison,  quien se hizo acreedora del mayor galardón literario por el conjunto de su obra.  Aunque  más allá de este puntual reconocimiento, son muchos los autores que pugnan aún por superar las barreras heredadas por años de incomprensión, de aquellos que se sienten con el legítimo derecho de la verdad, simplemente, por detentar un diferente color de piel                                               

La premio Nobel de Literatura Toni Morrison

‘Black Lives Matter’. Las vidas negras importan. Pero qué es una vida si no se singulariza, si no viene acompañada de un relato, si no tiene un rostro particular y reconocible. Los tratados de psicología registran un fenómeno en suma discriminatorio, el efecto raza cruzada, del que todos hemos sido pecadores: la dificultad de los individuos de reconocer a un sujeto concreto de una etnia que no pertenece a la nuestra. El viejo y gastado “todos me parecen iguales”. El antídoto a ese microrracismo, que ha llevado a la cárcel a tantos afroamericanos equivocados en las rondas de identificación policiales, es la atención y el conocimientoY reconozcámoslo, atención y conocimiento a lo que han escrito los afroamericanos solo les hemos puesto en las últimas décadas.  Y eso que a través de sus narraciones se puede detectar no solo la historia de un pasado de ignominia para los blancos, sino también, y sobre todo, de reafirmación de su identidad herida, de sus aspiraciones y de la consideración artística de todo buen creador.

Como en el caso de las mujeres escritoras, los autores negros estadounidenses hace ya un tiempo que han dejado de ser una anomalía para integrarse de pleno derecho a nuestras lecturas. Y los hay, como no podría ser de otra manera, para todos los gustos: estilistas cultivados, hacedores de ‘best-sellers’, de novela satírica o policiaca, pulp o de ciencia ficción. Solo una cosa les une en el substrato, no importa si se habla de ello abiertamente o no, y es la huella del problema  ‘negro’, que como bien dijo en los años 60  James Baldwin -quizá el autor que con mas ecuanimidad y sabiduría lo exploró- nunca ha sido el problema negro sino más bien el problema del blanco acuciado por la culpabilidad de haber sido el opresor.

La primera piedra
Se quiera o no, la primera ficción de impacto con protagonista afroamericano la escribió una mujer blanca, Harriet Beecher Stowe.  ‘La cabaña del tío Tom’ llevó a decir al presidente Lincoln que aquella novela, que exploraba hasta las lágrimas la inmoralidad de la esclavitud, había puesto en marcha la guerra de Secesión. El estilo santurrón y condescendiente de aquella obra fue imitado por los primeros escritores negros durante el siglo XIX, pero a principios del XX, muy pocos afroamericanos podían identificarse con el pobre esclavo que intenta ganarse el amor de sus explotadores y muere perdonándolos a todos. De ahí que ‘Tío Tom’ se convirtiera en los años 60, en tiempos de los combativos Black Panthers, en un insulto hacia aquellos miembros de la comunidad que trataban de encajar en el mundo blanco sin ponerlo en cuestión.

El escritor norteamericano James Baldwin

Un trío de altura

Ni Langston Hughes, ni Richard Wright, ni Ralph Ellison nos son hoy particularmente conocidos y sin embargo fueron tres poderosas luminarias de la combativa literatura afroamericana de la primera mitad del siglo XX.  ‘Hijo nativo’ de Wright -que tuvo el año pasado adaptación cinematográfica, lo que indica su vigencia- fue la primera novela de un autor negro elegido por el popular ‘El libro del mes’, una especie de Círculo de Lectores a la americana, mientras que ‘El hombre invisible’ de Ellison desarrolla ya desde su títulola metáfora social del que es excluidoA los tres les unió su militancia en el comunismo y en el caso de Hughes, el mayor de ellos, su compromiso estuvo ligado a su temprana experiencia como corresponsal durante la guerra civil española. Acabó siendo el mejor traductor al inglés de García Lorca.

El caso Baldwin

James Baldwin fue amigo de Malcom X y de Martin Luther King, aunque estuviera más cerca del pacifismo del segundo. Como hombre negro y homosexual (lo que suma puntos en cuanto a conciencia de la marginalidad) era capaz de decir: “No se puede negar la humanidad del otro sin disminuir la de uno mismo”. No es extraño que el pequeño escritor feo, bajito, pobre, nacido en Harlem, de voz acariciadora y pensamiento calmado -y por cierto, amante durante un tiempo de Jaime Gil de Biedma se haya convertido en los últimos años en la voz negra más respetada en Estados Unidos.  También fue uno entre los diversos escritores negros que optaron por el exilio europeo donde, al igual que Richard Wright o Chester Himes, alcanzaron allí un mayor reconocimiento. Para conocerle mejor es muy recomendable el documental ‘I’am not your negro’, que puede verse en Filmin.

La escritora, cantante y actriz Maya Angelou

Morrison y las demás

El carácter autobiográfico está en la base de la mayoría de estas obras literarias anteriores y posteriores a la segunda guerra mundial, pero nadie ha convertido la autobiografía en espejo de  las vivencias colectivas de una raza como lo hizo la polifacética Maya Angelou: violada en la niñez por su padrastro, pionera en  romper las barreras de género en el terreno laboral, cantante de ‘Porgy and Bess’, compositora para Roberta Flack y poeta de cabecera en la investidura del presidente Clinton.  Sin embargo, sería otra mujer totalmente centrada en el oficio literario, Toni Morrison, la que alcanzara el Everest del reconocimiento al ganar el Nobel para la literatura afroamericana. A través de novelas como ‘Ojos azules’, ‘Beloved’ o ‘La canción de Salomón’, se puede reconstruir la historia de ese sufrimiento.  Puede decirse que Morrison se abre a una nueva forma más artística de la literatura afroamericana que incluye nombres como el de Alice Walker, autora de ‘El color púrpura’.

Cuestión de género

A las letras negras norteamericanas les ha acompañado siempre la acusación de observar con demasiada atención el miserabilismo y la violencia, pero ¿acaso hubo otra cosa para los ciudadanos de color? Chester Himes, que sabía bien de lo que hablaba, quiso poner distancia con su Harlem natal tras haber cumplido condena por robo a mano armada. En París imaginó a sus dos policías negros ‘Ataúd’ Johnson y ‘Sepulturero’ Jones, a los que lanzó tras un colorista y grotesco remolino de fechorías y mala vida. Muchos años más tarde, en los 90, el camino abierto por Himes fue recorrido por otro afroamericano, Walter Mosley y su detective Easy Rawlins a quien Denzel Washington encarnó en la pantalla. Y en un terreno próximo, el de la ciencia ficción (tan elitistamente blanco él), habría que reivindicar la figura de la recuperada Octavia E. Butler (recientemente publicada por Capitán Swing y Consonni), que apenas vendió nada cuando estaba viva y devino  autora de culto a su muerte, en el 2006, como pionera del afrofuturismo, cuyo nombre más conocido hoy es también el de una mujer, N. K. Jemisi. 

Chimamanda Ngozi Adichie

Los que llegaron por su propio pie

Las universidades norteamericanas como  catalizadoras de inteligencia han provocado que en este siglo XXI muchas de la voces africanas y afroeuropeas importantes se citen allí para ofrecer nuevas perspectivas al relato no ligada a la memoria de las plantaciones: es el caso del jamaicano Marlon James, la británica Zadie Smith o los nigerianos Teju Cole o Chimamanda  Ngozi Adichie, una de las voces más vitales y aclamadas de la actual vindicación feminista. Apenas hay clichés en sus creaciones, aunque la función combativa subsista.

¿Qué es lo que hay?

Estados Unidos contiene hoy multitudes literarias. La pluralidad étnica, la diversidad de voces están moldeando una rica cultura mestiza al tiempo que la alta academia sigue sentenciando que el canon continúa en manos de hombres (no de mujeres) blancos. Mientras tanto, lo mejor será leer a Colson Whitehead (dos veces distinguido por el Pulitzer), al irreverente Paul Beatty, capaz de lanzar dardos a su propia tradición (lo que supone pasar a un siguiente nivel), y a Ta-Nehisi Coates,  uno de los grandes ideólogos del movimiento ‘Black Lives Matter’. En su libro ‘Entre el mundo y yo’, una carta abierta dirigida a su hijo, Coates exhorta a dar la espalda a la versión impoluta de  su país:  “Hay que avanzar hacia algo más confuso y desconocido. Sigue siendo difícil para la mayoría de los americanos. Pero esa es tu tarea”.

(El texto central pertenece a Elena Hevia y fue publicado en El Periódico de Barcelona)