«El crecimiento de los nacionalismos y populismos se debe a una reacción contra la globalización; la gente tiene la sensación de que ha perdido el control, de que hay alguien en Pekín, en Madrid o en Bruselas que decide por ellos» ( Anne Applebaum )

Pierre Lemaitre , el comandante Verhoeven y otras historias más

El francés (París, 1951) es uno de los escritores de más éxito dentro del género policial. Y si bien logró hacerse conocer por la astucia del diminuto comandante Camille Verhoeven (1,45 metros), no dudó en abandonar el lugar de prestigio alcanzado para extenderse en la creación de historias de corte más literario.

Aunque antes de lanzarse como autor de ficción tuvo la oportunidad de estudiar psicología, ciencia a la que con habilidad echa mano para la conformación del razonamiento de sus personajes. Tal fue el caso de su primera novela policial, con el equipo de Verhoeven a la cabeza de la Brigada Criminal de la capital gala: Travail saigné, traducida al español con el título de Irene, con la que dio comienzo a una exitosa saga que se completaría con otras obras como Alex, un thriller donde se permite hacer referencias a sus escritores admirados: Marcel Proust, Roland Barthes o Boris Pasternak, para completarla luego con otras ficciones como Rosy & John o Sacrificios.

El parisino es un escritor versátil que, aún en pleno éxito, se permitió arriesgar más allá de los laureles logrados; fue cuando decidió  aparcar por un tiempo el policial y adentrarse en el drama social y antibelicista. Este fue el caso de Au revoir là haut, traducida al español como Nos vemos allá arriba, texto con el que ganó el prestigioso premio Goncourt del año 2013, y a alcanzar con ello su definitiva proyección internacional. Luego la acompañó con dos nuevos títulos: Los colores del incendio y El espejo de nuestras penas,para conformar con ellas la trilogía denominada Los hijos del desastre.

Lemaitre es un autor al que le gusta participar en el guión cuando alguna de sus historias es llevada al ámbito de la televisión o de la pantalla grande. Así lo ha hecho en las adaptaciones al cine de Alex y también con la traslación de Nos vemos allá arriba, con muy buena repercusión por la labor realizada.

El pasaje a continuación pertenece a Rosy & John, otra de las investigaciones a cargo del sagaz Verhoeven y el resto de componentes de la brigada contra el crimen:

“…Volvamos a empezar. Desde el principio.

    -Así pues, compró usted siete obuses.                                                                                                                                                                                                                                                      

    -No –explica Jean-, no los compré. Los recogí en la carretera de Souain-Perthes, en dirección a Sommepy. Y en Monthois.

   Camille Verhoeven, por encima del hombro de Jean, interroga a Basin, que asiente con un ligero movimiento de cabeza. Es en el este, explicará más tarde, en la zona de Châlons, en el Marne. Cada año, decenas de obuses de la Primera Guerra Mundial salen a la superficie; los agricultores los amontonan al final de los caminos hasta que llegan los artificieros.

   Camille se queda de piedra.

   Simplemente el tipo ha recogido obuses al borde de la carretera…

   -¿Y cómo los transportó?

   Jean se vuelve hacia Louis, en cuya mesa han depositado todo el contenido de la bolsa de deportes con la que ha llegado. Alarga el brazo y señala un manojo de recibos unidos por un clip.

   -Alquilé un coche. Ahí tiene la factura.

   Cuando Basin toma la palabra, Jean no se vuelve hacia él, permanece concentrado. Basin quiere saber cómo lo ha hecho. Recoger un obús es una cosa; hacerlo estallar, otra.

   -Con un detonador y un relé dice Jean como si fuera evidente-, no tiene ningún secreto.

   Señala un despertador digital con calendario.

   -Programé todas las bombas con eso. Tres con noventa y nueve euros en internet.

   Louis saca la factura del montón de recibos: Garnier pagó con tarjeta, con la tarjeta que está en su cartera, no hay duda, es la misma. Es la primera vez que ven a un criminal traer las facturas para demostrar que es el culpable.

   Jean muestra una caja llena de detonadores, tubos del tamaño de un cigarrillo.

   -Los robé en Technic Alpes –explica-. Es un almacén de material de obras públicas en Haute-Savoie.

   Louis lo comprueba en la red.

   -No hay más que un guardia a tiempo parcial –comenta Jean-. Fue muy fácil.

   -La empresa existe –confirma Louis desde la pantalla-, la sede está en Cluses.

   – La sede puede –dice Jean-, pero el almacén está en Sallanches.

   En la habitación todo el mundo empieza a sentirse realmente mal.

   Porque si dice la verdad sobre esa bomba de la rue Joseph-Merlin, sin duda dice la verdad sobre las demás. Los seis próximos obuses. Eso es justo lo que piensa Basin, que no para de asentir con la cabeza dirigiéndose a Camille. Para él, no hay dudas. Desde el punto de vista técnico puede haberlo llevado a cabo perfectamente.

   Basin se levanta, rodea la silla de Jean Garnier y se planta de pie, frente a él.

  -Esos obuses de la Gran Guerra, si los encuentran es porque no han explotado. Solo uno de cada cuatro está en condiciones…

   Jean frunce el ceño, preocupado. No comprende.

   -Lo que quiero decir –prosigue Basin con paciencia- es que su amenaza es real si los obuses funcionan. ¿Lo entiende?

   Basin le está hablando como un tonto a un sordomudo. No se le puede reprochar, Jean Garnier no tiene una cara que irradie inteligencia.

   Basin continúa en tono pedagógico:

   -No puede estar seguro de que los obuses vayan a explotar. Su amenaza…

   -Uno –le interrumpe Jean contando con los dedos-: el primero ha funcionado perfectamente. Dos: por esa razón hay seis, para tener en cuenta los que no van a funcionar. Y tres: si están dispuestos a correr el riesgo es cosa suya.

   Silencio.

   Basin intenta mantener la compostura.

 -¿Tiene todo lo que ha usado?

  -Los relés, los cables…, lo compré todo en Leroy Merlin –contesta Jean.

  Nadie reacciona. Poco importa, ha decidido contarlo todo, así que lo cuenta todo.

  -¡Ah, sí! En mi casa no van a encontrar ningún ordenador. Lo he tirado. Sé que pueden registrarlo incluso si se han borrado los datos…

   Y lo mismo con el teléfono fijo, hace mucho tiempo que lo dio de baja.

   A Camille le cuesta entenderlo. Necesita hablar con Basin y Louis.

   Dejan a Jean con un agente. Podrían incluso dejarlo solo, no hay peligro, en eso todo el mundo está de acuerdo.

   Salen al pasillo.

  -Joder –suelta Camille nada más cerrar la puerta-. ¿Es posible aterrorizar a una ciudad comprando despertadores en internet, relés en Leroy Merlin y recogiendo obuses en los arcenes…?”

Fotograma de la adaptación cinematográfica de la novela dirigida por Michael Radford

«Tú crees que la naturaleza de la realidad es evidente por sí misma. Cuando te engañas y crees que has visto algo, das por sentado que todo el mundo lo ve. Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. Existe solo en tu imaginación…» ( George Orwell – 1984 )

Martín Caparrós, cronista de la realidad y literato

Conserva una fuerte presencia y una mirada inquisidora como si, por defecto de profesión, la imperiosa necesidad de la observación del hecho lo acompañara de manera constante. Pero además el escritor argentino (Buenos Aires, 1957), posee otros componentes que acompañan los rasgos externos de su personalidad.

Fue desde edad temprana que el bonaerense se inclinó hacia el periodismo, hecho que lo condujo a integrar redacciones de medios como los diarios Noticias, Tiempo Argentino o Página/12, para formarse al lado de profesionales como el infortunado Rodolfo Walsh, verdadero mito de la información en el país sudamericano. Después, con los años, también llegó a ser editor de la revista El Porteño, para luego terminar fundando otra revista, en este caso Babel, y si bien los derroteros posteriores con las letras lo derivaron hacia otros géneros estilísticos nunca se alejó de su rol de cronista, a punto que en la actualidad escribe para el diario El País de Madrid y para el estadounidense The New York Times.

Quizás fruto de tanta dosis de realidad fue la que le hizo acercarse al texto de ficción, con novelas como Valfierno, A quien corresponda, Los Living o Echeverría. Luego publicó también crónicas de viaje: La guerra moderna o El interior, y se aventuró con el ensayo; Argentinismos; ¡Bingo!; y también con trabajos de investigación como El Hambre. Sus múltiples facetas le llevaron incluso a incursionar en la actuación, cuando hizo su participación en películas como ¿Quién mató a Mariano Ferreyra? o Tiempo después.

Su extensa obra le ha hecho ser acreedor de distinciones variadas, como la Beca Guggenheim, el premio Herralde de novela o el Planeta para Latinoamérica, además del Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes de España o el María Moors Cabot de la estadounidense Universidad de Columbia.

Viajero infatigable aunque residente en la capital española desde hace muchos años, quizás como un punto geográfico más para su observación de la realidad mundial, Caparrós afirma que los sistemas políticos y económicos cambian, y seguirán cambiando siempre. Solo que, en las particulares circunstancias actuales, la humanidad está atravesando por momentos delicados en los que está en juego cuál es el futuro que realmente desea.

Pero dejando de lado su observación sobre la realidad para echar mano de la libertad que concede la propia invención literaria, de su novela Valfierno, una de sus obras más apreciadas, el pasaje con el que da comienzo a la narración:

   “Soy Valfierno.

   Digamos que soy Valfierno. O, mejor dicho, fui Valfierno. Y fue como Valfierno que hice algo extraordinario: la historia de una vida.

   ¿Por qué el nombre de Valfierno?

   Convinimos que sus preguntas se iban a limitar a los hechos, ¿no es verdad?

   Sí, es cierto. ¿Y eso no es un hecho?

   Vamos, mi estimado.

    El martes 23 de agosto de 1911 los diarios de la tarde de París se vendieron a mares: voceadores gritaban en todas las esquinas que habían robado el cuadro más famoso del mundo.

   -¡La Gioconda! ¡Entérese de todo! ¡Ha desaparecido la Gioconda!

   Hacía un calor de perros. Semanas que hacía un calor de perros y todos los que no lucraban con él se sentían miserables: el tema pegajoso en cada encuentro, cada café, cada salón con sus molduras, cada iglesia o prostíbulo de lujo. Ese calor conseguía que París dejara de ser París por el bochorno. Eso –que París no fuera París- los hacía sentir particularmente miserables: estafados, y hablaban. Los señores y señoras hablaban del calor y, una vez que habían hablado de él, pasaban a otros temas que no les importaban y de pronto se secaban y volvían al asunto y uno decía que el mundo ya no era lo que era y otro se jactaba del ventilador que compraría si todo seguía así.

   -Es el progreso, mi querido, el progreso. Si no fuera por los socialistas y este calor tremendo…

   Hacía semanas que el sofoco secaba las conversaciones.

Hasta que de pronto, esa tarde, el mundo se animó:

   -¡Se la robaron! ¡Se rieron de Francia en sus narices, extra, extra!

   Soy Valfierno: fui un niño muy feliz. Mi madre me llamaba Bollino y yo creía que mi nombre era ése: Bollino, soy Bollino. Se rió mucho, mi madre, una vez en la calle cuando una señora dijo ay que linda criatura cómo se llamará y yo le dije que Bollino. No señora, se llama Juan María, dijo mi madre, que no sabía que yo tenía que llamarme Eduardo. Pero yo, Bollino, Juan María, Enrique no, Bonaglia todavía, Eduardo incluso, fui un niño muy feliz…”    

Las grandes ‘estafas’ en el mundo literario del último siglo

De Romain Gary a JT Leroy, pasando por el ‘alter ego’ masculino de J. K. Rowling o la novela erótica ‘Historia de O’, los engaños sobre la identidad de los autores han sido recurrentes en la historia, más aún en lo referente a la novela de la última centuria

Los tres autores decidieron utilizar un seudónimo femenino para presentar su texto en busca del preciado galardón literario

Carmen Mola eran tres hombres, pero su caso no es único. Muchos años antes de que la concesión del Premio Planeta revelara que, detrás de esa supuesta maestra madrileña, se escondían tres guionistas de televisión, otros casos similares sorprendieron tanto como indignaron. Por ejemplo, JT LeRoy no era un chapero adolescente, sino una escritora de Nueva York que rozaba la cuarentena. Violeta G. Rangel no tenía los rasgos de una poeta marginal, sino los de un filólogo y traductor andaluz. Wanda Kolmatrie no era una escritora aborigen, sino un taxista australiano. Y Romain Gary fue el único autor que ganó el Goncourt en dos ocasiones, aunque las reglas del premio prohibieran esa posibilidad; la primera vez lo hizo con su nombre y la segunda, con el de su alter ego, Émile Ajar. Estas son algunas de las estafas literarias más sonadas del mundo literario.

Siempre con una imagen cuidadosamente calculada en sus presentaciones, se hacia pasar por ser el autor de sus textos

JT LeRoy

El caso más conocido de engaño literario en las últimas décadas lo protagonizó JT LeRoy, el autor adolescente que relató, en dos novelas de inspiración autobiográfica, su juventud en la pobreza, sus problemas con las drogas y su experiencia como prostituto. En 2005 se descubrió que, detrás de ese seductor personaje, se encontraba Laura Albert, una escritora treintañera de Nueva York que acabó en los juzgados. Muchos empezaron a sospechar cuando LeRoy, que solía comunicarse solo por teléfono y correo electrónico, empezó a aparecer en público a partir del año 2001, acompañado de estrellas como Winona Ryder o Courtney Love, que refrendaron su estatus de autor cool del momento. En realidad, la protagonista de esta puesta en escena era la cuñada de Albert, una joven llamada Savannah Knoop, travestida con una vulgar peluca y unas gafas de sol. En su juicio, la autora calificó a LeRoy como su “avatar”, su “velo”, su “extremidad fantasma” y hasta su “respirador”. El asunto sigue fascinando: el caso de JT LeRoy ya ha originado dos documentales, una adaptación cinematográfica a cargo de Asia Argento y un biopic con Kristen Stewart y Laura Dern.

La autora Anne Desclos, también conocida como Dominique Aury y Pauline Réage, admitió haber firmado ‘Historia de O’ hacia el final de su vida.

Anne Desclos

Anne Desclos tuvo dos vidas. De día, se llamaba Dominique Aury, ensayista parisina y gran traductora del inglés, especialista en literatura barroca y editora del sello Gallimard en el corazón intelectual de Saint-Germain. De noche, se transformaba en Pauline Réage, autora de una obra maestra de la literatura erótica del siglo XX, Historia de O (1954), protagonizada por una fotógrafa sometida a los deseos sadomasoquistas de distintos hombres. El libro, uno de los más traducidos de las últimas décadas, estaba dedicado a su amante, el intelectual Jean Paulhan, director de la Nouvelle Revue Française y especialista en Sade. Durante mucho tiempo, se creyó que Paulhan era el autor de Historia de O, cuando en realidad fue algo parecido a su destinatario. El misterio no se elucidó hasta 1994, cuando Desclos, convertida en una anciana de 86 años, admitió ser la autora del libro. “Durante mucho tiempo, viví dos vidas paralelas, y mantuve meticulosamente separadas esas dos vidas, tan separadas que la pared invisible entre ambas me parecía normal y natural”, dijo a The New Yorker sobre su manifiesto libertino, que también pudo estar inspirado en sus prácticas sexuales, según una biografía publicada en 2009.

James Frey levantó una gran polémica en 2005 cuando se descubrió que su libro ‘En mil pedazos’ no era una autobiografía sobre sus problemas con el alcohol y las drogas, sino un relato lleno de falsedades.

James Frey

El autor de En mil pedazos no cambió de nombre ni se mantuvo en el anonimato. El escándalo estalló cuando, en 2005, se descubrió que varios de los sucesos relatados en ese libro autobiográfico, presentado como el testimonio descarnado sobre los problemas con el alcohol y las drogas de un joven de 23 años que intentaba desintoxicarse, habían sido deformados o directamente inventados. El escándalo salpicó también a Oprah Winfrey, que había escogido el libro para su exitoso club de lectura. Después de haber vendido casi dos millones de ejemplares, Frey se convirtió en un apestado. Su editorial aceptó devolver el dinero a los lectores que se sintieran estafados y creó un fondo de dos millones de dólares para cumplir ese objetivo. Al final, los descontentos no fueron tantos: solo se gastaron 30.000 dólares. En realidad, esta historia de falsificación acabó siendo una nota a pie de página en la biografía de Frey, que desde entonces ha firmado títulos como Una mañana radianteEl último testamento o la saga Endgame.

El periodista de ‘Newsweek’ Joe Klein, acabó confesando, tras meses negando la evidencia, que era el autor del superventas anónimo ‘Colores primarios’, que se publicó en 1996.

Joe Klein

En enero de 1996, se publicó Colores primarios, una novela inspirada en la campaña presidencial que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca, un explosivo roman à clef lleno de detalles poco favorecedores sobre el presidente y la entonces primera dama, Hilary Clinton, pero también sobre los periodistas que los seguían, retratados como un puñado de sabandijas. Reportero del semanario Newsweek, Joe Klein negó repetidamente ser el autor de este superventas, incluso cuando el propio Clinton bromeó sobre el asunto en ese risible número de stand-up presidencial que suele ser la cena de corresponsales de la Casa Blanca. Lo terminó confesando seis meses después de su publicación en una concurrida rueda de prensa, en la que justificó haber mentido a sus amigos y compañeros “como lo haría para proteger a una fuente”. Su estrategia de disimulo llegó a límites casi patológicos: en el caucus de Iowa, se acercó a un grupo de periodistas y se quejó por el retrato de una especie de alter ego que aparecía en su propio libro, un periodista con malos modales y una ética tirando a dudosa. Cualquier parecido con la realidad…

Juan José Millas reconoció en 2017 que se encontraba detrás del misterioso adolescente Carlos Cay, que ocupó la ‘Revista de Verano’ de El País durante cuatro años seguidos.

Juan José Millás

El escritor se transformó en un adolescente pasota llamado Carlos Cay durante cuatro veranos en las páginas de El País para firmar la serie Me cago en mis viejos, que Edhasa publicó en tres tomos sin revelar la identidad de su autor. En 2017, Millás decidió publicar la cuarta parte firmándola con su nombre en Seix Barral, con el título, algo más respetable, de Mi verdadera historia. “Qué vacile cagarme en mis viejos así, por escrito, públicamente, en un periódico (en un periódico de gran tirada, que diría el viejo), cagarme en ellos desde el mismo diario que leen, llevo viéndoles leer este puto periódico desde que comencé a andar”, decía la primera entrega de la serie en 2008, que se convirtió en la comidilla del mundo literario. Todo el mundo aspiraba a adivinar quién era el autor de esas líneas, aunque Millás nunca figuró en las quinielas. “Eso me divirtió mucho. Y en cierto modo, por eso seguí el juego en su día. Pero ha pasado ya tanto tiempo que no me importa ya admitirlo”, afirmó Millás en 2017.

Violeta C. Rangel

A finales de los noventa, el filólogo y traductor andaluz Manuel Moya se escondió bajo el pseudónimo de Violeta C. Rangel para firmar varios volúmenes de poesía, como La posesión del humo o Cosecha roja, que se distinguieron por la crudeza de sus imágenes y por el contenido social de sus versos, que denunciaban la violencia de género, entre otros asuntos. De cara a la galería, Rangel fue presentada como una poeta marginal y desgarrada nacida en Sevilla en 1968, ocho años después que Moya, y afincada luego en Barcelona, donde frecuentaría los bajos fondos de la ciudad. “Es Violeta la del Born / estado civil charnega / valor tres mil / pensión aparte”, rezaba uno de sus poemas. Todo era falso, aunque lo suficientemente convincente para resultar fidedigno: los versos de esta falsa poeta fueron traducidos a varios idiomas, ganaron premios de prestigio y fueron incluidos en numerosas antologías.

El escritor francés Romain Gary fue el único autor que ganó el Goncourt dos veces. La primera, con su nombre. La segunda, con el de su alter ego Émile Ajar. No se descubrió la verdad hasta su suicidio, en 1980.

Romain Gary

En noviembre de 1975, un autor desconocido, Émile Ajar, ganó por sorpresa el premio Goncourt, el más importante de las letras francesas, por su novela La vida por delante, relato sobre una superviviente del Holocausto que cuida de los hijos de las prostitutas en el barrio parisiense de Belleville. Tres días después, Ajar rechazaba el galardón en misteriosas circunstancias. El motivo de esa renuncia no se conocería hasta cinco años más tarde, poco después del suicidio de Romain Gary, escritor francés de origen ruso, compañero de la actriz Jean Seberg, que ya había ganado el Goncourt en 1956 con Las raíces del cielo. Esta tomadura de pelo al establishment literario contó con la complicidad del sobrino de Gary, Paul Pavlowitch, a quien reclutó para que interpretara el personaje de Ajar y le llegó a escribir ingeniosas réplicas, como recogía un documental estrenado en 2020, en el 40º aniversario de su muerte. En el fondo, estaba acostumbrado a los cambios de nombre: hijo de judíos lituanos emigrados a Francia, Gary se llamaba, en realidad, Roman Kacew.

Wanda Kolmatrie y Ern Malley

Si existe una patria de las estafas literarias, esa debe de ser Australia. En 1994, una escritora aborigen, Wanda Kolmatrie, miembro de la cultura pitjantjatjara, publicó una exitosa memoir titulada My Own Sweet Time, donde relataba cómo fue sustraída a su madre poco después de nacer para ser educada por una familia blanca de clase media. Tres años después, su editorial, especializada en escritos de autores aborígenes, le ofreció publicar una segunda parte. Fue entonces cuando descubrió que Koolmatrie era, en realidad, un taxista blanco llamado Leon Carmen, lo que desembocó en un escándalo nacional. El autor argumentó que no habría tenido el mismo éxito con su identidad real. También en Australia surgió Ern Malley, falso poeta de vanguardia que idearon en los años cuarenta dos jóvenes escritores opuestos a los movimientos experimentales. Para estafar a la revista literaria que los aglutinaba, se hicieron pasar por la hermana de Malley, que habría descubierto sus poemas tras su muerte y querría que obtuvieran el reconocimiento que su autor nunca conquistó en vida. Cuando la revista les dedicó su portada, quedó en evidencia, aunque con el tiempo esas composiciones paródicas serían elogiadas por nombres como John Ashbery o Robert Hughes.

La traductora italiana Anita Raja, una de las candidatas más firmes a hallarse tras de la misteriosa identidad de Elena Ferrante.

Elena Ferrante

La identidad de la autora de la saga Dos amigas sigue siendo uno de los grandes misterios del mundo literario actual. En 2016, fue identificada como la traductora Anita Raja tras una investigación periodística que fue criticada por atentar a su derecho a la intimidad y al anonimato. Su argumento: los ingresos de Raja por derechos de autor aumentaron en un 150% en un solo año y se compró dos pisos en Roma y una casa en la Toscana. Sin embargo, un estudio realizado en 2017 con un software de inteligencia artificial apunta a otra posibilidad: que el autor fuera el novelista Domenico Starnone, marido de Raja. Según ese informe, era la prosa de Starnone la que guardaba más parecidos estilísticos con los textos de Ferrante, por encima de otros sospechosos de esconderse tras el nombre de la escritora napolitana, como el novelista Marco Santagaya o el ensayista Goffredo Fofi. Raja, la única mujer aspirante al título, quedó segunda por la cola.

(Autor del texto: Álex Vicente, publicado en el suplemento Babelia del diario El País de España)

Margaret Atwood, convicciones, pensamientos y literatura

La escritora canadiense (1939, Ottawa) es poseedora de una extensa obra literaria a sus espaldas y que alcanza a casi todos los géneros literarios. Conocida con suficiencia en los países de habla anglosajona, su nombre se ha hecho masivo al gran público a través de la versión televisiva de su ficción El cuento de la criada.

Ávida lectora desde temprana edad, comenzó a escribir sus primeras historias a los 16 años. Ya mayor y en busca de ampliar sus conocimientos, se graduó en filología inglesa en la Universidad Victoria de Toronto, estudios que con posterioridad complementaría en la estadounidense Universidad de Harvard. Con los años y su experiencia a cuestas, harían que terminase impartiendo clases en la Universidad de la Columbia Británica, en la de Alberta y también en la de Universidad de Nueva York.

Su obra se extiende al ensayo, el relato, la crítica y la poesía, en este último caso, con los compendios Doble Perséfona, El juego del círculo, Historias verdaderas o La puerta. Es autora  también de obras teatrales, guiones para televisión y novelas, de las que ha escrito casi una veintena de ellas, entre las más renombradas: La mujer comestible, Nada se acaba, La novia ladrona, El asesino ciego, Penélope y las doce criadas, y Los testamentos, que conforma la segunda parte de El Cuento de la Criada.

Toda esta pulsión creativa le ha valido reconocimientos de todo tipo, entre otros  el Toronto Book Award, el Commonwealth Literary Prize, el premio Booker y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, siendo su nombre uno de los que desde hace unos años suenan en consideración para alzarse con el Nobel de Literatura.

Mujer solidaria, sus orígenes de clase y sus profundas convicciones democráticas hacen que haya secundado distintas iniciativas, así ha donado el dinero de premios para la defensa de causas ambientales, ha suscripto textos por la libre elección de las féminas en cuestiones de aborto, adhesión por la que ha cosechado elogios y críticas por igual, y ha secundado iniciativas en contra de métodos en la sociedad moderna hacia el denominado trabajo esclavo; en sus palabras, «no dudo en secundar una causa si la considero cierta y justa».

El pasaje a continuación pertenece El huevo de Barba Azul, incluido en su colección de relatos breves Un día es un día, en los que se sumerge entre los afectos y el desgaste que trae la cotidianidad en las sociedades occidentales:

“Sally oye que la puerta de atrás se abre y se cierra. Siente que Ed se acerca, que recorre los pasillos de la casa hacia ella, como un viento suave o una bola de electricidad estática. Se le eriza el vello de los brazos. A veces le hace tan feliz que le parece que está a punto de estallar; otras veces le parece que está a punto de estallar sin más.

   Ed entra en la cocina y ella finge no darse cuenta. La rodea con los brazos por detrás y le besa el cuello. Ella se recuesta, se aprieta contra él. Ahora deberían ir al dormitorio (al salón, incluso al estudio) y hacer el amor, pero a Ed no se le ocurre hacer el amor en pleno día. Sally lee a menudo artículos de revistas sobre cómo mejorar la vida sexual, que le dejan una sensación de frustración o evocan ciertos recuerdos: Ed no es su primer y único hombre. Pero sabe que no debe esperar demasiado de él. Si Ed fuera más dado a experimentar, si le interesara más la variación, sería otro hombre: más astuto, más taimado, más observador, más difícil de tratar.

   El hace el amor siempre igual, una y otra vez, cada movimiento sigue al anterior en idéntico orden. Sin embargo, al parecer eso le satisface. Por supuesto que le satisface: es fácil saber cuando un hombre está satisfecho. Es Sally quien después se queda despierta. Viendo las imágenes que desfilan ante sus ojos cerrados.

   Sally se aparta de Ed y le sonríe.

   -¿Cómo te ha ido hoy con las mujeres? – le pregunta.

   -¿Qué mujeres? –dice Ed, distraído, yendo hacia el fregadero. Sabe a qué mujeres se refiere.

   -Las que están ahí fuera, escondidas entre las forsitias. He contado al menos diez. Están esperando su oportunidad.

   Se mete a menudo con él hablándole de estos ejércitos de mujeres que lo siguen a todas partes, invisibles para Ed pero más claros que la luz del día para ella.

   -Apuesto que se pasean ante la puerta del hospital, esperando a que salgas. Apuesto a que se ocultan en los armarios de las batas y saltan sobre ti desde atrás, y a que fingen que se han perdido para que las lleves por el camino más corto. Es por culpa de la bata blanca. Ninguna de esas mujeres puede resistirse a una bata blanca. Las ha condicionado la serie del doctor Kildare.

   -No seas tonta –dice Ed, sin inmutarse. ¿Le han salido los colores, está avergonzado? Sally examina su rostro de cerca, como un geólogo inspeccionaría una fotografía aérea en busca de señales reveladoras de tesoros minerales: marcas, protuberancias, cavidades. Todo en Ed encierra un significado, aunque a veces resulta difícil concretar cuál.

   Se lava las manos en el fregadero para eliminar la tierra adherida. Dentro de un minuto se las secará con el paño de cocina, en lugar de utilizar la toalla. ¿Hay cierta complacencia en la espalda vuelta hacia ella? Es posible que de verdad existan esas hordas de mujeres, a pesar de que es ella quien las ha inventado. Es posible que de verdad se comporten de esa forma. Ed tiene los hombros ligeramente alzados; ¿trata de ocultar algo?

   -Yo sé lo que quieren –prosigue Sally-. Quieren meterse en esa habitación oscura contigo y subirse a la mesa. Creen que eres delicioso. Te devorarán. Te comerán a cachos. No quedará nada de ti, salvo el estetoscopio y los cordones de los zapatos.

   En otras ocasiones, Ed se reía de las ocurrencias, pero hoy no lo hace. Es posible que Sally haya repetido lo mismo, o algo muy parecido, con excesiva frecuencia. De todas maneras, Ed sonríe, se seca las manos con el paño de cocina y abre la nevera. Le gusta picar.

   -Hay un poco de rosbif frío –dice Sally, desconcertada…”    

«Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quieren oír otra vez. Aquellas a las que se quiere entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive» ( Arundhati Roy El dios de las pequeñas cosas )

La fuerza de una imagen

Un niño refugiado con un libro frente a un contenedor de basura en una calle de Beirut, se llama Hussein, tiene 10 años y huyó con su familia de Siria. En su presente como refugiado en Líbano, junta chatarra para ayudar a llevar comida a la mesa. Una fotografía «accidental» hizo que su vida y la de su familia, dieran un completo vuelco

Crédito: Rodrigues Mghames

Su buzo y el pantalón deportivo que fueron azules tienen una capa de tierra que vuelve todo un poco más gris. La tela rota a la altura de la rodilla no es lo único que está quebrado en esta imagen. Es la foto de un niño que detuvo la tarea de sobrevivir para ser un niño como debe ser, dándose un chapuzón de fantasía y descanso creativo.

El click lo hizo el ingeniero y profesor universitario libanés Rodrigues Mghames, en Beirut. Ni siquiera es fotógrafo, su perfil de Instagram está lleno de selfies, pero tuvo el ojo y la cámara en el momento justo. También el corazón. Lo encontró casualmente afuera de su oficina, hizo la foto, la publicó, habló un rato con el niño y, antes de que se diera cuenta, la imagen se hizo viral en todas las plataformas de redes sociales.

De pronto, esta foto, este chico, pasaron a ser el tema de discusión en los principales medios de comunicación árabes. En solo una captura quedaba reflejada la sed de conocimiento a pesar de toda la circunstancia. Un niño con un libro en un tacho de basura pasó a ser todas las infancias atropelladas por la realidad injusta. La necesidad de escapar para encontrarse en un mundo mejor, creado por palabras, la tragedia que conmovía.

Todo impacto lleva a una acción posterior. En este caso no fue el cambio radical humanitario que hace falta. El foco quedó puesto en el chico. ¿Quién es el niño?, eso es lo que todos querían saber. Y así fue. Se llama Hussein, tiene 10 años y huyó con su familia de Siria. Tuvo que dejar la escuela, la infancia y, en su presente como refugiado en Líbano, junta chatarra y plástico para ayudar a llevar comida a la mesa de su casa.

Esa tarde, Hussein estaba trabajando entre tachos de basura como siempre cuando encontró un libro. Le gusta leer. Habrá sido un reflejo, como el de chapotear al caer al agua, lo que lo llevó a agarrarlo, a aferrarse. Entonces dejó de lado las obligaciones que no debería tener y se sumergió en la lectura. El olor a desperdicios, las paredes graffiteadas, el hambre, todo se fue por un rato. Ni se dio cuenta, no supo en ese momento que le habían tomado una fotografía.

Rodrigues Mghames usa trajes caros, muchos son de color azul, casi brillante. Nada es gris a su alrededor. Transita la otra cara de esa realidad, pero el día que vio al refugiado sirio con el libro algo le hizo clic. Y con su foto, aunque fue pequeño, algo cambió.

Más tarde, en una de las cientos de entrevistas que dio, dijo: «Cuando salía de la oficina para ir al taller me llamó la atención un niño leyendo un libro al borde de un tacho de basuraLe tomé una foto y la publiqué en mi página de Instagram. No fue hasta que nos sentamos a almorzar juntos que me di cuenta de cuánto le gustaba leer en realidad».

Xposure es un festival internacional de fotografía que se hace en Emiratos Árabes Unidos y se describe en su página como “una plataforma educativa y de imágenes”. En su sexta edición, en el suntuoso Expo Center Sharjah, anunció que iban a patrocinar, en cooperación con la organización humanitaria The Big Heart Foundation (TBHF), la educación de Hussein hasta la escuela secundaria.

“Esta imagen refleja un mensaje clave adoptado en Xposure sobre el poder inherente de la fotografía como fuerza para el bien y su capacidad para marcar la diferencia en la vida de las personas y las comunidades”, dijeron desde el festival, que además homenajeó a Rodrigues Mghames durante la ceremonia de apertura, en “reconocimiento por su papel al compartir la historia de Hussein con el mundo”, anunciaron.

Al festival lo organiza la Oficina de Medios del Gobierno de Sharjah (SGMB). Su Director General, Tariq Saeed Allay, con la foto de Hussein leyendo en la basura proyectada detrás, dijo: “Al destacar sufrimientos e injusticias, la fotografía le da al mundo una idea de las diversas condiciones de las personas”.

Y explicó que con este apoyo para la educación del niño sirio, espera que se envíe el mensaje de que “el papel de la fotografía va más allá de observar y documentar la realidad, para convertirse en una herramienta de cambio”.

A TBHF, que tiene base en los Emiratos Árabes Unidos, lo dirige una mujer, Mariam Al Hammadi. Y en el salón poblado mayormente por hombres, subió al escenario y dijo que la misión central de su organización es proteger y empoderar a los niños vulnerables y a sus familias. “Creemos que el conocimiento y la educación son fundamentales para cambiar la vida de las personas y nuestro objetivo es ayudar a satisfacer la pasión de Hussein por la lectura”, anunció.

Sharjahno es un emirato de los siete que componen Emiratos Árabes Unidos, que, aunque siempre fue más conservador que su vecino del sur, Dubái, es considerada la capital cultural de la nación. La ceremonia de Xposure, en el Expo Centre, fue elegante y austera, en un salón impecable. No estaba Hussein, que sigue en Beirut y ya comenzó la escuela. Es un final feliz, parcial, individual, en donde una foto cambió una historia. Aún falta mejorar las vidas de miles de niños refugiados en todo el mundo.

(El texto pertenece a Daniela Pasik y fue publicado por el diario argentino Clarín)