Literatura en la infancia: un abrigo contra la intemperie

(Foto: Annushka Ahuja)

Vamos a imaginar que los discursos sobre infancia y literatura son como las capas sucesivas que van formando a una cebolla. Empezamos por las capas exteriores, que son nutritivas, sin duda: hemos leído, escrito, enseñado muchas veces que los nenes y las nenas que crecen escuchando cuentos hablan más, antes y mejor.

Se apropian intuitivamente de la estructura narrativa y son capaces de inventar historias, tanto como de narrar sus experiencias personales. Desde los dos años saben cómo comenzar y finalizar un relato (Había una vez…, Fin), cómo articular entre sí los hechos a través de palabras como: entonces, al final, pero, por eso.

Tienen más vocabulario y nos sorprenden con palabras y giros de los que se han apropiado, tomados del cuento o de la canción, de la rima o la retahíla. Más allá de estas primeras capas, nos adentramos en la cuestión –no menos importante- de lo imaginario. Cuando el adulto narra un cuento o abre un libro para leerle, el niño o la niña se ubica en la posición de escucha y traspasa un umbral que señala el límite entre la realidad cotidiana y un mudo otro, donde el lenguaje funciona de una manera diferente y las cosas ocurren según una lógica distinta. Se establece el pacto ficcional, que podríamos definir como la posibilidad de creer lo que se nos cuenta –siempre que esté bien contado- al menos mientras transcurre la experiencia de escuchar, entrar y salir de esos mundos e ir progresivamente construyendo las nociones de ficción y realidad.

Esta posibilidad de entrar en la ficción la creemos a veces algo natural y no lo es: se ha ido construyendo a través de experiencias que se repiten como rituales: el cuento antes de dormir, el juego para hacer cosquillas, el disparate y la exageración, el humor incorporado a la vida cotidiana. Cuando estos rituales no han estado presentes, el sujeto se constituye con una discapacidad que no será irreversible, pero es difícil de remontar.

Y ahí tenemos a púberes y adolescentes, y aún adultos, que entienden el lenguaje como algo que sirve solamente a los fines prácticos de transmitir órdenes e información, y que se sienten en conflicto frente a cualquier manifestación que se salga de lo utilitario. Un ejemplo muy claro es el ejemplo del adolescente que, ante un cuento en cuyo desenlace se revela que el narrador es una pelota de fútbol, protesta: “Profe, ¡las pelotas no hablan!”. Anécdota que revela tremenda carencia, si tenemos en cuenta que el animismo está presente en casi toda la literatura que se dirige a la infancia.

Una capa más de la imaginaria cebolla nos proyecta hacia el porvenir: en la escucha se va construyendo el lector/la lectora del futuro. Y es que la actitud lectora consiste, básicamente, en el intento de atribuir sentido a un texto, a una imagen. Poco importa si el/los sentidos que construye no coinciden con los que el adulto le atribuye a ese texto. Es lo que cada quien descubre, de acuerdo con su edad, con su historia, con sus experiencias. En este punto, nos remitimos al libro-álbum Caperucita Roja (tal como se la contaron a Jorge). En él podemos ver cómo, mientras el padre le cuenta a Jorge la tradicional historia, el chico se imagina otras cosas. “¡En ese momento, apareció un cazador!”, dice el padre, mientras Jorge se imagina a este personaje con traje de superhéroe, un arma intergaláctica y la cara y los lentes de su progenitor. He ahí un lector que no vacilará en “hacerse su propia película” cuando se enfrente a una novela, por ejemplo (1).

Seguimos quitando las delicadas telas de la cebolla –que no nos hace llorar porque es metafórica- y llegamos al centro de la cuestión: la literatura (pero también el cine y otros objetos culturales) nos ofrecen, precisamente, metáforas. Dice la filósofa María Zambrano que uno de los problemas del mundo actual es “la falta de metáforas vivas y actuantes”(2).

Tal vez resulte útil recordar que desde diversos campos del saber (el psicoanálisis, la antropología, etc.) se postula que el ser humano está atravesado por experiencias de la intemperie, como la muerte, el abandono, la enfermedad, el desarraigo. Quien haya pasado por alguna de ellas puede enfermar –física y/o psicológicamente- si no logra, por sí mismo o con ayuda, transferir esa experiencia nefasta al plano de lo simbólico: convertirla en palabras, en relatos, en dibujos, en material para sus juegos o para la expresión artística. Lo terrible, a fuerza de ser simbolizado, dramatizado, repetido cuantas veces sea necesario, comienza a perder poder destructivo, se va domesticando.

Las historias, nos dice Michèle Petit, nos ofrecen material para metaforizar nuestras experiencias más negativas. Y nos cuenta acerca de Ridha, una jovencita argelina que lucha por hacerse un lugar en París, su destino de inmigrante. En la biblioteca a la que concurre, una bibliotecaria ha leído en voz alta El Libro de la Selva, de Rudyard Kipling. Y Ridha dice: “Me gustaba porque El Libro de la Selva es un poco la historia de cómo arreglárselas en la jungla. Es el hombre que por su ahínco acaba siempre por dominar las cosas. El león es tal vez el patrón que no quiere darte trabajo o la gente que no te quiere, etc. Y Mowgli se construye una cabaña, es como su hogar, y de hecho pone sus marcas. Se crea sus linderos” (3).

Pero la necesidad de relatos que nos permitan simbolizar lo que nos pasa no atañe solo a quienes son víctimas de situaciones extremas, como el desarraigo. Una visión idealizada de la infancia nos puede llevar a pensar que se trata de una etapa feliz, protegida, sin grandes problemas. Al menos para el sector de niños y niñas que no están privados de sus derechos. Sin embargo, todos atraviesan conflictos que implican una cuota, mayor o menor, según los casos, de sufrimiento: el temor al abandono, a la muerte de los padres, a la propia muerte, a la separación de los seres queridos, al rechazo (que asume a veces la forma del bullying), son frecuentes y se expresan en trastornos del sueño, problemas alimentarios, vínculos conflictivos, ansiedad y estrés.

Es difícil que chicos y chicas hablen abiertamente de lo que les pasa. A veces no está demasiado claro ni siquiera para sí. Pero ocurre muchas veces que una historia, un personaje, ayudan a expresar en forma de metáfora lo que nos perturba. Tal vez esa sea una de las razones del éxito de los relatos de terror. En definitiva, como dijera Bruno Bettelheim, qué importa que en el cuento aparezca la bruja si al final va a ser derrotada y arderá en el horno: ella y no sus pequeñas víctimas, que son quienes logran el triunfo, como se nos cuenta en Hansel y Gretel (4).

Para finalizar, contaré la historia que Teo (siete años) escribió, dibujó y explicó a sus abuelos: “Soy un niño de otro planeta. El planeta de donde vengo se llama Tamarán. Pero ahí solo viven los chicos. Cuando se hacen grandes, se van a otro planeta que se llama Aramat. Y cuando se hacen viejitos viene un monstruo y se los come.” ¿Qué más se puede decir? Todo está dicho a través del metafórico monstruo: lo que pasa con las personas, lo que es inexorable y hay que resignarse a aceptar.

Llegamos al final de la cebolla imaginaria y solo nos queda el agradecimiento hacia los mundos de ficción y quienes los acercan a la infancia. Estamos construidos de relatos, antes que de células o de átomos. Por eso, que las historias sigan rodando y que –como quería Barthes- no se detenga el susurro del lenguaje.

  • 1-Pescetti, Luis María y O’Kif (ilustrador) (2007) Caperucita Roja (tal como se la contaron a Jorge). Buenos Aires, Alfaguara Infantil.
    2-López, María Emilia (2018) Un pájaro de aire. Buenos Aires, Lugar Editorial.
    3-Petit, Michèle (1999) Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura. México, Fondo de Cultura Económica.
    4-Bettelheim, Bruno (1975) Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Madrid, Grijalbo.

<El texto pertenece a Elena Stapich, integrante de la ONG Jitanjáfora. Fue publicado en el diario La Capital de Mar del Plata, Argentina>

Los libros de Manuela Carmena

Pertenece a esa rara clase de políticos que pueden viajar en transporte público sin sobresaltos. Respetada por propios y por muchos de sus ajenos no es una afamada autora de ficción, aunque en su momento haya puesto en sus escritos los puntos y las comas en más de una sentencia. Sus antecedentes personales certifican que desde muy joven ya participaba de los movimientos estudiantiles de la Transición, y que luego, una vez graduada en leyes, decidió desempeñarse como abogada laboralista. De allí a jueza, y después a presentarse en las elecciones municipales para concejal, hasta alcanzar luego el puesto de alcaldesa de la capital española. Hoy, alejada de la función pública, sigue siendo una lectora empedernida, con una amplia variedad de registros en cuanto a preferencias se refiere. En el siguiente vídeo habla de ello, de sus experiencias con el mundillo de la política, y también de los porqués de sus predilecciones literarias:

David Sedaris, por más domingos

Escribe de lo que sabes o al menos de aquello que conoces; norma no escrita aunque respetada y seguida por muchos autores de prestigio. A esta regla se ha ceñido el autor estadounidense (Johnson City, Nueva York, 1956) para componer la mayoría de sus relatos, plenos de comicidad e ironía, donde se ven reflejados los hechos y las particulares relaciones que se dieron con cada uno de los componentes de su familia de origen.

Lejos quedan ya los momentos en que leía sus textos a pequeños auditorios, momentos en los que fue descubierto y tentado a participar en emisiones de radiofonía. Poco hubo de transcurrir para que fuera contratado por una editorial, y de allí para que sus escritos pudieran trascender al público con renovado éxito en un soporte de papel. Aun así, admite que sigue siendo amante del contacto directo, por lo que no deja de hacer giras para disfrutar del trato más íntimo y cercano con el público.

Desde hace unos años residente en Sussex, Inglaterra, la disfuncionalidad de su familia compuesta por cinco hermanos, sumada a la complicada relación personal con sus padres, fue un aliciente para que tomara distancia de ellos y también para hacer de él un viajero persistente por muchos estados de su país natal. Hecho que le permitió acopiar distintas experiencias de vida, casi siempre embarcado en ocupaciones de poca trascendencia. Hasta que le llegó la oportunidad de recalar en el Instituto de Arte de Chicago que, en cierta manera, le permitió canalizar ‘eso´ que le hacía mantenerse movilizado y en incesante búsqueda.

Luego su evolución fue constante, variable y catártica. Hoy sus principales trabajos en el ámbito literario llevan títulos como Holiday on ice; The talk pretty one day; Vestido de domingo; Cuando te envuelvan las llamas o Calypso. A los que hay que sumar otros en el género del ensayo y también en textos teatrales. Obras por las que ha alzado con el Premio de Sátira y Humor de los Estados Unidos, y ha sido galardonado también con la Medalla Americana de la Academia de las Artes. Además, de ser premiado como humorista del año por la revista Time.

De su publicación Vestido de domingo, el texto correspondiente a Hégira, donde saca provecho de hechos que, a pesar de su comicidad, no dejan de tener una variable reflexiva:

“No fue algo que tuviera planeado, pero a los veintidós años, después de abandonar a medias mi segunda carrera y cruzar el país varias veces, me encontré de vuelta en Raleigh, viviendo en el sótano de casa de mis padres. Tras pasar seis meses despertándome al mediodía, colocándome y escuchando el mismo disco de Joni Mitchell una y otra vez, mi padre me hizo ir a su estudio y me dijo que me largara. Estaba sentado, con el aire formal, en una gran y cómoda silla que tenía detrás de su mesa de despacho y me sentí como si estuviera despidiéndome del empleo de ser su hijo.

   La verdad es que me lo esperaba y, para ser sincero, no me molestó mucho. Tal y como lo veía, ser echado de casa era justamente lo que necesitaba si quería volver a valerme por mí mismo.

   -Bueno-dije-. Me iré. Pero algún día lo lamentarás.

   No tenía ni idea lo que quería decir con esto, pero me pareció que era la clase de cosa que alguien debe decir cuando es expulsado del hogar.

   Mi hermana Lisa tenía un apartamento cerca de la universidad y dijo que podía instalarme allí, siempre y cuando prescindiera del disco de Joni Mitchell. Mi madre se ofreció a llevarme y, después de un poco de fumeteo con mi narguile, acepté. Era un trayecto de quince minutos al otro lado de la ciudad, y por el camino escuchamos la retransmisión repetida de un show radiofónico en el que la gente llamaba al presentador para describir las distintas variedades de pájaros que se apostaban en los comederos de los patios. Normalmente emitían ese programa por la mañana y era raro oírlo por la noche. Los pájaros en cuestión debían de haberse acostado hacía horas y probablemente no tenían la menor idea de que seguían siendo tema de conversación. Me lo tragué, preguntándome si alguien allá en mi casa estaría hablando de mí. Hasta donde yo sé, nadie había intentado nunca imitar mi voz o describir la forma de mi cabeza, y resultaba deprimente pasar tan desapercibido cuando había tanta gente dispuesta a disertar durante horas sobre un gorrión.

   Mi madre se detuvo frente al edificio donde vivía mi hermana, y cuando abrí la puerta rompió a llorar, algo que me preocupó, ya que no solía hacer este tipo de cosas. No se trataba de ese rollo de <Te voy a echar de menos>, sino de algo más triste y más desesperado. No lo supe hasta meses más tarde, pero mi padre no me había echado de mi casa por ser un vago sino porque era gay. Se suponía que nuestra breve charla iba a ser uno de esos momentos que determinan la vida adulta de una persona, pero la palabra más importante del discurso lo ponía tan incómodo que la había obviado por completo, limitándose a decir: <Creo que ambos sabemos por qué lo hago>. Supongo que podría haberlo obligado a definirse, pero no vi la razón. <¿Es porque soy un fracasado? ¿Un drogadicto? ¿Una esponja? Vamos, papá, dame solo una buena razón>.

   ¿Quién querría decir eso?

   Mi madre asumió que yo sabía la verdad y eso la destrozó. Ahí se produjo otro de esos momentos definitivos, y de nuevo volví a perdérmelo. Lloró hasta que pareció que se ahogaba.

   -Lo siento -decía-. Lo siento, lo siento, lo siento.

   Imaginé que en unas cuantas semanas yo tendría un trabajo y algún apartamento diminuto y asqueroso. No me parecía tan difícil, pero las lágrimas de mi madre despertaron en mí el temor de que conseguir esas cosas fuera algo más duro de lo que pensaba. ¿En serio creía que yo era un desastre tan absoluto?

   -Estoy bien -dije-. De verdad.

   La luz del coche estaba encendida y me pregunté qué pensarían los conductores que pasaban al ver sollozar a mi madre. ¿Qué clase de gente creerían que éramos? ¿Acaso pensarían que era una de esas mamás lloronas que se desmoronaban en cuanto alguien volcaba una taza de café? ¿Asumirían que algún comentario mío la había herido? ¿Nos verían solo como a otra madre llorona y su hijo, colocado y gay, sentados en un coche y escuchando un programa de radio sobre pájaros, o imaginarían, solo por un instante, que éramos especiales..?”   

«Qué tenía? ¿Qué pasaba en aquella cabeza cerrada. Cuando había permanecido así dos o tres horas frente a él, se sentía enloquecer, dispuesta a huir, a escaparse al campo, para evitar aquel mudo y eterno mano a mano, y también un vago peligro que ella no sospechaba, pero que sentía»

Lienzo: Dos seres humanos, de Edvard Munch

Texto: El huérfano, de Guy de Maupassant

Contra la censura: el premio que invita a escribir sobre libros prohibidos

En tiempos de renovadas exclusiones, ha surgido una iniciativa en los Estados Unidos que busca remediar la denominada «cancelación literaria» que sufren algunas obras

La censura continúa atacando la cultura. Esta vez, es la fragilidad que proyectan las redes sociales, así como la ambición por el correctismo, lo que está perjudicando diferentes obras culturales que, históricamente, se han valorado por su calidad y aportación intelectual. Ocurre con los libros: no son pocas las obras literarias que se han visto canceladas, censuradas o reescritas por incluir en ellas aspectos que podrían ofender a ciertas personas. Es decir, se han llegado a modificar palabras de grandes escritores de nuestra historia, sin atender a la comprensión de la diferencia de contextos históricos y sociales, sin entender que se debe conocer el pasado en todas sus circunstancias para poder enfrentarnos con más fuerzas al futuro. Pero no solo afecta esto a obras pasadas, sino también actuales, que pueden verse silenciadas por las historias que narran, o bien por la condición de su autor o autora. Pues bien, como forma de contrarrestar estas censuras, ha surgido una iniciativa que busca apoyar a este tipo de libros, con tal de que no caigan en el olvido en su concepción original. La editorial Penguin Random House ha lanzado un nuevo premio de escritura en Estados Unidos, y su objetivo es el de celebrar la libertad de expresión en respuesta al aumento de las prohibiciones de libros en todo el país.

<Texto de Sofía Campos, reproducido en el diario La Razón de España>

(Retrato de Gertrude Stein, por Pablo Picasso)

«Todos tememos a la muerte y buscamos nuestro sitio en el universo. La tarea del artista no es sucumbir a la desesperación, sino buscar el antídoto para el vacío de la existencia» (Gertrude Stein)

Ida Vitale, poesía, prosa y vida

(Semanario Brecha)

Ante todo y puestos a sopesar, más de una de las experiencias de vida por las que transitó la escritora uruguaya (Montevideo, 1923), daría sustento para una larga novela. Aunque lo suyo dentro del ámbito de las letras se enmarca más en géneros como la poesía, la prosa, el ensayo, la crítica y la traducción literaria. Escritos que, en su larga y exitosa relación con la ficción y la no ficción, le llevaron a recibir distintos reconocimientos y galardones: Premio Alas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y, finalmente, el Premio Miguel de Cervantes.

Proveniente de una familia de alto nivel cultural, por lo que no fue de extrañar que la autora tomara la determinación de inclinarse por el estudio en el campo de las humanidades. Luego, una vez graduada, se entregó a la enseñanza, y también a escribir para distintos medios, como el diario Época, el semanario Marca, o las revistas como Clinamen o Mardoror.

Eran momentos en que la mayoría de países de Latinoamérica se encontraban bajo el mando de gobiernos militares, y Uruguay no escapaba a esa tendencia general. Fruto de ello y al oscurantismo al que se vio sumido el país del Plata, hizo que muchos intelectuales y librepensadores de toda clase y condición vieran en el exilio una puerta de escape: “El último que se vaya que apague la luz”, decía una pintada en los muros del aeropuerto capitalino de Carrasco. México fue el lugar elegido por la autora y su esposo, país donde permanecerían diez años.

Luego de esa experiencia y tras un breve retorno a su ciudad natal, se decidió por una nueva emigración, esta vez sería hacia la estadounidense ciudad de Austin, en el sureño estado de Texas. Ciudad que la vio residir durante largas tres décadas y en la que realizó una parte importante de su producción literaria. Al respecto, algunos de los títulos a destacar en su poesía los encontramos en los compendios La luz de la memoria o en su Poesía reunida. Mientras que en cuanto a prosa son de mencionar sus textos Léxico de afinidades, De plantas y animales, Donde vuela el camaleón o Shakespeare Palace, por nombrar unos pocos.

Ida Vitale en conjunto con otros tantos autores iluminaron las letras de una manera destacada. Los que, por la importancia y el aporte que hicieron a la cultura, fueron agrupados bajo la denominación de la Generación del 45. Personajes de la importancia de Zenobia Camprubí, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño, Emir Rodríguez Monegal o Mario Benedetti, nombres que aún hoy mantienen una vigencia incontestable.

De Donde vuela el camaleón los textos a continuación, en los que navega de manera libre por la riqueza del idioma. Trazados con una prosa por momentos descriptiva y a veces onírica, los suyos son escritos que no pierden vigencia alguna cuando gozan de completa atemporalidad:

Los juegos de la ira

Primero todos intercambiaban con él el pan y la sal. Después manifestaron, torvos, que él había dejado de merecer el pan. Que quizás nunca lo había merecido. Y se lo suprimieron. Él esperaba, sometido a la lógica, que le fuera retirada la sal, ahora inútil. Pero un día vinieron, uno tras otro, minuciosos y acordados, lo estaquearon y desgarraron parte de su piel. Luego extendieron sobre las heridas toda la sal a la que tenía derecho, retirándose con la perversa seguridad de que no le sería posible acusarlos de ese pecado tan denostado, la avaricia.

Una nube oscura

Es posible imaginar una nube oscura cuya estratificada o cumulosa sustancia, al abultar un día, oscura, sobre el horizonte de una ciudad, llegue a cambiar el destino de alguna criatura, al menos, de las que en ella viven.

   La ciudad podría a ser de esas -todavía las hay- con la bendita cualidad de gozar de un cielo limpio, ya porque la pobreza de sus habitantes no dispone de esos beneficios de la civilización que tanto ayudan a vivir a algunos como a morir a muchos, ya porque en régimen de vientos oportunos limpie velozmente los estragos del hombre en el aire.

   En ese caso, la sombra inesperada y la opresión que baja desde el gris que se asienta donde no se lo espera, al caer sobre deprimidos o violentos, los puede precipitar a la torpeza de un gesto sin retorno.

   Atento a la luz que acompaña a su espíritu, quizás algún raro dichoso note el cambio. Solo los que están en paz con ellos mismos destinan un poco de esa paz a percibir signos exteriores, a rastrear posibles bellezas, aunque oscuras.

   Otros, los limitados otros, no se enterarán de los poderes que de la forma y el color de esa nube emanan. Viven sin mirar nunca hacia el cielo, acostumbrados a no esperar que desde la altura, algo modifique sus desdichas, ni siquiera por un momentáneo olvido de ellas.

   Pero esa nube bien podría influir de modo muy decisivo sobre alguien, por no tratarse de una nube corriente, nacida de normales evaporaciones del agua de ríos, de lagos o de mares, sino originada en un excepcional flujo de lágrimas. Aunque no de modo muy público, hay siempre una profusa producción de lágrimas. No todas son de la misma calidad, como es natural. Algunas vienen de un dolor legítimo, por la muerte de un ser querido o por sus tribulaciones, por catástrofes reales compartidas con generosidad y aun por esa indignación honesta y tumultuosa que sale al paso en vano del mal que se ha vestido de Caperucita Roja. Producen una evaporación más fina y nubes más exquisitas y comprensivas. Absorben desde arriba ciertos duelos, incluso desfilan y distribuyen, vertiéndolos allí donde son necesarios, donde hay almas áridas que requieren aunque sea una leve pulverización humectante. También existen llantos un poco grotescos, los de la vanidad herida, por ejemplo, pero si hay escasez todo se aprovecha.

   Pobre de aquel territorio donde la nube oscura no vigila el equilibrio humoral. Las almas yermas se adensan, cobran peso y, aunque casi rocosas, adquieren el poder expansivo, la condición sabida de la bola de nieve. Todo a su alrededor se vuelve declive y pueden devastar la planicie afectada.

Zoofilia

La señora que ama mucho a los animales vive en una casa carente del encanto de animal alguno. Cada vez que se siente próxima a sucumbir ante la gracia de una víbora, cada vez que piensa en la utilidad innegable de tener un paquidermo incipiente en el jardín, no puede menos que imaginar la segura envidia de sus vecinos y sus desagradables consecuencias. También se representa de manera vívida las modificaciones a que debería someter su vida para recibir el animal de sus afectos.

   Es posible que su afición provenga de lecturas mitológicas, hechas con exceso de gravedad e inocencia, sobre el inagotable tema de las metamorfosis abusivas de Zeus, cuyo ardoroso zumo perseguía por la sediente geografía griega los cuerpos juveniles donde poder multiplicar la especie en peligro de extinción de los semidioses.

   De todos modos, ella no logra olvidar la facilidad con que cambian de amos algunas especies, célebres por su lealtad a los hombres. Y como en un tiempo se vio forzada a cegar a la lechuza, por haber querido sorprender en ella una mirada desconforme, un rastreo selectivo a izquierda y derecha, una búsqueda evidente de nueva independencia. Y también cómo, muy a su pesar, debió obstruir las narices de un cusco hambriento, arrastrado a diario por el olfato hacia casas desde donde salían las avanzadillas de olores afectuosos. Sobre todo le duele la memoria de su adorada Capitú que, Casandra gatuna quizás, desapareció sigilosa una noche sin dedicar ni siquiera un miau a sus llamadas y a la que descubrió días después tras la ventana de una sala, desde cuya calidez la ignoró con patente descaro.

   Luego de tantas traiciones sucesivas, la señora vive rodeada de trampas antirroedores, de insecticidas y de telas que espantan a los gorriones con la ayuda del viento. Eso sí, a medida que se priva, crece su nostalgia por lo ejemplares maravillosos en donde se multiplicó la fantasía de la Creación. Vuelve a representarse cambios bienaventurados en revoloteo sobre su vida áptera. Ya no le bastan las criaturas que están al alcance de todos o con las que cualquiera podría intimar en los zoológicos e imagina exclusividades imposibles. En su delirio se convence de que no le sería tan difícil viajar a Australia. Por más que le insisten en que está por completo extinto, aunque el Victoria and Albert Museum exhiba embalsamado un grande y tristísimo ejemplar, alegato contra una indefendible ineptitud del hombre como guardián del mundo, ella está segura de que en aquel continente semidesértico, semiboscoso y que el interés posesivo de su habitantes no logra someter del todo, sobrevive en algún recoveco y la espera, blando y necesitado de protección, el dodo.

«Crecí con voluntad propia, entregado a los más extravagantes caprichos, y víctima de las más incontrolables pasiones. Pobres de espíritu, mentalmente débiles y asaltados por enfermedades constitucionales análogas a las mías, mis padres poco pudieron hacer para contener las malas predisposiciones que me distinguían»

Óleo: Baco enfermo, de Caravaggio

Texto: del relato William Wilson, de Edgar Allan Poe

Más vivo que nunca, Joaquim Machado de Assis

Hay quienes dicen que el autor de «Don Casmurro» es el mejor escritor de habla portuguesa, y también los que opinan que es uno de los mejores latinoamericanos. De hecho, la importancia de la variedad de los textos que publicó en sus casi 50 años de carrera literaria, hacen que sean de estudio en las escuelas del país sudamericano

Machado de Assis murió hace 115 años, pero está más vivo que cualquier otro escritor brasileño. El legado del autor difunto, al igual que la bossa nova o Pelé, transmite al mundo la identidad utópica que tanto anhelamos: la apropiación creativa y desinhibida que convierte la cultura de los grandes centros hegemónicos en algo único, explosivo y brasileño.

Algunos ejemplos recientes confirman este fascinante atractivo machadiano. En 2020, una nueva traducción de «Memórias Póstumas de Brás Cubas» en Estados Unidos se agotó en solo un día. El año pasado, dos novelas brasileñas elogiadas llevaron al escritor a los dilemas del siglo XXI («A Vida Futura», de Sérgio Rodrigues, y «Homem de Papel», de João Almino).

En septiembre del pasado año, el portugués Ricardo Araújo Pereira lanzó un podcast sobre humor cuyo título, «Coisa Que Não Edifica Nem Destrói», proviene de una definición de Brás Cubas para sus memorias; y a fines de octubre, un congreso en Roma, «Machado de Assis: A Complexidade de um Clássico», reunió a investigadores de Brasil, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Portugal y Alemania.

En general, la afirmación de su negritud ha abierto nuevas interpretaciones en las últimas dos décadas.

De alguna manera, todos estos puntos están relacionados con el principal proyecto editorial del año en el país. La editorial Todavía, en colaboración con el Instituto Itaú Cultural, acaba de publicar una colección con todos los libros que Machado publicó en vida.

<El artículo pertenece a Marco Rodrigo Almeida, y fue reproducido en el diario A Folha de Sao Paulo, de Brasil>