Laetitia Colombani, el vuelo de los sueños

Quien se sumerja en la biografía de la autora francesa (Burdeos, 1976), tendrá la impresión que las situaciones en su vida se fueron produciendo como una lógica sucesión de eventos. En primer lugar, se dio a conocer en su rol de actriz con la aparición en una docena de películas (La mujer de los chocolates; La madre; La psicoanalista de gatos), luego decidió ponerse detrás de las cámaras para desempeñarse como directora en otros tantos filmes: Una flor para María; Algunas palabras de amor o La directora de cásting. Así que fue una lógica casi matemática que se decidiera a escribir sus propias historias, para depurarlas luego como guionista para llevarlas nuevamente a la pantalla.  

Bien es cierto que su nombre se dio a conocer en su país natal, y que luego haya traspasado fronteras a través de su primera y exitosa novela, La trenza. Texto que alcanzó la nada fácil cifra de dos millones de ejemplares vendidos, que la llevó a ser traducida en más de cuarenta idiomas, y que tuvo su realización cinematográfica.

La repercusión alcanzada la llevó a su segunda obra de ficción, Las vencedoras, y después a una tercera, El vuelo de la cometa. Donde sitúa la trama en una sociedad de inmensos contrastes como la india en la que, sosteniendo el título honorífico de ser el país más poblado de la Tierra con sus más de mil doscientos millones de habitantes, vive enredada en su propia telaraña, atrapada férreamente por unas tradiciones milenarias que la condicionan y le impiden progresar en conjunto como civilización. 

En otro orden, son muchas las oportunidades en que se hace mención de que el escritor es prisionero de las sempiternas ideas que le llevan a escribir una y otra vez la misma historia. Si en el caso de la Colombani se siguiera al pie de la letra este enunciado, sus obras literarias se alimentarían de temas como la inequidad, la carencia de justicia, la discriminación, y la lucha del ser humano para sobreponerse en su ámbito a todos estos impedimentos. Sugiriendo siempre como bandera el concepto de la solidaridad para avanzar con los demás, dicho de otra manera, como indispensable punto de esperanza para prosperar como individuos.   

De El vuelo de la cometa, el pasaje a continuación. Ficción en que la autora, con una escritura despojada de todo artificio, hilvana una historia entrañable y cargada de intensidad. En la que relata el encuentro fortuito y la lucha de tres mujeres de distinto origen, edad y condición:   

                                                                          Mahabalipuram, Tamil Nadu, India

La escuela acaba de abrir sus puertas. En el aula, Léna contempla con el corazón palpitante a los niños sentados ante ella. Está tan conmocionada como el día que entró por primera vez en un instituto como profesora, poco después de cumplir los veintidós. Aquí el alumnado es muy distinto y el escenario también. Los niños tienen entre seis y doce años: un solo grupo, ese primer año. El suelo está cubierto de alfombras nuevas. Las paredes recién pintadas están a la espera de los mapas y carteles con letras y símbolos matemáticos que los profesores sin duda colgarán. Por el momento, el único adorno es el colorido mandala pintado al fondo del aula. La pared de delante está presidida por una pizarra impoluta. Entre los escolares se encuentra Lalita. Con sus ojos negros y sus trenzas, está muy guapa con el uniforme nuevo, del que parece sentirse muy orgullosa. Como sus compañeros, no aparta la mirada de Léna, que se presenta a los alumnos: es la directora y la profesora de inglés. A continuación, toma la palabra Kumar: será su profesor a lo largo de todo el curso. Por último, habla Preeti, a quien la mayoría ya conoce. Se encargará de impartir de impartir educación física y un poco de defensa personal.

   Los alumnos los miran sin hacer el menor ruido. La mayoría parecen asustados, y se diría que Sedhu, el más pequeño, está absolutamente aterrorizado, Se ha sentado cerca de la puerta y se echa a temblar cuando Léna hace el ademán de cerrarla. Como si temiera que una amenaza invisible pudiera arrojarse sobre él y necesitara estar preparado para huir en cualquier momento. Comprensiva, Léna deja la puerta abierta, al menos por ese día. Ninguno de aquellos niños ha ido nunca a la escuela. Ignora qué habrán oído o qué les habrán contado. Sabe que en la India los maestros suelen pegar a sus alumnos, sobre todo si son de baja extracción social. Para tranquilizarlos, les dice que allí nadie los golpeará jamás. Los niños la escuchan entre asombrados e incrédulos.

   Al día siguiente, se repite la misma situación. No hay manera de cerrar la puerta sin que a Sedhu le entre el pánico. Al cabo de unos días, Léna reúne a las familias en el patio, bajo el baniano. Les dice que algunos niños están aterrorizados y que así no se puede trabajar. Deben hacerles comprender que en la escuela nadie los maltratará. En el grupo, todos parecen sorprendidos. La madre de Sedhu, una chica de apenas veinte años que ya tiene cuatro hijos pequeños, toma la palabra para protestar: Léna sólo conseguirá que la hagan caso a golpes, asegura.

   -¡Tienes que pegarles!- insiste.

   Más que permiso, le da su bendición para golpear a Sedhu. Los demás asienten y abundan en la misma opinión. Léna pide silencio y continúa hablando con voz tranquila: en su país no se pega a los alumnos. Hay otras maneras de enseñar. Ella, en veinte años de carrera, no le ha puesto la mano encima a nadie, y no piensa empezar a hacerlo ahora. Mostrando su escepticismo, la madre de Sedhu resopla ruidosamente y reúne con un mismo gesto a sus cabras y a sus hijos, desperdigados por el patio.

   -Haz lo que quieras -concluye alejándose-. Pero así no conseguirás nada.

   Léna se queda atónica. No puede culpar a aquellos padres, herederos de una educación basada en el miedo y en los golpes. Para pegarle a un niño basta un segundo; para conseguir su confianza, se tarda mucho más. Sabe que tendrá que armarse de paciencia si quiere ganarse al pequeño y a sus compañeros, si quiere crear una relación basada en el respeto y la reciprocidad. La puerta del aula seguirá abierta el tiempo que haga falta. No importa si de vez en cuando entra un perro callejero para mendigar comida. Un día, en mitad de la clase de inglés, Sedhu se levantará por iniciativa propia y la cerrará. Ella no dirá nada, no hará ningún comentario, pero sabrá que ha obtenido una victoria, que ahora sus alumnos comprenden que a su lado están seguros. Esa puerta cerrada será la prueba de que le han concedido su confianza, la confirmación de que la escuela les ofrece algo más que educación: un oasis de calma y de paz, lejos de la dureza del mundo.

   Convencer a los padres costará más. Erradicar costumbres tan arraigadas no es fácil. Léna se empleará a fondo día tras día, con perseverancia y voluntad. Cada golpe evitado es un paso adelante, se dice. Un pasito de nada, pero esencial…”

«Bastaría un instante. Cuando él desatara su abrazo, sentiría así como la sensación de haber matado algo y ni siquiera la pasión aportaría una circunstancia atenuante puesto que, bien mirado, no es que la deseara. En todo caso no la deseaba más que a cualquier otra»

Composición fotográfica: Amina

Texto: del Cuento azul de Marguerite Yourcenar

Libros que son alimento mental

(Pixabay)

Recuerdo que años atrás, en una Feria Internacional del Libro llevada a cabo en Guadalajara, le preguntaron al político y ex presidente de México, Enrique Peña Nieto, cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Y más que tres libros que marcaron su vida, lo que lo marcó de por vida fue la respuesta que dio, pues no supo decir con precisión ninguno. Ya vemos, los libros siempre marcan.

El mundo del libro es de una profundidad difícil de igualar. Al ser obra del espíritu, habla sobre el espíritu y lo refleja. Un libro, de algún modo, es parte de un espíritu atrapado en el tiempo. De ahí la importancia que reviste su contenido, pues según como sea éste último, continuará haciendo bien o mal, en tanto y en cuanto aún existan las hojas que lo sostienen y permiten sea conocido.

Lo vertiginoso de los tiempos que nos tocan vivir, esa velocidad de vida casi asfixiante que imponen las ciudades, trae también aparejado que la visita al libro sea cosa muy rara o directamente nula. El alimento mental llamado lectura debería ser algo diario. Tal alimento, haciéndose hábito, calibra la mente para diálogos cada vez más constructivos e interesantes.

Lo de «diario» puede significar no solo la cotidianidad con la que se lee, sino a su vez el tomar a esa lectura como una suerte de matutino que bien puede compartirse, diferenciándose eso de la lectura de los periódicos comunes o revistas, en que el contenido de estos últimos suele ser pasajero, superficial y meramente informativo, en cambio el de aquél conlleva perdurabilidad, profundidad y es formativo. Como se ve, el recurso es de suma utilidad, a lo que agrego, aunque a alguno le parezca perogrullo, que siempre la lectura es una buena aliada en esos momentos en que parece no haber tema de conversación.

El libro es como un cofre. Puede que contenga en su interior una gran riqueza espiritual. Una vez poseída no se pierde ni está sujeta a robos; se disfruta sin que sufra desgastes, y si se la comparte enriquece a otro sin que uno mismo pierda la riqueza poseída. Solo los tesoros espirituales son verdaderamente invaluables.

<Texto de Tomás I. González Pondal, publicado en el diario La Prensa de Argentina>

De criadas y algo más, Margaret Atwood

Su nombre y su trayectoria como autora tienen la solvencia suficiente como para ganarse el respeto de miles de lectores. Qué duda cabe que en los últimos tiempos ha colaborado mucho en su proyección su ficción El cuento de la criada, con la que ha alcanzado una popularidad a nivel global impensada hasta para la propia escritora.

Nacida en la capital canadiense (Ottawa, 1939), comenzó con pequeños escritos su andadura como autora a la precoz edad de 16 años. Luego completó su formación en instituciones como la Universidad Victoria de Toronto y, más tarde, en la renombrada universidad estadounidense de Harvard.

Su extenso hacer dentro del ámbito literario no ha dejado género por abarcar: poesía, cuento, novela, ensayo, textos por los que ha obtenido reconocimientos y premios como el prestigioso Booker; más allá de que su nombre se viene anunciando en los últimos años en las posiciones de partida para la obtención del Nobel de literatura. Además, de ser premiada hasta en dieciocho oportunidades con el título Honoris Causa por distintas casas de estudios de todo el mundo.

Desde hace décadas da una parte importante de su tiempo para volcarse en la enseñanza en distintas casas de estudio. Centros como la Universidad de Nueva York, la Universidad George William de Montreal, o la Universidad de la Columbia Británica canadiense.

Mujer de férreas convicciones personales se considera a sí misma como una escritora feminista que se ha involucrado en distintas causas por los derechos humanos, a punto que en momento alguno ha dudado en dirigirse a los dirigentes mundiales de para pedirles una reflexión en temas cruciales, en particular del por momentos convulso continente americano. Como lo hizo con la vicepresidenta Gabriela Michetti de la Argentina en las circunstancias que se debatía en las cámaras el Congreso la crucial ley del aborto.

El pasaje a continuación pertenece al relato breve Momentos significativos de la vida de mi madre, incluido en su colección Un día es un día; relatos en los que explora las actitudes de distintas mujeres a lo largo de sus etapas vitales en la infancia, la madurez y la vejez:

“Hay ciertas historias que mi madre no relata en presencia de hombres: nunca a la hora de cenar, nunca en las fiestas. Solo las cuenta a mujeres, por lo común en la cocina, cuando ellas o nosotras estamos ayudando a guisar o a pelar guisantes, cortando las puntas de las judías o despinochando mazorcas de maíz. Las cuenta en voz baja, sin gesticular y sin acompañamiento de efectos sonoros. Son historias de traiciones amorosas, embarazos no deseados, enfermedades espantosas, infidelidades matrimoniales, crisis nerviosas, trágicos suicidios, agonías atrozmente prolongadas. No abundan en detalles ni se adornan con incidentes: son austeras y concisas. Las mujeres, que mueven las manos entre los platos sucios o los restos de verduras, asienten con solemnidad.

   Algunas de estas historias -se da por entendido- no deben llegar a oídos de mi padre, porque le disgustarían. Es bien sabido que las mujeres se las arreglan mejor que los hombres con esta clase de temas. A los hombres es mejor no contarles nada que consideren demasiado doloroso; las profundidades secretas de la naturaleza humana, ciertos sórdidos aspectos físicos, podrían trastornarlos o hacerles daño. Por ejemplo, a menudo los hombres se desmayan al ver su propia sangre, a lo que no están acostumbrados. Por esta razón nunca has de ponerte detrás de un hombre en la cola para donar sangre a la Cruz Roja. Por algún misterioso motivo, los hombres encuentran la vida más difícil que las mujeres. (Mi madre así lo cree, pese a los cuerpos femeninos apresados, enfermos, desaparecidos o abandonados que pueblan sus historias). Se debe permitir a los hombres en su patio de recreo favorito, tan alegremente como puedan, sin molestarles; de lo contrario, se ponen de mal humor y no cenan. Hay muchas cosas que los hombres no están preparados para comprender, de modo que no tiene sentido esperar que las comprendan. No todo el mundo comparte este parecer acerca de los hombres; no obstante, tiene su utilidad.

   <Ella arrancó todos los arbustos que rodeaban la casa -dice mi madre. Está contando la historia de un matrimonio destrozado: un asunto muy serio. Mi madre abre los ojos de par en par. Las demás mujeres se inclinan hacia delante-. Lo único que le dejó a él fueron las cortinas de la ducha>, añade. Hay un suspiro colectivo, una exhalación de aliento contenido. Mi padre entra en la cocina y pregunta cuándo estará preparado el té, las mujeres cierran filas y vuelven hacia él sus rostros sonrientes, engañosamente inexpresivos. Al poco, mi madre sale de la cocina con la tetera, que deposita en la mesa en el sitio de siempre.

   <Recuerdo la vez que estuvimos a punto de morir>, dice mi madre. Muchas de sus historias empiezan así. Cuando está de determinado humor, da a entender que solo una serie de coincidencias asombrosas y golpes de suerte nos han permitido conservar la vida; de lo contrario, la familia entera, de uno en uno o todos juntos, estaría tiesa como un palo. Estas historias, además de hacernos secretar adrenalina, sirven para reforzar nuestro sentimiento de gratitud. Está aquella vez en que, navegando en canoa, entre la niebla, estuvimos apunto de precipitarnos por una catarata; la vez en que casi quedamos atrapados en un incendio forestal; la vez en que mi padre casi perece aplastado, ante los ojos de mi madre, por una parhilera que estaba colocando; la vez en que a mi hermano casi lo fulmina un rayo, que cayó tan cerca de él que lo tiró al suelo. <Lo oímos chisporrotear>, dice mi madre.

   Esta es la historia del carro de heno: <Tu madre conducía -dice mi madre- a la velocidad acostumbrada. -Todos interpretamos demasiado rápido-. Los niños ibais en la parte de atrás.> Recuerdo aquel día, la edad que tenía yo, la edad que tenía mi hermano. Éramos lo bastante mayores para que nos pareciera divertido irritar a mi padre cantando canciones populares que no le gustaban, como <Mockingbird Hill>; o bien imitábamos el sonido de la gaita tapándonos la nariz y canturreando al tiempo que nos golpeábamos la nuez de Adán con el canto de la otra mano. Cuando nos poníamos muy pesados mi padre decía: <Cerrad el pico>. No éramos aún lo bastante mayores para saber que su enfado podía ser auténtico; pensábamos que formaba parte del juego.

   <Bajábamos por la colina empinada -prosigue mi madre-, cuando vemos que un carro de heno se atraviesa en la carretera. Vuestro padre frenó, perro no ocurrió nada. ¡Los frenos no funcionaban! Pensé que había llegado nuestra hora.> Por suerte el carro prosiguió su camino y pasamos rozándolo. <Yo tenía el corazón en la garganta>, dice mi madre.

   Hasta pasado un tiempo no me enteré de lo que había sucedido. Yo estaba en el asiento de atrás, imitando el sonido de la gaita, abstraída. El paisaje era el habitual de los viajes en coche: las nucas de mis padres por encima de los respaldos de los asientos delanteros. Mi padre llevaba el sombrero puesto, el que utilizaba para impedir que las cosas que caían de los árboles se le enredaran en el pelo. La mano de mi madre estaba posada plácidamente sobre su cuello…”      

Rulfo, México y su gente

El escritor azteca, hombre de pocas palabras en la vida real y poco amante de las entrevistas, admitía que en su Jalisco natal la característica de la gente de campo era queda y que más bien hablaban para sus adentros. Que incluso en el seno de su propia familia las expresiones mayoritarias abundaban en poco más que monosílabos. Aun así, sus lectores afirman que su literatura, la misma que en más de una oportunidad le llevó a ser candidato al premio Nóbel, aunque por momentos descarnada, describe como pocas la dura vida del labriego. Acostumbrado a que otros decidan por él y por su destino. En su voz, este pasaje de uno de sus relatos más apreciados:

La palabra inventa a quien la escribe

El libro ofrece sus páginas para ser recorridas en pura pérdida y el lector va al encuentro de la palabra como el amante que honra al amor

(Fotografía: Evelyn Chong)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor Fernando Albán Rodas; fue publicado en el diario El Comercio de Ecuador.>

Más allá de un junco, Irene Vallejo

Sabia elección de temas, seria investigación y capacidad literaria son los elementos que, equilibradamente distribuidos, hacen de este un texto atrapante y ameno

(La Biblioteca – Cátedra Historia y Patrimonio Naval)

Con una formación escolástica en filología clásica, la escritora aragonesa (Zaragoza, 1979) alcanza su trascendencia literaria a través de la interpretación de hechos históricos. Aunque mucho antes de ello ya había transitado los caminos de la ficción de la mano de la literatura infantil, con títulos como La leyenda de las mareas mansas o El inventor de viajes, y también con novelas para adultos: La luz sepultada y El silbido del arquero. Además de hacer frecuentes incursiones en el periodismo con artículos en los diarios el Heraldo de Aragón o El País, donde como no, es el mundo antiguo el que acapara la mayoría de sus textos.

Aunque alcanza la trascendencia al gran público lector a través de El infinito en un junco, texto por el que se hace merecedora de varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Ensayo. En él y desde el mismo origen de los tiempos relata las primeras inscripciones del hombre antiguo en tablas de arcilla, hasta dar el gran salto con el lienzo obtenido del cáñamo ya como soporte donde asentar el conocimiento, luego serán ya los primeros pergaminos hasta llegar al libro en un formato cercano al actual.

Con un mecanismo de redacción sencillo pero a la vez efectivo, la autora en su hacer llega a exceder la mera crónica del hecho histórico en sí. A veces mediante un análisis en otras con una introspección que nos acerca al suceso hasta alcanzar nuestra realidad, para jugar con cierto subtexto como si de una ficción se tratase. Porque en su profunda convicción “toda biblioteca es un viaje; y todo libro un pasaporte sin caducidad”.    

Así, a caballo de un estilo entretenido, va desgranando aquellos descubrimientos que hicieron posible la persistencia de la sabiduría oral. Siempre con la constante que pareciera es el concepto esencial que da sentido a todo su trabajo: la pasión del que acopia el saber en textos se equipara a la avidez de quien aprende con los viajes de descubrimiento. Es decir, aquel que alcanza a conocer la historia, tiene en sus manos la capacidad de poder construir el futuro.

De El infinito en un junco el siguiente capítulo sobre la Alejandría helénica, aunque también la árabe y la judía, pero bajo pabellón egipcio. Para componer en un mismo fresco una amalgama que une historia, literatura y a aquellos personajes que la supieron transitar, amar y disfrutar, a la que por su pujanza fuera considerada como un verdadero faro en el Mediterráneo:

“La leyenda de Alejandría no dejó de crecer. Dos siglos después de que se escribiera el diálogo de Gílide y la chica tentada, Alejandría fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio.

   Roma, que para ese entonces se había convertido en el centro del mayor imperio mediterráneo, era todavía un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas cuando Marco Antonio desembarcó por primera vez en Alejandría. De pronto, se vio transportado a una ciudad embriagadora cuyos palacios, templos, amplias avenidas y monumentos irradiaban grandeza. Los romanos se sentían seguros de su poder militar y dueños del futuro, pero no podían competir con la seducción de un pasado dorado y del lujo decadente. Con una mezcla de excitación, orgullo y cálculos tácticos, el poderoso general y la última reina de Egipto construyeron una alianza política y sexual que escandalizó a los romanos tradicionales. Para mayor provocación, se decía que Marco Antonio iba a trasladar la capital del imperio de Roma a Alejandría. Si la pareja hubiera ganado la guerra por el control del Imperio romano, hoy tal vez los turistas acudiríamos en manadas a Egipto para fotografiarnos en la Ciudad Eterna, con su Coliseo y sus foros.

   Al igual que su ciudad, Cleopatra encarna esa peculiar fusión de cultura y sensualidad alejandrina. Dice Plutarco que en realidad Cleopatra no era una gran belleza. La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba atractivo, inteligencia y labia. El timbre de su voz poseía tal dulzura que dejaba clavado un aguijón en todo aquel que la escuchara. Y su lengua, continúa el historiador, se acomodaba al idioma que quisiese como un instrumento musical de muchas cuerdas. Era capaz de hablar sin intérpretes con  etíopes, hebreos, árabes, sirios, medios y partos. Astuta, bien informada, ganó varios asaltos en el combate por el poder dentro y fuera del país, aunque perdió la batalla decisiva. Su problema es que solo han hablado de ella desde el bando enemigo.

   También en esta historia tempestuosa juegan un papel importante los libros. Cuando Marco Antonio se creía a punto de gobernar el mundo, quiso deslumbrar a Cleopatra con un gran regalo. Sabía que el oro, las joyas o los banquetes no conseguirían encender una luz de asombro en los ojos de su amante, porque se había acostumbrado a derrocharlos a diario. Cierta vez, durante una madrugada alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un regalo que Cleopatra no podía desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones.

   Dos escritores muertos durante el siglo XX se han convertido en nuestros guías por los entresijos de la ciudad, añadiendo capas de pátina al mito de Alejandría. Constantino Cavafis era un oscuro funcionario de origen griego que trabajó, sin ascender nunca, para la administración británica de Egipto, en la sección de Riesgos del Ministerio de Obras Públicas. Por las noches se sumergía en un mundo de placeres, gentes cosmopolitas y mala vida internacional. Conocía como la palma de su mano el dédalo de burdeles alejandrinos, único refugio para la homosexualidad <prohibida y severamente despreciada por todos>, como él mismo escribió. Cavafis era un lector apasionado de los clásicos y poeta casi en secreto.

En sus poemas hoy más conocidos reviven los personajes reales y ficticios que Ítaca, Troya, Atenas o Bizancio. En apariencia más personales, otros poemas escarban, entre la ironía y el desgarro, en su propia experiencia de madurez: la nostalgia de su juventud, el aprendizaje del placer o la angustia por el paso del tiempo. La diferenciación temática es en realidad artificial. El pasado leído e imaginado emocionaba a Cavafis tanto como sus recuerdos. Cuando merodeaba por Alejandría, veía la ciudad ausente latir bajo la ciudad real. Aunque la Gran Biblioteca había desaparecido, sus ecos, susurros y bisbiseos seguía vibrando en la atmósfera. Para Cavafis, aquella gran comunidad de fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y atormentados, los vivos. 

   Los personajes de ‘”El cuarteto de Alejandría`, Justine, Darley y sobre todo Balthazar, que dice haberlo conocido, recuerdan constantemente a Cavafis, <el viejo poeta de la ciudad>. A su vez, las cuatro novelas de Lawrence Durrell, uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su país, amplían la resonancia erótica y literaria del mito alejandrino. Durrell conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Egipto estaba ocupado por tropas británicas y era un nido de espionaje, conspiraciones y, como siempre, placeres. Nadie ha descrito con más precisión los colores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis, que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la prisión…”

«Los papanatas no entienden que escribir una novela consiste en escribir las palabras más emocionantes para provocar la mayor emoción posible; tampoco entienden que una cosa es el sentimiento y otra el sentimentalismo, y que el sentimentalismo es el fracaso del sentimiento»

Lienzo: Figura de mujer leyendo de Pierre Auguste Renoir

Texto: Javier Cercas, de su novela La velocidad de la luz