«Quizá no sea de ninguna utilidad que yo trate ahora cada una de sus expresionespues lo que yo pudiera decir de su tendencia a la dudao sobre su incapacidad para concertar la vida exterior con la interior, o sobre todo lo otro que lo atormenta…, es siempre lo que ya he dicho: siempre el deseo que encuentre paciencia en sí mismo para soportar y suficiente sencillez para creer; de que cada vez adquiera más confianza con lo que es difícil, y con su soledad entre otras cosas. Y por lo demás deje que la vida transcurra. Créame: la vida tiene razón, en todos los casos» (Rainer Maria Rilke – Cartas a un joven poeta)

Imagen: Pexels – null xtract

Hispanoamérica: literatura y crítica

“Todos los grandes movimientos literarios han sido transnacionales y las grandes obras de nuestra tradición han sido la consecuencia o la réplica de otras obras”

Decir que la literatura de Occidente es una provocación, inmediatamente legítima repulsión. Cada una de las unidades que llamamos literatura inglesa, italiana, alemana o polaca no es una unidad independiente y aislada, sino en continua relación con las otras.

La literatura de Occidente es un tejido de versiones. Los idiomas, los autores, los estilos y las obras han vivido y viven en constante interpenetración. Las relaciones se despliegan en distintos planos y direcciones.

Todos los grandes movimientos literarios han sido transnacionales y todas las grandes obras de nuestra tradición han sido la consecuencia o la réplica de otras obras. La literatura de Occidente es un todo en lucha consigo misma sin cesar, separándose y uniéndose a sí misma en una sucesión de afirmaciones y negaciones que son también reiteraciones y metamorfosis.

Literatura en movimiento y, además, literatura en continua expansión. No solo se extendió en Europa, sino que, también, ha ido a otros continentes: América, Oceanía, África del Sur, y ha creado otras literaturas. En uno de sus extremos, poco a poco, surgieron las literaturas eslavas, las literaturas americanas en tres lenguas (inglesa, castellana, portuguesa y, recientemente, francesa). Muy pronto, una de ellas, la estadounidense, se volvió una literatura universal, parte constitutiva de nuestro universo cultural.

La otra literatura occidental no europea es la literatura latinoamericana en sus dos grandes ramas: la portuguesa y la castellana. El caso de la literatura en francés no lo vamos a tocar. En lo que sigue solo me ocuparé de la literatura hispanoamericana.

En sus comienzos, nuestra literatura fue una mera prolongación de la española; esta situación se extendió desde el siglo XVI hasta fines del XIX. A fines del siglo pasado nace la literatura latinoamericana. Nació fecundada en cierto modo por la poesía simbolista francesa; con ella y por ella, un poco más tarde, nacen el cuento y la novela. Después de un período de oscuridad, que no es un período insignificante sino de grandes escritores que, como Rubén Darío, no traspasaron la frontera de la lengua, ahora nuestros poetas y novelistas han ganado, en la segunda mitad del siglo XX, una suerte de reconocimiento universal. Hoy nos preguntamos si la literatura hispanoamericana es realmente moderna.

La pregunta es pertinente, porque desde el siglo XVIII el pensamiento crítico es uno de los elementos constitutivos de la literatura moderna, es uno de los alimentos de esta, igual que la teología lo fue en la Edad Media de la literatura de creación. Una literatura sin crítica no es moderna, o lo es de un modo peculiar y contradictorio.

¿Se quiere decir que no existe una literatura crítica, o que no tenemos crítica literaria, filosófica, moral o política? La existencia de la primera, es decir, de la literatura crítica, me parece indudable: en casi todos los escritores hispanoamericanos aparece esta o aquella forma de crítica, directa u oblicua, social o metafísica, realista o alegórica. La literatura hispanoamericana, en ese sentido, es moderna porque contiene este elemento de crítica de la sociedad y del hombre o de la realidad.

<Octavio Paz es el autor de este artículo de opinión. Fue publicado en el diario El Comercio de Perú>

«Vivimos en un mundo en que se nos empuja completamente hacia una civilización del zapping; necesitamos centrarnos más en los problemas esenciales y profundizar en ellos. Y, para profundizar, necesitamos la literatura, necesitamos libros» (Amin Maalouf)

Imagen: El pensador de Auguste Rodin

Hiromi Kawakami, la sociedad nipona y el realismo mágico

Con merecido reconocimiento, la escritora japonesa se adentra en sus textos con la soledad que impera en su país de origen; un verdadero azote, más aún si se es mujer

Los orientales son gente que se destacan en su mayoría por mesurar sus movimientos, los hacen casi con sigilo y con una completa ausencia de estridencias. Sus acciones suelen ser silenciosas, casi sin querer llamar la atención. A pesar de ello, sean cuales fueren sus habilidades, son unos verdaderos hacedores, como si el tiempo -sin muestras de finitud- le jugara a su favor.

La escritora japonesa (Tokio, 1958) no escapa a lo antedicho. En su caso además, porque ser literata no fue una de sus primeras predilecciones en la vida; de hecho, antes de decidirse por la escritura, estudió ciencias naturales en la Universidad de Ochanomizu, para desempeñarse luego y durante años como profesora de la asignatura de biología. Por tanto, no fue una autora precoz ni mucho menos, su primera publicación -un relato corto- data de 1994, a sus treinta y seis años. A partir de allí, su producción se fue incrementando y diversificando en cuanto a géneros, abarcando no solo el cuento, sino también el ensayo y más todavía la novela.

Años después de ese inicio, declaró abiertamente ser una escritora influenciada por el movimiento del realismo mágico, con la insoslayable figura de Gabriel García Márquez a la cabeza y su Cien años de soledad. Más allá, de rescatar además a otros importantes autores extranjeros y también de su propio país, plumas como las de Yoko Agawa, Seiko Tanabe o Haruki Murakami.

Por consiguiente, los textos de Kawakami son un fiel reflejo de los parámetros de la sociedad nipona, en la que la muestra de cualquier sentimiento en público es objeto de censura, y donde la contención es lo que debe prevalecer. Aunque la soledad de muchos de sus individuos sea un flagelo declarado que sufren hombres y mujeres por igual. En particular, estas últimas, sometidas además a una búsqueda permanente de su propia identidad como féminas. Elementos todos que se ven reflejados en las historias de la tokiota, por nombrar algunas: Algo brilla como el mar, Los amores de Nishino o Abandonarse a la pasión, y también en Dios, su colección de relatos cortos.

Sus publicaciones han sido reconocidas con los prestigiosos premios Akutagawa, el Woman writer’s o el premio Tanizaki, este último por El cielo es azul, la tierra blanca; en la que, con un estilo económico en palabras aunque no menos cargado de significado, nos habla del rencuentro en el tiempo de dos almas frágiles. Novela que fue traducida a varios idiomas y posteriormente llevada al cine. De ella, el pasaje a continuación:

“El maestro me miraba con una mueca de reproche.

   -Estás bebiendo demasiado, Tsukiko -me reprendió con suavidad.

   -Déjeme en paz -le espeté, y llené mi vaso de nuevo. Lo apuré de un trago. Era la tercera botella que caía en una noche.

   -Otra -le pedí al cantinero Satoru.

   -¡Sake! -gritó brevemente hacia la cocina.

   -Tsukiko… -intentó detenerme el maestro. Esquivé su mirada.

   -Ahora ya la has pedido, pero procura no acabártela -me advirtió. En su voz había un deje amenazante que no era propio de él. Mientras hablaba, me daba palmaditas en la espalda.

   -De acuerdo -respondí con un hilo de voz. Pronto empecé a notar los efectos del sake.

   -Deme unas palmaditas más, maestro -farfullé.

   -Hoy te estás comportando como una niña caprichosa, Tsukiko -rió el maestro, y siguió dándome palmaditas en la espalda.

   Es que lo soy. Siempre lo he sido -dije. Mientras tanto, acariciaba la espina de la trucha que el maestro había dejado en el plato. Era tan blanda, que se encorvaba. El maestro apartó la mano de mi espalda y se llevó el vaso a los labios muy despacio. Apoyé la cabeza en su hombro durante un breve instante, pero la aparté enseguida. Él no dio muestras de haberse percatado de mi gesto. Siguió bebiendo en silencio.

Cuando abrí los ojos, me encontraba en casa del maestro.

   Estaba tumbada en el tatami. Encima de mí había una mesita, y justo enfrente vi los pies del maestro. Me incorporé con un sobresalto.

   -¿Ya te has despertado? -me preguntó. La puerta corrediza y el ventanal estaban abiertos, y la brisa nocturna invadía la estancia. Hacía un poco de frío. En el cielo la luna brillaba entre las nubes, rodeada por un grueso halo.

   -¿Me he dormido? -pregunté

   -Sí, has estado durmiendo -rió el maestro.

   -He dormido como un tronco.

Comprobé el reloj. Eran cerca de las doce de la noche.

   -Pero no he estado dormida mucho rato, ¿verdad?

Una horita más o menos.

   -Teniendo en cuenta que estás en una casa ajena, considero que una hora es suficiente -repuso el maestro, con una sonrisa burlona. Tenía las mejillas más coloradas que de costumbre. Supuse que había estado bebiendo mientras yo dormía.

   -¿Qué estoy haciendo aquí? -pregunté. El maestro abrió los ojos, sorprendido.

   -¿No te acuerdas? Empezaste a gritar pidiéndome que te llevara a mi casa.

   -¿En serio? -dije, y me dejé caer de nuevo en el suelo. Apreté la mejilla contra el tatami. MI melena se esparció por el suelo, enredada. Contemplé las nubes que surcaban el cielo nocturno. En ese momento supe que no quería ir de viaje con Takashi Kojima. Tumbada en el suelo, con la mejilla apoyada en el tatami, evoqué la vaga incomodidad que sentía cada vez que estaba con él. Era una molestia casi imperceptible, pero que nunca se desvanecía del todo.

   -Tengo la marca del tatami en la cara -le dije al maestro desde el suelo.

   -¿Dónde? -preguntó. Rodeó la mesita y se me acercó. -Es verdad, está perfectamente marcado.

   Me acarició suavemente la mejilla. Tenía los dedos fríos. Parecía más alto, quizás porque lo veía desde el suelo.

   -Tienes la mejilla ardiendo, Tsukiko.

   Siguió acariciándome. Las nubes pasaban rápidamente. Ocultaban la luna por completo y la descubrían un instante más tarde.

   -Es por el alcohol -le respondí. El maestro se tambaleó ligeramente. Él también parecía ebrio.

   -¿Quiere que vayamos juntos de viaje, maestro? -propuse.

   -¿Adónde quieres ir?

   -A algún lugar donde podamos comer unas buenas truchas.

   -Con las truchas de Satoru tengo más que suficiente -replicó él, y apartó la mano de mi cara.

   -Pues vayamos a un balneario de montaña.

   -No tenemos por qué ir tan lejos. Cerca de aquí hay balnearios que no están nada mal -protestó. Se sentó en el suelo sobre los talones, a mi lado. Ya no se tambaleaba. Estaba tan tieso como siempre.

   -Quiero que vayamos juntos a algún lugar -insistí. Me incorporé y lo miré directamente a los ojos.

   -No iremos a ningún sitio -respondió él, aguantándome la mirada.

   -¡Yo quiero ir de viaje con usted!

   Por culpa del alcohol no era consciente de todo lo que decía. En realidad, sabía perfectamente de qué estaba hablando, pero mi cerebro solo quería comprenderlo a medias.

   -¿Adónde iremos tú y yo solos, Tsukiko?

   -Con usted iría al fin del mundo, maestro -grité.

   El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente. El ambiente estaba cargado de humedad.

   -Tranquilízate, Tsukiko -me advirtió el maestro.

   -Estoy muy tranquila.

   -Deberías volver a casa y descansar.

   -No quiero volver a casa.

   -No seas cabezota.

   -No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted…”

«Hace poco estuve en París, una ciudad donde la gente se saluda besándose, perfecta para los amantes. Paseando por los muelles encontré una pareja joven, bellísima, que, en lugar de ir de la mano, caminaban cada uno mirando la pantalla de su teléfono. El progreso es una maravilla pero, al mismo tiempo, está creando mucha soledad, y también un tipo de ‘cyborgs’ que nos vigilan día y noche. Si puedo elegir, no quiero formar parte de esto» ( Paul Auster )

Crédito imagen: Unsplash – Léonard Cotte

La lectura como encuentro, autodescubrimiento y transformación

La literatura no sólo informa, sino que además transforma. Leer nos impulsa a formularnos preguntas esenciales: ¿Quiénes somos? ¿Qué valoramos? ¿Cómo entendemos al otro? Este acto, que puede parecer sencillo, desarrolla nuestra conciencia crítica, nuestra sensibilidad ética y nuestra capacidad de compasión, valores que hoy son más necesarios que nunca

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) es uno de los eventos culturales y literarios más importantes de Iberoamérica. Desde sus inicios, la FIL ha sido un espacio único para el diálogo entre autores, editores, académicos y lectores, promoviendo la circulación de ideas y el intercambio de conocimientos. Este encuentro trasciende el acto de adquirir libros. Representa una conexión profunda con el pensamiento y la creatividad humana. Caminar los pasillos de la FIL nos permite reflexionar sobre el impacto de la literatura en nuestras vidas, un tema que también resaltó en una carta del papa Francisco, quien subrayó el papel crucial de las artes y las letras en la formación integral del ser humano.

En la era de la tecnología avanzada, herramientas como la inteligencia artificial han transformado nuestras formas de interactuar con la información. Estas tecnologías, aunque útiles para analizar grandes volúmenes de datos y optimizar procesos, presentan un desafío: no podemos permitir que la inmediatez digital reemplace la experiencia introspectiva y transformadora que ofrece la lectura. De acuerdo con el papa Francisco, el acto de leer una obra literaria que carece de elementos audiovisuales nos invita a vivir una experiencia integral, que involucra tanto la mente como el corazón. Este enfoque contrasta con la tendencia moderna de consumir contenidos fugaces y nos recuerda que la literatura no es sólo un entretenimiento, sino también un medio de enriquecimiento personal.

La advertencia del Papa resuena con las reflexiones de filósofos y autores clásicos. Por ejemplo, Cicerón, el gran orador romano, expresó: “Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma”, subrayando el valor eterno de la literatura como alimento para el espíritu.

La literatura no sólo informa, sino que además transforma. Leer nos impulsa a formularnos preguntas esenciales: ¿Quiénes somos? ¿Qué valoramos? ¿Cómo entendemos al otro? Este acto, que puede parecer sencillo, desarrolla nuestra conciencia crítica, nuestra sensibilidad ética y nuestra capacidad de compasión, valores que hoy son más necesarios que nunca. La lectura, como lo señaló Italo Calvino, es una herramienta que nos permite “ver el mundo con ojos nuevos” y nos reta a comprenderlo desde perspectivas diversas.

Además, los clásicos literarios, que han sobrevivido siglos y milenios, siguen siendo una fuente inagotable de respuestas a los dilemas actuales. Obras como La Odisea, de Homero, o Don Quijote de la Mancha, de Miguel Cervantes Saavedra nos recuerdan que, aunque cambien los contextos, las preocupaciones y aspiraciones humanas permanecen. En un mundo fragmentado por divisiones y tensiones, la literatura actúa como un puente que conecta perspectivas diversas y fomenta la empatía entre culturas.

 La FIL es mucho más que una feria de libros: es un acto colectivo que abre ventanas al universo intelectual. En cada rincón de sus pasillos se respira diversidad; los estilos, géneros y orígenes de las obras presentadas reflejan la riqueza de las expresiones humanas. Este evento, que ha consolidado un lugar privilegiado en la cultura latinoamericana, se convierte en un espacio de encuentro entre lo humano y lo espiritual.

En este sentido, la FIL comparte un sustrato común con el mensaje del papa Francisco: ambas iniciativas invitan a sumergirse en el mundo literario como una forma de autodescubrimiento y transformación.

Fomentar la lectura no es sólo una forma de enriquecer el conocimiento; es, sobre todo, una invitación a formar una sociedad más justa y comprensiva. Cuando leemos, aprendemos a cuestionar, a pensar críticamente y a dialogar con perspectivas distintas a las nuestras. En palabras de Franz Kafka: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”. La FIL nos recuerda que, al formar lectores, también formamos ciudadanos más comprometidos con el mundo que los rodea.

<El texto de este artículo le pertenece a Fernanda Llergo Bay, fue publicado en las páginas del diario El Excélsior de México>

«Cuando todos estuvieron en el arca, los animales abajo, los alimentos en el piso intermedio y los hombres arriba, Yahvé envió las aguas sobre la tierra. La lluvia cayó durante cuarenta días y cuarenta noches, lo inundó todo y elevó el arca por encima de la tierra. Las aguas cubrieron las montañas y todo cuanto era carne pereció. Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, las esclusas del cielo se cerraron. El arca se detuvo sobre el monte Ararat. Cuando las aguas menguaron, los habitantes del arca salieron para repoblar el mundo. Noé construyó un altar a Yahvé en el monte Ararat y Yahvé prometió no volver a maldecir ni a destruir la carne de la tierra»

Fotografía: Monte Ararat. Autora: (Pexels) – Leyla Helvaci

Texto de la novela La promesa del ángel de Frédéric Lenoir y Violette Cabesos

Lygia Fagundes Telles, del portugués al español y viceversa

Tiempo atrás, el desaparecido expresidente de Uruguay, José Mujica, mientras se encontraba de visita oficial en Brasil, vaticinó que en el futuro y para una más y mejor integración de Latinoamérica, los niños hispano hablantes deberían aprender portugués en las escuelas, así como aquellos que fueran de habla portuguesa deberían hacer lo mismo con el español.

Hoy, cuando han transcurrido unos años de la manifestación del que fuera mandatario uruguayo, su propuesta está muy lejos de haberse llevado a cabo. Además, la fuerza del inglés, sigue acaparando cada vez más espacio de estudio en las aulas de todo el mundo; aunque a veces sea evidente que lo hace en detrimento de otras lenguas. Aun así, el aprendizaje de un idioma, -de cualquiera de ellos-, no solo es un signo de sapiencia, también es decididamente un elemento de conformación de un individuo y por ende de la sociedad a la cual pertenece.

El reto lanzado al vuelo por el mandatario sudamericano sigue manteniendo su plena vigencia. Y es indudable que la literatura, en todos sus géneros, es una de las formas de sumar aportes de valor a esa posibilidad. Para ello, a nombres como Borges, Neruda, Isabel Allende, Vargas Llosa, Roa bastos, Benedetti o García Márquez, se les podría anteponer los de Guimaraes Rosa, Nélida Piñón, Machado de Asís, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o Lygia Fagundes Telles, por nombrar solo algunos en este posible intercambio del saber hacer literario.

En el caso de Fagundes Telles (Sao Paulo, 1918 – Sao Paulo 2022), lo suyo fue desde joven superar contingencias en la vida, donde llegó incluso a graduarse como doctora en leyes. Como escritora, logró publicar su primer libro de sus primeros relatos a los veinte años de edad: Porao e sobrado, y dos décadas después, As meninas, su primera y más conocida de sus cuatro novelas, texto que la llevó a alzarse con el premio de la Academia Brasilera de las Letras, luego el premio Jabuti de la Cámara Brasilera do Livro y por último, el premio de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.

Su producción en cuanto a relato corto es extensa hasta constituirse como una de las más importantes en su país, que contribuyó a que la autora fuera nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Lisboa, y a ser reconocida por todo el conjunto de su obra con el distinguido premio Camoes, el más importante de los galardones de las letras portuguesas.

La calidad de sus textos hizo que muchos de sus libros fueran traducidos al alemán, inglés o francés, y a lenguas tan disímiles como el sueco, polaco, ruso o el chino.

El pasaje siguiente pertenece al compendio de Cuentos Brasileros. De este, uno de los relatos más festejados de la escritora paulista, El muchacho del saxofón:

   “Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.

   No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.

   -¿Qué es eso? -le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba la música hasta nuestra mesa-. ¿Quién estaba tocando?

   -Es el muchacho del saxofón.

   Mastiqué más despacio. Ya había escuchado antes saxofón, pero ese de la pensión no lo conseguía reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.

   -¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?

   James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.

   -Sí, aquí encima.

   Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.

    -Es una música cruelmente triste -continué.

   -Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro -contestó James, mojando la miga del pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.

   -Y contigo, ¿también se acostó?

   -Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¿me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse…

   ‘Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante, como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal. La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.

   -Parece alguien pidiendo socorro -dije, llenando de cerveza mi vaso-. ¿No tendrá una música más alegre?

   James se encogió de hombros.

   -Los cuernos duelen…

   En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.

   -Pero, ¿por qué? -pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.

   -¿Y los demás no reclaman?

   -Ya se acostumbraron.

   Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientazos que le sobraban. Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. ‘Un enano’, pensé. Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. ‘Cambió de ropa’, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero que diablo de enano es ese que cambia su ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado le lado.

   -¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? -le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.

   -Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas…

   Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto a los enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.

   -Con permiso, dijo.

   No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón…”