Arturo Pérez Reverte, cronista, literato y polemista

En los últimos tiempos su persona, a través de las opiniones vertidas en distintos medios, atrajo la aceptación o el rechazo a sus posturas; si bien el autor acapara una larga experiencia como informador de conflictos, y más aún como fecundo novelista

Su rostro comenzó a ser reconocido años atrás cuando, como corresponsal de la televisión pública española, cubría los conflictos más diversos en diferentes zonas de guerra; una tarea que desempeñó durante más de veinte años. Sus crónicas se hicieron oír desde los lugares más variados: Chipre, Líbano, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Sudán, Angola, Bosnia o Croacia, por nombrar algunos, donde siempre intentó informar por sobre las ocasionales contingencias que surgían sobre el terreno.

Es probable que las consecuencias de sus actos le deban haber acarreado su buen desgaste físico y emocional, aunque con seguridad también le habrán aportado un buen cúmulo de experiencias de todo tipo, bagaje que con posterioridad trasladaría a sus historias de ficción, también en su fase de articulista y guionista.

Por tanto, no es extraño que sus historias se hayan destacado dentro del género de la novela de histórica y de aventuras, en las que los habitantes del mundo del mar se ven particularmente reflejados. Producto de ello, una treintena de títulos llegaron a las manos de sus lectores, entre ellos El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, La piel del tambor, la saga del Capitán Alatriste, Territorio Comanche o El club Dumas, estas tres últimas con su correspondiente versión fílmica.  

Los reconocimientos en forma de premios son además proporcionales a su extensa producción: Premio de la Academia Sueca de Novela, Premio New York Book Review, Premio Nacional de Periodismo. Es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

Más allá de sus textos, es común en los últimos tiempos que se entregue a la polémica en las redes sociales. A veces, sobre algún tema que inunda los titulares de prensa; en otros, echando mano de las enseñanzas que le ha dejado su propia historia; en todos los caos, intentando no caer en lo vano mientras pueda aportar su visión a un hecho.

En el que es hasta la fecha su anteúltimo texto de ficción, donde refleja a un mundo que se intuye estar a las puertas de una gran conflagración. Donde el autor nos muestra a seres que deambulan como autómatas mientras intentan hallarse a sí mismos; en una desesperada carrera por darle un sentido a sus vidas.

De La isla de la mujer dormida, el pasaje siguiente:

   “Había paredes pintadas de colores ya perdidos, espejos que la vejez moteaba, arcones labrados, cuadros de barniz oscurecido y polvorientas lámparas venecianas. Un ‘ambarataros’ de madera tallada separaba el salón del dormitorio amueblado con una cama grande, un armario de luna y una antigua alfombra turca. Por las ventanas, al abrir los deteriorados postigos de madera, podían verse las terrazas de las casas próximas, el arco gris de la costa, el mar y el perfil brumoso de las islas lejanas.

   Lena había puesto un disco en el gramófono del salón, junto al que se enmarcaban fotos familiares que el tiempo volvía desvaídas. Cantaba una voz de mujer:

                 Payons-nous un petit peu de plaisir,

                 Nous n’en ferons pas toujours autant,

                 On n’a pas tous les jours vingt ans.

    -¿Entiende el francés? -preguntó ella.

   -Sólo un poco.

   -No todos los días se tienen veinte años… Eso es lo que dice.

   Estaba ante él, inmóvil, justo en la división entre el salón y el dormitorio, junto al panel de madera labrada en forma de hojas, flores y pájaros. Llevaba un rato mirándolo desde el punto intermedio entre antes y después de una frontera figurada, imaginaria, que ella misma hubiera establecido al detenerse en ese lugar. O quizá no tan imaginaria, decidió Jordán. Si algo resultaba fácil, era adivinar lo que ocurría; y, sobre todo, lo que estaba a punto de ocurrir.

   Ella señaló la gran chimenea de mármol, apagada. Se había quitado el jersey al entrar en la casa, dejándolo caer al suelo de cualquier manera. El vestido blanco estilizaba más las líneas prolongadas del cuerpo y permitía a Jordán ver por primera vez sus brazos desnudos. Fue entonces cuando se fijó en las pequeñas marcas: minúsculos puntitos semejantes a picaduras, o pinchazos. Los había visto antes -en los barrios portuarios podía encontrarse de todo-, pero nunca una mujer como aquella.

   -¿Tiene frío? -preguntó Lena.

   -No -movió la cabeza-. Se está bien.

   Le sorprendía no experimentar deseo. O, para formularlo con precisión, que no fuera el deseo la sensación dominante. Se trataba, concluyó, de una curiosidad tranquila, más propia de un espectador que de un actor de verdad implicado. Entonces recordó lo que ella había contado de su marido, intuyendo que Lena Katelios poseía, de algún modo, la extraña facultad de convertir a los hombres en espectadores. En testigos privilegiados, íntimos, de sí misma.

   Súbitamente, ella pareció tomar una decisión. O más bien la había tomado antes y consideraba llegada la ocasión de que también la tomara él: retrocedió internándose -era la palabra exacta, internarse- en el dormitorio sin dejar de mirar a Jordán, invitándolo en silencio a seguirla. Y así, de espaldas, sin perderlo de vista ni volverse en ningún momento, fue hasta la cama y se sentó en ella, en el borde mismo, ligeramente separadas las piernas que se apreciaban bajo el algodón blanco del vestido, sin apartar los ojos del hombre que se aproximaba despacio con resignada cautela, parecida a la de un marino que tanteara el fondo con el escandallo para calcular la profundidad bajo la quilla, el peligro de las rocas ocultas bajo el agua menguante. Y cuando estuvo tan cerca que pudo percibir el aroma de su cuerpo -carne cálida, fatigada, vago rastro de perfume que no era capaz de identificar-, sin apartar los ojos de los suyos ella abrió más las piernas, alzándose lentamente la falda hasta la cintura para mostrar que nada llevaba abajo. Desnudos los muslos y el triángulo del vello púbico ente el que él se arrodilló, muy despacio también, para acercar los labios y la lengua; y, cerrados al fin los ojos, saborear la carne rosada y húmeda que de aquel modo se le ofrecía.

   -Sí, eso es -la oyó decir con voz pronto ronca, lejana.

   Después se estremeció en su boca, con violencia, varias veces. Hasta que de pronto, en repentino arrebato, lo agarró fuerte por el pelo, forzándolo a echar atrás la cabeza. Abrió el los ojos para encontrarse con los de ella, que lo miraban con una intensidad entre asombrada y cruel; y lo hizo a tiempo para verle alzar una mano y abofetearlo dos veces con dura y seca firmeza. Aún pretendió golpearlo una tercera, aunque para entonces Jordán ya se había incorporado rápido, brusco, casi furioso, y agarrándola por una muñeca la echaba atrás, de espaldas sobre la cama, mientras con la otra mano liberaba su cinturón y abría el pantalón antes de clavarse en sus entrañas mediante una violencia de la que nunca, hasta entonces, se hubiera creído capaz con una mujer.

   Creemos los hombres ser amantes o verdugos, recordó un poco más tarde, todavía entre las brumas del momento. Pero en realidad sólo somos sus testigos.”  

«Empezaron a decir que crearemos un Dios con inteligencia artificial. Démosle diez años para que el robot sea más inteligente de lo que es, porque todavía es un Dios medio tarado, pero es cuestión de tiempo» ( Mariana Enríquez )

Lo que nunca se sabrá sobre el premio Nobel de Literatura

Es uno de los premios con los que más se especula y al que acompañan apuestas anuales y nombres recurrentes que suenan a ganador, aunque no hay ninguna prueba que demuestre que hayan estado alguna vez en la grilla de los finalistas al galardón, los cuales se comunican con cincuenta años de demora

Thomas Mann recibió la llamada cinco años después de publicar La montaña mágica, Gabriel García Márquez descolgó el teléfono cuando sus Cien años de soledad cumplían edad adolescente y Bob Dylan lo ganó mientras al mundo entero se le descolgaba la mandíbula de la sorpresa. A Tolstói, Proust, Virginia Woolf o Borges la Academia Sueca nunca les dijo nada. El Nobel de Literatura, que lleva anunciándose el primer jueves de octubre desde 1901 —casi sin interrupción—, tiene todavía mucho de misterio. 

“La prueba de que sigue de manera bastante estricta sus propias reglas es que nadie, salvo la propia institución, es capaz de explicar a ciencia cierta su selección de autores”, bromea Álvaro de la Rica, doctor en literatura en la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). Para él, aunque se trata de un premio con “enorme prestigio” y se parte de que quienes lo ganan gozan de “cierta calidad literaria” puede estar teñido de una dimensión política: “A Borges no se lo dieron porque apoyó la dictadura argentina”, asegura para apuntar que considera que hay una serie de directrices marcadas en lo práctico, lo ideológico, lo formal y lo estético. 

Luego están las excepciones: “Imagino que ahí el factor humano tiene mucho peso: las tensiones, rivalidades e influjo que puedan tener los miembros de la Academia y figuras afines”, comenta De la Rica para declarar que es una academia “muy” cerrada. “Han sido muy discretos con su proceder y por eso hay tanta especulación, de manera que uno dice una cosa y otro su contraria”, zanja.

Alterna continentes

Una situación que también ocurre en este artículo. El novelista Gonzalo Torné disiente en cuanto al posible influjo ideológico: “También se lo dieron a Vargas Llosa (2010) cuando ya se había presentado a las elecciones peruanas o al propio Saul Bellow (1976), que estaba en contra de la sanidad pública”, ejemplifica en declaraciones a este diario. En lo que sí están de acuerdo es en el carácter rotatorio del galardón, que va pasando de un continente a otro.

“Los mecanismos los dicta un poco la historia”, apunta el escritor Jordi Corominas, “solo hay que mirar la frecuencia de los países. Francia, por ejemplo, suele ganar uno cada 8 años, más o menos. Estados Unidos tiene un ritmo raro y en España —que cuenta con ocho premios en total—, que cae poco, teníamos una fijación por Marías después de haberla tenido con Cela o Vargas Llosa”, expone. 

Hay pocas cosas claras en torno a todo lo que rodea al Nobel. Una de ellas son los requisitos para ser un autor con posibilidades: tener una trayectoria, ser recomendado y/o nominado por profesores de literatura o académicos y, sobre todo, estar traducido al sueco. Hasta ahí todo claro, lo demás son tribulaciones más o menos fundadas. “El enigma es parte de su encanto”, apostilla Corominas.

Opacidad y escándalos

Tarde o temprano todo se ensucia. También la Academia Sueca que, en 2018, tuvo que cancelar la entrega del premio y la consiguiente ceremonia por un escándalo que había salido a la luz en noviembre de 2017, cuando Jean-Claude Arnault, marido de la poeta y académica Katarina Frostenson, fue acusado de repetido abuso sexual.

Por si fuera poco, la figura de Arnault, una personalidad respetada e influyente en la escena cultural nórdica, empezó a levantar suspicacias sobre su influencia. “No hay que olvidar que Arnault es de origen francés y Francia es el país con más Nobel bajo el brazo”, recalca De la Rica convencido de que, al igual que ocurre con premios nacionales y a pequeña escala, “también hay gente que hace sus tejemanejes con esto”.

Como este, a lo largo de la historia del premio, ha habido casos que han hecho levantar la ceja a más de uno. Uno de ellos es el de Pablo Neruda, que recibió la llamada de la academia dos veces.

Neruda ‘cancelado’

Quizá Neruda sea el único escritor que supo que le iban a dar el Nobel y no se lo dieron hasta varios años después de avisarle por primera vez. Porque a los autores se les avisa antes de hacer público el anuncio desde que Jean Paul Sartre lo rechazase en 1964.

“Fue todo por culpa de una conspiración del poeta uruguayo Ricardo Paseyro”, explica en declaraciones a este diario Patrizia Spinato, doctora investigadora en el CNR italiano y autora del artículo, Ciò che resta di una polemica nerudiana en Quaderni iberoamericani.

Spinato explica que en el Nobel, como ocurre con muchos otros premios, la academia recibe cartas de recomendación de críticos e intelectuales en general que intentan influir en las decisiones finales. Es el caso de Ricardo Paseyro, poeta y diplomático uruguayo que había trabajado con el propio Neruda antes de volverse en su contra y que, a ojos de Spinato, estaba obsesionado con la notoriedad: “Encontré una carta que Paseyro había enviado a Giuseppe Bellini —estudioso y amigo de Neruda— sobre cómo había evitado e iba a evitar que el chileno recibiera el Nobel. Consiguió retrasarlo ocho años”, desarrolla la italiana en declaraciones a este diario.

Para Spinato, la figura del uruguayo es muy interesante: “Paseyro tenía muchos contactos, no hay que olvidar que era diplomático, y consiguió llegar hasta la Academia Sueca. Les decía cuáles eran los puntos débiles de Neruda y lo despreciaba en sus escritos”, cuenta para añadir que, además, después siempre incluía una selección de poemas propios. A ver si colaba. “Al final, hoy nadie sabe quién fue Paseyro y todo el mundo ha leído algo de Neruda, independientemente de los escándalos e historias personales que, con los años, se han sabido del escritor”, observa la académica.

Sin embargo, por todo ello, Spinato no duda al concluir que, aunque sea un premio serio, también hay presiones por parte de los intelectuales en general. “Lo que no sabes a ciencia cierta es qué pasa al final, después de que la Academia reciba las cartas”.

Los juegos de sombras de las casas de apuestas

En España, durante los últimos años, el nombre de Javier Marías ha protagonizado muchas de las quinielas del panorama cultural patrio. Pasó también con Camilo José Cela o Mario Vargas Llosa. La diferencia es que, al final, ambos autores sí acabaron consiguiendo el galardón. Al madrileño quizá no le dio tiempo o puede que su nombre nunca sonase más allá del deseo de otros. “Sí que existen candidatos, claro, pero que se sepan o que se diga de Marías eso de eterno candidato al premio Nobel carece de fundamento, no podemos saberlo”, subraya Corominas, quien cree que se habla “de manera gratuita” sobre el tema.

El motivo es simple, los estatutos de la Fundación Nobel restringen la divulgación de información sobre las nominaciones durante 50 años. La restricción se refiere tanto a los nominados como a los nominadores, así como a las investigaciones y dictámenes relacionados con la concesión del premio. Todo lo que hay hoy es especulación sin fundamento más allá de la propaganda. Y ahí es donde entran en juego las casas de apuestas, los deseos editoriales y el empuje de críticos y personalidades ilustres, como demuestra el singular caso Paseyro.

“Estoy seguro de que hay un negocio enorme alrededor al igual que ocurre con el fútbol”, comenta el escritor Gonzalo Torné, para señalar una importante diferencia entre las quinielas y los galardonados en pasadas ediciones. “Abdulrazak Gurnah, Svetlana Aleksiévich o Coetzee en su momento eran grandes desconocidos para el mundo, mientras que los escritores que aparecen en las listas deben ser famosos para que la gente vote”, argumenta y añade que, a veces, “esos juegos” van en detrimento de la literatura. 

El mundo de la literatura es vasto, inabarcable, lo más probable es que desconozcas al ganador del Nobel, y ahí reside buena parte de su valor. No es una competición

Sin embargo, Torné subraya que se trata de negocios que surgen alrededor del Nobel y no tienen nada que ver con el mismo. “Lo que ocurre es que luego hay gente que se enfada porque no gana su favorito. La literatura va mucho más allá de las novedades del año o los premios que se dan en Estados Unidos”, critica.

El caso de los africanos —el continente menos galardonado— a ojos de Torné es particular. “Hay un componente de ideología nacionalista, a nadie se le ocurre decir de un francés que no lo conoce. Lo buscan y hacen ver que lo han leído”, ironiza recordando cómo en 2021 hubo, a su juicio, una suerte de “cabreo idiota” porque en España se desconocía la figura de Gurnah y no había siquiera obra traducida. “El mundo de la literatura es vasto, inabarcable, lo más probable es que desconozcas al ganador del Nobel, y ahí reside buena parte de su valor. No es una competición”, finaliza Torné. 

En definitiva, las listas que se propagan cada año no tienen ningún fundamento real a ojos de todos los entrevistados. “A Stephen King, por ejemplo, se le nombra porque es el autor más conocido del género de terror y el tema de Murakami es una broma recurrente”, opina el novelista. “Evidentemente, siempre se eligen nombres que cumplen los requisitos básicos, que podrían optar al galardón y que, en alguna ocasión, lo consiguen, pero no es más que una lotería a ciegas”, apunta De La Rica.

Escritor contra escritor

Si se visita la hemeroteca, puede comprobarse que hasta el propio Marías se burlaba del fenómeno burbuja en torno a la “supuesta eterna candidatura de Cela” en el artículo Monoteísmo literario publicado en el Diario16 de 1987, dos años antes de que al gallego, al fin, le sonara el teléfono. A continuación, un extracto: 

“[…]Cela sigue siendo ‘el mejor escritor español vivo’ desde los años 40, hasta el punto de que tal aserto se diría ‘una idea fija’ más que una recibida. ¿En verdad no ha sucedido nada en literatura en España en 40 años? ¿Nada en absoluto que pueda poner en entredicho (si es que no negar) tal idea fija, tal lugar común? No sé de ningún país —exceptuando quizá los de muy pobre tradición literaria— que se cierre todas sus puertas para abrir sólo una de par en par. […] y añadiría: ”Pero es que además Cela no solo es el mejor, sino también el más conocido fuera de España y, por tanto, el único con posibilidades de Nobel“. Me pregunto si es así de veras.”

Un fenómeno que varias décadas volvería a repetirse con una cara distinta. La suya. Sin embargo, para saber si llegó a rozar el galardón con la punta de los dedos habrá que esperar un buen puñado de años.

<El artículo lleva la firma de Clara Nuño; y fue publicado en ‘eldiario.es’>

«Tal vez hemos llegado al fin de los tiempos, el sol se ha cansado de salir; Cronos, sin víctimas para devorar, se muere de extenuación, las épocas y las estaciones se han trastornado. Tal vez la muerte del tiempo sólo nos concierne a nosotros»

Texto del relato Bajo el sol jaguar de Italo Calvino

Fotografía: Pexels – Zeya Irish

Siri Hustvedt, noruega, aunque bien de Minnesota

Es común que su nombre resuene ligado al que fuera su marido, el fallecido escritor Paul Auster; pero bien es cierto que la escritora estadounidense (Northfield – 1955), ha cimentado su propio camino con textos en los distintos géneros de la literatura

Proviene de una familia de migrantes noruegos establecidos en uno de los estados de las anchas planicies del medio oeste de América del Norte, aunque su vida dio un completo giro cuando en busca de su futuro se trasladó a la cosmopolita Nueva York. Allí tuvo la oportunidad de formarse, licenciándose primero en Historia en el Olaf College y luego graduándose en Letras por la prestigiosa Universidad de Columbia.

Sus comienzos en la literatura vinieron a través de la poesía, entre otros, con textos como Leer para ti. Luego fue la novela: Todo cuanto amé, Elegía para un americano, El verano sin hombres, o Recuerdos del futuro. Finalmente, el ensayo: Una súplica para Eros, Vivir, Pensar, Mirar, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Madres, padres y demás o Apuntes sobre mi familia real y literaria. A estas ficciones habría que sumarle sus aportes en diferentes trabajos para revistas sobre psicología y filosofía.

Toda esta extensa producción fue jalonada con distintos reconocimientos, premios como el Fémina francés o el Premio Internacional Gabarrón de Pensamiento y Humanidades. Fue distinguida además con premios Honoris Causa por las Universidades de Oslo, la Universidad Stendhal de Grenoble, Francia, y la Universidad Maguncia de Mainz, Alemania. Por último, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España.

En cuanto a sus obras, es frecuente que la autora incluya algunas de las anécdotas de sus años de niñez y adolescencia, o que se refiera a las carencias de sus primeros tiempos en la ‘gran manzana’. Que mencione la fragilidad del pasado: ‘Dime dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación`. En su novela Recuerdos del futuro, destaca la cercanía entre la coherencia y la locura, y remarca cómo de quebradizos se vuelven los días con los años. En ellos se representa una parte el gozo, mientras que se hace necesario mantener las sombras a prudente distancia.

La escritora compone su texto con una mezcla de estilos, cuando por momentos se permite estructurarlo como un diario personal de experiencias; mientras incluye elementos propios del ensayo y, por supuesto, de la ficción más novelada. Abundan también algunos bosquejos a modo de caricaturas para acompañar la descripción de situaciones y personajes. Componiendo una obra cuanto menos particular y diversa.

El pasaje a continuación da comienzo Recuerdos del futuro, donde Hustvedt intenta captar desde el inicio nuestra mejor atención para acometer su escrito:

   “Hace años dejé las extensas llanuras de Minnesota para dirigirme a la isla de Manhattan en busca del héroe de mi primera novela. Cuando llegué allí en agosto de 1978, más que un personaje era una posibilidad rítmica, una criatura embrionaria de mi imaginación percibida como una serie de compases métricos que se aceleraban o ralentizaban con mis pasos al recorrer las calles de la ciudad. Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro. En Nueva York no buscaba felicidad ni comodidades sino aventuras, y sabía que la persona aventurera debe someterse a un sinfín de pruebas por tierra y por mar antes de regresar a casa, o acaba sucumbiendo a manos de los dioses. Entonces no sabía lo que ahora sé: que al escribir también me escribía. El libro había empezado a escribirse mucho antes de que yo dejara las llanuras. En el cerebro tenía grabado múltiples borradores de una novela de misterio, pero eso no significaba que supiera qué iba a salir. Mi héroe aún por formar y yo nos dirigíamos a un lugar que era poco más que una brillante ficción: el futuro.

   Me había dado doce meses exactos para escribir la novela. Si al final del verano siguiente mi héroe había nacido muerto o fallecía aún en pañales, o si resultaba ser un zopenco cuya vida no merecía ni un comentario; en otras palabras, si no era realmente un héroe, los dejaría atrás tanto a él como a su novela, y me pondría a estudiar a los antepasados de mi criatura muerta (o fallida), los moradores de los volúmenes que llenan las ciudades fantasma que llamamos bibliotecas. Me habían concedido una beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, y cuando pregunté si podía posponerla para el año siguiente, las autoridades invisibles me enviaron una carta interminable en la que aceptaban mi petición.

   Una habitación oscura con una cocina pequeña, un dormitorio aún más oscuro, un diminuto cuarto de baño de baldosas blancas y negras, y un armario con el techo de yeso lleno de protuberancias en el número 309 de la calle Ciento nueve Oeste me costaban doscientos diez dólares al mes. Un piso lúgubre en un edificio destartalado y lleno de desconches y grietas, si yo hubiera sido diferente, si hubiera tenido un poco más de mundo o hubiera leído un poco menos, la pintura verde ácido y las vistas a dos paredes sucias de ladrillo en el sofocante calor del verano me habría desinflado a mí y mis ambiciones, pero en aquel momento no existía el grado de diferenciación, por ínfimo que fuera, que eso requería. Lo feo era hermoso. Decoré las habitaciones alquiladas con las frases y los párrafos embrujados que sacaba a mi antojo de los numerosos volúmenes que tenía en la cabeza.

    Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de prudencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía para él no había otra historia más cierta en el mundo.

   Los primeros momentos que pasé en mi piso conservan en mi memoria una cualidad radiante que nada tiene que ver con la luz del sol. Están iluminados por una idea. Entregada la fianza, pagado el alquiler del primer mes y cerrada la puerta en la cara de mi achaparrado y risueño conserje, el señor Rosales, con las axilas de mi camiseta empapadas de sudor, salté sobre las tablas del suelo en lo que creía que era una giga y lancé los brazos al aire, triunfal.

   Tenía veintitrés años y una licenciatura en Filosofía y Literatura Inglesa en el Saint Magnus College (una pequeña escuela de Humanidades de Minnesota fundada por inmigrantes noruegos); cinco mil dólares en el banco, un fajo de dinero que había ahorrado al acabar la carrera trabajando de camarera en Webster, mi ciudad natal, y durmiendo gratis en casa durante un año; una máquina de escribir Smith Corona, un juego de herramientas, una batería de cocina que me había dado mi madre y seis cajas de libros. Construí un escritorio con tablones y una plancha de contrachapado. Y compré dos platos, dos tazas, dos vasos, dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas contando con el futuro amante (o serie de amantes) con quien, después de una noche de sexo delirante, pensaba compartir un desayuno de tostadas y huevos sentados en el suelo, pues no tenía mesa ni sillas…”     

«La Australia moderna fue construida por europeos que llegaron sin pedir permiso a los nativos. Yo emigré, con permiso de las autoridades, desde Sudáfrica a Australia en el 2002. Soy consciente de lo afortunado de vivir donde quiero. Mientras otros funcionarios, australianos u occidentales en general, mediante una política deliberada, hacen la vida de los refugiados miserable. Su conducta es inhumana, tan inhumana como la conducta de los electores que les respaldan» (John Maxwell Coetzee)

Fotografía: Nasa – Wikipedia

Brasil: reducción de la pena del recluso por lectura

En 2012, el Ministerio de Justicia de Brasil implementó una ley que permite a los reclusos reducir sus condenas mediante la lectura de libros.

Brazilian inmates in a prison

(FBAC, Brasil)

Reducción de la pena por lectura

Nombre de la OrganizaciónSecretaría Nacional de Política Penitenciaria (SENAPPEN)

País: Brasil

Fecha de inicio: 2012

Palabras clave: Alfabetización, rehabilitación, lectura, reducción de la pena, disminución de condena

Organización ejecutora

En 2012, el Ministerio de Justicia de Brasil implementó una ley que permite a los reclusos reducir sus condenas mediante la lectura de libros. La Ley de Ejecución Penal, aprobada en 1984, establece que el Estado debe preparar a los reclusos para su reintegración social. Inicialmente, la reducción de la pena se basaba en el número de días trabajados, pero en 2012 la ley fue modificada para poder incluir la reducción por estudios y lectura (Torres da Silva, 2017).

Antecedentes

Brasil tiene uno de los sistemas penitenciarios más problemáticos del mundo, afectado por el hacinamiento, condiciones deficientes, pandillas, drogas y violencia. Alberga a una de las poblaciones reclusas más numerosas a nivel mundial. Actualmente, el país cuenta con más de 830.000 personas privadas de libertad y una tasa de reincidencia superior al 80% (Reeves, 2017; Franco, 2023)

Objetivos del programa

  • Fomentar la mejora de la alfabetización y el gusto por la lectura
  • Ayudar a los presos a reducir sus condenas
  • Aumentar la capacidad de autorreflexión y empatía de los reclusos
  • Apoyar la rehabilitación

Descripción del programa

Los reclusos que participan en el programa seleccionan un libro para leer de la colección de la biblioteca penitenciaria y, luego, redactan una reseña que demuestre su comprensión del texto. La colección de la biblioteca debe incluir libros en braille o audiolibros para personas con discapacidad visual, intelectual o dificultades de alfabetización. También debe contener libros en idiomas extranjeros para satisfacer a internos de diferentes orígenes lingüísticos. El acceso a esta colección está garantizado para todas las personas que han sido arrestadas o están en detención preventiva.

El recluso dispone de entre 21 y 30 días para leer el libro y diez días para escribir la reseña, la cual es evaluada y analizada por una comisión de validación que puede incluir al personal responsable de las políticas de educación en el sistema penitenciario, como docentes y bibliotecarios, así como a representantes de organizaciones de la sociedad civil.

Para la evaluación de reseñas de internos con bajos niveles de alfabetización, es necesario proporcionar asistencia, que puede consistir en estrategias específicas como lectura entre pares, audiolibros, informes de lectura oral para personas no alfabetizadas o visualizaciones alternativas del contenido leído, por ejemplo, mediante dibujos.

Por cada reseña de libro aprobada por la comisión, los participantes obtienen cuatro días de reducción de la pena. Los reclusos tienen la oportunidad de presentar hasta 12 reseñas por año, lo que equivale a un máximo de 48 días de reducción de la pena en total (Conselho Nacional de Justiça, 2021).

Impacto

El proyecto Redención de la pena por la Lectura busca rehabilitar a los reclusos ayudándoles a convertirse en lectores críticos, creativos e informados, al tiempo que les permite desarrollar una mayor autonomía que les será útil en el mundo exterior (Torres da Silva, 2017). Las autoridades esperan que el proyecto inspire el amor por la lectura entre los internos, reduzca la reincidencia y ayude a los reclusos a vislumbrar un futuro más prometedor.

Uno de los defensores del proyecto es el recluso Edson Reinehr, quien afirma que la iniciativa lo ha ayudado a estimular su mente y evitar que se centre en pensamientos negativos. Ajda Ultchak, docente de Edson, añade que el programa va más allá de simplemente leer libros y reducir las condenas; su objetivo fundamental es transformar las vidas de los reclusos: «Esperamos crear una nueva perspectiva de vida para ellos. Se trata de adquirir conocimiento y cultura, y de poder acceder a otro universo» (Reeves, 2017).

La editorial brasileña Carambaia, en asociación con Artplan y con el apoyo del Consejo Nacional de Justicia, ha donado libros a los reclusos para que escriban reseñas. Posteriormente, Carambaia ha utilizado estas reseñas para promocionar sus libros. Según un estudio del Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadística, los reclusos brasileños leen nueve veces más que el promedio nacional que es de cinco libros al año (Branding News, 2018). En un comunicado de prensa, el Director Creativo de Artplan declaró: «Carambaia es una editorial enfocada en los apasionados por la lectura, y descubrimos que nadie lee más que los reclusos. Al darles voz y utilizar los textos que produjeron, le mostramos a la sociedad que son seres pensantes, críticos y con opiniones propias que deben ser respetadas» (Branding News, 2018).

<Publicación del Instituto para el Aprendizaje de Toda la Vida de la Unesco>

«Era invierno, y la luz del amanecer pintaba la ciudad con colores imprecisos, casi irreales. El agua de los canales, lisa como un espejo, parecía reclamar por las heridas que le abría la embarcación, y de pronto, en el reflejo de aquella Venecia todavía dormida, vi la silueta de un hombre viejo rumiando el silencio del alba, la única manera de aceptar la imposibilidad del amor hacia una mujer mucho, demasiado, más joven, y no por un prejuicio derrotista o una superchería moral, sino por salvar la capacidad de amar de esa mujer»

Texto de las Historias marginales de Luis Sepúlveda

Crédito fotografía: Pexels – Jarod Barton

Las existencias de Romain Gary

Su vida que desarrolló a través de múltiples disciplinas, mientras que edificó su obra literaria haciendo uso de los géneros más variados. Siendo reconocido con el premio Goncourt, convirtiéndose en el único escritor en recibirlo en dos oportunidades

Sin lugar a dudas, su larga y multifacética trayectoria hizo que su figura se constituyera en uno de los grandes nombres que contribuyeron a alimentar la ‘grandeur’ de la Francia contemporánea. Nacido en el seno de una familia judía bajo el nombre de Roman Kacew en Vilnius, Lituania, en 1914, desde muy joven se interesó por la música y el violín, pero, exigente consigo mismo, pronto se juzgó poco virtuoso para dedicarse a ello.

Luego, con la separación de sus padres, el pequeño Romain quedó al cuidado de su madre, trasladándose ambos a Varsovia, Polonia, y poco tiempo después, a la Niza francesa, ciudad que le despertó sus ansias de escritor. Pero la Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina, y terminó por enrolarse como piloto en el ejército del aire. Su valeroso desempeño en el campo de batalla le llevó a ser condecorado con la Cruz de Guerra, y a ser nombrado Héroe de la Liberación y Caballero de la Legión de Honor por el gobierno galo.

Superado el conflicto, decidió terminar sus estudios de Derecho y, con ellos, ingresar en la carrera diplomática. Su dominio de varias lenguas (inglés, alemán, ruso, polaco) le facilitarían un rápido ascenso, para desempeñarse con posterioridad en distintos cargos en las delegaciones de Los Ángeles y Nueva York, en los Estados Unidos, y en países tan disímiles como Bolivia y Bulgaria, e incluso llegó a desempeñarse como representante de Francia en las Naciones Unidas.

Esta variedad de experiencias las trasladó también a su obra y las de sus alter ego literarios, ya que era común que firmara sus escritos con su nombre y el de otros tantos seudónimos. Constituyéndose hasta la fecha, en el único escritor que ha ganado el prestigioso premio Goncourt de novela en dos oportunidades, una de ellas bajo el nombre ficticio de Émile Ajar, lo que en su momento ocasionó una gran controversia.

Trabó amistad y frecuentó a autores ilustres, como André Malraux o Albert Camús, entre otros. Mientras que en el plano sentimental se relacionó con la actriz estadounidense Jean Seberg, con la que llegó a casarse, unión de la que nació su hijo Alexandre. Más allá que en círculos intelectuales y gubernamentales, se llegara a aseverar que su bohemia y su polifacetismo le habían impedido alcanzar metas políticas e intelectuales aún mayores. Y si bien a ojos del mundo pareciera que hubiera vivido varias existencias, fue él mismo quien trágicamente decidió cuándo y cómo terminar con la suya.

Autor prolífico, con una obra extensa, apreciada y respetada, incursionó en todos los géneros: novela, ensayo, relato e incluso guiones cinematográficos, además de actuar él mismo en otros tantos filmes; llegando a dirigir dos películas en la que su mujer era la protagonista. De todos sus textos destacan las novelas La promesa del alba, y las ganadoras del Goncourt: Las raíces del cielo (con su nombre), y La vida ante sí (con el seudónimo Émile Ajar), novela en la que describe la París de posguerra, con una trama donde describe la soledad y también, retazos de la solidaridad necesaria entre sus habitantes para poder renacer en esos años grises. De ésta última ficción, el pasaje con el que da comienzo la narración:

  “Lo primero que puedo decirles es que vivíamos en un sexto sin ascensor y que para la señora Rosa, con los kilos que llevaba encima y con solo dos piernas, aquello era toda una fuente de vida cotidiana, con todas las penas y los sinsabores. Así nos lo recordaba ella cuando no se quejaba de otra cosa, porque, además, era judía. Su salud tampoco era buena, y también puedo decirles que esa mujer merecía un ascensor.

   La primera vez que vi a la señora Rosa tendría yo tres años. Antes de esa edad, uno no tiene memoria y vive en la ignorancia. Yo dejé de ignorar con tres o cuatro años y a veces lo echo de menos.

   En Belleville había otros muchos judíos, árabes y negros, pero la señora Rosa tenía que subir los pisos ella sola. Decía que el día menos pensado se moriría en la escalera, y todos los chiquillos se echarían a llorar, porque es lo que se hace cuando alguien muere. Unas veces éramos seis o siete los que estábamos allí dentro y otras veces puede que más.

   Al principio, yo no sabía que la señora Rosa solamente me cuidaba para cobrar un dinero que recibía a fin de mes. Cuando me enteré, tenía seis o siete años y, para mí, saber que era de pago fue todo un golpe. Creía que la señora me quería sin más y que éramos algo el uno para el otro. Estuve llorando toda la noche. Fue mi primer desengaño.

   Al verme tan triste, la señora Rosa me explicó que la familia no significaba nada y que incluso hay gente que se marcha de vacaciones dejando los perros atados a un árbol y que cada año tres mil perros mueren así, privados del cariño de los suyos. Me sentó sobre su regazo y me juró que yo era los más valioso que tenía en el mundo. Pero entonces me acordé del dinero que llegaba todos los meses y me fui llorando.

   Bajé al café del señor Driss y me senté delante del señor Hamil, que era vendedor ambulante de alfombras en Francia y había visto de todo. El señor Hamil tiene unos ojos tan bonitos que da gusto verlos. Cuando lo conocí era ya muy viejo, y desde entonces no ha hecho más que envejecer.

   -¿Por qué sonríe siempre, señor Hamil?

   -Para dar gracias a Dios todos los días por mi buena memoria, mi pequeño Momo.

   Yo me llamo Mohammed, pero todos me llaman Momo porque es más corto.

   -Hace sesenta años, cuando era joven, conocí a una muchacha que me quería y a la que yo también quería. Aquello duró ocho meses, hasta que ella se mudó de casa, y ahora, al cabo de sesenta años, todavía me acuerdo. Yo le decía: No te olvidaré nunca. Pasaban los años y no la olvidaba. A veces tenía miedo, porque aún me quedaba mucha vida por delante y ¿cómo podía yo, un pobre hombre, mantener mi palabra cuando es Dios quien tiene la goma de borrar? Pero ahora estoy tranquilo. No voy a olvidar a Djamila. Ya me queda poco tiempo, me moriré antes.

   Pensé en la señora Rosa, dudé un momento y le pregunté

   -Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?

   No contestó y bebió un poco de té de menta que es bueno para la salud. Desde hacía una temporada, el señor Hamil llevaba siempre una chilaba gris para que, si llegaba la hora, no le pillara con la americana puesta. Me miró y guardó silencio. Seguramente pensaba que yo era todavía un menor y que había cosas que no debía saber. Entonces yo tendría siete años o tal vez ocho, no puedo decírselo con exactitud porque yo no tengo fecha, como verán cuando nos conozcamos mejor, si consideran que vale la pena.

   -Señor Hamil, ¿por qué no contesta?

   -Eres muy joven y cuando se es tan joven es mejor no saber ciertas cosas.

   -Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?

   -Sí -dijo, y bajó la cabeza como si le diera vergüenza.

   Yo me eché a llorar.

   Durante mucho tiempo no supe que era árabe porque nadie me había insultado. No me enteré hasta que fui a la escuela. Pero nunca me peleaba con nadie; cuando se pega a alguien siempre duele.

   La señora Rosa había nacido en Polonia, como judía que era, pero se había buscado la vida muchos años en Marruecos y en Argelia, y hablaba árabe como usted y como yo. Por ese motivo, sabía también judío y hablábamos a menudo en esa lengua. La mayoría de los inquilinos de nuestro edificio eran negros. Hay tres casas de negros en la calle Bisson y en otras dos calles más, en las que viven por tribus, como en África. Los más numerosos son los sarakollé y luego vienen los toucouleurs, que no son pocos. Hay muchas más tribus en la calle Bisson, pero no tengo tiempo de nombrarlas a todas. El resto de la calle y del bulevar de Belleville es principalmente árabe y judío. Y así hasta la Goutte d’Or, donde empiezan los barrios franceses…”

(Fotografía: Wikipedia)

«Las sociedades se alimentan de la cultura, del teatro, de los libros, de la música, de la danza, de los árboles… Eso forma un mundo habitable que convive con uno que no lo es, el de la violencia, el del yo, yo, yo, el del daño y la envidia, todo ese aspecto siniestro que es bastante trágico» ( Núria Espert )