«Vivimos en un mundo en que se nos empuja completamente hacia una civilización del zapping; necesitamos centrarnos más en los problemas esenciales y profundizar en ellos. Y, para profundizar, necesitamos la literatura, necesitamos libros» (Amin Maalouf)

Hiromi Kawakami, la sociedad nipona y el realismo mágico

Con merecido reconocimiento, la escritora japonesa se adentra en sus textos con la soledad que impera en su país de origen; un verdadero azote, más aún si se es mujer

Los orientales son gente que se destacan en su mayoría por mesurar sus movimientos, los hacen casi con sigilo y con una completa ausencia de estridencias. Sus acciones suelen ser silenciosas, casi sin querer llamar la atención. A pesar de ello, sean cuales fueren sus habilidades, son unos verdaderos hacedores, como si el tiempo -sin muestras de finitud- le jugara a su favor.

La escritora japonesa (Tokio, 1958) no escapa a lo antedicho. En su caso además, porque ser literata no fue una de sus primeras predilecciones en la vida; de hecho, antes de decidirse por la escritura, estudió ciencias naturales en la Universidad de Ochanomizu, para desempeñarse luego y durante años como profesora de la asignatura de biología. Por tanto, no fue una autora precoz ni mucho menos, su primera publicación -un relato corto- data de 1994, a sus treinta y seis años. A partir de allí, su producción se fue incrementando y diversificando en cuanto a géneros, abarcando no solo el cuento, sino también el ensayo y más todavía la novela.

Años después de ese inicio, declaró abiertamente ser una escritora influenciada por el movimiento del realismo mágico, con la insoslayable figura de Gabriel García Márquez a la cabeza y su Cien años de soledad. Más allá, de rescatar además a otros importantes autores extranjeros y también de su propio país, plumas como las de Yoko Agawa, Seiko Tanabe o Haruki Murakami.

Por consiguiente, los textos de Kawakami son un fiel reflejo de los parámetros de la sociedad nipona, en la que la muestra de cualquier sentimiento en público es objeto de censura, y donde la contención es lo que debe prevalecer. Aunque la soledad de muchos de sus individuos sea un flagelo declarado que sufren hombres y mujeres por igual. En particular, estas últimas, sometidas además a una búsqueda permanente de su propia identidad como féminas. Elementos todos que se ven reflejados en las historias de la tokiota, por nombrar algunas: Algo brilla como el mar, Los amores de Nishino o Abandonarse a la pasión, y también en Dios, su colección de relatos cortos.

Sus publicaciones han sido reconocidas con los prestigiosos premios Akutagawa, el Woman writer’s o el premio Tanizaki, este último por El cielo es azul, la tierra blanca; en la que, con un estilo económico en palabras aunque no menos cargado de significado, nos habla del rencuentro en el tiempo de dos almas frágiles. Novela que fue traducida a varios idiomas y posteriormente llevada al cine. De ella, el pasaje a continuación:

“El maestro me miraba con una mueca de reproche.

   -Estás bebiendo demasiado, Tsukiko -me reprendió con suavidad.

   -Déjeme en paz -le espeté, y llené mi vaso de nuevo. Lo apuré de un trago. Era la tercera botella que caía en una noche.

   -Otra -le pedí al cantinero Satoru.

   -¡Sake! -gritó brevemente hacia la cocina.

   -Tsukiko… -intentó detenerme el maestro. Esquivé su mirada.

   -Ahora ya la has pedido, pero procura no acabártela -me advirtió. En su voz había un deje amenazante que no era propio de él. Mientras hablaba, me daba palmaditas en la espalda.

   -De acuerdo -respondí con un hilo de voz. Pronto empecé a notar los efectos del sake.

   -Deme unas palmaditas más, maestro -farfullé.

   -Hoy te estás comportando como una niña caprichosa, Tsukiko -rió el maestro, y siguió dándome palmaditas en la espalda.

   Es que lo soy. Siempre lo he sido -dije. Mientras tanto, acariciaba la espina de la trucha que el maestro había dejado en el plato. Era tan blanda, que se encorvaba. El maestro apartó la mano de mi espalda y se llevó el vaso a los labios muy despacio. Apoyé la cabeza en su hombro durante un breve instante, pero la aparté enseguida. Él no dio muestras de haberse percatado de mi gesto. Siguió bebiendo en silencio.

Cuando abrí los ojos, me encontraba en casa del maestro.

   Estaba tumbada en el tatami. Encima de mí había una mesita, y justo enfrente vi los pies del maestro. Me incorporé con un sobresalto.

   -¿Ya te has despertado? -me preguntó. La puerta corrediza y el ventanal estaban abiertos, y la brisa nocturna invadía la estancia. Hacía un poco de frío. En el cielo la luna brillaba entre las nubes, rodeada por un grueso halo.

   -¿Me he dormido? -pregunté

   -Sí, has estado durmiendo -rió el maestro.

   -He dormido como un tronco.

Comprobé el reloj. Eran cerca de las doce de la noche.

   -Pero no he estado dormida mucho rato, ¿verdad?

Una horita más o menos.

   -Teniendo en cuenta que estás en una casa ajena, considero que una hora es suficiente -repuso el maestro, con una sonrisa burlona. Tenía las mejillas más coloradas que de costumbre. Supuse que había estado bebiendo mientras yo dormía.

   -¿Qué estoy haciendo aquí? -pregunté. El maestro abrió los ojos, sorprendido.

   -¿No te acuerdas? Empezaste a gritar pidiéndome que te llevara a mi casa.

   -¿En serio? -dije, y me dejé caer de nuevo en el suelo. Apreté la mejilla contra el tatami. MI melena se esparció por el suelo, enredada. Contemplé las nubes que surcaban el cielo nocturno. En ese momento supe que no quería ir de viaje con Takashi Kojima. Tumbada en el suelo, con la mejilla apoyada en el tatami, evoqué la vaga incomodidad que sentía cada vez que estaba con él. Era una molestia casi imperceptible, pero que nunca se desvanecía del todo.

   -Tengo la marca del tatami en la cara -le dije al maestro desde el suelo.

   -¿Dónde? -preguntó. Rodeó la mesita y se me acercó. -Es verdad, está perfectamente marcado.

   Me acarició suavemente la mejilla. Tenía los dedos fríos. Parecía más alto, quizás porque lo veía desde el suelo.

   -Tienes la mejilla ardiendo, Tsukiko.

   Siguió acariciándome. Las nubes pasaban rápidamente. Ocultaban la luna por completo y la descubrían un instante más tarde.

   -Es por el alcohol -le respondí. El maestro se tambaleó ligeramente. Él también parecía ebrio.

   -¿Quiere que vayamos juntos de viaje, maestro? -propuse.

   -¿Adónde quieres ir?

   -A algún lugar donde podamos comer unas buenas truchas.

   -Con las truchas de Satoru tengo más que suficiente -replicó él, y apartó la mano de mi cara.

   -Pues vayamos a un balneario de montaña.

   -No tenemos por qué ir tan lejos. Cerca de aquí hay balnearios que no están nada mal -protestó. Se sentó en el suelo sobre los talones, a mi lado. Ya no se tambaleaba. Estaba tan tieso como siempre.

   -Quiero que vayamos juntos a algún lugar -insistí. Me incorporé y lo miré directamente a los ojos.

   -No iremos a ningún sitio -respondió él, aguantándome la mirada.

   -¡Yo quiero ir de viaje con usted!

   Por culpa del alcohol no era consciente de todo lo que decía. En realidad, sabía perfectamente de qué estaba hablando, pero mi cerebro solo quería comprenderlo a medias.

   -¿Adónde iremos tú y yo solos, Tsukiko?

   -Con usted iría al fin del mundo, maestro -grité.

   El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente. El ambiente estaba cargado de humedad.

   -Tranquilízate, Tsukiko -me advirtió el maestro.

   -Estoy muy tranquila.

   -Deberías volver a casa y descansar.

   -No quiero volver a casa.

   -No seas cabezota.

   -No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted…”

«No hay distinción en la faz de nuestras experiencias; algunas son vívidas, otras opacas; algunas agradables, otras son una agonía para el recuerdo; pero no hay cómo saber cuáles fueron sueños y cuáles realidad»

Texto del relato El impostor de Silvina Ocampo

«Hace poco estuve en París, una ciudad donde la gente se saluda besándose, perfecta para los amantes. Paseando por los muelles encontré una pareja joven, bellísima, que, en lugar de ir de la mano, caminaban cada uno mirando la pantalla de su teléfono. El progreso es una maravilla pero, al mismo tiempo, está creando mucha soledad, y también un tipo de ‘cyborgs’ que nos vigilan día y noche. Si puedo elegir, no quiero formar parte de esto» ( Paul Auster )

«Cuando todos estuvieron en el arca, los animales abajo, los alimentos en el piso intermedio y los hombres arriba, Yahvé envió las aguas sobre la tierra. La lluvia cayó durante cuarenta días y cuarenta noches, lo inundó todo y elevó el arca por encima de la tierra. Las aguas cubrieron las montañas y todo cuanto era carne pereció. Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, las esclusas del cielo se cerraron. El arca se detuvo sobre el monte Ararat. Cuando las aguas menguaron, los habitantes del arca salieron para repoblar el mundo. Noé construyó un altar a Yahvé en el monte Ararat y Yahvé prometió no volver a maldecir ni a destruir la carne de la tierra»

Texto de la novela La promesa del ángel de Frédéric Lenoir y Violette Cabesos

Lygia Fagundes Telles, del portugués al español y viceversa

Tiempo atrás, el desaparecido expresidente de Uruguay, José Mujica, mientras se encontraba de visita oficial en Brasil, vaticinó que en el futuro y para una más y mejor integración de Latinoamérica, los niños hispano hablantes deberían aprender portugués en las escuelas, así como aquellos que fueran de habla portuguesa deberían hacer lo mismo con el español.

Hoy, cuando han transcurrido unos años de la manifestación del que fuera mandatario uruguayo, su propuesta está muy lejos de haberse llevado a cabo. Además, la fuerza del inglés, sigue acaparando cada vez más espacio de estudio en las aulas de todo el mundo; aunque a veces sea evidente que lo hace en detrimento de otras lenguas. Aun así, el aprendizaje de un idioma, -de cualquiera de ellos-, no solo es un signo de sapiencia, también es decididamente un elemento de conformación de un individuo y por ende de la sociedad a la cual pertenece.

El reto lanzado al vuelo por el mandatario sudamericano sigue manteniendo su plena vigencia. Y es indudable que la literatura, en todos sus géneros, es una de las formas de sumar aportes de valor a esa posibilidad. Para ello, a nombres como Borges, Neruda, Isabel Allende, Vargas Llosa, Roa bastos, Benedetti o García Márquez, se les podría anteponer los de Guimaraes Rosa, Nélida Piñón, Machado de Asís, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o Lygia Fagundes Telles, por nombrar solo algunos en este posible intercambio del saber hacer literario.

En el caso de Fagundes Telles (Sao Paulo, 1918 – Sao Paulo 2022), lo suyo fue desde joven superar contingencias en la vida, donde llegó incluso a graduarse como doctora en leyes. Como escritora, logró publicar su primer libro de sus primeros relatos a los veinte años de edad: Porao e sobrado, y dos décadas después, As meninas, su primera y más conocida de sus cuatro novelas, texto que la llevó a alzarse con el premio de la Academia Brasilera de las Letras, luego el premio Jabuti de la Cámara Brasilera do Livro y por último, el premio de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.

Su producción en cuanto a relato corto es extensa hasta constituirse como una de las más importantes en su país, que contribuyó a que la autora fuera nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Lisboa, y a ser reconocida por todo el conjunto de su obra con el distinguido premio Camoes, el más importante de los galardones de las letras portuguesas.

La calidad de sus textos hizo que muchos de sus libros fueran traducidos al alemán, inglés o francés, y a lenguas tan disímiles como el sueco, polaco, ruso o el chino.

El pasaje siguiente pertenece al compendio de Cuentos Brasileros. De este, uno de los relatos más festejados de la escritora paulista, El muchacho del saxofón:

   “Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.

   No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.

   -¿Qué es eso? -le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba la música hasta nuestra mesa-. ¿Quién estaba tocando?

   -Es el muchacho del saxofón.

   Mastiqué más despacio. Ya había escuchado antes saxofón, pero ese de la pensión no lo conseguía reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.

   -¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?

   James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.

   -Sí, aquí encima.

   Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.

    -Es una música cruelmente triste -continué.

   -Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro -contestó James, mojando la miga del pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.

   -Y contigo, ¿también se acostó?

   -Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¿me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse…

   ‘Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante, como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal. La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.

   -Parece alguien pidiendo socorro -dije, llenando de cerveza mi vaso-. ¿No tendrá una música más alegre?

   James se encogió de hombros.

   -Los cuernos duelen…

   En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.

   -Pero, ¿por qué? -pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.

   -¿Y los demás no reclaman?

   -Ya se acostumbraron.

   Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientazos que le sobraban. Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. ‘Un enano’, pensé. Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. ‘Cambió de ropa’, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero que diablo de enano es ese que cambia su ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado le lado.

   -¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? -le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.

   -Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas…

   Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto a los enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.

   -Con permiso, dijo.

   No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón…”

«La cultura ya no puede ser ignorada, infrafinanciada o relegada. Hoy los estados deben elegir: seguir tratándola como un lujo o reconocerla por fin como una infraestructura vital. Ya no basta con proclamar su importancia en los discursos. Se necesitan compromisos, financiación y políticas públicas» (Audrey Azoulay – exdirectora general de la Unesco)

«Te doy el reloj, no para que recuerdes el tiempo, sino para que consigas olvidarlo de vez en cuando durante un momento y no malgastes todo tu talento intentando conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás. Ni tan siquiera se libra. Sólo el campo de batalla revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es ilusión de filósofos e idiotas»

Texto de la novela El sonido y la furia de William Faulkner

Arturo Pérez Reverte, cronista, literato y polemista

En los últimos tiempos su persona, a través de las opiniones vertidas en distintos medios, atrajo la aceptación o el rechazo a sus posturas; si bien el autor acapara una larga experiencia como informador de conflictos, y más aún como fecundo novelista

Su rostro comenzó a ser reconocido años atrás cuando, como corresponsal de la televisión pública española, cubría los conflictos más diversos en diferentes zonas de guerra; una tarea que desempeñó durante más de veinte años. Sus crónicas se hicieron oír desde los lugares más variados: Chipre, Líbano, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Sudán, Angola, Bosnia o Croacia, por nombrar algunos, donde siempre intentó informar por sobre las ocasionales contingencias que surgían sobre el terreno.

Es probable que las consecuencias de sus actos le deban haber acarreado su buen desgaste físico y emocional, aunque con seguridad también le habrán aportado un buen cúmulo de experiencias de todo tipo, bagaje que con posterioridad trasladaría a sus historias de ficción, también en su fase de articulista y guionista.

Por tanto, no es extraño que sus historias se hayan destacado dentro del género de la novela de histórica y de aventuras, en las que los habitantes del mundo del mar se ven particularmente reflejados. Producto de ello, una treintena de títulos llegaron a las manos de sus lectores, entre ellos El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, La piel del tambor, la saga del Capitán Alatriste, Territorio Comanche o El club Dumas, estas tres últimas con su correspondiente versión fílmica.  

Los reconocimientos en forma de premios son además proporcionales a su extensa producción: Premio de la Academia Sueca de Novela, Premio New York Book Review, Premio Nacional de Periodismo. Es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

Más allá de sus textos, es común en los últimos tiempos que se entregue a la polémica en las redes sociales. A veces, sobre algún tema que inunda los titulares de prensa; en otros, echando mano de las enseñanzas que le ha dejado su propia historia; en todos los caos, intentando no caer en lo vano mientras pueda aportar su visión a un hecho.

En el que es hasta la fecha su anteúltimo texto de ficción, donde refleja a un mundo que se intuye estar a las puertas de una gran conflagración. Donde el autor nos muestra a seres que deambulan como autómatas mientras intentan hallarse a sí mismos; en una desesperada carrera por darle un sentido a sus vidas.

De La isla de la mujer dormida, el pasaje siguiente:

   “Había paredes pintadas de colores ya perdidos, espejos que la vejez moteaba, arcones labrados, cuadros de barniz oscurecido y polvorientas lámparas venecianas. Un ‘ambarataros’ de madera tallada separaba el salón del dormitorio amueblado con una cama grande, un armario de luna y una antigua alfombra turca. Por las ventanas, al abrir los deteriorados postigos de madera, podían verse las terrazas de las casas próximas, el arco gris de la costa, el mar y el perfil brumoso de las islas lejanas.

   Lena había puesto un disco en el gramófono del salón, junto al que se enmarcaban fotos familiares que el tiempo volvía desvaídas. Cantaba una voz de mujer:

                 Payons-nous un petit peu de plaisir,

                 Nous n’en ferons pas toujours autant,

                 On n’a pas tous les jours vingt ans.

    -¿Entiende el francés? -preguntó ella.

   -Sólo un poco.

   -No todos los días se tienen veinte años… Eso es lo que dice.

   Estaba ante él, inmóvil, justo en la división entre el salón y el dormitorio, junto al panel de madera labrada en forma de hojas, flores y pájaros. Llevaba un rato mirándolo desde el punto intermedio entre antes y después de una frontera figurada, imaginaria, que ella misma hubiera establecido al detenerse en ese lugar. O quizá no tan imaginaria, decidió Jordán. Si algo resultaba fácil, era adivinar lo que ocurría; y, sobre todo, lo que estaba a punto de ocurrir.

   Ella señaló la gran chimenea de mármol, apagada. Se había quitado el jersey al entrar en la casa, dejándolo caer al suelo de cualquier manera. El vestido blanco estilizaba más las líneas prolongadas del cuerpo y permitía a Jordán ver por primera vez sus brazos desnudos. Fue entonces cuando se fijó en las pequeñas marcas: minúsculos puntitos semejantes a picaduras, o pinchazos. Los había visto antes -en los barrios portuarios podía encontrarse de todo-, pero nunca una mujer como aquella.

   -¿Tiene frío? -preguntó Lena.

   -No -movió la cabeza-. Se está bien.

   Le sorprendía no experimentar deseo. O, para formularlo con precisión, que no fuera el deseo la sensación dominante. Se trataba, concluyó, de una curiosidad tranquila, más propia de un espectador que de un actor de verdad implicado. Entonces recordó lo que ella había contado de su marido, intuyendo que Lena Katelios poseía, de algún modo, la extraña facultad de convertir a los hombres en espectadores. En testigos privilegiados, íntimos, de sí misma.

   Súbitamente, ella pareció tomar una decisión. O más bien la había tomado antes y consideraba llegada la ocasión de que también la tomara él: retrocedió internándose -era la palabra exacta, internarse- en el dormitorio sin dejar de mirar a Jordán, invitándolo en silencio a seguirla. Y así, de espaldas, sin perderlo de vista ni volverse en ningún momento, fue hasta la cama y se sentó en ella, en el borde mismo, ligeramente separadas las piernas que se apreciaban bajo el algodón blanco del vestido, sin apartar los ojos del hombre que se aproximaba despacio con resignada cautela, parecida a la de un marino que tanteara el fondo con el escandallo para calcular la profundidad bajo la quilla, el peligro de las rocas ocultas bajo el agua menguante. Y cuando estuvo tan cerca que pudo percibir el aroma de su cuerpo -carne cálida, fatigada, vago rastro de perfume que no era capaz de identificar-, sin apartar los ojos de los suyos ella abrió más las piernas, alzándose lentamente la falda hasta la cintura para mostrar que nada llevaba abajo. Desnudos los muslos y el triángulo del vello púbico ente el que él se arrodilló, muy despacio también, para acercar los labios y la lengua; y, cerrados al fin los ojos, saborear la carne rosada y húmeda que de aquel modo se le ofrecía.

   -Sí, eso es -la oyó decir con voz pronto ronca, lejana.

   Después se estremeció en su boca, con violencia, varias veces. Hasta que de pronto, en repentino arrebato, lo agarró fuerte por el pelo, forzándolo a echar atrás la cabeza. Abrió el los ojos para encontrarse con los de ella, que lo miraban con una intensidad entre asombrada y cruel; y lo hizo a tiempo para verle alzar una mano y abofetearlo dos veces con dura y seca firmeza. Aún pretendió golpearlo una tercera, aunque para entonces Jordán ya se había incorporado rápido, brusco, casi furioso, y agarrándola por una muñeca la echaba atrás, de espaldas sobre la cama, mientras con la otra mano liberaba su cinturón y abría el pantalón antes de clavarse en sus entrañas mediante una violencia de la que nunca, hasta entonces, se hubiera creído capaz con una mujer.

   Creemos los hombres ser amantes o verdugos, recordó un poco más tarde, todavía entre las brumas del momento. Pero en realidad sólo somos sus testigos.”