«Cuando todos estuvieron en el arca, los animales abajo, los alimentos en el piso intermedio y los hombres arriba, Yahvé envió las aguas sobre la tierra. La lluvia cayó durante cuarenta días y cuarenta noches, lo inundó todo y elevó el arca por encima de la tierra. Las aguas cubrieron las montañas y todo cuanto era carne pereció. Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, las esclusas del cielo se cerraron. El arca se detuvo sobre el monte Ararat. Cuando las aguas menguaron, los habitantes del arca salieron para repoblar el mundo. Noé construyó un altar a Yahvé en el monte Ararat y Yahvé prometió no volver a maldecir ni a destruir la carne de la tierra»

Fotografía: Monte Ararat. Autora: (Pexels) – Leyla Helvaci

Texto de la novela La promesa del ángel de Frédéric Lenoir y Violette Cabesos

Lygia Fagundes Telles, del portugués al español y viceversa

Tiempo atrás, el desaparecido expresidente de Uruguay, José Mujica, mientras se encontraba de visita oficial en Brasil, vaticinó que en el futuro y para una más y mejor integración de Latinoamérica, los niños hispano hablantes deberían aprender portugués en las escuelas, así como aquellos que fueran de habla portuguesa deberían hacer lo mismo con el español.

Hoy, cuando han transcurrido unos años de la manifestación del que fuera mandatario uruguayo, su propuesta está muy lejos de haberse llevado a cabo. Además, la fuerza del inglés, sigue acaparando cada vez más espacio de estudio en las aulas de todo el mundo; aunque a veces sea evidente que lo hace en detrimento de otras lenguas. Aun así, el aprendizaje de un idioma, -de cualquiera de ellos-, no solo es un signo de sapiencia, también es decididamente un elemento de conformación de un individuo y por ende de la sociedad a la cual pertenece.

El reto lanzado al vuelo por el mandatario sudamericano sigue manteniendo su plena vigencia. Y es indudable que la literatura, en todos sus géneros, es una de las formas de sumar aportes de valor a esa posibilidad. Para ello, a nombres como Borges, Neruda, Isabel Allende, Vargas Llosa, Roa bastos, Benedetti o García Márquez, se les podría anteponer los de Guimaraes Rosa, Nélida Piñón, Machado de Asís, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o Lygia Fagundes Telles, por nombrar solo algunos en este posible intercambio del saber hacer literario.

En el caso de Fagundes Telles (Sao Paulo, 1918 – Sao Paulo 2022), lo suyo fue desde joven superar contingencias en la vida, donde llegó incluso a graduarse como doctora en leyes. Como escritora, logró publicar su primer libro de sus primeros relatos a los veinte años de edad: Porao e sobrado, y dos décadas después, As meninas, su primera y más conocida de sus cuatro novelas, texto que la llevó a alzarse con el premio de la Academia Brasilera de las Letras, luego el premio Jabuti de la Cámara Brasilera do Livro y por último, el premio de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.

Su producción en cuanto a relato corto es extensa hasta constituirse como una de las más importantes en su país, que contribuyó a que la autora fuera nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Lisboa, y a ser reconocida por todo el conjunto de su obra con el distinguido premio Camoes, el más importante de los galardones de las letras portuguesas.

La calidad de sus textos hizo que muchos de sus libros fueran traducidos al alemán, inglés o francés, y a lenguas tan disímiles como el sueco, polaco, ruso o el chino.

El pasaje siguiente pertenece al compendio de Cuentos Brasileros. De este, uno de los relatos más festejados de la escritora paulista, El muchacho del saxofón:

   “Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.

   No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.

   -¿Qué es eso? -le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba la música hasta nuestra mesa-. ¿Quién estaba tocando?

   -Es el muchacho del saxofón.

   Mastiqué más despacio. Ya había escuchado antes saxofón, pero ese de la pensión no lo conseguía reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.

   -¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?

   James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.

   -Sí, aquí encima.

   Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.

    -Es una música cruelmente triste -continué.

   -Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro -contestó James, mojando la miga del pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.

   -Y contigo, ¿también se acostó?

   -Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¿me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse…

   ‘Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante, como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal. La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.

   -Parece alguien pidiendo socorro -dije, llenando de cerveza mi vaso-. ¿No tendrá una música más alegre?

   James se encogió de hombros.

   -Los cuernos duelen…

   En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.

   -Pero, ¿por qué? -pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.

   -¿Y los demás no reclaman?

   -Ya se acostumbraron.

   Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientazos que le sobraban. Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. ‘Un enano’, pensé. Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. ‘Cambió de ropa’, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero que diablo de enano es ese que cambia su ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado le lado.

   -¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? -le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.

   -Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas…

   Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto a los enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.

   -Con permiso, dijo.

   No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón…”

«La cultura ya no puede ser ignorada, infrafinanciada o relegada. Hoy los estados deben elegir: seguir tratándola como un lujo o reconocerla por fin como una infraestructura vital. Ya no basta con proclamar su importancia en los discursos. Se necesitan compromisos, financiación y políticas públicas» (Audrey Azoulay – exdirectora general de la Unesco)

¿Por qué leer a los clásicos? Libros que nos ayudan a vivir y a entender al mundo, contra “la dictadura del utilitarismo”

“Las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas y para tratar de entendernos y entender el mundo que nos rodea -planteó el filósofo italiano Nuccio Ordine-. En las páginas de los clásicos, aun a siglos de distancia, todavía es posible sentir el latido de la vida en sus formas más diversas». El libro comienza con célebres versos de un poema de Jorge Luis Borges (”Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”) y reúne una selección de fragmentos comentados por Ordine que se publicaron entre 2014 y 2015 en el semanario “Sette”, del diario italiano Corriere della Sera. Ordine falleció en junio de 2023 a los 64 años.

El proyecto nació en las aulas universitarias. Al comienzo de sus clases, Ordine leía a los estudiantes breves fragmentos de obras en prosa y en verso que daban pie a comentarios. En el volumen, las citas -de Platón a Gabriel García Márquez, y de William Shakespeare a Eugenio Montale, pasando por Cervantes, Daniel Defoe, Nazim Hikmet, Marguerite Yourcenar y Primo Levi- están en un cuerpo tipográfico mayor, acompañadas por un breve escrito del pensador italiano (con letra más pequeña en señal de humildad). Aparecen dos fragmentos de Antoine de Saint-Exupéry y, de Borges, eligió el paradójico fragmento “Del rigor de la ciencia”, incluido en El Hacedor.

Esta “biblioteca ideal”, que pertenece al género de “libro sobre libros y lecturas” (como el exitoso El infinito en un junco, de Irene Vallejo) y tiene traducción de Jordi Bayod, se había publicado en Italia en 2016 y un año después en España. “Los clásicos, en efecto, nos ayudan a vivir: tienen mucho que decirnos sobre el ‘arte de vivir’ y sobre la manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro”, sostuvo Ordine en su crítica a las reformas educativas que intentan ajustarse, sin éxito en su opinión, a las demandas del mercado laboral.

“La rapidez de las mutaciones que hoy afectan al complejo mecanismo de los intercambios económicos es tanta que no es posible adaptar con la misma celeridad los currículos escolares -remarcó-. La formación requiere plazos largos. Orientarla exclusivamente por las presuntas ofertas del mundo laboral es perder de antemano la partida. No necesitamos reformas genéricas, sino asegurar una buena selección de los docentes”. Para el pensador italiano, los buenos profesores son más necesarios que las tablets.

Ordine discutió con la “lógica empresarial” que invade el ámbito de los bienes culturales. ”Nadie pretende subestimar la importancia del aspecto económico: si un museo o un yacimiento arqueológico son rentables, tanto mejor -admitió-. Pero ¿es posible considerar los monumentos y las obras de arte como meras fuentes de ingresos con independencia de su valor cultural? ¿Cómo se explica tamaña vulgaridad?”. Las preguntas son pertinentes para el contexto local.

<El texto le pertenece a Daniel Gigena, fue publicado en el diario La Nación de Argentina>

«Te doy el reloj, no para que recuerdes el tiempo, sino para que consigas olvidarlo de vez en cuando durante un momento y no malgastes todo tu talento intentando conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás. Ni tan siquiera se libra. Sólo el campo de batalla revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es ilusión de filósofos e idiotas»

Texto de la novela El sonido y la furia de William Faulkner

Imagen: Napoleón retirándose de Moscú, óleo de Adolph Northern

Arturo Pérez Reverte, cronista, literato y polemista

En los últimos tiempos su persona, a través de las opiniones vertidas en distintos medios, atrajo la aceptación o el rechazo a sus posturas; si bien el autor acapara una larga experiencia como informador de conflictos, y más aún como fecundo novelista

Su rostro comenzó a ser reconocido años atrás cuando, como corresponsal de la televisión pública española, cubría los conflictos más diversos en diferentes zonas de guerra; una tarea que desempeñó durante más de veinte años. Sus crónicas se hicieron oír desde los lugares más variados: Chipre, Líbano, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Sudán, Angola, Bosnia o Croacia, por nombrar algunos, donde siempre intentó informar por sobre las ocasionales contingencias que surgían sobre el terreno.

Es probable que las consecuencias de sus actos le deban haber acarreado su buen desgaste físico y emocional, aunque con seguridad también le habrán aportado un buen cúmulo de experiencias de todo tipo, bagaje que con posterioridad trasladaría a sus historias de ficción, también en su fase de articulista y guionista.

Por tanto, no es extraño que sus historias se hayan destacado dentro del género de la novela de histórica y de aventuras, en las que los habitantes del mundo del mar se ven particularmente reflejados. Producto de ello, una treintena de títulos llegaron a las manos de sus lectores, entre ellos El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, La piel del tambor, la saga del Capitán Alatriste, Territorio Comanche o El club Dumas, estas tres últimas con su correspondiente versión fílmica.  

Los reconocimientos en forma de premios son además proporcionales a su extensa producción: Premio de la Academia Sueca de Novela, Premio New York Book Review, Premio Nacional de Periodismo. Es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

Más allá de sus textos, es común en los últimos tiempos que se entregue a la polémica en las redes sociales. A veces, sobre algún tema que inunda los titulares de prensa; en otros, echando mano de las enseñanzas que le ha dejado su propia historia; en todos los caos, intentando no caer en lo vano mientras pueda aportar su visión a un hecho.

En el que es hasta la fecha su anteúltimo texto de ficción, donde refleja a un mundo que se intuye estar a las puertas de una gran conflagración. Donde el autor nos muestra a seres que deambulan como autómatas mientras intentan hallarse a sí mismos; en una desesperada carrera por darle un sentido a sus vidas.

De La isla de la mujer dormida, el pasaje siguiente:

   “Había paredes pintadas de colores ya perdidos, espejos que la vejez moteaba, arcones labrados, cuadros de barniz oscurecido y polvorientas lámparas venecianas. Un ‘ambarataros’ de madera tallada separaba el salón del dormitorio amueblado con una cama grande, un armario de luna y una antigua alfombra turca. Por las ventanas, al abrir los deteriorados postigos de madera, podían verse las terrazas de las casas próximas, el arco gris de la costa, el mar y el perfil brumoso de las islas lejanas.

   Lena había puesto un disco en el gramófono del salón, junto al que se enmarcaban fotos familiares que el tiempo volvía desvaídas. Cantaba una voz de mujer:

                 Payons-nous un petit peu de plaisir,

                 Nous n’en ferons pas toujours autant,

                 On n’a pas tous les jours vingt ans.

    -¿Entiende el francés? -preguntó ella.

   -Sólo un poco.

   -No todos los días se tienen veinte años… Eso es lo que dice.

   Estaba ante él, inmóvil, justo en la división entre el salón y el dormitorio, junto al panel de madera labrada en forma de hojas, flores y pájaros. Llevaba un rato mirándolo desde el punto intermedio entre antes y después de una frontera figurada, imaginaria, que ella misma hubiera establecido al detenerse en ese lugar. O quizá no tan imaginaria, decidió Jordán. Si algo resultaba fácil, era adivinar lo que ocurría; y, sobre todo, lo que estaba a punto de ocurrir.

   Ella señaló la gran chimenea de mármol, apagada. Se había quitado el jersey al entrar en la casa, dejándolo caer al suelo de cualquier manera. El vestido blanco estilizaba más las líneas prolongadas del cuerpo y permitía a Jordán ver por primera vez sus brazos desnudos. Fue entonces cuando se fijó en las pequeñas marcas: minúsculos puntitos semejantes a picaduras, o pinchazos. Los había visto antes -en los barrios portuarios podía encontrarse de todo-, pero nunca una mujer como aquella.

   -¿Tiene frío? -preguntó Lena.

   -No -movió la cabeza-. Se está bien.

   Le sorprendía no experimentar deseo. O, para formularlo con precisión, que no fuera el deseo la sensación dominante. Se trataba, concluyó, de una curiosidad tranquila, más propia de un espectador que de un actor de verdad implicado. Entonces recordó lo que ella había contado de su marido, intuyendo que Lena Katelios poseía, de algún modo, la extraña facultad de convertir a los hombres en espectadores. En testigos privilegiados, íntimos, de sí misma.

   Súbitamente, ella pareció tomar una decisión. O más bien la había tomado antes y consideraba llegada la ocasión de que también la tomara él: retrocedió internándose -era la palabra exacta, internarse- en el dormitorio sin dejar de mirar a Jordán, invitándolo en silencio a seguirla. Y así, de espaldas, sin perderlo de vista ni volverse en ningún momento, fue hasta la cama y se sentó en ella, en el borde mismo, ligeramente separadas las piernas que se apreciaban bajo el algodón blanco del vestido, sin apartar los ojos del hombre que se aproximaba despacio con resignada cautela, parecida a la de un marino que tanteara el fondo con el escandallo para calcular la profundidad bajo la quilla, el peligro de las rocas ocultas bajo el agua menguante. Y cuando estuvo tan cerca que pudo percibir el aroma de su cuerpo -carne cálida, fatigada, vago rastro de perfume que no era capaz de identificar-, sin apartar los ojos de los suyos ella abrió más las piernas, alzándose lentamente la falda hasta la cintura para mostrar que nada llevaba abajo. Desnudos los muslos y el triángulo del vello púbico ente el que él se arrodilló, muy despacio también, para acercar los labios y la lengua; y, cerrados al fin los ojos, saborear la carne rosada y húmeda que de aquel modo se le ofrecía.

   -Sí, eso es -la oyó decir con voz pronto ronca, lejana.

   Después se estremeció en su boca, con violencia, varias veces. Hasta que de pronto, en repentino arrebato, lo agarró fuerte por el pelo, forzándolo a echar atrás la cabeza. Abrió el los ojos para encontrarse con los de ella, que lo miraban con una intensidad entre asombrada y cruel; y lo hizo a tiempo para verle alzar una mano y abofetearlo dos veces con dura y seca firmeza. Aún pretendió golpearlo una tercera, aunque para entonces Jordán ya se había incorporado rápido, brusco, casi furioso, y agarrándola por una muñeca la echaba atrás, de espaldas sobre la cama, mientras con la otra mano liberaba su cinturón y abría el pantalón antes de clavarse en sus entrañas mediante una violencia de la que nunca, hasta entonces, se hubiera creído capaz con una mujer.

   Creemos los hombres ser amantes o verdugos, recordó un poco más tarde, todavía entre las brumas del momento. Pero en realidad sólo somos sus testigos.”  

«Empezaron a decir que crearemos un Dios con inteligencia artificial. Démosle diez años para que el robot sea más inteligente de lo que es, porque todavía es un Dios medio tarado, pero es cuestión de tiempo» ( Mariana Enríquez )

Lo que nunca se sabrá sobre el premio Nobel de Literatura

Es uno de los premios con los que más se especula y al que acompañan apuestas anuales y nombres recurrentes que suenan a ganador, aunque no hay ninguna prueba que demuestre que hayan estado alguna vez en la grilla de los finalistas al galardón, los cuales se comunican con cincuenta años de demora

Thomas Mann recibió la llamada cinco años después de publicar La montaña mágica, Gabriel García Márquez descolgó el teléfono cuando sus Cien años de soledad cumplían edad adolescente y Bob Dylan lo ganó mientras al mundo entero se le descolgaba la mandíbula de la sorpresa. A Tolstói, Proust, Virginia Woolf o Borges la Academia Sueca nunca les dijo nada. El Nobel de Literatura, que lleva anunciándose el primer jueves de octubre desde 1901 —casi sin interrupción—, tiene todavía mucho de misterio. 

“La prueba de que sigue de manera bastante estricta sus propias reglas es que nadie, salvo la propia institución, es capaz de explicar a ciencia cierta su selección de autores”, bromea Álvaro de la Rica, doctor en literatura en la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). Para él, aunque se trata de un premio con “enorme prestigio” y se parte de que quienes lo ganan gozan de “cierta calidad literaria” puede estar teñido de una dimensión política: “A Borges no se lo dieron porque apoyó la dictadura argentina”, asegura para apuntar que considera que hay una serie de directrices marcadas en lo práctico, lo ideológico, lo formal y lo estético. 

Luego están las excepciones: “Imagino que ahí el factor humano tiene mucho peso: las tensiones, rivalidades e influjo que puedan tener los miembros de la Academia y figuras afines”, comenta De la Rica para declarar que es una academia “muy” cerrada. “Han sido muy discretos con su proceder y por eso hay tanta especulación, de manera que uno dice una cosa y otro su contraria”, zanja.

Alterna continentes

Una situación que también ocurre en este artículo. El novelista Gonzalo Torné disiente en cuanto al posible influjo ideológico: “También se lo dieron a Vargas Llosa (2010) cuando ya se había presentado a las elecciones peruanas o al propio Saul Bellow (1976), que estaba en contra de la sanidad pública”, ejemplifica en declaraciones a este diario. En lo que sí están de acuerdo es en el carácter rotatorio del galardón, que va pasando de un continente a otro.

“Los mecanismos los dicta un poco la historia”, apunta el escritor Jordi Corominas, “solo hay que mirar la frecuencia de los países. Francia, por ejemplo, suele ganar uno cada 8 años, más o menos. Estados Unidos tiene un ritmo raro y en España —que cuenta con ocho premios en total—, que cae poco, teníamos una fijación por Marías después de haberla tenido con Cela o Vargas Llosa”, expone. 

Hay pocas cosas claras en torno a todo lo que rodea al Nobel. Una de ellas son los requisitos para ser un autor con posibilidades: tener una trayectoria, ser recomendado y/o nominado por profesores de literatura o académicos y, sobre todo, estar traducido al sueco. Hasta ahí todo claro, lo demás son tribulaciones más o menos fundadas. “El enigma es parte de su encanto”, apostilla Corominas.

Opacidad y escándalos

Tarde o temprano todo se ensucia. También la Academia Sueca que, en 2018, tuvo que cancelar la entrega del premio y la consiguiente ceremonia por un escándalo que había salido a la luz en noviembre de 2017, cuando Jean-Claude Arnault, marido de la poeta y académica Katarina Frostenson, fue acusado de repetido abuso sexual.

Por si fuera poco, la figura de Arnault, una personalidad respetada e influyente en la escena cultural nórdica, empezó a levantar suspicacias sobre su influencia. “No hay que olvidar que Arnault es de origen francés y Francia es el país con más Nobel bajo el brazo”, recalca De la Rica convencido de que, al igual que ocurre con premios nacionales y a pequeña escala, “también hay gente que hace sus tejemanejes con esto”.

Como este, a lo largo de la historia del premio, ha habido casos que han hecho levantar la ceja a más de uno. Uno de ellos es el de Pablo Neruda, que recibió la llamada de la academia dos veces.

Neruda ‘cancelado’

Quizá Neruda sea el único escritor que supo que le iban a dar el Nobel y no se lo dieron hasta varios años después de avisarle por primera vez. Porque a los autores se les avisa antes de hacer público el anuncio desde que Jean Paul Sartre lo rechazase en 1964.

“Fue todo por culpa de una conspiración del poeta uruguayo Ricardo Paseyro”, explica en declaraciones a este diario Patrizia Spinato, doctora investigadora en el CNR italiano y autora del artículo, Ciò che resta di una polemica nerudiana en Quaderni iberoamericani.

Spinato explica que en el Nobel, como ocurre con muchos otros premios, la academia recibe cartas de recomendación de críticos e intelectuales en general que intentan influir en las decisiones finales. Es el caso de Ricardo Paseyro, poeta y diplomático uruguayo que había trabajado con el propio Neruda antes de volverse en su contra y que, a ojos de Spinato, estaba obsesionado con la notoriedad: “Encontré una carta que Paseyro había enviado a Giuseppe Bellini —estudioso y amigo de Neruda— sobre cómo había evitado e iba a evitar que el chileno recibiera el Nobel. Consiguió retrasarlo ocho años”, desarrolla la italiana en declaraciones a este diario.

Para Spinato, la figura del uruguayo es muy interesante: “Paseyro tenía muchos contactos, no hay que olvidar que era diplomático, y consiguió llegar hasta la Academia Sueca. Les decía cuáles eran los puntos débiles de Neruda y lo despreciaba en sus escritos”, cuenta para añadir que, además, después siempre incluía una selección de poemas propios. A ver si colaba. “Al final, hoy nadie sabe quién fue Paseyro y todo el mundo ha leído algo de Neruda, independientemente de los escándalos e historias personales que, con los años, se han sabido del escritor”, observa la académica.

Sin embargo, por todo ello, Spinato no duda al concluir que, aunque sea un premio serio, también hay presiones por parte de los intelectuales en general. “Lo que no sabes a ciencia cierta es qué pasa al final, después de que la Academia reciba las cartas”.

Los juegos de sombras de las casas de apuestas

En España, durante los últimos años, el nombre de Javier Marías ha protagonizado muchas de las quinielas del panorama cultural patrio. Pasó también con Camilo José Cela o Mario Vargas Llosa. La diferencia es que, al final, ambos autores sí acabaron consiguiendo el galardón. Al madrileño quizá no le dio tiempo o puede que su nombre nunca sonase más allá del deseo de otros. “Sí que existen candidatos, claro, pero que se sepan o que se diga de Marías eso de eterno candidato al premio Nobel carece de fundamento, no podemos saberlo”, subraya Corominas, quien cree que se habla “de manera gratuita” sobre el tema.

El motivo es simple, los estatutos de la Fundación Nobel restringen la divulgación de información sobre las nominaciones durante 50 años. La restricción se refiere tanto a los nominados como a los nominadores, así como a las investigaciones y dictámenes relacionados con la concesión del premio. Todo lo que hay hoy es especulación sin fundamento más allá de la propaganda. Y ahí es donde entran en juego las casas de apuestas, los deseos editoriales y el empuje de críticos y personalidades ilustres, como demuestra el singular caso Paseyro.

“Estoy seguro de que hay un negocio enorme alrededor al igual que ocurre con el fútbol”, comenta el escritor Gonzalo Torné, para señalar una importante diferencia entre las quinielas y los galardonados en pasadas ediciones. “Abdulrazak Gurnah, Svetlana Aleksiévich o Coetzee en su momento eran grandes desconocidos para el mundo, mientras que los escritores que aparecen en las listas deben ser famosos para que la gente vote”, argumenta y añade que, a veces, “esos juegos” van en detrimento de la literatura. 

El mundo de la literatura es vasto, inabarcable, lo más probable es que desconozcas al ganador del Nobel, y ahí reside buena parte de su valor. No es una competición

Sin embargo, Torné subraya que se trata de negocios que surgen alrededor del Nobel y no tienen nada que ver con el mismo. “Lo que ocurre es que luego hay gente que se enfada porque no gana su favorito. La literatura va mucho más allá de las novedades del año o los premios que se dan en Estados Unidos”, critica.

El caso de los africanos —el continente menos galardonado— a ojos de Torné es particular. “Hay un componente de ideología nacionalista, a nadie se le ocurre decir de un francés que no lo conoce. Lo buscan y hacen ver que lo han leído”, ironiza recordando cómo en 2021 hubo, a su juicio, una suerte de “cabreo idiota” porque en España se desconocía la figura de Gurnah y no había siquiera obra traducida. “El mundo de la literatura es vasto, inabarcable, lo más probable es que desconozcas al ganador del Nobel, y ahí reside buena parte de su valor. No es una competición”, finaliza Torné. 

En definitiva, las listas que se propagan cada año no tienen ningún fundamento real a ojos de todos los entrevistados. “A Stephen King, por ejemplo, se le nombra porque es el autor más conocido del género de terror y el tema de Murakami es una broma recurrente”, opina el novelista. “Evidentemente, siempre se eligen nombres que cumplen los requisitos básicos, que podrían optar al galardón y que, en alguna ocasión, lo consiguen, pero no es más que una lotería a ciegas”, apunta De La Rica.

Escritor contra escritor

Si se visita la hemeroteca, puede comprobarse que hasta el propio Marías se burlaba del fenómeno burbuja en torno a la “supuesta eterna candidatura de Cela” en el artículo Monoteísmo literario publicado en el Diario16 de 1987, dos años antes de que al gallego, al fin, le sonara el teléfono. A continuación, un extracto: 

“[…]Cela sigue siendo ‘el mejor escritor español vivo’ desde los años 40, hasta el punto de que tal aserto se diría ‘una idea fija’ más que una recibida. ¿En verdad no ha sucedido nada en literatura en España en 40 años? ¿Nada en absoluto que pueda poner en entredicho (si es que no negar) tal idea fija, tal lugar común? No sé de ningún país —exceptuando quizá los de muy pobre tradición literaria— que se cierre todas sus puertas para abrir sólo una de par en par. […] y añadiría: ”Pero es que además Cela no solo es el mejor, sino también el más conocido fuera de España y, por tanto, el único con posibilidades de Nobel“. Me pregunto si es así de veras.”

Un fenómeno que varias décadas volvería a repetirse con una cara distinta. La suya. Sin embargo, para saber si llegó a rozar el galardón con la punta de los dedos habrá que esperar un buen puñado de años.

<El artículo lleva la firma de Clara Nuño; y fue publicado en ‘eldiario.es’>

«Tal vez hemos llegado al fin de los tiempos, el sol se ha cansado de salir; Cronos, sin víctimas para devorar, se muere de extenuación, las épocas y las estaciones se han trastornado. Tal vez la muerte del tiempo sólo nos concierne a nosotros»

Texto del relato Bajo el sol jaguar de Italo Calvino

Fotografía: Pexels – Zeya Irish

Siri Hustvedt, noruega, aunque bien de Minnesota

Es común que su nombre resuene ligado al que fuera su marido, el fallecido escritor Paul Auster; pero bien es cierto que la escritora estadounidense (Northfield – 1955), ha cimentado su propio camino con textos en los distintos géneros de la literatura

Proviene de una familia de migrantes noruegos establecidos en uno de los estados de las anchas planicies del medio oeste de América del Norte, aunque su vida dio un completo giro cuando en busca de su futuro se trasladó a la cosmopolita Nueva York. Allí tuvo la oportunidad de formarse, licenciándose primero en Historia en el Olaf College y luego graduándose en Letras por la prestigiosa Universidad de Columbia.

Sus comienzos en la literatura vinieron a través de la poesía, entre otros, con textos como Leer para ti. Luego fue la novela: Todo cuanto amé, Elegía para un americano, El verano sin hombres, o Recuerdos del futuro. Finalmente, el ensayo: Una súplica para Eros, Vivir, Pensar, Mirar, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Madres, padres y demás o Apuntes sobre mi familia real y literaria. A estas ficciones habría que sumarle sus aportes en diferentes trabajos para revistas sobre psicología y filosofía.

Toda esta extensa producción fue jalonada con distintos reconocimientos, premios como el Fémina francés o el Premio Internacional Gabarrón de Pensamiento y Humanidades. Fue distinguida además con premios Honoris Causa por las Universidades de Oslo, la Universidad Stendhal de Grenoble, Francia, y la Universidad Maguncia de Mainz, Alemania. Por último, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España.

En cuanto a sus obras, es frecuente que la autora incluya algunas de las anécdotas de sus años de niñez y adolescencia, o que se refiera a las carencias de sus primeros tiempos en la ‘gran manzana’. Que mencione la fragilidad del pasado: ‘Dime dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación`. En su novela Recuerdos del futuro, destaca la cercanía entre la coherencia y la locura, y remarca cómo de quebradizos se vuelven los días con los años. En ellos se representa una parte el gozo, mientras que se hace necesario mantener las sombras a prudente distancia.

La escritora compone su texto con una mezcla de estilos, cuando por momentos se permite estructurarlo como un diario personal de experiencias; mientras incluye elementos propios del ensayo y, por supuesto, de la ficción más novelada. Abundan también algunos bosquejos a modo de caricaturas para acompañar la descripción de situaciones y personajes. Componiendo una obra cuanto menos particular y diversa.

El pasaje a continuación da comienzo Recuerdos del futuro, donde Hustvedt intenta captar desde el inicio nuestra mejor atención para acometer su escrito:

   “Hace años dejé las extensas llanuras de Minnesota para dirigirme a la isla de Manhattan en busca del héroe de mi primera novela. Cuando llegué allí en agosto de 1978, más que un personaje era una posibilidad rítmica, una criatura embrionaria de mi imaginación percibida como una serie de compases métricos que se aceleraban o ralentizaban con mis pasos al recorrer las calles de la ciudad. Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro. En Nueva York no buscaba felicidad ni comodidades sino aventuras, y sabía que la persona aventurera debe someterse a un sinfín de pruebas por tierra y por mar antes de regresar a casa, o acaba sucumbiendo a manos de los dioses. Entonces no sabía lo que ahora sé: que al escribir también me escribía. El libro había empezado a escribirse mucho antes de que yo dejara las llanuras. En el cerebro tenía grabado múltiples borradores de una novela de misterio, pero eso no significaba que supiera qué iba a salir. Mi héroe aún por formar y yo nos dirigíamos a un lugar que era poco más que una brillante ficción: el futuro.

   Me había dado doce meses exactos para escribir la novela. Si al final del verano siguiente mi héroe había nacido muerto o fallecía aún en pañales, o si resultaba ser un zopenco cuya vida no merecía ni un comentario; en otras palabras, si no era realmente un héroe, los dejaría atrás tanto a él como a su novela, y me pondría a estudiar a los antepasados de mi criatura muerta (o fallida), los moradores de los volúmenes que llenan las ciudades fantasma que llamamos bibliotecas. Me habían concedido una beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, y cuando pregunté si podía posponerla para el año siguiente, las autoridades invisibles me enviaron una carta interminable en la que aceptaban mi petición.

   Una habitación oscura con una cocina pequeña, un dormitorio aún más oscuro, un diminuto cuarto de baño de baldosas blancas y negras, y un armario con el techo de yeso lleno de protuberancias en el número 309 de la calle Ciento nueve Oeste me costaban doscientos diez dólares al mes. Un piso lúgubre en un edificio destartalado y lleno de desconches y grietas, si yo hubiera sido diferente, si hubiera tenido un poco más de mundo o hubiera leído un poco menos, la pintura verde ácido y las vistas a dos paredes sucias de ladrillo en el sofocante calor del verano me habría desinflado a mí y mis ambiciones, pero en aquel momento no existía el grado de diferenciación, por ínfimo que fuera, que eso requería. Lo feo era hermoso. Decoré las habitaciones alquiladas con las frases y los párrafos embrujados que sacaba a mi antojo de los numerosos volúmenes que tenía en la cabeza.

    Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de prudencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía para él no había otra historia más cierta en el mundo.

   Los primeros momentos que pasé en mi piso conservan en mi memoria una cualidad radiante que nada tiene que ver con la luz del sol. Están iluminados por una idea. Entregada la fianza, pagado el alquiler del primer mes y cerrada la puerta en la cara de mi achaparrado y risueño conserje, el señor Rosales, con las axilas de mi camiseta empapadas de sudor, salté sobre las tablas del suelo en lo que creía que era una giga y lancé los brazos al aire, triunfal.

   Tenía veintitrés años y una licenciatura en Filosofía y Literatura Inglesa en el Saint Magnus College (una pequeña escuela de Humanidades de Minnesota fundada por inmigrantes noruegos); cinco mil dólares en el banco, un fajo de dinero que había ahorrado al acabar la carrera trabajando de camarera en Webster, mi ciudad natal, y durmiendo gratis en casa durante un año; una máquina de escribir Smith Corona, un juego de herramientas, una batería de cocina que me había dado mi madre y seis cajas de libros. Construí un escritorio con tablones y una plancha de contrachapado. Y compré dos platos, dos tazas, dos vasos, dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas contando con el futuro amante (o serie de amantes) con quien, después de una noche de sexo delirante, pensaba compartir un desayuno de tostadas y huevos sentados en el suelo, pues no tenía mesa ni sillas…”