La escritura a prisión

Según El PEN América, organización sin fines de lucro que aboga por la libertad para que los autores puedan expresarse, estados como China, Irán, Rusia, Vietnam, Israel y Arabia son los que ostentan el triste récord de escritores encarcelados. La estrategia es antigua, poniéndolos entre rejas no solo se intenta acallar sus voces, el objetivo también es la autocensura de aquellos que están en libertad y, además, la supresión de todo tipo de debate de ideas. Este artículo especifica al respecto:

(Crédito de imagen: Mariana Montrazi)

El número de escritores encarcelados en China superó los cien por primera vez, en tanto el país siguió siendo el mayor carcelero de escritores, según PEN América, agrupación que lucha por la libertad de expresión y que publicó su Índice anual de «Libertad para Escribir». PEN América informó que 339 escritores fueron encarcelados en 2023, el mayor número en los cinco años que lleva elaborando el índice.

El número de escritores presos –lista que excluye a periodistas, pero incluye a escritores literarios, poetas, comentaristas online y escritores de opinión- ha aumentado en general en los últimos cinco años, dijo Karin Karlekar, directora de escritores en situación de riesgo de PEN América. «Estamos asistiendo a un agravamiento de las amenazas contra los escritores», afirmó.

Hay 107 escritores encarcelados en China, según la organización, 50 de los cuales son «“comentaristas online” que escriben sobre temas políticos y económicos y expresan puntos de vista a favor de la democracia». Otros fueron juzgados el año pasado en virtud de la ley de seguridad nacional de 2020, que aplastó la disidencia en Hong Kong.

Algunas de las cifras clave incluyen: Nuevos escritores encarcelados: 62; Escritores en riesgo de ser encarcelados: 923; Escritores encarcelados: 288; Escritoras encarceladas 51; Comentaristas online encarcelados: 180.

PEN América también mencionó de manera especial a Irán como un lugar donde «continuó la represión contra los escritores y la comunidad creativa» el año pasado. Irán detuvo a 13 escritores en 2023, la segunda cifra más alta del índice después de China, lo que eleva su total a 49 encarcelados. «Las mujeres que escribieron o argumentaron contra el ‘hiyab’ obligatorio siguieron estando particularmente en riesgo, e Irán tiene en la cárcel al mayor número de escritoras de todo el mundo», dijo PEN América. Arabia Saudita y Vietnam empataron en el tercer puesto del índice, con 19 escritores presos en cada país.

Los aumentos más notables desde 2022 incluyen el número de mujeres periodistas encarceladas (de 35 a 51) y el número de comentaristas online encarcelados (de 80 a 180). PEN América definió como comentarista online a cualquier persona que escribe en las redes sociales u otras plataformas de internet.

«En muchos países, éste es el único espacio en el que se oyen las opiniones disidentes», dijo Karlekar. La expresión online suele preocupar a los gobiernos autoritarios, añadió, debido al impacto inmediato de internet y a su alcance mundial. Rusia e Israel entraron en la lista de los diez mayores carceleros, en tanto Karlekar señaló que los países en conflicto o en guerra reprimen la disidencia.

«Conforme cambie la geopolítica y las tendencias autoritarias se extiendan a países que antes se consideraban anclados de forma segura en la apertura, prevemos que la libertad de expresión -y por tanto los escritores- se verá cada vez más amenazada en un abanico mucho más amplio de países», señaló PEN América en su comunicado.

La guerra entre Israel y Hamas también ha conmocionado a PEN América. La organización canceló la ceremonia de entrega de sus premios literarios 2024, tras meses de protestas y después que casi la mitad de los candidatos al premio se retiraran por la reacción de la organización ante la guerra, criticada por ser excesivamente favorable a Israel.

Los periodistas de todo el mundo también se enfrentan a más peligros. Según el Comité para la Protección de los Periodistas, 320 periodistas estaban encarcelados al 1º de diciembre de 2023, la segunda cifra de fin de año más alta desde que la organización comenzó a hacer un seguimiento en 1992.

El Comité para la Protección de los Periodistas declaró que el elevado número de periodistas encarcelados era un «preocupante barómetro del autoritarismo arraigado y de las feroces críticas de gobiernos decididos a sofocar las voces independientes».

El índice de PEN América se centra en gran medida en casos particulares de escritores. «Cuando se encarcela a una sola voz disidente, esto tiene un impacto mucho más amplio en la sociedad en su conjunto», explicó Karlekar, quien añadió que puede dar lugar a menos debate, menos discurso y autocensura.

<El texto central pertenece al diario The New York Times y fue reproducido en las páginas de la Revista Ñ del diario argentino Clarín>

«No es cuestión que uno quiera o no estar comprometido. Se está comprometido por el solo hecho de estar vivo, de estar consciente . El primero de todos los compromisos es con la existencia, los demás son accidentes» (Eugène Ionesco)

Crédito de imagen: Tima Miroshnichenko

Virginia Feito, y La señora March

Formada en Literatura Inglesa y con estudios complementarios en Teatro y Arte Dramático, la escritora española (Madrid, 1988) ha hecho su estreno en el candelero literario con una novela. Ficción que se sitúa dentro del drama contemporáneo y al que la autora agrega sabios elementos de thriller, una fórmula que le permite obtener provechosos dividendos a su texto. Por el que la escritora se ha llevado más de un elogio, a punto que la han llegado a calificar como digno émulo de la estadounidense Patricia Highsmith.

Tal vez como producto de su residencia en la neblinosa Londres, ha hecho que el original de La señora March haya sido escrito en inglés. Este hecho, según la novelista, le permite una escritura más abigarrada que el español, idioma con el que, aclara, no tiene fobia alguna. Sea como fuere, la aceptación de los lectores ha provocado que en la actualidad se haya traducido en otras tantas lenguas.

Lo concreto es que, a través de la insegura y ansiosa señora March, la madrileña ha logrado una historia que cuando menos se la puede calificar de peculiar; donde la delgada línea entre realidad y ficción se diluye más que nunca. En ella hasta los espejos, que autores como Borges utilizaban como aquello que su avanzada ceguera no le permitía apreciar, pero que en el caso de la protagonista central se reproducen a todo lo largo de la narración, aunque ella, con su baja estima, se niegue a verse reflejada de manera recurrente en ellos. 

La irrupción en las lides narrativas de Virginia Feito no pudo haber sido más apreciada. Más aún cuando pese al relativo tiempo transcurrido, se habla de la venta de los derechos para hacer una adaptación cinematográfica de la novela; de hecho, la propia escritora ha sido tentada para que se involucre en el guion final para la realización de la película. No se sabe si aceptará la proposición, por lo pronto, ya se anuncia la salida de su segunda ficción literaria.

De La señora March el pasaje siguiente:  

   “-¡Aquí llega la mujer más elegante del barrio! –dijo Patricia al ver acercarse a la señora March, que le sonrió y se dio la vuelta para comprobar si alguien lo había oído-. ¿Lo de siempre, tesoro?

   -Sí, pan de aceitunas negras y… Bueno, sí –dijo-: hoy también me llevaré dos cajas de ´macarrons`, por favor. De las grandes.

   Patricia rebuscó detrás del mostrador, agitando su gran mata de rizos de un lado a otro mientras completaba el pedido. La señora March sacó la cartera y sin dejar de sonreír, complacida por el halago de Patricia, y acarició con la yema de los dedos las protuberancias de la piel de avestruz.

   -Estoy leyendo el libro de su marido –dijo Patricia; estaba agachada detrás del mostrador y se había perdido momentáneamente de vista-. Me lo compré hace dos días y casi lo he terminado. No puedo parar. Me encanta. ¡Es buenísimo!

   La señora March se acercó un poco más y se apoyó en el expositor de cristal lleno de magdalenas de todo tipo y tartas de queso, esforzándose para oírla a pesar del bullicio.

   -Oh –dijo; esa conversación la había pillado desprevenida-. Ay, me alegro de saberlo. Seguro que George también se alegra de saberlo.

   Anoche se lo estuve contando a mi hermana: conozco a la mujer del autor, le dije, ¡qué orgullosa debe de estar!

   -Ah, bueno, sí, aunque como ya ha escrito muchos libros…

   -Pero es la primera vez que se inspira en usted para crear un personaje, ¿no?

   La señora March, que seguía hurgando en la cartera, sintió un repentino entumecimiento. Se le puso la cara rígida al mismo tiempo que se le descuajaban las tripas, hasta tal punto que temió que se le escapara algo. Patricia, ajena a todo eso, dejó el pedido encima del mostrador y preparó la cuenta.

   -Pues… -dijo la señora March, que sentía un débil dolor en el pecho-. ¿A qué se refiere?

   -A la… protagonista. –Patricia sonrió.

   La señora March parpadeó y se quedó boquiabierta, incapaz de contestar. Sus pensamientos se adherían al interior de su cráneo pese a la fuerza con que tiraba de ellos, como si hubiesen quedado atrapados en alquitrán.

   Patricia frunció el seño ante aquel silencio.

   -Quizá me equivoque, por supuesto, pero… Se parecen las dos tanto que pensaba… Bueno, no sé, yo cuando leo me la imagino a usted.

   -Pero ¿la protagonista no es…? –La señora March se inclinó hacia adelante y, con un hilo de voz, dijo-. ¿No es una prostituta?

   Patricia soltó una sonora y afable carcajada.

   -¿Una prostituta con la que nadie quiere acostarse? –añadió la señora March.

   -Bueno, sí, pero eso es parte de su encanto. –Cuando vio el semblante de la señora March, a Patricia se le borró la sonrisa de los labios-. Bueno –continuó-, no es eso, es más bien… cómo dice las cosas, incluso sus gestos, o su forma de vestir, ¿no?

   La señora March se miró el largo abrigo de pieles, los tobillos enfundados en medias y los lustrados mocasines con borlas, y luego volvió a mirar a Patricia.

   -Pero es una mujer horrible –dijo-. Es fea y estúpida. Es todo lo que yo nunca querría ser.

   Expresó aquel desmentido con ímpetu un tanto excesivo, y la rechoncha cara de la pastelera amasó un gesto de sorpresa.

   -Ah, bueno, yo creía que… -Arrugó la frente y negó con la cabeza, y la señora March la despreció por su expresión de desconcierto, que le pareció propia de un imbécil-. Entonces seguro que estoy equivocada. No me haga caso, en realidad leo poquísimo, ¡qué voy a saber yo! –Compuso una alegre sonrisa, como si eso lo arreglara todo-. ¿Nada más tesoro?

   La señora March tragó saliva, asqueada, y miró las bolsas de papel marrón que había encima del mostrador y que contenían su pan de aceitunas, las magdalenas de su desayuno y los macarons que había pedido para la fiesta que iba a dar en su casa el día siguiente: una reunión íntima y refinada para celebrar la publicación del último libro de George en compañía de sus amigos más cercanos (o al menos, los más importantes). Se apartó del mostrador furtivamente, cabizbaja y mirando los guantes que sujetaba en sus feas manos, y se sorprendió al descubrir que había vuelto a quitárselos.

   -Esto…, creo que se me ha olvidado una cosa –dijo, y retrocedió unos pasos.

   Lo que hasta ese momento había sido un ruido de fondo intenso pero inofensivo parecía haberse reducido a una serie de susurros conspirativos. Se dio la vuelta para identificar a los culpables. En una de las mesas, una mujer que sonreía quedó mirándola.

   -Lo siento, tengo que ir a ver si…

   La señora March dejó las bolsas abandonadas en el mostrador y se dirigió a la salida, cruzando varias veces la serpenteante cola; los murmullos de la gente resonaban en sus oídos, notaba su aliento cálido y de olor mantecoso en la piel, sus cuerpos casi se apretaban contra ella. Haciendo un esfuerzo desesperado, se impulsó hacia la puerta y salió a la calle, donde el aire frío le envolvió los pulmones y le impidió respirar. Se sujetó a un árbol cercano. Cuando la campanilla de la puerta tintineó detrás de ella, la señora March se apresuró a cruzar la calle, y no quiso volverse por si era Patricia quien había salido de la tienda. No quiso volverse por si no lo era…”   

«Un zumbido de moscas anestesia la aldea.

El sol unta con fósforo el frente de las casas,

y en el cauce reseco de las calles que sueñan

deambula un blanco espectro vestido de caballo…»

Crédito de imagen: Nese Mitchell

Texto: versos del poema Siesta de Oliverio Girondo

Literatura con censura mata la cultura

Son tiempos de reclamos para la industria editorial. Por un lado y según la opinión de ciertos lectores, la ficción actual tiene cada vez menos de ficción. En segundo lugar, la irrupción de la Inteligencia Artificial que, no sincerando su uso, impone cuestiones que rozan con lo ético. Finalmente, la denominada «cultura de la cancelación», que modifica textos ya publicados con el «objetivo» de no herir ciertas sensibilidades con algunos términos. El artículo a continuación fija opinión respecto a esto último que, de acuerdo a su autor, alcanzaría mucho más allá de remplazar un léxico por otro

(Crédito de imagen: Steve Buissinne)

En el mundo editorial -allá lejos, en ese “mundo ancho y ajeno”-, se instaló una polémica debido a que las editoriales han comenzado a publicar ediciones corregidas, eliminando cualquier tipo de lenguaje que pudiera resultar ofensivo a la hipersensibilidad del lector contemporáneo. En principio, podría pensarse que las razones son correctas -políticamente correctas-, pero lo que está claro es que estos intentos son una censura flagrante que va más allá de eliminar o reemplazar palabras, porque incluso están cambiando las ideas originales que escribió el autor, en aras de “no herir sensibilidades”.

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ironizaba en un artículo que “en nuestro tiempo entontecido se ha impuesto la idea de que las sensibilidades personales son la vara con la cual se mide todo: de que la misión última de todos los creadores en todas las disciplinas es, sencillamente, cuidarse de ofender a alguien”. La censura más insidiosa es la autocensura.

En este manoseo -maquillaje, ajuste, corrección o censura- de textos ajenos corremos el riesgo de perdernos la mirada de los creadores de ese mundo de antes, de cómo se veían y se nombraban las cosas, las personas y las situaciones en otras épocas. Reproducir historias y ficciones expurgadas, ideales, inocuas, asépticas, desinfectadas es mentirnos y reflejar, en especial para los niños, un mundo perfecto que no existe y no prepararlos para lidiar y defenderse de sus reales imperfecciones.

Con la premisa de la estúpida “corrección política” se puede destruir toda creación intelectual y artística del pasado. Además, se desaprovecharía la acumulación y diversidad de riqueza cultural de las diferentes civilizaciones, con sus luces y sus sombras. Hay un claro intento de imponer una narrativa ideológica, supuestamente progresista, contraria a la verdad histórica y ética literaria.

Esta perversa amenaza inquisidora y de “corrección moral” está presente también en los textos legales de los países. ¿Acaso no está claro el nuevo vocabulario que se ha insertado e impuesto en las actuales constituciones políticas de los populismos, circunstancialmente, en el poder?

La buena literatura infantil debe tener algo transgresor, subversivo y no necesariamente pedagógico, para que los niños sientan que entran en un terreno de plena soberanía. En un tuit, la renombrada escritora española Irene Vallejo instó a no subestimar la capacidad interpretativa de los pequeños lectores: “…nunca olvidemos que los niños son un público exigente, inteligente, gamberro, irónico, capaz, agudo, rebelde y perspicaz. Saben distinguir quién les habla en horizontal, de tú a tú, con irreverencia y con gracia, y quién cuenta las historias desde su atalaya de adulto condescendiente. Creedme. Lo saben desde la primera palabra”.

La literatura es indispensable e insustituible. Cualquier cosa que se diga o escriba puede resultar dolorosa, ofensiva o hiriente para alguien, porque así es la vida. A través de ella podemos recrear y vivir realidades y situaciones peligrosas y hostiles, sin sufrir realmente esas amenazas. La vida vicaria de una ficción es la única manera que tenemos de entender ciertas experiencias, sin necesidad de tenerlas.

La idea de que la literatura -el cine, la TV, el arte en general- no deba ofender a nadie solo puede llevar a una catástrofe: una literatura inofensiva, sosa, insípida, caima.

<El texto le pertenece a Alfonso Cortez, fue reproducido en las páginas del diario El Deber de Bolivia>

«Claro que se puede hacer buena literatura partiendo del subdesarrollo, pero el subdesarrollo solo es bello en literatura. Ya que hablamos de sociedades injustas en las que hay una minoría que goza de todos los privilegios, y grandes mayorías que carecen de lo mínimo para salir de la condición en que se encuentran» (Mario Vargas Llosa)

Joan Didion, la magia se renueva

Era marzo del 2018 y hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era quizás su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo el peso de los años y la abulia.

Aunque más allá del texto en cuestión, la autora cuenta con una larga lista de escritos que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse en su momento bajo un pasado periodístico alimentado con historias surgidas de la crónica periodística. Que en el caso de la californiana fueron estructuradas en otras tantas obras de ficción: relatos cortos, novelas, e incluso en guiones cinematográficos.

Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los pasados tiempos pandémicos con las dudas que se esparcieron en el mercado literario, que muchas editoriales decidieron apostar por aquello bueno y ya conocido. Resurgieron así nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otros autores, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, en esta oportunidad, mucho más allá de los países de origen.

Y si en el caso de la mencionada Según…, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para ponerle a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en una crónica de la desaparición del ser querido, crónica que se extiende también por los vertiginosos movimientos de una sociedad que muta a la par de los personajes.

El escrito en parte se transforma en una autobiografía, con pasajes que bien podrían aproximarse a un ensayo, convirtiendo a esta amalgama de estilos en una atractiva ficción. Obra que muchos de los lectores de la autora norteamericana ubican en un plano incluso superior a la obra mencionada en un primer término.

De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:  

“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.

   Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.

   En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.

   Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.

   Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.

   Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.

   Se   reveló otro torbellino.

   La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.

   John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.

   Y aun así…

   Cada noche me esperaba para cenar conmigo.

   Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.

   Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.

   La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”

«<Dirán que en esto influye la belleza, la forma artística>, pensaba. <Bueno, sea. Pero eso no es consuelo. De todos modos, éste no es un procedimiento legítimo. ¿Por qué la moral y la verdad deben tomarse, no en crudo, sino mezcladas con algo, doradas y azucaradas como las píldoras? Eso es anormal. Es una falsificación, un engaño, un escamoteo.>»

Pasaje del relato En casa del escritor ruso Antón Chéjov

Imagen de la escultura Modestia o La verdad velada de Antonio Corradini

Literaturas africanas para resetear la mente y el corazón

Una selección de obras escritas o traducidas al castellano para conocer mejor la realidad de África

Leer literaturas provenientes de las orillas más alejadas de Occidente siempre resulta una aventura llena de obstáculos, pero que vale la pena emprender. Las grandes editoriales bombardean al lector con propuestas, en su mayoría, de autores europeos o estadounidenses, gigantes en ventas y en hacer creer que Occidente es el centro del mundo. Sin embargo, un grupo de irreductibles editoriales, pequeñas e independientes (en su mayoría), se esfuerza para ofrecer a su público voces y realidades diferentes provenientes de otros continentes. No es tarea fácil, porque los canales de distribución y publicidad están copados por grupos editoriales muy poderosos. A pesar de ello, consiguen, a través de medios alternativos, llevar sus propuestas a una limitada audiencia. Estas otras literaturas tienen la virtud de abrir la mente de los que se sumergen en las páginas de sus libros a realidades y puntos de vista diferentes. E invitan a soñar, a viajar y a conocer a seres humanos que en otras partes del mundo se enfrentan a problemas similares, con respuestas no muy diferentes a las que el lector daría.

Aquí se presentan nueve novelas de escritores nacidos en África y ocho ensayos que ayudan a conocer mejor algunos países o problemáticas de este inabarcable continente. Una oportunidad para abrir la mente y el corazón y dejarse interpelar por los cientos de voces que llegan de mucho más allá de las fronteras que encorsetan la cultura dominante.

Novelas

La vida secreta de las esposas de Baba Segi, de Lola Shonevin (Libros de las Malas Compañías, 2022. Traducción del inglés de Federico Vivanco). En esta novela, la escritora y promotora cultural nigeriana presenta un alegato contra el patriarcado y el machismo a través de la vida de una familia polígama. Con mucha ironía y detalle, describe el día a día de las cuatro esposas de Baba Segi y sus hijos. Al mismo tiempo, reivindica la educación de las mujeres como única vía de escape del destino al que la sociedad y la tradición las somete.

Nuestro abismo encantado, de Yamen Manai (Txalaparta, 2023; traducido del francés por Sandra Buenaventura). Un chico de 15 años, víctima de la violencia familiar y social, y su perro sirven de pretexto al autor para profundizar en el Túnez actual. Un país atravesado por la violencia estructural, la jerarquía y la corrupción, donde los jóvenes se hacinan en los barrios. Las autoridades piden sacrificar al animal, para que la rabia no se extienda y, en el fondo, para que la insatisfacción de la juventud no se vuelva contra ellas.

¿Qué mató al joven Abdoulaye Cissé?, de Donato Ndongo (Ediciones Sequitur, 2023). Tras algunos años de silencio llega una nueva novela del escritor ecuatoguineano, cuyo legado está custodiado en la Caja de las Letras del Instituto cervantes. En esta novela, Ndongo vuele a tratar el tema de la migración y el racismo en España. Un joven maliense que llega huyendo de la crisis de su país con la intención de continuar sus estudios ve imposible cumplir su sueño. Entonces decide regresar, pero para ello necesita cualquier trabajo que le permita conseguir algo de dinero. Mientras camina por el centro de Madrid rumbo a una agencia de empleo colapsa. ¿Qué le mató?

Los Maquis, de Hemley Boum (Baile del Sol / Casa África, 2022. Traducción del francés de Pilar Altinier). Una novela histórica que relata la implicación del pueblo bassa en la lucha por la independencia de Camerún. Y los esfuerzos de los colonos para seguir controlando el país a través de gobiernos marionetas. Varios personajes, algunos reales y otros ficticios, dan pie a una trama, llena de intrigas, sacrificios, amor y con tintes de culebrón, que cuestiona la historia oficial, tanto la de los colonizadores como la de los dirigentes que asumen el poder tras la marcha de aquellos.

Neighbours, de Lília Momplé (Libros de las Malas Compañía, 2022. Traducción del portugués de Alejandro de los Santos Pérez). El título de esta obra puede llevar a la confusión de que esté escrita en inglés, pero no es así, cuenta con una excelente traducción al castellano. Momplé relata una larga noche de mayo a través de la vida de cuatro mujeres en un barrio de Maputo y unos asesinos llegados de fuera. Como trasfondo, la Guerra Fría, el apartheid y las sucias tretas para que los países africanos recientemente independizados no puedan seguir su propio camino. Una historia basada en hechos reales con tintes de novela negra que mantiene la tensión hasta el último momento.

La promesa, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2022. Traducción del inglés de Celia Filipetto). El autor sudafricano nunca decepciona. Tampoco en esta novela, en la que a través de cuatro funerales, cuenta la historia de una familia blanca, los Swart, que vive a las afueras de Pretoria. Por medio una promesa hecha a la sirvienta negra. La narración, como si de una cámara de cine se tratase, va voz a los distintos miembros de la saga, mientras desenvuelve los acontecimientos de la historia reciente de Sudáfrica.

Miradnos Bailar, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire 2023. Traducción del francés de Malika Embarek López). Amín está orgulloso de haberse convertido, después de mucho esfuerzo, en un miembro de la nueva burguesía marroquí. Su mujer Mathilde, en cambio, piensa que ha perdido los mejores años de su vida durante la guerra y luego cuidando de la casa y de los hijos. Esta es la excusa que utiliza Slimani para bucear en los primeros años de un Marruecos independiente que busca su propia identidad moviéndose entre la tradición y el espejismo de la modernidad occidental.

El invierno de los jilgueros, de Mohamed El Morabet (Galaxia Gutenberg, 2022). La mirada de un niño inocente que solo conoce Alhucemas describe la cotidianidad de su ciudad y la vida de sus gentes. Más tarde se traslada a Tetuán para estudiar y allí encuentra a Olga. Es la otra mirada del libro, la de la mujer que deja atrás Madrid y quiere crear un nuevo hogar en el norte de África. Dos formas de mirar y entender el mundo que se entrecruzan. Una novela llena de sensaciones, olores y colores.

La huella del zorro, de Moussa Konaté (Libros de las Malas Compañías, 2023. Traducción del francés de Alejandro de los Santos Pérez). Novela negra en su máxima expresión. El comisario Habib y su ayudante Sosso deben dejar las comodidades de Bamako y trasladarse al país dogón, donde han aparecido una serie de cadáveres. Los dogones son conocidos por vivir al margen del Estado y por la fuerza de su magia. En el trasfondo, la eterna cuestión de cómo integrar tradición y modernidad.

Ensayos

La luna está en Duala y mi destino en el conocimiento, de Sani Ladan (Plaza y Janés, 2023). Un libro que no se detiene en el proceso migratorio del joven camerunés que deja su ciudad natal y su familia para poder estudiar. Si no que se adentra en el crecimiento personal y espiritual del autor. Y que describe la toma de conciencia que le ha llevado a ser uno de los principales líderes de la lucha antirracista y de defensa de las personas migrantes en España.

No me toques el pelo. Origen e historia del cabello afro, de Emma Dabiri (Capitán Swing, 2023. Traducción del inglés de Esther Cruz Sataella). El pelo negro nunca es solo pelo. La autora explora cómo el cabello afro puede ser considerado un modelo de descolonización. Un recorrido desde el África precolonial hasta nuestros días, pasando por los distintos movimientos que han reivindicado el poder negro.

Al sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos, de Gonzalo Fernández Parrilla (La Línea del Horizonte, 2022). Los españoles solo son capaces de ver Marruecos a través de los tópicos y los prejuicios alimentados durante generaciones. Pero Fernández Parrilla muestra la riqueza cultural y social del reino alauita. Este libro se debate ente el ensayo, la memoria y la ficción, para ofrecer al lector numerosos puntos de vista que le ayuden a investigar y conocer mejor al país vecino.

Estaciones, de Tarek Eltayed (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2022). Una autobiografía muy original que sumerge al lector en El Cairo de la infancia y juventud del autor: sus barrios, sus gentes, sus sueños, y el descubrimiento de la lectura. Y luego, en el exilio, el valor de esta para no perder las propias raíces.

Los últimos días del África salvaje, de Amador Guallar (Editorial Diëresis, 2023). La vida salvaje de África desaparece a pasos agigantados debido a la acción humana y el cambio climático. Guallar, periodista, fotógrafo y escritor, recorre los rincones más recónditos del continente para contar desde el terreno qué está pasando con los animales en peligro de extinción.

Los grupos armados del Sahel, de Beatriz Mesa (Catarata / Casa África, 2022). Es posible analizar un tema tan complejo y hacerlo interesante para el lector. En esta obra, Mesa profundiza en lo que sucede en el Sahel y cómo los grupos armados que allí operan no se mueven tanto por ideología política o religiosa, sino por el afán de controlar la economía criminal (tráfico de drogas, personas, contrabando…). El dinero sigue moviendo el mundo.

Historia de Etiopía, de Mario Lozano Alonso (Catarata / Casa África, 2022). Siglos de historia resumidos brillantemente en pocas páginas. Una obra llena de sorpresas que acerca al lector a un país muy desconocido y que desarticulas muchos de los mitos que se tiene sobre las naciones africanas.

Historia de Somalia, de Pablo Arconada Ledesma (Catarata / Casa África, 2023). De Somalia solo sabemos que lleva años de guerra. Pero este país tiene una rica historia. Arconada la recorre desde la prehistoria hasta la actualidad y da las claves para entender por qué se ha llegado al actual conflicto.

<El texto y sus sugerencias pertenecen a Chema Caballero, fueron reproducidas en las páginas de Planeta Futuro del diario El País de España>

«Pienso en el desarrollo creativo no como una línea, sino como una espiral. Por lo que estoy condenada a dar vueltas alrededor de mis ideas con la intención de llegar a un nuevo lugar, aunque en realidad no salgo de mi pequeño patio trasero» ( Catherine Lacey )