Rodolfo Walsh, consecuente con sus ideales y con su literatura

Para algunos, Walsh (Choele-Choel, Río Negro, Argentina 1927 – 1977 Buenos Aires, Argentina) fue un ejemplo de profesionalidad, cuando supo conjugar teoría y práctica literaria. Para otros, fue un maestro de aquello que con posterioridad se denominaría como el Nuevo Periodismo, en el que ficción y realidad se acompañan con un objetivo común: enriquecer a la trama. Finalmente para muchos -equivocado o no-, un personaje consecuente con sus ideas hasta la misma muerte.

Oriundo de una familia irlandesa, una parte de sus primeros estudios los realizó en un internado de una congregación religiosa que atendía a hijos faltos de recursos de esa ascendencia. Experiencia dura y poco gratificante que le aportó al escritor elementos que años después darían letra a muchos de sus relatos. Pero antes y desde temprana edad volcó sus esfuerzos hacia el periodismo, colaborando con distintos medios y publicando sus escritos cuando se daban las circunstancias. En un principio fueron cuentos policiales, género que le apasionaba, textos como Diez cuentos policiales o Variaciones en rojo, dan prueba de ello. Luego, con los años, sus ideas fueron girando en lo político, hecho que también se reflejó en una variación en cuanto a género literario.

Así, los primeros gobiernos constitucionales de Juan Perón como presidente, lo encontraron en la vereda opuesta. Una vez derrocado este por un golpe en el que los militares sofocaron a sangre y fuego a los leales al general que querían retomar el poder, donde pudo vivir en primera persona los bombardeos y los posteriores asesinatos revanchistas. Hechos que alimentaron la idea de lo que con el tiempo daría título a uno de sus trabajos más reconocidos: Operación masacre.  

Con posterioridad, viajó como corresponsal a Centroamérica, allí pudo apreciar la realidad cubana de cerca, en los que fueron los primeros años de la Revolución Castrista. Además de palpar los preparativos de la fuerza armada contrarrevolucionaria que se adiestraba para su desembarco en playa Girón, la que luego se rebautizaría popularmente como Bahía Cochinos. Para después, junto con otros periodistas de distintos medios que cubrían estos acontecimientos, entre los que se encontraba Gabriel García Márquez, llegar a fundar la agencia Prensa Latina, aunque su experiencia allí sería bastante efímera.

De regreso en Argentina, la investigación de la muerte del dirigente sindical Rosendo García, le dio fundamentos para escribir Quién mató a Rosendo. Poco después, un nuevo posicionamiento personal, le hizo acercarse a las agrupaciones de base del peronismo, integrándose en una de las organizaciones político-militares que en momentos de máxima beligerancia se oponían al gobierno de turno. Aunque por un corto lapso de tiempo, ya que siendo consecuente con sus ideas y en contra de la posición dogmática de sus dirigentes, le hacen decidir su alejamiento.

Es el momento en que los militares, que ya venían actuando en todo el país por orden del gobierno constitucional peronista, dan un nuevo golpe de estado. Y con ello redoblan la apuesta de control en contra de toda institución sospechada de sostener ideas opuestas. Ante esa circunstancia, con la posibilidad de salir del país, Walsh decide permanecer para lanzar su Carta de un escritor a la Junta militar. Días después, es herido de muerte en plena calle por un grupo que le quería secuestrar para callarle para siempre.

Como suele suceder, más allá de las posiciones del hombre, permanecen sus escritos. En la actualidad, a años de aquellos hechos, son varios institutos de educación que llevan su nombre, mientras que su estilo y su obra se analiza y estudia tanto en escuelas de escritura como en universidades de comunicación. Para apreciar en parte su calidad literaria, el siguiente texto de la serie de relatos Irlandeses, y de esta el relato Irlandeses detrás de un gato:

“El chico que más tarde llamaron Gato apareció sin anuncio ni presentaciones contra la pared norte del patio, durante el último recreo anterior a la cena. Nadie sabía desde cuándo estaba acurrucado junto a la ventana de la galería que comunicaba los claustros. En realidad, allí no tenía nada que hacer, porque era a fines de abril y las clases habían estado funcionando un mes entero, devorando la última luz del fastidioso otoño interrumpido por largos y aburridos períodos de lluvia. Estaba oscureciendo y el patio era muy grande, consumía el corazón mismo del enorme edificio erigido en los años diez por piadosas damas irlandesas. La penumbra, pues, y el vasto espacio que ni siquiera ciento treinta pupilos entregados a sus juegos podrían empequeñecer, explican que nadie lo viera antes. Eso, y la propia naturaleza oculta del recién venido, que lo impulsaba a permanecer distante y camuflado, con su cara gris y su guardapolvo gris contra el borrón de la pared más alejada del comedor hacia el que, insensiblemente, habían ido deslizándose durante los últimos veinte minutos las bolitas, la arrimadita y la payana.

   El chico parecía enfermo, su rostro era como un limón inmaduro espolvoreado de ceniza. Aún no había cumplido los doce años, era muy flaco y los primeros que se le acercaron vieron que los ojos le brillaban febrilmente. Tenía una manera de moverse extraña e inhumana, hecha de bruscos arranques y fogonazos de pasión, o lo que fuera, mezclados con el más sutil escurrimiento, alejamiento, de un cuerpo sinuoso y evasivo. Era alto, y sin embargo podía parecer mucho más pequeño gracias a un solo movimiento, en apariencia, de la cintura y de los hombros, como si no tuviera huesos a pesar de su flacura. Todo esto resultaba inquietante y ofensivo.

   Este chico al que más tarde llamaron el Gato y que en pocas horas más iba a revelar una porción tan inesperada de su naturaleza gatuna, había viajado la mayor parte del día, y toda la noche anterior, y el día anterior, porque vivía lejos, con una madre que iba envejeciendo, con la que estaban rotos los puentes de cariño y que al traerlo lo paría por segunda vez, cortaba un ombligo incruento y seco como una rama, y se lo sacaba de encima para siempre. Es cierto que en último minuto, cuando lo dejó en la rectoría con el padre Fagan, consiguió derramar unas lágrimas y besarlo tiernamente, pero el chico no se engañó con eso, porque él mismo lloró un poco y la besó, y sabía perfectamente que tales gestos no importan mucho fuera del momento o el lugar que los provocan o estimulan.

   Lo que predominaba en la mente del chico era una perseguidora memoria de caminos embarrados bajo una amarilla luz de miel, de pequeñas casas que se desvanecían y de hileras de árboles que parecían las paredes de ciudades bombardeadas; porque todo eso había pasado continuamente ante sus ojos durante el largo viaje en tren y se había sumergido de tal modo en su espíritu que aún de noche, mientras dormía a los sacudones sobre el banco de madera del vagón de segunda, había soñado con esa combinación simplísima de elementos, ese paupérrimo y monótono paisaje en que sintió disolverse a un mismo tiempo todas sus ideas y sueños de distancia, de cosas raras y desconocidas y gente fascinante. Su desilusión en esto tenía ahora el tamaño de la infatigable llanura, y eso era más de lo que se atrevía a abrazar con el solo pensamiento.

   Exigencias más urgentes vinieron luego a rescatarlo. El padre Fagan lo transfirió al padre Gormally, y el padre Gormally lo llevó al borde del patio enmurado, inmerso, hondo como un pozo, rodeados en sus cuatro costados por las inmensas paredes que allá arriba cortaban una chapa metálica de cielo oscureciente -esas paredes terribles, trepadoras y vertiginosas- y le mostró los ciento treinta irlandeses que jugaban, y cuando volvió a mirar las paredes verticales, él que no había visto otra cosa que la llanura con sus acurrucadas rancherías, una sensación de total angustia, terror y soledad lo poseyó. Fue solo una erupción de puro sentimiento, que le puso de punta cada pelo de la piel; algo parecido a lo que siente la piel de un caballo cuando huele un tigre en el horizonte. Tal vez comprendió que estaba a punto de conocer a la gente de su raza, a la que su padre no pertenecía, y de la que su madre no era más que una hebra descartada. Les temía intensamente, como se temía a sí mismo, a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces solo se manifestaban en formas fugitivas, como sus sueños o sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre.

   A primera vista, sin embargo, parecían completamente inofensivos eso chicos campesinos, pecosos, pelirrojos, de uñas y dientes sucios, bolsillos abultados de bolitas, medias marrones colgando flojamente bajo las rodillas, con sus amarillos botines Patria de punteras gastadas por la costumbre de patear piedras, latas y pelotas de fútbol, plantas, raíces de árboles y hasta sus propias sombras; piernas fuertes y macizas bien calzadas en eso pesados botines trituradores, cazadores, que uno (él) veía instintivamente apuntados a sus tobillos, o a la parte blanda de la rodilla, donde el agua se junta y se hincha durante semanas.

   Lo cierto es que ahí estaba ahora, el Gato acorralado contra una ventana, y por supuesto lo primero que dijo Mulligan, que parecía mandar el grupo, cuando lo vio allí acurrucado, como listo para saltar, y no queriendo saltar sin embargo, no queriendo pelear, ni siquiera hablar, lo primero que se dijo, tal vez en su idioma, tal vez en el idioma de la madre que él oscuramente comprendía, dijo Mulligan:

   -Eh, parece un gato.

Y cuando hubo obtenido la razonable cuota de reconocimiento y de risa, y el sobrenombre quedó pegado para siempre al chico que desde entonces llamaron el Gato, inciso en su corazón o en lo que fuera receptivo al castigo y a la burla, en cualquier cosa que se abriera como un tajo para recibir el cuchillo (porque la herida está allí antes que el cuchillo esté allí, la parte blanda antes que la parte dura, la carne antes que la hoja), cuando estuvo así marcado y al fin sabiendo lo que era, alguien, que podía ser Carmody, Delaney o Murtagh, dijo:

   -¿Cómo te llamás?, pibe.

Planteando el terreno, firme para ellos y para el desconocido, porque pudo sospechar que una pregunta tan sencilla tenía un sentido oculto, y por tanto no era en absoluto una pregunta sencilla, sino una pregunta muy vital que lo cuestionaba entero y que debía meditar antes de responder, antes de seguir, como siguió, un curso oblicuo y propiciatorio, antes de decir:

   -O’ Hara-, como dijo.

 Pero el nombre ofrecido no quiso hundirse, simplemente flotó como una manzana descartada o una papa podrida flotan en el río. Se lo tiraron de vuelta, chorreando desprecio y exasperación:

   -Ese no. Tu verdadero nombre, como si fuera trasparente para ellos. Entonces dijo:

   -Burgnicourt.

Que era, ese sí, el nombre de su padre, al que nunca amó y ni siquiera conoció bien, un hombre perdido para siempre en las arenas movedizas del agrio recuerdo y la invectiva, su memoria pisoteada por los hombres que siguieron, un fantasma apenado que tal vez espiaba por los agujeros de la ácida memoria a la mujer que fue su esposa y después, sin explicación, se volvió la puta del pueblo, pero una puta piadosa, una verdadera puta católica que llevaba al cuello una cadena de oro con una medalla de la Virgen María…”    

Para mi corazón basta tu pecho,

Para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido en tu alma.

Crédito fotografía: Jonathan Borba

Texto: verso del poema número 12 del poemario Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda

Tinta invisible: las mujeres que tuvieron que esconder sus relatos tras un hombre

La Editorial Espinas recupera las obras escritas por féminas que en su época fueron silenciadas o tuvieron que escribir bajo el pseudónimo de una figura masculina

(Mujeres y escritoras)

La historia la escriben los vencedores y esto supuso que el relato siempre estuviese monopolizado por los hombres. Nunca se conocerán los nombres de todas aquellas mujeres que tuvieron que esconderse bajo un pseudónimo para poder publicar sus obras. «Ellas escribían con tal compromiso y valentía que lo único que les importaba era el mensaje: esto es lo que quiero dejar y trasmitir, no me importa que se vea mi nombre«, asegura Alicia de la Fuente, fundadora y editora de la Editorial Espinás.

De la Fuente estudió filología y en sus años de universidad se dio cuenta que acceder a libros escritos por mujeres era una labor casi imposible. Siempre acababa optando por obras de coleccionistas o de segunda mano porque la gran mayoría estaban descatalogadas. Ahora, su proyecto editorial unipersonal nace con la idea de rescatar a todas estas literatas que en su tiempo no tuvieron voz que sí tenían sus compañeros masculinos. «Sí había autoras, solo teníamos que buscarlas», reivindica.

Ellas no estaban solas, sino que luchaban contra una sociedad estrictamente patriarcal acompañadas de sus discursos, férreos y combativos. Matilde Cherner inició, hace ahora 140 años, un debate encarnizado sobre la prostitución con un mensaje que, según Alicia, «las abolicionistas siguen empleando». Eso sí, lo hacía bajo la firma de Rafael Luna, como también lo tuvieron que hacer en su momento firmando en masculino las hermanas Brontë, Louisa May Alcott o Colette.

En su obra María Magdalena, la escritora denunciaba una falta de criticismo frente la institucionalidad de la prostitución, categorizándola como explotación clara en contra de los derechos de las mujeres. Adelantándose a la conocida La desheredada de Benito Pérez Galdós, ella fue la primera persona que criticó en el Estado español el carácter institucional de la prostitución y la mercantilización del cuerpo de la mujer.

Bajo la sombra de sus maridos

Las que no vivieron bajo un pseudónimo masculino, lo hicieron cargando con la sombra de sus maridos a sus espaldas. Este es el caso de Ana Dostoievskaia, protagonista de unas memorias puras y sencillas atravesadas por la inquebrantable figura del autor de Crimen y castigo. Una biografía íntima que sale a la luz gracias al manuscrito que Ana dejó en Dostoievski, mi marido.

Lo mismo le sucedió a Eva Canel, valiente y audaz escritora de Oremus, cuya obra abordó sin tapujos conflictos sociales de mediados del siglo XIX como el adulterio, las relaciones incestuosas, la hipocresía o la religión. Esta obra es «una respuesta a La Regenta de Clarín, machista consolidado y considerado uno de los mejores autores de España en la que dice: «yo también tengo este nivel«, explica la editora.

Canel recibió críticas fervientes que aseguraban que sus libros estaban «tan bien escritos» que era imposible que fuesen de una mujer, otorgándole a su marido la autoría total de sus obras. Una historia que también vivió Mary Shelley, autora de Frankenstein, cuya autoría, en un principio anónima, se vinculó con el nombre de su esposo Percy Shelley. «Cuanto más decían que los escritos no eran míos, más pruebas daba de que no había ningún hombre que me superase en valentía moral», escribió Canel.

Preparadas e inteligentes

Aquellas que tenían el privilegio de poder escribir «eran mujeres muy preparadas o muy inteligentes» que, según de la Fuente, a pesar de ello «ni se les permitía ni se atrevían» a firmar con su propio nombre. Cuando un hombre recibía una crítica a sus obras eran por el propio contenido de las páginas, pero cuando escribía una mujer «toda la atención se centraba en que eran mujeres y no en los temas que trataban», explica la fundadora.

De la Fuente recuerda la obra de la feminista radical estadounidense Joanna Russ, Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Un escrito que ejemplifica cómo se le impidió a lo largo de la historia a las mujeres producir obras escritas, firmarlas, cómo se les ha arrebatado el crédito de todas sus producciones intelectuales y de la forma en las que se las ha despreciado y minimizado.

Es por ello que denuncia situaciones como las derivadas de la polémica de Carmen Mola. Desde su perspectiva cuando tres hombres publican bajo un nombre femenino, se están burlando directamente de todas aquellas mujeres que históricamente tuvieron que escribir bajo un pseudónimo masculino para poder dar voz a sus obras. «Esta editorial va a rescatarlas. Seguirán existiendo mientras las leamos», asegura Espinas.

<El texto pertenece a Uxía Pérez, publicado en las páginas del diario El Público>

«Me molesta la distinción entre realismo y fantasía. No la hago porque son el mismo producto de nuestro cerebro, que produce tanto realidad como sueños. Por eso nunca distingo entre una novela realista y otra fantástica» ( Mircea Cartarescu )

Han Kang, Borges y el aprendizaje del griego clásico

La literatura coreana no es de las que más trascienden fuera de la geografía oriental; aunque el otorgamiento de lauros tan importantes como el Nobel a una de sus escritoras, contribuyan a romper de manera decidida con esa tendencia. Además, al menos en el flamante caso del ingreso de la autora a tan distinguido club, resulte un encuentro con una obra que merece ser leída con atención, detenimiento y placer.

Graduada en letras en la Universidad de Yonsei la autora (Gwangju, 1970), comenzó su andadura con las letras dentro del ámbito periodístico, en su caso colaborando con diversas revistas. Hasta la publicación de la que es su primera novela, El amor en Yeosu, que, si bien en su primer momento no tuvo mayor repercusión, hizo que la coreana se inclinara de forma definitiva hacia la narrativa. Fue luego de su segunda ficción, La vegetariana, la que proyectó su nombre y la llevó a alzarse con el prestigioso premio Booker Internacional.

Más allá de sus ficciones en formato de novela, Kang ha incursionado además en géneros como el relato corto y el ensayo. Aunque otros dos títulos como El libro blanco y Actos Humanos, hayan vuelto a poner los ojos en su obra cuando han dado lugar a otros tantos galardones, como los premios Yi Sang Literary Award y el Médicis Extranjero.

Es ya con su última novela, La clase de griego, que logra el alago de propios y extraños, con una trama oscila balanceándose entre lo tangible y lo intangible. En ella unos pocos personajes se muestran afanados en sus búsquedas enfrentándose a la fragilidad del ser humano, y en la que la filosofía oriental sobrevuela el desarrollo de la historia (con homenaje a Jorge Luis Borges incluido). Donde resalta su riqueza narrativa, con un modo económico en palabras, acompañado de estilo poético y precisión descriptiva.

La suya es una historia sin grandes estridencias pero plena de frescura, en la que la necesidad de los personajes de encontrarse a sí mismos se ubica en el centro mismo del relato. Donde guarda importancia lo que se manifiesta y hasta aquello que se insinúa, convirtiendo a la novela en un texto único y particular.

De La clase de griego, el pasaje siguiente:

  “¿Vuelves sobre tus pasos empujando el cochecito con el sol dando de pleno en tu cara morena? ¿Tu hijita de dos años agita el manojo de almorejos que has cortado para ella? ¿Te detienes delante de aquella iglesia centenaria en lugar de hacer el camino que va directo a tu casa desde la orilla del río? ¿Alzas a la niña con tus fuertes brazos y entras en la fresca nave del templo, dejando el cochecito en la portería?

   Aquella iglesia, donde la luz del sol atraviesa los vitrales y se desparrama en diversas gradaciones de azul, como anegada en hielo; donde el Cristo en la cruz eleva los ojos inocentes al firmamento sin trazas de sufrimiento; donde los ángeles pisan el aire con pasos ligeros como si estuvieran dando un paseo; donde las verdes palmeras de hojas oscuras despliegan bondadosamente las palmas abiertas de sus manos; donde los santos de cara sonriente y cabello gris azulado portan mantos de tonalidades azules más claras. Allá donde mires, es imposible encontrar en la iglesia de St. Stefan un rastro de pecado o sufrimiento, a tal punto que parece un templo pagano.

   Una lejana tarde de finales de verano en que salíamos caminando uno junto al otro de aquella iglesia, escribiste algo en la libreta y me la mostraste. Pusiste que, a pesar de haber crecido en una profunda fe religiosa desde pequeña, no podías creer por mucho que te esforzaras, que existiesen lugares tan extremos como el paraíso y el infierno. En cambio, creías en la existencia de fantasmas que vagaban por las calles oscuras hasta la madrugada; y concluías que, si tales espíritus existían, era indudable que Dios también debía existir en alguna parte. Me apreció tan divertido que fundamentaras tu fe en Dios sobre una idea que no solo era ilógica, sino totalmente ajena al cristianismo, que lancé una sonora carcajada y te pedí la libreta. Escribí en ella una demostración de la existencia de Dios que había leído en alguna parte, y te la devolví para que la leyeras:

   En este mundo existen la maldad y el sufrimiento y mueren muchos inocentes.

   Si Dios es bueno, pero no puede corregir la situación, es un ser impotente.

   Si Dios no es bueno y solo es omnipotente, entonces es un ser malvado.

   Si Dios no es ni bueno ni omnipotente, entonces no es Dios.

   En consecuencia, la existencia de un Dios bueno y omnipotente es una falacia.

   Tus ojos se agrandan mucho cuando te enfadas de verdad. Alzas las pobladas cejas, te tiemblan las pestañas y los labios, y se te hincha el pecho cada vez que respiras: Cuando te pasé el bolígrafo, garabateaste con trazos bruscos:

       Entonces el mío es un Dios bueno y lleno de tristeza. Si te atraen esas argumentaciones estúpidas, puede que algún día tu propia existencia se convierta en una falacia.

A veces me hago preguntas utilizando esas argumentaciones de la lógica griega que tanto te disgustaban. Si tomamos como cierta la premisa que dice que, cuando perdemos algo, ganamos otra cosa, ¿qué es lo que he ganado yo al perderte a ti? ¿Y qué es lo que ganaré cuando pierda la vista?

   Hay inevitablemente algo dudoso e insatisfactorio en toda argumentación lógica, ya que son como una red de la verdad y la mentira a través de la cual escapan los sufrimientos, arrepentimientos, obsesiones, tristezas y debilidades del ser humano, dejando solamente una serie de axiomas como un puñado de oro en polvo. Al tiempo que avanzo por la estrecha barra de equilibrio lanzando falacias con audacia, lo que veo a través de esa red de preguntas y respuestas nítidas y coherentes es un silencio ondulante como el mar azul. Aun así, continúo haciéndome preguntas y respondiéndolas con los ojos sumergidos en ese silencio, en una quietud inquietante y acerada que crece sin cesar como el agua. ¿Por qué me acerqué a ti de esa manera tan estúpida? Puede que mi amor no fuera estúpido, pero como yo sí lo era, se contaminó de mi estupidez. O quizá yo no era tan estúpido, pero la estupidez inherente al amor despertó la estupidez que había en mí y terminó por arruinarlo todo…”

«Sé que soy una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión, vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años, era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:

-Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay -dijo con lentitud-«

Pintura: Habitación en Nueva York de Edward Hopper

Texto: del relato Parece tan dulce de Rosa Montero

La palabra inventa a quien la escribe

 

(Crédito: David Gallie)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor y ensayista Fernando Albán Rodas, y fue reproducido en las páginas del diario El Comercio de Perú>

Día del lector

El día 23 de abril, fecha del fallecimiento de Miguel de Cervantes Saavedra o William Shakespeare, la Unesco lo ha instaurado para la conmemoración mundial del día del libro. Pero últimamente, varios países han tomado la costumbre de designar también un día del lector; este es el caso de Argentina, que ha elegido la fecha de nacimiento (24 de agosto) de uno de sus grandes literatos a la vez que gran lector como lo fue Jorge Luis Borges, para conmemorarlo. En esa fecha señalada, en las principales ciudades así como en varios puntos de la extensa geografía del país sudamericano, se instalan paradas donde se promociona la venta o el intercambio de libros.

Aunque este año y dada la dimensión que viene tomando la conmemoración, los organizadores también decidieron hacer lo que denominaron una suelta de poemas. En este caso, de otros tantos reconocidos escritores nacionales, como Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Leopoldo Lugones o Silvina Ocampo, y por supuesto, unos versos del autor motivo de este homenaje póstumo:

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan

un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página,

que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales

de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

Henning Mankell, el inspector Wallander y la rabia de Riga

(Gerakbudaya Bookshop)

A poco de cumplirse una década de su desaparición física, el escritor sueco (Estocolmo, 1948 – 2015, Goteborg), fue uno de los grandes nombres que alimentó el prestigioso género policial nórdico. Aunque dentro de su extensa obra se encuentren además textos de ensayo, de novela clásica e incluso de obras teatrales.

Pero más allá del género en el que pudiera llegar a expresarse, las tramas de sus obras fueron construidas para significar sobre las problemáticas que azotan a la sociedad moderna. Es el caso de la extensa ficción desarrollada con la saga de su alter ego, el inspector Kurt Wallander; donde a pesar de contar con su capacidad y astucia para resolver los casos más intrincados, el autor no duda en mostrarlo como un personaje cargado de sensibilidad, a la vez que dubitativo y por momentos hasta contradictorio.

La presencia casi constante del escritor con sus policiales, sumada a su calidad literaria y la repercusión de sus obras en el corazón de los lectores, le llevaron a ser reconocido con el Premio Pepe Carvalho; distinción en honor del inspector creado por quien fuera su amigo, el español Manuel Vázquez Montalbán. Todo ello por textos como Pisando los talones o Los perros de Riga; además del premio Glassnokelen a la mejor novela de los países nórdicos por Asesinos sin rostro.

Además, sus novelas se extienden fuera del género negro con una docena de títulos en los que destacan El hijo del viento, Zapatos italianos o Un ángel impuro. Se encuentran también sus relatos dirigidos hacia el público juvenil: El perro que corría hacia una estrella, Jugar con fuego, Las sombras crecen al atardecer y El gato al que le gustaba la lluvia. Textos que no han hecho más que ayudar a acrecentar su nombre.

El pasaje a continuación pertenece a Los perros de Riga, novela en la que el inspector debe enfrentarse a un caso de doble crimen, en momentos cruciales para aquellos países que fueron los denominados «satélites» de la extinta Unión Soviética, y que transitaban por el terraplén del rápido ocaso de su aventura en conjunto. Para la resolución del caso, Wallander deberá viajar a la capital letona y enfrentarse con los métodos arcaicos de la policía local; allí se encontrará también con una ecuación reiterada en muchas otras latitudes: uniformados corruptos y políticos ambiciosos. Pronto comprenderá que con su investigación se pondrá en juego algo mucho más valioso que finalizar con éxito un caso difícil, salvar su propia vida.

   “La nevada era cada vez más intensa y el viento había virado al sur sudoeste. Encendió un cigarrillo y se sirvió café en un tazón que descansaba en un soporte especial al lado de la brújula. El calor que se respiraba en la cabina le hacía sudar, y el olor a gasóleo le picaba en la nariz. Echó una ojeada a la sala de máquinas, y vio que en el camastro sobresalía el pie de Jacobson. Le salía el dedo gordo por el agujero del grueso calcetín. <Mejor que siga durmiendo>, pensó. <Si hay que detenerse tendrá que relevarme para que yo pueda descansar unas horas.> Probó el café ya tibio y sus pensamientos volvieron a la noche anterior. Durante más de cinco horas se habían visto obligados a esperar en el pequeño y desmantelado puerto del lado oeste de Hiddense, hasta que, entrada la noche, llegó un ruidoso camión para recoger la mercancía. Weber afirmó que el retraso se había debido a una avería del camión, y puede que fuera verdad. El viejo camión era una vehículo militar soviético mil veces reparado, y lo cierto es que a veces se asombraba de que todavía fuese manejable. Aun así, desconfiaba de Weber. Pese a que nunca le había engañado, estaba decidido de una vez por todas a ser más precavido con él. Sentía que era una precaución necesaria. A pesar de todo, en cada viaje que realizaba transportaba objetos de gran valor para los alemanes del Este: una treintena de ordenadores completos, ciertos de teléfonos móviles y otros tantos de equipos de música para coches. Cada viaje le hacía responsable de sumas millonarias. Si le cogían in fraganti le caería una buena condena y no podría contar con la ayuda de Weber. En el mundo en el que vivía sólo se podía contar con uno mismo.

   Controló el rumbo de la brújula y lo corrigió dos grados hacia el norte. La corredera indicaba que mantenía fijamente los ocho nudos. Todavía faltaban algo más de seis millas y media para divisar la costa sueca y virar hacia Brantevik. Aún podía ver las olas de color gris azulado ante él, pero la tormenta de nieve parecía ir en aumento.

   <Cinco viajes más>, pensó. <Y luego se acabó. Entonces tendré mi dinero y podré viajar lejos de aquí.> Encendió un cigarrillo y sonrió. Pronto alzaría su meta. Lo dejaría todo atrás y se embarcaría en un largo viaje a Porto Santos, donde abriría su propio bar. No tendría que seguir congelándose en esa cabina agrietada, traspasada por las corrientes de aire, mientras Jakobson roncaba en el camastro de abajo en la sala de máquinas. No sabía lo que le depararía la nueva vida que estaba tan cerca de emprender, y sin embargo, la anhelaba.

   De pronto, la nevada terminó tan deprisa como había empezado. Al principio le costó creer en la suerte que había tenido, pero enseguida se dio cuenta de que los copos ya no relucían ante sus ojos. <Quizá pueda llegar a tiempo>, pensó. <Quizá la tormenta se vaya hacia el sur, hacia Dinamarca.>

   Se sirvió más café y empezó a silbar en su soledad. En una de las paredes de la cabina colgaba la bolsa con el dinero: treinta mil coronas, que le acercaba cada vez más a Porto Santos, la pequeña isla próxima a Madeira, el paraíso desconocido que estaba aguardándole…

   Justo cuando iba a tomar un sorbo de café, descubrió el bote. Si la nevada no hubiera parado tan repentinamente, no lo abría visto. Pero ahí estaba, balanceándose sobre las olas a unos cincuenta metros a babor. Era un bote salvavidas de color rojo. Limpió el vaho del cristal con la manga de la chaqueta y entornó los ojos para fijar la vista en el bote. <Está vacío>, pensó. <Se le habrá soltado a algún barco.> Giró el timón y redujo la velocidad. Jakobson se despertó sobresaltado por el cambio del sonido del motor. Asomó la cara barbuda desde la sala de máquinas.

   -¿Ya hemos llegado? -preguntó.

   -Hay un bote a babor -dijo Holmgren desde el timón-. Podríamos subirlo a bordo. Valdrá unos cuantos billetes de mil. Mantén el rumbo, que yo cogeré el bichero.

   Jakobson se puso al timón mientras Holmgren se calaba el gorro por encima de las orejas y dejaba la cabina de mando. El fuerte viento le cortaba la cara y, para contrarrestar el movimiento de las olas, se aguantaba en la barandilla. El bote se iba acercando poco a poco. Empezó a desatar el bichero, que estaba sujeto entre el techo de la cabina de mando y el cabrestante. Los dedos se le quedaron agarrotados mientras tiraba de los nudos helados. Por fin pudo soltar el bichero y miró hacia el bote.

   Entonces tuvo un sobresalto. La pequeña embarcación, situada a pocos metros del casco del barco, no estaba vacía, sino que en su interior albergaba dos cadáveres humanos. Jakobson le gritó algo ininteligible desde la cabina de mando: el también había visto el contenido del bote.

   No era la primera vez que Holmgren veía un muerto. De joven, cuando cumplía el servicio militar, una pieza de artillería explotó en unas maniobras, y cuatro compañeros suyos murieron completamente despedazados. Y a lo largo de su carrera profesional, había visto muchos cadáveres arrastrados hasta las playas o flotando en el agua.

   Lo primero que pensó Holmgren fue que la indumentaria de los cadáveres no era la de unos pescadores o marineros. Los dos vestían traje y corbata. Estaban como abrazados, como si hubieran intentado protegerse mutuamente de lo inexorable. Intentó imaginarse lo que había pasado. ¿Quiénes podrían ser? Jakobson salió de la cabina y se puso a su lado.

   -Oh, mierda, mierda. ¿Qué vamos a hacer ahora?

   Holmgren pensó rápidamente.

   -Nada -contestó-. Si los subimos a bordo tendremos que contestar a un sinfín de preguntas desagradables. Sencillamente, fingiremos que no los hemos visto. Está nevando, ¿no?

   -¿Vamos a dejarles a la deriva? -preguntó Jakobson dubitativo.

   -Sí -contestó Holmgren-. Están muertos. No podemos hacer nada por ellos. Y no quiero tener que explicar de dónde venimos con este barco. ¿Tú sí?

   Jakobson, vacilante, negó con la cabeza. Contemplaron en silencio aquellos cuerpos sin vida. Holmgren, estremecido, se percató de que eran muy jóvenes, no debían tener más de treinta años, y de que sus caras estaban pálidas y rígidas.

   -Es raro que el bote no tenga ningún nombre -dijo Jakobson-. ¿De qué barco procederá?

   Holmgren cogió el bichero y movió la embarcación para poder verla desde todos los ángulos. Jakobson tenía razón: no había ningún nombre escrito…”