Grandes de las letras: Ernest Hemingway

En La Habana hay quien le recuerda degustando un mojito acodado en la barra del Floridita, aunque su nombre ya había comenzado a resonar mucho tiempo antes de su experiencia cubana, cuando como corresponsal cubrió la Guerra Civil española. Luego conservo aún el temple para asistir al otro gran conflicto del siglo pasado, la Segunda Guerra mundial, donde tuvo la oportunidad de desembarcar con las tropas en las playas de la francesa Normandía.

Y en medio de tantas alternativas bélicas, su profunda relación con la literatura. Fruto de ello recibió el premio Pulitzer por el relato El viejo y el mar, que antes de ser libro, fue publicado por entregas en la revista Life. Para luego ya en 1954, hacerse merecedor al Nobel de Literatura por el conjunto de su obra, galardón que el escritor dedicó a su amada Cuba.

Dueño de una prosa certera que utilizó en sus crónicas bélicas, el estadounidense se sirvió de su temprana experiencia como conductor de ambulancias en el frente de la Primera Gran Guerra, para producir una de sus más celebradas novelas, Adiós a las armas. De ella el texto siguiente:

…Todo mi ser se iba rápidamente y comprendí que estaba muerto y que había sido un error creer que todo se acaba al morirse. Luego floté en vez de seguir alejándome, sentí que volvía hacia atrás. Respiré y había vuelto a mí mismo. La tierra estaba revuelta y delante de mí había una viga astillada. En medio del torbellino de mi cabeza oí llorar a alguien. Traté de moverme, pero no lo conseguí. Oía a las ametralladoras y los fusiles que disparaban desde la otra orilla y a todo lo largo del río. Estaba lleno de fango y veía en lo alto cómo subían los obuses luminosos, estallaban y quedaban flotando en medio de un vivo fulgor, veía ascender los cohetes y oía las bombas, todo ello en un momento, y luego oí que alguien a mi lado decía:

_ Mamma mia! Oh, mamma mia!

Empecé a dar tirones, retorcí el cuerpo y por fin logré liberar mis piernas y entonces me volví y lo toque. Era Passini y cuando lo toqué se puso a chillar. Tenía las piernas en dirección hacia mí y en las alternativas de oscuridad y de luz pude ver que las dos estaban destrozadas por encima de las rodillas. Una de las piernas había quedado seccionada y la otra estaba unida al cuerpo por los tendones y parte del pantalón, mientras que el muñón se retorcía como si estuviera completamente separado. Passini se mordió el brazo y gimió:

_ Oh, mamma mia, mamma mia! -Y luego-: Dio ti salvi, Maria. Dio ti salvi Maria. Oh Jesucristo mátame! oh virgen santísima mátame!  Luego quedó inmóvil mordiéndose el brazo, mientras el muñón seguía agitándose.

_ Portaferiti! -grité haciendo bocina con la mano- Portaferiti!     

Traté de acercarme más a Passini para intentar hacerle un torniquete en las piernas, pero no pude moverme. Lo intenté de nuevo y mis piernas se movieron un poco. Conseguí arrastrarme hacia atrás apoyándome en los brazos y en los codos. Passini ahora no se movía. Me senté a su lado le desabroché la guerrera y traté de hacer unas vendas con mi camisa. Pero no pude desgarrarla, ni siquiera aplicando los dientes al borde de la tela. Luego me acordé de sus bandas; yo llevaba calcetines de lana, pero Passini llevaba bandas. Todos los choferes llevaban bandas. Pero Passini sólo tenía una pierna. Deshice la banda y mientras lo estaba haciendo vi que no necesitaba tratar de hacer un torniquete, porque estaba muerto…                                                                                                                                        

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