Narrativa japonesa: Takashi Hiraide

Su biografía detalla un pasado como redactor en una editorial y también como traductor, que sus antecedentes literarios se ubican dentro del  mundo de la poesía, y, por último, que El gato que venía del cielo (Alfaguara) es su primera novela.

Aunque el escritor nipón nos revela algo más de su persona cuando en un texto compacto y no muy extenso hace gala de una sensibilidad y de una imaginación prodigiosa, que expresa a través de un lenguaje poéticamente bello y directo.

El relato, de corte minimalista en escenarios, ubica la acción en un espacio casi cercano a lo atemporal. Los personajes se sumergen en situaciones que ahondan en la fragilidad del ser humano, rozan lo efímero de la existencia, mientras redescubren el placer que se halla en los detalles de las acciones cotidianas.

Nada mejor para ejemplificar lo antedicho que el pasaje siguiente:

 Takashi Hiraide IV “A mediados del mes de julio, la estación de las lluvias llegó a su fin. Sobre una roca expuesta al sol al borde del estanque, se plasmó la silueta azulada de una libélula. ¿Era el vástago de la que venía a refrescarse el verano pasado bajo el arceo aéreo del agua de la manguera? Aquel macho azul y la hembra amarilla, acoplados en elipse amorosa, volaron de matorral en matorral a lo largo y ancho del jardín. ¿Era acaso la criatura concebida por los amantes alados?

El macho con el que había llegado a familiarizarse había desaparecido cuando se consumían los últimos días de agosto. La visión de aquel jardín abandonado por los abuelos, sus legítimos dueños, me había entristecido aún más cuando se marcharon también mis compañeros alados. Ahora sin embargo tenía la impresión de que aquella misma libélula revivía al calor de la luz de verano. Conmovido por la crueldad de la desaparición y lo ilusorio de un nuevo renacimiento, recordé a los que ya no estaban, a los que nunca volvería a encontrar.

Un mediodía de finales de julio, el sol lanzaba sin compasión rayos despiadados. Salí al jardín y miré hacia las rocas que bordeaban el estanque: no había rastro de libélulas. Di dos palmadas, como antaño. En alguna parte el aire vibró imperceptiblemente. Una silueta transparente, límpida, voló hacia mí. El insecto se acercó, feliz ante la visión del arco refrescante que formaba el agua de la manguera. Aleteó en todas direcciones. Supe que era él.

Evitó la sutil trampa tejida por una araña. Parecía como si recuperase  antiguos hábitos al recorrer el jardín de un extremo al otro, un jardín cada día más abandonado. Una idea me asaltó de improviso. Cerré la manguera. El arco de agua desapareció. Levanté el dedo índice de la mano izquierda. La libélula dio una vuelta en torno a mí a una prudente distancia. Después se acercó de prisa, giró frente a mis ojos sin darme tiempo apenas para apreciar el pequeño círculo que describía, voló en dirección al dedo tendido y se posó.

Mi corazón saltó de alegría. Sí. Definitivamente era él. Todo sucedió en un momento fugaz que duró eternamente. En mitad de aquel jardín que ya no iba a recibir más visitas, a salvo de miradas indiscretas, la libélula aterrizó en mi dedo con sus cuatro alas transparentes y me miró con sus ojos saltones.

Debió notar un ligero temblor, porque levantó el vuelo de nuevo para volver a posarse inmediatamente después. Otra vez el tiempo se detuvo.

Un zorzal despegó desde lo alto del olmo, lanzó un grito estridente y desapareció. Sorprendida, la libélula se alejó, voló ascendió ascendiendo en círculos hacia el cielo. Esperé con el dedo extendido. Después de revolotear a un metro de altura sobre mi cabeza, se posó de nuevo en él, como si quisiera instalarse allí…”

 

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