De la redacción a la novela: Tomás Eloy Martínez

Fue ante todo un hombre volcado hacia la comunicación donde se desempeñó como el periodista de raza que era, en diarios como La Nación o La Opinión de Buenos Aires. Luego, cuando la objetividad de la que hacía gala -y aún más su integridad física- corrieron serio riesgo bajo la férrea censura militar y sus esbirros de turno, se alejó de su Argentina natal en busca de destinos más seguros, donde como consecuencia de ello y de su trabajo en varios medios del exterior, cualificó su apreciación de la realidad mundial.

Como uno más de los miembros de su generación (fuesen partidarios o no), e intentando quizás entender la realidad del país y la suya propia, abrevó de las ideas que postulaba el movimiento justicialista. Tal vez por ello cuando años después se convirtiera en un novelista tardío, sus más exitosas obras fueran dedicadas a las figuras gravitacionales de esa formación política: Juan Domingo Perón (La novela de Perón) y María Eva Duarte (Santa Evita). Aunque no fueron las únicas, cuando las acompañaron títulos como El cantor de tango, Lugar común la muerte o El vuelo de la reina, por las que mereció premios y reconocimientos de nivel.

Aun así, bien por propia voluntad o por perderse en el cajón de los tiempos, mucha de su obra literaria, entre ella algunos relatos cortos, quedó inédita. Por ello, a cuatro años de su desaparición física, fue grato encontrarnos con la recopilación Tinieblas para mirar (Alfaguara) con textos que no habían visto la luz hasta el presente. Para medir su calidad literaria, del cuento La estrategia del general, el pasaje siguiente:

Tomás Eloy Martínez III“…Hacía ya meses que el general venía preparándose para la muerte. En la ociosidad de Santa María, había examinado con serenidad su condición mortal y había llegado a la conclusión de que efectivamente moriría. Durante algún tiempo, había desechado sucesivas fórmulas para esquivar el accidente de morir, aplicando los cálculos de probabilidades que le enseñaron en la Escuela de Ingenieros. Carecía prácticamente de todo riesgo de inmortalidad. Había llegado a pensar que si todo nacimiento es una mera consecuencia del azar otro resquicio idéntico que invirtiera los términos y le permitiera no morir: uno de esos relámpagos que se abren repentinamente en el destino como las grietas en la pared, algo que le permitiera adelantarse o retroceder cada vez que la muerte se le ponía por delante. Combatir a la muerte con su voluntad de no morir. 

La primavera había despejado el viento de las calles de Santa María, y las tormentas de polvo empezaban a marchitarse. El general y Serafina salían por las tardes a ver cómo el polvo iba volviéndose amarillo, y luego sucumbía, encorvado, sobre el lecho seco del río. Desde hacía tiempo no se animaba a salir ya, por temor a que el camino hacia Tucumán adelantara su enfrentamiento con la muerte. No es que fuera temeroso: es que había una cuestión de orgullo en el combate. Se había lanzado a él aplicando lo que sabía de estrategia: esperar a la muerte por los flancos, sortearla con un movimiento del cuerpo, en fin. Por fin había creído encontrar la manera de demorarla un poco: la carta robada, en fin. Si se ponía a esperar la muerte como si ésta hubiera pasado ya, era posible que la muerte se confundiera y lo olvidara. Fue a mediados del invierno, una tarde en que despreciaba los mates cebados por Serafina, cuando cayó en la cuenta de que la muerte era una ceremonia para la que nadie se preparaba. Las madres recibían a los recién nacidos con el ajuar bien provisto, las novias organizaban sus equipos de matrimonio, pero con la muerte nada: por no pensar en ella, los hombres permitían que los acometiera la sorpresa. Y así perdían fatalmente…”

 

                                                                                                                                                                                                  

 

 

 

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