Grandes de las letras: Naguib Mahfuz

DNaguib Mahfouz (laantiguabiblos.blogspot.com)esde luego nunca fue fácil para que un escritor oriundo de África trascendiera por sus obras en occidente. Más aún si éste procedía del mundo árabe; pero el autor egipcio (1911-2006) logró eso y mucho más.

Mahfuz, octavo y último hijo de un funcionario, se lanzó desde muy joven a la escritura de relatos hasta alcanzar la nada desdeñable suma de ochenta. También lo hizo con el género de la novela, con el no menos impresionante número de cincuenta, entre las más conocidas: El callejón de los milagros y la denominada Trilogía de El Cairo  (Palacio del deseo, Entre dos palacios, y La azucarera), con las que alcanzó proyección internacional. Por todo ello, es considerado el mayor cronista del Egipto moderno. Fruto de ello y de la calidad de su trabajo le fue otorgado en 1988 el Nobel de Literatura, siendo el primer escritor en lengua árabe en recibirlo.

Aunque no todos fueron reconocimientos, ya que en 1994 fue agredido por extremistas islámicos, quienes consideraron su obra como blasfema. Como  consecuencia del ataque y de las heridas recibidas su salud comenzó a deteriorarse, perdió la movilidad de su brazo derecho y también el sentido de la vista y del oído, a pesar de ello se las arregló para dar autoría a una serie de relatos breves. A posteriori como producto de una caída doméstica y la infección que ella le produjo, el literato cairota dejaba de existir en el año 2006.

El pasaje siguiente pertenece a Milagro, uno de sus relatos cortos más festejados:

“La tibieza había ganado sus miembros y el delirio del vino le arrebataba la cabeza. En el Venecia no había un solo asiento libre. El local estaba sofocado de respiraciones y humo de cigarros. Se veía reflejada la cara en casi todos los espejos. Estaba pendiente de los rostros de las mujeres y de los hombres, los platos de carne, las jarras de vino tinto y blanco, los centros de flores, las fuentes de verde ensalada. Estaba sentado solo. Probablemente era el único cliente solitario, y se hallaba molesto, pero muy animado. Desbordaba actividad y cantar era su válvula de escape.

Hizo un gesto al camarero, que acudió raudo. Le preguntó:

– ¿Conoce al señor Muhammad Sijún al-Mawardi?

El hombre pasó revista a sus recuerdos ligeramente y contestó:

cafeegipcio (sobreegipto.com)No, señor.

-Pues es cliente…

-Es la primera vez que oigo ese nombre…

-Qué raro.

-¿Está usted citado con él?

-No, pero necesito verle para un asunto importante…

-Voy a preguntar.

Se fue el camarero y estuvo ausente un minuto. Para reaparecer enseguida con la confirmación de que nadie del local le conocía ni le había oído nombrar antes. Le dio las gracias y pasó a trasegar el contenido de su jarra de tinto. Empezó a sonreír complacido por el espectáculo de los rostros y el espionaje de íntimos, agradables discreteos. Entonces se alzó una voz con un aviso: < ¡Muhammad Sijún al-Mawardi!>. Se volvió hacia el lugar de la voz conmocionado por la sorpresa. Vio al dueño del establecimiento con el auricular del teléfono en la mano y enseguida repetir el nombre, paseando los ojos por la concurrencia y al no responder nadie, arrimarse al auricular para decir que Muhammad Sijún al-Mawardi no estaba. Y colgar. El camarero le comentó sonriendo:

-Otro que pregunta por ese señor en un rato.

La cabeza le daba vueltas. Esta vez no era el vino, sino por aquella inesperada llamada, por haber oído el nombre Muhammad Sijún al-Mawardi. La verdad era que no conocía a nadie que se llamase Muhammad Sijún al-Mawardi y ni se le había ocurrido pensar que hubiese nadie con aquel nombre; precisamente por esto había preguntado por él. Claro que había preguntado por él al camarero sólo para distraerse. Una broma. Algo hecho sin móvil y sin fines. Había decidido preguntar al camarero por alguien, el primer nombre que le viniese a las mientes. Y se le había ocurrido un nombre raro. Su misma rareza le había decidido a elegirlo para que el juego fuese más rotundo. Pero también podía haber inventado cualquier otro. Zayd Zaydán Zaydún, por ejemplo. Así pues, que el camarero no conociese a aquel señor le había parecido lo más lógico; lo que le había sorprendido, y mucho, fue oír que le llamaban y más todavía que, quienquiera que preguntase por él, lo hiciese en aquella taberna donde nadie le conocía. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo explicarlo?

Se bebió otro vaso sin dejar de dar vueltas al asunto. No había que pensar en una broma del camarero; no tendría sentido. Aquel era un entretenimiento exclusivamente propio de alguien que se hallase solo y malhumorado. Además, ¿cómo compuso aquel nombre? Muhammad Sijún al-Mawardi. Muhammad es muy corriente y salta fácilmente a la imaginación, pero Sijún no puede ser más raro. ¿De dónde se lo había sacado? ¿No le sonaba de algún viejo texto escolar? Y de ser así, ¿cómo se destacó en su mente? Otro tanto pasaba con al-Mawardi. Fundidos en un solo nombre, un logro irrepetible de imaginación. ¿Cómo explicar, pues, que fuese el nombre de alguien real?, de alguien que probablemente había estado en aquella taberna aquel día por primera vez y al que otro había llamado por teléfono casi el mismo tiempo… ¿no era cosa de imaginación y asombro?

Se bebió el quinto vaso y se disparó su delirio borracho en asombro y en cábalas…”

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