Esfuerzo y orgullo de clase: Juan Marsé

Se suele mencionar que nadie como él refleja en su obra el largo período que siguió a la Guerra Civil española. Años de oscuridad y mutismo, de estraperlo y racionamiento, que se conocen de manera popular como los de la “España en blanco y negro”.

Autodidacta y de extracción obrera, características del escritor barcelonés (1933- ) que no fueron impedimento para que en su momento trabara amistad con muchos de los intelectuales de la llamada gauche divine; en su  mayoría de una instrucción y un origen social muy diferente al suyo. Luego su personalidad y la calidad de sus escritos hicieron el resto.

Persona de fuertes convicciones personales, ha tenido sus más y sus menos con las autoridades culturales de turno. Discrepando por la representación local en diferentes eventos o respecto de su catalanidad, habida cuenta de que Marsé ha realizado todos sus trabajos en lengua castellana.

Muchas de sus novelas, producto de una acertada visión de la sociedad y de una atractiva descripción de los personajes variopintos que la poblaban, han trascendido más allá de sus páginas para ser adaptadas a la pantalla grande: Si te dicen que caí, El amante bilingüe, El embrujo de Shanghai o Canciones de amor en Lolita’s club. A ellas se les une la producción de innumerables artículos periodísticos y la incursión también dentro del relato corto: Teniente Bravo o Cuentos completos. Por todo ello, ha sido  galardonado con diferentes premios y distinciones, el Biblioteca Breve, el Nacional de Narrativa y por último en el 2008, el Cervantes de Literatura.

El siguiente pasaje pertenece a su novela breve Noticias felices en aviones de papel publicada en Juan Marsé B5 (jotdown.es)el año 2014:

“…Le mostró a Ruth un avión de papel de diario que dijo haber recogido poco antes de la calle, frente a la casa, y que pensaba llevar consigo al Nepal, porque le traería suerte.

– Mira lo que hay impreso en las alas –agregó-. Lee. ´Chocolate negro`. Y aquí mira: ´Galletas y bizcochos`. ¿Un código secreto? ¿Alguna contraseña? No, querida Ruth, un presagio, una señal del destino. El futuro será dulce. Además, juraría que este pequeño avión lo ha hecho mi hijo, porque aunque es muy tosco, es igual que los que yo le hacía cuando era niño, allá en nuestras queridas playas de Shangri-La, no sé si te acuerdas…

-Para, por favor –musitó ella-. Por favor.

Intentando ocultar la tristeza de sus ojos bajo la mata de pelo ensortijado. Ruth sintió de pronto una oleada de calor y un cosquilleo en la planta de los pies. Estaba en la playa pisando una arena cálida, escuchando el rumor sosegado del oleaje, y apartó los cabellos con la mano y ladeó la cabeza con melancólica flojera en el cuello ofreciendo el rostro a la brisa marina, pero acto seguido vio sus pies descalzos sobre las baldosas del comedor, de modo que se dio la vuelta y se fue con paso rápido al dormitorio dejando a Amador, al de ayer en la playa como al de hoy aquí, con la palabra en la boca. De los felices días de flores y mieles, ella conservaba la hermosa cabellera rizada y la costumbre de andar descalza por casa. Sentada en la cama, se calzó las zapatillas con cierta premura.

Cuando volvió al comedor, Amador le dijo que tenía la piel preciosa y perfumada como siempre. También le dijo que por favor convenciera a Bruno para que dejara de tratarle de usted y le tuteara, y anunció que antes de irse quería hablar a solas con el chico.

– ¿Qué puñeta se propone aporreando ese tambor?- inquirió.

– Nada, supongo. Le gusta.

– ¿Y por qué me llama señor Raciocinio en vez de papá?

Ruth reparó en sus mejillas cenicientas, inanes y mal rasuradas.

– Siempre te respetó mucho…

– ¿De veras? El asunto tiene sus perendengues. ¿No les has enseñado modales? ¿Cómo se le ocurrió semejante idea?

– No lo sé. Pregúntaselo, está en su cuarto.

– Tendrá que escucharme. Va a cumplir quince años. Todavía soy su padre, todavía soy Amador. O viceversa.

Pródigo en añagazas para eludir responsabilidades, o para endosárselas a otros, en su voz menesterosa anidaba una nostalgia arcádica, un ronroneo en la oscuridad, algo que Ruth aún captaba a su pesar. Para Bruno, sin embargo, nada de eso significaba nada, salvo melindrosas argucias de gorrón. Recordaba el dulzón y persistente olor a membrillo de sus manos, y poco más. De modo que mientras era informado sobre Krishna y los misteriosos avatares de una vida errante en su búsqueda de Atman, el ámbito luminoso donde vive el alma, precisó el señor Raciocinio, mientras escuchaba su perorata decididamente plasta de pie en el umbral del cuarto en actitud desmañada, pero esgrimiendo los palillos del tambor frente al rostro a modo de autodefensa y con los ojos entrecerrados, como sumidos en una invencible somnolencia, en menos de un minuto aquel hombre que pretendía ser su padre se había convertido en un vagabundo pirado, un mangante, un ventrílocuo vendedor de imposturas y patrañas, el superviviente peripatético de algún fracaso o de algún extraño malentendido con el mundo. ¿Por qué mierda quiere saber si ese avión de papel que ha encontrado en la calle lo he hecho yo?

– Ni sé cómo se hacen, señor Raciocinio – alegó.

– Claro que sabes, hijo. Yo te enseñé. –Los ojos anegados de agua azul le miraban con afecto-. Son cosas que nunca se olvidan. Vuelan, pero no se olvidan. Probablemente, cada avión que lanzas por el aire, es un sueño que emprende el vuelo…”

 

 

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