Entrevista: Toni Hill

Se reivindica como un ser inquieto en el momento de elegir lo que le motiva para escribir una novela. Tal vez luego sea su formación académica en psicología la que alimente su fascinación por el lado oscuro y la dualidad que subyace en todas las personas; quizás por ello admita que le seducen los personajes que ocultan más que aquellos que se manifiestan. En Los Ángeles de Hielo (Grijalbo) el escritor barcelonés compone un texto pleno de intriga donde aflora la vulnerabilidad y la necesidad de protección del ser humano, para consigo mismo y también contra la propia Toni Hillsociedad que le rodea.

DPL- En el año 2011 se publica -con muy buena repercusión- su primer trabajo: El verano de los juguetes muertos; Los buenos suicidas aparece solo un año después; Los amantes de Hiroshima lo hace en el 2014; y ahora, aún tibiecita, acaba de instalarse en las librerías Los Ángeles de Hielo. No está nada mal para quien hace tan solo cinco años no había publicado novela alguna, el menor adjetivo se puede expresar es prolífico…

TH –Visto así, supongo que prolífico sería una buena descripción aunque yo prefiero la de inquieto, jaja… En realidad, en cuanto entras en una serie, y más aún una trilogía, se impone un ritmo de publicación algo más apretado. También es cierto que tienes ya a los personajes principales creados, lo cual te ahorra un poco de esfuerzo. El verano de los juguetes muertos se publicó en 2011 y la idea era seguir con los otros dos títulos en años consecutivos (2012/2013), pero no pudo ser y la última acabó saliendo en 2014. Y ahora, dos años después, aparecen Los ángeles de hielo.

Hablemos de su reciente publicación Los Ángeles de Hielo, novela gótica construida con una gran dosis de intriga, ¿cuál fue o fueron las ideas que oficiaron como disparadoras de la narración, qué fue aquello que le movilizó a expresarse?

TH- Había varios temas que me rondaban por la mente ya cuando estaba en la tercera novela de la trilogía. Uno, que puede parecer frívolo, era el deseo de que la siguiente historia fuera muy distinta, sobre todo en ambientación y en el ritmo de narración. La novela policíaca clásica, como eran las de la trilogía, llevan consigo un ritmo marcado, de acción casi constante, y me apetecía mucho hacer algo distinto: empezar con una intriga sutil y dejar que ésta fuera tomando aire, creciendo, hasta impregnar toda la novela. Luego, en aspectos más temáticos, me interesaba mucho hablar de la represión (emocional y también sexual), el autoengaño, el lado oscuro que tenemos todos y la decepción. De esos conceptos salió un protagonista desencantado con su tiempo y toda una historia de secretos y obsesiones.

En el relato se menciona, entre otros, el mítico coche Hispano-Suiza, los amoríos y encuentros de la burguesía barcelonesa en el teatro Liceo, o la reciente admisión de las mujeres en la universidad, ¿además de la trama propiamente dicha, ha tenido la intención de trazar un fresco de la época?

TH- Sí, yo estoy bastante convencido de que cada historia tiene sentido en una época y que, sin abrumar al lector, sí hay que proporcionarle referentes para sumergirse en ese tiempo determinado. Los ángeles de hielo no es una novela histórica, sino una historia de intriga psicológica situada en un momento histórico concreto: las primeras décadas del siglo XX.

– Ha construido la historia situándola en 1916 dentro del escenario que representaba la Gran Guerra, conflicto que de una manera u otra está presente a lo largo de la novela. Pero salvo contadas menciones -como la que se hace de una violación- se observa la tendencia de no explicitar en demasía; hecho que sabiamente se deja librado a la tácita imaginación del lector. Ahora dado el peso específico, ¿qué es lo que le ha atraído de la conflagración como para utilizarla como gran marco de referencia?

TH- Debo confesar que soy un gran amante de las guerras desde un punto de vista literario. Representan un conflicto global, mayor, que envuelve a los personajes. En términos freudianos, una especie de súper-conflicto. Y en una guerra, que es una situación extrema, lo mejor y lo peor de los seres humanos sale a la luz: tanto existen actos de heroísmo como de absoluta crueldad, tanto en quienes luchan como en quienes los esperan y sufren las consecuencias del conflicto desde sus casas. Dicho esto, la novela no trata sobre la guerra y en realidad solo uno de los personajes, el protagonista, la ha conocido en persona. Eso le concede un halo casi romántico, atormentado por algo que nadie más de la novela ha vivido (ni tampoco los lectores). Podría haberle hecho explicar muchos más detalles, pero decidí dejarlo así: a veces los personajes resultan más interesantes por lo que ocultan que por lo que cuentan.

De los cuarenta y tantos personajes de diferente orden que aparecen en la historia hay dos que sobresalen por su importancia: Frederic Mayol el protagonista omnipresente y una “gran ausente” como lo es Águeda Sanmartín, a la que conocemos a través de las precisas pinceladas de su propio diario y quien en definitiva conquista la atención del lector hacia su persona. ¿Es ella el personaje gótico de la novela?

TH- Yo diría que no. En la novela los elementos góticos se encuentran en la ambientación (el internado ahora convertido en sanatorio, esas escaleras donde los personajes siempre suben sin poder evitar volverse hacia atrás, esos pasillos mal iluminados), en las visiones y enfermedades mentales de los pacientes y en los crímenes: desde la primera víctima, Clarisa, sabemos que alguien las degüella y les coloca un pájaro muerto en la boca. Águeda es un personaje poderoso, creo que uno de los más impactantes de la novela, pero en realidad es una mujer muy capaz, muy inteligente, que no quiere reconocer, ni ante sí misma, que en su vida hay unos huecos emocionales que necesita llenar. Puede parecer un personaje típico de finales del XIX, principios del XX, pero si lo pensamos bien veremos que existe también hoy en día: mujeres o hombres que trabajan sin descanso, en empleos que son o parecen vocacionales, y que esconden una falta de vida personal que, en algún momento, les estalla delante.

Declara el protagonista central: “Añoro los años pasados, antes de que esta guerra quebrara un mundo ordenado que se movía a un ritmo perfecto y tranquilo, como si un metrónomo lo dirigiera”; como él ¿siente que a partir de allí la humanidad se alejó de lo se definía como el romanticismo de la Belle Époque?

TH- Creo que sí, aunque habría que matizarlo mucho. Frederic está hablando desde un punto de vista privilegiado: chico burgués, universitario, con una vida sin excesivas complicaciones sociales o económicas. Esa Belle Époque tenía una cara B, que no era para nada “belle” sino bastante “bestial”. Si hablamos de los obreros de las fábricas, de los turnos inacabables, de los niños trabajando jornadas de adulto por menos de la mitad de sueldo, obviamente la perspectiva es distinta. Pero, puntualizado esto, sí que creo que, quizá llevados por un optimismo que parece acompañarnos en cada principio de siglo (yo solo he vivido el del XXI y lo percibí), la guerra sí truncó unos movimientos culturales y artísticos que recorrían Europa, una paz burguesa, unas corrientes ideológicas como el psicoanálisis. Si uno está luchando a muerte en una guerra, interpretar sus sueños no debería tener mucho misterio; y los traumas del pasado palidecen ante el gran trauma del momento. La guerra lo zarandeó todo, y sobre todo se cargó ese optimismo un poco ingenuo de las clases acomodadas europeas.

La trama en su desarrollo supera las 450 páginas aunque es de destacar que se sobrellevan sin esfuerzo. A pesar de ser un texto escrito con una estructura compleja, con distintas voces en el narrador, ha tenido particular esmero en el ritmo de la historia lo que le confiere cierto grado de adicción al lector. ¿Con cuál de los narradores se siente más identificado como autor?

TH- La verdad es que con todos. El narrador omnisciente es el que yo había manejado más hasta el momento, y siempre lo hecho acercándolo mucho a los personajes. Águeda y su diario, narrado en primera persona, eran un reto y sin embargo acabó resultando más sencillo de lo que había supuesto (dentro de la complejidad): se trataba de “ser” Águeda, de ver el mundo a través de sus ojos y contarlo a partir de su perspectiva. Fue agotador, eso sí, porque es un personaje potente que te deja un poco exhausto como autor. Y el tercer narrador, el doctor Freixas, al que llamo el narrador travieso, fue muy divertido. Me ofrecía la posibilidad de contar ciertas cosas sin que necesariamente tuvieran que ser ciertas, podía darle a una escena todo el dramatismo del mundo porque es un hombre mayor, un poco sobrepasado por la emoción de escribir. Disfruté mucho con él. Y todos ellos conforman ese ritmo que creo que es uno de los rasgos distintivos de la novela: la alternancia entre el narrador omnisciente y el diario de Águeda imprime uno muy marcado en las dos primeras partes; y las intervenciones, mucho más al azar, más inesperadas, de esos “solos” del doctor Freixas rompen con la narración convencional de las partes 3 y 4.

A lo largo de la historia muchos de los personajes manifiestan la dicotomía que subyace en todos nosotros. Por ejemplo, esas manifestaciones contrapuestas que hacían que la misma burguesía que amparaba y sufragaba las grandes manifestaciones artísticas, era la que con su anuencia impulsaba los pasos hacia la confrontación bélica con toda su destrucción de vidas y bienes que ello comportaba. ¿Se puede decir que esa dualidad es uno de los argumentos principales de la novela?

TH- Sí, desde luego es uno de los temas principales. La dualidad aparece en esa perspectiva social que comentas, en la enfermedad mental de uno de los personajes (que ve a su doble), en algún otro personaje más que no vamos a desvelar… Pero luego hay detalles que la refuerzan también: Frederic tiene dos amigos, por ejemplo, con quienes va a la guerra; uno de ellos muere en combate, no sólo eso, casi anticipa su muerte como si pensara dejarse matar, mientras que el otro descubre unos instintos violentos y crueles que le hacen, en cierto modo, disfrutar de la situación de guerra. El tema del doble es un clásico de la literatura, y más de la literatura gótica (pensemos en Dr. Jekyll y Mr. Hyde), y a mí me apasiona en cada una de sus vertientes: la más “perturbada” y la más adaptada… Porque todos tenemos, sino un doble, sí un lado oscuro o cuanto menos oculto, que intentamos no mostrar. Y es ese lado el que funciona muy bien en la literatura o en el cine.

En algunos pasajes se menciona a los integrantes de la familia de Sigmund Freud y la cercana relación del protagonista con Anna, hija del renombrado médico. ¿En este caso su formación como psicólogo le ha llevado a hacer un homenaje manifiesto al denominado padre del psicoanálisis?

TH- Es un homenaje manifiesto, pero no sé si por mis estudios de Psicología. Diría más bien que, sin Freud (sin sus teorías del inconsciente y la sexualidad, por cuestionadas que sean ahora), mucha literatura, mucho cine y mucho arte del siglo XX simplemente no habrían existido de la misma forma.

Del relato surge la frase “Los hombres deben tomar sus propias decisiones y aceptar sus propias condenas”, ¿es que estamos condenados?

TH- Estamos condenados a la muerte: vivir eludiendo ese hecho es nuestro mayor autoengaño. Pero no quiero terminar con un pensamiento tan duro. “Los hombres deben tomar sus propias decisiones y aceptar sus propias condenas” es una frase muy contundente, que, como siempre, se deja algo: la mayoría de nosotros tendemos a decidir echar la culpa a los demás (a nuestros padres, al entorno, a los amigos, a la mala suerte) y eso, en consecuencia, nos “absuelve” en lugar de condenarnos. Hay quien dirá que es algo un poco cínico, pero funciona bien y nos permite sobrevivir en un mundo que ya nos abruma lo suficiente… ¡No nos flagelemos más de la cuenta!

 

 

 

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