Kent Haruf, alimenta las almas nocturnas

En su juventud, el escritor estadounidense Kent Haruf (1943-2014), siguió la huella de muchos de aquellos nacidos en el medio oeste de los Estados Unidos. Ya que para ganarse su sustento desempeñó múltiples tareas: peón agrario, obrero de la construcción, ayudante en un nosocomio o empleado en una biblioteca pública.

Como otros también para evitar ser enrolado en las filas de las fuerzas americanas que en su momento luchaban en Vietnam, tomó la decisión de declararse objetor de consciencia; hecho que le obligó a realizar trabajos sociales en un orfanato y en un hospital. Con posterioridad a ello vino su paso por la universidad de Nebraska, y una vez egresado, a desempeñarse como profesor de lengua.

Tal vez fruto de la experiencia universitaria atesorada comenzó a dar a conocer sus escritos, primero fueron sus relatos cortos, y luego sus novelas: Los lazos que unen; Plainsong (título traducido al español como Un mundo de pasiones y silencio); Bendición; y poco antes que le sorprendiera la muerte,  su última obra: Nosotros en la noche, siendo esta la más reconocida de todas. En ella describe la relación de una pareja mayor en una pequeña ciudad del estado de Colorado. Ambos viudos, sienten que ya se encuentran de vuelta de muchas cosas en la vida y simplemente, no están dispuestos a dejar pasar de manera vana sus últimos años de existencia.

Con un estilo breve, por momentos telegráfico, alejado de todo tipo de estridencias donde como si de coordenadas se tratase, Haruf describe solo los detalles esenciales de la narración para dejar las circunstancias del texto a la libre imaginación del lector, para conformar una historia cálida, entrañable. De Nosotros en la noche, el capítulo con el que da comienzo a la novela:

“Y entonckent-harufes llegó el día en que Addie Moore pasó a visitar a Louis Waters. Fue un atardecer de mayo justo antes de que oscureciera.

Vivían a una manzana de distancia de la calle Cedar, en la parte más antigua de la ciudad, con olmos y almezos y un arce que crecían a lo largo del bordillo y jardines verdes que se extendían desde la acera hasta las casas de dos plantas. Durante el día había hecho calor, pero al anochecer había refrescado. Addie recorrió la acera bajo los árboles y giró ante la casa de Louis.

Cuando él salió a la puerta, Addie le preguntó: ¿Puedo entrar a hablar de una cosa contigo?

Se sentaron en el salón. ¿Te traigo algo de beber? ¿Un té? No, gracias. Puede que no me quede el tiempo suficiente para beberlo. Addie miró a su alrededor. Bonita casa.

Diane siempre tenía la casa bonita. Yo lo he intentado.

Sigue bonita. Hacía años que no entraba.

Addie miró por las ventanas al jardín lateral donde caía la noche y a la cocina donde una luz brillaba sobre la pila y las encimeras. Todo estaba limpio y ordenado. Louis la observaba. Era una mujer atractiva, a él siempre se lo había parecido. De joven había tenido el pelo moreno, pero ahora era blanco y corto. Todavía conservaba la figura, aunque algo rellenita en la cintura y las caderas.

Te preguntarás que hago aquí, dijo ella.

Bueno, no creo que hayas venido a decirme lo bonita que está la casa.

No. Quiero proponerte algo.

¿Sí?

Sí. Tengo una propuesta.

Vale.

No es de matrimonio, dijo ella.

Tampoco se me había ocurrido.

Pero es un tema casi matrimonial. Aunque ahora no sé si podré. Estoy echándome atrás. Se rió un poco. Muy del matrimonio, ¿verdad?

¿El qué?

Lo de echarse atrás.

Puede.

Sí. Bueno, lo digo y punto.

Te escucho, dijo Louis.

Me preguntaba si querrías venir alguna vez a casa a dormir conmigo.

¿Cómo? ¿A qué te refieres?

Me refiero a que los dos estamos solos. Llevamos solos demasiado tiempo. Años. Me siento sola. Creo que quizás tú también. Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar.

Él se la quedó mirando, contemplándola, curioso, cauto.

No dices nada. ¿Te he dejado sin respiración?, preguntó ella.

Supongo.

No estoy hablando de sexo.

Me lo preguntaba.

No, sexo no. No lo enfoco así. Creo que perdí el apetito sexual hace tiempo. Yo hablo de pasar la noche. De acostarse calentitos, acompañados. Meterse juntos en la cama y que te quedes toda la noche. Las noches son lo peor, ¿no crees?

Sí. Ya lo creo.

Al final termino tomando pastillas para dormir y leo hasta muy tarde y luego al día siguiente estoy grogui. No sirvo para nada.

He pasado por lo mismo.

Pero creo que si hubiera alguien conmigo en la cama podría dormir. Alguien agradable. Por la cercanía. Charlar de noche, a oscuras. Addie esperó. ¿Qué te parece?

No sé. ¿Cuándo quieres empezar?

Cuando quieras. Si es que quieres, añadió. Esta semana.

Deja que me lo piense.

De acuerdo. Pero avísame el día que vengas, si vienes. Así estaré preparada.

De acuerdo.

Espero tu respuesta.

¿Y  si ronco?

Pues roncarás o aprenderás a dejar de roncar.

Él se rió. Sería una novedad.

Addie se levantó y salió y regresó a casa, y él se quedó observándola desde la puerta, una mujer de setenta años, complexión media y pelo blanco alejándose bajo los árboles iluminada a trozos por la farola de la esquina. La leche, dijo Louis. No te embales…”  

 

Un comentario en “Kent Haruf, alimenta las almas nocturnas

  1. Poética del encuentro humano el párrafo que publican . Eso, que parece ser lo más simple y que resulta tan complejo! Relato conmovedor de una mujer que rompe con el paradigma clásico y se atreve a pedir lo que cree necesario y sabe posible y de un hombre que, aunque sorprendido, parece estar dispuesto a la aventura de aprender, según sus palabras. Ganas de seguir la lectura!

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