Gabriela Mistral, educadora y poeta

En el año en que se cumplen sesenta años de la desaparición física de la poetisa trasandina (1889-1957), Chile rinde homenaje a la que fuera una de sus figuras más reconocidas y queridas de su historia contemporánea. Para comprender la dimensión humana del personaje sólo mencionar que el seudónimo literario con el cual se la conoce, amalgama del nombre del escritor italiano Gabriele D’Annunzio y del apellido del autor francés Frédéric Mistral, lo detenta hoy  un centro cultural, una fundación, un museo, una universidad, además de una orden al mérito que otorga la república americana.

Como sucede con muchos de aquellos que son venerados Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy, tal su nombre de origen, tuvo que peregrinar por mucha geografía de su tierra natal antes de llegar a ganarse un lugar en la historia: ciudades como las de Antofagasta, Temuco o Punta Arenas para obtener su reconocimiento como educadora; otras como Madrid, Los Ángeles o Nueva York para ser considerada como cónsul en su carrera diplomática; y luego de haber escrito infinidad de poemas dados conocer en otros tantos compendios, para ser galardonada con el Premio de las Letras de su país y luego con el Nobel de Literatura del año 1945.

A consecuencia de provenir de una familia desestructurada (su padre abandonó el núcleo familiar cuando la poetisa tenía tres años) y de su formación autodidacta, siempre se preocupó por el peso de la educación en la formación de las mujeres. Ya luego fue su ansiedad por adquirir aún más conocimiento que la llevaron a convertirse en una viajera infatigable, con estancias en  muchos estados de Europa, el Caribe, América del Norte y del Sur dentro de sus destinos.

Supo también contemporizar con otras escritoras de su generación a las cuales admiraba y la reconocían, como las argentinas Alfonsina Storni o Victoria Ocampo. Aunque esta admiración y el recuerdo hacia su persona sigue alcanzando a gobiernos e instituciones de países como Méjico, Nicaragua o Puerto Rico, donde brindó su experiencia como educadora; además de organismos supranacionales como la UNESCO, que destacó de ella “su ardiente defensa de la paz y de la educación como baluartes de la convivencia entre los hombres”.

Como muestra de su hacer, del compendio Poema de Chile, los versos de su poema Patagonia:

 A la Patagonia llaman
sus hijos la Madre Blanca.
Dicen que Dios no la quiso
por lo yerta y lo lejana,
y la noche que es su aurora
y su grito en la venteada
por el grito de su viento,
por su hierba arrodillada
y porque la puebla un río
de gentes aforesteradas.

Hablan demás los que nunca
tuvieron Madre tan blanca,
y nunca la verde Gea
fue así de angélica y blanca
ni así de sustentadora
y misteriosa y callada.
¡Qué Madre dulce te dieron,
Patagonia, la lejana!
Sólo sabida del Padre
Polo Sur, que te declara,
que te hizo, y que te mira
de eterna y mansa mirada.

Oye mentir a los tontos
y suelta tu carcajada.
Yo me la viví y la llevo
en potencias y en mirada.

-Cuenta, cuenta, mama mía
¿es que era cosa tan rara?
Cuéntala aunque sea yerta
y del viento castigada.

Te voy a contar su hierba
que no se cansa ni acaba,
tendida como una madre
de cabellera soltada
y ondulando silenciosa,
aunque llena de palabras.
La brisa la regodea
y el loco viento la alza.
No hay niña como la hierba
en abajar bulto y hablas
cuando va llegando el puelche
como gente amotinada,
y silba y grita y aúlla,
vuelto solamente su alma.

 

 

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