Las piedras del corazón

Milena Agus es una autora italiana quien ostenta la particularidad que, siendo oriunda de la ciudad de Génova, adscribe sus obras dentro de la denominada Nueva Ola Literaria Sarda.

En sus antecedentes literarios se destacan las novelas Las alas de mi padre, Mientras duerme el tiburón o Alice; pero no cabe duda que ha sido con la primera de todas ellas, Mal de piedras, con la que ha llegado a trascender de forma mayoritaria al gran público. Las referencias cercanas hablan de un rotundo éxito cosechado en Alemania, Francia y por supuesto,  Italia. Como aval de ello, se anuncia el estreno mundial de la historia pero en esta oportunidad llevada a las pantalla.

La obra guarda la singularidad que quien lleva la voz del relato es la nieta de la protagonista. La anciana es el personaje a quien hace referencia el título, es quien padece de cálculos renales; aunque según la familia, el peor de los males lo tiene en el desorden que gira por su cabeza. Luego es insoslayable hacer una similitud entre esas piedras del organismo con todas aquellas que derivan de los legados familiares, sumadas a las que nosotros mismos nos vamos cargando y además, las que nos va poniendo la vida en el camino de nuestra existencia.

La novela es,  en cierto modo, el reflejo de la historia de la Italia contemporánea. La de las migraciones internas protagonizadas “por los del sur”, los denominados meridionali, en busca de una gran ciudad industriosa del norte que les permitiera salir de la postergación secular de sus regiones de origen. La propia Agus y su propio núcleo familiar son un fiel ejemplo de esa trayectoria. Quizás por ello y luego de años, la autora ha decidido volver hacia sus orígenes y hoy vive y trabaja en Cagliari, Cerdeña, tierra de nacimiento de sus antepasados.

De Mal de piedras el texto siguiente:

“…Se había casado tarde, en junio de 1943, tras los bombardeos de los americanos sobre Cagliari, y por aquel entonces tener treinta años sin haber contraído matrimonio era casi como ser solterona. No es que fuese fea ni que le faltaran pretendientes, al contrario. La cuestión es que llegaba un momento en el que los pretendientes espaciaban las visitas, y después no se les volvía a ver el pelo, siempre sin haber solicitado antes oficialmente su manos a mi bisabuelo. <Mi querida señorita: Causas de fuerza mayor me impiden el próximo miércoles y el siguiente ir a visitarla, cosa que me resultaría sumamente grata pero, por desgracia, imposible.> Entonces abuela esperaba el tercer miércoles, pero siempre se presentaba una muchachita con una carta en la que se volvía a aplazar la cita, y luego nada más.

Mi bisabuelo y las hermanas de abuela la querían de todos modos, tal como era, casi casi solterona, pero mi bisabuela no, la trataba siempre como si no fuese de su propia sangre y decía que ella sabía por qué.   

Los domingos, cuando las muchachas iban a misa o a pasear por la avenida del brazo de sus novios, abuela se recogía en un moño el pelo, que todavía conservaba espeso y negro cuando yo era niña y ella ya una anciana, imagínate entonces, y se iba a la iglesia a preguntar a Dios por qué, por qué era tan injusto como para negarle que conociera el amor, que es la cosa más bonita, la única por la que vale la pena vivir una vida en la que te levantas a las cuatro de la mañana para hacer las tareas de la casa y después vas al campo y después a la escuela de bordado, qué aburrimiento, y después a la fuente con el cántaro en la cabeza a buscar agua para beber y después una de cada diez noches la pasas en vela haciendo el pan y después sacas agua del pozo y después tienes que dar de comor a las gallinas. Entonces, si Dios no quería permitirle que conociera el amor, que la matara como fuese. Cuando se confesaba, el cura le decía que sos pensamientos eran un pecado gravísimo y que en el mundo hay muchas otras cosas, pero a abuela las otras cosas no le importaban nada.

Un día mi bisabuela la esperó con la manguera que usaban para regar el patio y empezó a pegarle, le pegó tanto que le salieron llagas hasta en la cabeza y le subió la fiebre. Se había enterado por los rumores que corrían en el pueblo de que los pretendientes se marchaban porque abuela les escribía ardientes poemas de amor que también aludían a cosas sucias y que su hija estaba enfangando no solo su buen nombre, sino el de toda la familia. Y siguió golpeándola una y otra vez, gritándole: <¡Demonio! ¡Demonio!>, y maldiciendo el día en que le habían mandado a primer grado y había aprendido a escribir…”                                                                                        

 

 

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