De música y de vida, James Rhodes

Por su aspecto, James Rhodes (North London, 1975-), pertenece al tipo que el común denominador de las personas definiría como “extraño”. Aunque se cometería un craso error si esa primera impresión que provoca su apariencia  entre descolocado y sabelotodo, de quien se le ha perdido algo y no sabe qué, nos impidiera ver la riqueza del personaje.

El inglés tuvo una infancia en una de las mejores escuelas de su país, lo que le supuso una buena educación pero también graves desequilibrios provocados por abusos y violaciones de uno de sus educadores. Admite sin ambages que la música le supuso mantenerse con medianía dentro de los límites de la coherencia. Experiencias entre otras que Rhodes, en un acto compuesto de valentía y catarsis, vuelca en su libro Instrumental.

El suyo es un texto duro, sin concesiones. Por momentos con todo el peso de la dolorosa verdad, en otros y a modo de defensa, con todo el sarcasmo y la ironía del que puede hacer gala su autor. Todo ello para  desgranar jirones de vida, gustos musicales, infancia, educación, matrimonios, el cambio de arista que le representó la paternidad en su existencia, hasta su paso por una institución mental. Hechos que le han servido para afrontar los interrogantes que surgen de los recovecos de su mente, la rabia contenida hacia sí mismo, y descubrir lo liberador que le representa escribir.

Sea como fuere, James Rhodes es un creador que emociona cuando interpreta y conmueve cuando escribe. Las páginas de Instrumental le provocarán sentimientos encontrados al lector, desde la solidaridad al respeto, hasta sorprenderse con una no disimulada sonrisa en los labios, pero con seguridad, en instancia alguna le dejará impasible.

El pasaje siguiente es una pequeña muestra de lo que nos podemos encontrar a lo largo de la narración:

“…Podía lidiar con el sufrimiento, pero al final no pude aguantar que mi familia tuviera que pagar un precio por ello. Un día, buscando en internet, encontré una referencia a una organización benéfica que se encargaba de ayudar a hombres supervivientes de abusos sexuales. No sé muy bien por qué, pero los llamé. A lo mejor fue por aburrimiento, a lo mejor estaba hartísimo de estar hartísimo. A lo mejor fue un último y desesperado intento por ver si algo se podía salvar o convertirse en soportable.

Tenían la sede en London Bridge y me ofrecieron una cita confidencial al día siguiente. Y la gran pregunta sigue siendo: si hubiera sabido cómo se iban a desarrollar las cosas, ¿habría ido? Seguramente no.

Llegué (dos horas antes como siempre) y al fin me llevaron al típico <despacho de psicólogo con muebles de Ikea>: dos butacas relativamente cómodas, una mesita baja entre ellas, pañuelos de papel, tonos apagados, cutrísimos paisajes marítimos en las paredes. Allí encontré a la mujer más guapa que se pueda imaginar. Abierta, amable, supercariñosa y nada moralizante. Y aunque yo había decidido en firme no abordar el tema directamente, no hablar de nada demasiado personal, no bajar la guardia, se me escapó todo. Los treinta años de aquello salieron torrencialmente de mi interior, de principio a fin. Con todos los detalles que era capaz de recordar. No la miré a los ojos ni una sola vez, sino que lo solté todo como si fuera un actor que se hubiera presentado a una audición para el papel de <víctima avergonzada, chalada y autista de una violación>. Y lo único que recuerdo que me dijera después fue: <¿Se lo ha contado a su mujer?>. Una idea tan peregrina para mí como proponerme que empezara a ensayar para caminar en la luna.

   -¡Claro que no se lo he contado a mi mujer! [Incredulidad.]

   -¿Por qué no?

   -Pero ¡qué coño! ¿Y por qué iba a contárselo?

    -Porque es su mujer. Todo esto ha empezado a salir y el camino se va a ir volviendo más complicado y estrecho; va a necesitar usted todo el apoyo posible. [Mirada de incomprensión.]

Hay otra cosa que no te cuentan. En cuanto empiezas a hablar ya la has cagado. Los agresores que te obligaban a guardar silencio tenían toda la razón. No lo puedes volver a tapar. Es como sajar un forúnculo, con la diferencia de que lo que sale es un chorro aparentemente interminable de pus, bilis y residuos tóxicos que no disminuye ni decrece, sino cuya intensidad y volumen aumentan hasta que te estás ahogando en él como un hijo de puta…”

 

 

 

 

 

 

 

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