Marcela Serrano, el exilio interior

En verdad, se pueden escribir infinidad de textos sobre los diferentes exilios, pero es evidente que adquieren una veracidad mayor si eres de aquellos que los han sufrido. Y Marcela Serrano (Santiago, Chile, 1951), bien nos puede ilustrar al respecto.

La trasandina, con unos antecedentes donde se incluyen estudios en Bellas Artes en su país, con exposiciones y premios en su haber, se considera a sí misma como una escritora que ha arribado tarde al mundo de las letras. Aunque por los reconocimientos logrados con sus novelas anteriores: Nosotras que nos queremos tanto, El albergue de las mujeres tristes, Antigua vida o Diez mujeres, entre otras, se podría proclamar que bien ha valido la pena esperarla.

En su último trabajo literario la chilena sitúa la acción en los años de la dictadura Pinochetista. Coinciden allí dos personajes en principio contrapuestos por los prejuicios de clase social, pero ambos necesitados por igual de afecto y protección. Así los iniciales encorsetamientos y dogmatismos que dominan su relación, darán paso de forma paulatina a descubrir el valor de lo opuesto y el rico intercambio que deja la auténtica amistad.

En La Novena la Serrano logra atrapar la atención haciendo gala de un gran equilibrio entre sus partes. Destacan un envidiable sentido de la concisión y del ritmo, donde no necesita de largos planos secuencia para hallar al lector en el meollo de la acción. Pero quizás el mayor de sus aciertos se encuentre en la  dosificación con que incluye el tema marco en el que se inserta el relato; ya que, aunque siempre presente, la escritora sostiene a la trama sin caer en la tentación de extralimitarse con los años de despotismo militar. Para dejar de explayarse menos con lo obvio y centrarse más en cómo condicionaron los actos de las personas.

A continuación un pequeño fragmento de La Novena:

“…Odia esa iglesia, para él representa todo lo podrido de esa ciudad de mierda. El Bosque con su larga y alta torre roja y su sospechosa historia de acólitos abusados, de dineros abonados a lujos de los curas que olvidaron convenientemente los evangelios, de viejas beatas que entregaron sus sólidas y amadas argollas de matrimonio para ampliar el patrimonio de Pinochet, de jóvenes católicos, pálidos y confusos, formándose para atajar cualquier cambio que los amenace desde el futuro poder que les será otorgado: ¿cuánta sangre tendrán estas personas debajo de sus joyas?, ¿habrán actuado así creyendo a Dios de su parte o vienen a pedir perdón en  silencio para no tener que hacerlo en tribunales? ¿Cuántos muertos van en nombre de Dios? Miguel Flores se siente ajeno, un absoluto extraño, qué mierda hago aquí, se pregunta si fue una buena idea haber venido. La ceremonia ya ha comenzado. La Iglesia está abarrotada como feria de domingo, los bancos de madera mil veces encerados no dan abasto y la gente se agolpa en los pasillos laterales de la nave central; personas vestidas de oscuro como él, hombres sobre todo, de todas las edades, las mujeres habrán llegado antes porque se les ve instaladas en sus asientos. Deduce que la mayoría pertenece a esa enorme familia que arropaba a Amelia como las mantas a un vagabundo. En un rincón distingue a un grupo que resalta en medio de la concurrencia: los reconoce de inmediato, son los campesinos. Unos siete hombres, unas cuatro mujeres. Muy atildados, vestidos con ropajes oscuros y recatados, miran en solitario, no se comunican entre ellos, tampoco con el resto. Los hombres se han destapado las cabezas y sujetan los sombreros entre las manos, a la altura de la cintura. Miguel Flores hace esfuerzo por mantener la compostura, la escena lo ha emocionado. Mira de lejos el ataúd, solo y rotundo en medio de la nave, único, irrefutable. Al frente, en el primer banco, divisa a los más cercanos, los hijos, su mirada los recorre con dificultad por la distancia, la iglesia es grande, reconoce a Mel, sentada en la esquina del primer banco, pegadita al ataúd, como si fuera de su propiedad, sí, es ella, no puede equivocarse, han pasado muchos años pero quién se atrevería a sentarse casi arrimada al féretro si no fuera su hija. Perdonamos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, y él cae en la cuenta de que ya no revisará más el resumen de los obituarios en la prensa semanal, si lo miraba meticulosamente buscando a Amelia por la certeza de que nadie le avisaría, en la agencia se reían de él, pareces vieja cuica buscando a los muertos, le decían, no necesitará volver a hacerlo, Amelia ya murió.

A la hora de la comunión se produce un gran ajetreo: muchas personas dirigiéndose en un acongojado silencio, aunque ruidosas a su pesar, hacia el centro de la nave donde el cura, delgado, enjuto, un poco consumido y vestido todo de blanco, estático, sostiene la hostia en sus manos invitando a los fieles a ir hacia él, o, más probable, hacia Cristo. Se forma una larga fila de devotos, todos los ojos secos (en los entierros de los viejos nadie llora), como si los que quedan vislumbraran cierta liberación. Las señoras de más edad abandonan sus bancos con la penosa dificultad de sus miembros un poco entumecidos, las dejan pasar para que la espera no les sea larga. Súbitamente, como si en un camino en medio del desierto, de golpe, cayera una inesperada nevazón, irrumpen las voces de un coro, voces majestuosas inundando la iglesia entera con ímpetu y con tristeza a la vez. Será Bach o algún otro barroco, resulta divino el canto para los oídos, y Miguel Flores siente una punzada de soledad. La intimidad de su historia con Amelia amenaza con desvanecerse si no es confirmada por otro…”

 

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