Hernando Guanlao, el librero de los pobres de Manila

Es frecuente oír el latiguillo de que un ejemplo vale más que mil palabras, y esa es la enseñanza que a través de la lectura le supieron transmitir los padres de este filipino; ejemplo que a la muerte de estos decidió expandir en su memoria. Hoy su librería de préstamos que funciona en su propia casa tiene el reconocimiento de la población, de las editoriales y de otras librerías de todos los rincones del mundo quienes colaboran con donaciones de textos y otros tantos materiales. En un país, donde 35 millones (el 34% de su población) son niños menores de 14 años, Guanlao facilita sus libros de manera gratuita a lo largo de la particular geografía filipina; textos que en su gran mayoría regresan a su punto de origen para volver a ser nuevamente distribuidos

El siguiente artículo fue publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona.

Hernando Guanlao, Nanie para los amigos, cree que los libros tienen vida. Incluso está convencido de que pueden hacer felices a las personas. Para ello, sólo necesitan ser usados, leídos y releídos una y otra vez y no permanecer inactivos. Es más, asegura entusiasta, los libros deben ser liberados, circular sin dueño y llegar a todo aquel, rico o pobre, que tenga voluntad de aprovechar la sabiduría, el esfuerzo, el tiempo y el dinero que hay invertidos en cada uno de ellos.

Con esa filosofía por montera, este filipino de 66 años decidió hace casi 20 pasar de la teoría a la práctica para tratar de animar a la lectura a los niños de su barrio de Manila. Fue en el 2000, poco después de la muerte de sus padres. Mientras buscaba la manera de honrar su memoria, una idea le vino a la cabeza. “Ellos me inculcaron el amor por la lectura. Por eso, cuando vi mis viejos libros en el piso de arriba de su casa, decidí darles un uso público”, cuenta a las puertas del que fuera el hogar familiar durante medio siglo.

Colocó unos 50 volúmenes en la calle Baglatas, en el céntrico barrio capitalino de Makati, por si alguien quería cogerlos prestados. Sin normas ni reglas, sin carné de socio o fecha de vuelta. Y funcionó. “Sorprendentemente, no desaparecieron. La gente los cogía y se los llevaba, pero después los devolvía, e incluso empezaron a llegar más. Libros de texto, novelas, cómics, ensayos o revistas de moda, había de todo. Por cada libro que se iba, diez regresaban”, relata con una amplia sonrisa.

Así nació esta librería improvisada a la que bautizó como The Reading Club 2000. Como una enredadera a la que se deja crecer a su libre albedrío, los tomos pasaron de ocupar la acera a invadir el interior de la casa, escaleras y garaje incluidos. “No sé cuántos hay ni me interesa. Los textos van y vienen, con eso me es suficiente. Nadie se ha hecho nunca pobre por regalar libros”, cuenta Nanie, que antes de embarcarse en este proyecto trabajó como asesor fiscal, contable, panadero o vendedor de helados.

Conforme su proyecto crecía, el boca a boca y las redes sociales fueron amplificando su mensaje. Tanto que empezó a recibir donaciones de particulares, editoriales y librerías nacionales y foráneas. También cuenta con un amigo en la Junta Nacional de Desarrollo del Libro en Filipinas, encargada de dar el visto bueno a los libros que vienen del extranjero para escuelas, bibliotecas o tiendas, que le pasa las muestras de ejemplares sobrantes. “Todos ellos son buena gente que sabe que los libros son poderosos y que sirven para educar a los filipinos”, exclama.

Con una población de 105 millones de personas, Filipinas tiene una tasa de alfabetización de más del 96%, una de las más altas de toda Asia. Pero aunque son capaces de leer y escribir, uno de cada diez niños y jóvenes filipinos de entre 6 y 24 años abandona los estudios antes de tiempo para ayudar a su familia o por otros motivos, algo que les priva de tener mayores oportunidades en el futuro.

Consciente del problema, Nanie, casado y con dos hijos, trató desde un primer momento de hacer llegar los textos a las comunidades más desfavorecidas. Primero lo hizo con su bici-libro, a la que enganchó un carrito que llenaba de volúmenes para repartirlos por los alrededores de Manila. Luego expandió sus miras, ayudando a otras personas a establecer librerías similares a la suya en otros lugares del país y llevando libros por correo u otros medios a áreas montañosas como Tabuc o Baguio o a islas remotas como las Bisayas o las Babuyan, en Palawan.

Mientras tanto, las puertas de su casa-librería permanecen siempre abiertas, 24 horas diarias siete días a la semana, para todo aquel que desee hojear un libro o llevarse uno a casa, sin más pago o garantía que un “muchas gracias”. “Aunque los usen para envolver un bocadillo, no me enfado, al menos así tienen algún uso. Dar felicidad es un bella forma de honrar a la gente que donó los libros –resume–. Todo es temporal. Nacemos sin nada y sin nada dejaremos este mundo. Esa es la esencia de la vida”.

 

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