Victoria Ocampo, país, cultura y determinación

Los argentinos, a falta de hacerlo como sociedad en su conjunto, se amarran y presumen orgullosos de los logros de personalidades surgidas del mundo del  ambiente artístico, del deporte y de la cultura. Aferrándose tal vez como a una  salvaguarda, de que la ansiada posibilidad de resurgir como nación de referencia en el mundo, les sea, al menos para las próximas generaciones, de cercana concreción 

Como una cruenta retahíla del destino, es habitual oír la mención de que tan sólo cien años atrás, el país se situaba en el séptimo puesto en el escalafón de las naciones más desarrolladas. Fue cuando a caballo del empuje que representaba la oligarquía agrícola ganadera, Argentina alcanzaba ese logro que por su importancia a nivel mundial, le hizo valer el mote de “granero del mundo”.

Ligada de alguna manera a esta historia, la familia Ocampo fue una digna exponente del buen saber de los linajes de fuste. Por ello desde temprana edad, la autora (1890-1979) realizó innumerables viajes al exterior, donde se interesó por todo aquello que le reportara conocimiento a sus sentidos, como artífice quizás de una forma de relacionarse con aquellos lejanos ecos que emitía el planeta. Largos periplos que supo complementar con el aprendizaje de idiomas, con los que con posterioridad alimentaría la comunicación epistolar con las más variadas personalidades de su época.

Victoria escribió textos y ensayos sobre los temas más variados, aún así y comprendiendo su importancia, decidió volcarse a la difusión del trabajo de otros escritores tanto nacionales como del extranjero, entregándose por completo a la fundación de la editorial y revista Sur, publicación que con los años se convertiría en un verdadero hito de la difusión literaria en Latinoamérica.

Se preocupó además de que personajes de las más variadas disciplinas visitaran su casa para promover el diálogo y la diversidad entre culturas. El suyo, un palacete situado a metros del río de la Plata en la tranquila localidad de Beccar fue una verdadera torre de Babel. Por allí pasaron príncipes, presidentes, primeros ministros y, por supuesto, gente de sapiencia en el amplio sentido del término: el escritor indio Rabindranath Tagore, el inglés Graham Greene, el arquitecto francés Le Corbusier o el pianista ruso Igor Stravinsky.

La escritora, de quien se cumplen cuarenta años de su fallecimiento, fue dueña de ideas muy propias, vaya como ejemplo que hasta llegó a corregir la disposición arquitectónica de los mismos planos que de su casa había hecho el mencionado arquitecto. De fuerte personalidad, detestaba la banalidad y la estupidez, y no dudada en contraponerse a los poderes de su tiempo, como cuando lo hizo con el gobierno del general Perón, entonces a cargo de la presidencia del país sudamericano.

En su madurez, consciente de visualizar el futuro, temiendo que su legado fuera utilizado por partidos de diferente corte político, decidió donar su casa  a la Unesco, siendo el único bien material que posee el organismo en el mundo entero. La misma propiedad que hoy a modo de exposición de vida es mostrada con orgullo, como un verdadero remanso de cultura y de placer para los sentidos,  siendo renovado objeto de visita desde los lugares más recónditos. Legado de una mujer que, acertada o no en sus convicciones, defendió sus ideales impulsada por la igualdad de oportunidades entre géneros, con una vocación en el sentido amplio y universal del ser humano.

El siguiente Testimonio, con firma del crítico César Magrini, apareció en las páginas del número 272 de la revista Sur.

Victoria Ocampo: Tagore en las barrancas de San Isidro (Buenos Aires, 1961)

“Verdadero descubrimiento de la alegría de este trabajo. Lo que Victoria Ocampo dice deberle a Tagore –lo que le debemos todos- podemos a nuestra vez decirlo de su libro. Resulta difícil comentar cada nueva obra de Victoria Ocampo. Parece como si ella hubiera usado ya antes todas las palabras, desposeyéndolas. Porque decimos “testimonio”, y luego recordamos que toda su vida ha sido eso, y que el mismo nombre toma, casi invariablemente, cada escrito suyo. Testimonio: así vuelve a definir a estos breves, verticales, ricos capítulos: ‘El testimonio que hoy traigo es tan sólo un ‘utterance of feeling`, como diría Tagore. Algo que hubiera podido ser poema, si tuviera el don de transformar en poemas una lágrima o una sonrisa. Pero no lo tengo. Y la lágrima permanece al estado de lágrima de mis ojos, y la sonrisa de sonrisa de mis labios`.

En este tono, en esta luz atenuada corren las páginas. Un Tagore desconocido, o mejor, un Tagore que confusamente habíamos llegado a intuir por medio de la lectura de sus poemas, se corporiza así ante nosotros. Victoria Ocampo lo rescata tanto en la anécdota menor como en el contorno mayor de su pensamiento y de su acción; porque cada página que Tagore escribió era eso: él mismo. Pero faltaba la mano que nos hiciera recorrer los rincones inexplorados del poeta y del hombre, que por los hombres, y sólo para ellos, escribía, y que lo hacía como un ejercicio de santidad. Camino silencioso pero elocuente, que traza, ahora, este libro. Camino que tanto necesitábamos; y que no desdeña la nota tierna, el recuerdo amable, hasta risueño, y que llega a darnos, también, un paisaje acabado de la religiosidad interior del poeta indio, esa ‘gran aventura de la vida entera`, según palabras del mismo Tagore. La autora lo hace con la voz, con la perspectiva con que lo hubiera intentado, de poderlo, cualquiera de nosotros: con la humana. Su estilo, claro y sosegado; sus alusiones, hasta esa constante presencia y luego de lo vegetal (lo vegetal, tema tan profundo y definitorio, siempre, en sus obras) tejen el diáfano tapiz de este libro, en torno de la figura de Tagore, al que sentimos cercano, puro, nuestro, igual que un niño, porque ‘los poetas son los hombres que han guardado intactos ciertos rasgos de la infancia. Y parte de la grandeza de los hombres radica en que no son sólo hombres como los demás, sino niños. Si fueran perpetuamente justos, sabios, infalibles en una palabra, los admiraríamos más, pero los amaríamos menos`. Y surge, así, nuestra pregunta fundamental: ¿conoceríamos nosotros, de no ser por Victoria Ocampo, el verdadero Tagore? ¿No sólo a éste, íntimo y bañado en una luz dulcísima, sino también al otro, al escritor, al poeta, al artista?

Hay una deuda que tenemos las generaciones más jóvenes para con Victoria Ocampo. Una deuda cuya valoración quizás fuese arriesgado intentar ahora, pero cuya importancia no puede soslayarse. Nosotros, siempre tan alejados del mundo de la cultura –del centro geográfico donde ese mundo hierve en lo que tiene de más representativo- tuvimos sin embargo, gracias a su obra infatigable, luminosas aproximaciones. A los que nos precedieron les tocó en suerte tratar directamente a buen número de las figuras máximas del pensamiento, del arte universal. Pero ella pensaba también, entonces, en nosotros, en los que vendríamos después. Sus libros se han dedicado, con devoción y con constancia ejemplares, a conservarnos vivos a esos hombres, a esas mujeres, algunos de ellos hoy casi legendarios. Basta abrir cualquiera de sus obras: están allí, existen, igual que ayer, frescos, incorruptos. A ellos se agrega hoy Tagore; y pocos tal vez comprendan cabalmente esta grande fortuna nuestra: la de tener, sólo para nosotros, algo que es y no es un documento, porque mal puede llamarse documento a lo que nace del amor. Amor en el propio trabajo, y hacia aquellos a quienes ese trabajo estaba dirigido. Amor que es a la vez confianza y, volviendo a las palabras de la autora, alegría. Amor que también Tagore comprendió, cuando, refiriéndose a Victoria Ocampo, escribía: ‘Por estas cosas digo que las mujeres, en Occidente, expresan su amor a través de acciones positivas, a través de algún servicio tangible. Su amor es una clase de amor que eleva, que enaltece`. Y así perdura: alto y elevando”.     

 

 

 

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