Antonio Lobo Antunes, las crónicas de la vida

La crónica literaria es un estilo que se alimenta de manera directa de la crónica periodística; no en vano los mayores exponentes del género han trabajado con anterioridad como reporteros de sucesos. Ahí está el gallego Manuel Rivas o el reconocido estadounidense Guy Talese, uno de los iniciadores de lo que se denominó  Nuevo Periodismo.

Lobo Antunes (Lisboa, 1942) también se adscribe a esta forma de exponer el hecho literario, y con él se ha ganado el respeto y la admiración de muchos. Sus crónicas son certeras, con concisión y velocidad para describir la corta trama de sus historias, pero con el inequívoco resultado que no deja indiferente a lector alguno.

La obra del portugués es extensísima, abarcando los más preciados géneros: El orden natural de las cosas, Sonetos a Cristo, El archipiélago del insomnio, por  mencionar sólo unos pocos títulos los que le han llevado a alzarse con premios como el José Donoso, el Camoes o el FIL de Literatura en Lenguas Romances. Mientras que su nombre está instalado desde hace tiempo como uno de los posibles candidatos al Nobel.

Apegado a su tierra de nacimiento en sus relatos se visualiza la comunión de la ciudad con el río Tajo, mientras se perciben los sonidos del tranvía de la Alfama, o el trasiego constante en la plaza del Comercio al amparo de la estatua del marqués de Pombal y, cómo no, los aromas de su propio barrio de crianza: Benfica, antes en el extrarradio hoy incorporado a la extendida “ciudad blanca”.

Por ello y para apreciar su estilo, de su Libro de Crónicas, el texto completo de Elogio del suburbio, que bien podría parecerse a la acuarela de otros tantos arrabales del mundo:

“Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a las hora del crepúsculo

 -Vííííííííítor

  con un grito que, salido de la Rua Ernesto da Silva, alcanzaba a las cigüeñas en la copa de los árboles más altos y ahogaba a los pavos reales en el lago bajo los álamos. Crecí junto al castillete de las Portas que nos separaba de la Venda Nova y de la Estrada Militar, en un país cuyos puestos fronterizos eran la droguería del señor Jardim, la tienda de comestibles del Careca, la pastelería del señor Madureira y la mercería Havaneza del señor Silvino, y me entretenía por la tarde en el taller de calzado del señor Florindo, golpeando suelas en un cubículo oscuro rodeado de ciegos sentados en banquillos bajos, envueltos en el olor a cuero y a miseria que se mantiene como el único olor a santidad que conozco. Doña María Salgado, delgada, muy pequeña, siempre de luto, transportaba la Sagrada Familia en una caja, de vivienda en vivienda, y mis abuelos recibían en la sala durante quince días a esas tres figuras de barro en una caja de cristal empañado que las criadas iluminaban con mariposas de aceite. Crecí entre el señor Paulo que curaba con cuerdas y cañas las alas de los gorriones, y los Ferra-O-Bico, cuya tía se fugó con un gitano y leía el destino en las playas, embozada de negro como la viuda de un marinero que nunca hizo puerto. Mis amigos tenían nombres propios tremendos (Lafaiete, Jaurés) y vivían en bajos con ventanas a la altura de la calzada, donde se distinguían aparatos de radio gigantescos, tiestos de albahaca y madrinas con chinelas. El perro de la tenería encendía ladridos fosforescentes en las noches de julio, cuando el polen de la acacia llovía en mis párpados, yo, muerto de amor por la mujer de Sandokán, me descubría unicornio encerrado en el servicio de la escuela, y el brigadier Maia, con boina vasca, bajaba a la Adega dos Ossos gesticulando contra el régimen. En la época en la que a los trece años, me inicié en el hockey sobre patines del Futbol Benfica, el portero acolchado como un barón medieval me señaló ante el pasmo de los compañeros.

  -El padre del rubio es médico

  en lo que constituyó de inmediato mi primera gloria deportiva y la primera tenebrosa responsabilidad, a partir del momento en que el entrenador, palpándome los músculos con los ojos, advirtió con una mueca de duda:

  -Me gustaría ver si das la talla, rubio, que tu padre en el ring era una fiera para los golpes.

   El dueño de la Farmacia Uñiao hacía solitarios, la esposa del propietario de la Farmacia Marques era una griega suntuosa con nalgas de ánfora y pupilas encendidas, que me hacía olvidar de la mujer de Sandokán al verla los domingos camino de la iglesia, el campanero a quien llamaban Ze Martelo y que tocaba el Papagaio Loiro en la Elevación de la misa del mediodía en vez del A treze de Maio obligatorio, poseía una empresa funeraria cuyo folleto-reclamo comenzaba ‘¿Para qué insiste usted en vivir si por cien escudos puede tener un bonito funeral?`, y yo escribía versos en los descansos del hockey, fumaba a escondidas, una de mis extremidades tocaba a Jesús Correia y la otra a Camoes y era indecentemente feliz.

Hoy, si voy a Benfica no encuentro Benfica. Los pavos reales se han callado, ninguna cigüeña en la palmera de Correos (ya no existe la palmera de Correo, la quinta de los Lobo Antunes fue vendida) el señor Silvino, el señor Florindo y el señor Jardim murieron, se construyeron edificios en lugar de las casas, pero sospecho que por debajo de esas construcciones de cinco y seis y siete y ocho y nueve pisos, en un sitio cualquiera bajo marquesinas y sucursales de banco, el señor Paulo aún cura, con cuerdas y cañas, las alas de los gorriones, doña María Salgado aún se afana de vivienda en vivienda con la Sagrada Familia en su caja de cristal empañado, Lafaiete y Jaurés juega a los cromos en la Calçada do Tojal rodeados de tiestos y madrinas en chinelas. No hay pavos reales ni cigüeñas pero la acacia de mis padres, obstinada, resiste. Tal vez sólo resista la acacia, sólo ella quede de aquel tiempo como el mástil, horadando las olas, de un barco sumergido. La acacia me basta. Arrasaron las tiendas y los patios, no tocan Papagaio Loiro en la campana, pero la acacia resiste. Resiste. Y sé que junto a su tronco, si cierro los ojos y acerco el oído a su tronco, he de oír la voz de mi madre llamando

  -Antóóóóóóóóónio

  y un chico rubio atravesará el patio, con una bolsa de canicas en el bolsillo, pasará delante de mí sin verme y desaparecerá en la habitación de arriba, soñando que al menos la mujer de Sandokán no lo obligaría nunca a comer puré de patatas ni sopa de habitas durante el suplicio de la cena”.   

 

 

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