Mario Benedetti, nostalgias de café

Desde tiempos inmemoriales los habitantes de las ciudades aledañas al río de la Plata se adhieren a una costumbre: ver transcurrir la vida a través de la ventana de algún bar. Luego ya puertas adentro, será frecuente que el espacio se transforme en una tribuna deportiva o política, donde la pasión por sostener las propias ideas suele enconarse arrastrada por la pasión y la vehemencia, acción tan usualmente latina cuando se defienden los postulados personales.

El bar, acompañado de la sempiterna compañía de un café, también se transforma en un espacio proclive para generar introspección, lo que supone quizás que, ayudados por la diligente provisión del camarero, esas reflexiones plasmadas en cualquier trozo de papel de emergencia terminen convirtiéndose en ideas, sentencias, poemas, o tal vez en  algún proyecto de cuento o novela; todo conformando una mística muy propia del lugar que en invierno suele acompañar la fina lluvia constante (garúa, en esas latitudes), mientras que en más de una oportunidad irrumpe la cacofonía del vapor que surge de la propia cafetera, o el voceo sostenido del personal dando orden a cada pedido.

El escritor uruguayo (1920-2009), cuyo nombre completo era Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugialo, fue habitué del microclima de estos viejos cafés; cuando sus escritos llevan aún incorporados el aroma de la borra depositada en el fondo del pocillo, el dibujo del barniz deteriorado sobre la madera añeja del marco de una de esas ventanas, o la mirada furtiva que nos devuelve un espejo decolorado e inquisidor. Benedetti gastaba horas de su tiempo en la creadora soledad de estos establecimientos, los disfrutaba tanto, que incluso participó de filmaciones en ellos cuando alguna de sus obras era llevada a la gran pantalla, admitiendo que en muchas oportunidades y como fruto de lo que acontecía dentro y fuera de ellos, le habían ayudado a disparar su imaginación para alimentar innumerables páginas de sus obras en poesía (solía declamar en perfecto alemán), relato o novela: Gracias por el fuego; La borra del café; La tregua; Con y sin nostalgia; Esta mañana; Montevideanos; Primavera con una esquina rota, por mencionar solo algunas de ellas.

Los dos capítulos a continuación son con los da comienzo a la que fuera su primera novela, Quién de nosotros, donde detalla un triángulo amoroso. Un texto que, como otros que llevan su firma, es reeditado de manera permanente y por el que logró su primer gran reconocimiento:

  “Solo hoy, al quinto día, puedo decir que no estoy seguro. El martes, sin embargo, cuando fui al puerto a despedir a Alicia, estaba convencido de que era ésta la mejor solución. En rigor es lo que siempre quise: que ella enfrentara sus remordimientos, su enfermiza demora en ‘lo que pudo haber sido`, su nostalgia de otro pasado y, por ende, de otro presente. No tengo rencores, no puedo tenerlos, ni para ella ni para Lucas. Pero quiero vivir tranquilo, sin esa suerte de fantasma que asiste a mi trabajo, a mis comidas, a mi descanso. De noche, después de la cena, cuando hablamos de mi oficina, de los chicos, de la nueva sirvienta, sé que ella piensa: <En lugar de éste podría estar Lucas, aquí, a mi lado, y no habría por qué hablar>.

   La verdad es que ella y él siempre fueron semejantes, estuvieron juntos en su interés por las cosas –aún cuando discutían agresivamente, aún cuando se agazapaban en largos silencios- y actuaban siguiendo esa espontánea coincidencia que a todos los otros (los objetos, los amigos, el mundo) nos dejaba fuera, sin pretensiones. Pero ella y yo somos indudablemente otra combinación, y precisamos hablar. Para nosotros no existe la protección del silencio; casi diría que, desde el momento que lo tenemos, la conversación acerca de trivialidades propias y ajenas nos protege a su vez de esos horribles espacios en blanco en que tendemos a mirarnos y al mismo tiempo a huirnos las miradas, en que cada uno no sabe qué hacer con el silencio del otro. Es en esas pausas cuando la presencia de Lucas se vuelve insoportable, y todos nuestros gestos, aún los tan habituales como tics, nuestro redoble de uñas sobre la mesa o la presión nerviosa de los nudillos hasta hacerlos sonar, todo ello se vuelve un elíptico manipuleo, todo ello, a fuerza de aludirla, acaba por señalar esa presencia, acaba por otorgarle una dolorosa verosimilitud que, agudizada en nuestros sentidos, excede la corporeidad.

   Cuando miro a Adelita o a Martín jugando tranquilamente sobre la alfombra, y ella también los mira, y ve, como yo veo, una sombra de vulgaridad que desprestigia sus caritas casi perfectas, sé que ella especula más o menos conscientemente acerca de la luz interior, del toque intelectual que tendrían esos rostros si fueran hijos de Lucas en vez de míos. No obstante, a mi me gusta la vulgaridad de mis hijos, me gusta que no reciten poemas que no entienden, que no hagan preguntas sobre cuanto no puede importarles, que sólo les conmueva lo inmediato, que para ellos aún no hayan adquirido vigencia ni la muerte ni el espíritu ni las formas estilizadas de la emoción. Serán prácticos, groseros (Martín, especialmente) en el peor de los casos, pero no cursis, no pregonadamente originales, y eso me satisface, aunque reconozca toda la torpeza, toda la cobardía de esta tímida, inocua venganza.

II

   Lo peor de todo es que no siento odio. El odio sería para mí una salvación y a veces lo echo de menos como a una antípoda de la felicidad. Pero ellos se han portado tan correctamente; de común e inconsciente acuerdo, un código tan juicioso de sus renuncias, que, de mi parte, instalarme en el odio sería el modo más fácil de convertirme a los ojos de ambos en algo irremediablemente odioso, tan irremediable y tan odioso como si ellos me enfrentaran sonriendo y me dijeran:  <Te hemos puesto los cuernos>.

   Como poder aspirar a que si alguna vez se acuestan juntos, yo haya quedado al margen mucho antes; tal como ellos aspiran, estoy seguro, a que si alguna vez no puedo ni aguantarlos ni aguantarme, diga que se acabó, sencillamente, sin caer en la tontería de discutirlo. Mientras tanto, esto representa, aunque no lo parezca, un equilibrio. Alicia otorga mansamente, cuidadosamente, la atención y las caricias que le exigimos. Los niños y yo. Pero es como si hubiéramos prefabricado este vínculo, como si ella nos hubiese adoptado, a los niños y a mí, y ahora no supiese en dónde ni a quién dejarnos. Y como trata de hacer menos ostensible el esfuerzo que le cuesta su naturalidad, yo se lo agradezco y ella agradece mi agradecimiento.

 Lucas, por su parte, se ha eliminado discretamente de la escena; no tanto, sin embargo, para que su ausencia se vuelva sospechosa. Por eso nos escribe una carta por quincena, en la que pormenoriza su vida periodística, sus proyectos literarios, su labor de traductor. Por eso le escribo yo también una carta quincenal, en la que opino sobre política, reniego de mi empleo y detallo los adelantos escolares de Martín y Adelita; carta que termina siempre con unas líneas marginales de Alicia en las que envía <cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas…>” 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .