Sylvia Plath, escrituras y confidencias

Se la vincula con las escritoras que con su obra han alimentado el género de la denominada “poesía confesional”. Quizás por ello sus textos han despertado cuestionamientos a través de la particularidad de su existencia, ya que la autora estadounidense (Boston, Estados Unidos, 1932 – 1963, Londres, Reino Unido)  tuvo una vida corta en compañía de sus estados clínicos depresivos que, de una u otra manera, se vieron siempre reflejados en su obra. Rasgo que la emparenta con la argentina Alejandra Pizarnik, que sufrió consecuencias idénticas de la enfermedad, quien además conforma parte de las autoras que a edad temprana pusieron fin a su vida, y a quien se la adhiere al mismo género literario.

Hija de un profesor universitario que no quiso tratarse de su diabetes y por ello cargó con las consecuencias físicas y una muerte temprana, la bostoniana supo ser la niña prodigio que alcanzaba a desempeñarse bien en disciplinas como la pintura o el piano y quien, a los ocho años, escribió su primer poema, habilidad esta última que le hizo adjudicarse una beca para perfeccionar su escritura en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Sería en sus aulas donde conocería al poeta Edward Hugues, con quien tendría un corto matrimonio y dos hijos.

En los treinta años de su existencia tuvo oportunidad de crear una obra no muy extensa pero significativa, compuesta de sus diarios personales de vivencias, sus relatos cortos, compendios de poemas con títulos como El Coloso o Ariel, y una única novela, La campana de cristal, ya que una segunda fue destruida por la propia autora antes de ver la luz. Aun así, fue una de las pocas escritoras que en 1982 recibió un reconocimiento póstumo con un premio Pulitzer por el conjunto de sus poemas.

La suya es una poesía visceral despojada de todo aditamento artificial, sentimiento puro que sin contención alguna es lanzado hacia la percepción del lector, hecho que hace que sus textos sean objeto de una reedición constante. Tal vez los poemas que acompañan este texto con sus títulos, contengan en parte esa carga emocional que en el momento de su escritura acompañaron a la autora:

Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hágase a sí mismo:

infinita, verdad, intocablemente intocable.

Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.

Mi medio son.

El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.

¿C6mo salir de la mente?

Los pasos a mi zaga se concentran en un pozo.

Este mundo carece de árboles y de pájaros,

solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:

un puño rojo se abre y se cierra,

dos papelosas bolsas grises:

he aquí mi materia, bueno: y terror también

a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:

torciendo el cuello.

¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!

Dos frías balas muertas se nos aproximan:

con mucha prisa vienen.

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto hace que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan sin cesar

 Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

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