La literatura coreana no es de las que más trascienden fuera de la geografía oriental; aunque el otorgamiento de lauros tan importantes como el Nobel a una de sus escritoras, contribuyan a romper de manera decidida con esa tendencia. Además, al menos en el flamante caso del ingreso de la autora a tan distinguido club, resulte un encuentro con una obra que merece ser leída con atención, detenimiento y placer.
Graduada en letras en la Universidad de Yonsei la autora (Gwangju, 1970), comenzó su andadura con las letras dentro del ámbito periodístico, en su caso colaborando con diversas revistas. Hasta la publicación de la que es su primera novela, El amor en Yeosu, que, si bien en su primer momento no tuvo mayor repercusión, hizo que la coreana se inclinara de forma definitiva hacia la narrativa. Fue luego de su segunda ficción, La vegetariana, la que proyectó su nombre y la llevó a alzarse con el prestigioso premio Booker Internacional.
Más allá de sus ficciones en formato de novela, Kang ha incursionado además en géneros como el relato corto y el ensayo. Aunque otros dos títulos como El libro blanco y Actos Humanos, hayan vuelto a poner los ojos en su obra cuando han dado lugar a otros tantos galardones, como los premios Yi Sang Literary Award y el Médicis Extranjero.
Es ya con su última novela, La clase de griego, que logra el alago de propios y extraños, con una trama oscila balanceándose entre lo tangible y lo intangible. En ella unos pocos personajes se muestran afanados en sus búsquedas enfrentándose a la fragilidad del ser humano, y en la que la filosofía oriental sobrevuela el desarrollo de la historia (con homenaje a Jorge Luis Borges incluido). Donde resalta su riqueza narrativa, con un modo económico en palabras, acompañado de estilo poético y precisión descriptiva.
La suya es una historia sin grandes estridencias pero plena de frescura, en la que la necesidad de los personajes de encontrarse a sí mismos se ubica en el centro mismo del relato. Donde guarda importancia lo que se manifiesta y hasta aquello que se insinúa, convirtiendo a la novela en un texto único y particular.
De La clase de griego, el pasaje siguiente:
“¿Vuelves sobre tus pasos empujando el cochecito con el sol dando de pleno en tu cara morena? ¿Tu hijita de dos años agita el manojo de almorejos que has cortado para ella? ¿Te detienes delante de aquella iglesia centenaria en lugar de hacer el camino que va directo a tu casa desde la orilla del río? ¿Alzas a la niña con tus fuertes brazos y entras en la fresca nave del templo, dejando el cochecito en la portería?
Aquella iglesia, donde la luz del sol atraviesa los vitrales y se desparrama en diversas gradaciones de azul, como anegada en hielo; donde el Cristo en la cruz eleva los ojos inocentes al firmamento sin trazas de sufrimiento; donde los ángeles pisan el aire con pasos ligeros como si estuvieran dando un paseo; donde las verdes palmeras de hojas oscuras despliegan bondadosamente las palmas abiertas de sus manos; donde los santos de cara sonriente y cabello gris azulado portan mantos de tonalidades azules más claras. Allá donde mires, es imposible encontrar en la iglesia de St. Stefan un rastro de pecado o sufrimiento, a tal punto que parece un templo pagano.
Una lejana tarde de finales de verano en que salíamos caminando uno junto al otro de aquella iglesia, escribiste algo en la libreta y me la mostraste. Pusiste que, a pesar de haber crecido en una profunda fe religiosa desde pequeña, no podías creer por mucho que te esforzaras, que existiesen lugares tan extremos como el paraíso y el infierno. En cambio, creías en la existencia de fantasmas que vagaban por las calles oscuras hasta la madrugada; y concluías que, si tales espíritus existían, era indudable que Dios también debía existir en alguna parte. Me apreció tan divertido que fundamentaras tu fe en Dios sobre una idea que no solo era ilógica, sino totalmente ajena al cristianismo, que lancé una sonora carcajada y te pedí la libreta. Escribí en ella una demostración de la existencia de Dios que había leído en alguna parte, y te la devolví para que la leyeras:
En este mundo existen la maldad y el sufrimiento y mueren muchos inocentes.
Si Dios es bueno, pero no puede corregir la situación, es un ser impotente.
Si Dios no es bueno y solo es omnipotente, entonces es un ser malvado.
Si Dios no es ni bueno ni omnipotente, entonces no es Dios.
En consecuencia, la existencia de un Dios bueno y omnipotente es una falacia.
Tus ojos se agrandan mucho cuando te enfadas de verdad. Alzas las pobladas cejas, te tiemblan las pestañas y los labios, y se te hincha el pecho cada vez que respiras: Cuando te pasé el bolígrafo, garabateaste con trazos bruscos:
Entonces el mío es un Dios bueno y lleno de tristeza. Si te atraen esas argumentaciones estúpidas, puede que algún día tu propia existencia se convierta en una falacia.
A veces me hago preguntas utilizando esas argumentaciones de la lógica griega que tanto te disgustaban. Si tomamos como cierta la premisa que dice que, cuando perdemos algo, ganamos otra cosa, ¿qué es lo que he ganado yo al perderte a ti? ¿Y qué es lo que ganaré cuando pierda la vista?
Hay inevitablemente algo dudoso e insatisfactorio en toda argumentación lógica, ya que son como una red de la verdad y la mentira a través de la cual escapan los sufrimientos, arrepentimientos, obsesiones, tristezas y debilidades del ser humano, dejando solamente una serie de axiomas como un puñado de oro en polvo. Al tiempo que avanzo por la estrecha barra de equilibrio lanzando falacias con audacia, lo que veo a través de esa red de preguntas y respuestas nítidas y coherentes es un silencio ondulante como el mar azul. Aun así, continúo haciéndome preguntas y respondiéndolas con los ojos sumergidos en ese silencio, en una quietud inquietante y acerada que crece sin cesar como el agua. ¿Por qué me acerqué a ti de esa manera tan estúpida? Puede que mi amor no fuera estúpido, pero como yo sí lo era, se contaminó de mi estupidez. O quizá yo no era tan estúpido, pero la estupidez inherente al amor despertó la estupidez que había en mí y terminó por arruinarlo todo…”
