Eduardo Sacheri, los jóvenes frente a los años de plomo

El polifacético escritor ha abordado en su andar múltiples géneros literarios; distinguido en diferentes oportunidades, muchos de sus textos fueron adaptados con éxito a la pantalla grande, otorgándole proyección a su persona y a su literatura

Si bien ya contaba con su reconocimiento en las letras latinoamericanas, la carrera del escritor (Castelar, Buenos Aires, 1967) tomó dimensión mundial a través de su novela El secreto de sus ojos; más aún con la película posterior que, con producción argentina, se hizo con guion del propio autor. La repercusión fue mayor al alzarse con el premio Oscar a la mejor película extranjera. Luego, los estadounidenses decidieron hacer su propia versión, pero no alcanzó el mismo éxito que el film original.

Aunque antes de esto, el autor había hecho conocer sus relatos inspirados en el competitivo ambiente del fútbol. De hecho, hoy escribe una columna en el diario deportivo argentino El Gráfico. Más allá de esto, Sacheri es licenciado en la carrera de Historia de la Universidad bonaerense de Luján, y también imparte clases como profesor en distintos institutos de enseñanza secundaria.

Luego de su primera ficción, le siguió la publicación de la novela La noche de la usina, que fue distinguida con el Premio Alfaguara de Novela. A la que le siguió Papeles en el viento y La odisea de los giles, de la que se hizo otra versión cinematográfica, la que fue nuevamente elegida para representar al país en los premios Oscar. En este caso, no lo alcanzó, pero sí lo hizo con el premio Goya a la mejor película latinoamericana.

Amante de la historia, ha publicado los ensayos Los días de la revolución y Los días de la violencia, basados en los pasos previos de Argentina antes de constituirse como país, y de los posteriores pasos como nación luego de desligarse de lo que fue el imperio español.

En la que es hasta el presente su anteúltima novela, Nosotros dos en la tormenta, la trama se sumerge en los intentos de la joven generación de los años setenta. Cuando una parte intentó cambiar el estado de cosas constituyéndose en guerrilla la que, estructurada en jerarquías internas, abrazó el enfrentamiento directo con las fuerzas armadas. Historia en la que, con un estilo directo y despojado de todo tipo de circunloquios, describe la relación de dos amigos de infancia y vecinos del mismo barrio quienes, militando en distintas organizaciones, comparten la misma metodología de enfrentamiento directo. Años de necesidad de imperiosos cambios en la sociedad, y en la que las urgencias imperaban e impedían las más que necesarias reflexiones; amparados todos bajo doctrinas que se imponían ser cercanas al quehacer nacional y popular y, ante todo, constituirse en eminentemente revolucionarias.

Del texto Nosotros dos en la tormenta el pasaje a continuación:

   “Claudia sale de la habitación del fondo con el estetoscopio en la mano y cierra la puerta de chapa. Se lo cuelga del cuello para dejar ambas manos libres, pasa la cadena por las argollas de hierro que el Mencho soldó hace unos días y cierra el candado. Antonio la ve desde al umbral de la cocina. La interroga con la mirada y la compañera hace un gesto ligeramente tranquilizador. Antonio se hace a un lado para que pase.

   -Me parece que se va a recuperar sin problema -dice Claudia.

   Antes de que pueda agregar otras consideraciones, se escucha el golpe en la puerta de la calle según el código que tienen establecido. Antonio va a abrirle al Mencho, que fue comisionado para deshacerse del Renault 12 en el descampado gigantesco que hay sobre la ruta 1001 camino a González Catán.

   -¿Todo en orden? -le pregunta casi por fórmula, mientras avanzan por el pasillo hacia la casa.

   El Mencho enciende un cigarrillo y le ofrece otro a Antonio, que acepta.

   -Sí, supongo. Lo que pasa es que tuve que dar un rodeo de la concha de la lora para volver, te imaginás.

   -Ahora que la UBC está completa sí toman asiento alrededor de la mesa. Nadie parece tener apuro por romper ese silencio espeso y cargado de presagios. Santiago se aclara la garganta antes de hablar.

   -Supongo que lo primero es hacer un balance del operativo. ¿Quién quiere hablar?

   Antonio espera. Claudia quedó a cargo de la casa y no tiene nada que decir sobre el operativo, lógicamente. Él no piensa decir una palabra. Calcula que el Mencho tampoco. La única incógnita, entonces, es si el aspirante se lanza a justificarse o el Puma a defenestrarlo.

   -Yo quiero tomar la palabra -dice el Puma, y la incógnita se despeja-. El operativo que realizamos esta noche es una de las acciones más torpes, más pésimamente ejecutadas, más… chapuceras que pueden haber existido en la historia del Ejército Montonero. Y si sa…

   -Yo creo, compañero -lo interrumpe Santiago-, que lo qu…

   -¡Si pedí la palabra le ruego, aspirante, que me deje terminar!

   El Puma se pone de pie y apoya los puños en la mesa.

   -¡Un mes entero! ¡Un mes entero nos dedicamos a preparar el operativo! ¿Y a nadie se le ocurrió verificar qué tan difícil iba a ser neutralizar al objetivo? ¡Un pendejo de catorce años! ¡Catorce años! ¡Sesenta kilos pesa! ¿Y dos soldados, no uno, sino dos, se muestran incapaces de someterlo? ¿Y un tercer soldado que vive enfrente del sujeto, enfrente, no puede poner sobre aviso a la unidad sobre la peligrosidad del mismo?

   Antonio se muerde la lengua. No, si no hay caso. A la corta o a la larga tenían que agarrársela con él. ¿Qué pretendían? ¿Qué les informase de las medidas del cuello, sisa y cintura, la puta madre? La da la razón al Puma con lo de dos soldados que no pueden contener las patadas y los mamporros desesperados de un chico, pero ¿a qué viene esto de echarle la culpa a él? Pero el Puma todavía tiene acusaciones para repartir.

   -¡Y una compañera que, en lugar de estar detrás de la puerta, lista para abrir cuando el auto se detenga en la calle, está vaya uno a saber dónde, y hay que golpear la puerta! ¡Golpear la puerta y esperar que venga a abrir! ¿Pero en qué mundo estamos, compañeros? ¡Carajo!

   El Puma está más y más enardecido a medida que habla. Claudia tiene los ojos fijos en la mesa. Es verdad, ahora que Antonio lo piensa, eso de que tardó en abrir la puerta cuando llegaron. Pero nadie tuvo el tiempo o la presencia de ánimo como para indagar por qué cuernos tardó tanto. La mano de Claudia, la que sostiene el cigarrillo, tiembla ligeramente. Pero no responde una palabra, y Antonio piensa que tácitamente se está haciendo cargo de su metedura de pata.

   -¡Mejor que levantemos la puntería, compañeros! ¡Mejor que mejoremos el accionar de esta Unidad Básica de Combate o esta operación termina como el culo!

   El Puma camina de punta a punta de la cocina, nervioso, exaltado. El único que sigue su derrotero es el Mencho. Los demás aguantan la reprimenda enfurruñados pero conscientes de que se merecen cada palabra que dice el antiguo oficial. Hasta Antonio empieza a pensar que tal vez debió indagar un poco más en las costumbres y los pasatiempos de Diego Laspada. ¿Practicará karate o alguna otra arte marcial? La pucha, se le pasó, evidentemente.

   El Puma se detiene junto a la cocina y enciende una hornalla para calentar el agua de la pava. El silencio resulta una especie de tregua, de cese el fuego. Claudia levanta la mirada hacia Santiago, que parece reaccionar. Se pone de pie. Por lo menos ahora, piensa Santiago, los dos están a la misma altura. Hasta recién parecía que el Puma fuera el responsable de la UBC. Una sensación que Antonio ha tenido tantas veces que ya perdió la cuenta. Santiago habla en un tono que intenta ser tranquilo.

   -Más allá de que sigamos con esta reunión de análisis y balance hay cosas que no pueden esperar. Tenemos que establecer el primer contacto con la familia…”   

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