Santiago Roncagliolo, en el relato breve

Como escritor ha tenido la oportunidad de incursionar con acierto en los géneros más variados, aunque tal vez sea en el cuento donde mejor se le vea reflejado

Para qué extenderse si se puede lograr con menos”, fue lo que Jorge Luis Borges respondió, ante las veladas críticas hechas hacia su persona y hacia la obra del eterno candidato al premio Nobel, por no haber escrito nunca una novela y sí, haber fundamentado su fama de escritor a través de sus innumerables cuentos.

En otro orden, es frecuente escuchar de boca de distintos editores de grandes sellos editoriales que, en general, “los relatos no venden”. A salvedad, eso sí, que sean varios los escritores que participen dentro de una misma colección, porque según los mismos responsables, “le otorgan mayor jerarquía al producto final” y, por tanto, más posibilidades de éxito comercial.

En la persona del escritor peruano (Lima, 1975) su producción literaria se ha extendido en los géneros más variados, el ensayo, el guion televisivo o cinematográfico, el cuento y también la novela. : Es el caso de Abril Rojo, historia reconocida con el premio Alfaguara, donde hace su primera aparición el personaje del fiscal Félix Chacaltana. Le siguen otras como El amante uruguayo, La cuarta espada, Memorias de una dama, y por último Pena máxima, de la que se hizo una película, y donde vuelve a hacer presencia el mencionado fiscal.

Graduado en Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú el peruano, con una historia de familia en la cual se incluye el exilio, ha tenido oportunidad de haber residido en varios países americanos; hecho que le ha deparado un cierto bagaje de circunstancias acopiadas en el lugar mismo donde se produjeron los hechos. Con una producción que no deja de agrandarse, en la medida en que su presencia es asidua en distintos medios de comunicación, haciendo también gala del periodismo de investigación, un género que le atrae de sobremanera. 

Quizás, producto de esas experiencias, su literatura se revalúa cuando se manifiesta a través del relato corto. A veces, publicados de manera individual, en otras, en conjunto con una selección de distintos escritores de origen americano; como por ejemplo la recopilación Latinoamérica Criminal, donde el género negro campea a sus anchas.

Del cuento La cara, el pasaje a continuación: 

   “-¿Es ella o no es ella?

   -No lo sé, doctor. Podría ser cualquiera.

   El fiscal Félix Chacaltana frunció el ceño. A lo largo de su carrera había levantado todo tipo de cadáveres: muertos conocidos y desconocidos, muchos de ellos indocumentados, algunos en avanzado estado de descomposición. Casi siempre había sido posible identificarlos con la ayuda de un pariente o amigo. Pero para el reconocimiento hacía falta que el cuerpo tuviese una cara. Y éste no la tenía.

   -Ojalá no sea ella -dijo el agente Basurto, moviendo la cabeza con preocupación-. Cantaba bien bonito, doctor.

   -<Canta>, agente. En presente. Hasta que no se certifique el deceso por escrito, la señora está oficialmente viva.

   -¿Y entonces quién es esta?

   El fiscal se encogió de hombros. Dentro del tráiler no se podía estar de pie, y los dos funcionarios estaban sentados frente al cuerpo inerte, a ambos lados de la mesita de café, como en un almuerzo campestre. Volvieron a mirar la masa sanguinolenta, esa mezcla informe de pelo, piel y huesos. En el lugar de ese moco rojo, horas antes había habido un rostro.

   -¿Con qué le han dado? -siguió preguntando el policía-. ¿Una piedra?

   -No creo. Una piedra es difícil de manejar. Y la víctima debe haberse defendido. Para hacer esto bien, hace falta un martillo.

   Chacaltana imaginó la punta del martillo hundiéndose en la carne, penetrando los globos oculares, quebrando los huesos del cráneo. Pero su mente volvió rápidamente hacia su problema principal: el procedimiento de identificación del cadáver. No recordaba ninguna especificación en el reglamento para un caso como éste. Y sin identificación, no podía cerrar el acta correspondiente. Odiaba dejar a medias los procedimientos administrativos.

   -¿Y no llevará un documento de identidad en algún bolsillo? -preguntó.

   -Ese traje no tiene bolsillos, pues, doctor -se rio Basurto, que de los procedimientos no sabía una palabra, pero debía ser una autoridad en vestuario folklórico.

   Los ojos del fiscal Chacaltana se posaron en el majestuoso vestido de la víctima: el corpiño de flores rosa y verdes, la pollera gigantesca y el pañuelo amarillo amarrado a los hombros. Después de matarla, el asesino se había tomado la molestia incluso de colocarle el sombre andino. Así que, aparte de la cara machacada a mazazos, la mujer lucía muy presentable.

   -La gente tiene que portar siempre su documento de identidad -regañó el fiscal-. Yo siempre lo llevo, para facilitar la labor de las autoridades en caso de ser víctima de homicidio, sea culposo o doloso.

   -Aah confirmó el policía, y los dos guardaron silencio un momento o miraron por la ventanilla, hacia la explanada llena de botellas vacías y colillas.

   Al fondo el escenario seguía colocado, pero sin luces, ni músicos, ni instrumentos, parecía desnudo. Eso le recordó algo al fiscal.

   -Las mujeres a veces guardan cosas en su ropa interior. ¿Y si lleva su DNI por ahí?

   -Puede ser.

   -¿Y si mira usted?

   -¿Yo?

   -Claro. ¿Usted no es policía?

   -Suboficial de tercera, doctor.

   -Ya, pues. Mire.

   -¿Quiere que manosee a una muerta?

   Los dos se volvieron hacia la susodicha, como si los hubiese sorprendido hablando mal de ella. Tenía un aire plácido, y el fiscal estuvo a punto de pedirle disculpas.

   -Quiero que cumpla con su deber -murmuró.

   -Doctor, con todo el derecho que me merece su persona en el aspecto profesional y humano, permítame recordarle que la occisa aquí presente tiene la complexión física de la señora Casilda Martínez Vilcas, lleva el traje de la señora Casilda Martínez Vilcas, fue hallada en el tráiler-camerino de la señora Casilda Martínez Vilcas, a cien metros de donde la señora Casilda Martínez Vilcas dio un concierto horas antes. ¿No podemos deducir que se trata efectivamente de la señora Casilda Martínez Vilcas?

   Usted no está aquí para deducir, oiga. Está aquí para investigar. ¿Y si el asesino quiere hacernos creer eso para confundirnos? ¿Y si la señora Martínez Vilcas está viva?

   -Ojalá, doctor. Porque era una mujer muy buena. Y cantaba bien bonito.

   -<Canta>, suboficial. Y ahora, revise.

   El policía se resignó. Trató de no mirar el cadáver a los ojos, o a donde habían estado los ojos, y, lentamente, acercó las manos al busto y las introdujo en el corpiño aprovechando las amplias mangas vaporosas. Estuvo revolviendo por ahí un buen rato, escudriñando la región del antepecho, hasta que exclamó:

   -¡Ajá!

   Volvió a sacar las manos y miró al fiscal Chacaltana con ojos triunfales.

   -Mire, doctor: un billete de cien soles. Con esto podemos irnos a almorzar…”