Muchos, al ver el nombre de la escritora, pensaran que el texto equivocadamente va de un ensayo con las experiencias de una renombrada actriz, o tal vez de las memorias de una gran estrella del celuloide, pero nada más erróneo. En este caso, hablamos de dos personas distintas que comparten nombre y apellido y también idéntica nacionalidad, ambas dos nacidas en el Reino Unido.
La autora que nos ocupa (Reading, 1912 – Penn, 1975) es considerada una escritora tardía, ya que su primera publicación fue a sus treinta y tres años; pero también, unas de las mejores plumas que ha dado la literatura inglesa del siglo pasado. Aunque ese reconocimiento le fue ‘concedido’ una vez fallecida y luego que se la redescubriera, tradujera y publicaran la mayoría de sus obras. Nada breve en número ya que a pesar de su ‘tardanza’ publicó un total de doce novelas, entre ellas, La señorita Dashwood, El juego del amor, Ángel o Una vista del puerto.
Tuvo oportunidad además de escribir para revistas como Vogue y The New Yorker, publicaciones que se hicieron en conjunto con tres libros de relatos cortos, donde el más conocido sea su compilación de sus Cuentos Completos. Todos ellos con un estilo descriptivo y efectista, que la han llevado a ser comparada como digo émulo de la afamada Jane Austen.
Mujer de pocas estridencias, no gustaba de fastos ni de grandes exposiciones en su vida cotidiana hecho que, de alguna manera, subyace en una parte de sus textos. Y si tardío fue el acceso del público en general a su obra, también lo fue el merecido reconocimiento. Como la concesión del Whitebread Prize, premio concedido a su trayectoria como literata.
En el presente la mayoría de sus escritos se están volviendo a reeditar y en diferentes idiomas. De ellos, Mrs Palfrey at the Claremont, cuyo título en español fue traducido como Prohibido morir aquí, dedicado a las vivencias de los burgueses de tercera edad, seguramente uno de los títulos más destacados. De esta excelente nouvelle, el pasaje a continuación:
“La señora Palfrey llegó por primera vez al hotel Claremont un domingo de invierno por la tarde. Llovía torrencialmente sobre Londres y el taxi avanzaba chapoteando por Cromwell Road, que se hallaba casi desierta, dejando atrás un pórtico tras otro, cada uno más cavernoso que el anterior. El conductor había aminorado la velocidad y asomaba la cabeza por la ventanilla bajo el aguacero, porque no conocía el Claremont. Semejante descubrimiento, el hecho de que el hombre ignorase la existencia del hotel, había inquietado un poco a la señora Palfrey, pues tampoco ella lo conocía y empezaba a preguntarse en qué clase de establecimiento estaba a punto de hospedarse. Trató de ahuyentar el terror de su corazón. La amenaza de su propia angustia la atemorizaba.
<Si no es un lugar agradable, no estoy obligada a quedarme>, se dijo a sí misma, moviendo apenas los labios mientras se inclinaba hacia delante en el interior del taxi, mirando a ambos lados de la calle ancha y aterradora, casi temiendo leer `Claremont´ sobre el pórtico de uno de aquellos edificios. Había muchos hoteles a lo largo de la calle, uno junto a otro, y todos parecían iguales.
Había descubierto por casualidad el anuncio en el periódico del domingo mientras pasaba unos días en Escocia en casa de su hija Elizabeth. Tarifas reducidas en invierno. Cocina excelente. <No hay que tomarse eso al pie de la letra>, había pensado entonces.
El coche al fin se detuvo. Leyó nítidamente `Hotel Claremont` escrito con grandes letras que cruzaban el frente de lo que debían ser dos, o quizás tres, grandes casas que habían sido transformadas en una. Sintió alivio. Las columnas del pórtico parecían recién pintadas, había laureles en las macetas que decoraban las ventanas, cortinas limpias: una fachada de meticulosa respetabilidad.
Salió con dificultad del taxi y, apoyándose en su bastón con punta de goma, cruzó la acera y subió los escalones. Les dolían las varices.
Era una mujer alta, corpulenta, de rostro noble, cejas oscuras y mandíbula de contorno firme. Habría podido ser un hombre apuesto y distinguido y, a veces, cuando se ponía un traje de noche, parecía un general ilustre disfrazado de mujer.
Seguida por el conductor del taxi y por su equipaje (porque el hotel no daba señales de vida), la señora Palfrey luchó con la puerta giratoria y entró casi dando tumbos en el vestíbulo silencioso. La recepcionista la recibió con amabilidad distante, como si trabajara en una clínica, y una clínica para enfermos mentales, además.
-¡Qué día! -dijo.
El taxista, que avanzaba tropezándose con las maletas, parecía un intruso en aquel lugar aislado del mundo, y enseguida el portero se ocupó de reemplazarlo en la tarea de cargar el equipaje. La señora Palfrey abrió la cartera y eligió cuidadosamente algunas monedas. Todos sus movimientos eran lentos, casi solemnes. Aun en sus tiempos de recién casada en Birmania, cuando vivía en condiciones extrañas, por no decir alarmantes, se había mostrado majestuosa y serena, como la vez en que la transportaron en canoa río arriba hasta su nuevo hogar; impasible, había entrado en la casa que era la humedad misma, mientras que una serpiente enroscada en el pasamanos le daba a bienvenida. Había alzado la frente y se había armado de valor, como aquella misma tarde en el tren que la llevaba a Londres.
Pese a la práctica adquirida, había descubierto que ya no le resultaba tan fácil mostrar firmeza. En su juventud tenía que cuidar su imagen primero ante su marido, a quien admiraba, luego ante sí misma y por último ante los nativos (`Soy una mujer inglesa`). En la actualidad, esa imagen de sí misma ya no se reflejaba en nadie, y estaba disminuida: había perdido dos tercios de su antiguo valor (ya no había marido ni nativos).
Después de que el portero dejara las maletas en el suelo y se marchara, la señora Palfrey se dijo que así debían sentirse los presos la primera vez que los dejaban solos en su celda: primero se acercarían a la ventana, luego se volverían para mirar la puerta que acababa de cerrarse y, por último, contarían los pasos que separaban las paredes. Se imaginó la escena vívidamente.
Desde la ventana vio (era lo único que podía ver) un muro de ladrillos blanco manchado por el agua sucia de la lluvia y una escalera de emergencia de hierro bastante bonita. Trató de convencerse de que era muy bonita. El paisaje, sobre todo en aquella tarde gris, era deprimente, pero ya sabía que las habitaciones traseras de los hoteles donde se hospedaban las ancianas de pocos recursos no suelen ofrecer unas vistas agradables. Reserva las mejores para los recién casados, aunque son precisamente los únicos que no las necesitan…”