De otros tiempos, Eduardo Galeano

En momentos en que el balón rueda impulsado por la excitación hasta alcanzar infinitos rincones del orbe, con sonrisas y lágrimas, con críticas y verdades dolientes, el texto Obdulio en la voz de su autor; para pintar un fresco histórico de los miles que rodearon hasta la fecha a este deporte, cuando los jugadores representantes de «la celeste» uruguaya alcanzaron la gloria, alzándose con la copa del mundo de futbol enfrentando a Brasil en el enmudecido estadio del equipo anfitrión. Una reflexión hecha sobre el mismo deporte que hoy convoca a millones, pero entendido tal vez de otra manera

Latinoamérica, donde la literatura choca con la política

La mexicana Elena Poniatowska, el brasileño Bernardo Kucinski y la chilena Diamela Eltit.

Fue Mario Vargas Llosa quien, en el marco de un conversatorio con el perseguido escritor nicaragüense Sergio Ramírez, soltó una frase que resume algo cierto: “Es muy difícil ser un escritor latinoamericano y no verse afectado por la política». Aquí, un repaso de algunos textos que han tocado -desde diferentes ángulos- lo político y lo social en diversos países de esta parte del globo.

Los convidados de piedra, de Jorge Edwards

Publicado en 1978, en esta novela el escritor nacional Jorge Edwards desarrolla una ficción ubicada en una fiesta de un sector acomodado de la sociedad chilena (algo que trabajó mucho en su literatura, la vida puertas adentro). En el transcurso de la celebración, un evento de cumpleaños celebrado en octubre de 1973, los contertulios se explayan sobre el golpe que derrocó a Allende, aunque de cierta forma, Edwards los muestra de un modo algo irónico. De hecho, practicando el pelambre, hablan de gente perteneciente a su misma clase social y que no fue invitada por, entre otras razones, haber adherido a la UP, esos son “los convidados de piedra”. El mismo autor, señaló en entrevista con El País en 1978: “Tengo la impresión de que siempre hay un equívoco entre el narrador y el autor, de que la frontera es finísima, y que, de alguna manera, el escritor de memorias se comporta como novelista, y el novelista hace una crítica, una crónica de su mundo personal”.

El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez

Un ejercicio totalmente centrado en la ficción, pero con un pie puesto en lo real es lo que propuso Gabriel García Márquez en esta novela de 1975. En ella se centra en un país ficticio, gobernado por un dictador ficticio, pero que está a orillas del mar Caribe. García Márquez toca un tópico muy latinoamericano: el dictador que envejece en el poder, y que no solo ve cómo le salen canas, también experimenta la soledad de gobernar.

Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa

Es un clásico, sí, pero también un ineludible a la hora de hablar de narrativa que haya tocado al poder en América Latina. Publicada en 1969, el peruano Vargas Llosa trata sobre los días en que su país era gobernado bajo la dictadura del general Manuel Odría, entre 1948 y 1956. El protagonista, Santiago Zavala, conversa con Ambrosio, un zambo quien fue chofer de su padre. Así, la novela se adentra en recovecos como el tema de lo racial, muy presente en el país vecino, la homosexualidad, y la realidad de la represión que viven en el presente del relato.

Palomita Blanca, de Enrique Lafourcade

Acaso tomando un tópico clásico de la literatura, el amor entre gente de distintas clases sociales, Enrique Lafourcade publicó en 1971 una novela que se convirtió en un imperdible de la literatura nacional. Entre cultura pop, teleseries, y el festival de Piedra Roja, la joven María -de origen humilde- se enamora de un joven de clase alta, Juan Carlos. Ambos se ven envueltos en el convulso Chile de 1970, con las elecciones que dieron el triunfo a la Unidad Popular y el posterior atentado contra el general René Schneider.

La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska

Vamos a la no-ficción. Un hecho que marcó a fuego la historia de la segunda mitad del siglo mexicano fue la matanza de Tlatelolco, donde el ejército reprimió a sangre y fuego una manifestación estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas, ubicada en el Conjunto Urbano Nonoalco Tlatelolco, en la Ciudad de México. Esto, el 2 de octubre de 1968. La periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska hizo un trabajo donde entrevistó a testigos de los hechos y los puso en sus propias palabras en una historia oral de los hechos. Un libro que impacta por su crudeza.

Los chicos de la guerra, de Daniel Kon

Publicado en 1983, solo un año después del fin de la guerra de las Malvinas, en este volumen el periodista argentino Daniel Kon entrevistó a una serie de sobrevivientes del conflicto. Todos, jóvenes veintañeros que habían logrado sobrevivir a un conflicto en que, según denuncian, fueron sin la preparación adecuada. Los relatos, crudos y a veces chocantes, son un testimonio del horror que les tocó vivir a muchachos que debieron cambiar las aulas universitarias y las fiestas por un fusil al fin del mundo.

Las tres muertes de K., de Bernardo Kucinski

Si hubo dos momentos duros de la dictadura militar brasileña, entre 1964 y 1985, fueron las administraciones de Emilio Garrastazu Médici (1969 – 1974) y Ernesto Geisel (1974 – 1979). Es en este último período donde se ambienta la novela Las tres muertes de K., del periodista y escritor brasileño Bernardo Kucinski, publicada en 2013, en la que se se basó en su propia experiencia de vida, puesto que su hermana y su cuñado fueron detenidos desaparecidos. Así, narra la historia de K., un padre que busca a su hija quien ha desaparecido, lo cual lo lleva a realizar una desesperada e incesante búsqueda para dar con su paradero. Durante su búsqueda, debe afrontar sus sentimientos de culpa y descubre la identidad militante de su hija. “Escribir esta novela fue una catarsis, una cosa que estaba atragantada y de repente salió”, señaló el autor en entrevista con El País, en 2013.

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

En rigor, todo el corpus de la obra de Diamela Eltit tiene un cariz político y crítico, solo que la autora nacional prefiere enfocarse en los márgenes, en el mundo de quienes son excluidos (como lo hicieron también Carmen Berenguer y Pedro Lemebel), con especial atención hacia las mujeres. En esta novela de 2013, la autora, reciente Premio FIL de Literatura, se sumerge en la vida de una joven prostituta, quien vive en un barrio marginal asediado constantemente por las Fuerzas especiales policiales. Para sobrevivir en un mundo hostil, donde se ve enfrentada a la violencia contra las mujeres y su clase social, la joven debe sacar impulsos de otro lugar. Debe sacar “fuerzas especiales”, para vivir en un mundo donde reina la desesperanza. Es una novela dura, difícil de leer, que no da relajo. Pero un ejercicio necesario si lo que se quiere es sumergirse en los márgenes.

La Flor de La Candelaria, de Giancarla Zabalaga de Quiroga

Ambientada en la década de 1930 en Bolivia, en las revueltas campesinas que terminaron desembocando en la revolución de 1952 y la posterior reforma agraria, esta novela de la autora boliviana Giancarla Zabalaga de Quiroga relata la historia de una pareja, Aurora Villarreal y Alberto Mendívil, quienes tratan de vivir un “cuento de hadas” en medio de un paisaje convulso, y ponemos las comillas con intención, porque contraviniendo las normas de su época y su clase acomodada, ambos viven en concubinato. Fue publicada en 1989.

Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

No es de los libros que más se mencionan del autor nacional, aunque en rigor, es de sus mejores novelas, el “problema” es que está a la sombra de colosos como Los detectives salvajesEstrella distante y 2666. Publicada en 2000, se trata de un monólogo del agónico sacerdote católico (y Opus Dei) Sebastián Urrutia Lacroix, un alter ego de un personaje real, el cura y crítico literario Ignacio Valente. En su agonía durante una noche, Urrutia Lacroix repasa los días en que -entre otras cosas- le daba clases de marxismo a los integrantes de la junta militar, y las tertulias en la casa de María Canales donde se torturaban a opositores (en alusión a Mariana Callejas).

(El artículo pertenece a Pablo Retamal, y fue publicado en el diario La Tercera de Chile)

Zoé Valdés, de tierra caliente

A la cubana (La Habana, 1959) se la conoce por los innumerables trabajos ligados a su carrera literaria y, en otras instancias, por la repercusión que alcanzan sus punzantes opiniones cuando alimentan polémicas en las redes sociales. A veces, en sus enfrentamientos con compatriotas, en otras, con otros tantos referentes políticos, ya que nunca ha ocultado sus posiciones contrarias al vigente gobierno de la isla caribeña.

Fue muchos años antes de estos rifirrafes, siendo alumna de la universidad capitalina habanera, que la escritora hizo su acercamiento a las letras a través de Respuestas para vivir, su primer compendio de poesía, género al que a posteriori ha vuelto en innumerables ocasiones, con Vagón para fumadores, Cuerda para el lince o Anatomía de la mirada.

Luego fue el cine el que atrapó su interés, cuando se vinculó como guionista al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica. Hasta que en 1993 vio la luz su primera novela, Sangre azul, a la que le siguieron más de una decena: La Habana, mon amour; La hija del embajador; Bailar con la vida; La mujer que llora; La salvaje inocencia; entre otras. A las que también hay que sumar sus relatos breves y también sus textos de literatura infantil.

Su creatividad en la escritura se extiende como asidua colaboradora de distintas publicaciones, los diarios El País y El Mundo de España, Le Nouvel Observateur o Le Monde del país galo, y del diario El Universal de Venezuela, además de las revistas Vogue y Elle. Entre otras experiencias en el cine, ha dirigido un cortometraje y hasta ha participado como jurado en el Festival Internacional de Cine en la francesa ciudad de Cannes.

Valdés detenta la nacionalidad francesa y la española, país este último en el que reside desde hace unos años. Reconocida en varias oportunidades por sus textos, se ha hecho acreedora del premio Azorín y también del Novela Breve, además de ser finalista del Planeta y del Premio Médicis Extranjero en Francia, cuyas autoridades la han condecorado con la Orden de Caballero de las Artes y de las Ciencias.

Para apreciar algunas particularidades de su estilo narrativo, de la novela Querido primer novio, el pasaje a continuación:

   “Allá, en lo último del vagón, una muchacha se ha descuidado, o lo hace adrede, y abre sus entrepiernas, las rodillas son demasiado oscuras, churrosas y con viejas cicatrices de postillas purulentas, de las corvas hacia abajo la piel es un mapa de nacidos, esos granos verdosos por lo enconados, cual cráteres babosos. Descubre que estoy mirándola y creo que me saluda con una mano indecisa, también cundida de ojos de pescado. Además, en sus párpados brilla un tumulto de orzuelos. Sin embargo, el rostro es hermoso, la boca lisa y pulposa, los dientes grandes, la frente ancha y abombada, tiene cara de mosquita muerta, de fingir la inocentona, de no romper un plato. Separa todavía más sus muslos y se encarama en las caderas la falda del vestido color caramelo. No estoy segura de que quiera darme filo a mí, volteo la cabeza y comprendo que el espectáculo no me está dedicado, no es conmigo con quien ha coqueteado antes, ni tampoco a quien intenta seducir enseñando lo más recóndito de su cuerpo empercudido. Es a este mastodonte sentado detrás de mí, mareado de tanto ansiar toquetear con la mirada, un tipo de facciones rudas, de piel de lagarto, por cierto, ¿querrá cachicambiarse por un puerco? Los ojos grises, el pelo trigueño y abrillantado con esa brillantina mala y apestosa de pote grosero. El tipo apretuja entre sus brazos un gallo de pelea, un gallo fino de cresta rojísima y transparente a la luz, el pico color marfil o perla marina, las espuelas afiladas. La joven continúa calentándolo a todo lo que da el chucua, chucua del tren.

   Intento volver la vista al paisaje, pero ahora es un revoloteo que se escabulle rozándome la oreja y que impide mi forzado embeleso. El gigante ha liberado a sabiendas al gallo, oigo azuzarlo: ¡Ataca, Solito! Solito debe ser el nombre del gallo. Y Solito ha ido directo a acurrucarse entre la saya de la muchacha de rodillas costrosas; ella aprovecha y se esparranca todavía más, el animal ha comenzado a picotear, no exactamente de lo que pica el pollo, que es la mierda, sino ahí, en el triángulo oscuro, justo en la diminuta cabeza de la pepita. A cada picotazo la pepita aumenta de tamaño, y la dueña se arquea en el asiento en presencia de nosotros, los viajeros, quienes nos hacemos de la vista gorda. Ella inicia un concierto de gemidos, el gallo picotea, picotea, y a mis espaldas el hombre respira grueso, calentándome el cuello con resoplidos mojados, oigo un frufrú producido por la mano sobándose la portañuela, eso imagino, no hay que ser cartomántica para adivinarlo. Ella ruge cuando Solito embiste queriendo arrancar de un jalón aquella cresta tan encendida como la suya. El guajiro servandoso sigue abstraído en el grumoso espesor de la paja, despertando más y más a ese pasajero venático de tercera clase resentido contra su muslo, a punto de explotar de roña lujuriosa.

   La maniobra erotizante dura una media hora, el ambiente se ha puesto denso, sólo ellos dos palpitan ajenos del mundo. Los demás se adormecen debido al traqueteo del tren que invita al cabeceo y nos sumerge en una soñolencia, pero también hastiados de lo que todos consideran un espectáculo demasiado vulgar que no pasa de ahí, de una paja costumbrista, habituados como están a este exhibicionismo, pues por acá no es nada raro que viajando en una guagua alguien coloque sobre tu hombro un pene macizo, semejante aun yunque, y te llene la oreja de esperma y el chorro se escabulla por la ventanilla, doble por tercera, y empape el rostro apergaminado de una anciana que intentaba tomarse un granizado de limón al cruzar la esquina de Neptuno y Belascoaín.

   Pero yo no, yo no me duermo, yo deseo ser testigo de la opereta rabolesiana (en lugar de rabelesiana) hasta el goce último, que pertenece más al género zarzuela porno-tradicional. El tipo se ha levantado de su asiento, se apoya en mi nuca, la mano fogosa y cubierta de callos araña mi piel, es una mano de boxeador, mejor dicho, de carretero. Cual un toro que embiste, se dirige trastabillando a causa de los bamboleos del tren hacia el asiento de la endemoniada. Arranca al gallo del totingo enhiesto y retuerce el pescuezo del ave compitiendo con la imagen del marido celoso desquitándose con el amante. En seguida agarra a la sicalíptica por la muñeca y, de un empellón a lo Robert Mitchum a una res en ‘Hombres errantes`, lanza a la doncella desollada contra la estera mugrienta del pasillo. Y allí la deshonra, que por lo que se ve ella disfruta más que la honra. De una galúa cabillera. La desvirga, en resumen, de un trancazo. El gallo boquea a corta distancia, brincando en el estertor del crimen. Siento un nuevo cosquilleo en la garganta, quizás sean deseos de entonar una melodía fina y elocuente. Aquella que dice:  Sitiera mía, dime qué has hecho de mi dulce hogar…

   Dejo caer los párpados, amodorrada de vergüenza y de escalofríos en la vagina; al abrirlos ya cada uno ha regresado a su silla. Ella, muy correcta, saborea la fatiga, ladea la cabeza acomodando la nuca en el raído almohadín del respaldar. Él guacho al fin, no renuncia a la rudeza y se ha ubicado a fumar un tabaco tan descomunal como su propio sexo, puedo comprobarlo volteándome, haciendo como quien busca un objeto perdido en el suelo. En el interior de una canasta de mimbre ha introducido el cadáver de Solito, el gallo escultor de corolas de carne salada y apetitosa. Elegguá ha recibido su sacrificio…”

«Ustedes pueden encontrar un servicio adecuado? En Buenos Aires dicen que hay crisis, pero no se encuentran ni (criadas) paraguayas. Mi hermana que vive en París dice que allí es una maravilla. Ella tiene un matrimonio de solistas polacos de violoncelo haciendo de criados. Son extraordinarios»

Texto: de la novela Quinteto de Buenos Aires de Manuel Vázquez Montalbán

Fotografía: Kristina Snowasp

Talleres literarios en las cárceles

Carlos Ríos, escritor y profesor en una prisión de Argentina, traza un fuerte retrato del particular mundo penitenciario y de los maestros que allí se desempeñan

Tarde o temprano los maestros que trabajan en la cárcel forman una familia. El guardapolvo blanco los identifica ante los presos, los guardias, el personal médico y otros grupos que se mueven en ese orden cerrado. El protagonista, autor de la novela Falsa familia, docente de talleres literarios en unidades penitenciarias del partido de La Plata, provincia de Buenos Aires, se siente ajeno a la cofradía: “cerca de los alumnos, lejos de la institución”, las formas del encierro se multiplican vertiginosamente a su alrededor y componen una situación que parece sin salida.

Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967, provincia de Buenos Aires) es profesor en la cárcel de Olmos, pero Falsa familia no presenta una novela testimonial sobre la intimidad de las prisiones. Tampoco es un relato autobiográfico, por más que incluya anotaciones de un diario referido a las circunstancias de ese trabajo: un diario excepcional donde la sucesión de observaciones al paso, reflexiones, referencias literarias (Trilce, porque César Vallejo lo escribió en la cárcel; La isla de Sajalín, relato de Anton Chéjov sobre una colonia penitenciaria rusa), diálogos en la calle y apuntes en una estación de servicio que hace de parada cotidiana, convergen en una usina híper activa de escritura.

Lo que viene de la experiencia carcelaria es la forma de componer el libro, un gran experimento que integra voces, registros y materiales diversos (fotografías, dibujos, facsimilares de manuscritos) en la perspectiva de romper con el “circuito cerrado” del lenguaje ‘tumbero’ y de la jerga jurídico-penitenciaria. Entre los textos incorporados hay relatos de presos que se publican como fueron escritos (con mayúsculas, sin reglas sintácticas ni ortográficas) y que surgieron de un trato: el profesor del taller literario cumplió unos encargos en la calle a cambio de que los alumnos escribieran al respecto. Una técnica nada convencional, pero efectiva y además probatoria de que en estos espacios “no hay manual posible”.

El trabajo en la cárcel absorbe de una manera intensa y a la vez imperceptible. Esa fue la advertencia que recibió el profesor, y de hecho su problema es que no tiene otro tema de conversación, el mundo puede reducirse a esos términos (en particular, “el sistema literario, al ser tan endogámico, tiene mucho de carcelario”) y su diario está centrado en el tránsito cotidiano por las prisiones, a las que se refiere como si fueran provincias de un país llamado Carcelandia. Pero la situación de encierro que padece tiene que ver con las relaciones que mantiene en el exterior.

“Me interesa cómo una escritura confinada empieza a ganar terreno, se consolida, arma tramas sociales en torno a quien se ubica en el centro de la producción”, escribe Ríos en un pasaje de esta novela intensa y movilizadora por su interrogación incesante. Ese es el trabajo que pone en escena: en un contexto marcado por la violencia y las tensiones cotidianas del castigo (enfrentamientos entre internos, chicanas de los guardias, chismes virulentos entre docentes), prácticas de escritura abiertas y conversaciones sobre los usos y los efectos de las palabras y sobre el modo en que el lenguaje permite reconstruirse y proyectarse más allá de las rejas.

Esa apertura del lenguaje queda condensada en un proyecto de tesis sobre poesía y comparecencia en que “los comentarios de los alumnos marcan el desarrollo”. El acto judicial que significa la orden de testimoniar sobre un hecho determinado –para los presos, filosóficamente, lo incomprobable de cualquier pasado–, en el taller literario habilita sentidos múltiples alrededor de la verdad, el poema, la memoria, el cuerpo y la libertad.

En otro pasaje clave, un guardia le propone al profesor conocer la cárcel de verdad: quedarse encerrado durante un rato como un preso común, “para que puedas transmitirlo como corresponde”. Si el protagonista no retrocede ante el desafío, es porque a esa altura ya se libró de sus ataduras.

(Texto de Osvaldo Aguirre, reproducido en la Revista Ñ del diario argentino Clarín)

En búsqueda de la isla, Michel Houellebecq

Su fama de personaje conflictivo le precede, tanto, como para engrosar la lista de los denominados ’enfants terribles`, que de manera sostenida Francia ha dado a las letras durante el transcurso de los tiempos. Así son muchos los que conocen su nombre (Michel Thomas, en el original, Sant Pierre, isla de La Reunión, 1958) por los ecos que provocan sus polémicas, incluso antes de haber leído tan solo uno de sus libros.

Originario de un diminuto territorio de ultramar en el océano Índico, se crianza transcurrió entre la isla, después en Argelia y finalmente París. Luego de ello y con su fama a cuestas vivió durante temporadas, para evitar la persecución de los medios, en Irlanda y en el sur de España; aunque también tenga la afición de aquellos que les gusta perderse por lugares en los que ni su editor, ni sus más allegados, le puedan encontrar.  

Sus primeros trabajos literarios los desarrolló en el género de la poesía, aunque el verdadero espaldarazo surgió a través de sus novelas: Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, El mapa y el territorio, o Serotonina, por las que cosechó popularidad, galardones y reconocimientos oficiales: Premio austríaco de Literatura Europea, luego fue el prestigioso Goncourt, hasta ser nombrado Caballero de la Legión de Honor de la república francesa.

Su quehacer en la escritura se ha calificado de manera usual como el no-estilo, aunque a Houellebecq poco le importa, ya que crea sus historias para que oficien de verdadero disparador de ideas. A veces con giros copernicanos en sus tramas, en otras, con una detallada puesta en escena, donde las descripciones de las situaciones narradas y la acertada conformación de los personajes apenas alcanzan a encajar en el texto, avasalladas por el ritmo que le otorga la pluma ágil y disparatada del autor.

Consciente de lo que produce, el galo ha sabido alimentar la publicidad adicional hacia sus obras y su persona, por momentos con desmesurado acierto; pero también ha recibido críticas descarnadas, con epítetos como xenófobo, racista o misógino, expresiones que dejan poco espacio para las opiniones a medio camino de los extremos.

Para apreciar en parte lo expresado, de La posibilidad de una isla, una novela con una trama cuanto menos singular, de ella el pasaje a continuación:

“Solo descubrió realmente el mundo de los hombres después que Isabelle se fuera, en el curso de patéticos vagabundeos por las autopistas casi desiertas del centro y el sur de España. Salvo los fines de semana y las salidas de vacaciones, en los que encuentras familias y parejas, las autopistas son un universo casi exclusivamente masculino, poblados por representantes y camioneros, un mundo violento y triste donde las únicas publicaciones disponibles son revistas porno y de coches, donde el archivador giratorio de plástico con la selección de DVD <Tus mejores películas> sólo permite por lo general, completar tu colección de ‘Dirty debutantes’. Se habla poco de este universo, y la verdad es que no hay mucho que decir; no encuentras ningún comportamiento nuevo, no proporciona ningún tema válido para una revista de sociedad; en resumen, es un mundo poco conocido, y quienes no lo conocen no se pierden nada. En el transcurso de aquellas semanas no hice ninguna amistad viril ni me sentí cerca de nadie, pero no era grave; en este universo nadie está cerca de nadie, y sabía que ni siquiera la complicidad escabrosa de las camareras cansadas con sus camisetas de NAUGHTY GIRL ceñida a los pechos caídos iría más allá, salvo rara excepción, de una cópula demasiado rápida y con tarifa fija. Si acaso, podía buscar bronca con un conductor de camión de carga para que me rompiera los dientes en un aparcamiento, entre vapores de gasoil; en el fondo, era la única posibilidad de aventura que se me ofrecía en este universo. Así viví algo menos de dos meses; me pulí miles de euros pagando copas de champán francés a rumanas embrutecidas que no por ellos se negarían, diez minutos después, a chupármela sin condón. Fue en la autovía del Mediterráneo, concretamente en la salida Totana Sur, donde decidí acabar con aquel penoso circuito. Había aparcado el coche en el último hueco disponible del aparcamiento del hotel restaurante Los Camioneros, donde entré a tomar una cerveza; el ambiente era lo más parecido posible al que había conocido en las semanas anteriores, y me quedé mis buenos diez minutos sin fijar la atención en nada, sólo consciente de un agobio sordo, general, que volvía todos mis movimientos más inseguros y cansados, y de cierta pesadez gástrica. Al salir me di cuenta de que un Chevrolet Corvette aparcado de través me impedía sacar el coche. La perspectiva de volver al bar y buscar al propietario bastó para desanimarme del todo; me apoyé en un parapeto de cemento, intentando ver la situación en conjunto y, sobre todo, fumando. Entre todos los deportivos disponibles en el mercado, el Chevrolet Corvette, por sus líneas inútiles y agresivamente viriles, por su carencia de auténtica nobleza mecánica unida a un precio al fin y al cabo moderado, es sin duda el que mejor corresponde a la idea de coche de marcarse un farol: ¿con qué clase de sórdido macho andaluz iba a toparme? Seguro que, como todos los individuos de su tipo, el hombre tenía una sólida cultura automovilística, y por lo tanto era perfectamente capaz de darse cuenta de que mi coche, más discreto que el suyo, era tres veces más caro. Así que seguro que a la afirmación viril de aparcar impidiéndome la salida se sumaba un trasfondo de odio social, y estaba en mi derecho de esperar lo peor. Me hicieron falta tres cuartos de hora y medio paquete de Camel para reunir el valor de regresar al bar.

   Descubrí de inmediato al individuo, hundido al final de la barra delante de un platillo de cacahuetes; dejaba que se calentara su cerveza y echaba de vez en cuando una ojeada desesperada a la pantalla gigante de televisión, donde unas chicas con shorts meneaban la pelvis al compás de un Groove tirando a lento; estaba claro que era una fiesta de espuma, los minishorts marcaban cada vez más las nalgas de las chicas y la desesperación del hombre aumentaba. Era bajito, calvo y barrigón, andaría por los cincuenta, llevaba traje y corbata, y me invadió una oleada de compasión afligida; desde luego que con el Chevrolet Corvette no iba a ligarse a las tías, como máximo iba a conseguir que lo considerasen un auténtico hortera, y empecé a admirar el valor cotidiano que, a pesar de todo, le permitía circular en Chevrolet Corvette. ¿Cómo iba una chica lo bastante joven y sexy a hacer otra cosa que resoplar de risa al ver a aquel hombrecillo salir de su Chevrolet Corvette? A pesar de todo había que arreglar lo del aparcamiento, y me lancé a ello con toda la sonriente mansedumbre de la que me sentía capaz. Como temía, al principio se puso belicoso e intentó tomar por testigo a la camarera, que ni siquiera alzó la mirada del fregadero donde estaba lavando vasos. Luego el tipo me echó una ojeada, y lo que vio debió de calmarlo; yo mismo me sentía tremendamente viejo, cansado, desgraciado y mediocre; él debió concluir que, por oscuros motivos, el propietario del Mercedes SL también era un perdedor, casi un compañero de infortunios, y entonces intentó establecer una complicidad masculina, me invitó a una cerveza, después a otra, y propuso que termináramos la velada en el New Orleans. Para quitármelo de encima fingí que todavía me quedaba mucho camino por delante; es un argumento que los hombres, por lo general, respetan. En realidad estaba a menos de cincuenta kilómetros de mi residencia, pero acababa de darme cuenta de que lo mismo daba continuar mi ‘road movie’ en casa…”

Isabel Allende, de amor y belleza

La escritora chilena, autora de innumerables novelas a lo largo de su vida: La Casa de los espíritus, Paula, Largo pétalo de mar, La ciudad de las bestias, Eva Luna, El amante japonés, La isla bajo el mar, De amor y de sombra, Mi país inventado, entre otros tantos textos, se adentra en el club de las octogenarias reflexionando acerca de la mujer y sus deseos

¿Por qué leemos literatura?

Meterse en una obra de ficción causa placer, empatía, y la experiencia neuronal de ‘hacer’ lo que estamos leyendo

La realidad del descanso de verano, y el hecho de que hemos sido inundados por literatura fáctica, lo invitan a uno a querer zambullirse en la ficción de novelas y “descubrir mediterráneos”, como decía Unamuno. Entre mis chapuzones recientes, están los de haber leído los seis relatos macabros de P. D. James No duermas más, salpicados con “el dulce aroma de la sangre” de la tinta de su autora, y los Testimonios, de Victoria Ocampo —el de Cocteau en Nueva York captura la magia de la transposición de la primera persona, de manera que yo mismo “sentí el vértigo que invariablemente nos da el pasado cuando lo miramos desde la torre creciente de los años. Tomé el teléfono y llamé al St. Regis donde se alojaba Cocteau. Nos citamos para tomar el té, allí, esa misma tarde. Llegué. Subí a su departamento. ¡Qué fuera de lugar me pareció aquel francés, precioso objeto de lujo de la Rue de la Paix, en ese ambiente! Nos miramos. Nos abrazamos (¿pensaríamos en lo mismo?) como después de un naufragio”—.

¿Por qué leemos novelas? ¿Cómo entender el apego que nos causan?

Constantemente estamos aprendiendo a leer, la comprensión y el goce por la lectura son un proceso de aprendizaje de por vida. En su artículo ‘Libros que me han influido’, publicado en The British Weekly en 1887, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro, dice que los libros más decisivos y de influencia más duradera son las novelas, porque “no imponen al lector un dogma que más tarde resulte ser inexacto, ni le enseñan lección alguna que luego se deba desaprender. Repiten, reestructuran, esclarecen las lecciones de la vida; nos desvinculan de nosotros mismos obligándonos a familiarizarnos con nuestro prójimo; y muestran la trama de la experiencia, no como aparece ante nuestros ojos, sino singularmente transformada, toda vez que nuestro ego monstruoso y voraz ha sido momentáneamente suprimido”.

Además de ser fuente de placer, la ficción permite al lector simular y aprender de la experiencia ficticia. Según Keith Oatley, profesor de Psicología de la Universidad de Toronto, y especialista en la psicología de la ficción, uno de los usos de la simulación es que, para adiestrarse en cómo pilotar un avión, resulta útil pasar un tiempo en un simulador de vuelo. No obstante, la práctica en un avión real es esencial, la mayor parte del tiempo en el aire no ocurre gran cosa. Desde el entorno seguro de un simulador, es posible enfrentar una amplia gama de experiencias y ensayar cómo responder ante situaciones críticas —y las habilidades aprendidas se transfieren al pilotar un avión—. De la misma manera, al involucrarnos en las simulaciones de la ficción, lo aprendido se transfiere a nuestras interacciones cotidianas.

Su investigación confirma lo dicho por Stevenson: al compartir indirectamente las sutilezas y tribulaciones de la historia, y al hacer inferencias sobre el desarrollo de la trama, el lector expande su empatía. Es decir, alineamos nuestras emociones y pensamientos con los de los personajes. Con imágenes de FMRI (siglas en inglés de resonancia magnética funcional) se ha comprobado que cuando uno lee frases que describen una acción, como, “subiendo las escaleras”, la lectura conduce a la simulación del contenido motor y emocional en el cerebro, y se acompaña de cambios en las regiones cerebrales que provocan la acción, como si el lector estuviese efectuándola.

Nuestro inconsciente es un lector infatigable que continuamente está aprendiendo—quien lee, interpreta desde su inconsciente—. Lo que está en juego es que, a lo escrito, le damos otra lectura diferente de la que la obra originalmente significaba. Entendida así, es una forma de interpretar —es una lectura de las diferencias que habitan el lenguaje—. En su ensayo Los romances familiares, Freud especula que cada uno es a la vez autor y héroe de una “novela familiar”, de la que se podría decir que somos el único lector. Esta obra privada, en la que nos contamos historias que derivan de fantasías inconscientes, constituye una condición necesaria para la vida en sociedad.

¿Cómo debería leerse un libro? ¿Cuál es la forma correcta de hacerlo? Son tantos y tan variados. “Para leer bien un libro, hay que leerlo como si uno lo estuviera escribiendo. Empieza por no sentarte en el estrado con los jueces, permanece de pie en el banquillo, con el acusado. Sé su compañero de trabajo, conviértete en su cómplice”, recomienda Virginia Woolf en una conferencia impartida en 1926 ante las alumnas de un colegio en Kent. “Uno puede pensar lo que quiera acerca de la lectura, pero nadie va a imponer leyes al respecto. Aquí, en esta habitación, entre libros, más que en ningún otro sitio, respiramos un aire de libertad. Aquí, simples y doctos, el hombre y la mujer son iguales. Porque, no obstante, la lectura parece cosa simple —una mera cuestión de conocer el alfabeto—, de hecho, es tan compleja, que es dudoso que alguien sepa lo que realmente es”.

(David Dorenbaum, psiquiatra y psicoanalista, es el autor del artículo, reproducido en el diario El País de España)