«Me molesta que mi hija de dieciséis años, después de estar horas mirando el teléfono, suspire cuando le sugiero que le dedique quince minutos a leer un libro» ( Stefan Malmström )
Autor: depunoyletra.com
Pedro Mairal, idiosincrasia rioplatense
El autor argentino (Buenos Aires, 1970) ha logrado alcanzar el renombre literario luego de abarcar variedad de géneros en su obra. Según sus propios lectores, fueron muchos los que en un principio se habían acercado a sus textos a través de la efectiva recomendación del boca a oreja, hecho que llevó al bonaerense a trascender mucho más allá de lo que reflejaban la cantidad de ejemplares vendidos.
Con antecedentes laborales como colaborador en distintos medios de comunicación, Mairal es dueño de una producción literaria que incluye a la novela: Una noche con Sabrina Love, que fue llevada con éxito a la pantalla grande, El año del desierto y Salvatierra. El relato, con el volumen Hoy temprano; y la poesía, con los compendios Tigre como los pájaros, Consumidor final y tres recopilaciones de sus Pornosonetos. Por último, también ha visto la luz el volumen El equilibrio, con una selección de sus mejores escritos periodísticos.
Abarcar esta policromía de géneros no le ha impedido para que transite por otras facetas dentro de la variada expresión artística, como lo hacen otros escritores -desde el brasileño Chico Buarque al galés Ken Follett-, para unificar la labor de cantante y la de músico. Aunque pareciera que el bonaerense tiene bien en claro su predilección, cuando ha manifestado que es en la escritura donde encuentra refugio a su caos existencial.
Concisión, frescura en la exposición de los hechos, y búsqueda del golpe de efecto, son las propiedades esenciales en las que apoya su estilo de escritura y por las cuales, en el año 2007, fue reconocido por el Festival de Bogotá como una de las mejores voces de jóvenes escritores latinoamericanos.
Su último trabajo de ficción conocido hasta el presente es La uruguaya, novela en la que se exponen las características antes mencionadas; de la que también se han adquirido los derechos para ser adaptada a la versión cinematográfica. En ella el protagonista, un joven escritor en horas bajas, retrata su inquietante presente, un día a día en el que también se podrían ver reflejadas muchas de las particularidades de los jóvenes habitantes de las ciudades a ambas orillas del Río de la Plata.
Como una pequeña muestra de lo mencionado, de La Uruguaya, el texto a continuación:
“…-¿El rápido a Colonia? –me preguntó el empleado.
-Sí, y el ómnibus a Montevideo.
-¿Vuelve en el día con el buque directo?
-Sí.
-Bien… -me dijo mirándome un poquito más tiempo de lo normal.
Imprimió el pasaje, y me lo dio con una sonrisa de hielo. Le evité la mirada. Me incomodó. ¿Por qué me miró así? ¿Podía ser que estuvieran marcando y metiendo en una lista a los que iban y volvían en el día?
Subí por la escalera mecánica para hacer Aduana. Pasé la mochila por el escáner, di vueltas por el laberinto de sogas vacío. <Adelante>, me dijeron. El empleado de migraciones miró el documento, el pasaje. <A ver, Lucas, parece frente a la cámara por favor. Perfecto. Apoye el pulgar derecho… Gracias> Agarré el pasaje, el documento y entré en la sala de embarque.
Estaba toda la gente formando una larga fila. Por el ventanal vi que el buque hacia las últimas maniobras de amarre. Pagué el café y la medialuna más caros del mundo (una medialuna pegajosa, un café radioactivo) y los devoré en un minuto. Me sumé al final de la fila y escuché a mi alrededor unas parejas brasileñas, unos franceses, y algún acento de provincia, del Norte, quizá de Salta. Había otros hombres solos, como yo; quizá también iban por el día a Uruguay, por trabajo o a traer plata.
La fila fue avanzando, caminé por los pasillos alfombrados y entré al buque. El salón grande, con todas esas butacas, tenía algo de cine. Encontré un lugar junto a la ventana, me senté y te mandé el mensaje: <Embarcado. Te amo>. Miré por la ventana. Ya estaba aclarando. El espigón se perdía en una neblina amarilla.
Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde:
<Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las dos?>
Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.
Digo <La idea> porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalinas ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails… En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasvasábamos en el otro. No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas.
El buque Zarpó. La dársena fue quedando atrás. Se veía un pedazo de la costa, se adivinaba apenas el perfil de los edificios. Sentí un alivio enorme. Irme…”
La frase
Escritores en la sombra
La figura del «negro literario», sin connotación racista alguna, designa a la persona que escribe para otra, usualmente de mayor a fama; y si bien percibe pago por ello, en momento alguno aparece en los créditos de la obra. De esta manera, grandes nombres de la literatura se vieron beneficiados del trabajo oculto de estos autores en la oscuridad, aunque son pocos los casos en que se ha podido corroborar este fraude al lector. Algunas de estas colaboraciones contaron con la anuencia de los editores de esos textos, aunque en nuestros días el autor (o quien aparece en los créditos) intenta que el hecho no gane trascendencia. Este artículo hace referencia a algunos ejemplos que han ganado publicidad en el transcurso de la historia contemporánea
La capacidad de producción del escritor francés Alexandre Dumas (1802-1870) es legendaria. El autor de Los tres mosqueteros presumía en voz alta de haber escrito 1.200 obras aunque, según los expertos, habría que rebajar esta cifra a tan solo 300 –entre ellas, ochenta novelas–, que ocupan, según los que se han entretenido en contarlas, más de 100.000 páginas, en todos los géneros (poesía, teatro, novelas, cuentos, ensayos…). “Nadie ha leído todos los libros de Dumas… ni siquiera él mismo”, se bromeaba ya en vida del escritor, que ocupa un lugar de honor en la historia de la literatura.
Entre sus numerosos colaboradores, un total de 63 en diferentes etapas, según propia confesión, destacó Auguste Maquet, que trabajó con él entre los años 1839 y 1851. Tras cosechar diversos rechazos literarios a una obra suya, Maquet se la mostró a Dumas, quien la retocó y la ofreció al editor Girardin, pidiendo que se publicara con el nombre de ambos. La respuesta fue clara: “Un folletín firmado por Dumas vale tres francos por línea, pero firmado por Dumas y Maquet solo 30 centavos”. Se trataba de El caballero de Harmental, que finalmente apareció solamente con el nombre de Dumas.
Dumas recibía los argumentos y las estructuras de algunas novelas por parte de sus colaboradores, sobre los que luego realizaba retoques, caracterizaba más detalladamente a los personajes, y añadía diálogos y escenas de acción. Las cuantiosas ofertas económicas que le hicieron, a raíz del éxito de Los tres mosqueteros, dispararon este método, basado no solo en los colaboradores sino en su inmensa capacidad de trabajo, con jornadas diarias de hasta catorce horas.
Dumas no ha sido el único autor con colaboradores aunque sí uno de los ejemplos del que existen más evidencias. Sigue flotando el enigma de William Shakespeare, con teorías que aparecen y desaparecen según las épocas, y que implican a nombres como Christopher Marlowe, Francis Bacon o Edward de Vere como posibles coautores de algunos textos. Asimismo, algunos estudiosos apuntan que el auténtico autor de la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España no sería Bernal Díaz del Castillo, quien la firma, sino el mismísimo Hernán Cortés. Pero hay casos más graves… En el 2005, se destapó la conocida como “la estafa literaria del siglo” al saberse que detrás de las tres novelas del estadounidense J.T.Leroy estaba en realidad una mujer llamada Laura Albert, quien además hacía disfrazarse a su cuñada para interpretar al autor en las fotos en que aparecía. Leroy, supuestamente chapero y adicto, habría sido víctima de abusos sexuales, que nutrían su creación literaria.
Un chiste de la época de Dumas le muestra en el entierro de uno de sus negros. Un desconocido le da el pésame y exclama: “¡Ahora, manos a la obra!”. “¿Usted quién es?”, pregunta Dumas. “¿Quién voy a ser? ¡El negro de su negro!”
(El texto pertenece a Xavi Allén, y fue reproducido en La Vanguardia de Barcelona)
La frase
«Es embarazoso escuchar a otros hablar de su escritura como si fuera una labor monumental. Contar tu verdad nunca es comparable a hacer un turno de trabajo de 10 horas. No crecí con la idea de que escribir fuera un trabajo, y todavía me cuesta aceptarlo» ( Zadie Smith )
Desde el país de las águilas, Ismaíl Kadaré
Considerado como su intelectual más importante, proviene de una tierra tan poco conocida y hasta hace pocos años encriptada, como Albania. Aunque, a pesar de su particular historia, el país balcánico despertó durante su existencia la codicia de muchos otros estados, ya que fue sucesivamente ocupado por los ejércitos otomanos, serbios, italianos fascistas o nazis alemanes, para terminar en uno de los regímenes comunistas más herméticos de los que se conocen.
Hijo de una familia de funcionarios, el pequeño Ismail nació en Gjirocastra (1936), ciudad montañosa del sur. Aún así, salvando las distancias, tuvo oportunidad de formarse en periodismo y en filología en la universidad de la capital, Tirana, para hacerlo luego en la universidad Maxim Gorki de Moscú; y recibir enseñanza adicional en lengua y cultura francesas.
Fue a los veintisiete años que escribió su primera novela, El general del ejército muerto. A partir de allí le siguieron muchos títulos más, entre los más renombrados: Los tambores de la lluvia, Abril quebrado, La pirámide, y quizás su obra más difundida, El palacio de los sueños, del año 1981, novela que fue prohibida por las autoridades del régimen de Enver Hoxha. Ese hecho y sus ansias contenidas de mayor libertad le llevaron a exiliarse en Francia en 1990, para retornar nueve años después de su partida una vez caída la antigua nomenclatura comunista.
Sus obras refieren a la gente que puebla el país balcánico, hablan de las diferencias entre aquellos que habitan las ciudades en contraposición con los albaneses de las regiones montañosas; describen el peso de las tradiciones en las zonas alejadas y también las reglas de convivencia entre familias y clanes, regidos todos por normas rígidas de origen ancestral. No faltan las crítica, a veces solapada en otras de forma más expuesta, hacia los totalitarismos; con un estilo que denota la decidida influencia de las tragedias clásicas griegas en sus textos.
Luego de la apertura política en Albania, con la deriva de la economía estatal hacia el capitalismo, sus obras recibieron renovado impulso tanto en el país como en el exterior. Esa avidez por el conocimiento de su obra escrita, le llevó al reconocimiento mediante diferentes galardones, como el Premio Booker en el año 2005, el Príncipe de Asturias a las Letras en el 2009, o el Premio Jerusalem en el año 2015.
Para apreciar una pequeña parte de su hacer literario, de su novela Abril quebrado, el texto siguiente:
“La ceremonia fúnebre tuvo lugar el día siguiente a mediodía. Las plañideras llegaron de lejos, arañándose los rostros y arrancándose los cabellos según la costumbre. El viejo cementerio de la iglesia se llenó con las xhoka negras del cortejo. Terminado el entierro, la comitiva regresó a la kulla de los Kryeqyqe. Gjorg iba entre ellos. No lo hacía ni mucho menos de buen grado. Entre él y su padre se había producido la que Gjorg esperaba que fuera la última de sus disputas y que, con toda certeza, se había repetido miles de veces en las montañas. Asistirás sin falta al entierro e incluso a la comida de difuntos. Pero yo soy el gjarkës, yo he sido quien lo ha matado, ¿por qué debo ir precisamente yo? Precisamente porque eres el homicida debes ir. Cualquiera puede faltar al entierro o a la comida de difuntos, cualquiera menos tú. Porque a ti se te espera allí más que a nadie. Pero ¿por qué?, había replicado Gjorg por última vez. ¿Por qué debo hacerlo? Su padre le lanzó una mirada fulminante y Gjorg no volvió a decir una palabra.
Marchaba ahora entre el cortejo fúnebre, pálido, con paso vacilante, sintiendo a los costados las miradas de las gentes que apenas les rozaban para perderse más allá, entre la niebla. La mayoría pertenecían al clan del muerto. Quizá por enésima vez gimió para sus adentros: ¿por qué tengo que estar aquí?
Sus miradas no estaban cargadas de odio, eran frías, como aquel día de marzo; como se había sentido él, frío y sin cólera, la víspera cuando permanecía al acecho. La fosa recién abierta, las cruces de madera o de piedra, la mayoría inclinadas a un costado, el triste tañido de las campanas, todo estaba directamente vinculado a él en ese día. Los rostros de las plañideras, con aquellos pavorosos cortes producidos por sus uñas (oh, Dios, cómo habrán podido crecerles así las uñas en veinticuatro horas, pensó), los cabellos salvajemente arrancados, los ojos hinchados, el sonido de los pasos que lo rodeaba por todas partes, toda aquella estructura mortuoria había sido forjada únicamente por él. Y por si fuera poco, se veía obligado a caminar en medio del cortejo, lenta, luctuosamente como los demás.
Las bandas negras de los tirk de ellos se encontraban muy cerca de las bandas de los suyos propios, como serpientes negras cargadas de veneno dispuestas a morder. Durante la marcha estaban a punto de tocarse. Pero él estaba absolutamente tranquilo. La besa de veinticuatro horas lo protegía mejor que cualquier tronera de kulla o de castillo. Los cañones de sus fusiles se alzaban enhiestos sobre las negras xhoka, pero por el momento no les asistía el derecho a disparar sobre él. Mañana, pasado mañana… tal vez. Y si la aldea solicitaba la besa de treinta días, aún dispondría de cuatro semanas de vida sin sobresaltos. Después…
A pesar de todo, el cañón de un fusil de guerra se balanceaba como pretendiendo destacarse entre los demás, unos pasos más allá. Otro cañón, éste corto, sordo, marchaba a la izquierda. Y otros más alrededor. Cuál de ellos será el que… En su conciencia las palabras <me mate a mí>, se transformaron en el último instante, como si pretendieran aliviarlo, en <dispare sobre mí>.
El trecho desde el cementerio hasta la casa del muerto parecía interminable. Y todavía quedaba por delante la comida de difuntos, donde lo esperaba una prueba más penosa aún. Se sentaría a la mesa junto con el clan del muerto, le ofrecerían pan y le servirían comida, le pondrían delante la cuchara y él tendría que comer.
Dos o tres veces le asaltó la idea de huir de aquella situación absurda, de escapar corriendo del cortejo fúnebre, de que lo insultaran, lo injuriaran, lo acusaran de violar la costumbre secular, de que incluso le dispararan por la espalda si querían, pero huir, huir de allí. Sin embargo, sabía que no lo haría jamás. Igual que no habían huido su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, cincuenta, quinientos, mil años atrás…”
La frase
«Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balastro, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde » ( Final del juego – Julio Cortázar )
Alucinógenos y literatura: algunos de sus nexos creativos
En el siglo XIX, cuando no alcanzaba para más, era usual que muchos escritores se inclinaran por hacerse con una asequible botella de absenta, con una graduación alcohólica suficiente como para desinhibir mentes y estimular el despertar de las musas. Verdad es que, desde el origen de los tiempos, literatos y muchos otros creadores ya hacían uso de toda una batería de substancias de las que echaban mano para predisponer su inventiva, hecho que se ha ido sucediendo hasta nuestros días. Este texto hace un repaso de algunos escritores y a los aportes que la combinación de factores, entre la imaginación y los estímulos externos, brindó a la creación literaria
Sustancias psicoactivas y creación literaria. He allí una fascinante relación de auxilios mutuos presente desde los albores de la humanidad. Paraísos artificiales que riegan jardines alternativos de una realidad pasible de ser modulada por acción del cannabis (raíz hebrea ‘qaneh’, babilonio antiguo ‘qanum’). Imprescindible en la liturgia chamanística desde el Mesolítico, recibe su primera mención inequívoca en el Talmud e ingresa al Antiguo Testamento con innumerables referencias a su subyugante resina, el hachís, llamándola miel, panal o rocío (Cantar de Cantares 4:11 y 5:1; Proverbios 19:10 y 16:24; Samuel 14:25-45, Éxodo 30:23, Isaías 43:24; Jeremías 6:20; Ezequiel 27:19; Proverbios 27:9).
—“¡Me he convertido en Dios!” —
Exclama Baudelaire en el cénit de su ascenso psicodélico: “Para no padecer el horrible fardo del tiempo que quiebra los hombros y los inclina hacia el suelo, uno debe embriagarse infatigablemente. Pero ¿de qué? De vino, de poesía, de virtud, de lo que sea. Pero embriagarse”. Miembro honorario de la orden mística de fumadores de hachís, junto al efebo maligno y delicuescente de Rimbaud, comanda la insigne tropa de creadores galos que cambiarían el curso de la literatura universal a punta de psicoactivos: Artaud, Michaux, Cocteau, Bataille.
“Me gustaría mucho, como Vishnu, flotar sobre un océano infinito mecido en la flor de loto y despertar una vez en millones de años por unos minutos solo para saber que dormiré otro millón de años más”, escribe Coleridge en ese sueño de opio que es “Kubla Khan”. Marihuana y crustáceos envuelven a Jean-Paul Sartre mientras construye “La náusea”, obra capital de un existencialismo estremecedor como el agua que cae y la vida que se escapa. Poe, Joyce, Faulkner y Hemingway cruzarían mares de alcohol y hierba, aunque no tanto como los cuatro jinetes del Apocalipsis –Ginsberg, Kerouac, Burroughs y Cassady–, terroristas de todo umbral: marihuana, cocaína, ácido lisérgico, mescalina, bencedrina, morfina y heroína.
Exploradores de la talla de Phillip Dick, Aleister Crowley, Huxley, Leary, Hunter Thompson y Ken Kesey viajan junto a un Dr. Jekyll and Mr. Hyde fabricado en la velocidad de un tren neuronal de nieve: cocaína. Y si Thomas Pynchon le pone un porro a George Washington en “Mason & Dixon” o sazona con hachís el infierno cósmico de “El arco iris de la gravedad”, Foster Wallace se perfora la mente navegando en sustancias antes de colgarse.
—Confieso que he fumado—
Stevenson, De Quincey, Nabokov, Carver, Bukowski, Stephen King, Robert Anton Wilson, Wade Davis, Richard Evans, Tom Wolfe, Jim Carroll, Welsh, Amis, etcétera: si la exploración anglosajona con el cáñamo y sucedáneos parece infinita, la respuesta en nuestra lengua va de Julio Cortázar a Fernando Vallejo y César Aira: la droga de nuestros tiempos es química. Prozac, MDMA. Pero a inicios del siglo pasado la marihuana terapéutica era legal y la literatura lo reflejó: el dramaturgo, poeta y novelista español Ramón María del Valle-Inclán fumaba cannabis para aliviar los dolores que le producía un papiloma gástrico y describía esos paraísos con pericia –“La pipa de kif” (1919) y “Tirano Banderas” (1926)– con el plus transgresor de una cultivada imagen de bardo decadente y un mote inmortal: ‘Don Mariguano’.
Ensayando un malditismo a la peruana, nuestros plumíferos se decantaron más bien por un realismo tan sucio que terminó enturbiando las aguas para que parecieran más profundas. Razón por la cual, para hablar seriamente de las visiones ultraterrenas en nuestra prosa, resulta ineludible citar a Carlos César Salvador Arana Castañeda (Cajamarca, 1925–Los Ángeles, 1988), antropólogo nacionalizado estadounidense y autor de ensayos de discutible veracidad. Empero, sus exploraciones chamánicas resultarían emblemáticas para más de una generación ávida de bucear por una espiritualidad tributaria de la república de las flores.
Y luego de tanta hiperestesia verbal, lo único que queda claro para el escritor contemporáneo es el desafío de un teclado digital en medio de una montaña transparente de cielo y soledad.
(Este artículo fue reproducido en el diario El Comercio de Perú)
La frase
«El mal existe. Pero en nosotros, no hay infierno ni demonios, somos nosotros lo peor y lo mejor que hay en la Tierra» ( Graziella Moreno )
Juan José Millás, historias de urbanitas
El valenciano (1946) es de aquellos autores de largo recorrido, lo que le ha llevado a producir una extensa obra y a transitar por distintos géneros en el mundo de las letras. Y fruto de ello, a hacerse acreedor a varias distinciones: Premio Nadal, Premio Planeta, y el Premio Nacional de Narrativa que otorga el Ministerio de Cultura de España.
De formación periodística, su presencia como columnista es constante en distintos medios gráficos y audiovisuales españoles. En cuanto a su obra escrita, se extiende en el reportaje y, dentro de la ficción, al cuento y la novela; en esta última su debut fue con Cerbero son las sombras, que data del año 1975, texto que en su momento le permitió ser catalogado como un escritor prometedor. Esas expectativas no se vieron defraudadas cuando le siguieron una veintena de títulos más, de los que destacan El jardín vacío, La mujer loca y su obra más reconocida, Papel mojado, texto traducido a varios idiomas.
Aunque Millás es particularmente ponderado por sus relatos breves, en los que detalla las crónicas del habitante de la gran urbe. En ellos es a veces un hecho fortuito el que dispara la trama, en otros es la detenida observación y las consecuencias que de esta se derivan para nutrir el relato, en todos ellos se deriva de manera inexorable la reflexión, que en voz alta y clara surge lanzada hacia el lector.
El mecanismo así expuesto se ha dado en llamar el “articuento”; donde destacan la selección de Cuentos de la intemperie, La viuda incompetente, Los objetos nos llaman, y Articuentos completos. En ellos la metrópoli y lo que impone está siempre presente, con sus reglas tan particulares, en instancias para destacar el hecho que sublima a sus habitantes, pero también, para retratarlos en sus egoísmos o en sus cotidianas miserias. Como si el escritor pretendiese lanzar un metamensaje hacia un ser humano desvalido quien, a modo de defensa, solo le queda enfrentarse a los hechos cargado con el escudo de la ironía, cuando no, con un dejo de lastimosa comicidad. En definitiva, para graficar con aquello que un autor como Kundera definiría como “la levedad del ser”.
El siguiente es el texto completo del relato La viuda incompetente:
“La viuda incompetente compró un lote que incluía un pato pequeño, 24 uvas y dos velas, para hacer creer a la cajera del supermercado, o quizá a sí misma, que esa noche, la del 31 de diciembre, cenaría acompañada. Pero cuando llegó a su casa y desenvolvió el paquete, el pequeño animal le pareció un cadáver. Así que lo contempló con aprensión durante unos minutos, intentando comprender los misterios minerales de la carne mientras le daba la vuelta con un tenedor, y lo arrojó a la basura envuelto en papel de aluminio. Luego, al tiempo que en la calle sonaban los primeros petardos del día, recorrió la casa colocando las manos sobre los objetos del que había sido su marido, tan odiado en vida.
Después de comer, se sentó en el sofá del salón y se quedó dormida hasta las siete con la radio puesta. Al despertar hablaban de la dermatosis y de lo dramático que era para los que padecían este mal no poder llevar trajes oscuros, tan apropiados por cierto para despedir el año, debido a que las escamas de la piel se notaban demasiado sobre los hombros. Sintió un desasosiego excesivo, un sofoco que la llevó al balcón. En la calle se percibía el nerviosismo característico de las horas que precedían a la medianoche. La viuda incompetente recordó cuánto había detestado a su marido, cómo había deseado su muerte hacía ahora un año, mientras contaban entre los dos las uvas para la cena de Año Viejo, y se echó a llorar. Nada fue en su vida como había soñado: ni la primera comunión, ni la universidad, ni el matrimonio, ni, en los actuales momentos, la viudez.
Soy viuda, se dijo, intentando encontrar en la palabra el sabor excitante que tenía antes de que su esposo falleciera. Pero ahora ese mismo término tenía un gusto rancio, igual que un embutido caducado. Por un instante se percibió a sí misma como un féretro en cuyo interior, a su pesar, reposaba él. Cuando me hagan la autopsia –pensó-, lo encontrarán dentro de mí, vestido con aquel traje oscuro sobre el que tanto se le notaba la dermatosis y los brazos cruzados sobre el pecho. ¿Dónde estaba el atractivo sexual de las viudas del que tanto hablaban los sexólogos? Cerró el balcón y recordando que su marido solía llamar al diccionario la nevera del vocabulario, porque en él se mantenían frescas las palabras, fue a buscar viuda y leyó: <Planta herbácea, bienal, de las dipsáceas, con flores en ramos axilares, de color morado que tira a negro>.
Cerró el libro con violencia, arrojándolo sobre el espejo del aparador, que no llegó a romperse. A través de los tabiques se colaba el bullicio de las casas vecinas mezclado con el ruido de las cuberterías de alpaca y las vajillas de porcelana removidas de sus armarios para la cena familiar. La viuda incompetente decidió en un ataque de rabia no resignarse a su condición de dipsácea con flores moradas o negras en las axilas. Así que fue a la cocina, rescató del cubo de la basura el cadáver del pato, lo desenvolvió de su mortaja de aluminio y lo introdujo en el horno de cuerpo presente. Cuando la piel del animal adquirió un color más o menos tostado, lo colocó sobre la mesa del salón y encendió dos velas. Había pensado comérselo entero y tragarse después las 24 unas, para transmitir (a quién) la impresión de que en aquella casa había cenado realmente dos personas. Pero al regresar de la cocina con la botella de vino y contemplar sobre el mantel los restos mortales del animal alumbrados por la llama lúgubre de las velas, comprendió que en lugar de una cena de Año Viejo le había salido una capilla ardiente.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que por más que cuidara de su ropa interior sería el resto de su vida una viuda desastrosa, incompetente, nada parecida a las que describían los libros de autoayuda. Pero en ese instante advirtió también que el odio profesado a su marido había sido una forma de amor que solo ahora era capaz de reconocer. Entonces, cogió las uvas, se fue al tanatorio de la M-30, donde llegó al filo de las doce, entró al azar en una de las capillas y recibió el nuevo año con los muertos.
Al amanecer del día 1 regresó al hogar, se metió en la cama y sintió unos instantes de felicidad al saber por una vez en su existencia de qué lado de la vida estaba”.

