Gabriel García Márquez, la nostalgia, y John Lennon

En estos días, en que se han cumplido 40 años de la muerte de John Lennon, han sido muchos los homenajes que se le han ido tributando. Sabido es que el pensamiento y el accionar del exBeatle generó en vida las reacciones más variadas: tildado de rebelde estéril por unos, mientras que despertaba reconocimientos sin límites para otros; lo cierto es que la personalidad del músico inglés dejó indiferente a muy pocos y de distintas generaciones. Entre ellos el escritor colombiano premiado con el Nobel, quien pocos días después del asesinato del nacido en Liverpool, le dedicó el texto siguiente reproducido en su momento por el diario El Espectador de Bogotá

En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentador la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones —la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores— teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, y por las mismas razones. Los reporteros de televisión le preguntaron en la calle a una señora de 80 años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó como si tuviera quince: La felicidad es una pistola caliente. Un chico que estaba viendo el programa dijo: “A mí me gustan todas”. Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó como si tuviera ochenta años: “Porque el mundo se está acabando”.

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces, descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Ángel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había sólo dos discos: una selección de preludios de Debussy, y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: Help, I need somebody. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de segunda letra de catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bozart. Álvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un «oiseau de malheur», es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé desde entonces en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo, y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.

Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar los momentos amargos y los pinta de otro color. Y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no sólo los que estábamos allí sino también la casa y los árboles del fondo, hasta las sillas en que estábamos sentados. El Che Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero sólo cuando se tiene hambre. En cambio, siempre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos. Pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.

Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con más de 50 años encima y todavía sin saber muy bien quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles comenzaron a cantar. Todo cambió entonces, los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y de la rebelión universitaria. Pero sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

El símbolo de todo esto —al frente de los Beatles— era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto poblado de imágenes hermosas. En Lucy in the Sky, una de sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En Eleanor Rigby —con un bajo obstinado de chelos barrocos— queda una muchacha desolada que recoge arroz en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. “¿Dónde vienen los solitarios?”, se pregunta sin respuesta. Queda también el padre Mac Kensey escribiendo un sermón que nadie ha de oír, lavándose las manos sobre las tumbas y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, es algo que se dice con demasiada felicidad de todo lo que parece raro, como suelen decirlo de Kafka quienes no lo han sabido leer. Para otros es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos.

Textos de ira y reivindicación

El «Black Lives Matter», que tanto se observa estos días en pancartas al frente de manifestaciones y en otras tantas expresiones, es un claro exponente del hartazgo que ha alcanzado una gran parte de la sociedad estadounidense -y de otras latitudes- en temas de racismo. A pesar de esta carga manifiesta, que condiciona y se arrastra desde el origen de los tiempos, son variadas las voces de escritores que a partir de mediados del siglo XIX en adelante, han sabido darse a conocer en base a buenas historias y calidad de sus textos, nombres como el de Toni Morrison,  quien se hizo acreedora del mayor galardón literario por el conjunto de su obra.  Aunque  más allá de este puntual reconocimiento, son muchos los autores que pugnan aún por superar las barreras heredadas por años de incomprensión, de aquellos que se sienten con el legítimo derecho de la verdad, simplemente, por detentar un diferente color de piel                                               

‘Black Lives Matter’. Las vidas negras importan. Pero qué es una vida si no se singulariza, si no viene acompañada de un relato, si no tiene un rostro particular y reconocible. Los tratados de psicología registran un fenómeno en suma discriminatorio, el efecto raza cruzada, del que todos hemos sido pecadores: la dificultad de los individuos de reconocer a un sujeto concreto de una etnia que no pertenece a la nuestra. El viejo y gastado “todos me parecen iguales”. El antídoto a ese microrracismo, que ha llevado a la cárcel a tantos afroamericanos equivocados en las rondas de identificación policiales, es la atención y el conocimientoY reconozcámoslo, atención y conocimiento a lo que han escrito los afroamericanos solo les hemos puesto en las últimas décadas.  Y eso que a través de sus narraciones se puede detectar no solo la historia de un pasado de ignominia para los blancos, sino también, y sobre todo, de reafirmación de su identidad herida, de sus aspiraciones y de la consideración artística de todo buen creador.

Como en el caso de las mujeres escritoras, los autores negros estadounidenses hace ya un tiempo que han dejado de ser una anomalía para integrarse de pleno derecho a nuestras lecturas. Y los hay, como no podría ser de otra manera, para todos los gustos: estilistas cultivados, hacedores de ‘best-sellers’, de novela satírica o policiaca, pulp o de ciencia ficción. Solo una cosa les une en el substrato, no importa si se habla de ello abiertamente o no, y es la huella del problema  ‘negro’, que como bien dijo en los años 60  James Baldwin -quizá el autor que con mas ecuanimidad y sabiduría lo exploró- nunca ha sido el problema negro sino más bien el problema del blanco acuciado por la culpabilidad de haber sido el opresor.

La primera piedra
Se quiera o no, la primera ficción de impacto con protagonista afroamericano la escribió una mujer
blanca, Harriet Beecher Stowe.  ‘La cabaña del tío Tom’ llevó a decir al presidente Lincoln que aquella novela, que exploraba hasta las lágrimas la inmoralidad de la esclavitud, había puesto en marcha la guerra de Secesión. El estilo santurrón y condescendiente de aquella obra fue imitado por los primeros escritores negros durante el siglo XIX, pero a principios del XX, muy pocos afroamericanos podían identificarse con el pobre esclavo que intenta ganarse el amor de sus explotadores y muere perdonándolos a todos. De ahí que ‘Tío Tom’ se convirtiera en los años 60, en tiempos de los combativos Black Panthers, en un insulto hacia aquellos miembros de la comunidad que trataban de encajar en el mundo blanco sin ponerlo en cuestión.
Un trío de altura

Ni Langston Hughes, ni Richard Wright, ni Ralph Ellison nos son hoy particularmente conocidos y sin embargo fueron tres poderosas luminarias de la combativa literatura afroamericana de la primera mitad del siglo XX.  ‘Hijo nativo’ de Wright -que tuvo el año pasado adaptación cinematográfica, lo que indica su vigencia- fue la primera novela de un autor negro elegido por el popular ‘El libro del mes’, una especie de Círculo de Lectores a la americana, mientras que ‘El hombre invisible’ de Ellison desarrolla ya desde su títulola metáfora social del que es excluidoA los tres les unió su militancia en el comunismo y en el caso de Hughes, el mayor de ellos, su compromiso estuvo ligado a su temprana experiencia como corresponsal durante la guerra civil española. Acabó siendo el mejor traductor al inglés de García Lorca.

El caso Baldwin

James Baldwin fue amigo de Malcom X y de Martin Luther King, aunque estuviera más cerca del pacifismo del segundo. Como hombre negro y homosexual (lo que suma puntos en cuanto a conciencia de la marginalidad) era capaz de decir: “No se puede negar la humanidad del otro sin disminuir la de uno mismo”. No es extraño que el pequeño escritor feo, bajito, pobre, nacido en Harlem, de voz acariciadora y pensamiento calmado -y por cierto, amante durante un tiempo de Jaime Gil de Biedma se haya convertido en los últimos años en la voz negra más respetada en Estados Unidos.  También fue uno entre los diversos escritores negros que optaron por el exilio europeo donde, al igual que Richard Wright o Chester Himes, alcanzaron allí un mayor reconocimiento. Para conocerle mejor es muy recomendable el documental ‘I’am not your negro’, que puede verse en Filmin.

Morrison y las demás

El carácter autobiográfico está en la base de la mayoría de estas obras literarias anteriores y posteriores a la segunda guerra mundial, pero nadie ha convertido la autobiografía en espejo de  las vivencias colectivas de una raza como lo hizo la polifacética Maya Angelou: violada en la niñez por su padrastro, pionera en  romper las barreras de género en el terreno laboral, cantante de ‘Porgy and Bess’, compositora para Roberta Flack y poeta de cabecera en la investidura del presidente Clinton.  Sin embargo, sería otra mujer totalmente centrada en el oficio literario, Toni Morrison, la que alcanzara el Everest del reconocimiento al ganar el Nobel para la literatura afroamericana. A través de novelas como ‘Ojos azules’, ‘Beloved’ o ‘La canción de Salomón’, se puede reconstruir la historia de ese sufrimiento.  Puede decirse que Morrison se abre a una nueva forma más artística de la literatura afroamericana que incluye nombres como el de Alice Walker, autora de ‘El color púrpura’.

Cuestión de género

A las letras negras norteamericanas les ha acompañado siempre la acusación de observar con demasiada atención el miserabilismo y la violencia, pero ¿acaso hubo otra cosa para los ciudadanos de color? Chester Himes, que sabía bien de lo que hablaba, quiso poner distancia con su Harlem natal tras haber cumplido condena por robo a mano armada. En París imaginó a sus dos policías negros ‘Ataúd’ Johnson y ‘Sepulturero’ Jones, a los que lanzó tras un colorista y grotesco remolino de fechorías y mala vida. Muchos años más tarde, en los 90, el camino abierto por Himes fue recorrido por otro afroamericano, Walter Mosley y su detective Easy Rawlins a quien Denzel Washington encarnó en la pantalla. Y en un terreno próximo, el de la ciencia ficción (tan elitistamente blanco él), habría que reivindicar la figura de la recuperada Octavia E. Butler (recientemente publicada por Capitán Swing y Consonni), que apenas vendió nada cuando estaba viva y devino  autora de culto a su muerte, en el 2006, como pionera del afrofuturismo, cuyo nombre más conocido hoy es también el de una mujer, N. K. Jemisi. 

Los que llegaron por su propio pie

Las universidades norteamericanas como  catalizadoras de inteligencia han provocado que en este siglo XXI muchas de la voces africanas y afroeuropeas importantes se citen allí para ofrecer nuevas perspectivas al relato no ligada a la memoria de las plantaciones: es el caso del jamaicano Marlon James, la británica Zadie Smith o los nigerianos Teju Cole o Chimamanda  Ngozi Adichie, una de las voces más vitales y aclamadas de la actual vindicación feminista. Apenas hay clichés en sus creaciones, aunque la función combativa subsista.

¿Qué es lo que hay?

Estados Unidos contiene hoy multitudes literarias. La pluralidad étnica, la diversidad de voces están moldeando una rica cultura mestiza al tiempo que la alta academia sigue sentenciando que el canon continúa en manos de hombres (no de mujeres) blancos. Mientras tanto, lo mejor será leer a Colson Whitehead (dos veces distinguido por el Pulitzer), al irreverente Paul Beatty, capaz de lanzar dardos a su propia tradición (lo que supone pasar a un siguiente nivel), y a Ta-Nehisi Coates,  uno de los grandes ideólogos del movimiento ‘Black Lives Matter’. En su libro ‘Entre el mundo y yo’, una carta abierta dirigida a su hijo, Coates exhorta a dar la espalda a la versión impoluta de  su país:  “Hay que avanzar hacia algo más confuso y desconocido. Sigue siendo difícil para la mayoría de los americanos. Pero esa es tu tarea”.

(El texto central pertenece a Elena Hevia y fue publicado en El Periódico de Barcelona)

Con título de bolero, Ángeles Mastretta

Como otros tantos escritores, como lo hizo su propio padre, la mexicana (Puebla, 1949) fogueó su escritura en el género del periodismo, colaborando con publicaciones como los diarios El Excélsior, La Jornada o Proceso. Aunque más allá de su gran experiencia en estos medios, su formación tuvo un importante complemento cuando le fue otorgada una beca del Centro Mexicano de Escritores, donde tuvo oportunidad de coincidir con literatos de la talla de Juan Rulfo o Carlos Fuentes.

Hizo su debut en la ficción con una novela de título tan musical como Arráncame la vida, la que, a pesar de que le siguieron otras: Mal de amores, Ninguna eternidad como la mía, sigue siendo el trabajo literario por el que más se la reconoce; texto del que también se ha realizado una versión cinematográfica. Su obra abarca también el cuento: Mujeres de ojos grandes, o Maridos;  el relato autobiográfico: Puerto libre, La emoción de las cosas, y sus compendios de poesía: La pájara pinta o Desvaríos.

Con un estilo diáfano, tramas atractivas, donde destacan una imaginativa  construcción de los personajes, conforman elementos que hacen que la autora alimente unas formas literarias que rozan el realismo mágico. A pesar de ello, en lo personal la ficción no la ha apartado de lo cotidiano y siempre se ha mostrado muy crítica con la sociedad que la rodea, de la que manifiesta  no quiere perder pisada. Además de abanderar un feminismo no tan soterrado del que la escritora afirma ser férrea defensora, elemento que de una manera u otra, siempre emerge en sus historias.

A sus años, dice Mastretta que no quiere hablar de finales, porque aún le quedan muchas historias que contar. Por lo pronto, para incentivarla si cabe, está su larga producción literaria por la que le ha ido cosechando sus reconocimientos, entre ellos, el Premio Mazatlán de Literatura y el Internacional de Novela Rómulo Gallegos.

De Arráncame la vida el pasaje a continuación:

“…Mi mamá lloraba. Me dio gusto porque le imponía algo de rito a la situación. Las mamás siempre lloran cuando se casan sus hijas.

  • -¿Por qué lloras, mamá?
  • -Porque presiento hija.

Mi mamá se la pasaba presintiendo.

Llegamos al registro civil. Ahí estaban esperando unos árabes amigos de Andrés. Rodolfo el compadre del alma, con Sofía su esposa, que me miró con desprecio. Pensé que le darían rabia mis piernas y mis ojos, porque ella era de pierna flaca y ojo chico. Aunque su marido fuera subsecretario de guerra.

El juez era un chaparrito, calvo y solemne.

  • -Buenas, Cabañas –dijo Andrés.
  • -Buenos días, general, qué gusto nos da tenerlo por aquí. Ya está todo listo.

Sacó una libreta enorme y se puso detrás de un escritorio. Yo insistía en consolar a mi mamá cuando Andrés me jaló hasta colocarme junto a él, frente al juez. Recuerdo la cara del juez Cabañas, roja y chipotuda, como la de un alcohólico; tenía los labios gruesos y hablaba como si tuviera un puño de cacahuetes en la boca.

  • -Estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio del señor general Andrés   Ascencio con la señorita Catalina Guzmán. En mi calidad de representante de   la ley, de la única ley que debe cumplirse para fundar una familia, le pregunto:   Catalina, ¿acepta por esposo al general Andrés Ascencio aquí presente?
  • -Bueno –dije.
  • -Tiene que decir sí –dijo el juez.
  • -Sí –dije.
  • -General Andrés Ascencio, ¿acepta usted por esposa a la señorita Catalina   Guzmán?
  • -Sí –dijo Andrés-. La acepto, prometo las deferencias que el fuerte debe al débil y   todas esas cosas, así que puedes ahorrarte la lectura. ¿Dónde te firmamos?   Toma la pluma, Catalina.

Yo no tenía firma, nunca había tenido que firmar, por eso nada más puse mi nombre con la letra de piquitos que me enseñaron las monjas: Catalina Guzmán.

  • -De Ascencio, póngale ahí señora –dijo Andrés, que leía tras mi espalda.

Después el hizo un garabato breve que con el tiempo me acostumbré a reconocer y hasta hubiera podido imitar.

  • -¿Tú pusiste de Guzmán? –pregunté.
  • -No m’ija, porque así no es la cosa. Yo te protejo a ti, no tú a mí. Tú pasas a ser de   mi familia, pasas a ser mía –dijo.
  • -¿Tuya?
  • -A ver los testigos –llamó Andrés, que ya había quitado el mando a Cabañas-. Tú,  Yúñez, fírmale. Y tú, Rodolfo. ¿Para qué los traje entonces?

Cuando estaban firmando mis papás, le pregunté a Andrés dónde estaban los suyos. Hasta entonces se me ocurrió que él también debía tener padres.

  • -Nada más vive mi madre, pero está enferma –dijo con una voz que le oí esa   mañana por primera vez y que pasaba por su garganta solamente cuando   hablaba de ella-. Pero para eso vinieron Rodolfo y Sofía, mis compadres. Para   que no faltara la familia.
  • -Sí firma Rodolfo, también que firmen mis hermanos –dije yo.
  • -Estás loca, si son puros escuincles.
  • -Pero yo quiero que firmen. Ellos son los que juegan conmigo –dije.
  • -Que firmen, pues. Cabañas, que firmen también los niños –dijo Andrés.

Nunca se me olvidarán mis hermanos pasando a firmar. Hacía tan poco que habíamos llegado de Tonanzintla que no se le quitaba lo ranchero todavía. Bárbara estaba segura de que yo había enloquecido y abría sus ojos asustados. Teresa no quiso jugar. Marcos y Daniel firmaron muy serios, con los pelos engominados por delante y despeinados por atrás. Ellos se peinaban como si les fueran a tomar una foto de frente, lo demás no importaba…”

La frase

«A veces no queremos saber, por vergüenza, por angustia, por intereses más o menos oscuros. Es por eso que no preguntamos, o no leemos, o no cedemos en nuestras opiniones, o evitamos los conflictos, o lo racionalizamos todo. Son formas, todas, de no querer saber»                                                                                                                                                 Jacques Lacan )

Mario Puzo, de jugador de póker a novelista de El Padrino

Francis Ford Coppola, director de la saga de El Padrino, ha hecho el anuncio de que ha finalizado una nueva versión de la tercera entrega, que además de la inclusión de otras escenas y retoques técnicos, introduce un nuevo final que en su momento el director consideró más acorde con la historia. Mencionó además que, junto con el autor de la novela y guionista Mario Puzo, sopesaron que la trilogía tuviera una cuarta entrega, la que finalmente no llegó a materializarse. Y si bien Puzo y la serie tuvieron una coincidencia feliz de mutuo beneficio, la historia de vida del escritor, de quien se cumple el centenario de su nacimiento (Nueva York, 1920 – 1999), tuvo sus propios episodios como para realizar otra exitosa ficción, antes de que este tuviera la oportunidad de convertirse  en un famoso novelista -singular para quien nunca antes había conocido a un gángster-, y la saga fílmica en un suceso de dimensión universal

Mario Puzo conoció de primera mano la mísera vida de los italianos en la Nueva York de 1920 pero todo cambió cuando, asediado por las deudas, publicó «El Padrino«, la novela que le encumbró y que acabó idealizando para siempre al capo mafioso.

El escritor, de cuyo nacimiento se cumple el primer centenario, contribuyó con su célebre obra y su posterior adaptación cinematográfica a construir los clichés de la Cosa Nostra en Estados Unidos, y de los bajos fondos del crimen organizado.

Una infancia en la «cocina del infierno»

Puzo nació el 15 de octubre de 1920 en una Nueva York que recibía a miles de italianos y europeos en busca de suerte. Sus padres eran dos inmigrantes analfabetos de la zona de Nápoles (sur) que se instalaron en Manhattan y tuvieron ocho hijos.

Su infancia no fue fácil, como la del resto de los niños inmigrantes en aquella metrópoli. En sus calles pidió limosna y realizó todo tipo de trabajos precarios pero, como suele ocurrir, el hambre afiló su ingenio y en su adolescencia era ya un experto jugador de póker.

Sin embargo aquel hijo de italianos pronto se sintió atraído por la literatura y, tras prestar servicio militar durante la II Guerra Mundial, se matriculó en la Universidad de Columbia para estudiar ciencias sociales y escritura creativa.

Enseguida empezó a publicar historias policiales por entregas en varias revistas del momento, y en 1946 se casó con Erika Broske, con quien tuvo cinco hijos.

Sus dos primeras novelas, bien acogidas por la crítica pero no por el público, fueron «Dark arena» (1955) y «The Fortunate Pilgrim» (1965), esta última sobre una familia de «Little Italy» en los años treinta y de la que se haría una serie con Sophia Loren.

El éxito de «El Padrino»

Pero Puzo no saborearía realmente las miles del éxito hasta que en 1969 publicó «El Padrino» (The Godfather) sobre la mafia italiana en Estados Unidos, acerca de sus códigos y sus guerras, creando para la posteridad el estereotipo del capo mafioso, el de Don Vito Corleone.

Lo hizo por dinero. Un agente literario le propuso la historia al conocerle en la editorial en la que trabajaba y el escritor aceptó porque las deudas por el juego le llegaban al cuello.

Así lo reconoce él mismo con «vergüenza» en las memorias «The Godfather papers & other confessions»: «Lo escribí por el dinero, tenía 45 años y estaba cansado de ser un artista. Además debía veinte mil dólares a familiares y bancos», rememoraba.

Puzo además confesaba que no había visto a un mafioso en su vida: «Nunca conocí a un gángster, conocía bastante bien el mundo del juego, pero eso es todo», puntualizaba.

Lo cierto es que en aquellos momentos la mafia en la Gran Manzana y sus luchas de poder empezaban ya a ser desveladas, y eso le sirvió para documentarse. Basta citar el proceso al primer arrepentido de la mafia neoyorquina, Joe Valachi, quien en 1963 había dado detalles sobre las cinco familias que se disputaban el control de la ciudad.

En este contexto, en el que la opinión pública asistía asombrada al surgimiento de este tipo de crimen organizado, Puzo se puso manos a la obra y escribió «El Padrino», su obra culmen, con la que se hizo rico vendiendo millones de ejemplares en todo el planeta.

La saga de «El Padrino» arrasa en el cine

A este arrollador éxito le siguió una prometedora trilogía cinematográfica dirigida por Francis Ford Coppola, con quien Puzo se embarcó en la redacción del guion, y para la que se contó con figuras como Marlon Brando como Don Vito o Al Pacino como su hijo, Michael Corleone.

El propio Puzo se obstinó en que Brando diera vida al patriarca de la Cosa Nostra y en alguna ocasión reconoció que para crear el personaje se inspiró en la figura de su madre y en su voz, la de una autoridad de una familia numerosa en un hábitat hostil.

Las películas recibieron un aluvión de galardones y premios, y Puzo se alzó con dos premios Oscar por el guion de la primera y de la segunda parte.

El Padrino, ¿un cliché?

En Italia las obras sobre la mafia, un problema bien real, suelen suscitar el mismo debate. ¿Crean patrones de comportamiento entre los capos y sus secuaces? ¿Son un buen ejemplo para los jóvenes? En definitiva, ¿puede la vida llegar a imitar al arte?

Se sabe que los criminales frecuentemente se interesan por lo que el cine o la literatura cuenta de ellos. Precisamente «El Padrino» fue encontrado en el escondite de uno de los capos más buscados del famoso clan siciliano de los Corleoneses, Leoluca Bagarella.

La obra de Puzo siempre ha sido criticada por dar una pátina de honorabilidad al hampa italo-estadounidense, pero lo mismo ocurre con las innumerables obras que se han hecho sobre esta cuestión desde entonces por el temor a que el mal acabe siendo emulado.

La vida después de los Corleone

Puzo, millonario y henchido de éxito, siguió escribiendo. En 1978 publicó «Fools die», crítica descarnada a la sociedad estadounidense, aunque quedó prendado para siempre de la mafia.

Otro de sus libros sobre este tema es «The Sicilian» (1984), sobre el bandolero Salvatore Giuliano, y en 1996 sacó «The last Don», otra novela sobre traiciones, servilismos y «vendettas».

El escritor falleció el 2 de julio de 1999 a los 79 años en su casa de Long Island a causa de un paro cardíaco. En su escritorio, a modo de epílogo, cocinaba sus últimas dos novelas.

Una sobre el papa Alejandro VI Borgia, patriarca de una familia que enredó con un sinfín de intrigas en la Italia del siglo XV, y la otra «Omertà», un libro sobre el código de silencio de la mafia siciliana terminado por su última pareja, Carol Gino.

(Este artículo fue publicado en el diario El Universal de México)

La frase

«Me gustan los hombres que ejercen su fuerza ayudándote con discreción a vivir. Me gustan   los que lo hacen sin demasiadas palabras, sin grandes halagos, sin pretender recompensas. La comprensión verdadera de la mujer me parece el más elevado ejercicio de la inteligencia y la capacidad masculina de amar»                ( Elena Ferrante )

Quino, Mafalda, y las contradicciones del mundo

Hace contadas horas, a la edad de 88 años fallecía el dibujante Joaquín Lavado Tejón (Guaymallén, Argentina, 1932 – 2020), más conocido por su pseudónimo: Quino.

El hecho ha generado innumerables muestras de pesar de todo tipo, solo basta hacer un repaso por las principales cabeceras de las publicaciones de todo el mundo para apreciar la repercusión de la noticia, y comprender también, el alcance de la obra del genial caricaturista y de sus criaturas: Mafalda y sus amigos. Y es que la profundidad de la tira, que cumplía la edad de 56 años, excedió mucho más allá del mero término de cómica, cuando se adentraba en ideas y pensamientos que buscaban hacen reír a la vez que reflexionar al lector.

Sus historias acotadas en forma de viñetas lograron la aceptación de grandes y chicos, haciéndole merecedor de infinidad de premios y galardones, entre ellos, la Medalla de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, y el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades del año 2014. Tal vez porque, como todo buen relato breve, resumía en pocas líneas conceptos que sobrepasaban los márgenes mismos del dibujo.

Vaya también nuestro homenaje con algunas muestras de sus creaciones:

Imagen

tiras comicas de mafalda en blanco y negro

Cuba, el desafío de publicar por fuera del sistema

Fue muy conocida la afición que tenía Ernesto ‘Che’ Guevara por la lectura; así lo atestiguan los libros expuestos en el memorial que a su figura se erige en la ciudad de Santa Clara, con textos de historia, literatura, economía, filosofía y psicología. Quizás por ello, una vez instaurada la revolución, se crearon los planes populares de lectura para ser diseminados por toda la isla. También el comandante Fidel Castro sostenía  que la revolución sabía del valor de la lectura para la conformación de cualquier ser humano, pero que sencillamente el país no podía alcanzar cotas más altas de publicación a causa del bloqueo de materias primas implementado por el gobierno estadounidense. Hoy, salvo contadas excepciones, es muy poco lo que trasciende de la literatura cubana actual. Son tiempos en los que los escritores y las editoriales independientes deben buscar formas alternativas para sortear los mecanismos que impone el gobierno, y con ello, alcanzar la ansiada meta de dar a conocer sus obras

Sello La Maleza, nació con una exposición de libros que no tenían circulación en la isla

Las editoriales independientes suelen configurar un mapa amplio de producciones literarias de calidad, apuestas riesgosas y rescates de tesoros que no entran en los planes de los grandes grupos del sector. Sus publicaciones, en general, no responden a las tendencias del mercado ni a las modas temáticas fugaces. Tienen un público propio, acotado y fiel, y sus respectivos catálogos son una demostración de la biblio diversidad que impera en cada país.

¿Pero qué pasa en naciones como Cuba donde están prohibidas las ediciones por fuera del sistema que controla el estado? ¿Cómo hacen los autores y editores independientes para publicar y difundir sus obras? ¿Cómo sortean la ilegalidad los que se mueven en el circuito literario off cubano? Tres editores de la isla donde nacieron José Martí, Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante  contaron a La Nación los obstáculos y los riesgos de ir contra la corriente y publicar libros políticamente incorrectos que resultan incómodos para la cultura oficial.

«Desgraciadamente la ilegalidad a la que somos sometidos por las leyes restrictivas cubanas que limitan la creación de editoriales independientes nos impide llegar a muchas personas y a públicos muy ávidos de nuestra literatura», asegura Yoe Suárez, periodista, escritor y editor de Boca de Lobo, uno de los sellos nacidos en La Habana en 2018, especializado en títulos de no ficción. En sus dos primeros años, ha publicado seis libros. El catálogo incluye a autores consagrados como el poeta y ensayista Antonio José Ponte y otros más jóvenes como la periodista Yaiset Rodríguez Fernández. «No tenemos posibilidad de inscribirnos legalmente y esto genera condiciones de vulnerabilidad extrema», agrega Suárez que sufrió persecuciones y censura por su trabajo como periodista y tiene prohibida la salida de Cuba desde febrero pasado. «Estoy ‘regulado’, por orden del gobierno. Eso limita mi libertad de movimiento».

«No solo las editoriales independientes son (y han sido desde el triunfo de la Revolución) ilegales en Cuba. Hay que precisar que el gobierno cubano siempre ha buscado las formas de restringir la actividad intelectual y cultural independiente. Por solo poner ejemplos recientes, desde el 2018 el Estado emitió una serie de decretos para regular aún más la actividad cultural independiente y tener un control legal. Es decir, que lejos de declararla legal, el Estado crea leyes antidemocráticas para restringir la actividad cultural que surge bajo una ardua y constante batalla. Es el caso del Decreto 349 para los artistas visuales, del Decreto 370 para el periodismo independiente, especialmente para el control de internet, y del Decreto 373 para el cine independiente», aporta el artista visual Lester Álvarez, creador y director del proyecto editorial La Maleza. «Es muy complejo explicar cuánto afectan estas leyes a la cultura. Uno de los signos más visibles es el éxodo y la frustración que causan en las creadoras y creadores más jóvenes».

Román Gutiérrez, autor de la novela «Trenes van y trenes vienen»

Álvarez, que vive y estudia en España hace diez meses, creó a finales de 2015 una instalación con libros que no pueden circular en Cuba. La obra, titulada La Maleza, dio lugar en 2018 a una editorial sin fines de lucro, que lleva adelante junto al diseñador gráfico alemán Julian Goll. «Concebimos La Maleza como un proyecto para visibilizar zonas marginadas de la cultura cubana. Nos sentimos totalmente excluidos. Hablo en mi nombre y en el de varios de los colaboradores habituales de La Maleza», asegura el artista, quien detalla los motivos por los que muchos autores jóvenes prefieren buscar caminos alternativos para publicar sus obras: «En primer lugar, las editoriales estatales cubanas son burocráticas y están carentes de vitalidad. Para publicar, lo primero que hay que hacer es ganar un certamen literario. Luego, caer en las garras de los editores censores y finalmente esperar los años que sean necesarios para que el libro salga de imprenta. Todo eso sin contar que hay autores (vivos o muertos) que por su obra nunca serían publicados por las editoriales oficiales. Insisto en que no es un problema únicamente político, aunque sea esta la razón original para tanto control».

Imprimir en Cuba es muy complicado porque hay pocas opciones. «Nosotros tuvimos muy mala experiencia con nuestro primer libro (la novela Trenes van y trenes vienen, de Román Gutiérrez) y terminamos imprimiendo algunos ejemplares en España. En un principio establecimos una impresión de 100 copias de cada libro con entrega gratuita. Pero eso es algo que ahora nos estamos replanteando, sobre todo por la posibilidad de que los libros puedan llegar a cualquier parte del mundo y cubrir los gastos de producción. Por el momento, la forma de financiación ha sido a través de residencias artísticas», explica Álvarez. En agosto de 2019, La Maleza fue premiada con una residencia del Instituto Internacional de Artivismo Hannah Arendt (INSTAR), que dirige la artista cubana Tania Bruguera, blanco constante del gobierno por sus actos a favor de la liberta de expresión.

Parte de los libros del circuito alternativo han sido donados a bibliotecas independientes (no estatales) como un camino para abrir la distribución y el boca a boca. El caso de El soplo del demonio, una investigación periodística sobre la violencia y el pandillerismo en La Habana escrita por Suárez, que fue el primer libro publicado por Boca de Lobo, fue curioso: se presentó el 23 de julio de 2019 en el centro penitenciario 1580, a partir de la gestión de la Capellanía de Prisiones de la Liga Evangélica de Cuba. La editorial donó 500 ejemplares que se repartieron en cinco cárceles de la isla. En estos meses de pandemia, la editorial creó la iniciativa Lectura de Cuarentena: ya distribuyeron de manera gratuita decenas de ejemplares a lectores habaneros. «El soplo del demonio me permitió acceder a un mundo hasta entonces desconocido y lo que vi me conmovió. Por eso doné los derechos de autor para la capellanía evangélica», cuenta Suárez.

                                                                        Ariel Maceo Téllez

Otra editorial independiente que navega contra la corriente en Cuba es OnCritika, lanzada por los jóvenes escritores Ariel Maceo Téllez y Abu Duyanah Tamayo con el fin de editar libros de literatura cubana, hechos a mano, con recursos mínimos. Oncritika se propone publicar y promocionar escritores que estén fuera del sistema, «escritores malditos», como los definen. Les interesa la «buena literatura, que no será la que están acostumbrados a leer, sino otro tipo de literatura, la prohibida. La que leen a escondidas tus vecinos».

Para Maceo Téllez, llevar adelante esta iniciativa es un desafío muy complejo. «Nos valemos de recursos limitados y de la buena fortuna del arte libre, en el que cualquiera nos puede ayudar. Tratamos de buscar las mejores opciones de impresión, los lugares que nos ofrezcan los mejores precios. Además de eso también tenemos la posibilidad de crear los libros manualmente. La idea es venderlos y comercializarlos de mano en mano, que puedan llegar a la gente de cualquier manera posible. Aunque ya comenzamos a colgar alguno en la plataforma de Amazon. Y sí, alguno de estos libros se leen a escondidas», dice el poeta, narrador y fotógrafo, autor de los libros Último cumpleaños (Bruma Ediciones, Argentina, 2015), ¿Sabes quiénes son los monstruos? (Guantanamera, España, 2017) y Esperando la carroza, que saldrá este mes por OnCritika. «Llegué al punto en el que he decidido no participar de ningún concurso literario ni de intentar publicar con alguna editorial del país a las que no le gusta tocar temas controversiales de la sociedad cubana. Es una decisión tomada», declara el editor que prepara en la actualidad un libro de una periodista cubana con artículos y crónicas. «Cuando salga, no será bien visto por parte del gobierno. Todo por el simple hecho de ser un material discursivo que se aleja de los cánones establecidos por la revolución cubana».

Maceo, que nació en La Habana en 1986, comparte una sensación frecuente: «A veces me levanto en la mañana preguntándome si estoy haciendo algo malo, pero sé que no es así. Sólo somos jóvenes artistas haciendo lo que nos gusta. Me gustaría pensar que, más que un grupo de resistencia, somos artistas que abogamos por la libertad de expresión y por los derechos culturales y elementales de todos los cubanos».

(Texto principal de Natalia Blanc, publicado por el diario La Nación de Argentina)