Durante años permaneció a la sombra de su afamada hermana Victoria y su arrolladora personalidad. Aunque en estas fechas, cumplidas tres décadas de su desaparición física, la menor de las escritoras Ocampo (Buenos Aires, 1903 – 1993), no deja de sumar más y más lectores de su obra. Muchos de ellos gratamente sorprendidos ante sus textos, sin encontrar una respuesta lógica acerca de por qué no han disfrutado de alguno de sus libros con anterioridad.
Integrante de una familia de la burguesía terrateniente bonaerense, desde muy joven tuvo en suerte recibir una sólida educación a través de distintas institutrices. Hecho que luego le permitió, entre otras tantas experiencias en su formación, de perfeccionarse en Europa, donde tuvo la oportunidad de perfeccionarse en dibujo y pintura de la mano de Giorgio De Chirico en su taller de París.
De regreso a Argentina se volcó de pleno en su literatura, primero en poesía: Los sonetos del jardín, Poemas de amor desesperado, Los nombres, y luego en sus relatos breves: Viaje olvidado o Autobiografía de Irene. También tuvo la oportunidad de integrarse en el privilegiado círculo de autores de la mítica revista Sur, medio y editorial que había fundado su hermana mayor. Además, allí conocería a quien se convertiría en su esposo, el escritor Adolfo Bioy Casares; con quien luego suscribiría la novela corta Los que aman, odian.
Así, a caballo de una imaginación prodigiosa, fue agigantando su obra. Con un estilo muy propio, estructurado a veces como si de un diario de experiencias se tratara; en otras, como si el desarrollo de una historia se cruzara de manera accidental con otra, aunque ambas sirviendo a la misma esencia de la trama principal y, más aún, retroalimentándola. Amparándose en unas representaciones que agigantan el texto, y que por instancias se ubican en el umbral de lo onírico (“No soñar es como estar muerto”), que hacen que la génesis de muchos de sus escritos se halle dentro del género fantástico. Relatos como El caballo alado, Los días de la noche o Cornelia frente al espejo, del que con posterioridad se hizo una versión cinematográfica.
Su obra es muy reconocida en el presente, y en su momento fue premiada con diferentes distinciones, como el Premio Municipal de Literatura, el Nacional de Poesía, el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y el Premio Konex por toda su trayectoria. Aunque tal vez la mayor de las menciones a la autora sudamericana sea la constante reedición de su obra, gracias al redescubrimiento que hacen generaciones de nuevos y flamantes lectores.
Del relato Autobiografía de Irene el pasaje siguiente:
“La improbable persona que lea estas páginas se preguntará para quién narro esta historia. Tal vez el temor de no morir me obligue a hacerlo. Tal vez sea para mí que la escribo: para volver a leerla, si por alguna maldición siguiera viviendo. Necesito un testimonio. Me aflige sólo el temor de no morir. En realidad pienso que lo único triste que hay en la muerte, en la idea de la muerte, es saber que no podrá ser recordada por la persona que ha muerto, sino, únicamente, y tristemente, por los que la vieron morir.
Me llamo Irene Andrade. En esta casa amarilla, con balcones de fierro negro, con hojas de bronce, brillantes, como el oro, a seis cuadras de la iglesia y de la plaza de Las Flores, nací hace veinticinco años. Soy la mayor de cuatro hermanos turbulentos, de cuyos juegos participé en la infancia, con pasión. Mi abuelo materno era francés y murió en un naufragio que abrumó y oscureció de misterio sus ojos en un retrato al óleo, venerado por las visitas en las penumbras de la sala. Mi abuela materna nació en este mismo pueblo, unas horas después del incendio de la primera iglesia. Su madre, mi bisabuela, le había contado todos los pormenores del incendio que había apresurado su nacimiento. Ella nos transmitió esos relatos. Nadie conoció mejor aquel incendio, su propio nacimiento, la plaza sembrada de alfalfa, la muerte de Serapio Rosas, la ejecución de dos reos en 1860, cerca del atrio de la iglesia antigua. Conozco a mis abuelos paternos por dos fotografías amarillentas, envueltas en una especie de bruma respetuosa. Más que esposos, parecían hermanos, más que hermanos, mellizos: tenían los mismos labios finos, el mismo cabello crespo, las mismas manos ajenas, abandonadas sobre las faldas, la misma docilidad afectuosa. Mi padre, venerando la enseñanza que había recibido de ellos, cultivaba plantas: era suave con ellas como con sus hijos, les daba remedios y agua, las cubría con lonas en las noches frías, les daba nombres angelicales, y luego, <cuando eran grandes>, las vendía con pesar. Acariciaba las hojas como si fueran cabelleras de niño; creo que en sus últimos años les hablaba; por lo menos fue la impresión que tuve. Todo esto irritaba secretamente a mi madre; nunca me lo dijo, pero en el tono de su voz, cuando le oía decir a sus amigas <¡Ahí está Leonardo con sus plantas! ¡Las quiere más que a sus hijos!>, yo adivinaba una impaciencia permanente y muda, una impaciencia de mujer celosa. Mi padre era un hombre de mediana estatura, de facciones hermosas y regulares, de tez morena y pelo castaño, de barba casi rubia. De él, sin duda, habré heredado la seriedad, la flexibilidad admirada de mi pelo, la bondad natural del corazón y la paciencia -esa paciencia que parecía casi un defecto, una sordera o un vicio. Mi madre, en su juventud fue bordadora: esa vida sedentaria dejó en ella un fondo como de agua estancada, algo turbio y a la vez tranquilo. Nadie se hamacaba con tanta elegancia en la mecedora, nadie manejaba los géneros con tanto fervor. Ahora, tendrá ya esa afectación perfecta que da la vejez. Yo sólo veo en ella su maternal blancura, la severidad de sus ademanes y la voz: hay voces que se ven y que siguen revelando la expresión de un rostro cuando éste ha perdido la cabeza. Gracias a esa voz puedo averiguar todavía si son azules sus ojos o si es alta su frente. De ella habré heredado la blancura de mi tez, la afición a la lectura o las labores y cierta timidez orgullosa y antipática para aquellos que, aun siendo tímidos, pueden ser o parecer modestos.
Sin alarde puedo decir que hasta los quince años, por lo menos, fui la preferida de la casa por la prioridad de mis años o por ser mujer: circunstancias que no seducen a la mayor parte de los padres, que aman a los varones y a los menores.
Entre los recuerdos más vívidos de mi infancia mencionaré: un perro lanudo, blanco, llamado Jazmín; una virgen de diez centímetros de altura; un retrato al óleo de mi abuelo materno, que ya he mencionado; y una enredadera con flores en forma de campanas, de color anaranjado, llamada Bignonia o Clarín de Guerra.
Vi al perro blanco en una especie de sueño y luego, con insistencia, en la vigilia. Con una soga lo ataba a las sillas, le daba agua y comida, lo acariciaba y lo castigaba, lo hacía ladrar y morder. Esta constancia que tuve con un perro imaginario, desdeñando otros juguetes modestos pero reales, alegró a mis padres. Recuerdo que me señalaban con orgullo, diciéndole a las visitas: <Vean cómo sabe entretenerse con nada>. Con frecuencia me preguntaban por el perro, me pedían que lo trajera a la sala o al comedor, a la hora de las comidas; yo obedecía con entusiasmo. Ellos fingían ver el perro que sólo yo veía; lo alababan o lo mortificaban, para alegrarme o afligirme…”








