Silvina, la menor de las Ocampo

Durante años permaneció a la sombra de su afamada hermana Victoria y su arrolladora personalidad. Aunque en estas fechas, cumplidas tres décadas de su desaparición física, la menor de las escritoras Ocampo (Buenos Aires, 1903 – 1993), no deja de sumar más y más lectores de su obra. Muchos de ellos gratamente sorprendidos ante sus textos, sin encontrar una respuesta lógica acerca de por qué no han disfrutado de alguno de sus libros con anterioridad.

Integrante de una familia de la burguesía terrateniente bonaerense, desde muy joven tuvo en suerte recibir una sólida educación a través de distintas institutrices. Hecho que luego le permitió, entre otras tantas experiencias en su formación, de perfeccionarse en Europa, donde tuvo la oportunidad de perfeccionarse en dibujo y pintura de la mano de Giorgio De Chirico en su taller de París. 

De regreso a Argentina se volcó de pleno en su literatura, primero en poesía: Los sonetos del jardín, Poemas de amor desesperado, Los nombres, y luego en sus relatos breves: Viaje olvidado o Autobiografía de Irene. También tuvo la oportunidad de integrarse en el privilegiado círculo de autores de la mítica revista Sur, medio y editorial que había fundado su hermana mayor. Además, allí conocería a quien se convertiría en su esposo, el escritor Adolfo Bioy Casares; con quien luego suscribiría la novela corta Los que aman, odian.

Así, a caballo de una imaginación prodigiosa, fue agigantando su obra. Con un estilo muy propio, estructurado a veces como si de un diario de experiencias se tratara; en otras, como si el desarrollo de una historia se cruzara de manera accidental con otra, aunque ambas sirviendo a la misma esencia de la trama principal y, más aún, retroalimentándola. Amparándose en unas representaciones que agigantan el texto, y que por instancias se ubican en el umbral de lo onírico (“No soñar es como estar muerto”), que hacen que la génesis de muchos de sus escritos se halle dentro del género fantástico. Relatos como El caballo alado, Los días de la noche o Cornelia frente al espejo, del que con posterioridad se hizo una versión cinematográfica.

Su obra es muy reconocida en el presente, y en su momento fue premiada con diferentes distinciones, como el Premio Municipal de Literatura, el Nacional de Poesía, el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y el Premio Konex por toda su trayectoria. Aunque tal vez la mayor de las menciones a la autora sudamericana sea la constante reedición de su obra, gracias al redescubrimiento que hacen generaciones de nuevos y flamantes lectores.

Del relato Autobiografía de Irene el pasaje siguiente:

   “La improbable persona que lea estas páginas se preguntará para quién narro esta historia. Tal vez el temor de no morir me obligue a hacerlo. Tal vez sea para mí que la escribo: para volver a leerla, si por alguna maldición siguiera viviendo. Necesito un testimonio. Me aflige sólo el temor de no morir. En realidad pienso que lo único triste que hay en la muerte, en la idea de la muerte, es saber que no podrá ser recordada por la persona que ha muerto, sino, únicamente, y tristemente, por los que la vieron morir.

   Me llamo Irene Andrade. En esta casa amarilla, con balcones de fierro negro, con hojas de bronce, brillantes, como el oro, a seis cuadras de la iglesia y de la plaza de Las Flores, nací hace veinticinco años. Soy la mayor de cuatro hermanos turbulentos, de cuyos juegos participé en la infancia, con pasión. Mi abuelo materno era francés y murió en un naufragio que abrumó y oscureció de misterio sus ojos en un retrato al óleo, venerado por las visitas en las penumbras de la sala. Mi abuela materna nació en este mismo pueblo, unas horas después del incendio de la primera iglesia. Su madre, mi bisabuela, le había contado todos los pormenores del incendio que había apresurado su nacimiento. Ella nos transmitió esos relatos. Nadie conoció mejor aquel incendio, su propio nacimiento, la plaza sembrada de alfalfa, la muerte de Serapio Rosas, la ejecución de dos reos en 1860, cerca del atrio de la iglesia antigua. Conozco a mis abuelos paternos por dos fotografías amarillentas, envueltas en una especie de bruma respetuosa. Más que esposos, parecían hermanos, más que hermanos, mellizos: tenían los mismos labios finos, el mismo cabello crespo, las mismas manos ajenas, abandonadas sobre las faldas, la misma docilidad afectuosa. Mi padre, venerando la enseñanza que había recibido de ellos, cultivaba plantas: era suave con ellas como con sus hijos, les daba remedios y agua, las cubría con lonas en las noches frías, les daba nombres angelicales, y luego, <cuando eran grandes>, las vendía con pesar. Acariciaba las hojas como si fueran cabelleras de niño; creo que en sus últimos años les hablaba; por lo menos fue la impresión que tuve. Todo esto irritaba secretamente a mi madre; nunca me lo dijo, pero en el tono de su voz, cuando le oía decir a sus amigas <¡Ahí está Leonardo con sus plantas! ¡Las quiere más que a sus hijos!>, yo adivinaba una impaciencia permanente y muda, una impaciencia de mujer celosa. Mi padre era un hombre de mediana estatura, de facciones hermosas y regulares, de tez morena y pelo castaño, de barba casi rubia. De él, sin duda, habré heredado la seriedad, la flexibilidad admirada de mi pelo, la bondad natural del corazón y la paciencia -esa paciencia que parecía casi un defecto, una sordera o un vicio. Mi madre, en su juventud fue bordadora: esa vida sedentaria dejó en ella un fondo como de agua estancada, algo turbio y a la vez tranquilo. Nadie se hamacaba con tanta elegancia en la mecedora, nadie manejaba los géneros con tanto fervor. Ahora, tendrá ya esa afectación perfecta que da la vejez. Yo sólo veo en ella su maternal blancura, la severidad de sus ademanes y la voz: hay voces que se ven y que siguen revelando la expresión de un rostro cuando éste ha perdido la cabeza. Gracias a esa voz puedo averiguar todavía si son azules sus ojos o si es alta su frente. De ella habré heredado la blancura de mi tez, la afición a la lectura o las labores y cierta timidez orgullosa y antipática para aquellos que, aun siendo tímidos, pueden ser o parecer modestos.

   Sin alarde puedo decir que hasta los quince años, por lo menos, fui la preferida de la casa por la prioridad de mis años o por ser mujer: circunstancias que no seducen a la mayor parte de los padres, que aman a los varones y a los menores.

Entre los recuerdos más vívidos de mi infancia mencionaré: un perro lanudo, blanco, llamado Jazmín; una virgen de diez centímetros de altura; un retrato al óleo de mi abuelo materno, que ya he mencionado; y una enredadera con flores en forma de campanas, de color anaranjado, llamada Bignonia o Clarín de Guerra.

   Vi al perro blanco en una especie de sueño y luego, con insistencia, en la vigilia. Con una soga lo ataba a las sillas, le daba agua y comida, lo acariciaba y lo castigaba, lo hacía ladrar y morder. Esta constancia que tuve con un perro imaginario, desdeñando otros juguetes modestos pero reales, alegró a mis padres. Recuerdo que me señalaban con orgullo, diciéndole a las visitas: <Vean cómo sabe entretenerse con nada>. Con frecuencia me preguntaban por el perro, me pedían que lo trajera a la sala o al comedor, a la hora de las comidas; yo obedecía con entusiasmo. Ellos fingían ver el perro que sólo yo veía; lo alababan o lo mortificaban, para alegrarme o afligirme…”

Literatura, diversa por definición

Esquilo fue el primero que presintió que el glorioso Aquiles y su mejor amigo Patroclo eran en realidad amantesEn la Ilíada, ya el hijo de Zeus había declarado a su fallecido compañero como “el hombre que amaba más que a todos los demás”. Pero en Los mirmidones, esa trilogía desaparecida de Esquilo, este “echaba de menos la belleza de su cuerpo y la ternura de sus besos”.

La anécdota no obliga a nadie a catalogar el canónico libro en una lista de literatura LGBTIQ+. Si la Ilíada estuviera en un escaparate de una librería durante el mes de junio, una turba de padres enardecidos –y con inexplicable rabia– lo cancelarían del plan lector que reciben sus hijos. Pero, en otro caso, perderíamos ese gesto de inquietar a los lectores heterosexuales desprevenidos. O a los que aún no están seguros si lo son.

Lo cierto es que hasta hace muy poco no había muchos referentes claros en la literatura; no había literatura gay y mucho menos autores que lo declararan sin miedo. Uno de los primeros escritores condenados en el canon tradicional fue el irlandés Oscar Wilde. De profundis (1905) es la carta que el autor escribe desde la cárcel a su antiguo amante, el escritor Lord Alfred Douglas, a quien con despecho y afecto le reprocha la culpa de verse aprisionado por sodomía.

Teleny (1893) –a la que se adjudica a este autor sin certeza– fue uno de los primeros ejemplos de erotismo en la lengua inglesa. Se dice que fue inspirada en una obra previa: Los pecados de las ciudades de la llanura, basada en la historia real de una pareja de travestis que fueron juzgados por la sociedad victoriana en 1871.

La historia le hizo justicia a Wilde, pero todavía faltan muchos escritores por rescatar. En 1895 se publicó una de las obras más escandalosas para la época y, para colmo, en nuestro continente: Buen criollo, del brasileño Adolfo Caminha, fue silenciada por décadas. Se trata de la historia de Amaro, un esclavo negro que al escapar se embarca en la marina y empieza una serie de relaciones sexuales y pasionales con Alexio, un hombre rubio y blanco. La obra no es solo valiosa por su valentía, sino porque propone un enfoque novedoso de la esclavitud latinoamericana.

Algunos escritores de distintas latitudes exploraron más la homoerótica desde la sutileza introspectiva y el romance: en 1906, Alas –del escritor ruso Mijaíl Kuzmín– cuenta el romance entre un joven y su mentor, un escándalo para la sociedad zarista. En 1912, en Alemania, Thomas Mann escribió Muerte en Venecia, que retrata el amorío de un escritor de edad madura y un adolescente. Más adelante, Yukio Mishima describe la negación de la propia sexualidad debido a la represión de la sociedad japonesa (Confesiones de una máscara, 1949).

Las mujeres escritoras eran escasas y mucho más si los libros retrataban personajes que no encajaran con el rol de género. Desde Sor Juana Inés de la Cruz y sus versos encendidos por la virreina María Luisa en el siglo XVll (“ser mujer, ni estar ausente, no es de amarte impedimento), el canon recuerda la publicación de Orlando: una biografía (1928) de la escritora inglesa Virginia Woolf. Su obra la convirtió en una de las grandes figuras de la comunidad LGBTIQ+ al contar la historia de un noble inglés que se transfigura en mujer y hombre durante más de 400 años. Fueron las primeras puntadas, al menos tan públicas, de un cuestionamiento sobre las implicaciones sociales de la sexualidad.

Pero la diversidad se repartía en todos los géneros literarios. En 1969, la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin marcó un hito en la ciencia ficción: La mano izquierda de la oscuridad es la historia de la llegada de un extraterrestre al planeta Invierno donde los habitantes son hermafroditas capaces de cambiar y elegir su sexo. La novela produjo gran controversia y su mundo ficticio de Terramar y la federación Ekumen se convirtieron en un clásico. 

Han existido otros referentes femeninos: El precio de la sal o Carol (1952), de Patricia Highsmith; la novela El color púrpura, de Alice Walker, galardonada con el Premio Pulitzer (1982), o Stone Butch Blues (1993), de la activista transgénero Leslie Feinberg, una de las obras de culto en la comunidad y una de las novelas más importantes en EE UU.

En Latinoamérica, la uruguaya Cristina Peri Rossi –Premio Cervantes 2021– fue pionera en destacar una mirada ‘cuir’ a través de cualquier tema: la política, su exilio, la creación literaria y hasta el fetichismo. Es la única escritora asociada al boom latinoamericano. Pero ahora cada vez se abren nuevas voces: en el 2020, Camila Sosa Villada se convirtió en la primera mujer travesti en recibir el premio más prestigioso de la literatura femenina, el Sor Juana Inés de la Cruz.

No hay forma de olvidar a García Lorca en España, a Reinaldo Arenas en Cuba, a Néstor Perlongher –fundador del Frente de Liberación Homosexual– en la Argentina. Pero al inolvidable e irreverente Pedro Lemebel sería un sacrilegio omitirlo con sus tacones, maquillaje y demás sutilezas. Además de emplear la provocación como denuncia política, al chileno se lo considera un autor de culto para el movimiento cuir, pero también para la narrativa latinoamericana.

En lo local, el poeta Porfirio Barba JacobCanción de la vida profunda (1937) – fue el primer referente de literatura homosexual en Colombia. Su vida –descrita en la completa biografía escrita por Fernando Vallejo llamada El mensajero– da cuenta de una vida más extravagante que lo que sus tímidas referencias homoeróticas literarias muestran.

“En los principios como Barba Jacob todo era sutil, había que invocar el escrito, forzar el lenguaje para poder decir el amor que se sentía sin que se notara que era una pasión homoerótica”, explica Claudia Giraldo, profesora universitaria, editora y autora de Más libros, más libres, lecturas y escrituras por la diversidad.

No obstante, la novela que abrió la noción de la homosexualidad en el país fue Un beso de Dick (1992), cuyos lectores debían pelearse por las fotocopias pues la impresión de la novela de Fernando Molano era impensable. Supone la historia del primer amor de Felipe, un joven bogotano que sueña con ser futbolista mientras vive en secreto los delirios de su primer amor con Leonardo, su compañero de clase y de equipo.

Y, por supuesto, escritores como Fernando Vallejo en La Virgen de los sicarios (1994), Alonso Sánchez Baute en Al diablo la maldita primavera (2002), y Giuseppe Caputo con Un mundo huérfano (2017) se han convertido ya en clásicos referentes de una literatura que se pregunta y exige espacios para ser diverso y colombiano en la misma oración: en las comunas de Medellín, en un sauna gay, en las discotecas y hasta cómo convertirse en la mejor drag queen del país. 

Para Claudia Giraldo, profesora universitaria, editora y escritora, la literatura queer se puede definir por varias particularidades: la primera, que sus autores sean pertenecientes a sectores LGBTIQ+. “¿Hay que saber la orientación? no, pero no tendría por qué ser un impedimento para que se publique”, señala la escritora. Y agrega: “hay que dejar de esconderse y ocultar, hay que poder decir: entre otras cosas, soy lesbiana, bisexual, o lo que seas”.

También está la literatura cuyos personajes LGBTIQ+ logran salirse del estereotipo que tradicionalmente retrata a estas figuras. “Ya no es ese personaje secundario, mejor amigo de la protagonista, peluquero del pueblo que todo el mundo se burlaba, sino que ahora son grandes personajes con gran profundidad”, señala la autora.

Pero otra particularidad sucede cuando se escribe para romper deliberadamente una matriz heteronormativa. “Conscientemente estoy rompiendo la obligatoriedad germinada de tener que pensar mi vida de una manera determinada, de tenerme que esconder”, explica. Algunos ejemplos que Giraldo cita son Johan Mijail (Republica Dominicana, 1990) escritor, periodista, activista de la disidencia sexual chileno, Susy Chock, artista trans argentina. Camila Sosa Villada, entre otros.

Hoy definir una literatura queer –o cuir en Latinoamérica– LGBTIQ+, marica, no solo tiene que ver con una postura política para visibilizar escritores que parten de orientaciones e identidades diversas. Para Giuseppe Caputo, escritor colombiano, “cada artista tiene la posibilidad de usar el rayo enrarecedor –o homosexualizador–, sea cual sea su orientación sexual o identidad de género. Para mí, lo interesante es mirar de qué forma una obra refuta o abraza los valores sociales, políticos, económicos dominantes del neoliberalismo: eficacia, consumo rápido y fácil, etcétera”. Y añade, “una novela cuir debe tener una estética cuir o rara, que pase por el deseo, por el cuerpo, también por el tiempo y por el espacio. Un tiempo de vida cuir es un tiempo de vida no normativo”.

“La literatura queer o marica o lgbt o rarita es la literatura que reivindica el derecho que tenemos a ser como somos, raritos”, define Elizabeth Castillo, hoy subdirectora para asuntos LGBTQ+ en el distrito y una de las voces más reconocidas en la lucha por los derechos de esa comunidad en Colombia.

En Bogotá existe una librería que en palabras de su librero “no se viste de marica en junio ni julio, sino que está ataviada de maricas desde enero a diciembre”. En la librería Garabato hay dos altares: Cristina Peri Rossi y Virginia Woolf. Hay una sección de estudios de género y sexualidad donde se ubican libros que reflexionan sobre experiencias sexo-afectivas políticas. “Geográficamente, Judith Butler está encima de Platón”, señala Carlos Sosa, el librero. “Como menciona Pedro Adrián Zuluaga, no hay una literatura marica como tal, sino una mirada marica que hace que uno encuentre ciertos gestos en ciertas obras”.

En este mes conmemoramos que los huesos de Aquiles y Patroclo puedan estar juntos en una urna de oro. Es hora de revisitar las lecturas canónicas. La literatura siempre ha sido diversa por definición. 

<El texto pertenece a Gabriela Herrera Gómez, y fue reproducido en las páginas del diario El Tiempo de Colombia>

«Hay muchos que creen que la azada, el azadón, los manjares toscos y las incomodidades quitan por completo a los labriegos los apetitos de la concupiscencia, y les infunden inteligencia y sagacidad»

Óleo: Campesinos durmiendo la siesta de Vincent Van Gogh

Texto: El jardinero del convento, de Giovanni Boccaccio

Bernard Pivot, comunicador

La primera vez que oí su nombre fue hace muchos años atrás en la RTBF, la televisión nacional belga de habla francesa. La propietaria de la casa en la que me hospedaba se disculpaba por ausentarse ante mí, debido a que era la hora de emisión de Apostrophes, el programa que conducía Bernard Pivot, que se emitía desde Francia para muchos televidentes de habla francesa en todo el mundo.

El hecho que un programa que versaba sobre libros se emitiera en horario central en una emisora pública, representaba para mí toda una rareza, más allá de acercar la literatura a toda clase de televidentes. Era como si se paralizara una parte del país delante de las pantallas; esa noche el invitado en cuestión al plató era Vladimir Nabokov, autor -entre otras- de la novela Lolita.

Pivot, abogado y periodista, conducía la charla en oportunidades acompañado de otros contertulios, y siempre ganándose el respecto del escritor objeto de la emisión, al apoyarse en una gran erudición, demostrando que conocía bien la obra del escritor citado antes de convocarle. Y luego, durante el programa, cuando volvía una y otra vez a párrafos de la obra para enriquecer el diálogo, tornándolo -incluso para el lego- en un programa sustancial y ameno.

Infinidad de autores pasaron durante los treinta años que se mantuvo en antena entre Apostrophes y su segundo programa, Bouillon de culture. Nombres de la talla del citado Nabokov, y otros como Marguerite Yourcenar, Jorge Luis Borges, Aleksandr Solzhenitsyn, Umberto Eco, Marguerite Duras, Charles Bukowski (con una de sus borracheras antológicas) o Gabriel García Márquez.

Amante del vino, tenía sus propios viñedos, siendo ésta tal vez, su segunda gran pasión luego de la lectura. Durante el transcurso de los años, tuve la ocasión de seguirle en muchas oportunidades en sus programas para comprobar que, como los buenos caldos, la calidad se iba acrecentando conforme iba pasando el tiempo, convirtiendo al francés en un gran divulgador de la literatura mundial.

Hombre de diálogo, la última vez que pude disfrutar de su presencia y sabiduría, fue en su visita previa a la pandemia a la Librería Jaimes de Barcelona, especializada en literatura francesa, donde hizo gala de la curiosidad intacta de un adolescente cada vez que se unía como uno más a los corrillos que se daban con espontaneidad a su alrededor.   

Bernard Pivot (1935, Lyon – Neuilly-sur-Seine, 2024), nos ha dejado a los 89 años de edad.

FLF.-

Javier Marías, el corazón y sus mecanismos

Su nombre fue uno de los que resonaron en más de una oportunidad en las previas para alzarse con el premio Nobel de literatura. Más aún, cuando algunos colegas le mostraron su simpatía mientras que otros le avalaron públicamente, exaltando las habilidades expuestas en la amplia obra del recientemente fallecido narrador español (Madrid, 1951 – Madrid, 2022).

Hijo del reconocido filósofo Julián Marías, vivió parte de la infancia con su familia en los Estados Unidos. Allí su padre, represaliado por el gobierno franquista, terminó dando clases en distintas universidades del país anglosajón. Con posterioridad, el autor en seguiría en cierta manera los pasos de su progenitor, graduándose en Filosofía y Letras primero, para desempañarse luego como traductor y editor.

Sus primeras historias en el género de la novela tuvieron por títulos Travesía del horizonte, El monarca del tiempo y El hombre sentimental; hasta la publicación de Corazón tan blanco, obra a medio camino entre el ensayo y la ficción, texto de excelente repercusión entre la crítica y el público, que hicieron catapultar su nombre, quienes destacaron su particular estilo, priorizándolo incluso por sobre la construcción de las tramas. Seguirían después títulos como Mañana en la batalla piensa en mí, Tu rostro mañana o Los enamoramientos, por la que lograría un nuevo gran suceso editorial. Otras ficciones posteriores fueron Así empezó lo malo o Tomás Nevinson. Escribió además relatos breves, ensayos, guiones cinematográficos (donde se reservó pequeñas participaciones), y escribió incontables artículos periodísticos.

Supo ocupar también el rol de buen polemista, enzarzándose en batallas dialécticas con editores, congéneres y otros tantos personajes con los que llegó a veces hasta las instancias judiciales, con suerte dispar en cuanto a fallos se refiere. Su vasta trayectoria hizo además que cosechara innumerables distinciones: premios Rómulo Gallegos y José Donoso, el Prix Femina Étranger, el Premio Formentor de las Letras y el Nacional de Narrativa, siendo nombrado miembro académico de la real Academia Española de las Letras.  

Para apreciar su estilo narrativo el siguiente pasaje extraído de la novela Corazón tan blanco:

“Sentí que tenía prisa no sólo por tranquilizar a Luisa y estirarle la sábanas y paliar en lo posible los efectos de su enfermedad efímera, sino también porque no me hiciera más preguntas y se durmiera de nuevo, pues no había tiempo para hacerla participar de mi curiosidad ni ella estaba en condiciones de interesarse por nada externo a su cuerpo, y mientras cruzábamos algunas palabras y yo iba al cuarto de baño a mojar el pico de una toalla y le daba de beber y le acariciaba el mentón que me gustaba mucho, los pequeños ruidos que yo mismo iba haciendo y nuestras propias frases cortas y discontinuas me impedían prestar atención y aguzar el oído en busca de la individualización del murmullo contiguo, que tenía prisa por descifrar.

   Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición, como cuando uno oye una cinta o ve un vídeo y puede retroceder, sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído, porque luego no hay forma de recuperarlo. El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará el momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de qué ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras (aunque sea el tiempo de la anotación); y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte (aunque tampoco los cometeremos ni las causaremos), porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba de asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada y nadie es nadie que fuera antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada…” 

«El hombre me abordó hacia las dos, una nublada madrugada de agosto, cuando deambulaba yo por una serie de patios independientes, ahora accesibles sólo por unos pasajes oscuros que cruzaban los edificios que se interponían, aunque en otro tiempo formaron parte de una red continua de callejas pintorescas…»

Fotografía: Dapo Abideen

Texto: H.P.Lovecraft de La Extraña Casa de la Niebla

Literatura en la infancia: un abrigo contra la intemperie

(Foto: Annushka Ahuja)

Vamos a imaginar que los discursos sobre infancia y literatura son como las capas sucesivas que van formando a una cebolla. Empezamos por las capas exteriores, que son nutritivas, sin duda: hemos leído, escrito, enseñado muchas veces que los nenes y las nenas que crecen escuchando cuentos hablan más, antes y mejor.

Se apropian intuitivamente de la estructura narrativa y son capaces de inventar historias, tanto como de narrar sus experiencias personales. Desde los dos años saben cómo comenzar y finalizar un relato (Había una vez…, Fin), cómo articular entre sí los hechos a través de palabras como: entonces, al final, pero, por eso.

Tienen más vocabulario y nos sorprenden con palabras y giros de los que se han apropiado, tomados del cuento o de la canción, de la rima o la retahíla. Más allá de estas primeras capas, nos adentramos en la cuestión –no menos importante- de lo imaginario. Cuando el adulto narra un cuento o abre un libro para leerle, el niño o la niña se ubica en la posición de escucha y traspasa un umbral que señala el límite entre la realidad cotidiana y un mudo otro, donde el lenguaje funciona de una manera diferente y las cosas ocurren según una lógica distinta. Se establece el pacto ficcional, que podríamos definir como la posibilidad de creer lo que se nos cuenta –siempre que esté bien contado- al menos mientras transcurre la experiencia de escuchar, entrar y salir de esos mundos e ir progresivamente construyendo las nociones de ficción y realidad.

Esta posibilidad de entrar en la ficción la creemos a veces algo natural y no lo es: se ha ido construyendo a través de experiencias que se repiten como rituales: el cuento antes de dormir, el juego para hacer cosquillas, el disparate y la exageración, el humor incorporado a la vida cotidiana. Cuando estos rituales no han estado presentes, el sujeto se constituye con una discapacidad que no será irreversible, pero es difícil de remontar.

Y ahí tenemos a púberes y adolescentes, y aún adultos, que entienden el lenguaje como algo que sirve solamente a los fines prácticos de transmitir órdenes e información, y que se sienten en conflicto frente a cualquier manifestación que se salga de lo utilitario. Un ejemplo muy claro es el ejemplo del adolescente que, ante un cuento en cuyo desenlace se revela que el narrador es una pelota de fútbol, protesta: “Profe, ¡las pelotas no hablan!”. Anécdota que revela tremenda carencia, si tenemos en cuenta que el animismo está presente en casi toda la literatura que se dirige a la infancia.

Una capa más de la imaginaria cebolla nos proyecta hacia el porvenir: en la escucha se va construyendo el lector/la lectora del futuro. Y es que la actitud lectora consiste, básicamente, en el intento de atribuir sentido a un texto, a una imagen. Poco importa si el/los sentidos que construye no coinciden con los que el adulto le atribuye a ese texto. Es lo que cada quien descubre, de acuerdo con su edad, con su historia, con sus experiencias. En este punto, nos remitimos al libro-álbum Caperucita Roja (tal como se la contaron a Jorge). En él podemos ver cómo, mientras el padre le cuenta a Jorge la tradicional historia, el chico se imagina otras cosas. “¡En ese momento, apareció un cazador!”, dice el padre, mientras Jorge se imagina a este personaje con traje de superhéroe, un arma intergaláctica y la cara y los lentes de su progenitor. He ahí un lector que no vacilará en “hacerse su propia película” cuando se enfrente a una novela, por ejemplo (1).

Seguimos quitando las delicadas telas de la cebolla –que no nos hace llorar porque es metafórica- y llegamos al centro de la cuestión: la literatura (pero también el cine y otros objetos culturales) nos ofrecen, precisamente, metáforas. Dice la filósofa María Zambrano que uno de los problemas del mundo actual es “la falta de metáforas vivas y actuantes”(2).

Tal vez resulte útil recordar que desde diversos campos del saber (el psicoanálisis, la antropología, etc.) se postula que el ser humano está atravesado por experiencias de la intemperie, como la muerte, el abandono, la enfermedad, el desarraigo. Quien haya pasado por alguna de ellas puede enfermar –física y/o psicológicamente- si no logra, por sí mismo o con ayuda, transferir esa experiencia nefasta al plano de lo simbólico: convertirla en palabras, en relatos, en dibujos, en material para sus juegos o para la expresión artística. Lo terrible, a fuerza de ser simbolizado, dramatizado, repetido cuantas veces sea necesario, comienza a perder poder destructivo, se va domesticando.

Las historias, nos dice Michèle Petit, nos ofrecen material para metaforizar nuestras experiencias más negativas. Y nos cuenta acerca de Ridha, una jovencita argelina que lucha por hacerse un lugar en París, su destino de inmigrante. En la biblioteca a la que concurre, una bibliotecaria ha leído en voz alta El Libro de la Selva, de Rudyard Kipling. Y Ridha dice: “Me gustaba porque El Libro de la Selva es un poco la historia de cómo arreglárselas en la jungla. Es el hombre que por su ahínco acaba siempre por dominar las cosas. El león es tal vez el patrón que no quiere darte trabajo o la gente que no te quiere, etc. Y Mowgli se construye una cabaña, es como su hogar, y de hecho pone sus marcas. Se crea sus linderos” (3).

Pero la necesidad de relatos que nos permitan simbolizar lo que nos pasa no atañe solo a quienes son víctimas de situaciones extremas, como el desarraigo. Una visión idealizada de la infancia nos puede llevar a pensar que se trata de una etapa feliz, protegida, sin grandes problemas. Al menos para el sector de niños y niñas que no están privados de sus derechos. Sin embargo, todos atraviesan conflictos que implican una cuota, mayor o menor, según los casos, de sufrimiento: el temor al abandono, a la muerte de los padres, a la propia muerte, a la separación de los seres queridos, al rechazo (que asume a veces la forma del bullying), son frecuentes y se expresan en trastornos del sueño, problemas alimentarios, vínculos conflictivos, ansiedad y estrés.

Es difícil que chicos y chicas hablen abiertamente de lo que les pasa. A veces no está demasiado claro ni siquiera para sí. Pero ocurre muchas veces que una historia, un personaje, ayudan a expresar en forma de metáfora lo que nos perturba. Tal vez esa sea una de las razones del éxito de los relatos de terror. En definitiva, como dijera Bruno Bettelheim, qué importa que en el cuento aparezca la bruja si al final va a ser derrotada y arderá en el horno: ella y no sus pequeñas víctimas, que son quienes logran el triunfo, como se nos cuenta en Hansel y Gretel (4).

Para finalizar, contaré la historia que Teo (siete años) escribió, dibujó y explicó a sus abuelos: “Soy un niño de otro planeta. El planeta de donde vengo se llama Tamarán. Pero ahí solo viven los chicos. Cuando se hacen grandes, se van a otro planeta que se llama Aramat. Y cuando se hacen viejitos viene un monstruo y se los come.” ¿Qué más se puede decir? Todo está dicho a través del metafórico monstruo: lo que pasa con las personas, lo que es inexorable y hay que resignarse a aceptar.

Llegamos al final de la cebolla imaginaria y solo nos queda el agradecimiento hacia los mundos de ficción y quienes los acercan a la infancia. Estamos construidos de relatos, antes que de células o de átomos. Por eso, que las historias sigan rodando y que –como quería Barthes- no se detenga el susurro del lenguaje.

  • 1-Pescetti, Luis María y O’Kif (ilustrador) (2007) Caperucita Roja (tal como se la contaron a Jorge). Buenos Aires, Alfaguara Infantil.
    2-López, María Emilia (2018) Un pájaro de aire. Buenos Aires, Lugar Editorial.
    3-Petit, Michèle (1999) Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura. México, Fondo de Cultura Económica.
    4-Bettelheim, Bruno (1975) Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Madrid, Grijalbo.

<El texto pertenece a Elena Stapich, integrante de la ONG Jitanjáfora. Fue publicado en el diario La Capital de Mar del Plata, Argentina>

Los libros de Manuela Carmena

Pertenece a esa rara clase de políticos que pueden viajar en transporte público sin sobresaltos. Respetada por propios y por muchos de sus ajenos no es una afamada autora de ficción, aunque en su momento haya puesto en sus escritos los puntos y las comas en más de una sentencia. Sus antecedentes personales certifican que desde muy joven ya participaba de los movimientos estudiantiles de la Transición, y que luego, una vez graduada en leyes, decidió desempeñarse como abogada laboralista. De allí a jueza, y después a presentarse en las elecciones municipales para concejal, hasta alcanzar luego el puesto de alcaldesa de la capital española. Hoy, alejada de la función pública, sigue siendo una lectora empedernida, con una amplia variedad de registros en cuanto a preferencias se refiere. En el siguiente vídeo habla de ello, de sus experiencias con el mundillo de la política, y también de los porqués de sus predilecciones literarias: