David Sedaris, por más domingos

Escribe de lo que sabes o al menos de aquello que conoces; norma no escrita aunque respetada y seguida por muchos autores de prestigio. A esta regla se ha ceñido el autor estadounidense (Johnson City, Nueva York, 1956) para componer la mayoría de sus relatos, plenos de comicidad e ironía, donde se ven reflejados los hechos y las particulares relaciones que se dieron con cada uno de los componentes de su familia de origen.

Lejos quedan ya los momentos en que leía sus textos a pequeños auditorios, momentos en los que fue descubierto y tentado a participar en emisiones de radiofonía. Poco hubo de transcurrir para que fuera contratado por una editorial, y de allí para que sus escritos pudieran trascender al público con renovado éxito en un soporte de papel. Aun así, admite que sigue siendo amante del contacto directo, por lo que no deja de hacer giras para disfrutar del trato más íntimo y cercano con el público.

Desde hace unos años residente en Sussex, Inglaterra, la disfuncionalidad de su familia compuesta por cinco hermanos, sumada a la complicada relación personal con sus padres, fue un aliciente para que tomara distancia de ellos y también para hacer de él un viajero persistente por muchos estados de su país natal. Hecho que le permitió acopiar distintas experiencias de vida, casi siempre embarcado en ocupaciones de poca trascendencia. Hasta que le llegó la oportunidad de recalar en el Instituto de Arte de Chicago que, en cierta manera, le permitió canalizar ‘eso´ que le hacía mantenerse movilizado y en incesante búsqueda.

Luego su evolución fue constante, variable y catártica. Hoy sus principales trabajos en el ámbito literario llevan títulos como Holiday on ice; The talk pretty one day; Vestido de domingo; Cuando te envuelvan las llamas o Calypso. A los que hay que sumar otros en el género del ensayo y también en textos teatrales. Obras por las que ha alzado con el Premio de Sátira y Humor de los Estados Unidos, y ha sido galardonado también con la Medalla Americana de la Academia de las Artes. Además, de ser premiado como humorista del año por la revista Time.

De su publicación Vestido de domingo, el texto correspondiente a Hégira, donde saca provecho de hechos que, a pesar de su comicidad, no dejan de tener una variable reflexiva:

“No fue algo que tuviera planeado, pero a los veintidós años, después de abandonar a medias mi segunda carrera y cruzar el país varias veces, me encontré de vuelta en Raleigh, viviendo en el sótano de casa de mis padres. Tras pasar seis meses despertándome al mediodía, colocándome y escuchando el mismo disco de Joni Mitchell una y otra vez, mi padre me hizo ir a su estudio y me dijo que me largara. Estaba sentado, con el aire formal, en una gran y cómoda silla que tenía detrás de su mesa de despacho y me sentí como si estuviera despidiéndome del empleo de ser su hijo.

   La verdad es que me lo esperaba y, para ser sincero, no me molestó mucho. Tal y como lo veía, ser echado de casa era justamente lo que necesitaba si quería volver a valerme por mí mismo.

   -Bueno-dije-. Me iré. Pero algún día lo lamentarás.

   No tenía ni idea lo que quería decir con esto, pero me pareció que era la clase de cosa que alguien debe decir cuando es expulsado del hogar.

   Mi hermana Lisa tenía un apartamento cerca de la universidad y dijo que podía instalarme allí, siempre y cuando prescindiera del disco de Joni Mitchell. Mi madre se ofreció a llevarme y, después de un poco de fumeteo con mi narguile, acepté. Era un trayecto de quince minutos al otro lado de la ciudad, y por el camino escuchamos la retransmisión repetida de un show radiofónico en el que la gente llamaba al presentador para describir las distintas variedades de pájaros que se apostaban en los comederos de los patios. Normalmente emitían ese programa por la mañana y era raro oírlo por la noche. Los pájaros en cuestión debían de haberse acostado hacía horas y probablemente no tenían la menor idea de que seguían siendo tema de conversación. Me lo tragué, preguntándome si alguien allá en mi casa estaría hablando de mí. Hasta donde yo sé, nadie había intentado nunca imitar mi voz o describir la forma de mi cabeza, y resultaba deprimente pasar tan desapercibido cuando había tanta gente dispuesta a disertar durante horas sobre un gorrión.

   Mi madre se detuvo frente al edificio donde vivía mi hermana, y cuando abrí la puerta rompió a llorar, algo que me preocupó, ya que no solía hacer este tipo de cosas. No se trataba de ese rollo de <Te voy a echar de menos>, sino de algo más triste y más desesperado. No lo supe hasta meses más tarde, pero mi padre no me había echado de mi casa por ser un vago sino porque era gay. Se suponía que nuestra breve charla iba a ser uno de esos momentos que determinan la vida adulta de una persona, pero la palabra más importante del discurso lo ponía tan incómodo que la había obviado por completo, limitándose a decir: <Creo que ambos sabemos por qué lo hago>. Supongo que podría haberlo obligado a definirse, pero no vi la razón. <¿Es porque soy un fracasado? ¿Un drogadicto? ¿Una esponja? Vamos, papá, dame solo una buena razón>.

   ¿Quién querría decir eso?

   Mi madre asumió que yo sabía la verdad y eso la destrozó. Ahí se produjo otro de esos momentos definitivos, y de nuevo volví a perdérmelo. Lloró hasta que pareció que se ahogaba.

   -Lo siento -decía-. Lo siento, lo siento, lo siento.

   Imaginé que en unas cuantas semanas yo tendría un trabajo y algún apartamento diminuto y asqueroso. No me parecía tan difícil, pero las lágrimas de mi madre despertaron en mí el temor de que conseguir esas cosas fuera algo más duro de lo que pensaba. ¿En serio creía que yo era un desastre tan absoluto?

   -Estoy bien -dije-. De verdad.

   La luz del coche estaba encendida y me pregunté qué pensarían los conductores que pasaban al ver sollozar a mi madre. ¿Qué clase de gente creerían que éramos? ¿Acaso pensarían que era una de esas mamás lloronas que se desmoronaban en cuanto alguien volcaba una taza de café? ¿Asumirían que algún comentario mío la había herido? ¿Nos verían solo como a otra madre llorona y su hijo, colocado y gay, sentados en un coche y escuchando un programa de radio sobre pájaros, o imaginarían, solo por un instante, que éramos especiales..?”   

«Qué tenía? ¿Qué pasaba en aquella cabeza cerrada. Cuando había permanecido así dos o tres horas frente a él, se sentía enloquecer, dispuesta a huir, a escaparse al campo, para evitar aquel mudo y eterno mano a mano, y también un vago peligro que ella no sospechaba, pero que sentía»

Lienzo: Dos seres humanos, de Edvard Munch

Texto: El huérfano, de Guy de Maupassant

Contra la censura: el premio que invita a escribir sobre libros prohibidos

En tiempos de renovadas exclusiones, ha surgido una iniciativa en los Estados Unidos que busca remediar la denominada «cancelación literaria» que sufren algunas obras

La censura continúa atacando la cultura. Esta vez, es la fragilidad que proyectan las redes sociales, así como la ambición por el correctismo, lo que está perjudicando diferentes obras culturales que, históricamente, se han valorado por su calidad y aportación intelectual. Ocurre con los libros: no son pocas las obras literarias que se han visto canceladas, censuradas o reescritas por incluir en ellas aspectos que podrían ofender a ciertas personas. Es decir, se han llegado a modificar palabras de grandes escritores de nuestra historia, sin atender a la comprensión de la diferencia de contextos históricos y sociales, sin entender que se debe conocer el pasado en todas sus circunstancias para poder enfrentarnos con más fuerzas al futuro. Pero no solo afecta esto a obras pasadas, sino también actuales, que pueden verse silenciadas por las historias que narran, o bien por la condición de su autor o autora. Pues bien, como forma de contrarrestar estas censuras, ha surgido una iniciativa que busca apoyar a este tipo de libros, con tal de que no caigan en el olvido en su concepción original. La editorial Penguin Random House ha lanzado un nuevo premio de escritura en Estados Unidos, y su objetivo es el de celebrar la libertad de expresión en respuesta al aumento de las prohibiciones de libros en todo el país.

<Texto de Sofía Campos, reproducido en el diario La Razón de España>

(Retrato de Gertrude Stein, por Pablo Picasso)

«Todos tememos a la muerte y buscamos nuestro sitio en el universo. La tarea del artista no es sucumbir a la desesperación, sino buscar el antídoto para el vacío de la existencia» (Gertrude Stein)

Ida Vitale, poesía, prosa y vida

(Semanario Brecha)

Ante todo y puestos a sopesar, más de una de las experiencias de vida por las que transitó la escritora uruguaya (Montevideo, 1923), daría sustento para una larga novela. Aunque lo suyo dentro del ámbito de las letras se enmarca más en géneros como la poesía, la prosa, el ensayo, la crítica y la traducción literaria. Escritos que, en su larga y exitosa relación con la ficción y la no ficción, le llevaron a recibir distintos reconocimientos y galardones: Premio Alas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y, finalmente, el Premio Miguel de Cervantes.

Proveniente de una familia de alto nivel cultural, por lo que no fue de extrañar que la autora tomara la determinación de inclinarse por el estudio en el campo de las humanidades. Luego, una vez graduada, se entregó a la enseñanza, y también a escribir para distintos medios, como el diario Época, el semanario Marca, o las revistas como Clinamen o Mardoror.

Eran momentos en que la mayoría de países de Latinoamérica se encontraban bajo el mando de gobiernos militares, y Uruguay no escapaba a esa tendencia general. Fruto de ello y al oscurantismo al que se vio sumido el país del Plata, hizo que muchos intelectuales y librepensadores de toda clase y condición vieran en el exilio una puerta de escape: “El último que se vaya que apague la luz”, decía una pintada en los muros del aeropuerto capitalino de Carrasco. México fue el lugar elegido por la autora y su esposo, país donde permanecerían diez años.

Luego de esa experiencia y tras un breve retorno a su ciudad natal, se decidió por una nueva emigración, esta vez sería hacia la estadounidense ciudad de Austin, en el sureño estado de Texas. Ciudad que la vio residir durante largas tres décadas y en la que realizó una parte importante de su producción literaria. Al respecto, algunos de los títulos a destacar en su poesía los encontramos en los compendios La luz de la memoria o en su Poesía reunida. Mientras que en cuanto a prosa son de mencionar sus textos Léxico de afinidades, De plantas y animales, Donde vuela el camaleón o Shakespeare Palace, por nombrar unos pocos.

Ida Vitale en conjunto con otros tantos autores iluminaron las letras de una manera destacada. Los que, por la importancia y el aporte que hicieron a la cultura, fueron agrupados bajo la denominación de la Generación del 45. Personajes de la importancia de Zenobia Camprubí, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño, Emir Rodríguez Monegal o Mario Benedetti, nombres que aún hoy mantienen una vigencia incontestable.

De Donde vuela el camaleón los textos a continuación, en los que navega de manera libre por la riqueza del idioma. Trazados con una prosa por momentos descriptiva y a veces onírica, los suyos son escritos que no pierden vigencia alguna cuando gozan de completa atemporalidad:

Los juegos de la ira

Primero todos intercambiaban con él el pan y la sal. Después manifestaron, torvos, que él había dejado de merecer el pan. Que quizás nunca lo había merecido. Y se lo suprimieron. Él esperaba, sometido a la lógica, que le fuera retirada la sal, ahora inútil. Pero un día vinieron, uno tras otro, minuciosos y acordados, lo estaquearon y desgarraron parte de su piel. Luego extendieron sobre las heridas toda la sal a la que tenía derecho, retirándose con la perversa seguridad de que no le sería posible acusarlos de ese pecado tan denostado, la avaricia.

Una nube oscura

Es posible imaginar una nube oscura cuya estratificada o cumulosa sustancia, al abultar un día, oscura, sobre el horizonte de una ciudad, llegue a cambiar el destino de alguna criatura, al menos, de las que en ella viven.

   La ciudad podría a ser de esas -todavía las hay- con la bendita cualidad de gozar de un cielo limpio, ya porque la pobreza de sus habitantes no dispone de esos beneficios de la civilización que tanto ayudan a vivir a algunos como a morir a muchos, ya porque en régimen de vientos oportunos limpie velozmente los estragos del hombre en el aire.

   En ese caso, la sombra inesperada y la opresión que baja desde el gris que se asienta donde no se lo espera, al caer sobre deprimidos o violentos, los puede precipitar a la torpeza de un gesto sin retorno.

   Atento a la luz que acompaña a su espíritu, quizás algún raro dichoso note el cambio. Solo los que están en paz con ellos mismos destinan un poco de esa paz a percibir signos exteriores, a rastrear posibles bellezas, aunque oscuras.

   Otros, los limitados otros, no se enterarán de los poderes que de la forma y el color de esa nube emanan. Viven sin mirar nunca hacia el cielo, acostumbrados a no esperar que desde la altura, algo modifique sus desdichas, ni siquiera por un momentáneo olvido de ellas.

   Pero esa nube bien podría influir de modo muy decisivo sobre alguien, por no tratarse de una nube corriente, nacida de normales evaporaciones del agua de ríos, de lagos o de mares, sino originada en un excepcional flujo de lágrimas. Aunque no de modo muy público, hay siempre una profusa producción de lágrimas. No todas son de la misma calidad, como es natural. Algunas vienen de un dolor legítimo, por la muerte de un ser querido o por sus tribulaciones, por catástrofes reales compartidas con generosidad y aun por esa indignación honesta y tumultuosa que sale al paso en vano del mal que se ha vestido de Caperucita Roja. Producen una evaporación más fina y nubes más exquisitas y comprensivas. Absorben desde arriba ciertos duelos, incluso desfilan y distribuyen, vertiéndolos allí donde son necesarios, donde hay almas áridas que requieren aunque sea una leve pulverización humectante. También existen llantos un poco grotescos, los de la vanidad herida, por ejemplo, pero si hay escasez todo se aprovecha.

   Pobre de aquel territorio donde la nube oscura no vigila el equilibrio humoral. Las almas yermas se adensan, cobran peso y, aunque casi rocosas, adquieren el poder expansivo, la condición sabida de la bola de nieve. Todo a su alrededor se vuelve declive y pueden devastar la planicie afectada.

Zoofilia

La señora que ama mucho a los animales vive en una casa carente del encanto de animal alguno. Cada vez que se siente próxima a sucumbir ante la gracia de una víbora, cada vez que piensa en la utilidad innegable de tener un paquidermo incipiente en el jardín, no puede menos que imaginar la segura envidia de sus vecinos y sus desagradables consecuencias. También se representa de manera vívida las modificaciones a que debería someter su vida para recibir el animal de sus afectos.

   Es posible que su afición provenga de lecturas mitológicas, hechas con exceso de gravedad e inocencia, sobre el inagotable tema de las metamorfosis abusivas de Zeus, cuyo ardoroso zumo perseguía por la sediente geografía griega los cuerpos juveniles donde poder multiplicar la especie en peligro de extinción de los semidioses.

   De todos modos, ella no logra olvidar la facilidad con que cambian de amos algunas especies, célebres por su lealtad a los hombres. Y como en un tiempo se vio forzada a cegar a la lechuza, por haber querido sorprender en ella una mirada desconforme, un rastreo selectivo a izquierda y derecha, una búsqueda evidente de nueva independencia. Y también cómo, muy a su pesar, debió obstruir las narices de un cusco hambriento, arrastrado a diario por el olfato hacia casas desde donde salían las avanzadillas de olores afectuosos. Sobre todo le duele la memoria de su adorada Capitú que, Casandra gatuna quizás, desapareció sigilosa una noche sin dedicar ni siquiera un miau a sus llamadas y a la que descubrió días después tras la ventana de una sala, desde cuya calidez la ignoró con patente descaro.

   Luego de tantas traiciones sucesivas, la señora vive rodeada de trampas antirroedores, de insecticidas y de telas que espantan a los gorriones con la ayuda del viento. Eso sí, a medida que se priva, crece su nostalgia por lo ejemplares maravillosos en donde se multiplicó la fantasía de la Creación. Vuelve a representarse cambios bienaventurados en revoloteo sobre su vida áptera. Ya no le bastan las criaturas que están al alcance de todos o con las que cualquiera podría intimar en los zoológicos e imagina exclusividades imposibles. En su delirio se convence de que no le sería tan difícil viajar a Australia. Por más que le insisten en que está por completo extinto, aunque el Victoria and Albert Museum exhiba embalsamado un grande y tristísimo ejemplar, alegato contra una indefendible ineptitud del hombre como guardián del mundo, ella está segura de que en aquel continente semidesértico, semiboscoso y que el interés posesivo de su habitantes no logra someter del todo, sobrevive en algún recoveco y la espera, blando y necesitado de protección, el dodo.

«Crecí con voluntad propia, entregado a los más extravagantes caprichos, y víctima de las más incontrolables pasiones. Pobres de espíritu, mentalmente débiles y asaltados por enfermedades constitucionales análogas a las mías, mis padres poco pudieron hacer para contener las malas predisposiciones que me distinguían»

Óleo: Baco enfermo, de Caravaggio

Texto: del relato William Wilson, de Edgar Allan Poe

Más vivo que nunca, Joaquim Machado de Assis

Hay quienes dicen que el autor de «Don Casmurro» es el mejor escritor de habla portuguesa, y también los que opinan que es uno de los mejores latinoamericanos. De hecho, la importancia de la variedad de los textos que publicó en sus casi 50 años de carrera literaria, hacen que sean de estudio en las escuelas del país sudamericano

Machado de Assis murió hace 115 años, pero está más vivo que cualquier otro escritor brasileño. El legado del autor difunto, al igual que la bossa nova o Pelé, transmite al mundo la identidad utópica que tanto anhelamos: la apropiación creativa y desinhibida que convierte la cultura de los grandes centros hegemónicos en algo único, explosivo y brasileño.

Algunos ejemplos recientes confirman este fascinante atractivo machadiano. En 2020, una nueva traducción de «Memórias Póstumas de Brás Cubas» en Estados Unidos se agotó en solo un día. El año pasado, dos novelas brasileñas elogiadas llevaron al escritor a los dilemas del siglo XXI («A Vida Futura», de Sérgio Rodrigues, y «Homem de Papel», de João Almino).

En septiembre del pasado año, el portugués Ricardo Araújo Pereira lanzó un podcast sobre humor cuyo título, «Coisa Que Não Edifica Nem Destrói», proviene de una definición de Brás Cubas para sus memorias; y a fines de octubre, un congreso en Roma, «Machado de Assis: A Complexidade de um Clássico», reunió a investigadores de Brasil, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Portugal y Alemania.

En general, la afirmación de su negritud ha abierto nuevas interpretaciones en las últimas dos décadas.

De alguna manera, todos estos puntos están relacionados con el principal proyecto editorial del año en el país. La editorial Todavía, en colaboración con el Instituto Itaú Cultural, acaba de publicar una colección con todos los libros que Machado publicó en vida.

<El artículo pertenece a Marco Rodrigo Almeida, y fue reproducido en el diario A Folha de Sao Paulo, de Brasil>

Laetitia Colombani, el vuelo de los sueños

Quien se sumerja en la biografía de la autora francesa (Burdeos, 1976), tendrá la impresión que las situaciones en su vida se fueron produciendo como una lógica sucesión de eventos. En primer lugar, se dio a conocer en su rol de actriz con la aparición en una docena de películas (La mujer de los chocolates; La madre; La psicoanalista de gatos), luego decidió ponerse detrás de las cámaras para desempeñarse como directora en otros tantos filmes: Una flor para María; Algunas palabras de amor o La directora de cásting. Así que fue una lógica casi matemática que se decidiera a escribir sus propias historias, para depurarlas luego como guionista para llevarlas nuevamente a la pantalla.  

Bien es cierto que su nombre se dio a conocer en su país natal, y que luego haya traspasado fronteras a través de su primera y exitosa novela, La trenza. Texto que alcanzó la nada fácil cifra de dos millones de ejemplares vendidos, que la llevó a ser traducida en más de cuarenta idiomas, y que tuvo su realización cinematográfica.

La repercusión alcanzada la llevó a su segunda obra de ficción, Las vencedoras, y después a una tercera, El vuelo de la cometa. Donde sitúa la trama en una sociedad de inmensos contrastes como la india en la que, sosteniendo el título honorífico de ser el país más poblado de la Tierra con sus más de mil doscientos millones de habitantes, vive enredada en su propia telaraña, atrapada férreamente por unas tradiciones milenarias que la condicionan y le impiden progresar en conjunto como civilización. 

En otro orden, son muchas las oportunidades en que se hace mención de que el escritor es prisionero de las sempiternas ideas que le llevan a escribir una y otra vez la misma historia. Si en el caso de la Colombani se siguiera al pie de la letra este enunciado, sus obras literarias se alimentarían de temas como la inequidad, la carencia de justicia, la discriminación, y la lucha del ser humano para sobreponerse en su ámbito a todos estos impedimentos. Sugiriendo siempre como bandera el concepto de la solidaridad para avanzar con los demás, dicho de otra manera, como indispensable punto de esperanza para prosperar como individuos.   

De El vuelo de la cometa, el pasaje a continuación. Ficción en que la autora, con una escritura despojada de todo artificio, hilvana una historia entrañable y cargada de intensidad. En la que relata el encuentro fortuito y la lucha de tres mujeres de distinto origen, edad y condición:   

                                                                          Mahabalipuram, Tamil Nadu, India

La escuela acaba de abrir sus puertas. En el aula, Léna contempla con el corazón palpitante a los niños sentados ante ella. Está tan conmocionada como el día que entró por primera vez en un instituto como profesora, poco después de cumplir los veintidós. Aquí el alumnado es muy distinto y el escenario también. Los niños tienen entre seis y doce años: un solo grupo, ese primer año. El suelo está cubierto de alfombras nuevas. Las paredes recién pintadas están a la espera de los mapas y carteles con letras y símbolos matemáticos que los profesores sin duda colgarán. Por el momento, el único adorno es el colorido mandala pintado al fondo del aula. La pared de delante está presidida por una pizarra impoluta. Entre los escolares se encuentra Lalita. Con sus ojos negros y sus trenzas, está muy guapa con el uniforme nuevo, del que parece sentirse muy orgullosa. Como sus compañeros, no aparta la mirada de Léna, que se presenta a los alumnos: es la directora y la profesora de inglés. A continuación, toma la palabra Kumar: será su profesor a lo largo de todo el curso. Por último, habla Preeti, a quien la mayoría ya conoce. Se encargará de impartir de impartir educación física y un poco de defensa personal.

   Los alumnos los miran sin hacer el menor ruido. La mayoría parecen asustados, y se diría que Sedhu, el más pequeño, está absolutamente aterrorizado, Se ha sentado cerca de la puerta y se echa a temblar cuando Léna hace el ademán de cerrarla. Como si temiera que una amenaza invisible pudiera arrojarse sobre él y necesitara estar preparado para huir en cualquier momento. Comprensiva, Léna deja la puerta abierta, al menos por ese día. Ninguno de aquellos niños ha ido nunca a la escuela. Ignora qué habrán oído o qué les habrán contado. Sabe que en la India los maestros suelen pegar a sus alumnos, sobre todo si son de baja extracción social. Para tranquilizarlos, les dice que allí nadie los golpeará jamás. Los niños la escuchan entre asombrados e incrédulos.

   Al día siguiente, se repite la misma situación. No hay manera de cerrar la puerta sin que a Sedhu le entre el pánico. Al cabo de unos días, Léna reúne a las familias en el patio, bajo el baniano. Les dice que algunos niños están aterrorizados y que así no se puede trabajar. Deben hacerles comprender que en la escuela nadie los maltratará. En el grupo, todos parecen sorprendidos. La madre de Sedhu, una chica de apenas veinte años que ya tiene cuatro hijos pequeños, toma la palabra para protestar: Léna sólo conseguirá que la hagan caso a golpes, asegura.

   -¡Tienes que pegarles!- insiste.

   Más que permiso, le da su bendición para golpear a Sedhu. Los demás asienten y abundan en la misma opinión. Léna pide silencio y continúa hablando con voz tranquila: en su país no se pega a los alumnos. Hay otras maneras de enseñar. Ella, en veinte años de carrera, no le ha puesto la mano encima a nadie, y no piensa empezar a hacerlo ahora. Mostrando su escepticismo, la madre de Sedhu resopla ruidosamente y reúne con un mismo gesto a sus cabras y a sus hijos, desperdigados por el patio.

   -Haz lo que quieras -concluye alejándose-. Pero así no conseguirás nada.

   Léna se queda atónica. No puede culpar a aquellos padres, herederos de una educación basada en el miedo y en los golpes. Para pegarle a un niño basta un segundo; para conseguir su confianza, se tarda mucho más. Sabe que tendrá que armarse de paciencia si quiere ganarse al pequeño y a sus compañeros, si quiere crear una relación basada en el respeto y la reciprocidad. La puerta del aula seguirá abierta el tiempo que haga falta. No importa si de vez en cuando entra un perro callejero para mendigar comida. Un día, en mitad de la clase de inglés, Sedhu se levantará por iniciativa propia y la cerrará. Ella no dirá nada, no hará ningún comentario, pero sabrá que ha obtenido una victoria, que ahora sus alumnos comprenden que a su lado están seguros. Esa puerta cerrada será la prueba de que le han concedido su confianza, la confirmación de que la escuela les ofrece algo más que educación: un oasis de calma y de paz, lejos de la dureza del mundo.

   Convencer a los padres costará más. Erradicar costumbres tan arraigadas no es fácil. Léna se empleará a fondo día tras día, con perseverancia y voluntad. Cada golpe evitado es un paso adelante, se dice. Un pasito de nada, pero esencial…”

«Bastaría un instante. Cuando él desatara su abrazo, sentiría así como la sensación de haber matado algo y ni siquiera la pasión aportaría una circunstancia atenuante puesto que, bien mirado, no es que la deseara. En todo caso no la deseaba más que a cualquier otra»

Composición fotográfica: Amina

Texto: del Cuento azul de Marguerite Yourcenar