Los viajes y las reflexiones de Cornelis (Cees) Nooteboom

Con una obra literaria diversa, el neerlandés muestra su plenitud en los textos donde combina las descripciones de lugares y personajes con los que se cruzan en sus periplos, a los que sabiamente acompaña con las introspecciones que le producen

Tal vez su inclinación por los viajes haya nacido en su adolescencia a través de sus constantes movimientos de residencia; ya que el neerlandés nacido en La Haya (1933), también residió y estudió en ciudades como Eindoven y Utrecht de su país natal. Aunque muy pronto los dejó atrás para lanzarse a su primer periplo hacia una Europa, que había dejado atrás los años de segundo gran conflicto bélico y que afrontaba esperanzada los aires de reconstrucción.

Fruto de ese primer gran tour vio la luz su primera novela: Philip y los otros; a la que con posterioridad le seguirían otras como Rituales, de buena repercusión, y títulos como Una canción del ser y la apariencia, En las montañas de Holanda, El día de todas las almas o Perdido el paraíso, por las que supo ganarse el respeto de crítica y público. Pero su andadura en las letras abarca también el ensayo, la poesía y, como podía esperarse, sus libros de viaje. Género en el que quizás se le perciba en su mayor plenitud, con trabajos inspirados en ciudades y países como Berlín, Túnez, Isfahán, Bahía, Bolivia o Surinam.

Aunque más allá del estilo, subyace en su obra de forma directa o sesgada un pensamiento profundamente existencialista, que se muestra en reflexiones que preocupan al europeo cosmopolita, de espíritu abierto y crítico. Mirada que, junto a la calidad de sus textos, le permitió alzarse con premios como el Ana Frank, el Premio de las Letras Neerlandesas, y el Premio Formentor de las Letras, entre otros.

Residente desde hace décadas durante gran parte del año en la isla de Menorca, donde posee una propiedad y que, como bien reafirma, le permite abastecerse de la energía propia surgida de las gentes del Mediterráneo y por el contrario, dejar atrás la inclemente meteorología de su tierra de nacimiento. Donde, admite, le permite predisponerle de la mejor manera para acometer sus trabajos literarios.

El pasaje siguiente pertenece a su selección de relatos cortos Lluvia Roja, y del este la historia que le da nombre, donde se funden el libro de viajes y la ficción, fórmula que el autor utiliza de manera asidua. Donde combina el pintoresquismo de los personajes que encuentra a su paso, a los que adhiere sus propias reflexiones sobre el ser humano, cercanas también a sus convicciones y sentimientos.    

“Uno de los aspectos más curiosos de hacerse mayor es que casi todo evoca un recuerdo. A lo largo de la vida uno construye un inmenso marco de referencias en el que todo guarda relación con todo. No es una frase afortunada eso de que todo guarda relación con todo, pero es así. Mientras escribo esto, en España es verano, y, a pesar del elevado grado de humedad que hay en mi isla, el viento procedente del mar calienta la tierra sin clemencia. Hace semanas que no llueve. Jaume, el cartero, y yo observamos las nubes grises. ¿Lloverá o no lloverá?

   Jaume no sabe si lloverá, pero si así fuera, dice él, habrá barro, y yo sé qué significa eso: arena roja del Sáhara que las gotas de lluvia transportan hasta la isla. Mañana los muros encalados de mi casa mediterránea habrán sangrado un poco. Lluvia roja. Todo guarda relación con todo, sí, pues recuerdo ahora mi primer viaje a Marruecos por el borde del Sáhara. ¿Y por qué veo ahora, de pronto, a una mujer que lleva años muerta? ¿Y por qué veo casi al mismo tiempo una cajetilla roja de Pall Mall cuando hace ya años que no fumo? Con esa mujer hice hace mucho tiempo un largo viaje por los oasis tunecinos, Nefta, Tozeur. Aún siento los surcos de la pista y me pregunto si en lugar de pistas hay ahora, casi medio siglo después, carreteras de verdad. Es probable que sí, y no sé si me gusta la idea. Era emocionante circular por aquellos caminos polvorientos que eran como tablas de lavar hechas de arena. Por la noche acababa uno molido. Ella y yo nos encontrábamos no sé dónde en un cuartito de piedra escuchando el llanto y los agudos ladridos de los perros que envolvían el oasis como un gran círculo. Muchos años después, en otra vida, la mujer se cayó de una roca en una isla griega. Yo acudí a su funeral en Ámsterdam y me acordé de su risa, su voz profunda, su estupenda manera de emborracharse y del inolvidable brillo de sus ojos. El libro que escribí sobre aquellos viajes tunecinos se lo dediqué a ella, y sin embargo cuando salí del cementerio me sentí como si la hubiera traicionado, una sensación que jamás he olvidado. Los vivos abandonan a los muertos dejándolos solos en su noche perpetua.

¿Y la cajetilla de Pall Mall? Aquello debió ser en Tinerhir o en Uarzazate, una noche en la kasba, hace ya casi también cincuenta años. Oscuridad, una tenue luz amarilla, calles sin pavimentar, un callejón angosto, un laberinto, me he perdido pero no siento pánico. Un grupo de hombres en chilaba. Uno de ellos lleva una flauta de madera. Me piden tabaco y yo tengo la cajetilla de Pall Mall. Me proponen un trueque, los cigarrillos a cambio de alguna que otra calada de pipa que se van pasando entre ellos. Kif, una palabra que hoy ya no oigo mucho.

   Subimos por una escalera estrecha, entramos en una pequeña habitación, apenas hay luz. Uno de los hombres toca la flauta, una melodía que envuelve y atrapa. La pipa se parece a la flauta, de madera tosca sin barnizar. Los hombres comprueban si lo hago bien. Le doy una fuerte calada a la pipa y el efecto es inmediato, no transcurre ni un segundo. Debía de ser un material excelente, pues yo estaba en el suelo sentado entre los cuatro hombres, ellos me izaron y me colocaron boca abajo, de modo que acabé sentado en el techo cabeza abajo y desde ahí contemplé el mundo. Ahora, al describir la escena, se me antoja un delirio, pero sucedió así de verdad. Recuerdo que la poca conciencia que me quedaba me dictó salir de aquella habitación cuanto antes. Me pregunto ahora si hice bien en seguir los dictados de mi conciencia. Tal vez, de haberme quedado, habría vivido algo excepcional. No recuerdo haber sentido miedo. Sí recuerdo mi decisión pero no su desenlace, pues ¿cómo se baja uno del techo sin caerse al suelo? ¿Acaso regresé a casa volando? ¿Y cuál era mi casa? La memoria me deja en la estacada. ¿Cómo será la memoria absoluta? Trato a veces de imaginarla. Una memoria que te devuelva todo cuanto has hecho (visto, oído, leído), todos los instantes de plenitud y de vacío. El problema es que esa memoria requería una vida más, tan larga como la vida ya vivida, y eso es imposible. ¿Adónde van a parar entonces todos los instantes vividos? Si yo no los recuerdo, ¿existen en la memoria de otras personas? ¿Se acuerda de mí alguna vez aquella muchacha de Casablanca, si es que todavía vive? ¿Y cómo me imagina ella? De eso hace ya también una eternidad. La chica, de una belleza espectacular, trabajaba en el Syndicat d’Iniciatives de Casablanca. Eso lo recuerdo bien, y sin embargo no logro recordar su aspecto. ¿Qué valor tiene entonces semejante recuerdo? Ojalá pudiera volverla a ver una vez más tanto como la vi entonces, pero la memoria tampoco quiere ayudarme a recuperar esa imagen. Lo que sí recuerdo es que no me atreví a abordarla y que por eso salí afuera despreciándome a mí mismo profundamente, furioso por no atreverme a dirigirle la palabra. Me encaminé a la esquina, pensé en la enésima noche solitaria que me esperaba, me di vuelta de inmediato y le pregunté a la chica si aceptaría cenar conmigo. Su respuesta fue enigmática. Sí estaba dispuesta acompañarme, pero no comería conmigo…”    

«En efecto, nuevos disfraces hicieron su aparición. Señoras vestidas de hombre, absurdas a causa de sus opulentas formas, rostros ennegrecidos con tapones quemados; hombres disfrazados de mujer, tropezando con las faldas, como el estudiante Rasmussen con un enorme abanico de papel. Apareció un mendigo, con las rodillas dobladas, apoyado en la muleta. Uno se había vestido de Pierrot con unas sábanas y un sombrero de mujer; llevaba la cara empolvada, de manera que los ojos habían adquirido un aspecto extraño, y los labios pintados con un rojo de sangre»

Texto: de La montaña mágica de Thomas Mann

Cesar Vallejo, el poeta triste

Muchos le consideran el más grande poeta en lengua castellana del siglo XX; y, cuando sus lectores se acercan a sus textos en una lengua no española, afirman que su poesía es de las más importantes a nivel mundial. Y es que la trascendencia de la obra del escritor peruano (Santiago de Chuco, 1892 – 1938 París, Francia), a pesar de los años transcurridos desde su muerte, no deja de cosechar admiradores por doquier y de todas las edades.

Si bien, en su corta vida, se ha ganado su fama a través de sus poemas, ha tenido oportunidad de expresarse además en otros tantos géneros como la novela, el relato corto, el ensayo, e incluso en forma de piezas teatrales. En cuanto a sus versos, dos son los elementos que los caracterizan: en primera instancia su atemporalidad, y luego una temática de corte universal. También, como le sucede a otros grandes creadores, en su quehacer se destacan diferentes épocas, influidas unas por un realismo socialista con una fuerte carga de denuncia social; mientras que en otras se mantiene un trasfondo cuasi religioso, de referencias bíblicas.

Persona de apasionada y conflictiva vida amorosa, en muchos de sus poemas subyace una no disimulada angustia existencial; otra de sus particularidades es la forma en que expresa todos estos sentimientos, enmarcados a veces por un estilo de contención en la rima, o liberados de toda prisión expresiva en otros, e incluso, con una combinación de ambas dentro del mismo verso. También se los puede encontrar excedidos en vocales o consonantes, sin cortarse en su construcción y con la inclusión de vocablos muy propios. 

Tres son las etapas en las que se puede subdividir sus poemarios: el denominado período Modernista, donde quizás su mejor expresión sea Los Heraldos Negros; después el Vanguardista, con Trilce como el más claro componente; y un último que se podría definir como Revolucionario, con sus España, aparta de mi ese cáliz o sus Poemas Humanos como sus mejores exponentes.

Hombre que provenía de la pequeña burguesía del interior del país americano, la carencia de recursos económicos fue una constante en su existencia. Y, una vez tomada la determinación de abandonar su tierra en búsqueda de nuevos horizontes, lo hizo para no regresar jamás. Primero fue su estadía en España y luego mayoritariamente en Francia, donde pudo subsistir gracias a distintos trabajos periodísticos. Con una significativa característica para sus obras de ficción, ya que la publicación de la mayoría de ellas fueron póstumas. Y su reconocimiento, traducido en una constante reedición de su obra, también.

Aquí algunos de sus versos más celebrados:

Los heraldos negros

   Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como el odio a Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

   Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán talvez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

   Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorables que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

   Y el hombre… pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

   Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Trilce

   Hay un lugar que yo me sé

en este mundo nada menos,

adonde nunca llegaremos.

   Donde, aun si nuestro pie

llegase a dar por un instante

será, en verdad, como no estarse.

   Es ese sitio que se ve

a cada rato en esta vida,

andando, andando de uno en fila.

   Más acá de mí mismo y de

mi par de yemas, lo he entrevisto

siempre lejos de los destinos.

   Ya podéis iros a pie

o a puro sentimiento en pelo,

que a él no arriban ni los sellos.

   El horizonte color té

se muere por colonizarle

para su gran Cualquieraparte.

   Mas el lugar que yo me sé,

En este mundo, nada menos,

Hombreado va con los reversos.

   -Cerrad aquella puerta que

está entreabierta en las entrañas

de ese espejo. -¿Esta? -No; su hermana.

   -No se puede cerrar. No se

puede llegar nunca a aquel sitio

do van en rama los pestillos.

   Tal es el lugar que yo me sé.

Piedra negra sobre una piedra blanca (Poemas Humanos)

   Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

talvez un jueves, como es hoy de otoño.

   Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

Estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

   César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

   también con una soga; los testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…  

«Escribirle la hacía feliz. Lo imaginaba en las trincheras, embarrado, con miedo y abriendo su carta contenida, o tímida, como si al no tener la mirada las palabras se escondieran. Las cartas eran una conversación ininterrumpida por la estupidez de una guerra»

Texto de la novela La frontera lleva su nombre de Elena Moreno Scheredre

«Las discusiones han dejado de ser un intercambio de ideas; no hay ningún afán de comprender al otro. Vivimos tras una cortina de hierro que hemos fabricado nosotros mismos a base de reglas y silencios; y la única forma de crear el mundo que queremos es empezar por el mundo tal como es» ( Chimamanda Ngozi Adichie )

John Connolly, la «música» de Charlie Parker en Maine

A causa del nombre elegido por el autor irlandés (Dublin, 1968) para el protagonista de la mayoría de sus novelas, y el lugar geográfico donde las sitúa, no quedan dudas acerca de su predilección por el jazz y sus figuras y, en segundo lugar, por los paisajes de la región de Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos.

Aunque mucho antes de que Connolly y el detective Parker lograran trascender, el escritor, como si quisiera acumular suficiente experiencias de vida, ya había registrado sus pasos por unos cuantos trabajos menores. Hasta que con esfuerzo logró graduarse en el reconocido Trinity College de la capital de la isla; hecho que le sirvió entre otras cosas, para conseguir un empleo de periodista a tiempo parcial en el The Irish Times y con ello cierta estabilidad económica, más allá de brindarle la oportunidad de poder foguear su escritura con la cotidianidad de su nueva tarea.

Hasta el momento de dar a luz su primera novela, en este caso un policial: Todo lo que muere, donde ya hacía su estreno el personaje del expolicía, devenido ahora en investigador privado. Desde el vamos la aceptación de los lectores fue inmediata y a juzgar por los resultados posteriores, con los más de los veinte títulos que hasta el presente conforman la saga, de reconocimiento absoluto.

Aun así, el autor siempre se declaró fascinado por las historias de terror, género en el que ha incursionado con otros tantos títulos y con un reiterado acierto. Incluso uno de sus textos, La otra hija, fue llevado a la pantalla grande con el protagónico central del actor estadounidense Kevin Costner.

Más allá de sus obras, el dubliner admite hoy que es un ciudadano que tiene su corazón entre dos países, cuando divide su tiempo por partes iguales entre su verde terruño de origen y el frondoso nordeste norteamericano, región que conoce en profundidad y que convierte en un protagonista más de sus historias. Admite además que es el lugar donde suele escribir durante gran parte del año, hecho que le hace sentirse como un oriundo más de esas tierras.

El truculento pasaje a continuación, pertenece a la ficción Perfil asesino, de la saga del detective Charlie Parker, donde el irlandés pareciera querer conjuntar los géneros de su predilección, el negro y el puro relato de terror:

   “Y le encontró -dije.

   -No señor Parker, me encontró él a mí. -Se frotó con frecuencia e intensidad crecientes, cada vez más deprisa-. Averigüé que residía en algún lugar de Maine, así que viajé hasta allí para buscar cualquier rastro de él. Me alojé en un hotel de Bangor. ¿Conoce la ciudad? Es un vertedero. Dormía, y de repente me despertó un ruido en la habitación. Fui por la pistola, pero no estaba donde la había dejado, y de pronto recibí un golpe en la cabeza, y cuando recobré el conocimiento, me encontraba en el maletero de un coche. Tenía las manos y los pies atados con alambre, y la boca tapada con esparadrapo. No sé cuánto duró el viaje, pero a mí me parecieron horas. Al final el coche paró, y después de un rato se abrió el maletero. Tenía los ojos vendados, pero veía un poco por debajo de la venda. Allí estaba el señor Pudd, con la ropa de viejo mal conjuntada. Señor Parker, vi en sus ojos una luz que no había visto nunca. Vi…

   Se interrumpió y apoyo la cabeza en las manos. A continuación, se las pasó por la calva, como si desde un principio pretendiese sólo atusarse cualquier pelo despeinado que le quedase allí.

   -Casi perdí el control de la vejiga, señor Parker. No me avergüenza decírselo. No soy un hombre que se asuste con facilidad y me he enfrentado a la muerte muchas veces, pero la mirada de aquel hombre y el contacto de sus manos, de sus uñas, me superaron.

   <Me sacó del coche… Es fuerte, muy fuerte…, y me llevó a rastras por la tierra. Estábamos en un bosque oscuro y más allá de los árboles se veía una silueta, como una torre. Oí que se abría una puerta, y tiró de mí hasta el interior de un cobertizo con dos habitaciones. La primera contenía una mesa y sillas, nada más, y había manchas de sangre en el suelo, secas e incrustadas en la madera. En la mesa había una caja, con agujeros en la tapa, y se hizo con ella al pasar por su lado. La otra habitación, con una bañera vieja y un váter roto e inmundo, estaba embaldosada. Me metió en la bañera y volvió a golpearme en la cabeza. Y mientras yacía allí aturdido, me cortó la ropa con un cuchillo para dejar al descubierto la parte delantera de mi cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos. Se olió los dedos señor Parker, y después me habló: “Apesta a miedo, señor Sheinberg”. Eso fue todo lo que dijo.

   Las paredes de la tienda se alejaron a nuestro alrededor y desaparecieron. El ruido del tráfico se desvaneció y la luz del sol que penetraba por la ventana pareció apagarse. En ese momento todo se reducía a la voz de Mickey Shine, el olor húmedo y viciado del viejo cobertizo, y el suave sonido de la respiración del señor Pudd al sentarse en el borde de la taza del váter, colocarse la caja sobre las rodillas y quitar la tapa.

   -En la caja había frascos, unos pequeños, otros grandes. Sostuvo uno ante mí, fino y con orificios en el tapón, y dentro vi una araña. Odio las arañas, siempre las he odiado, incluso de niño. Era una araña pequeña de color marrón, pero a mí, tendido en la bañera, oliendo mi sudor y mi miedo, se me antojó un monstruo de ocho patas.

  <El señor Pudd no dijo nada. Simplemente agitó el frasco, desenroscó el tapón y dejó caer la araña en mi pecho. Quedó prendida del vello e intenté sacudírmela, pero parecía adherida y, se lo juro, sentí su picada. Oí un tintineo de cristales y otra araña pequeña cayó junto a la primera, y después otra más. Me oí gemir, pero mi voz parecía salir de otra persona, como si yo no emitiese ningún sonido. No podía pensar nada más que en las arañas.

  <De pronto el señor Pudd chasqueó los dedos y me obligó a mirarle. Elegía frascos de la caja y los sostenía en alto frente a mí para que viese el contenido. En uno había una tarántula encogida en el fondo. En un segundo, una viuda negra, agazapada bajo una hoja. Un tercero tenía un pequeño escorpión rojo con la cola contraída.

   <Se inclinó y me susurró al oído: ‘¿Cuál, señor Sheinberg? ¿Cuál?` Pero no las soltó. Volvió a guardarlas en la caja y sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta. En el sobre había fotografías: mi exmujer, mi hijo, mis hijas y mi nieta. Eran fotos en blanco y negro, tomadas mientras iban por la calle. Me las enseñó una por una y las metió otra vez en el sobre. ‘Usted va a ser una advertencia, señor Sheinberg`, dijo, ‘una advertencia para cualquier otro que piense que puede ganarse un dinero fácil viniendo a cazarme. Quizás sobrevida usted a esta noche, o quizás no. Si vive y vuelve a su floristería y se olvida de mí, dejaré en paz a su familia. Pero si intenta buscarme otra vez, esta niñita… Se llama Sylvia, ¿verdad?… Bien, pues la pequeña Sylvia no tardará en estar tendida donde está usted ahora, y lo que va a pasarle a usted le pasará a ella. Y le aseguro, señor Sheinberg, que no sobrevivirá`. Entonces se levantó y, de pie junto a mis piernas, tiró del tapón de la bañera y susurró: ‘Prepárese para hacer nuevas amistades, señor Sheinberg`.

   >Al bajar la vista vi salir cientos de arañas por el desagüe…”  

Voy a contarte mi secreto -dijo Martí, que ansiaba confiar sus cuitas amorosas a un oyente atento-. Te conozco y sé que eres buena y leal. Cuando pujé por ti, lo hice para tener ocasión de conocer a cierta persona que desde aquel día ha presidido mis sueños. No sé si te has dado cuenta, pero muchas noches, cuando endulzabas mis veladas con tus bellos romances, mi pensamiento estaba muy lejos, al punto que de vez en cuando me decías: ‘¿Queréis que continúe, amo?`

Texto: de la novela Te daré la tierra de Chufo Lloréns

Hasta las últimas instancias: Stefan Zweig

Los totalitarismos de cualquier índole no suelen soportar a aquellas voces discordantes, y sus dirigentes, rodeados de mediocridad, solo admiten a los aduladores que les glorifican. Esto mismo lo debe haber comprobado en su momento el escritor austríaco (Viena, Austria 1881 – 1942 Petrópolis, Brasil) en propia persona, cuando en el año 1938 el nazismo prohibió la reproducción de todos sus textos.

Procedente de una familia judía y de alta posición social, desde temprana edad desplegó sus capacidades en distintas disciplinas: se doctoró en filosofía en la universidad vienesa y se desempeñó además como traductor, crítico literario, biógrafo e historiador, llegando a publicar su primera novela hacia el año 1904. Aunque su carrera, como la de otros tantos jóvenes, se vio truncada ante el estallido de la Primera Guerra Mundial, en la que tuvo que incorporarse a las filas del ejército del entonces imperio Austrohúngaro, conflicto que no hizo más que alimentar sus ideas antibelicistas, esas mismas convicciones que le llevaron luego a enfrentarse con las crecientes doctrinas nacionalistas en la década de los años treinta del siglo pasado.

Una vez acabada la gran contienda se dedicó a viajar por distintos continentes, visitando la Unión Soviética, India, diversos países de América del sur y los Estados Unidos. Viajes que le sirvieron para trabar amistad con escritores, científicos o músicos, personalidades como Máximo Gorki, Albert Einstein o Arturo Toscanini. Para ese entonces, la prohibición de sus publicaciones se iba extendiendo también a los países que sistemáticamente eran sojuzgados e incorporados al Reich alemán. Aunque más allá de estas contingencias, nada impidió que Zweig fuera uno de los autores más populares y prolíficos en los años veinte y treinta; con novelas y relatos tales como El mundo de ayer, Novela de ajedrez, Amok, Ardiente secreto o Carta a una desconocida, los que fueron traducidos a varios idiomas.

Ante el desarrollo de los acontecimientos con un nuevo giro racista del gobierno germánico, sumada a la anexión de Austria y ante la inminencia de una nueva conflagración global, decidió dejar su país para establecerse en Londres primero, donde pronto le alcanzarían las consecuencias de la guerra, para luego cruzar el océano e instalarse con su joven esposa en la ciudad brasileña de Petrópolis, cercana a Río de Janeiro.

Pero no pudo encontrar esa anhelada paz interior que buscaba, más aún con el curso que iban tomando las hostilidades, ante el victorioso avance de los ejércitos fascistas que le hicieron temer lo peor para el futuro del planeta. Situación por la cual el 22 de febrero del año 1942, él y su mujer tomaron la drástica determinación de quitarse la vida; no sin antes dejar tres cartas explicando el porqué de su decisión, cuando en una de ellas con desazón especificaba: “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”.

Desde hace unos años sus obras vuelven a tener la trascendencia de otrora y a publicarse con renovado vigor, tal el caso de Amok y este pasaje, para apreciar sólo una pequeña dimensión de su mundo literario:

   “…Una tos seca y ligera muy cerca de mí me despertó bruscamente. Salí sobresaltado de mi casi embriagado ensueño. Mis ojos, deslumbrados por el blanco resplandor sobre los párpados hasta entonces cerrados, se esforzaban por ver: justo delante de mí, en la sombra de la borda, brillaba algo así como el reflejo de unas gafas, y en aquel momento ardió una chispa gruesa y redonda, el rescoldo de una pipa. Al tumbarme, simplemente había echado una ojeada a la espumosa proa, debajo de mí, y a la Cruz del Sur, encima de mi cabeza, pero era obvio que no me había dado cuenta de la presencia de aquel vecino, que debió de haber permanecido allí sentado e inmóvil durante todo el rato. Espontáneamente, con los sentidos aún amodorrados, dije en alemán:

   —Perdone.

   —No hay de qué —respondió la voz desde la oscuridad, también en alemán.

   Es imposible explicar lo extraño y horripilante que resultaba estar sentado en silencio y a oscuras junto a alguien al que no veía. Me daba la irreflexiva impresión de que aquel hombre tenía los ojos fijos en mí, tal como yo tenía los míos en él. Pero tan fuerte era la luz que nos inundaba desde arriba con su blanco centelleo, que ninguno de los dos podía ver del otro más que la silueta en la sombra. Tan sólo creí percibir su respiración y sus silbantes caladas a la pipa.

   El silencio era insoportable. De buena gana me hubiera ido de allí, pero tal cosa habría parecido demasiado brusca, demasiado repentina. Perplejo, saqué un cigarrillo. La cerilla chasqueó, durante un segundo palpitó luz sobre el estrecho espacio. Detrás de los cristales de unas gafas vi un rostro desconocido que no había visto antes a bordo, ni en las comidas ni en los pasillos, y fuera que la repentina llama le hiriera los ojos, fuera que se tratara de una alucinación, lo cierto es que me pareció un rostro terriblemente desfigurado y siniestro que recordaba a un duende. Pero antes de que pudiera distinguir sus rasgos, la oscuridad engulló de nuevo las líneas de aquella cara fugazmente iluminada. Sólo vi la silueta de una figura oscura, acurrucada en la sombra, y de vez en cuando el rojo anillo de fuego de la pipa en el vacío.

   Ninguno de los dos hablaba y aquel silencio era sofocante y agobiante como el aire de los trópicos.

   Finalmente no pude contenerme más. Me levanté y dije cortésmente:

   —Buenas noches.

   —Buenas noches —respondió desde las tinieblas una voz ronca y enmohecida.

   Avanzaba a duras penas tropezando con el cordaje y evitando los postes, cuando oí unos pasos detrás de mí, rápidos e inseguros. Era el vecino de antes. Involuntariamente me detuve. Él se acercó y a través de la oscuridad percibí en su modo de caminar cierto temor y abatimiento.

   —Perdone que le pida un favor —se apresuró a decir entonces—. Ten… tengo —balbuceó, y en su estado de azoramiento no pudo continuar—… motivos privados…, completamente privados para retirarme aquí… Una defunción… Evito la compañía de a bordo… No lo digo por usted…, no…, no… Sólo quería pedirle…, le estaría muy agradecido si no dijera a nadie de a bordo que me ha visto… Se trata de…, por decirlo así, de motivos privados que me impiden hablar con la gente… Sí…, ahora me resultaría muy embarazoso que mencionara que alguien aquí…, de noche…, que yo…

   De nuevo se le atascaron las palabras. Rápidamente puse fin a sus temores asegurándole que cumpliría su deseo. Nos dimos la mano. Después regresé a mi camarote y dormí con un sueño pesado, extrañamente agitado y turbado por toda suerte de visiones.

   Mantuve mi promesa y no conté a nadie de a bordo el extraño encuentro, aunque la tentación era grande, pues en el curso de un viaje por mar el hecho más insignificante, una vela en el horizonte, un delfín que salta, un flirteo recién descubierto, una broma pasajera, se convierten en todo un acontecimiento. Con todo, me consumía la curiosidad de saber algo más de aquel insólito viajero: examiné con atención la lista de pasajeros buscando un nombre que pudiera ser el suyo, observé a las personas para descubrir si podían tener alguna relación con él; una impaciencia nerviosa se adueñó de mí durante todo el día, en realidad estaba esperando la noche para ver si volvía a encontrarlo. Los misterios psicológicos ejercen sobre mí un poder francamente inquietante, la sangre me hierve tratando de descubrir las relaciones entre las cosas, y las personas singulares pueden, con su mera presencia, encender en mí una pasión por conocerlas que no es menor que la de las mujeres por querer poseer. El día se me hizo largo y se desmigajó vacío entre mis dedos. Me acosté temprano: sabía que me despertaría a medianoche, que el desasosiego me desvelaría.

   Y en efecto: me desperté a la misma hora que el día anterior. En la esfera fosforescente de mi reloj las manecillas se sobreponían en una raya luminosa. Salí a toda prisa de mi bochornoso camarote para entrar en una noche todavía más bochornosa.

   Las estrellas brillaban como la noche anterior y derramaban una difusa luz sobre el tembloroso barco; en lo alto centelleaba la Cruz del Sur. Todo era como el día anterior —en los trópicos los días y las noches se asemejan más entre sí que en nuestras latitudes—, sólo que yo ya no sentía en mí aquel balanceo suave, flotante y soñador de la víspera. Algo me empujaba y confundía, y yo sabía hacia dónde me atraía: hacia la negra curvatura de proa, para ver si el hombre misterioso estaba otra vez allí sentado e inmóvil. En lo alto sonó la campana del barco. Las campanadas me empujaron a seguir. Paso a paso, contra mi voluntad y, sin embargo, arrastrado, cedí al impulso. No había llegado aún a la proa cuando, de pronto, chispeó algo parecido a un ojo rojo: la pipa. Así pues, él estaba allí.

   Me estremecí sin querer y me detuve. Un poco más y me habría ido. Entonces algo se movió en la oscuridad, se levantó, dio dos pasos y, de repente, oí delante de mí su voz cortés y abatida.

   —Perdone —dijo—. Por lo visto usted desea volver a su sitio y me ha parecido que estaba a punto de huir cuando me ha visto. Por favor, siéntese sin más, yo ya me voy.

   Yo por mi parte me apresuré a decirle que se quedara, que había retrocedido sólo para no molestarle.

   —No me molesta —dijo él con cierta amargura—. Al contrario, me alegro de no estar solo por una vez. No he pronunciado una sola palabra desde hace diez días…, en realidad desde hace años…, y la verdad es que se hace difícil tener que guardárselo todo dentro de uno, quizá precisamente porque uno acaba ahogándose con ello… No puedo seguir metido en el camarote, en aquel… aquel ataúd… No puedo… Y a la gente tampoco la soporto, porque se pasa el día riendo… No puedo soportarlo ahora… Los oigo hasta en el camarote y me tapo los oídos… Claro que ellos no saben que…, en fin, no saben nada y, aunque lo supieran, qué importa a unos extraños…

   Se interrumpió de nuevo. Y después añadió repentina y apresuradamente:

   —Pero no quiero importunarle… Perdone mi locuacidad.

   Se inclinó e hizo ademán de marcharse. Pero yo me opuse enérgicamente.

   —Usted no me importuna en absoluto. Yo también me alegro de charlar un ratito tranquilamente… ¿Quiere un cigarrillo?

   Tomó uno. Se lo encendí. De nuevo su rostro se destacó vacilante sobre la oscura borda, pero ahora completamente vuelto hacia mí: tras las gafas, sus ojos escudriñaban mi rostro, ávidos y con enajenada vehemencia. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Presentía que aquel hombre quería hablar, tenía que hablar. Y sabía que yo debía callar para ayudarle…”

«Esas mujeres que nunca conocí y con las que, vivas o muertas, reales o ficticias, siento que tengo algo en común. Son artistas, escritoras, heroínas y mujeres de mi infancia que componen una cadena invisible dentro de mí. Tengo la impresión que mi historia es la de ellas» (Annie Ernaux)