Ida Vitale, poesía, prosa y vida

(Semanario Brecha)

Ante todo y puestos a sopesar, más de una de las experiencias de vida por las que transitó la escritora uruguaya (Montevideo, 1923), daría sustento para una larga novela. Aunque lo suyo dentro del ámbito de las letras se enmarca más en géneros como la poesía, la prosa, el ensayo, la crítica y la traducción literaria. Escritos que, en su larga y exitosa relación con la ficción y la no ficción, le llevaron a recibir distintos reconocimientos y galardones: Premio Alas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y, finalmente, el Premio Miguel de Cervantes.

Proveniente de una familia de alto nivel cultural, por lo que no fue de extrañar que la autora tomara la determinación de inclinarse por el estudio en el campo de las humanidades. Luego, una vez graduada, se entregó a la enseñanza, y también a escribir para distintos medios, como el diario Época, el semanario Marca, o las revistas como Clinamen o Mardoror.

Eran momentos en que la mayoría de países de Latinoamérica se encontraban bajo el mando de gobiernos militares, y Uruguay no escapaba a esa tendencia general. Fruto de ello y al oscurantismo al que se vio sumido el país del Plata, hizo que muchos intelectuales y librepensadores de toda clase y condición vieran en el exilio una puerta de escape: “El último que se vaya que apague la luz”, decía una pintada en los muros del aeropuerto capitalino de Carrasco. México fue el lugar elegido por la autora y su esposo, país donde permanecerían diez años.

Luego de esa experiencia y tras un breve retorno a su ciudad natal, se decidió por una nueva emigración, esta vez sería hacia la estadounidense ciudad de Austin, en el sureño estado de Texas. Ciudad que la vio residir durante largas tres décadas y en la que realizó una parte importante de su producción literaria. Al respecto, algunos de los títulos a destacar en su poesía los encontramos en los compendios La luz de la memoria o en su Poesía reunida. Mientras que en cuanto a prosa son de mencionar sus textos Léxico de afinidades, De plantas y animales, Donde vuela el camaleón o Shakespeare Palace, por nombrar unos pocos.

Ida Vitale en conjunto con otros tantos autores iluminaron las letras de una manera destacada. Los que, por la importancia y el aporte que hicieron a la cultura, fueron agrupados bajo la denominación de la Generación del 45. Personajes de la importancia de Zenobia Camprubí, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño, Emir Rodríguez Monegal o Mario Benedetti, nombres que aún hoy mantienen una vigencia incontestable.

De Donde vuela el camaleón los textos a continuación, en los que navega de manera libre por la riqueza del idioma. Trazados con una prosa por momentos descriptiva y a veces onírica, los suyos son escritos que no pierden vigencia alguna cuando gozan de completa atemporalidad:

Los juegos de la ira

Primero todos intercambiaban con él el pan y la sal. Después manifestaron, torvos, que él había dejado de merecer el pan. Que quizás nunca lo había merecido. Y se lo suprimieron. Él esperaba, sometido a la lógica, que le fuera retirada la sal, ahora inútil. Pero un día vinieron, uno tras otro, minuciosos y acordados, lo estaquearon y desgarraron parte de su piel. Luego extendieron sobre las heridas toda la sal a la que tenía derecho, retirándose con la perversa seguridad de que no le sería posible acusarlos de ese pecado tan denostado, la avaricia.

Una nube oscura

Es posible imaginar una nube oscura cuya estratificada o cumulosa sustancia, al abultar un día, oscura, sobre el horizonte de una ciudad, llegue a cambiar el destino de alguna criatura, al menos, de las que en ella viven.

   La ciudad podría a ser de esas -todavía las hay- con la bendita cualidad de gozar de un cielo limpio, ya porque la pobreza de sus habitantes no dispone de esos beneficios de la civilización que tanto ayudan a vivir a algunos como a morir a muchos, ya porque en régimen de vientos oportunos limpie velozmente los estragos del hombre en el aire.

   En ese caso, la sombra inesperada y la opresión que baja desde el gris que se asienta donde no se lo espera, al caer sobre deprimidos o violentos, los puede precipitar a la torpeza de un gesto sin retorno.

   Atento a la luz que acompaña a su espíritu, quizás algún raro dichoso note el cambio. Solo los que están en paz con ellos mismos destinan un poco de esa paz a percibir signos exteriores, a rastrear posibles bellezas, aunque oscuras.

   Otros, los limitados otros, no se enterarán de los poderes que de la forma y el color de esa nube emanan. Viven sin mirar nunca hacia el cielo, acostumbrados a no esperar que desde la altura, algo modifique sus desdichas, ni siquiera por un momentáneo olvido de ellas.

   Pero esa nube bien podría influir de modo muy decisivo sobre alguien, por no tratarse de una nube corriente, nacida de normales evaporaciones del agua de ríos, de lagos o de mares, sino originada en un excepcional flujo de lágrimas. Aunque no de modo muy público, hay siempre una profusa producción de lágrimas. No todas son de la misma calidad, como es natural. Algunas vienen de un dolor legítimo, por la muerte de un ser querido o por sus tribulaciones, por catástrofes reales compartidas con generosidad y aun por esa indignación honesta y tumultuosa que sale al paso en vano del mal que se ha vestido de Caperucita Roja. Producen una evaporación más fina y nubes más exquisitas y comprensivas. Absorben desde arriba ciertos duelos, incluso desfilan y distribuyen, vertiéndolos allí donde son necesarios, donde hay almas áridas que requieren aunque sea una leve pulverización humectante. También existen llantos un poco grotescos, los de la vanidad herida, por ejemplo, pero si hay escasez todo se aprovecha.

   Pobre de aquel territorio donde la nube oscura no vigila el equilibrio humoral. Las almas yermas se adensan, cobran peso y, aunque casi rocosas, adquieren el poder expansivo, la condición sabida de la bola de nieve. Todo a su alrededor se vuelve declive y pueden devastar la planicie afectada.

Zoofilia

La señora que ama mucho a los animales vive en una casa carente del encanto de animal alguno. Cada vez que se siente próxima a sucumbir ante la gracia de una víbora, cada vez que piensa en la utilidad innegable de tener un paquidermo incipiente en el jardín, no puede menos que imaginar la segura envidia de sus vecinos y sus desagradables consecuencias. También se representa de manera vívida las modificaciones a que debería someter su vida para recibir el animal de sus afectos.

   Es posible que su afición provenga de lecturas mitológicas, hechas con exceso de gravedad e inocencia, sobre el inagotable tema de las metamorfosis abusivas de Zeus, cuyo ardoroso zumo perseguía por la sediente geografía griega los cuerpos juveniles donde poder multiplicar la especie en peligro de extinción de los semidioses.

   De todos modos, ella no logra olvidar la facilidad con que cambian de amos algunas especies, célebres por su lealtad a los hombres. Y como en un tiempo se vio forzada a cegar a la lechuza, por haber querido sorprender en ella una mirada desconforme, un rastreo selectivo a izquierda y derecha, una búsqueda evidente de nueva independencia. Y también cómo, muy a su pesar, debió obstruir las narices de un cusco hambriento, arrastrado a diario por el olfato hacia casas desde donde salían las avanzadillas de olores afectuosos. Sobre todo le duele la memoria de su adorada Capitú que, Casandra gatuna quizás, desapareció sigilosa una noche sin dedicar ni siquiera un miau a sus llamadas y a la que descubrió días después tras la ventana de una sala, desde cuya calidez la ignoró con patente descaro.

   Luego de tantas traiciones sucesivas, la señora vive rodeada de trampas antirroedores, de insecticidas y de telas que espantan a los gorriones con la ayuda del viento. Eso sí, a medida que se priva, crece su nostalgia por lo ejemplares maravillosos en donde se multiplicó la fantasía de la Creación. Vuelve a representarse cambios bienaventurados en revoloteo sobre su vida áptera. Ya no le bastan las criaturas que están al alcance de todos o con las que cualquiera podría intimar en los zoológicos e imagina exclusividades imposibles. En su delirio se convence de que no le sería tan difícil viajar a Australia. Por más que le insisten en que está por completo extinto, aunque el Victoria and Albert Museum exhiba embalsamado un grande y tristísimo ejemplar, alegato contra una indefendible ineptitud del hombre como guardián del mundo, ella está segura de que en aquel continente semidesértico, semiboscoso y que el interés posesivo de su habitantes no logra someter del todo, sobrevive en algún recoveco y la espera, blando y necesitado de protección, el dodo.

«Crecí con voluntad propia, entregado a los más extravagantes caprichos, y víctima de las más incontrolables pasiones. Pobres de espíritu, mentalmente débiles y asaltados por enfermedades constitucionales análogas a las mías, mis padres poco pudieron hacer para contener las malas predisposiciones que me distinguían»

Óleo: Baco enfermo, de Caravaggio

Texto: del relato William Wilson, de Edgar Allan Poe

Más vivo que nunca, Joaquim Machado de Assis

Hay quienes dicen que el autor de «Don Casmurro» es el mejor escritor de habla portuguesa, y también los que opinan que es uno de los mejores latinoamericanos. De hecho, la importancia de la variedad de los textos que publicó en sus casi 50 años de carrera literaria, hacen que sean de estudio en las escuelas del país sudamericano

Machado de Assis murió hace 115 años, pero está más vivo que cualquier otro escritor brasileño. El legado del autor difunto, al igual que la bossa nova o Pelé, transmite al mundo la identidad utópica que tanto anhelamos: la apropiación creativa y desinhibida que convierte la cultura de los grandes centros hegemónicos en algo único, explosivo y brasileño.

Algunos ejemplos recientes confirman este fascinante atractivo machadiano. En 2020, una nueva traducción de «Memórias Póstumas de Brás Cubas» en Estados Unidos se agotó en solo un día. El año pasado, dos novelas brasileñas elogiadas llevaron al escritor a los dilemas del siglo XXI («A Vida Futura», de Sérgio Rodrigues, y «Homem de Papel», de João Almino).

En septiembre del pasado año, el portugués Ricardo Araújo Pereira lanzó un podcast sobre humor cuyo título, «Coisa Que Não Edifica Nem Destrói», proviene de una definición de Brás Cubas para sus memorias; y a fines de octubre, un congreso en Roma, «Machado de Assis: A Complexidade de um Clássico», reunió a investigadores de Brasil, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Portugal y Alemania.

En general, la afirmación de su negritud ha abierto nuevas interpretaciones en las últimas dos décadas.

De alguna manera, todos estos puntos están relacionados con el principal proyecto editorial del año en el país. La editorial Todavía, en colaboración con el Instituto Itaú Cultural, acaba de publicar una colección con todos los libros que Machado publicó en vida.

<El artículo pertenece a Marco Rodrigo Almeida, y fue reproducido en el diario A Folha de Sao Paulo, de Brasil>

Laetitia Colombani, el vuelo de los sueños

Quien se sumerja en la biografía de la autora francesa (Burdeos, 1976), tendrá la impresión que las situaciones en su vida se fueron produciendo como una lógica sucesión de eventos. En primer lugar, se dio a conocer en su rol de actriz con la aparición en una docena de películas (La mujer de los chocolates; La madre; La psicoanalista de gatos), luego decidió ponerse detrás de las cámaras para desempeñarse como directora en otros tantos filmes: Una flor para María; Algunas palabras de amor o La directora de cásting. Así que fue una lógica casi matemática que se decidiera a escribir sus propias historias, para depurarlas luego como guionista para llevarlas nuevamente a la pantalla.  

Bien es cierto que su nombre se dio a conocer en su país natal, y que luego haya traspasado fronteras a través de su primera y exitosa novela, La trenza. Texto que alcanzó la nada fácil cifra de dos millones de ejemplares vendidos, que la llevó a ser traducida en más de cuarenta idiomas, y que tuvo su realización cinematográfica.

La repercusión alcanzada la llevó a su segunda obra de ficción, Las vencedoras, y después a una tercera, El vuelo de la cometa. Donde sitúa la trama en una sociedad de inmensos contrastes como la india en la que, sosteniendo el título honorífico de ser el país más poblado de la Tierra con sus más de mil doscientos millones de habitantes, vive enredada en su propia telaraña, atrapada férreamente por unas tradiciones milenarias que la condicionan y le impiden progresar en conjunto como civilización. 

En otro orden, son muchas las oportunidades en que se hace mención de que el escritor es prisionero de las sempiternas ideas que le llevan a escribir una y otra vez la misma historia. Si en el caso de la Colombani se siguiera al pie de la letra este enunciado, sus obras literarias se alimentarían de temas como la inequidad, la carencia de justicia, la discriminación, y la lucha del ser humano para sobreponerse en su ámbito a todos estos impedimentos. Sugiriendo siempre como bandera el concepto de la solidaridad para avanzar con los demás, dicho de otra manera, como indispensable punto de esperanza para prosperar como individuos.   

De El vuelo de la cometa, el pasaje a continuación. Ficción en que la autora, con una escritura despojada de todo artificio, hilvana una historia entrañable y cargada de intensidad. En la que relata el encuentro fortuito y la lucha de tres mujeres de distinto origen, edad y condición:   

                                                                          Mahabalipuram, Tamil Nadu, India

La escuela acaba de abrir sus puertas. En el aula, Léna contempla con el corazón palpitante a los niños sentados ante ella. Está tan conmocionada como el día que entró por primera vez en un instituto como profesora, poco después de cumplir los veintidós. Aquí el alumnado es muy distinto y el escenario también. Los niños tienen entre seis y doce años: un solo grupo, ese primer año. El suelo está cubierto de alfombras nuevas. Las paredes recién pintadas están a la espera de los mapas y carteles con letras y símbolos matemáticos que los profesores sin duda colgarán. Por el momento, el único adorno es el colorido mandala pintado al fondo del aula. La pared de delante está presidida por una pizarra impoluta. Entre los escolares se encuentra Lalita. Con sus ojos negros y sus trenzas, está muy guapa con el uniforme nuevo, del que parece sentirse muy orgullosa. Como sus compañeros, no aparta la mirada de Léna, que se presenta a los alumnos: es la directora y la profesora de inglés. A continuación, toma la palabra Kumar: será su profesor a lo largo de todo el curso. Por último, habla Preeti, a quien la mayoría ya conoce. Se encargará de impartir de impartir educación física y un poco de defensa personal.

   Los alumnos los miran sin hacer el menor ruido. La mayoría parecen asustados, y se diría que Sedhu, el más pequeño, está absolutamente aterrorizado, Se ha sentado cerca de la puerta y se echa a temblar cuando Léna hace el ademán de cerrarla. Como si temiera que una amenaza invisible pudiera arrojarse sobre él y necesitara estar preparado para huir en cualquier momento. Comprensiva, Léna deja la puerta abierta, al menos por ese día. Ninguno de aquellos niños ha ido nunca a la escuela. Ignora qué habrán oído o qué les habrán contado. Sabe que en la India los maestros suelen pegar a sus alumnos, sobre todo si son de baja extracción social. Para tranquilizarlos, les dice que allí nadie los golpeará jamás. Los niños la escuchan entre asombrados e incrédulos.

   Al día siguiente, se repite la misma situación. No hay manera de cerrar la puerta sin que a Sedhu le entre el pánico. Al cabo de unos días, Léna reúne a las familias en el patio, bajo el baniano. Les dice que algunos niños están aterrorizados y que así no se puede trabajar. Deben hacerles comprender que en la escuela nadie los maltratará. En el grupo, todos parecen sorprendidos. La madre de Sedhu, una chica de apenas veinte años que ya tiene cuatro hijos pequeños, toma la palabra para protestar: Léna sólo conseguirá que la hagan caso a golpes, asegura.

   -¡Tienes que pegarles!- insiste.

   Más que permiso, le da su bendición para golpear a Sedhu. Los demás asienten y abundan en la misma opinión. Léna pide silencio y continúa hablando con voz tranquila: en su país no se pega a los alumnos. Hay otras maneras de enseñar. Ella, en veinte años de carrera, no le ha puesto la mano encima a nadie, y no piensa empezar a hacerlo ahora. Mostrando su escepticismo, la madre de Sedhu resopla ruidosamente y reúne con un mismo gesto a sus cabras y a sus hijos, desperdigados por el patio.

   -Haz lo que quieras -concluye alejándose-. Pero así no conseguirás nada.

   Léna se queda atónica. No puede culpar a aquellos padres, herederos de una educación basada en el miedo y en los golpes. Para pegarle a un niño basta un segundo; para conseguir su confianza, se tarda mucho más. Sabe que tendrá que armarse de paciencia si quiere ganarse al pequeño y a sus compañeros, si quiere crear una relación basada en el respeto y la reciprocidad. La puerta del aula seguirá abierta el tiempo que haga falta. No importa si de vez en cuando entra un perro callejero para mendigar comida. Un día, en mitad de la clase de inglés, Sedhu se levantará por iniciativa propia y la cerrará. Ella no dirá nada, no hará ningún comentario, pero sabrá que ha obtenido una victoria, que ahora sus alumnos comprenden que a su lado están seguros. Esa puerta cerrada será la prueba de que le han concedido su confianza, la confirmación de que la escuela les ofrece algo más que educación: un oasis de calma y de paz, lejos de la dureza del mundo.

   Convencer a los padres costará más. Erradicar costumbres tan arraigadas no es fácil. Léna se empleará a fondo día tras día, con perseverancia y voluntad. Cada golpe evitado es un paso adelante, se dice. Un pasito de nada, pero esencial…”

«Bastaría un instante. Cuando él desatara su abrazo, sentiría así como la sensación de haber matado algo y ni siquiera la pasión aportaría una circunstancia atenuante puesto que, bien mirado, no es que la deseara. En todo caso no la deseaba más que a cualquier otra»

Composición fotográfica: Amina

Texto: del Cuento azul de Marguerite Yourcenar

Libros que son alimento mental

(Pixabay)

Recuerdo que años atrás, en una Feria Internacional del Libro llevada a cabo en Guadalajara, le preguntaron al político y ex presidente de México, Enrique Peña Nieto, cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Y más que tres libros que marcaron su vida, lo que lo marcó de por vida fue la respuesta que dio, pues no supo decir con precisión ninguno. Ya vemos, los libros siempre marcan.

El mundo del libro es de una profundidad difícil de igualar. Al ser obra del espíritu, habla sobre el espíritu y lo refleja. Un libro, de algún modo, es parte de un espíritu atrapado en el tiempo. De ahí la importancia que reviste su contenido, pues según como sea éste último, continuará haciendo bien o mal, en tanto y en cuanto aún existan las hojas que lo sostienen y permiten sea conocido.

Lo vertiginoso de los tiempos que nos tocan vivir, esa velocidad de vida casi asfixiante que imponen las ciudades, trae también aparejado que la visita al libro sea cosa muy rara o directamente nula. El alimento mental llamado lectura debería ser algo diario. Tal alimento, haciéndose hábito, calibra la mente para diálogos cada vez más constructivos e interesantes.

Lo de «diario» puede significar no solo la cotidianidad con la que se lee, sino a su vez el tomar a esa lectura como una suerte de matutino que bien puede compartirse, diferenciándose eso de la lectura de los periódicos comunes o revistas, en que el contenido de estos últimos suele ser pasajero, superficial y meramente informativo, en cambio el de aquél conlleva perdurabilidad, profundidad y es formativo. Como se ve, el recurso es de suma utilidad, a lo que agrego, aunque a alguno le parezca perogrullo, que siempre la lectura es una buena aliada en esos momentos en que parece no haber tema de conversación.

El libro es como un cofre. Puede que contenga en su interior una gran riqueza espiritual. Una vez poseída no se pierde ni está sujeta a robos; se disfruta sin que sufra desgastes, y si se la comparte enriquece a otro sin que uno mismo pierda la riqueza poseída. Solo los tesoros espirituales son verdaderamente invaluables.

<Texto de Tomás I. González Pondal, publicado en el diario La Prensa de Argentina>

De criadas y algo más, Margaret Atwood

Su nombre y su trayectoria como autora tienen la solvencia suficiente como para ganarse el respeto de miles de lectores. Qué duda cabe que en los últimos tiempos ha colaborado mucho en su proyección su ficción El cuento de la criada, con la que ha alcanzado una popularidad a nivel global impensada hasta para la propia escritora.

Nacida en la capital canadiense (Ottawa, 1939), comenzó con pequeños escritos su andadura como autora a la precoz edad de 16 años. Luego completó su formación en instituciones como la Universidad Victoria de Toronto y, más tarde, en la renombrada universidad estadounidense de Harvard.

Su extenso hacer dentro del ámbito literario no ha dejado género por abarcar: poesía, cuento, novela, ensayo, textos por los que ha obtenido reconocimientos y premios como el prestigioso Booker; más allá de que su nombre se viene anunciando en los últimos años en las posiciones de partida para la obtención del Nobel de literatura. Además, de ser premiada hasta en dieciocho oportunidades con el título Honoris Causa por distintas casas de estudios de todo el mundo.

Desde hace décadas da una parte importante de su tiempo para volcarse en la enseñanza en distintas casas de estudio. Centros como la Universidad de Nueva York, la Universidad George William de Montreal, o la Universidad de la Columbia Británica canadiense.

Mujer de férreas convicciones personales se considera a sí misma como una escritora feminista que se ha involucrado en distintas causas por los derechos humanos, a punto que en momento alguno ha dudado en dirigirse a los dirigentes mundiales de para pedirles una reflexión en temas cruciales, en particular del por momentos convulso continente americano. Como lo hizo con la vicepresidenta Gabriela Michetti de la Argentina en las circunstancias que se debatía en las cámaras el Congreso la crucial ley del aborto.

El pasaje a continuación pertenece al relato breve Momentos significativos de la vida de mi madre, incluido en su colección Un día es un día; relatos en los que explora las actitudes de distintas mujeres a lo largo de sus etapas vitales en la infancia, la madurez y la vejez:

“Hay ciertas historias que mi madre no relata en presencia de hombres: nunca a la hora de cenar, nunca en las fiestas. Solo las cuenta a mujeres, por lo común en la cocina, cuando ellas o nosotras estamos ayudando a guisar o a pelar guisantes, cortando las puntas de las judías o despinochando mazorcas de maíz. Las cuenta en voz baja, sin gesticular y sin acompañamiento de efectos sonoros. Son historias de traiciones amorosas, embarazos no deseados, enfermedades espantosas, infidelidades matrimoniales, crisis nerviosas, trágicos suicidios, agonías atrozmente prolongadas. No abundan en detalles ni se adornan con incidentes: son austeras y concisas. Las mujeres, que mueven las manos entre los platos sucios o los restos de verduras, asienten con solemnidad.

   Algunas de estas historias -se da por entendido- no deben llegar a oídos de mi padre, porque le disgustarían. Es bien sabido que las mujeres se las arreglan mejor que los hombres con esta clase de temas. A los hombres es mejor no contarles nada que consideren demasiado doloroso; las profundidades secretas de la naturaleza humana, ciertos sórdidos aspectos físicos, podrían trastornarlos o hacerles daño. Por ejemplo, a menudo los hombres se desmayan al ver su propia sangre, a lo que no están acostumbrados. Por esta razón nunca has de ponerte detrás de un hombre en la cola para donar sangre a la Cruz Roja. Por algún misterioso motivo, los hombres encuentran la vida más difícil que las mujeres. (Mi madre así lo cree, pese a los cuerpos femeninos apresados, enfermos, desaparecidos o abandonados que pueblan sus historias). Se debe permitir a los hombres en su patio de recreo favorito, tan alegremente como puedan, sin molestarles; de lo contrario, se ponen de mal humor y no cenan. Hay muchas cosas que los hombres no están preparados para comprender, de modo que no tiene sentido esperar que las comprendan. No todo el mundo comparte este parecer acerca de los hombres; no obstante, tiene su utilidad.

   <Ella arrancó todos los arbustos que rodeaban la casa -dice mi madre. Está contando la historia de un matrimonio destrozado: un asunto muy serio. Mi madre abre los ojos de par en par. Las demás mujeres se inclinan hacia delante-. Lo único que le dejó a él fueron las cortinas de la ducha>, añade. Hay un suspiro colectivo, una exhalación de aliento contenido. Mi padre entra en la cocina y pregunta cuándo estará preparado el té, las mujeres cierran filas y vuelven hacia él sus rostros sonrientes, engañosamente inexpresivos. Al poco, mi madre sale de la cocina con la tetera, que deposita en la mesa en el sitio de siempre.

   <Recuerdo la vez que estuvimos a punto de morir>, dice mi madre. Muchas de sus historias empiezan así. Cuando está de determinado humor, da a entender que solo una serie de coincidencias asombrosas y golpes de suerte nos han permitido conservar la vida; de lo contrario, la familia entera, de uno en uno o todos juntos, estaría tiesa como un palo. Estas historias, además de hacernos secretar adrenalina, sirven para reforzar nuestro sentimiento de gratitud. Está aquella vez en que, navegando en canoa, entre la niebla, estuvimos apunto de precipitarnos por una catarata; la vez en que casi quedamos atrapados en un incendio forestal; la vez en que mi padre casi perece aplastado, ante los ojos de mi madre, por una parhilera que estaba colocando; la vez en que a mi hermano casi lo fulmina un rayo, que cayó tan cerca de él que lo tiró al suelo. <Lo oímos chisporrotear>, dice mi madre.

   Esta es la historia del carro de heno: <Tu madre conducía -dice mi madre- a la velocidad acostumbrada. -Todos interpretamos demasiado rápido-. Los niños ibais en la parte de atrás.> Recuerdo aquel día, la edad que tenía yo, la edad que tenía mi hermano. Éramos lo bastante mayores para que nos pareciera divertido irritar a mi padre cantando canciones populares que no le gustaban, como <Mockingbird Hill>; o bien imitábamos el sonido de la gaita tapándonos la nariz y canturreando al tiempo que nos golpeábamos la nuez de Adán con el canto de la otra mano. Cuando nos poníamos muy pesados mi padre decía: <Cerrad el pico>. No éramos aún lo bastante mayores para saber que su enfado podía ser auténtico; pensábamos que formaba parte del juego.

   <Bajábamos por la colina empinada -prosigue mi madre-, cuando vemos que un carro de heno se atraviesa en la carretera. Vuestro padre frenó, perro no ocurrió nada. ¡Los frenos no funcionaban! Pensé que había llegado nuestra hora.> Por suerte el carro prosiguió su camino y pasamos rozándolo. <Yo tenía el corazón en la garganta>, dice mi madre.

   Hasta pasado un tiempo no me enteré de lo que había sucedido. Yo estaba en el asiento de atrás, imitando el sonido de la gaita, abstraída. El paisaje era el habitual de los viajes en coche: las nucas de mis padres por encima de los respaldos de los asientos delanteros. Mi padre llevaba el sombrero puesto, el que utilizaba para impedir que las cosas que caían de los árboles se le enredaran en el pelo. La mano de mi madre estaba posada plácidamente sobre su cuello…”      

Rulfo, México y su gente

El escritor azteca, hombre de pocas palabras en la vida real y poco amante de las entrevistas, admitía que en su Jalisco natal la característica de la gente de campo era queda y que más bien hablaban para sus adentros. Que incluso en el seno de su propia familia las expresiones mayoritarias abundaban en poco más que monosílabos. Aun así, sus lectores afirman que su literatura, la misma que en más de una oportunidad le llevó a ser candidato al premio Nóbel, aunque por momentos descarnada, describe como pocas la dura vida del labriego. Acostumbrado a que otros decidan por él y por su destino. En su voz, este pasaje de uno de sus relatos más apreciados: