Libros que son alimento mental

(Pixabay)

Recuerdo que años atrás, en una Feria Internacional del Libro llevada a cabo en Guadalajara, le preguntaron al político y ex presidente de México, Enrique Peña Nieto, cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Y más que tres libros que marcaron su vida, lo que lo marcó de por vida fue la respuesta que dio, pues no supo decir con precisión ninguno. Ya vemos, los libros siempre marcan.

El mundo del libro es de una profundidad difícil de igualar. Al ser obra del espíritu, habla sobre el espíritu y lo refleja. Un libro, de algún modo, es parte de un espíritu atrapado en el tiempo. De ahí la importancia que reviste su contenido, pues según como sea éste último, continuará haciendo bien o mal, en tanto y en cuanto aún existan las hojas que lo sostienen y permiten sea conocido.

Lo vertiginoso de los tiempos que nos tocan vivir, esa velocidad de vida casi asfixiante que imponen las ciudades, trae también aparejado que la visita al libro sea cosa muy rara o directamente nula. El alimento mental llamado lectura debería ser algo diario. Tal alimento, haciéndose hábito, calibra la mente para diálogos cada vez más constructivos e interesantes.

Lo de «diario» puede significar no solo la cotidianidad con la que se lee, sino a su vez el tomar a esa lectura como una suerte de matutino que bien puede compartirse, diferenciándose eso de la lectura de los periódicos comunes o revistas, en que el contenido de estos últimos suele ser pasajero, superficial y meramente informativo, en cambio el de aquél conlleva perdurabilidad, profundidad y es formativo. Como se ve, el recurso es de suma utilidad, a lo que agrego, aunque a alguno le parezca perogrullo, que siempre la lectura es una buena aliada en esos momentos en que parece no haber tema de conversación.

El libro es como un cofre. Puede que contenga en su interior una gran riqueza espiritual. Una vez poseída no se pierde ni está sujeta a robos; se disfruta sin que sufra desgastes, y si se la comparte enriquece a otro sin que uno mismo pierda la riqueza poseída. Solo los tesoros espirituales son verdaderamente invaluables.

<Texto de Tomás I. González Pondal, publicado en el diario La Prensa de Argentina>

De criadas y algo más, Margaret Atwood

Su nombre y su trayectoria como autora tienen la solvencia suficiente como para ganarse el respeto de miles de lectores. Qué duda cabe que en los últimos tiempos ha colaborado mucho en su proyección su ficción El cuento de la criada, con la que ha alcanzado una popularidad a nivel global impensada hasta para la propia escritora.

Nacida en la capital canadiense (Ottawa, 1939), comenzó con pequeños escritos su andadura como autora a la precoz edad de 16 años. Luego completó su formación en instituciones como la Universidad Victoria de Toronto y, más tarde, en la renombrada universidad estadounidense de Harvard.

Su extenso hacer dentro del ámbito literario no ha dejado género por abarcar: poesía, cuento, novela, ensayo, textos por los que ha obtenido reconocimientos y premios como el prestigioso Booker; más allá de que su nombre se viene anunciando en los últimos años en las posiciones de partida para la obtención del Nobel de literatura. Además, de ser premiada hasta en dieciocho oportunidades con el título Honoris Causa por distintas casas de estudios de todo el mundo.

Desde hace décadas da una parte importante de su tiempo para volcarse en la enseñanza en distintas casas de estudio. Centros como la Universidad de Nueva York, la Universidad George William de Montreal, o la Universidad de la Columbia Británica canadiense.

Mujer de férreas convicciones personales se considera a sí misma como una escritora feminista que se ha involucrado en distintas causas por los derechos humanos, a punto que en momento alguno ha dudado en dirigirse a los dirigentes mundiales de para pedirles una reflexión en temas cruciales, en particular del por momentos convulso continente americano. Como lo hizo con la vicepresidenta Gabriela Michetti de la Argentina en las circunstancias que se debatía en las cámaras el Congreso la crucial ley del aborto.

El pasaje a continuación pertenece al relato breve Momentos significativos de la vida de mi madre, incluido en su colección Un día es un día; relatos en los que explora las actitudes de distintas mujeres a lo largo de sus etapas vitales en la infancia, la madurez y la vejez:

“Hay ciertas historias que mi madre no relata en presencia de hombres: nunca a la hora de cenar, nunca en las fiestas. Solo las cuenta a mujeres, por lo común en la cocina, cuando ellas o nosotras estamos ayudando a guisar o a pelar guisantes, cortando las puntas de las judías o despinochando mazorcas de maíz. Las cuenta en voz baja, sin gesticular y sin acompañamiento de efectos sonoros. Son historias de traiciones amorosas, embarazos no deseados, enfermedades espantosas, infidelidades matrimoniales, crisis nerviosas, trágicos suicidios, agonías atrozmente prolongadas. No abundan en detalles ni se adornan con incidentes: son austeras y concisas. Las mujeres, que mueven las manos entre los platos sucios o los restos de verduras, asienten con solemnidad.

   Algunas de estas historias -se da por entendido- no deben llegar a oídos de mi padre, porque le disgustarían. Es bien sabido que las mujeres se las arreglan mejor que los hombres con esta clase de temas. A los hombres es mejor no contarles nada que consideren demasiado doloroso; las profundidades secretas de la naturaleza humana, ciertos sórdidos aspectos físicos, podrían trastornarlos o hacerles daño. Por ejemplo, a menudo los hombres se desmayan al ver su propia sangre, a lo que no están acostumbrados. Por esta razón nunca has de ponerte detrás de un hombre en la cola para donar sangre a la Cruz Roja. Por algún misterioso motivo, los hombres encuentran la vida más difícil que las mujeres. (Mi madre así lo cree, pese a los cuerpos femeninos apresados, enfermos, desaparecidos o abandonados que pueblan sus historias). Se debe permitir a los hombres en su patio de recreo favorito, tan alegremente como puedan, sin molestarles; de lo contrario, se ponen de mal humor y no cenan. Hay muchas cosas que los hombres no están preparados para comprender, de modo que no tiene sentido esperar que las comprendan. No todo el mundo comparte este parecer acerca de los hombres; no obstante, tiene su utilidad.

   <Ella arrancó todos los arbustos que rodeaban la casa -dice mi madre. Está contando la historia de un matrimonio destrozado: un asunto muy serio. Mi madre abre los ojos de par en par. Las demás mujeres se inclinan hacia delante-. Lo único que le dejó a él fueron las cortinas de la ducha>, añade. Hay un suspiro colectivo, una exhalación de aliento contenido. Mi padre entra en la cocina y pregunta cuándo estará preparado el té, las mujeres cierran filas y vuelven hacia él sus rostros sonrientes, engañosamente inexpresivos. Al poco, mi madre sale de la cocina con la tetera, que deposita en la mesa en el sitio de siempre.

   <Recuerdo la vez que estuvimos a punto de morir>, dice mi madre. Muchas de sus historias empiezan así. Cuando está de determinado humor, da a entender que solo una serie de coincidencias asombrosas y golpes de suerte nos han permitido conservar la vida; de lo contrario, la familia entera, de uno en uno o todos juntos, estaría tiesa como un palo. Estas historias, además de hacernos secretar adrenalina, sirven para reforzar nuestro sentimiento de gratitud. Está aquella vez en que, navegando en canoa, entre la niebla, estuvimos apunto de precipitarnos por una catarata; la vez en que casi quedamos atrapados en un incendio forestal; la vez en que mi padre casi perece aplastado, ante los ojos de mi madre, por una parhilera que estaba colocando; la vez en que a mi hermano casi lo fulmina un rayo, que cayó tan cerca de él que lo tiró al suelo. <Lo oímos chisporrotear>, dice mi madre.

   Esta es la historia del carro de heno: <Tu madre conducía -dice mi madre- a la velocidad acostumbrada. -Todos interpretamos demasiado rápido-. Los niños ibais en la parte de atrás.> Recuerdo aquel día, la edad que tenía yo, la edad que tenía mi hermano. Éramos lo bastante mayores para que nos pareciera divertido irritar a mi padre cantando canciones populares que no le gustaban, como <Mockingbird Hill>; o bien imitábamos el sonido de la gaita tapándonos la nariz y canturreando al tiempo que nos golpeábamos la nuez de Adán con el canto de la otra mano. Cuando nos poníamos muy pesados mi padre decía: <Cerrad el pico>. No éramos aún lo bastante mayores para saber que su enfado podía ser auténtico; pensábamos que formaba parte del juego.

   <Bajábamos por la colina empinada -prosigue mi madre-, cuando vemos que un carro de heno se atraviesa en la carretera. Vuestro padre frenó, perro no ocurrió nada. ¡Los frenos no funcionaban! Pensé que había llegado nuestra hora.> Por suerte el carro prosiguió su camino y pasamos rozándolo. <Yo tenía el corazón en la garganta>, dice mi madre.

   Hasta pasado un tiempo no me enteré de lo que había sucedido. Yo estaba en el asiento de atrás, imitando el sonido de la gaita, abstraída. El paisaje era el habitual de los viajes en coche: las nucas de mis padres por encima de los respaldos de los asientos delanteros. Mi padre llevaba el sombrero puesto, el que utilizaba para impedir que las cosas que caían de los árboles se le enredaran en el pelo. La mano de mi madre estaba posada plácidamente sobre su cuello…”      

Rulfo, México y su gente

El escritor azteca, hombre de pocas palabras en la vida real y poco amante de las entrevistas, admitía que en su Jalisco natal la característica de la gente de campo era queda y que más bien hablaban para sus adentros. Que incluso en el seno de su propia familia las expresiones mayoritarias abundaban en poco más que monosílabos. Aun así, sus lectores afirman que su literatura, la misma que en más de una oportunidad le llevó a ser candidato al premio Nóbel, aunque por momentos descarnada, describe como pocas la dura vida del labriego. Acostumbrado a que otros decidan por él y por su destino. En su voz, este pasaje de uno de sus relatos más apreciados:

La palabra inventa a quien la escribe

El libro ofrece sus páginas para ser recorridas en pura pérdida y el lector va al encuentro de la palabra como el amante que honra al amor

(Fotografía: Evelyn Chong)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor Fernando Albán Rodas; fue publicado en el diario El Comercio de Ecuador.>

Más allá de un junco, Irene Vallejo

Sabia elección de temas, seria investigación y capacidad literaria son los elementos que, equilibradamente distribuidos, hacen de este un texto atrapante y ameno

(La Biblioteca – Cátedra Historia y Patrimonio Naval)

Con una formación escolástica en filología clásica, la escritora aragonesa (Zaragoza, 1979) alcanza su trascendencia literaria a través de la interpretación de hechos históricos. Aunque mucho antes de ello ya había transitado los caminos de la ficción de la mano de la literatura infantil, con títulos como La leyenda de las mareas mansas o El inventor de viajes, y también con novelas para adultos: La luz sepultada y El silbido del arquero. Además de hacer frecuentes incursiones en el periodismo con artículos en los diarios el Heraldo de Aragón o El País, donde como no, es el mundo antiguo el que acapara la mayoría de sus textos.

Aunque alcanza la trascendencia al gran público lector a través de El infinito en un junco, texto por el que se hace merecedora de varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Ensayo. En él y desde el mismo origen de los tiempos relata las primeras inscripciones del hombre antiguo en tablas de arcilla, hasta dar el gran salto con el lienzo obtenido del cáñamo ya como soporte donde asentar el conocimiento, luego serán ya los primeros pergaminos hasta llegar al libro en un formato cercano al actual.

Con un mecanismo de redacción sencillo pero a la vez efectivo, la autora en su hacer llega a exceder la mera crónica del hecho histórico en sí. A veces mediante un análisis en otras con una introspección que nos acerca al suceso hasta alcanzar nuestra realidad, para jugar con cierto subtexto como si de una ficción se tratase. Porque en su profunda convicción “toda biblioteca es un viaje; y todo libro un pasaporte sin caducidad”.    

Así, a caballo de un estilo entretenido, va desgranando aquellos descubrimientos que hicieron posible la persistencia de la sabiduría oral. Siempre con la constante que pareciera es el concepto esencial que da sentido a todo su trabajo: la pasión del que acopia el saber en textos se equipara a la avidez de quien aprende con los viajes de descubrimiento. Es decir, aquel que alcanza a conocer la historia, tiene en sus manos la capacidad de poder construir el futuro.

De El infinito en un junco el siguiente capítulo sobre la Alejandría helénica, aunque también la árabe y la judía, pero bajo pabellón egipcio. Para componer en un mismo fresco una amalgama que une historia, literatura y a aquellos personajes que la supieron transitar, amar y disfrutar, a la que por su pujanza fuera considerada como un verdadero faro en el Mediterráneo:

“La leyenda de Alejandría no dejó de crecer. Dos siglos después de que se escribiera el diálogo de Gílide y la chica tentada, Alejandría fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio.

   Roma, que para ese entonces se había convertido en el centro del mayor imperio mediterráneo, era todavía un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas cuando Marco Antonio desembarcó por primera vez en Alejandría. De pronto, se vio transportado a una ciudad embriagadora cuyos palacios, templos, amplias avenidas y monumentos irradiaban grandeza. Los romanos se sentían seguros de su poder militar y dueños del futuro, pero no podían competir con la seducción de un pasado dorado y del lujo decadente. Con una mezcla de excitación, orgullo y cálculos tácticos, el poderoso general y la última reina de Egipto construyeron una alianza política y sexual que escandalizó a los romanos tradicionales. Para mayor provocación, se decía que Marco Antonio iba a trasladar la capital del imperio de Roma a Alejandría. Si la pareja hubiera ganado la guerra por el control del Imperio romano, hoy tal vez los turistas acudiríamos en manadas a Egipto para fotografiarnos en la Ciudad Eterna, con su Coliseo y sus foros.

   Al igual que su ciudad, Cleopatra encarna esa peculiar fusión de cultura y sensualidad alejandrina. Dice Plutarco que en realidad Cleopatra no era una gran belleza. La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba atractivo, inteligencia y labia. El timbre de su voz poseía tal dulzura que dejaba clavado un aguijón en todo aquel que la escuchara. Y su lengua, continúa el historiador, se acomodaba al idioma que quisiese como un instrumento musical de muchas cuerdas. Era capaz de hablar sin intérpretes con  etíopes, hebreos, árabes, sirios, medios y partos. Astuta, bien informada, ganó varios asaltos en el combate por el poder dentro y fuera del país, aunque perdió la batalla decisiva. Su problema es que solo han hablado de ella desde el bando enemigo.

   También en esta historia tempestuosa juegan un papel importante los libros. Cuando Marco Antonio se creía a punto de gobernar el mundo, quiso deslumbrar a Cleopatra con un gran regalo. Sabía que el oro, las joyas o los banquetes no conseguirían encender una luz de asombro en los ojos de su amante, porque se había acostumbrado a derrocharlos a diario. Cierta vez, durante una madrugada alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un regalo que Cleopatra no podía desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones.

   Dos escritores muertos durante el siglo XX se han convertido en nuestros guías por los entresijos de la ciudad, añadiendo capas de pátina al mito de Alejandría. Constantino Cavafis era un oscuro funcionario de origen griego que trabajó, sin ascender nunca, para la administración británica de Egipto, en la sección de Riesgos del Ministerio de Obras Públicas. Por las noches se sumergía en un mundo de placeres, gentes cosmopolitas y mala vida internacional. Conocía como la palma de su mano el dédalo de burdeles alejandrinos, único refugio para la homosexualidad <prohibida y severamente despreciada por todos>, como él mismo escribió. Cavafis era un lector apasionado de los clásicos y poeta casi en secreto.

En sus poemas hoy más conocidos reviven los personajes reales y ficticios que Ítaca, Troya, Atenas o Bizancio. En apariencia más personales, otros poemas escarban, entre la ironía y el desgarro, en su propia experiencia de madurez: la nostalgia de su juventud, el aprendizaje del placer o la angustia por el paso del tiempo. La diferenciación temática es en realidad artificial. El pasado leído e imaginado emocionaba a Cavafis tanto como sus recuerdos. Cuando merodeaba por Alejandría, veía la ciudad ausente latir bajo la ciudad real. Aunque la Gran Biblioteca había desaparecido, sus ecos, susurros y bisbiseos seguía vibrando en la atmósfera. Para Cavafis, aquella gran comunidad de fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y atormentados, los vivos. 

   Los personajes de ‘”El cuarteto de Alejandría`, Justine, Darley y sobre todo Balthazar, que dice haberlo conocido, recuerdan constantemente a Cavafis, <el viejo poeta de la ciudad>. A su vez, las cuatro novelas de Lawrence Durrell, uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su país, amplían la resonancia erótica y literaria del mito alejandrino. Durrell conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Egipto estaba ocupado por tropas británicas y era un nido de espionaje, conspiraciones y, como siempre, placeres. Nadie ha descrito con más precisión los colores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis, que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la prisión…”

«Los papanatas no entienden que escribir una novela consiste en escribir las palabras más emocionantes para provocar la mayor emoción posible; tampoco entienden que una cosa es el sentimiento y otra el sentimentalismo, y que el sentimentalismo es el fracaso del sentimiento»

Lienzo: Figura de mujer leyendo de Pierre Auguste Renoir

Texto: Javier Cercas, de su novela La velocidad de la luz

Latinoamérica oscura: los terrores cotidianos impregnan la novela

Mónica Ojeda, Alicia Mares, María Fernanda Ampuero, Lola Ancira y Laura Baeza, solo algunos nombres clave de una ficción neogótica que ha dado la vuelta al género

“Soy una escritora de cuentos breves, así que también voy a ser breve en lo que diga”. Con estas palabras y ante el público de Nueva York, la escritora argentina Samantha Schweblin agradecía haber sido una de las ganadoras del National Book Award, uno de los premios literarios más prestigiosos de Estados Unidos. Un galardón que comparte en la categoría de literatura traducida con Megan McDowell, quien ha sido la encargada de trasladar al inglés la colección de cuentos Siete casas vacías, publicada en España por la editorial Páginas de Espuma.  

Es el tercer premio con el que la autora se alzaba n el año, convirtiéndose además en la primera autora argentina en ganar el National Book Award desde que Julio Cortázar lo hiciera con Rayuela en 1967. Pero Schweblin no fue la única autora latinoamericana nominada: en la misma categoría quedó finalista la ecuatoriana Mónica Ojeda con la novela Mandíbula. Aunque el estilo de Schweblin y Ojeda difiera, Siete casas Mandíbula tienen mucho en común; ambas son obras que crean atmósferas insólitas donde el terror coquetea con lo sobrenatural, pero también forma parte de la cotidianidad inquietante y violenta de sus personajes.

El miedo es geográfico

Mónica Ojeda — Escritora

Schweblin y Ojeda son dos nombres más conocidos dentro de una serie de autoras latinoamericanas que trabajan lo que Alejandra Amatto, investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y coordinadora del Seminario de Literatura Fantástica en la misma institución, denomina como literaturas de irrealidad o de lo insólito. Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, María Fernanda Ampuero, Giovanna Rivero, Cecilia Eudave o Fernanda Trías son también nombres imprescindibles a la hora de pensar en autoras de América Latina que conjugan éxito entre crítica y público, y cuyos intereses comprenden “el terror, lo fantástico y la ficción especulativa”.

El verdadero terror cotidiano

“Desde 2016 ha aumentado el interés no solo del público lector, sino también de las editoriales por publicar y difundir las obras de varias escritoras latinoamericanas”, explica Alejandra Amatto. Para la académica, “en las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido una reformulación de los géneros de irrealidad que ponen sobre la mesa cuáles son los verdaderos terrores cotidianos de nuestra experiencia como mujeres latinoamericanas”. 

No se trata de reducir a autoras de diferentes latitudes y particularidades a una sola generación o a un fenómeno editorial, pero Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) coincide con Amatto y otras autoras entrevistadas por elDiario.es en cuanto a una mayor recepción de la literatura “que trabaja con el miedo” en los últimos años. “Yo creo que tiene que ver con que estamos en un mundo cada vez más temible y lo estamos pensando desde nuevos lugares, como el terror racial o el miedo a través de la violencia de género”, afirma por teléfono. Para Ojeda, la particularidad de las autoras latinoamericanas pasa por pensar el miedo a través de la geografía; como nuestra geografía siempre ha sido vista desde el norte global como un lugar periférico y marginal, estamos aportando algo nuevo a lectores que antes no se habían acercado a esto. ”El miedo es geográfico, histórico y social, por eso en cada sitio la escritura del miedo da como resultado una filosofía del miedo distinta“, recalca.

En las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido una reformulación de los géneros de irrealidad que ponen sobre la mesa cuáles son los verdaderos terrores cotidianos de nuestra experiencia como mujeres latinoamericanas

Alejandra Amatto — Investigadora en la UNAM

Ese componente geográfico del miedo toma forma precisamente en los diferentes intereses temáticos: Enríquez escribe sobre terrorismos de Estado asociados a las dictaduras del Cono Sur, Colanzi trata el extractivismo y los desplazamientos territoriales que sufren muchos grupos indígenas en países como Bolivia, y creadoras como Ojeda o Ampuero se vuelcan hacia violencias patriarcales en un contexto más íntimo y familiar, pero también ligado a la realidad de Ecuador. “No es solo una perspectiva temática, también estructural, que puede ser vista desde el contexto del género y de la geografía latinoamericana pero que también conecta con lo universal: autoras como Enríquez han sido traducidas a más de 50 lenguas”, opina Amatto.

Ojeda también señala que muchas de sus contemporáneas “trabajan con el miedo y el terror pero no necesariamente desde el género”. Con esta afirmación coincide Amatto, para quien un rasgo común de las autoras latinoamericanas vinculadas a las literaturas de irrealidad es el conocimiento de los mecanismos del terror sin la necesidad de acatar parámetros clásicos del género, además de la influencia de tradiciones estéticas nacionales o regionales —la literatura fantástica argentina, el gótico andino o la literatura ‘rara’ de Uruguay—  entendidas desde la imbricación temática y estilística.

“Estas autoras no trabajan desde la pureza de los géneros, y desde la crítica siempre es complejo no homogeneizar; por ejemplo, en el caso de Mariana Enríquez podemos pensar en textos fantástico-terroríficos, o en el caso de Lilianza Colanzi se mezclan elementos andinos con ciencia ficcionales”, puntualiza la investigadora de la UNAM.

Hermanadas en las geneaologías y las búsquedas

Elena Garro, Amparo Dávila, Inés Arredondo, Armonía Sommers y Silvina Ocampo son algunas de las autoras latinoamericanas que en el siglo XX trataron el terror, lo fantástico o lo especulativo y que ahora están siendo reivindicadas por nuevas generaciones de escritoras y académicas. “La literatura de género ha sido difícil de catalogar desde sus inicios y ha sido considerada como menor por supuestamente evadir los temas sociales imperantes y los códigos cuando en realidad los interpela desde distintos ángulos, percepciones”, cuenta Lola Ancira (Querétaro, 1987), una de las autoras que despunta en el panorama latinoamericano con obras como Despojos o El vals de los monstruos. “Celebro mucho todo lo que está ocurriendo en torno a la literatura de género escrita por mujeres, pues durante décadas no fue reconocida ni tomada en cuenta”.

La mexicana Laura Baeza (1988, Campeche), que utiliza Ciudad de México como escenario fantasmagórico en su libro de relatos Una grieta en la noche, cree que el éxito de las autoras latinoamericanas relacionadas con las literaturas de irrealidad “va más allá de una reparación histórica o de un fenómeno editorial, tiene que ver con la calidad; además, celebro que muchas publiquen en editoriales independientes”. “También nos une la migración”, apunta. “Todavía no hay una denominación para quienes escribimos desde Centroamérica hasta la frontera de Estados Unidos, también nos corresponde hablar de Guatemala, de Belice, de la frontera vista desde la distorsión del terror”.

Laura Baeza — Escritora

“Heredamos una literatura latinoamericana donde el género fantástico fue muy importante y crecimos en una época donde hubo una democratización del cine y la cultura pop ligada a contar historias de terror”, explica María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), quien en las antologías de relatos Pelea de gallos y Sacrificios humanos aborda la violencia en el seno familiar o los feminicidios con un estilo que puede ser tan gore como poético. “El terror es un mecanismo que he estudiado desde pequeña, desde tiempos inmemoriales hay una preocupación social que no tiene que ver con posesiones satánicas, sino con lo que nos pasa en la vida real, yo uso esa maquinaria que conozco bien para hablar de nuestros tiempos”.

Según Ojeda, no se trata de utilizar la escritura para hablar de temas sociales porque “para mí, la literatura no es un instrumento, es mi propio fin”, lo que no implica que tanto ella como otras autoras cierren los ojos ante realidades ligadas a América Latina como los feminicidios, las desapariciones y otras violencias que afectan específicamente a las mujeres. “Siento que tengo mucho en común con autoras que trabajan el miedo, la violencia y el daño desde lo tangible. No sé si se puede hablar de una generación, pero sí encuentro nexos de intereses, aunque lo que más me interesa encontrar son las divergencias, lo particular de cada mirada dentro de una colectividad”, opina Ojeda. “Me parece problemático que se invisibilicen los rasgos de ciertas autoras para hacerlas encajar en un marco de discusión”. 

Estamos preocupadas, nos parece aterrador la violencia contra las mujeres y las niñas, contra el ecosistema, contra las comunidades indígenas que luchan contra las grandes empresas, y obviamente eso aparece en la literatura

María Fernanda Ampuero — Escritora

Baeza, en cambio, dice sentirse parte de “una generación que se nutre de otras generaciones”. Antes había publicado la novela Niebla ardiente, una historia con la crisis de los feminicidios en México como punto de partida, pero la antología Una grieta en la noche es su primera obra asociada al terror. En un país donde cada día son asesinadas 10 mujeres, Baeza continúa escribiendo “sobre feminicidios porque es con lo que me despierto cada día, pero necesitaba hacerlo desde una distorsión de la realidad, y esa es la total libertad que me da la literatura de género y el cuento, que para mí es un laboratorio inagotable”. 

“Yo siento cercanía con muchas otras autoras latinoamericanas en las búsquedas, pero no en el resultado de la obra, cada una de nosotras tiene un camino, desde las más realistas hasta las que crean una cosmogonía”, asevera María Fernanda Ampuero. Más allá de lo estrictamente literario, se siente hermanada con otras autoras latinoamericanas en la denuncia: “Estamos preocupadas, lo que nos parece aterrador es la violencia contra las mujeres y las niñas, contra el ecosistema, contra las comunidades indígenas que luchan contra las grandes empresas, y obviamente eso aparece en la literatura”. 

Autoras a hombros de otras autoras

Si bien hay una serie de escritoras nacidas en los 60, 70 y principios de los 80 totalmente consolidadas entre crítica y público, otras se están abriendo paso mirando precisamente hacia las primeras. Las mexicanas Alicia Mares (1996) y Andrea Chapela (1990) acaban de publicar en España sus antologías de relatos Cocodrilario (Horror Vacui) y Ansibles, perfiladores y máquinas de ingenio (Almadía); Mares trabaja un horror corporal y salvaje que conecta directamente con estilos como el de Ojeda, mientras que Chapela presenta una Ciudad de México apocalíptica e hipertecnológica en varios de sus cuentos. 

Alicia Mares — Escritora

“Aunque mis relatos se localicen en Tlaxcala, Tijuana o Veracruz, yo creo un terror que ocurre en lo íntimo, en las cuatro paredes de una casa, en una comunidad”, cuenta Mares, citando entre sus grandes referentes el libro de relatos Las voladoras, de Mónica Ojeda, y a otras escritoras de la región andina como Giovanna Rivero. Mares es parte de una generación que ha conocido a muchos de sus referentes literarios a través de las redes sociales, algo que para Amatto también es clave a la hora de entender el éxito de autoras que dialogan con sus seguidores y comparten referencias “en tiempo real”, una forma de difundir la literatura más allá de círculos académicos o especializados.

Lola Ancira añade nombres como Viridiana Carrillo, Magdalena López y Yesenia Cabrera, “cada una abordando la literatura de género desde perspectivas y estilos muy propios”. “La conexión que siento más sólida con otras escritoras de mi generación es en cuanto a lo ominoso y lo corpóreo: de alguna u otra forma, lo corporal femenino se toca en nuestras obras”, opina. “También la cuestión de las maternidades disidentes. Temas que hasta hace poco se consideraban íntimos e insignificantes, cuando en realidad es lo íntimo lo que transforma a lo público”.

Mónica Ojeda — Escritora

Es un hecho: el canon se amplía para dar cabida a otros relatos, latitudes y preocupaciones. Puede que Schweblin quisiera ser breve en su discurso de agradecimiento, pero tanto a ella como a muchas otras autoras latinoamericanas les queda un largo recorrido. “Lo importante es que nos leemos entre nosotras, yo aprendo de las que estuvieron, de las que están, y de las que apenas están llegando”, afirma Laura Baeza. La literatura especulativa y de terror, dice Ojeda, no solo es valiosa por “leer muy bien su tiempo, sino por anticipar el futuro”. “Lo interesante para Latinoamérica en relación con estos géneros es cómo muchas autoras se alejan de los cánones del Norte global y miran hacia dentro, hacia lo que los rodea: separarse de los cánones escritos por hombres y por gente blanca, comenzar a pensar en cómo funciona el propio territorio, la ficción especulativa en un lugar diferente, eso es lo verdaderamente interesante”, concluye.

<El artículo pertenece a Clara Giménez Lorenzo, y fue publicado en elDiario.es>

(Crédito: Matheus Bertelli)

«Estamos más hiperconectados que nunca en redes con cientos de desconocidos, y por WhatsApp con decenas de apenas conocidos… Aunque, conectados no quiere decir comunicados» ( Amanda Rodríguez Urrutia )