Cristina Peri Rossi, los insondables caminos del deseo

De larga vivencia fuera de su país de origen, la escritora uruguaya (Montevideo, 1941), lleva desde el comienzo de los años setenta residiendo como una vecina más en la mediterránea ciudad de Barcelona. Su caso fue uno de tantos de una larga lista de migración obligatoria en la que se vieron envueltos muchos latinoamericanos; quienes tuvieron que salir por piernas para poner a salvo sus vidas en momentos en que la mayoría de sus países cayeron bajo las botas de las dictaduras militares genocidas.

Los más de ellos eligieron países europeos como nueva residencia, para lo que pensaron sería una estancia pasajera. Y si bien en el caso español el gobierno vivía los últimos estertores de la dictadura franquista, el exilio de la rioplatense terminó extendiéndose mucho más allá en el tiempo, tanto que su lugar de adopción se convirtió en el de estancia permanente, para luego terminar adoptando ya la nacionalidad española.

Fruto de todo ello y como no podía acontecer de otra manera, el desarraigo conforma una parte importante de su obra literaria. Aunque mucho antes de esto, la autora ya se había dado a conocer en su país con sendos compendios de relatos cortos: Viviendo y Museos abandonados, que en su momento fueron elogiados por la crítica así como por otros autores como el coterráneo Mario Benedetti. Con el exilio a cuestas comenzó colaborando con medios escritos de la península, con sus textos publicados en diarios como El País de España o El Periódico de Catalunya.  

Una vez concluida la dictadura en el Uruguay, la escritora se planteó el retorno hacia las que fueron sus raíces, pero finalmente y por el tiempo transcurrido decidió no sufrir más nostalgias, en este caso, con la que era su ciudad de adopción. Donde fuere y más aún en su madurez su obra no se detenía, impulsada por los temas que siempre la motivaron: el exilio, los intelectuales, las fantasías y la  identidad sexual, y también las variables del deseo, conceptos que canalizó a través de sus antologías de poesía con obras como Estado del exilio o Estrategia del deseo; novelas como La nave de los locos, Solitario de amor, La insumisa; y relatos como La nave del dinosaurio, El museo de los esfuerzos inútiles, y su última colección conocida, Desastres íntimos.

Su estilo oscila con variaciones cargadas de ironía, en otras con una inusitada intensidad en el momento de atacar el texto, mientras coquetea con el tratamiento de lo absurdo. Elementos que conjugados atrajeron la atención del público y de colegas como Julio Cortázar, con quien compartió amistad, lecturas y afecto, proximidad que hasta les llevó a hacerse sendas ofrendas literarias, ella con Julio Cortázar y Cris, mientras que el argentino compuso Quince poemas de amor a Cris.

Su extenso trabajo fue distinguido en innumerables ocasiones, con el Premio Ciudad de Barcelona, la Beca Guggenheim, el Premio Internacional de Poesía Rafael Alberti, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso y el Premio Cervantes de Literatura.

Aquí una pequeña muestra de su hacer literario, de la recopilación Desastres íntimos, un pasaje de su relato Entrevista con el ángel:

«Conocí al ángel en un bar de homosexuales del centro. El bar se llamaba Wilde’s y en las paredes había fotografías de travestidos famosos a quienes yo no conocía ni había visto jamás, pero que sin duda eran figuras muy apreciadas en el ambiente. También aprendí que la palabra ‘ambiente’ designaba precisamente esos lugares, donde se reunían hombres y mujeres para tomar una copa, reír, sufrir o ligar. El Wilde’s era mixto y la fauna de aquella noche de julio tenía un aspecto muy variado. Creo que se trataba de un viernes, y mi mujer acababa de abandonarme. Ella no soporta que yo diga <mi mujer>, porque cuando se refiere a mí no dice <mi hombre>, pero me siento ridículo si digo <mi compañera>, y <mi esposa> sólo lo uso para casos oficiales. Pues bien, <ella> acababa de abandonarme, justamente en julio, cuando muchas cosas estaban cerradas y la oficina donde trabajo –una gestoría- se encontraba de vacaciones. Hay algo peor para un hombre que el hecho de que su mujer lo abandone por otro hombre, y es que lo abandone por una mujer. Eso era lo que me había ocurrido y no conseguía digerir. El hecho se había instalado en el centro de mi estómago, como una bola de cemento, que no me permitía ni tragar ni vomitar, y en el centro de mi cabeza, impidiéndome cualquier clase de pensamiento, o simplemente, dormir. No sabía si tenía que ir a un psiquiatra, al juzgado de guardia o a un abogado. A ella la mandé al médico, con lo cual sólo conseguí una risita irónica y un comentario mordaz:

   -Su hubiera conocido a Irma antes que a ti, seguramente no me habría casado contigo.

   La amante de mi mujer se llamaba Irma, era decoradora y bastante guapa. Ésta fue mi primera sorpresa: tenía entendido, o me hicieron creer, que las lesbianas eran todas feas, hombrunas y fracasadas, y resulta que mi mujer se había topado con una lesbiana guapa, con profesión y sin compromisos. Seguramente me lo habían contado mal, o ésta era una excepción. Le dije a mi mujer que no se precipitara, que ya tendríamos tiempo de separarnos, de divorciarnos, si era lo que pretendía, que, entretanto, fuera al médico. Comencé a sospechar que lo que le ocurría a mi mujer era que no había tenido un hijo; eso, quizás, lo explicaba todo.

   -Eres muy bruto –me contestó.

   No habíamos tenido un hijo, ni dos, por la sencilla razón de que ella tenía el útero retrovertido, de lo cual oscuramente me alegré, porque la idea de ser padre no me hacía precisamente feliz.

   -¿Qué tiene ella que yo no tenga? –osé preguntarle, antes de que me abandonara.

   ¿Qué puede tener una mujer que un hombre no tenga? Bien mirado, yo estaba seguro de poseer algunos atributos de los cuales Irma carecía, salvo que los hubiera adquirido en un sex-shop.

   De pronto me di cuenta de que estaba terriblemente interesado en saber cómo hacían el amor dos mujeres. Esto no me lo habían enseñado en el colegio, ni en formación profesional, ni me preocupó durante todos estos años, pero ahora comprendía que tenía una laguna en mi conocimiento. Una laguna no, más bien un océano. Hay algo más insoportable que una mujer que conspira contra uno, y son dos mujeres que conspiran contra uno. El lazo que los unía, fuera cual fuera la atracción que sentían, era pertenecer al mismo sexo. Esto les daba una identificación imposible para mí. Jamás yo podría llegar a esa unidad, a esa complicidad con nadie; no la había tenido con ella, no la podría tener con otra mujer, y los hombres no me interesaban. O por lo menos eso creía hasta que conocí al ángel. ¿Qué sabemos acerca de nosotros mismos? Una serie de conductas repetitivas o reflejas que, en cualquier momento, pueden desmontarse como las vértebras de un saurio de juguete. El ángel estaba en la barra, bebiendo una copa de champán y conversando suavemente con un hombre. Tenía aspecto de mujer, pero algo en su figura, en sus hombros o quizás en su voz, indicaba que había un pequeño desajuste, una imperfección, la sospecha de no ser enteramente. Esto me inquietó y despertó mi curiosidad. Me acordé de mi mujer, de aspecto femenino y labios carnosos, que a esa misma hora, probablemente, estaría haciendo el amor con otra mujer, no conmigo, y el pensamiento me hizo sentir infeliz. Yo podía darle todo lo que un hombre puede darle a una mujer, pero Irma podía darle algo que yo jamás tendría ni sería: su naturaleza de mujer. Ella había encontrado el punto justo para desarmarme, para humillarme y menoscabarme: algo que yo no podía cambiar, salvo que yo me fuera a operar a Casablanca.

   Los diez minutos siguientes los empleé en observar al ángel. Los travestidos -y éste seguramente lo era- tienen algo que me desagrada profundamente: la imitación del modelo ideal es tan exagerada que en lugar de una simulación lo que consiguen es una farsa. Los afeites, el maquillaje, los gestos se convierten en una parodia y los alejan más del original.

   Por lo menos eso era lo que yo pensaba hasta que conocí al ángel. Debía estar medio borracho y muy afectado por el abandono de mi mujer para decidir acercarme a la barra, con aire desenvuelto, un vaso de ginebra en la mano y cierta agresividad que sin duda me parecía muy masculina…”  

«Muchas noches cuando miro por la ventana y las vistas se vuelven especialmente radiantes y mágicas, envidio a las personas que viven en las casas detrás de las luces alegres, bonitas y deslumbrantes de Manhattan. y me da por pensar que todas ellas llevan una vida alegre y bonita en esas casas que hay detrás de las luces; incluso en Harlem, incluso en el Harlem hispano… Debe de ser una señal inequívoca de que estoy perdiendo la cabeza»

Texto: Caroline Blackwood, de su novela La hijastra

«Las leyes de los hombres o de la naturaleza, se hallan a merced de una brutalidad inconsciente y feroz. El terremoto que aplasta un pueblo entero bajo las casas que se desmoronan; el río desbordado que arrastra campesinos ahogados y cadáveres de bueyes y vigas arrancadas de los techos; o el ejército glorioso que extermina a los que se defienden, se lleva prisioneros a los demás, saquea en nombre del Sable y da gracias a Dios al son del cañón, son plagas igualmente espantosas que desconciertan a quienes creen en la justicia eterna y resquebrajan la confianza que se nos inculca en la protección del cielo y la razón del hombre»

Texto del relato Bola de sebo, de Guy de Maupassant

Manuel Vázquez Montalbán, escritor, gourmet y demás

Reconocido por los lectores como uno de los grandes escritores del género negro; respetado también por sus pares por la inventiva de sus obras, el español hizo de la saga del detective Pepe Carvalho su alter ego literario. Como partícipe central de sus aventuras policiales así como de sus exquisitos gustos en la cocina.

Con una historia de vida que podría abarcar varios volúmenes de una misma biografía, el autor (Barcelona, 1939 – Bangkok, 2003), supo transitar con su inteligente pluma por el periodismo, la poesía, el cuento, el ensayo, el teatro, la crítica, además del humor. A estos géneros habría que sumar aquellos escritos que realizó en defensa de sus convicciones políticas, en este caso, como militante del histórico Partido Socialista Unificado de Cataluña, ideas por las que padeció los rigores de las cárceles franquistas.

Tuvo una producción literaria amplia, ya que a la extensa serie del inspector Carvalho con entregas en novelas como en relatos breves, se les podría agregar otros títulos como Galíndez, El estrangulador o Erec y Enide; a estos, sus compendios de poesía: Praga, Ciudad o la serie Memoria y deseo; luego sus variados ensayos: Crónica sentimental de España, Historia y comunicación social o Novela negra. Además de otras tantas obras escritas en colaboración con otros escritores, y que en conjunto le valen la reedición constante de sus obras; y que le han hecho ser merecedor entre otros del Premio Nacional de Narrativa y del Premio Europeo de Literatura.

Viajero incansable (la muerte le sorprendió en el aeropuerto de la capital tailandesa), con la curiosidad y el afán de saber, aprender y cotejar a flor de piel, no dudaba en buscar información en las mismas fuentes por lejanas que fueran. Eran memorables sus tertulias de sobremesa con otros autores luego de haber degustado alguna que otra exquisitez culinaria, oficio el de los fogones del que el catalán era todo un experto.

El pasaje a continuación pertenece a la antología de cuentos Pigmalión y otros relatos, donde con en un estilo abigarrado y por momentos con cierta carga de ironía despliega una trama plena de significado. En una historia con una arista romántica, tal vez de los géneros menos transitados dentro de sus textos. De Pigmalión el pasaje a continuación:

   “…Cruzamos la mirada cuando, en la puerta de la perfumería, flirteé brevemente con el niño agradecido y sonriente por la dedicación del forastero que trataba de ponerse a su estatura. También ella me agradeció la dedicación enseñándome unos dientes excesivamente separados e instó al niño para que correspondiese a mi saludo, lo que el pequeño hizo recurriendo a sus gracias de más seguro éxito. De reojo comprobé que ella me miraba con esa curiosidad de joven casada de barrio pequeño burgués, nuevo y uniformado, donde el otro siempre es una sorpresa cuando se aproxima a menos de medio metro de distancia.

   -Es muy vivo este niño.

   -Para lo que le conviene- dijo, pero sonreía.

   Entablé conversación y la proseguí caminando junto a ellos, sin asumir la sorpresa contenida con la que me miraba y los reojos cautos que repartía a derecha e izquierda. Para huir del marco peligroso para una situación que no le desagradaba, encaminó sus pasos hacia el parque, menos recelosa a medida que nos alejábamos del territorio de su estricta cotidianeidad. El niño la abandonó en cuanto divisó la silueta de un tobogán rojigualdo. Fue vano el vuelo de la madre para atraparlo, retenerlo como un punto de referencia o de apoyo moral. El niño nos dejó solos sobre nuestras piernas y no tuvimos otro remedio que ceder al recurso del banco de parque atardecido, donde nos dejamos caer con púdica distancia, fugitiva una sonrisa entre su nariz y su boca, tan relajado yo de cuerpo como tenso de alma.

   No dio para mucho el tema del descuido del parque, ni el de sus peculiaridades de un niño excesivamente contemplado en su condición de nieto primogénito de cuatro abuelos. Fue fácil pasar al tema de un cierto hastío por la rutina de la vida y ella tenía ganas de decirme que estaba cansada de recorrer tiendas con un niño colgado del brazo y de su aburrimiento.

   -Me gustaría trabajar en algo.

   O terminar de estudiar, añadió, mientras me observaba para comprobar el efecto que me provocaba su pasado cultural. Mi grata sorpresa propició el que me contara que casi había terminado el bachillerato entre desidias que sus padres aprovecharon para inducirla al oficio del matrimonio. Su marido era aparejador por las mañanas y por las tardes trataba de montar una urbanización por su cuenta y riesgo en una finca patrimonial  milagrosamente cercana a la ciudad. Ella rezumaba esa prosperidad menor de joven matrimonio burgués compuesto por una mujer con cierta educación, vigilante de la propia dieta y saunadicta y por un hombre trabajador, de su casa al trabajo, del trabajo a casa, honrado, prudentemente emprendedor que antes de los cuarenta años ya ha conseguido poseer un chalet con piscina de cinco por diez metros y hace un viaje cada año al extranjero para ver porno en Copenhague o Disneylandia en Los Ángeles. Cuando le dije que yo daba clases en la universidad y que estaba escribiendo una edición crítica del pensamiento económico de Flores de Lemus, advertí que ante sus ojos aparecía el filtro purpúreo de la valoración intelectual y que se descomponía de su penúltima resistencia ante el extraño infiltrado en su tarde de primavera. El niño liberado y excitado se había convertido en nuestro mejor cómplice. Le propuse ayudarla a recuperar el correcto camino cultural perdido y ella me ofreció en bandeja la relación entre educación y erotismo.

   -Si mi marido se entera de que vuelvo a estudiar… Odia a las mujeres sabihondas.

   -¿Es muy reaccionario?

   -¿Quiere decir muy revolucionario?

   -No. Pregunto si es muy conservador.

   -Él dice que no.

   Miraba ella una piedrecita gris e inmotivada a la que no llegaba la punta de su pie. Buscaba las palabras justas para ejecutar a su marido sin perder el decoro...«

«Cuando ella reía me veía de pronto envuelto en su risa y formaba parte de ella, hasta que sus dientes no eran más que fortuitas estrellas con talento para la instrucción de ejercicios. Fui arrastrado por breves jadeos, inhalados en cada recuperación instantánea, perdido finalmente en las oscuras cavernas de su garganta, golpeado por las ondas de invisibles músculos…»

Texto: Histeria, del poemario La Tierra Baldía (T.S. Eliot) – Fotografía: Pexels

De familias y otras disputas, Jonathan Franzen

El autor estadounidense nació en Western Springs, Illinois (1959), aunque creció en Saint Louis, estado de Misuri, junto al caudaloso río Misisipi. Desde joven se inclinó por la escritura volcándose en la creación de novelas y luego en plasmar sus reflexiones en el género de ensayo. Aunque ha escrito también para otro tipo de publicaciones, como en el caso de la prestigiosa revista The New Yorker, e incluso se ha desempeñado como profesor de literatura.

Su debut en la ficción fue a través de la novela La ciudad veintisiete que publicó en el año 1988. Cuatro años más tarde le siguió Movimiento fuerte, por las que cosechó críticas elogiosas aunque no alcanzaron a tener gran trascendencia en el ran público. Tuvieron que transcurrir otros diez años hasta la publicación en el 2001 de Las convicciones, obra que fue considerada como una de las mejores ficciones del año; para publicar luego Libertad en el 2010 y Pureza ya en el 2015.

Con los que de a poco fueron llegando buenos comentarios, acompañados esta vez de ventas y difusión y con ellos, fueron llegando también los premios y reconocimientos, como fue el otorgamiento del National Book Award, y alcanzar también el lugar de finalista del premio Pulitzer del año 2002. Con posterioridad a estos fue nombrado miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, y luego de las Artes y las Letras, así como de la Academia Alemana de las Artes de Berlín, idioma el germánico que el escritor domina con fluidez, por último fue condecorado con la Orden de las Artes y de las Letras Francesas.

En su última novela, Encrucijadas del año 2021 hace uso de un estilo descriptivo, y sustenta a la trama en la historia de una familia del Medio Oeste de los Estados Unidos, región que el autor conoce con holgura. En su ficción describe las contradicciones de un padre que detenta los hábitos religiosos, en constante choque con las ideas que esgrimen sus cuatro hijos; donde se llegan a contraponer conceptos generacionales y también ético-religiosos temas que, de una u otra manera, conforman una parte esencial de aquello que motiva sus búsquedas literarias.

De Encrucijadas, el pasaje con el que da comienzo la narración:

  “El cielo de New Prospect, atravesado por robles y olmos desnudos, estaba lleno de promesas húmedas –un par de sistemas frontales sombríamente confabulados para traer una Navidad blanca- mientras Russ Hildebrandt hacía la ronda matinal en su Plymounth Fury familiar por los hogares de los feligreses seniles o postrados en cama. La señora Frances Cottrell, miembro de la congregación, se había ofrecido a ayudarlo esa tarde a llevar juguetes y conservas y conservas a la Comunidad de Dios, y aunque Russ sabía que sólo como pastor tenía derecho a alegrarse por el acto de libre albedrío de la mujer, no podría haber pedido un mejor regalo de Navidad que cuatro horas a solas con ella.                                                                                               

   Después de la humillación que Russ había sufrido tres años antes, el párroco de la iglesia, Dwight Haefle, había aumentado su cuota de visitas pastorales. Qué hacía exactamente Dwight con el tiempo que le ahorraba su auxiliar, aparte de tomarse vacaciones más a menudo y trabajar en su largamente esperada colección de poesía lírica, Russ no lo tenía claro. Aun así, apreciaba el coqueteo recibimiento de la señora O`Dwyer, a quien una amputación tras un edema severo había confinado en una cama de hospital instalada donde había sido el comedor de su casa, y en general la rutina de servir a los demás, en particular a quienes, a diferencia de él, no recordaban nada de lo sucedido tres años antes. En el asilo de Hinsdale, donde el olor a pino de las coronas navideñas mezclado con el de las heces geriátricas le recordaba a las letrinas del altiplano de Arizona, Russ le mostró al viejo Jim Devereaux el nuevo anuario parroquial, que últimamente usaban como pretexto para iniciar la conversación, y le preguntó si se acordaba de la familia Pattison. Para un pastor envalentonado por el espíritu de Adviento, Jim era el confidente ideal: un pozo de los deseos donde nunca resonaría el eco de una moneda al llegar al fondo.

   -Patisson –musitó Jim.

   -Tenían una hija, Frances. –Russ se acercó a la silla de ruedas del feligrés y buscó las páginas de la ce-. Ahora lleva el apellido de casada… Frances Cotrell.

   Nunca hablaba de ella en casa, ni siquiera cuando habría sido lógico mencionarla, por temor a lo que su esposa pudiera adivinar en su voz. Jim se inclinó para ver mejor para ver la fotografía de Frances y su dos hijos.

   -Ah… ¿Frannie? Sí que recuerdo a Frannie Pattison. ¿Qué fue de ella?

   -Ha vuelto a New Prospect. Perdió a su marido hace un año y medio: una tragedia. Era piloto de pruebas en General Dynamics.

   -¿Y dónde está ahora?

   -Ha vuelto a New Prospect.

   -¡Vaya, vaya! Frannie Pattison. ¿Y dónde está ahora?

   -Ha vuelto a casa. Ahora se llama Frances Cottrell. –Russ la señaló en la foto y repitió-: Frances Cottrell.

   Iban a verse en el aparcamiento de la Primera Iglesia Reformada a las dos y media. Como un niño incapaz de esperar hasta Navidad, Russ llegó allí a la una menos cuarto, sacó la fiambrera y comió dentro del coche. En los días malos, que habían sido muchos en los tres años anteriores, recorría a un intrincado rodeo –entraba por la sala de actos de la iglesia, subía una escalera y recorría un pasillo franqueado por pilas de cantorales proscritos, cruzaba un almacén donde se guardaban atriles desvencijados y un belén expuesto por última vez Navidades atrás, un batiburrillo de ovejas de madera y un buey manso encanecido por el polvo con el que sentía una desolada fraternidad; a continuación, tras bajar una escalera angosta donde sólo Dios podía verlo y juzgarlo, accedía al templo por la puerta ‘secreta´ que había en el panel trasero del altar para salir al fin por la entrada lateral del presbiterio- con tal de no pasar por el despacho de Rick Ambrose, el director del programa juvenil. Los adolescentes que se agolpaban delante de su puerta eran demasiado jóvenes para haber asistido en persona a su humillación pero seguro que conocían la historia y el no podía mirar a Ambrose sin delatar su fracaso a la hora de perdonarlo siguiendo como debía el ejemplo del Redentor.

   Aquel era un día muy bueno, sin embargo, los pasillos de la iglesia estaban aún desiertos. Fue directamente a su despacho, puso papel en la máquina de escribir y empezó a rumiar el sermón para el domingo siguiente a Navidad, cuando Dwight Haefle estaría otra vez de vacaciones. Se arrellanó en la butaca, se peinó las cejas con la uñas, se pellizcó el caballete de la nariz, se toqueteó la cara de perfiles angulosos que, como había comprendido demasiado tarde, muchas mujeres (no sólo la suya) encontraban atractivos e imaginó un sermón sobre su misión navideña en los barrios del sur de la ciudad…”