Zoé Valdés, de tierra caliente

A la cubana (La Habana, 1959) se la conoce por los innumerables trabajos ligados a su carrera literaria y, en otras instancias, por la repercusión que alcanzan sus punzantes opiniones cuando alimentan polémicas en las redes sociales. A veces, en sus enfrentamientos con compatriotas, en otras, con otros tantos referentes políticos, ya que nunca ha ocultado sus posiciones contrarias al vigente gobierno de la isla caribeña.

Fue muchos años antes de estos rifirrafes, siendo alumna de la universidad capitalina habanera, que la escritora hizo su acercamiento a las letras a través de Respuestas para vivir, su primer compendio de poesía, género al que a posteriori ha vuelto en innumerables ocasiones, con Vagón para fumadores, Cuerda para el lince o Anatomía de la mirada.

Luego fue el cine el que atrapó su interés, cuando se vinculó como guionista al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica. Hasta que en 1993 vio la luz su primera novela, Sangre azul, a la que le siguieron más de una decena: La Habana, mon amour; La hija del embajador; Bailar con la vida; La mujer que llora; La salvaje inocencia; entre otras. A las que también hay que sumar sus relatos breves y también sus textos de literatura infantil.

Su creatividad en la escritura se extiende como asidua colaboradora de distintas publicaciones, los diarios El País y El Mundo de España, Le Nouvel Observateur o Le Monde del país galo, y del diario El Universal de Venezuela, además de las revistas Vogue y Elle. Entre otras experiencias en el cine, ha dirigido un cortometraje y hasta ha participado como jurado en el Festival Internacional de Cine en la francesa ciudad de Cannes.

Valdés detenta la nacionalidad francesa y la española, país este último en el que reside desde hace unos años. Reconocida en varias oportunidades por sus textos, se ha hecho acreedora del premio Azorín y también del Novela Breve, además de ser finalista del Planeta y del Premio Médicis Extranjero en Francia, cuyas autoridades la han condecorado con la Orden de Caballero de las Artes y de las Ciencias.

Para apreciar algunas particularidades de su estilo narrativo, de la novela Querido primer novio, el pasaje a continuación:

   “Allá, en lo último del vagón, una muchacha se ha descuidado, o lo hace adrede, y abre sus entrepiernas, las rodillas son demasiado oscuras, churrosas y con viejas cicatrices de postillas purulentas, de las corvas hacia abajo la piel es un mapa de nacidos, esos granos verdosos por lo enconados, cual cráteres babosos. Descubre que estoy mirándola y creo que me saluda con una mano indecisa, también cundida de ojos de pescado. Además, en sus párpados brilla un tumulto de orzuelos. Sin embargo, el rostro es hermoso, la boca lisa y pulposa, los dientes grandes, la frente ancha y abombada, tiene cara de mosquita muerta, de fingir la inocentona, de no romper un plato. Separa todavía más sus muslos y se encarama en las caderas la falda del vestido color caramelo. No estoy segura de que quiera darme filo a mí, volteo la cabeza y comprendo que el espectáculo no me está dedicado, no es conmigo con quien ha coqueteado antes, ni tampoco a quien intenta seducir enseñando lo más recóndito de su cuerpo empercudido. Es a este mastodonte sentado detrás de mí, mareado de tanto ansiar toquetear con la mirada, un tipo de facciones rudas, de piel de lagarto, por cierto, ¿querrá cachicambiarse por un puerco? Los ojos grises, el pelo trigueño y abrillantado con esa brillantina mala y apestosa de pote grosero. El tipo apretuja entre sus brazos un gallo de pelea, un gallo fino de cresta rojísima y transparente a la luz, el pico color marfil o perla marina, las espuelas afiladas. La joven continúa calentándolo a todo lo que da el chucua, chucua del tren.

   Intento volver la vista al paisaje, pero ahora es un revoloteo que se escabulle rozándome la oreja y que impide mi forzado embeleso. El gigante ha liberado a sabiendas al gallo, oigo azuzarlo: ¡Ataca, Solito! Solito debe ser el nombre del gallo. Y Solito ha ido directo a acurrucarse entre la saya de la muchacha de rodillas costrosas; ella aprovecha y se esparranca todavía más, el animal ha comenzado a picotear, no exactamente de lo que pica el pollo, que es la mierda, sino ahí, en el triángulo oscuro, justo en la diminuta cabeza de la pepita. A cada picotazo la pepita aumenta de tamaño, y la dueña se arquea en el asiento en presencia de nosotros, los viajeros, quienes nos hacemos de la vista gorda. Ella inicia un concierto de gemidos, el gallo picotea, picotea, y a mis espaldas el hombre respira grueso, calentándome el cuello con resoplidos mojados, oigo un frufrú producido por la mano sobándose la portañuela, eso imagino, no hay que ser cartomántica para adivinarlo. Ella ruge cuando Solito embiste queriendo arrancar de un jalón aquella cresta tan encendida como la suya. El guajiro servandoso sigue abstraído en el grumoso espesor de la paja, despertando más y más a ese pasajero venático de tercera clase resentido contra su muslo, a punto de explotar de roña lujuriosa.

   La maniobra erotizante dura una media hora, el ambiente se ha puesto denso, sólo ellos dos palpitan ajenos del mundo. Los demás se adormecen debido al traqueteo del tren que invita al cabeceo y nos sumerge en una soñolencia, pero también hastiados de lo que todos consideran un espectáculo demasiado vulgar que no pasa de ahí, de una paja costumbrista, habituados como están a este exhibicionismo, pues por acá no es nada raro que viajando en una guagua alguien coloque sobre tu hombro un pene macizo, semejante aun yunque, y te llene la oreja de esperma y el chorro se escabulla por la ventanilla, doble por tercera, y empape el rostro apergaminado de una anciana que intentaba tomarse un granizado de limón al cruzar la esquina de Neptuno y Belascoaín.

   Pero yo no, yo no me duermo, yo deseo ser testigo de la opereta rabolesiana (en lugar de rabelesiana) hasta el goce último, que pertenece más al género zarzuela porno-tradicional. El tipo se ha levantado de su asiento, se apoya en mi nuca, la mano fogosa y cubierta de callos araña mi piel, es una mano de boxeador, mejor dicho, de carretero. Cual un toro que embiste, se dirige trastabillando a causa de los bamboleos del tren hacia el asiento de la endemoniada. Arranca al gallo del totingo enhiesto y retuerce el pescuezo del ave compitiendo con la imagen del marido celoso desquitándose con el amante. En seguida agarra a la sicalíptica por la muñeca y, de un empellón a lo Robert Mitchum a una res en ‘Hombres errantes`, lanza a la doncella desollada contra la estera mugrienta del pasillo. Y allí la deshonra, que por lo que se ve ella disfruta más que la honra. De una galúa cabillera. La desvirga, en resumen, de un trancazo. El gallo boquea a corta distancia, brincando en el estertor del crimen. Siento un nuevo cosquilleo en la garganta, quizás sean deseos de entonar una melodía fina y elocuente. Aquella que dice:  Sitiera mía, dime qué has hecho de mi dulce hogar…

   Dejo caer los párpados, amodorrada de vergüenza y de escalofríos en la vagina; al abrirlos ya cada uno ha regresado a su silla. Ella, muy correcta, saborea la fatiga, ladea la cabeza acomodando la nuca en el raído almohadín del respaldar. Él guacho al fin, no renuncia a la rudeza y se ha ubicado a fumar un tabaco tan descomunal como su propio sexo, puedo comprobarlo volteándome, haciendo como quien busca un objeto perdido en el suelo. En el interior de una canasta de mimbre ha introducido el cadáver de Solito, el gallo escultor de corolas de carne salada y apetitosa. Elegguá ha recibido su sacrificio…”

«Ustedes pueden encontrar un servicio adecuado? En Buenos Aires dicen que hay crisis, pero no se encuentran ni (criadas) paraguayas. Mi hermana que vive en París dice que allí es una maravilla. Ella tiene un matrimonio de solistas polacos de violoncelo haciendo de criados. Son extraordinarios»

Texto: de la novela Quinteto de Buenos Aires de Manuel Vázquez Montalbán

En búsqueda de la isla, Michel Houellebecq

Su fama de personaje conflictivo le precede, tanto, como para engrosar la lista de los denominados ’enfants terribles`, que de manera sostenida Francia ha dado a las letras durante el transcurso de los tiempos. Así son muchos los que conocen su nombre (Michel Thomas, en el original, Sant Pierre, isla de La Reunión, 1958) por los ecos que provocan sus polémicas, incluso antes de haber leído tan solo uno de sus libros.

Originario de un diminuto territorio de ultramar en el océano Índico, se crianza transcurrió entre la isla, después en Argelia y finalmente París. Luego de ello y con su fama a cuestas vivió durante temporadas, para evitar la persecución de los medios, en Irlanda y en el sur de España; aunque también tenga la afición de aquellos que les gusta perderse por lugares en los que ni su editor, ni sus más allegados, le puedan encontrar.  

Sus primeros trabajos literarios los desarrolló en el género de la poesía, aunque el verdadero espaldarazo surgió a través de sus novelas: Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, El mapa y el territorio, o Serotonina, por las que cosechó popularidad, galardones y reconocimientos oficiales: Premio austríaco de Literatura Europea, luego fue el prestigioso Goncourt, hasta ser nombrado Caballero de la Legión de Honor de la república francesa.

Su quehacer en la escritura se ha calificado de manera usual como el no-estilo, aunque a Houellebecq poco le importa, ya que crea sus historias para que oficien de verdadero disparador de ideas. A veces con giros copernicanos en sus tramas, en otras, con una detallada puesta en escena, donde las descripciones de las situaciones narradas y la acertada conformación de los personajes apenas alcanzan a encajar en el texto, avasalladas por el ritmo que le otorga la pluma ágil y disparatada del autor.

Consciente de lo que produce, el galo ha sabido alimentar la publicidad adicional hacia sus obras y su persona, por momentos con desmesurado acierto; pero también ha recibido críticas descarnadas, con epítetos como xenófobo, racista o misógino, expresiones que dejan poco espacio para las opiniones a medio camino de los extremos.

Para apreciar en parte lo expresado, de La posibilidad de una isla, una novela con una trama cuanto menos singular, de ella el pasaje a continuación:

“Solo descubrió realmente el mundo de los hombres después que Isabelle se fuera, en el curso de patéticos vagabundeos por las autopistas casi desiertas del centro y el sur de España. Salvo los fines de semana y las salidas de vacaciones, en los que encuentras familias y parejas, las autopistas son un universo casi exclusivamente masculino, poblados por representantes y camioneros, un mundo violento y triste donde las únicas publicaciones disponibles son revistas porno y de coches, donde el archivador giratorio de plástico con la selección de DVD <Tus mejores películas> sólo permite por lo general, completar tu colección de ‘Dirty debutantes’. Se habla poco de este universo, y la verdad es que no hay mucho que decir; no encuentras ningún comportamiento nuevo, no proporciona ningún tema válido para una revista de sociedad; en resumen, es un mundo poco conocido, y quienes no lo conocen no se pierden nada. En el transcurso de aquellas semanas no hice ninguna amistad viril ni me sentí cerca de nadie, pero no era grave; en este universo nadie está cerca de nadie, y sabía que ni siquiera la complicidad escabrosa de las camareras cansadas con sus camisetas de NAUGHTY GIRL ceñida a los pechos caídos iría más allá, salvo rara excepción, de una cópula demasiado rápida y con tarifa fija. Si acaso, podía buscar bronca con un conductor de camión de carga para que me rompiera los dientes en un aparcamiento, entre vapores de gasoil; en el fondo, era la única posibilidad de aventura que se me ofrecía en este universo. Así viví algo menos de dos meses; me pulí miles de euros pagando copas de champán francés a rumanas embrutecidas que no por ellos se negarían, diez minutos después, a chupármela sin condón. Fue en la autovía del Mediterráneo, concretamente en la salida Totana Sur, donde decidí acabar con aquel penoso circuito. Había aparcado el coche en el último hueco disponible del aparcamiento del hotel restaurante Los Camioneros, donde entré a tomar una cerveza; el ambiente era lo más parecido posible al que había conocido en las semanas anteriores, y me quedé mis buenos diez minutos sin fijar la atención en nada, sólo consciente de un agobio sordo, general, que volvía todos mis movimientos más inseguros y cansados, y de cierta pesadez gástrica. Al salir me di cuenta de que un Chevrolet Corvette aparcado de través me impedía sacar el coche. La perspectiva de volver al bar y buscar al propietario bastó para desanimarme del todo; me apoyé en un parapeto de cemento, intentando ver la situación en conjunto y, sobre todo, fumando. Entre todos los deportivos disponibles en el mercado, el Chevrolet Corvette, por sus líneas inútiles y agresivamente viriles, por su carencia de auténtica nobleza mecánica unida a un precio al fin y al cabo moderado, es sin duda el que mejor corresponde a la idea de coche de marcarse un farol: ¿con qué clase de sórdido macho andaluz iba a toparme? Seguro que, como todos los individuos de su tipo, el hombre tenía una sólida cultura automovilística, y por lo tanto era perfectamente capaz de darse cuenta de que mi coche, más discreto que el suyo, era tres veces más caro. Así que seguro que a la afirmación viril de aparcar impidiéndome la salida se sumaba un trasfondo de odio social, y estaba en mi derecho de esperar lo peor. Me hicieron falta tres cuartos de hora y medio paquete de Camel para reunir el valor de regresar al bar.

   Descubrí de inmediato al individuo, hundido al final de la barra delante de un platillo de cacahuetes; dejaba que se calentara su cerveza y echaba de vez en cuando una ojeada desesperada a la pantalla gigante de televisión, donde unas chicas con shorts meneaban la pelvis al compás de un Groove tirando a lento; estaba claro que era una fiesta de espuma, los minishorts marcaban cada vez más las nalgas de las chicas y la desesperación del hombre aumentaba. Era bajito, calvo y barrigón, andaría por los cincuenta, llevaba traje y corbata, y me invadió una oleada de compasión afligida; desde luego que con el Chevrolet Corvette no iba a ligarse a las tías, como máximo iba a conseguir que lo considerasen un auténtico hortera, y empecé a admirar el valor cotidiano que, a pesar de todo, le permitía circular en Chevrolet Corvette. ¿Cómo iba una chica lo bastante joven y sexy a hacer otra cosa que resoplar de risa al ver a aquel hombrecillo salir de su Chevrolet Corvette? A pesar de todo había que arreglar lo del aparcamiento, y me lancé a ello con toda la sonriente mansedumbre de la que me sentía capaz. Como temía, al principio se puso belicoso e intentó tomar por testigo a la camarera, que ni siquiera alzó la mirada del fregadero donde estaba lavando vasos. Luego el tipo me echó una ojeada, y lo que vio debió de calmarlo; yo mismo me sentía tremendamente viejo, cansado, desgraciado y mediocre; él debió concluir que, por oscuros motivos, el propietario del Mercedes SL también era un perdedor, casi un compañero de infortunios, y entonces intentó establecer una complicidad masculina, me invitó a una cerveza, después a otra, y propuso que termináramos la velada en el New Orleans. Para quitármelo de encima fingí que todavía me quedaba mucho camino por delante; es un argumento que los hombres, por lo general, respetan. En realidad estaba a menos de cincuenta kilómetros de mi residencia, pero acababa de darme cuenta de que lo mismo daba continuar mi ‘road movie’ en casa…”

Con veracidad e inocencia, Edith Wharton

Había nacido en el seno de una familia adinerada, hecho que en su época le facilitó alcanzar una muy buena educación. A ello habría que sumar la experiencia de la cotidiana convivencia con su clase social, que le proporcionaría las esenciales características con las que bordaba a todos sus personajes, que alimentarían las tramas de sus más conocidas obras de ficción.

La escritora estadounidense (Nueva York, 1862 – 1937, Saint Brice sous Forêt, Francia) tuvo una extensa carrera literaria en la que produjo en géneros como la novela, donde destacan El valle de la decisión, La casa de la alegría, y La edad de la inocencia, de la que el director Martin Scorsese hizo en el año 1993 una lograda versión cinematográfica. Escribió también relatos breves, entre los que sobresalen sus Cuentos de fantasmas; además de poemarios, libros de viajes, e incluso hasta publicaciones de decoración.

Tenía la convicción que a la alta aristocracia neoyorkina la formaban seres ignorantes y cortos de miras. Más allá de ello, supo cimentar un estilo basado en un sólida ambientación de la tramas y también, en los abundantes retratos psicológicos de los actores de sus relatos; todo ello condimentado con una inmensa dosis de ironía, con la que no dudaba en desplumar a su propia sociedad de pertenencia.

Luego de muchos periplos (hizo más de 60 cruces del Atlántico), decidió establecerse definitivamente en una pequeña localidad del Mediterráneo francés; donde era usual que recibiera la visita de innumerables amigos y escritores, como Francis Scott Fitzgerald, Henry James, Jean Cocteau o el mismo Ernest Heminway. Allí también cimentó sus mejores trabajos literarios que le sirvieron para ser reconocida con el Premio Pulitzer de Ficción, además de ser nombrada  miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras.

No dudó en volcarse en colaborar con distintas organizaciones de ayuda y beneficencia de su país de adopción, Cruz Roja y otras, hecho que, al extenderse a lo largo de los años, le valió el reconocimiento al mérito cuando el gobierno galo la condecoró con la Cruz de la Legión de Honor. 

El pasaje siguiente da comienzo a su obra más difundida, La edad de la inocencia; con una puesta en escena donde, con puntillosa descripción, pone en situación al lector más desapercibido:

“Era una tarde de enero de comienzos de los años setenta. Christine Nilsson cantaba Fausto en el teatro de la Academia de Música de Nueva York.

Aunque ya había rumores acerca de la construcción —a distancias metropolitanas bastante remotas, «más allá de la calle Cuarenta»— de un nuevo Teatro de la Opera que competiría en suntuosidad y esplendor con los de las grandes capitales europeas, al público elegante aún le bastaba con llenar todos los inviernos los raídos palcos color rojo y dorado de la vieja y acogedora Academia. Los más tradicionales le tenían cariño precisamente por ser pequeña e incómoda, lo que alejaba a los «nuevos ricos» a quienes Nueva York empezaba a temer, aunque, al mismo tiempo, le simpatizaban. Por su parte, los sentimentales se aferraban a la Academia por sus reminiscencias históricas, y a su vez los melómanos la adoraban por su excelente acústica, una cualidad tan problemática en salas construidas para escuchar música.

Madame Nilsson debutaba allí ese invierno, y lo que la prensa acostumbraba a llamar «un público excepcionalmente conocedor» había acudido a escucharla, atravesando las calles resbaladizas y llenas de nieve en berlinas particulares, espaciosos landós familiares, o en el humilde pero práctico coupé Brown. Ir a la ópera en este último vehículo era casi tan decoroso como hacerlo en carruaje propio; y retirarse de igual manera tenía la inmensa ventaja de permitir (con una alusión jocosa a los principios democráticos) trepar en el primer transporte Brown de la fila, en vez de esperar hasta que apareciera la nariz congelada por el frío y congestionada por el alcohol del cochero particular reluciendo bajo el pórtico del Teatro. Una de las mejores intuiciones del cochero de alquiler fue descubrir que los norteamericanos desean alejarse de sus diversiones aún con mayor prontitud que llegar a ellas.

Cuando Newland Archer abrió la puerta del palco del club, recién subía la cortina en la escena del jardín. No había ningún motivo para que el joven llegara tarde, pues cenó a las siete, solo con su madre y su hermana, y después se quedó un rato fumando un cigarro en la biblioteca gótica con estanterías barnizadas en nogal negro y sillas coronadas de florones, que era la única habitación de la casa donde Mrs. Archer permitía que se fumara. Pero, en primer lugar, Nueva York era una metrópolis perfectamente consciente de que en las grandes capitales no era «bien visto» llegar temprano a la ópera; y lo que era o no era «bien visto» jugaba un rol tan importante en la Nueva York de Newland Archer como los inescrutables y ancestrales seres terroríficos que habían dominado el destino de sus antepasados miles de años atrás.

La segunda razón de su atraso fue de carácter personal. Se le pasó el tiempo fumando su cigarro porque en el fondo era un gozador, y pensar en un placer futuro le daba una satisfacción más sutil que su realización, en especial cuando se trataba de un placer delicado, como lo eran la mayoría de sus placeres. En esta oportunidad el momento que anhelaba era de tan excepcional y exquisita calidad que incluso si hubiera cronometrado su llegada con el director de escena no podría haber entrado en el teatro en un momento más culminante que cuando la prima donna comenzaba a cantar: «Me quiere, no me quiere, ¡me quiere!», dejando caer los pétalos de una margarita entre notas tan diáfanas como el rocío.

Ella decía, por supuesto «¡Mama!» y no «me quiere», ya que una ley inalterable e incuestionable del mundo de la música ordenaba que el texto alemán de las óperas francesas, cantadas por artistas suecas, debía traducirse al italiano para mejor comprensión del público anglo—parlante. Esto le parecía muy natural a Newland Archer, igual que todas las demás convenciones que moldeaban su vida, como tener que usar dos escobillas con mango de plata y su monograma esmaltado en azul para hacer la raya de su cabello, y la de jamás aparecer en sociedad sin una flor en el ojal (de preferencia una gardenia).

«Mama… non mama…» cantaba la prima donna, y «¡Mama!» con un estallido final de amor triunfante, en tanto apretaba en sus labios la deshojada margarita y levantaba sus ojos hacia el sofisticado semblante del pequeño y moreno Fausto-Capoul, que trataba en vano, enfundado en su estrecha casaca de terciopelo púrpura y con su sombrero emplumado, de parecer tan puro y verdadero como su ingenua víctima.

Newland Archer, apoyado contra la pared del fondo de su palco, quitó sus ojos del escenario y examinó el otro lado del teatro. Justo frente a él estaba el palco de la anciana Mrs. Manson Mingott, cuya monstruosa obesidad la imposibilitaba, desde hacía tiempo, de asistir a la ópera, pero que en las noches de gala estaba siempre representada por los miembros más jóvenes de la familia. En esa ocasión, el palco estaba ocupado, en primer lugar, por su nuera, Mrs. Lovell Mingott, y su hija, Mrs. Welland; detrás, y un tanto retirada de aquellas matronas vestidas de brocado, se sentaba una joven con traje blanco, que miraba extasiada a los amantes del escenario. Cuando el «¡mama!» de Madame Nilsson hizo vibrar el teatro silencioso (en los palcos siempre se dejaba de hablar durante el aria de la margarita), un cálido color rosa tiñó las mejillas de la joven, que se ruborizó hasta las raíces de sus rubias trenzas; el rubor se extendió por la juvenil curva de su pecho hasta donde se juntaba con un sencillo escote de tul adornado con una sola gardenia. Bajó los ojos hacia el inmenso ramo de lirios silvestres que tenía en su regazo, y Newland Archer vio que las yemas de sus dedos, cubiertos por blancos guantes, tocaban suavemente las flores. Sintiendo su vanidad satisfecha, Archer suspiró y volvió los ojos al escenario.

No se había ahorrado gastos en la escenografía, que fue calificada de bellísima aun por quienes compartían con Archer su familiaridad con la Opera de París y de Viena. El primer plano, hasta las candilejas, estaba cubierto con una tela verde esmeralda. A media distancia, algunos montículos simétricos de un verde musgo de lana cercado por argollas de croquet hacía de base para arbustos que parecían naranjos y estaban salpicados de enormes rosas rosadas y rojas. Gigantescos pensamientos, muchísimo más grandes que las rosas y muy parecidos a los limpiaplumas florales que hacían las señoras de la parroquia para los clérigos elegantes, sobresalían del musgo bajo los rosales; y aquí y allá una margarita injertada en una rama de rosa florecía con la exuberancia profética de los remotos prodigios de Mr. Luther Burbank.

En medio de este jardín encantado, Madame Nilsson, vestida de cachemir blanco con incrustaciones de satín azul pálido, un pequeño bolso que colgaba de un cinturón azul y gruesas trenzas amarillas colocadas cuidadosamente a cada lado de su blusa de muselina, escuchaba con ojos bajos los apasionados galanteos de Mr. Capoul, y asumía un aire de ingenua incomprensión a sus propósitos cuando éste, con palabras o gestos, indicaba persuasivo la ventana del primer piso de la pulcra casa de ladrillo que sobresalía en forma oblicua desde el ala derecha.

«¡Qué adorable!» —pensó Newland Archer, cuya mirada había vuelto a la joven de los lirios silvestres—. «No tiene idea de qué se trata todo esto». Y contempló su absorto rostro juvenil con un estremecimiento de posesión en que se mezclaba el orgullo de su propia iniciación masculina con un tierno respeto por la infinita pureza de la joven…”

Mircea Cartarescu, de lo real a lo fantástico

Procede de un país del cual no trascienden demasiadas obras de sus creadores literarios; aun así el escritor rumano (Bucarest, 1956) es reconocido como uno de los mejores prosistas contemporáneos de su generación. Mención hecha a base de un amplio registro como escritor, que abarca la novela, el cuento, el periodismo, la poesía, la crítica literaria, el ensayo, además de sus diarios personales de vivencias. 

Egresado de la Facultad de Letras de la Universidad de Bucarest, su desempeño en la ficción fue creciendo dentro de la novela al amparo de títulos como Nostalgia; Lulu; Solenoide; y la trilogía Cegador (El ala izquierda, Cuerpo y El ala derecha). Obras que completa con los relatos breves Las Bellas Extranjeras, además de textos autobiográficos como El ojo castaño de nuestro amor. Historias con las que logró cosechar galardones como el Premio de la Unión de Escritores Rumanos, el Leipzig Book Award, el premio Thomas Mann de Literatura, el Austríaco de Literatura Europea y el premio Formentor de las Letras.

Como no podía ser de otra manera, todo este reconocimiento ha hecho que sus libros trascendieran mucho más allá de las fronteras de su país para alcanzar otras latitudes, cuando sus obras comenzaron a traducirse a idiomas como el francés, alemán, inglés, español, húngaro o búlgaro, más allá de ser recomendados por el efectivo boca oreja de los lectores y las sugerencias para la elección de sus títulos de muchos libreros.

Las temáticas de las historias de Cartarescu están cargadas de originalidad cuando suelen oscilar entre la realidad y la fantasía, con tramas abigarradas y bien urdidas, a las que agrega una atrapante descripción de ambientes y una pulida conformación de sus personajes. Elementos todos que, bien compaginados, alcanzan un delicado equilibrio que solo puede producir el aumento del número de sus incondicionales adeptos.

Para apreciar en parte su narrativa el pasaje siguiente perteneciente a El Ruletista, texto estructurado como prólogo de su novela Nostalgia, publicado luego de forma individual, donde logra sintetizar las formas antes mencionadas:   

“Por arriba se oía, de vez en cuando, el traqueteo de un tranvía. Me retiraron el pañuelo de los ojos en un sótano débilmente iluminado por unas cuantas velas; allí, bajo el arco de la bóveda, habían colocado, a modo de mesa, unas barricas de arenque y, a modo de sillas, unos cajones pequeños y unos troncos gruesos de madera. Todo ello evocaba un lagar decorado para resultar más ostentosamente rústico. Esa impresión se veía acrecentada por las jarras de madera y los vasos de cerveza de unos diez o quince individuos muy animados y bien vestidos que, sentados alrededor de las barricas, bebían y hablaban entre sí mientras me contemplaban. Por el suelo de adobe pululaban unas cucarachas enormes. Algunas, medio aplastadas por un taconazo, agitaban aún las patitas o una antena. Me senté a la mesa en la que se encontraba mi amigo el pelirrojo. Ya habían hecho las apuestas y estaban anotadas en un pizarrín negro, así que deduje que por el momento tendría que contentarme por ser un mero espectador. Las sumas eran muy altas, muy por encima de lo que yo había visto apostar nunca en un juego de azar. En un momento determinado, la animación de los accionistas –iba a descubrir que así se llaman los que apuestan en ese juego- decayó, las bebidas quedaron olvidadas en jarras y vasos y en aquel ambiente ceniciento empezó a flotar poco a poco un olor agrio a alcohol y a cerveza caliente. Las miradas de los presentes en la cava se deslizaban cada vez con más frecuencia hacia la portezuela. La puerta se abrió al cabo de un rato y en la habitación entró un individuo con un aspecto muy parecido al que presentaba mi amigo de la infancia en su época de máxima decadencia. Tenía los bolsillos de la chaqueta rotos y se sujetaba los pantalones con cuerdas de embalar. De su cara, que asomaba arrugada entre unos cabellos desgreñados, solo se podía decir que era la cara de un borracho. Lo empujaba un patrón –ese es el nombre con que se conoce a los que contratan a los Ruletistas- con aspecto de camarero, que llevaba bajo el brazo una caja grasienta de madera. El borrachín se subió a un cajón de madera en el que yo no había reparado hasta entonces y allí permaneció encorvado, con el aire caricaturesco de un campeón olímpico. Los accionistas lo miraban agitados, comentando entre ellos algún aspecto del tipo del cajón. A uno lo descubrí santiguándose con discreción. Otro se roía con saña los pellejos de las uñas. Otro le gritaba algo al patrón. Pero el alboroto se cortó en seco cuando el patrón abrió la cajita. Todos estiraban el cuello, hipnotizados, hacia el pequeño objeto negro que brillaba como incrustados de diamantes. Era un revólver de seis balas, bien lubricado. El patrón se lo mostró al público con gestos lentos, casi rituales, como muestra un ilusionista las manos vacías con las que va a realizar los milagros. Pasó después la palma por el tambor del revólver para hacerlo girar; se oyó un sonido delicado, punzante como la risa de un gnomo. Depositó el revólver en el suelo y del interior de una cajita de cartón sacó un cartucho, con su camisa de cobre reluciente, y se lo tendió al accionista que tenía más cerca. Este lo examinó por todas partes atento y concentrado; asintió levemente con la cabeza, como contrariado por no haber encontrado ninguna irregularidad, y se lo pasó al siguiente. El cartucho dio la vuelta a la habitación y dejó restos de aceite en todos los dedos. Yo también lo toqué por un instante. Me esperaba, no sé por qué, que fuera frío como el hielo, o bien que quemara, pero estaba tibio. El cartucho volvió al patrón, quien, con gestos ostentosos, explícitos, lo introdujo en uno de los seis orificios del tambor. Pasó de nuevo la palma por la pieza móvil de metal que giró durante unos cuantos segundos con el mismo sonido agudo, chirriante. Finalmente, con una extraña reverencia, le tendió el arma reluciente al hombre del cajón. En medio de un silencio que te pulverizaba los huesos y en el que, lo recuerdo incluso ahora, lo único que se oía era el pulular de las cucarachas gigantes y el leve sonido de las antenas al rozarse entre sí, el hombre se llevó el revólver a la sien. Me dolían los ojos por culpa de la terrible concentración y de la luz mortecina. De pronto, la silueta del mendigo con el revólver en la sien se descompuso en unas cuantas manchas fosforescentes amarillentas y verdosas. La pintura de la pared blanca que estaba a sus espaldas adquirió un relieve enorme: era capaz de distinguir cada hendidura y cada grano de cal, engrosados como la piel de un viejo, y las marcas azuladas que dejaban en la pared. De repente, en el sótano se empezó a oler a almizcle y a sudor. El hombre del cajón, con los ojos apretados y una mueca como si mascara un sabor horrible en la boca, apretó violentamente el gatillo…”  

«El crecimiento de los nacionalismos y populismos se debe a una reacción contra la globalización; la gente tiene la sensación de que ha perdido el control, de que hay alguien en Pekín, en Madrid o en Bruselas que decide por ellos» ( Anne Applebaum )