Pierre Lemaitre , el comandante Verhoeven y otras historias más

El francés (París, 1951) es uno de los escritores de más éxito dentro del género policial. Y si bien logró hacerse conocer por la astucia del diminuto comandante Camille Verhoeven (1,45 metros), no dudó en abandonar el lugar de prestigio alcanzado para extenderse en la creación de historias de corte más literario.

Aunque antes de lanzarse como autor de ficción tuvo la oportunidad de estudiar psicología, ciencia a la que con habilidad echa mano para la conformación del razonamiento de sus personajes. Tal fue el caso de su primera novela policial, con el equipo de Verhoeven a la cabeza de la Brigada Criminal de la capital gala: Travail saigné, traducida al español con el título de Irene, con la que dio comienzo a una exitosa saga que se completaría con otras obras como Alex, un thriller donde se permite hacer referencias a sus escritores admirados: Marcel Proust, Roland Barthes o Boris Pasternak, para completarla luego con otras ficciones como Rosy & John o Sacrificios.

El parisino es un escritor versátil que, aún en pleno éxito, se permitió arriesgar más allá de los laureles logrados; fue cuando decidió  aparcar por un tiempo el policial y adentrarse en el drama social y antibelicista. Este fue el caso de Au revoir là haut, traducida al español como Nos vemos allá arriba, texto con el que ganó el prestigioso premio Goncourt del año 2013, y a alcanzar con ello su definitiva proyección internacional. Luego la acompañó con dos nuevos títulos: Los colores del incendio y El espejo de nuestras penas,para conformar con ellas la trilogía denominada Los hijos del desastre.

Lemaitre es un autor al que le gusta participar en el guión cuando alguna de sus historias es llevada al ámbito de la televisión o de la pantalla grande. Así lo ha hecho en las adaptaciones al cine de Alex y también con la traslación de Nos vemos allá arriba, con muy buena repercusión por la labor realizada.

El pasaje a continuación pertenece a Rosy & John, otra de las investigaciones a cargo del sagaz Verhoeven y el resto de componentes de la brigada contra el crimen:

“…Volvamos a empezar. Desde el principio.

    -Así pues, compró usted siete obuses.                                                                                                                                                                                                                                                      

    -No –explica Jean-, no los compré. Los recogí en la carretera de Souain-Perthes, en dirección a Sommepy. Y en Monthois.

   Camille Verhoeven, por encima del hombro de Jean, interroga a Basin, que asiente con un ligero movimiento de cabeza. Es en el este, explicará más tarde, en la zona de Châlons, en el Marne. Cada año, decenas de obuses de la Primera Guerra Mundial salen a la superficie; los agricultores los amontonan al final de los caminos hasta que llegan los artificieros.

   Camille se queda de piedra.

   Simplemente el tipo ha recogido obuses al borde de la carretera…

   -¿Y cómo los transportó?

   Jean se vuelve hacia Louis, en cuya mesa han depositado todo el contenido de la bolsa de deportes con la que ha llegado. Alarga el brazo y señala un manojo de recibos unidos por un clip.

   -Alquilé un coche. Ahí tiene la factura.

   Cuando Basin toma la palabra, Jean no se vuelve hacia él, permanece concentrado. Basin quiere saber cómo lo ha hecho. Recoger un obús es una cosa; hacerlo estallar, otra.

   -Con un detonador y un relé dice Jean como si fuera evidente-, no tiene ningún secreto.

   Señala un despertador digital con calendario.

   -Programé todas las bombas con eso. Tres con noventa y nueve euros en internet.

   Louis saca la factura del montón de recibos: Garnier pagó con tarjeta, con la tarjeta que está en su cartera, no hay duda, es la misma. Es la primera vez que ven a un criminal traer las facturas para demostrar que es el culpable.

   Jean muestra una caja llena de detonadores, tubos del tamaño de un cigarrillo.

   -Los robé en Technic Alpes –explica-. Es un almacén de material de obras públicas en Haute-Savoie.

   Louis lo comprueba en la red.

   -No hay más que un guardia a tiempo parcial –comenta Jean-. Fue muy fácil.

   -La empresa existe –confirma Louis desde la pantalla-, la sede está en Cluses.

   – La sede puede –dice Jean-, pero el almacén está en Sallanches.

   En la habitación todo el mundo empieza a sentirse realmente mal.

   Porque si dice la verdad sobre esa bomba de la rue Joseph-Merlin, sin duda dice la verdad sobre las demás. Los seis próximos obuses. Eso es justo lo que piensa Basin, que no para de asentir con la cabeza dirigiéndose a Camille. Para él, no hay dudas. Desde el punto de vista técnico puede haberlo llevado a cabo perfectamente.

   Basin se levanta, rodea la silla de Jean Garnier y se planta de pie, frente a él.

  -Esos obuses de la Gran Guerra, si los encuentran es porque no han explotado. Solo uno de cada cuatro está en condiciones…

   Jean frunce el ceño, preocupado. No comprende.

   -Lo que quiero decir –prosigue Basin con paciencia- es que su amenaza es real si los obuses funcionan. ¿Lo entiende?

   Basin le está hablando como un tonto a un sordomudo. No se le puede reprochar, Jean Garnier no tiene una cara que irradie inteligencia.

   Basin continúa en tono pedagógico:

   -No puede estar seguro de que los obuses vayan a explotar. Su amenaza…

   -Uno –le interrumpe Jean contando con los dedos-: el primero ha funcionado perfectamente. Dos: por esa razón hay seis, para tener en cuenta los que no van a funcionar. Y tres: si están dispuestos a correr el riesgo es cosa suya.

   Silencio.

   Basin intenta mantener la compostura.

 -¿Tiene todo lo que ha usado?

  -Los relés, los cables…, lo compré todo en Leroy Merlin –contesta Jean.

  Nadie reacciona. Poco importa, ha decidido contarlo todo, así que lo cuenta todo.

  -¡Ah, sí! En mi casa no van a encontrar ningún ordenador. Lo he tirado. Sé que pueden registrarlo incluso si se han borrado los datos…

   Y lo mismo con el teléfono fijo, hace mucho tiempo que lo dio de baja.

   A Camille le cuesta entenderlo. Necesita hablar con Basin y Louis.

   Dejan a Jean con un agente. Podrían incluso dejarlo solo, no hay peligro, en eso todo el mundo está de acuerdo.

   Salen al pasillo.

  -Joder –suelta Camille nada más cerrar la puerta-. ¿Es posible aterrorizar a una ciudad comprando despertadores en internet, relés en Leroy Merlin y recogiendo obuses en los arcenes…?”

«Tú crees que la naturaleza de la realidad es evidente por sí misma. Cuando te engañas y crees que has visto algo, das por sentado que todo el mundo lo ve. Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. Existe solo en tu imaginación…» ( George Orwell – 1984 )

Martín Caparrós, cronista de la realidad y literato

Conserva una fuerte presencia y una mirada inquisidora como si, por defecto de profesión, la imperiosa necesidad de la observación del hecho lo acompañara de manera constante. Pero además el escritor argentino (Buenos Aires, 1957), posee otros componentes que acompañan los rasgos externos de su personalidad.

Fue desde edad temprana que el bonaerense se inclinó hacia el periodismo, hecho que lo condujo a integrar redacciones de medios como los diarios Noticias, Tiempo Argentino o Página/12, para formarse al lado de profesionales como el infortunado Rodolfo Walsh, verdadero mito de la información en el país sudamericano. Después, con los años, también llegó a ser editor de la revista El Porteño, para luego terminar fundando otra revista, en este caso Babel, y si bien los derroteros posteriores con las letras lo derivaron hacia otros géneros estilísticos nunca se alejó de su rol de cronista, a punto que en la actualidad escribe para el diario El País de Madrid y para el estadounidense The New York Times.

Quizás fruto de tanta dosis de realidad fue la que le hizo acercarse al texto de ficción, con novelas como Valfierno, A quien corresponda, Los Living o Echeverría. Luego publicó también crónicas de viaje: La guerra moderna o El interior, y se aventuró con el ensayo; Argentinismos; ¡Bingo!; y también con trabajos de investigación como El Hambre. Sus múltiples facetas le llevaron incluso a incursionar en la actuación, cuando hizo su participación en películas como ¿Quién mató a Mariano Ferreyra? o Tiempo después.

Su extensa obra le ha hecho ser acreedor de distinciones variadas, como la Beca Guggenheim, el premio Herralde de novela o el Planeta para Latinoamérica, además del Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes de España o el María Moors Cabot de la estadounidense Universidad de Columbia.

Viajero infatigable aunque residente en la capital española desde hace muchos años, quizás como un punto geográfico más para su observación de la realidad mundial, Caparrós afirma que los sistemas políticos y económicos cambian, y seguirán cambiando siempre. Solo que, en las particulares circunstancias actuales, la humanidad está atravesando por momentos delicados en los que está en juego cuál es el futuro que realmente desea.

Pero dejando de lado su observación sobre la realidad para echar mano de la libertad que concede la propia invención literaria, de su novela Valfierno, una de sus obras más apreciadas, el pasaje con el que da comienzo a la narración:

   “Soy Valfierno.

   Digamos que soy Valfierno. O, mejor dicho, fui Valfierno. Y fue como Valfierno que hice algo extraordinario: la historia de una vida.

   ¿Por qué el nombre de Valfierno?

   Convinimos que sus preguntas se iban a limitar a los hechos, ¿no es verdad?

   Sí, es cierto. ¿Y eso no es un hecho?

   Vamos, mi estimado.

    El martes 23 de agosto de 1911 los diarios de la tarde de París se vendieron a mares: voceadores gritaban en todas las esquinas que habían robado el cuadro más famoso del mundo.

   -¡La Gioconda! ¡Entérese de todo! ¡Ha desaparecido la Gioconda!

   Hacía un calor de perros. Semanas que hacía un calor de perros y todos los que no lucraban con él se sentían miserables: el tema pegajoso en cada encuentro, cada café, cada salón con sus molduras, cada iglesia o prostíbulo de lujo. Ese calor conseguía que París dejara de ser París por el bochorno. Eso –que París no fuera París- los hacía sentir particularmente miserables: estafados, y hablaban. Los señores y señoras hablaban del calor y, una vez que habían hablado de él, pasaban a otros temas que no les importaban y de pronto se secaban y volvían al asunto y uno decía que el mundo ya no era lo que era y otro se jactaba del ventilador que compraría si todo seguía así.

   -Es el progreso, mi querido, el progreso. Si no fuera por los socialistas y este calor tremendo…

   Hacía semanas que el sofoco secaba las conversaciones.

Hasta que de pronto, esa tarde, el mundo se animó:

   -¡Se la robaron! ¡Se rieron de Francia en sus narices, extra, extra!

   Soy Valfierno: fui un niño muy feliz. Mi madre me llamaba Bollino y yo creía que mi nombre era ése: Bollino, soy Bollino. Se rió mucho, mi madre, una vez en la calle cuando una señora dijo ay que linda criatura cómo se llamará y yo le dije que Bollino. No señora, se llama Juan María, dijo mi madre, que no sabía que yo tenía que llamarme Eduardo. Pero yo, Bollino, Juan María, Enrique no, Bonaglia todavía, Eduardo incluso, fui un niño muy feliz…”    

Margaret Atwood, convicciones, pensamientos y literatura

La escritora canadiense (1939, Ottawa) es poseedora de una extensa obra literaria a sus espaldas y que alcanza a casi todos los géneros literarios. Conocida con suficiencia en los países de habla anglosajona, su nombre se ha hecho masivo al gran público a través de la versión televisiva de su ficción El cuento de la criada.

Ávida lectora desde temprana edad, comenzó a escribir sus primeras historias a los 16 años. Ya mayor y en busca de ampliar sus conocimientos, se graduó en filología inglesa en la Universidad Victoria de Toronto, estudios que con posterioridad complementaría en la estadounidense Universidad de Harvard. Con los años y su experiencia a cuestas, harían que terminase impartiendo clases en la Universidad de la Columbia Británica, en la de Alberta y también en la de Universidad de Nueva York.

Su obra se extiende al ensayo, el relato, la crítica y la poesía, en este último caso, con los compendios Doble Perséfona, El juego del círculo, Historias verdaderas o La puerta. Es autora  también de obras teatrales, guiones para televisión y novelas, de las que ha escrito casi una veintena de ellas, entre las más renombradas: La mujer comestible, Nada se acaba, La novia ladrona, El asesino ciego, Penélope y las doce criadas, y Los testamentos, que conforma la segunda parte de El Cuento de la Criada.

Toda esta pulsión creativa le ha valido reconocimientos de todo tipo, entre otros  el Toronto Book Award, el Commonwealth Literary Prize, el premio Booker y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, siendo su nombre uno de los que desde hace unos años suenan en consideración para alzarse con el Nobel de Literatura.

Mujer solidaria, sus orígenes de clase y sus profundas convicciones democráticas hacen que haya secundado distintas iniciativas, así ha donado el dinero de premios para la defensa de causas ambientales, ha suscripto textos por la libre elección de las féminas en cuestiones de aborto, adhesión por la que ha cosechado elogios y críticas por igual, y ha secundado iniciativas en contra de métodos en la sociedad moderna hacia el denominado trabajo esclavo; en sus palabras, «no dudo en secundar una causa si la considero cierta y justa».

El pasaje a continuación pertenece El huevo de Barba Azul, incluido en su colección de relatos breves Un día es un día, en los que se sumerge entre los afectos y el desgaste que trae la cotidianidad en las sociedades occidentales:

“Sally oye que la puerta de atrás se abre y se cierra. Siente que Ed se acerca, que recorre los pasillos de la casa hacia ella, como un viento suave o una bola de electricidad estática. Se le eriza el vello de los brazos. A veces le hace tan feliz que le parece que está a punto de estallar; otras veces le parece que está a punto de estallar sin más.

   Ed entra en la cocina y ella finge no darse cuenta. La rodea con los brazos por detrás y le besa el cuello. Ella se recuesta, se aprieta contra él. Ahora deberían ir al dormitorio (al salón, incluso al estudio) y hacer el amor, pero a Ed no se le ocurre hacer el amor en pleno día. Sally lee a menudo artículos de revistas sobre cómo mejorar la vida sexual, que le dejan una sensación de frustración o evocan ciertos recuerdos: Ed no es su primer y único hombre. Pero sabe que no debe esperar demasiado de él. Si Ed fuera más dado a experimentar, si le interesara más la variación, sería otro hombre: más astuto, más taimado, más observador, más difícil de tratar.

   El hace el amor siempre igual, una y otra vez, cada movimiento sigue al anterior en idéntico orden. Sin embargo, al parecer eso le satisface. Por supuesto que le satisface: es fácil saber cuando un hombre está satisfecho. Es Sally quien después se queda despierta. Viendo las imágenes que desfilan ante sus ojos cerrados.

   Sally se aparta de Ed y le sonríe.

   -¿Cómo te ha ido hoy con las mujeres? – le pregunta.

   -¿Qué mujeres? –dice Ed, distraído, yendo hacia el fregadero. Sabe a qué mujeres se refiere.

   -Las que están ahí fuera, escondidas entre las forsitias. He contado al menos diez. Están esperando su oportunidad.

   Se mete a menudo con él hablándole de estos ejércitos de mujeres que lo siguen a todas partes, invisibles para Ed pero más claros que la luz del día para ella.

   -Apuesto que se pasean ante la puerta del hospital, esperando a que salgas. Apuesto a que se ocultan en los armarios de las batas y saltan sobre ti desde atrás, y a que fingen que se han perdido para que las lleves por el camino más corto. Es por culpa de la bata blanca. Ninguna de esas mujeres puede resistirse a una bata blanca. Las ha condicionado la serie del doctor Kildare.

   -No seas tonta –dice Ed, sin inmutarse. ¿Le han salido los colores, está avergonzado? Sally examina su rostro de cerca, como un geólogo inspeccionaría una fotografía aérea en busca de señales reveladoras de tesoros minerales: marcas, protuberancias, cavidades. Todo en Ed encierra un significado, aunque a veces resulta difícil concretar cuál.

   Se lava las manos en el fregadero para eliminar la tierra adherida. Dentro de un minuto se las secará con el paño de cocina, en lugar de utilizar la toalla. ¿Hay cierta complacencia en la espalda vuelta hacia ella? Es posible que de verdad existan esas hordas de mujeres, a pesar de que es ella quien las ha inventado. Es posible que de verdad se comporten de esa forma. Ed tiene los hombros ligeramente alzados; ¿trata de ocultar algo?

   -Yo sé lo que quieren –prosigue Sally-. Quieren meterse en esa habitación oscura contigo y subirse a la mesa. Creen que eres delicioso. Te devorarán. Te comerán a cachos. No quedará nada de ti, salvo el estetoscopio y los cordones de los zapatos.

   En otras ocasiones, Ed se reía de las ocurrencias, pero hoy no lo hace. Es posible que Sally haya repetido lo mismo, o algo muy parecido, con excesiva frecuencia. De todas maneras, Ed sonríe, se seca las manos con el paño de cocina y abre la nevera. Le gusta picar.

   -Hay un poco de rosbif frío –dice Sally, desconcertada…”    

«Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quieren oír otra vez. Aquellas a las que se quiere entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive» ( Arundhati Roy – El dios de las pequeñas cosas )

Jo Nesbo, con fría acción criminal

El noruego (Oslo, 1960) es uno más de los tantos integrantes de los que construyen la ponderada novela negra escandinava. Con una camada de escritores como Henning Mankell, Stieg Larsson, Karin Fossum, Arnaldur Indridason, Liza Marklund y el mismo Nesbo quien, desde que se dio a conocer con su ficción debut El murciélago, primer título de la serie del policía Harry Hole, que le llevó a alzarse con el Riverton Prize a la mejor novela en su país y luego, el Glassnokkelen, a la mejor novela de los países nórdicos.

Más allá de los reconocimientos, su producción no ha cesado de crecer. Aunque antes de hacerse conocer como autor de literatura policial, Nesbo tuvo la oportunidad de graduarse en la Escuela Noruega de Economía, para desempeñarse luego como agente de bolsa. Como curiosidad también, el nórdico es el líder fundador y compositor del grupo de rock Di Derre, con el que asiduamente suele presentarse en shows.  

A esa primera publicación con la figura del inspector Hole le siguieron hasta el presente otras once entregas más, títulos como Petirrojo, Némesis, La sed o El muñeco de nieve, de la que en el año 2017 se hizo una exitosa adaptación para la pantalla grande protagonizada por el actor germano-irlandés Michael Fassbender. Además, tiene publicados otros cuatro textos dentro del género de novela juvenil con la saga del Doctor Proctor, dos de la serie de Olav Johansen, y otros tantos escritos que abarcan el ensayo y, como es el caso de Karusellmusikk, de relatos cortos.

A sus sesenta años ha logrado crear una producción que a más de extensa es variada, sin renunciar por ello al toque de calidad en sus obras. Quizás sea esto lo que le haga contar con el beneplácito de una legión de miles de lectores fieles en varios países, los que le premian siguiéndole en cada una de sus nuevas aventuras literarias.

Para apreciar una pequeña parte de sus textos de ficción, de la serie del detective Harry Hole, un pasaje de La sed, texto que, con la inclusión de atractivos personajes y un ritmo de acción sostenido, sobrepasa con creces los ingredientes esenciales de todo buen texto de novela policial:

  “A Katrine le costó mantener la concentración durante la rueda de prensa. Informaron brevemente de la identidad y edad de la víctima, de dónde y cuándo fue hallada, y poco más. En los casos de asesinato siempre se procuraba dar muy poca información en esas comparecencias iniciales; se trataba básicamente de ´dar la cara` en representación de una sociedad transparente y democrática.

   A su lado estaba el jefe del grupo de Homicidios, Gunnar Hagen. La luz de los flashes se reflejaba en su brillante calva, rodeada de cabello oscuro y rizado, mientras leía las pocas frases que habían redactado juntos. Katrine se alegraba de que fuera él quien hablara con los medios. No es que tuviera miedo de los focos, pero cada cosa a su debido tiempo. De momento su nombramiento para el cargo de comisaria jefe era tan reciente que resultaba más seguro dejar que Hagen tomara la palabra mientras ella aprendía su técnica oratoria. Observó como el experimentado alto cargo policial trataba de convencer a la opinión pública de que la policía lo tenía todo bajo control, más por el efecto de su lenguaje corporal y el tono de su voz que por el contenido de sus palabras. Miró por encima de las cabezas de los más de treinta periodistas congregados en la sala de la quinta planta, y sus ojos se fijaron en el gran lienzo que cubría la pared del fondo. En él se veían varias personas desnudas bañándose, en su mayoría delicados jovencitos. Una hermosa e inocente escena de los tiempos en los que no se veían segundas intenciones ni se interpretaba todo de la peor manera posible. Eso era lo que le pasaba a ella, así que supuso que el artista era un pedófilo. Hagen repetía su mantra a cada pregunta de los periodistas: <No podemos responder a eso>. Introducía algunas variaciones para que sus respuestas no resultaran arrogantes o sencillamente cómicas: <En este momento no podemos comentar ese extremo>. O en un tono más amable: <Volveremos sobre ese punto más adelante>.

   Oía como los bolígrafos y teclados anotaban unas preguntas que, por supuesto, resultaban más explícitas que las respuestas: <¿El cadáver estaba en muy mal estado?>, <¿Había indicios de violencia sexual?>, <¿La policía tiene algún sospechoso y, en ese caso, se trata de alguien cercano a la víctima?>. Preguntas especulativas que, a falta de otra cosa, añadían cierto morbo a la respuesta <Sin comentarios>.

   Al fondo de la sala, una figura familiar apareció en el umbral de la puerta. Lucía un parche negro y llevaba un uniforme de jefe de policía que sabía que siempre colgaba recién planchado en el armario de su despacho. Mikael Bellman. No llegó a entrar. Observaba. Katrine se dio cuenta de que Hagen también lo había visto, de que se erguía en su silla ante el mando más joven que él.

   -Y eso ha sido todo –concluyó la responsable de comunicación-.

   Katrine vio que Bellman hacía un gesto para indicarle que quería hablar con ella.

   -¿Cuándo será la próxima rueda de prensa? –gritó Mona Daa, la redactora de sucesos del diario sensacionalista VG.

   -Volveremos a convocarlos…

   -Cuando tengamos alguna novedad –interrumpió Hagen a la responsable de comunicación.

   Katrine se fijó en que había dicho <cuando>, no <si tenemos>. Eran esos pequeños pero importantes matices los que daban a entender que los servidores del Estado de derecho trabajaban sin descanso, que la justicia no se detiene y que es solo cuestión de tiempo encontrar al culpable.

   -¿Alguna novedad? –preguntó Bellman mientras cruzaban el atrio de la comisaría.

   Hubo un tiempo en que su belleza casi femenina, realzada por sus largas pestañas, el pelo bien cuidado aunque demasiado largo, y la piel bronceada con sus características manchas blancas, podían causar una impresión de cierta afectación, de debilidad. Pero el parche del ojo, que podía haber tenido un efecto teatral, conseguía lo contrario. Daba sensación de fuerza, de que era un hombre que no se detenía por la pérdida de un ojo.

   -Los de Medicina Legal han encontrado algo en las heridas causadas por las dentelladas –dijo Katrine siguiendo a Bellman por las puertas de seguridad de la recepción.

   -¿Saliva?

   -Óxido.

   -¿Óxido?

   -Sí.

   -Como en un… -Bellman llamó al ascensor.

   -No lo sabemos –dijo Katrine colocándose a su lado.

   -¿Y todavía no sabéis cómo accedió el asesino a la vivienda?

   -No. La cerradura no se puede abrir con una ganzúa, y no se han forzado ni puertas ni ventanas. Queda la posibilidad de que ella le dejara entrar, pero no creemos que fuera el caso.

   -Tal vez tuviera la llave.

   -En el bloque hay instaladas cerraduras que utilizan la misma llave para el portal y las puertas. Según el registro de la comunidad, solo había una llave para el apartamento de Elise Hermansen, y esta la tenía en su poder. Berntsen y Wyller han tomado declaración a los chavales que se encontraban en el portal cuando ella llegó a casa y los dos recuerdan sin duda alguna que abrió el portal con llave, que no llamó al telefonillo para que le abriera alguien que ya estuviera dentro.

   -Entiendo. Pero ¿no puede simplemente haberse hecho con una copia de la llave?

   -En ese caso tenía que haber tenido acceso a la llave original, además de dar con un profesional sin escrúpulos que tenga acceso a llaves de seguridad dispuesto a copiarla sin el consentimiento escrito de la comunidad. Es muy poco probable.

   -Vale. No era eso de lo que quería hablarte…”

«Ella era de las que tardaban. Cuando sentía sobre los ojos el roce suave de los párpados, aquellos velos rosados que la separaban de los objetos de la habitación, de la ventana, las paredes y el biombo, sabía que estaba viva»

Texto: Monserrat Roig (El canto de la juventud)