Voy a contarte mi secreto -dijo Martí, que ansiaba confiar sus cuitas amorosas a un oyente atento-. Te conozco y sé que eres buena y leal. Cuando pujé por ti, lo hice para tener ocasión de conocer a cierta persona que desde aquel día ha presidido mis sueños. No sé si te has dado cuenta, pero muchas noches, cuando endulzabas mis veladas con tus bellos romances, mi pensamiento estaba muy lejos, al punto que de vez en cuando me decías: ‘¿Queréis que continúe, amo?`

Óleo: Retrato de Madeleine de Marie-Guillemine Benoist

Texto: de la novela Te daré la tierra de Chufo Lloréns

Hasta las últimas instancias, Stefan Zweig

Los totalitarismos de cualquier índole no suelen soportar a aquellas voces discordantes, y sus dirigentes, rodeados de mediocridad, solo admiten a los aduladores que les glorifican. Esto mismo lo debe haber comprobado en su momento el escritor austríaco (Viena, Austria 1881 – 1942 Petrópolis, Brasil) en propia persona, cuando en el año 1938 el nazismo prohibió la reproducción de todos sus textos.

Procedente de una familia judía y de alta posición social, desde temprana edad desplegó sus capacidades en distintas disciplinas: se doctoró en filosofía en la universidad vienesa y se desempeñó además como traductor, crítico literario, biógrafo e historiador, llegando a publicar su primera novela hacia el año 1904. Aunque su carrera, como la de otros tantos jóvenes, se vio truncada ante el estallido de la Primera Guerra Mundial, en la que tuvo que incorporarse a las filas del ejército del entonces imperio Austrohúngaro, conflicto que no hizo más que alimentar sus ideas antibelicistas, esas mismas convicciones que le llevaron luego a enfrentarse con las crecientes doctrinas nacionalistas en la década de los años treinta del siglo pasado.

Una vez acabada la gran contienda se dedicó a viajar por distintos continentes, visitando la Unión Soviética, India, diversos países de América del sur y los Estados Unidos. Viajes que le sirvieron para trabar amistad con escritores, científicos o músicos, personalidades como Máximo Gorki, Albert Einstein o Arturo Toscanini. Para ese entonces, la prohibición de sus publicaciones se iba extendiendo también a los países que sistemáticamente eran sojuzgados e incorporados al Reich alemán. Aunque más allá de estas contingencias, nada impidió que Zweig fuera uno de los autores más populares y prolíficos en los años veinte y treinta; con novelas y relatos tales como El mundo de ayer, Novela de ajedrez, Amok, Ardiente secreto o Carta a una desconocida, los que fueron traducidos a varios idiomas.

Ante el desarrollo de los acontecimientos con un nuevo giro racista del gobierno germánico, sumada a la anexión de Austria y ante la inminencia de una nueva conflagración global, decidió dejar su país para establecerse en Londres primero, donde pronto le alcanzarían las consecuencias de la guerra, para luego cruzar el océano e instalarse con su joven esposa en la ciudad brasileña de Petrópolis, cercana a Río de Janeiro.

Pero no pudo encontrar esa anhelada paz interior que buscaba, más aún con el curso que iban tomando las hostilidades, ante el victorioso avance de los ejércitos fascistas que le hicieron temer lo peor para el futuro del planeta. Situación por la cual el 22 de febrero del año 1942, él y su mujer tomaron la drástica determinación de quitarse la vida; no sin antes dejar tres cartas explicando el porqué de su decisión, cuando en una de ellas con desazón especificaba: “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”.

Desde hace unos años sus obras vuelven a tener la trascendencia de otrora y a publicarse con renovado vigor, tal el caso de Amok y este pasaje, para apreciar sólo una pequeña dimensión de su mundo literario:

   “…Una tos seca y ligera muy cerca de mí me despertó bruscamente. Salí sobresaltado de mi casi embriagado ensueño. Mis ojos, deslumbrados por el blanco resplandor sobre los párpados hasta entonces cerrados, se esforzaban por ver: justo delante de mí, en la sombra de la borda, brillaba algo así como el reflejo de unas gafas, y en aquel momento ardió una chispa gruesa y redonda, el rescoldo de una pipa. Al tumbarme, simplemente había echado una ojeada a la espumosa proa, debajo de mí, y a la Cruz del Sur, encima de mi cabeza, pero era obvio que no me había dado cuenta de la presencia de aquel vecino, que debió de haber permanecido allí sentado e inmóvil durante todo el rato. Espontáneamente, con los sentidos aún amodorrados, dije en alemán:

   —Perdone.

   —No hay de qué —respondió la voz desde la oscuridad, también en alemán.

   Es imposible explicar lo extraño y horripilante que resultaba estar sentado en silencio y a oscuras junto a alguien al que no veía. Me daba la irreflexiva impresión de que aquel hombre tenía los ojos fijos en mí, tal como yo tenía los míos en él. Pero tan fuerte era la luz que nos inundaba desde arriba con su blanco centelleo, que ninguno de los dos podía ver del otro más que la silueta en la sombra. Tan sólo creí percibir su respiración y sus silbantes caladas a la pipa.

   El silencio era insoportable. De buena gana me hubiera ido de allí, pero tal cosa habría parecido demasiado brusca, demasiado repentina. Perplejo, saqué un cigarrillo. La cerilla chasqueó, durante un segundo palpitó luz sobre el estrecho espacio. Detrás de los cristales de unas gafas vi un rostro desconocido que no había visto antes a bordo, ni en las comidas ni en los pasillos, y fuera que la repentina llama le hiriera los ojos, fuera que se tratara de una alucinación, lo cierto es que me pareció un rostro terriblemente desfigurado y siniestro que recordaba a un duende. Pero antes de que pudiera distinguir sus rasgos, la oscuridad engulló de nuevo las líneas de aquella cara fugazmente iluminada. Sólo vi la silueta de una figura oscura, acurrucada en la sombra, y de vez en cuando el rojo anillo de fuego de la pipa en el vacío.

   Ninguno de los dos hablaba y aquel silencio era sofocante y agobiante como el aire de los trópicos.

   Finalmente no pude contenerme más. Me levanté y dije cortésmente:

   —Buenas noches.

   —Buenas noches —respondió desde las tinieblas una voz ronca y enmohecida.

   Avanzaba a duras penas tropezando con el cordaje y evitando los postes, cuando oí unos pasos detrás de mí, rápidos e inseguros. Era el vecino de antes. Involuntariamente me detuve. Él se acercó y a través de la oscuridad percibí en su modo de caminar cierto temor y abatimiento.

   —Perdone que le pida un favor —se apresuró a decir entonces—. Ten… tengo —balbuceó, y en su estado de azoramiento no pudo continuar—… motivos privados…, completamente privados para retirarme aquí… Una defunción… Evito la compañía de a bordo… No lo digo por usted…, no…, no… Sólo quería pedirle…, le estaría muy agradecido si no dijera a nadie de a bordo que me ha visto… Se trata de…, por decirlo así, de motivos privados que me impiden hablar con la gente… Sí…, ahora me resultaría muy embarazoso que mencionara que alguien aquí…, de noche…, que yo…

   De nuevo se le atascaron las palabras. Rápidamente puse fin a sus temores asegurándole que cumpliría su deseo. Nos dimos la mano. Después regresé a mi camarote y dormí con un sueño pesado, extrañamente agitado y turbado por toda suerte de visiones.

   Mantuve mi promesa y no conté a nadie de a bordo el extraño encuentro, aunque la tentación era grande, pues en el curso de un viaje por mar el hecho más insignificante, una vela en el horizonte, un delfín que salta, un flirteo recién descubierto, una broma pasajera, se convierten en todo un acontecimiento. Con todo, me consumía la curiosidad de saber algo más de aquel insólito viajero: examiné con atención la lista de pasajeros buscando un nombre que pudiera ser el suyo, observé a las personas para descubrir si podían tener alguna relación con él; una impaciencia nerviosa se adueñó de mí durante todo el día, en realidad estaba esperando la noche para ver si volvía a encontrarlo. Los misterios psicológicos ejercen sobre mí un poder francamente inquietante, la sangre me hierve tratando de descubrir las relaciones entre las cosas, y las personas singulares pueden, con su mera presencia, encender en mí una pasión por conocerlas que no es menor que la de las mujeres por querer poseer. El día se me hizo largo y se desmigajó vacío entre mis dedos. Me acosté temprano: sabía que me despertaría a medianoche, que el desasosiego me desvelaría.

   Y en efecto: me desperté a la misma hora que el día anterior. En la esfera fosforescente de mi reloj las manecillas se sobreponían en una raya luminosa. Salí a toda prisa de mi bochornoso camarote para entrar en una noche todavía más bochornosa.

   Las estrellas brillaban como la noche anterior y derramaban una difusa luz sobre el tembloroso barco; en lo alto centelleaba la Cruz del Sur. Todo era como el día anterior —en los trópicos los días y las noches se asemejan más entre sí que en nuestras latitudes—, sólo que yo ya no sentía en mí aquel balanceo suave, flotante y soñador de la víspera. Algo me empujaba y confundía, y yo sabía hacia dónde me atraía: hacia la negra curvatura de proa, para ver si el hombre misterioso estaba otra vez allí sentado e inmóvil. En lo alto sonó la campana del barco. Las campanadas me empujaron a seguir. Paso a paso, contra mi voluntad y, sin embargo, arrastrado, cedí al impulso. No había llegado aún a la proa cuando, de pronto, chispeó algo parecido a un ojo rojo: la pipa. Así pues, él estaba allí.

   Me estremecí sin querer y me detuve. Un poco más y me habría ido. Entonces algo se movió en la oscuridad, se levantó, dio dos pasos y, de repente, oí delante de mí su voz cortés y abatida.

   —Perdone —dijo—. Por lo visto usted desea volver a su sitio y me ha parecido que estaba a punto de huir cuando me ha visto. Por favor, siéntese sin más, yo ya me voy.

   Yo por mi parte me apresuré a decirle que se quedara, que había retrocedido sólo para no molestarle.

   —No me molesta —dijo él con cierta amargura—. Al contrario, me alegro de no estar solo por una vez. No he pronunciado una sola palabra desde hace diez días…, en realidad desde hace años…, y la verdad es que se hace difícil tener que guardárselo todo dentro de uno, quizá precisamente porque uno acaba ahogándose con ello… No puedo seguir metido en el camarote, en aquel… aquel ataúd… No puedo… Y a la gente tampoco la soporto, porque se pasa el día riendo… No puedo soportarlo ahora… Los oigo hasta en el camarote y me tapo los oídos… Claro que ellos no saben que…, en fin, no saben nada y, aunque lo supieran, qué importa a unos extraños…

   Se interrumpió de nuevo. Y después añadió repentina y apresuradamente:

   —Pero no quiero importunarle… Perdone mi locuacidad.

   Se inclinó e hizo ademán de marcharse. Pero yo me opuse enérgicamente.

   —Usted no me importuna en absoluto. Yo también me alegro de charlar un ratito tranquilamente… ¿Quiere un cigarrillo?

   Tomó uno. Se lo encendí. De nuevo su rostro se destacó vacilante sobre la oscura borda, pero ahora completamente vuelto hacia mí: tras las gafas, sus ojos escudriñaban mi rostro, ávidos y con enajenada vehemencia. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Presentía que aquel hombre quería hablar, tenía que hablar. Y sabía que yo debía callar para ayudarle…”

«Esas mujeres que nunca conocí y con las que, vivas o muertas, reales o ficticias, siento que tengo algo en común. Son artistas, escritoras, heroínas y mujeres de mi infancia que componen una cadena invisible dentro de mí. Tengo la impresión que mi historia es la de ellas» (Annie Ernaux)

Suicidas, toxicómanos, dementes y otros escritores

¿Cómo abordar la lectura de un libro que ostenta esta escalofriante «dedicatoria» de autor: «En olvido de mi padre, que me destruyó para siempre»? Pues con la decidida valentía del lector que se asoma al abismo de una escritura del desencanto y la desesperación. Esas palabras figuran al frente de «La letra herida», del poeta, ensayista, narrador y crítico literario Toni Montesinos (Barcelona, 1972), un impresionante ensayo este sobre «Autores suicidas, toxicómanos y dementes», como detalla su subtítulo. Abre el volumen un sobrecogedor prólogo del autor con dramáticos referentes autobiográficos, revelando una infancia y adolescencia marcadas por la crueldad de un despótico padre y la tragedia de una madre prematuramente fallecida. A causa de esta dramática situación familiar se crea una solidaria complicidad entre el autor y los escritores abordados en el volumen, parias de la literatura, descastados heterodoxos, marginales del intelecto, enemigos de todo convencionalismo cultural y, en muchos casos, víctimas de esa brutalidad paterna.

Matar al padre

Estas páginas rezuman así la esencia de un furioso malditismo regido por un código moral de sensualidad, extravagancia, alcoholismo y transgresión. La sombra del sobrevenido final acechaba amenazante: «Tener esta vida llena de angustia y padecimientos me llevó a plantarme para qué seguir vivo. La tristeza y la desesperación habían maniatado todo lo que yo era». La freudiana propuesta de «matar al padre» para construir la propia personalidad cobra aquí el sentido de una catarsis reparadora, un lenitivo para las heridas del pasado. El suicidio agrupa a varios de los más destacados escritores aquí reunidos y, entre la anécdota cotidiana y la trascendencia de tan impactante asunto, se reflexiona sobre esa pulsión aniquiladora y su variada casuística bajo la sombra de la expresión literaria.

Cesare Pavese acabará con su vida ingiriendo somníferos en 1950 a los 41 años; era el final de su permanente meditación obsesiva sobre la muerte («Vendrá la muerte y tendrá tus ojos», es uno de sus más conocidos versos), atormentado por desengaños amorosos, depresivas frustraciones y un acusado cansancio vital. Es un representativo caso de intelectual desubicado, insatisfecho con la propia labor creativa, angustiado por una visceral soledad; alguien superado por, como tituló a su imprescindible diario personal, «El oficio de vivir».

Yukio Mishima se hizo el «harakiri» en una espectacular ceremonia de la confusión, habiendo apresado antes a un general en su cuartel, arengado a un sorprendido público burlón desde un balcón y dándose muerte al ostentoso grito de «¡Larga vida al Emperador!». Tras tan atrabiliario final, en el que no faltó su consentida decapitación, se encontró una nota en su escritorio: «La vida es breve, pero yo quisiera vivir siempre». Acaso fuera esa la forma de alcanzar su particular eternidad, con un ritual tan estrambótico como lo fuera su propia existencia, sin que esa extravagante deriva le reste sus reconocidos méritos literarios. No podía faltar aquí Virginia Woolf, quien se sumergiría en las aguas del río Ouse con una piedra en un bolsillo de su vestido; era 1941 y tenía 59 años. Entre crisis nerviosas, visionarias alucinaciones y la intuida demencia, más que no querer vivir quizá lo que deseaba era no sufrir y huir definitivamente de una intensa perturbación del carácter.

En 1961, Ernest Hemingway, en la cumbre de su reconocimiento popular y valoración crítica, se disparaba un tiro de escopeta en la cabeza; Lillian Ross, periodista que le había conocido profesionalmente, escribía, como aquí se detalla: «Podía haber comprado a todas las mujeres del mundo, haberse ido a China o reservarse una habitación en el Ritz de París; podía haberse convertido en el Proust del pueblo. Pero no, nada de eso, lo que hace es matarse». El miedo al triunfo literario y social, o a su pérdida, puede engendrar también fuertes tensiones psicológicas que aboquen a la pulsión suicida, a la huida de una agobiante necesidad de superación intelectual.

Por el hueco de una escalera

El caso de Primo Levi es algo diferente; no pudo resistir su condición de superviviente de Auschwitz, la «injusticia» de continuar viviendo mientras otros que habían conocido aquel horror con él sucumbieron. Para dejar de sufrir se lanzó al hueco de la escalera de la finca en que vivía. John Kennedy Toole se mató con 31 años antes de ver publicada su desternillante novela «La conjura de los necios» en un definitivo acto de rebeldía ante su talento no reconocido, superado por la incertidumbre de desnortadas expectativas. Robert Walser murió en su último paseo por la nieve cerca del sanatorio suizo en el que estaba ingresado; hacía años que ya no escribía, aquejado de depresiones que acaso fueran un lento morir más o menos voluntario en el discreto anonimato de quien se cree alejado de la vida y ausente de la realidad.

Entre otros suicidas literarios, Montesinos no olvida el referente ficcional que da pie al impulso autodestructivo, de ascendencia claramente romántica: la muerte del joven Werther, con la que Goethe mostraba la definitiva desesperación amorosa. Vida(s) y literatura se confunden así en un vaivén de emociones inconformistas, rebeldes y angustiadas. Es el suicidio lo que sitúa a estos personajes, reales o imaginarios, ante la marginalidad de su desarraigo social y cultural.

La dipsomanía literaria adquiere diversos perfiles creativos y encontramos en estas páginas una amplia casuística de esta especie de suicidio demorado. Malcolm Lowry ahogó en alcohol su insistente sensación de fracaso, recreando la propia angustia en el ya mítico ex cónsul británico en México de «Bajo el volcán», personaje consciente de su autodestrucción como una particular creación estética, anegado –como el autor– en una desolación sin límites. La generación beat, con Jack Kerouac y Allen Ginsberg a la cabeza, se sumergirá en una borrachera de drogas, contracultura hippie, budismo zen, sexo libre y vagabundeo incesante en lo que no era otra cosa que la búsqueda obsesiva de la libertad vertida en pura literatura.

Raymond Carver, quien dejaría atrás su adicción al alcohol, supo captar, deambulando por trabajos ocasionales y sórdidos paisajes, bajo la reconocida influencia de Chejov la aparente banalidad de lo cotidiano y su insospechada trascendencia en las vidas cruzadas de bien trazados personajes. Quizá sea Charles Bukowski, («Sigue siendo el rey de la cultura underground, de la rebeldía, del spleen y del erotismo literario moderno»), el claro ejemplo de escritor que asume y difunde su condición de borracho lúcido, contestatario, trangresor de normas sociales y convenciones estéticas. Su alcoholismo decidido y vocacional genera, en el marco de la fascinación por la música clásica, los ambientes marginales y la sexualidad desbocada, una literatura de irónico desarraigo. Y también encontramos a quienes se bebieron la vida, intoxicados con su propio vanidoso y brillante intelecto, como Truman Capote; en su mundo ingenioso y desinhibido la dipsomanía actuó como fiel acompañante de su pose de ocurrente conversador, al tiempo que activaba una estilística de calculada frivolidad. En muchos de los escritores que protagonizan este volumen de adicciones y desarraigos (donde también se encuentran Anne Sexton, Nietzsche, Pessoa, David Foster Wallace y Hunter S. Thompson, entre otros) la figura de un padre despótico, autoritario o directamente agresivo marcará dramáticamente su personalidad, creando un desequilibrio que se verá reflejado en su mejor literatura.

(El texto pertenece a Jesús Ferrer, y fue publicado por el diario La Razón de España)

Cristina Peri Rossi, los insondables caminos del deseo

De larga vivencia fuera de su país de origen, la escritora uruguaya (Montevideo, 1941), lleva desde el comienzo de los años setenta residiendo como una vecina más en la mediterránea ciudad de Barcelona. Su caso fue uno de tantos de una larga lista de migración obligatoria en la que se vieron envueltos muchos latinoamericanos; quienes tuvieron que salir por piernas para poner a salvo sus vidas en momentos en que la mayoría de sus países cayeron bajo las botas de las dictaduras militares genocidas.

Los más de ellos eligieron países europeos como nueva residencia, para lo que pensaron sería una estancia pasajera. Y si bien en el caso español el gobierno vivía los últimos estertores de la dictadura franquista, el exilio de la rioplatense terminó extendiéndose mucho más allá en el tiempo, tanto que su lugar de adopción se convirtió en el de estancia permanente, para luego terminar adoptando ya la nacionalidad española.

Fruto de todo ello y como no podía acontecer de otra manera, el desarraigo conforma una parte importante de su obra literaria. Aunque mucho antes de esto, la autora ya se había dado a conocer en su país con sendos compendios de relatos cortos: Viviendo y Museos abandonados, que en su momento fueron elogiados por la crítica así como por otros autores como el coterráneo Mario Benedetti. Con el exilio a cuestas comenzó colaborando con medios escritos de la península, con sus textos publicados en diarios como El País de España o El Periódico de Catalunya.  

Una vez concluida la dictadura en el Uruguay, la escritora se planteó el retorno hacia las que fueron sus raíces, pero finalmente y por el tiempo transcurrido decidió no sufrir más nostalgias, en este caso, con la que era su ciudad de adopción. Donde fuere y más aún en su madurez su obra no se detenía, impulsada por los temas que siempre la motivaron: el exilio, los intelectuales, las fantasías y la  identidad sexual, y también las variables del deseo, conceptos que canalizó a través de sus antologías de poesía con obras como Estado del exilio o Estrategia del deseo; novelas como La nave de los locos, Solitario de amor, La insumisa; y relatos como La nave del dinosaurio, El museo de los esfuerzos inútiles, y su última colección conocida, Desastres íntimos.

Su estilo oscila con variaciones cargadas de ironía, en otras con una inusitada intensidad en el momento de atacar el texto, mientras coquetea con el tratamiento de lo absurdo. Elementos que conjugados atrajeron la atención del público y de colegas como Julio Cortázar, con quien compartió amistad, lecturas y afecto, proximidad que hasta les llevó a hacerse sendas ofrendas literarias, ella con Julio Cortázar y Cris, mientras que el argentino compuso Quince poemas de amor a Cris.

Su extenso trabajo fue distinguido en innumerables ocasiones, con el Premio Ciudad de Barcelona, la Beca Guggenheim, el Premio Internacional de Poesía Rafael Alberti, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso y el Premio Cervantes de Literatura.

Aquí una pequeña muestra de su hacer literario, de la recopilación Desastres íntimos, un pasaje de su relato Entrevista con el ángel:

«Conocí al ángel en un bar de homosexuales del centro. El bar se llamaba Wilde’s y en las paredes había fotografías de travestidos famosos a quienes yo no conocía ni había visto jamás, pero que sin duda eran figuras muy apreciadas en el ambiente. También aprendí que la palabra ‘ambiente’ designaba precisamente esos lugares, donde se reunían hombres y mujeres para tomar una copa, reír, sufrir o ligar. El Wilde’s era mixto y la fauna de aquella noche de julio tenía un aspecto muy variado. Creo que se trataba de un viernes, y mi mujer acababa de abandonarme. Ella no soporta que yo diga <mi mujer>, porque cuando se refiere a mí no dice <mi hombre>, pero me siento ridículo si digo <mi compañera>, y <mi esposa> sólo lo uso para casos oficiales. Pues bien, <ella> acababa de abandonarme, justamente en julio, cuando muchas cosas estaban cerradas y la oficina donde trabajo –una gestoría- se encontraba de vacaciones. Hay algo peor para un hombre que el hecho de que su mujer lo abandone por otro hombre, y es que lo abandone por una mujer. Eso era lo que me había ocurrido y no conseguía digerir. El hecho se había instalado en el centro de mi estómago, como una bola de cemento, que no me permitía ni tragar ni vomitar, y en el centro de mi cabeza, impidiéndome cualquier clase de pensamiento, o simplemente, dormir. No sabía si tenía que ir a un psiquiatra, al juzgado de guardia o a un abogado. A ella la mandé al médico, con lo cual sólo conseguí una risita irónica y un comentario mordaz:

   -Su hubiera conocido a Irma antes que a ti, seguramente no me habría casado contigo.

   La amante de mi mujer se llamaba Irma, era decoradora y bastante guapa. Ésta fue mi primera sorpresa: tenía entendido, o me hicieron creer, que las lesbianas eran todas feas, hombrunas y fracasadas, y resulta que mi mujer se había topado con una lesbiana guapa, con profesión y sin compromisos. Seguramente me lo habían contado mal, o ésta era una excepción. Le dije a mi mujer que no se precipitara, que ya tendríamos tiempo de separarnos, de divorciarnos, si era lo que pretendía, que, entretanto, fuera al médico. Comencé a sospechar que lo que le ocurría a mi mujer era que no había tenido un hijo; eso, quizás, lo explicaba todo.

   -Eres muy bruto –me contestó.

   No habíamos tenido un hijo, ni dos, por la sencilla razón de que ella tenía el útero retrovertido, de lo cual oscuramente me alegré, porque la idea de ser padre no me hacía precisamente feliz.

   -¿Qué tiene ella que yo no tenga? –osé preguntarle, antes de que me abandonara.

   ¿Qué puede tener una mujer que un hombre no tenga? Bien mirado, yo estaba seguro de poseer algunos atributos de los cuales Irma carecía, salvo que los hubiera adquirido en un sex-shop.

   De pronto me di cuenta de que estaba terriblemente interesado en saber cómo hacían el amor dos mujeres. Esto no me lo habían enseñado en el colegio, ni en formación profesional, ni me preocupó durante todos estos años, pero ahora comprendía que tenía una laguna en mi conocimiento. Una laguna no, más bien un océano. Hay algo más insoportable que una mujer que conspira contra uno, y son dos mujeres que conspiran contra uno. El lazo que los unía, fuera cual fuera la atracción que sentían, era pertenecer al mismo sexo. Esto les daba una identificación imposible para mí. Jamás yo podría llegar a esa unidad, a esa complicidad con nadie; no la había tenido con ella, no la podría tener con otra mujer, y los hombres no me interesaban. O por lo menos eso creía hasta que conocí al ángel. ¿Qué sabemos acerca de nosotros mismos? Una serie de conductas repetitivas o reflejas que, en cualquier momento, pueden desmontarse como las vértebras de un saurio de juguete. El ángel estaba en la barra, bebiendo una copa de champán y conversando suavemente con un hombre. Tenía aspecto de mujer, pero algo en su figura, en sus hombros o quizás en su voz, indicaba que había un pequeño desajuste, una imperfección, la sospecha de no ser enteramente. Esto me inquietó y despertó mi curiosidad. Me acordé de mi mujer, de aspecto femenino y labios carnosos, que a esa misma hora, probablemente, estaría haciendo el amor con otra mujer, no conmigo, y el pensamiento me hizo sentir infeliz. Yo podía darle todo lo que un hombre puede darle a una mujer, pero Irma podía darle algo que yo jamás tendría ni sería: su naturaleza de mujer. Ella había encontrado el punto justo para desarmarme, para humillarme y menoscabarme: algo que yo no podía cambiar, salvo que yo me fuera a operar a Casablanca.

   Los diez minutos siguientes los empleé en observar al ángel. Los travestidos -y éste seguramente lo era- tienen algo que me desagrada profundamente: la imitación del modelo ideal es tan exagerada que en lugar de una simulación lo que consiguen es una farsa. Los afeites, el maquillaje, los gestos se convierten en una parodia y los alejan más del original.

   Por lo menos eso era lo que yo pensaba hasta que conocí al ángel. Debía estar medio borracho y muy afectado por el abandono de mi mujer para decidir acercarme a la barra, con aire desenvuelto, un vaso de ginebra en la mano y cierta agresividad que sin duda me parecía muy masculina…”  

«Muchas noches cuando miro por la ventana y las vistas se vuelven especialmente radiantes y mágicas, envidio a las personas que viven en las casas detrás de las luces alegres, bonitas y deslumbrantes de Manhattan. y me da por pensar que todas ellas llevan una vida alegre y bonita en esas casas que hay detrás de las luces; incluso en Harlem, incluso en el Harlem hispano… Debe de ser una señal inequívoca de que estoy perdiendo la cabeza»

Pintura: Edward Hopper

Texto: Caroline Blackwood, de su novela La hijastra

«Las leyes de los hombres o de la naturaleza, se hallan a merced de una brutalidad inconsciente y feroz. El terremoto que aplasta un pueblo entero bajo las casas que se desmoronan; el río desbordado que arrastra campesinos ahogados y cadáveres de bueyes y vigas arrancadas de los techos; o el ejército glorioso que extermina a los que se defienden, se lleva prisioneros a los demás, saquea en nombre del Sable y da gracias a Dios al son del cañón, son plagas igualmente espantosas que desconciertan a quienes creen en la justicia eterna y resquebrajan la confianza que se nos inculca en la protección del cielo y la razón del hombre»

Texto del relato Bola de sebo, de Guy de Maupassant

Diccionario de novela negra

En el Diccionario apasionado de la novela negra, el escritor francés Pierre Lemaitre -él mismo cultor del género- ha recopilado autores, obras, recuerdos de lecturas y datos históricos. Aquí varios ejemplos, comenzando como corresponde, por la letra A

 Truman Capote

A SANGRE FRÍA

Al principio, el descubrimiento de Truman Capote me dejó desconcertado. No podía comprender qué tipo de fascinación ejercía sobre mí. Cuando finalmente lo comprendí, pasé del desconcierto a la estupefacción.

A sangre fría trata del asesinato de una familia. Estamos en 1959, en Holcomb, un tranquilo pueblecito del Medio Oeste. Dos jóvenes ex presidiarios, Perry Smith y Richard Hickok, asesinan, después de hacerles sufrir lo suyo, a los cuatro miembros de la familia Clutter: los padres, Herbert y Bonnie, y sus dos hijos, Nancy (de dieciséis años) y Kenyon (de quince). Los asesinos están convencidos de que la familia es rica, pero se marchan con apenas cuarenta dólares y un aparato de radio.

Mi pasmo tenía que ver con el hecho de que, por primera vez en mi vida de lector, se replicaban y se oponían las dos hermanas enemigas de la literatura: realidad y ficción.

Recurrir a un suceso real no era algo revolucionario: Flaubert ya lo había hecho con Madame Bovary; sin embargo, con aquel “relato verídico de un asesinato múltiple y de sus consecuencias”, Truman Capote proponía un nuevo enfoque, una nueva perspectiva que fusionaba la investigación periodística y la amplitud novelesca utilizando un estilo sobrio que acentuaba aún más el horror de esos asesinatos.

Estaba inventando la non-fiction novel, en la que lo real acaba por aparecer al servicio de la novela.

La estructura de la trama se basa en una variante del suspense: el desarrollo de los asesinatos no se revela hasta la tercera parte del libro, cuando Capote presenta las confesiones de los asesinos, interrogados por separado, y sus antecedentes familiares.

Tras la lectura, quise investigar más de acerca el modo en que había trabajado Capote, y la historia de la escritura de A sangre fría se convirtió en una historia en sí misma: la forma como un escritor se hace asesinar por su propio libro. Capote se sumergió durante seis años en los documentos, los informes y todos los archivos disponibles, interrogó a los testigos e incluso visitó a los asesinos en la cárcel llegando a entablar (en particular con uno de ellos) una extraña relación que lo llevó a financiar sus recursos ante la justicia, a acompañarlos durante el ahorcamiento, a pagar los gastos del entierro… y a no escribir nunca más una novela.

Este oscuro y asombroso libro es en mi opinión, una cima de la novela negra en sentido estricto, en la medida en que se basa en una historia criminal y no en una investigación, y se propone, a través de un suceso real, arrojar luz sobre las condiciones sociales y psicológicas que rodean la aparición de crímenes “espantosos”.

Décadas después, Emmanuel Carrere supo mostrar con El adversario que el enfoque inaugurado por Truman Capote podía seguir produciendo novelas formidables.

Agatha Christie

ACKROYD, ROGER

Una pregunta fundamental para mí era si este diccionario debía o no revelar el desenlace de los libros. Con algunas excepciones, he decidido no hacerlo y primar el placer del descubrimiento, y por tanto de la lectura, en detrimento de la exhaustividad.

Pero ¿vale también esa decisión para los grandes clásicos del género como El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie? En mi opinión, sí: sería muy snob por mi parte suponer que todo el mundo ha leído esos libros por el simple hecho de ser famosos. Así que, con esta novela, voy a lanzarme a un largo zigzagueo para intentar decir dos o tres cosas sin “destriparla”.

El asesinato de Roger Ackroyd fue uno de mis primeros descubrimientos de juventud (volveré a hablar de novelas que me regalaron momentos de lectura durante los que yo pertenecí al libro más de lo que el libro me perteneció a mí). Cuando lo leí debía de tener trece o catorce años, ¡imagínense la sorpresa!

Ackroyd es un acaudalado empresario británico de unos cincuenta años que acaba de ser asesinado en su estudio de una puñalada en la espalda. Es el narrador, el doctor Sheppard, quien encuentra el cadáver y va contándonos los detalles de la investigación. La muerte del conocido empresario conmociona a la pequeña localidad ficticia de King’s Abbot porque se produce poco después del suicidio de la señora Ferrars, sospechosa de haber envenenado a su marido un años antes.

Hércules Poirot, el famoso detective belga, se encarga de la investigación, hace preguntas, desata lenguas, nos hace sospechar de casi todo el mundo y, al final de la novela, revela la identidad del asesino, que no escapará al castigo.

Si aún no saben el desenlace, ya lo descubrirán: es sorprendente.

Hoy en día, el método de Agatha Christie puede parecer trivial, pero en la década de los veinte era innovador e incluso subversivo porque, en cierto modo, Christie traicionaba la confianza del lector rompiendo un pacto implícito que hasta entonces se establecía con él en este tipo de historias: contarle solo la verdad.

En el periodo de entreguerras, la novela de intrigas ya se había codificado. Ese es uno de los motivos (hay algunos otros) por los que durante mucho tiempo se dudó de si dicho género merecía el calificativo de “literario”. Entre sus reglas, dictadas principalmente por formalistas como S.S. Van Dine (Veinte reglas de la novela policíaca) y Ronald Knox (Decálogo de Knox), figuran la obligación de presentar “claramente” los indicios y la “prohibición” de ocultar el culpable a los lectores. Es decir, en esta codificación de la novela policíaca el autor podía “jugar” con el lector, pero nunca engañarlo.

Con Roger Ackroyd Agatha Christie pisoteó esas restricciones y acabó cometiendo un delito de deshonestidad, con lo que se granjeó la ira de los puristas. Entre sus colegas solo salió en su defensa Dorothy L. Sayers, artífice del detective Lord Peter Wimsey. Agatha Christie había comprendido que el lector perdonaba las transgresiones sin dificultad si pasaba un buen rato leyendo, pero no pudo resistir la tentación de justificarse: “Muchos afirman que en El asesinato de Roger Ackroyd hice trampas”, escribió. “Que lean con atención y verán que se equivocan”. En lugar de dar explicaciones, debería haber reivindicado su método.

En cualquier caso, con esta novela la escritora británica creaba un precedente y abría una brecha en las convenciones de la novela policiaca. Muchos escritores que posteriormente han ideado desenlaces no menos desconcertantes le deben algo de forma directa o indirecta. Dennis Lehane en Shutter Island, por ejemplo.

En cualquier caso, con esta novela la escritora británica creaba un precedente y abría una brecha en las convenciones de la novela policiaca. Muchos escritores que posteriormente han ideado desenlaces no menos desconcertantes le deben algo de forma directa o indirecta. Dennis Lehane en Shutter Island, por ejemplo.

Eric Ambler

AMBLER, ERIC

La crítica no se privó de endilgarnos el correspondiente cliché sobre Eric Ambler, que fue señalado como el “fundador de la novela de espías moderna”. Una etiqueta que sin duda mucho tuvo que ver con el hecho de que escritores tan prestigiosos como Graham Greene y John le Carré reconocieran su deuda con él (“Es una fuente de la que todo el mundo bebe”, declaró Le Carré).

La vida de Ambler abarca todo el siglo XX. Nació en 1909 en el sur de Londres, en el seno de una familia de titiriteros –excelente auspicio para un futuro autor de novelas de espionaje- y murió en 1998. Tras estudiar ingeniería, una carrera que le resulta bastante aburrida, empieza a trabajar en el sector de la publicidad.

Años después, en 1934, se produce un incidente que en cierto modo acabará convirtiendo la premonición, forma mágica de la intuición, en una de sus marcas de fábrica. Estando de vacaciones en Marsella, un barman tramposo lo despluma al póquer (¿a quién se le ocurre jugar al póquer en Marsella en la década de 1930?, está claro que era muy inglés). De vuelta al hotel, como no conseguía concentrarse en el Retrato del artista adolescente de Joyce, se puso a contemplar las calles desde la ventana y se imaginó a sí mismo como un francotirador que mataba de un tiro al barman que lo había dejado limpio. Semanas después, en ese mismo lugar, un asesino, probablemente a sueldo de la Ustacha, acaba con la vida del rey Alejandro I de Yugoslavia y del ministro de Asunto Exteriores francés Louis Barthou. Ambler solía contar esa anécdota: “Me sentí culpable, pero también feliz. Bajo el sol del Mediterráneo había hombres violentos y extraños con quienes podía identificarme y con quienes había entrado en contacto de algún modo”. Incluso llegó a confesarle al poeta James Fenton que “en aquel momento sentí que una parte de mi personalidad era la de un asesino”.

Durante la década siguiente escribe sus seis primeras novelas, que lo convierten en un autor famoso: Fronteras sombríasPeligro extremoEpitafio para un espíaMotivo de alarmaLa máscara de Dimitrios y Viaje al miedo. La primera se publicó originalmente en 1936, un año marcado por la militarización de Renania, la ocupación de Abisinia por parte de un Mussolini con aspiraciones imperialistas y la Guerra Civil española. El contexto no era nada optimista y la trama lo refleja: mientras está descansando en el sur de Inglaterra, Henry Barstow, un prestigioso físico británico, conoce a Simon Groon, oscuro representante de una empresa de armamento de un país centroeuropeo que en realidad pretende reclutarlo y robar así el secreto de la bomba nuclear.

Desde luego, la novela llama la atención por su carácter profético, y no será el único libro de Ambler que acredite su talento para la anticipación. Sea como sea, Fronteras sombrías también raya en la parodia. Ambler, muy crítico con las novelas de espionaje de su época, no dudaba en burlarse de los tópicos de un género estancado, en esos años de entreguerras, en una línea patriotera –cuando no antisemita- poblada de irreprochables gentlemen británicos, héroes notablemente estúpidos pero dotados de poderes sobrehumanos que perseguían a villanos judíos, malos muy pocos creíbles. Por el contrario, como señala Francois Riviere, la escritura de Ambler es “meticulosa, obsesiva. Sus héroes son individuos desengañados que deben hacer frente al terror de un mundo en descomposición”.

Según Charles Cumming (autor de En un país extrañoComplot en Estambul y Conexión Londres), Ambler “fue el primer escritor de novelas de espionaje en añadir un toque de cinismo político y cuestionar la legitimidad del proyecto imperial británico”.

Ambler es igualmente innovador en su rechazo del maniqueísmo y en la verosimilitud de sus personajes. Sus narradores nunca son “profesionales” de la investigación.

En Peligro extremo, publicada en 1937, nos presenta a un periodista internacional que “nunca se había considerado un hombre especialmente valiente. Las escenas de violencia física que había tenido que presenciar debido a su trabajo le habían descompuesto tanto el estómago como las facultades mentales”. Estamos muy lejos del superhéroe británico a la manera de James Bond, pese a que Ian Fleming admiraba hasta tal punto a Ambler que le rindió homenaje en una de las entregas de su saga: “James Bond se ajustó el cinturón, encendió un cigarrillo y sacó de su elegante maletín un ejemplar de La máscara de Dimitrios”.

Bret Easton Ellis

AMERICAN PSYCHO

Mi primera novela, Irene (que se llamaba en francés Travail sogné {Un trabajo esmerado}, un título espantoso que, si se me permite la indiscreción, eligió mi editora de la época), se abría con la descripción del escenario de un crimen: “En el suelo, a la derecha, yacían los restos de un cuerpo destripado y decapitado cuyas costillas rotas atravesaban una bolsa roja y blanca, sin duda un estómago, y un seno, el que no había sido arrancado, aunque era bastante difícil distinguirlo… “. El pasaje terminaba así: “La cabeza de la segunda víctima había sido clavada a la pared por las mejillas”.

¡La de comentarios que tuve que oír! Cuando un lector o lectora me reprochaba la crudeza de la descripción (hay otras, pero ésa es mi favorita), yo abría unos ojos como platos y, con la expresión más angelical que podía adoptar, respondía: “Lo siento, pero yo nunca he escrito nada tan horrible. Si lee el libro, podrá atribuir esas atrocidades a quien corresponde”.

El quien en cuestión era Bret Easton Ellis, cuyo American Psycho me fascinó en 1992. En una de sus ediciones, la novela lleva un prefacio de Michel Braudeau, quien recuerda las extravagantes circunstancias de su publicación en 1991. Braudeau nos explica que, pese al adelanto de 300.000 dólares, la editorial Simon & Schuster, horrorizada por el manuscrito, optó por rechazarlo. Cuando al fin se publicó, el escándalo fue tal que Ellis recibió un aluvión de insultos, fue amenazado de muerte y tuvo que contratar un guardaespaldas.

La novela relataba las andanzas de un niño bonito, Patrick Bateman, joven, elegante, riquísimo, vagamente culto, seductor, en resumen, esa especie de ideal del capitalismo yanqui que trabaja para Price & Price en Wall Street. No es de extrañar que a los adoradores del sistema no les gustara el libro. El personaje, además de ser misógino, racista, homofóbico, egocéntrico, etcétera, etcétera, tenía la fea costumbre –entre la escucha de un disco de Genesis, mirar un reality show y las sesiones de gimnasio- de arrancar pezones a bocados y comérselos, trocear cuerpos, recortar labios con cortaúñas y hacer otras cosas igual de agradables aprovechando la impunidad que le otorgaba su estatus (era la última persona de la que se habría sospechado). Sus víctimas preferidas eran mujeres jóvenes, pero no tenía manías si el riesgo no era excesivo, no dudaba en asesinar a compañeros de trabajo o torturar a mendigos cuando no estaba apuñalando a jovencitos.

Como el perfecto neurótico que es, el héroe de Bret Easton Ellis se pasa la vida haciendo ávidas listas de la ropa que usa la gente de su entorno. La novela también dedica largos pasajes a describir los cuidados que prodiga diariamente a su rostro, los tejidos de sus trajes a la última moda, sus sesiones de rayos UVA, la minuciosa confección de sus tarjetas de visita, su búsqueda de los aparatos tecnológicos más recientes y caros o el menú de sus comidas en los restaurantes más chics: “pizza de pargo rojo”, “bollos de avena y salvado”, “pastel de pez espada con mostaza de kiwi”.

La crítica al microcosmos a los amos de las finanzas mundiales es evidente y corrosiva, nos empuja a reflexionar sobre la relatividad del crimen y, por supuesto, nos hace recordar las palabras de Bertolt Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”.

No obstante, quedaba pendiente la cuestión de si Bateman cometía esos espantosos crímenes realmente o si debían interpretarse como fantasías. En ambos casos el sentido era el mismo pero, evidentemente, para las víctimas ficticias el matiz debía tener cierta importancia…

Hay quien sostiene que todo sucede en la imaginación de Bateman y quien opina que es un verdadero asesino en serie. Yo, por mi parte, coincido con los que piensan que la importancia del libro reside precisamente en plantear esa cuestión.

Mary Harron, en su adaptación cinematográfica, tomó partido por las alucinaciones. Vaya a saber si cedió ante los productores o de verdad compartía esa opinión. La película recoge la sátira social y la crítica a la era Reagan, pero no la violencia del libro, velada por las elipsis: es un reiterado ejercicio de indefinición donde cuesta encontrar algo de la potencia y la ambición de la obra original.

Queda la novela, implacable y magnífica.

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

Resulta increíble la cantidad de coincidencias y casualidades que se necesitaron para hacer posible esta trama.

Hércules Poirot se encuentra en Alepo, donde acaba de resolver un caso sobre el que nunca sabremos nada. “Tapado hasta las orejas”, (estamos en pleno invierno), nuestro belga se dispone a subir al Taurus Express, que lo llevará a Estambul, pero ¡sorpresa!, cuando ya estaba decidido a visitar las maravillas de la antigua Constatinopla, resulta que debe renunciar a su plan turístico y llegar a Londres lo antes posible tomando el Simplon Orient Express, el famoso tren de lujo que desde 1919 realiza el trayecto Calais- Constantinopla a través del nuevo túnel de Simplon, en los Alpes.

Pero, ¡más sorpresas todavía! Todos los coches- cama de primera están ocupados. No sé para ustedes pero para Hércules Poirot la segunda clase no es una opción: no se ve viajando con la servidumbre, de modo que decide quedarse en el andén, pero de pronto ¡caramba!, la suerte le sale al paso en la persona del señor Bouc, viejo conocido suyo y “director de la Compañía Internacional de Coches- Cama», que estará encantado de interceder por él. Ha faltado poco para que la novela no fuera posible. Uno no puede dejar de preguntarse por qué Agatha Christie se sintió obligada a dilatar hasta tal punto el comienzo de su historia.

En fin, lo importante es el señor Ratchett, del que Poirot desconfía desde que se cruzó con él en un hotel de Estambul (“Cuando pasó junto a mí en el restaurante tuve una curiosa sensación: fue como si acabara de rozarme un animal salvaje, ¡una fiera!). Este Poirot realmente tiene una intuición increíble porque, poco después, Ratchett será asesinado de doce puñaladas. El interés (más bien arqueológico, lo admito) de esta novela deliciosamente anticuada reside quizás en el desenlace –bastante original para la época- y en el hecho de que es la única de su autora, al menos que yo sepa, en la que el asesino escapa al castigo. Hércules Poirot renunciará por voluntad propia a que la justicia intervenga.   

(Este texto fue reproducido en el diario Página 12 de Argentina)