Luigi Pirandello, las inquietudes del hombre moderno

El genial autor siciliano abordó distintos géneros literarios y con éxito a punto que hoy, a más de ochenta años de su muerte, se siguen reeditando sus textos y sus obras de teatro continúan representándose de manera sostenida alrededor del mundo.

Hijo de la unión de dos familias burguesas el joven Pirandello (Agrigento, 1867 – Roma, 1936) recibió instrucción en la propia casa familiar, algo al alcance de muy pocos en su época. A la corta edad de doce años, demostró su precocidad en el mundo de la creación literaria cuando compuso su primera tragedia; con posterioridad complementaría esa etapa inicial de aprendizaje en la capital insular de Palermo, luego entre las siete colinas de Roma, para terminar sus estudios superiores ya en la alemana Bonn.

A ese texto pionero le siguieron muchos otros que no hicieron más que agigantar la fama de su creador, composiciones teatrales como Vestir al desnudo, Enrique IV, y en particular la hoy permanentemente representada Seis personajes en busca de autor. Luego vendrían su novelas, como Los viejos y los jóvenes o El difunto Matías Pascal; a las que se sumarían los compendios de poesía y también sus relatos breves, como Amores sin amor.

Impulsado por sus profundas inquietudes, en todas sus obras subyace el conflicto de la existencia en sus personajes, en los que destaca la liviandad intrínseca del humano y donde se le representa como un ser plagado de limitaciones que lo martirizan, que lo obligan a una búsqueda permanente, mientras se lo muestra en una constante pugna con su espiritualidad, temáticas todas que le llevaron a encumbrarlo en la fama.

Aunque hacia el final de su vida, con todo un respeto ganado, tuvo un acercamiento hacia el partido fascista en ese entonces en el poder, un hecho que fue poco comprendido por sus admiradores. Sean cuales fueran sus legítimas intenciones, las autoridades lo nombraron presidente de la recién creada Academia Italiana de la Lengua. Más allá de este hecho puntual en su biografía, en el año 1934, dos antes de su muerte, pasó a la posteridad cuando la Academia Sueca le otorgó <por su reactivación audaz e ingeniosa del arte dramático y escénico> el Nobel de Literatura.

El texto a continuación pertenece al relato La tragedia de un personaje:

“Es una vieja costumbre mía la de conceder audiencia, todos los domingos por la mañana, a los personajes de mis futuros relatos.

   Cinco horas, de las ocho a la una.

   Casi siempre me acontece que me encuentro mal acompañado.

   No sé por qué, suele acudir a estas audiencias mías la gente más descontenta del mundo, afligida por extraños males o enredada en los casos más especiosos, con la cual es una verdadera pena tratar.

   Yo los escucho a todos pacientemente; los interrogo con delicadeza; tomo nota del nombre y de las condiciones de cada uno de ellos; tengo en consideración sus sentimientos y sus aspiraciones. Pero hay que añadir que, para mi desgracia, no son de fácil contentamiento. Paciencia, gentileza, pase; pero que se me burlen, no me gusta. Yo quiero penetrar en lo más hondo de sus ánimos con larga y sutil indagación. Sucede, por el contrario, que ante ciertas preguntas mías más de uno frunce el ceño, y se plante, y se resista furiosamente, quizá por parecerle que disfruto menoscabando la seriedad con que se me ha presentado.

   Con paciencia, con gentileza, me esfuerzo para que vean y se convenzan a sí mismos de que mi pregunta no es superflua, porque querer ser de un modo o de otro, se dice muy pronto; la cuestión es si podemos ser como quisiéramos. Y faltando el poder, por fuerza el querer ha de parecer ridículo y vano.

   No hay manera de que se convenzan de ello.

   Y entonces, yo, que en el fondo soy de buen corazón, los compadezco. Pero ¿acaso es posible compadecerse de ciertas desventuras como no sea riéndome de ellas?

   Pues bien, los personajes de mis relatos van por el mundo con el infundio de que soy un escritor de lo más cruel y despiadado. Haría falta un crítico de buena voluntad que hiciera ver cuánta compasión hay tras esa risa.

   ¿Pero dónde están los críticos de buena voluntad?

   El domingo pasado entré en el estudio, para la audiencia, un poco más tarde que de costumbre.

   Una larga novela que me habían enviado como obsequio y que llevaba más de un mes esperando a ser leída, me había tenido despierto hasta las tres de la madrugada a causa de las muchas consideraciones que me había sugerido uno de sus personajes, único ser vivo entre muchas sombras vanas.

   Representaba a un pobre hombre, un tal doctor Fileno, que creía haber hallado el remedio más eficaz a toda clase de males, una receta infalible para consolarse a sí mismo y a todos los hombres de cualquier calamidad, pública o privada. Verdaderamente, más que remedio o receta, lo del doctor Fileno era un método, consistente en leer, del alba al ocaso, libros de historia, y en ver en la historia también el presente; es decir, verlo como si estuviera ya lejanísimo en el tiempo y asentado en los archivos del pasado.

   Con este método se habría librado de toda pena y de toda contrariedad y, sin necesidad de morir, había encontrado la paz: una paz austera y serena, impregnada de aflicción sin añoranza, que los cementerios seguirían albergando aun cuando todos los hombres hubieran desaparecido de la faz de la tierra. 

   No es que esperara, el doctor Fileno, extraer del pasado enseñanzas para el presente. Sabía que habría sido tiempo perdido, cosa de necios: porque la historia es una composición ideal de elementos recogidos de acuerdo con la naturaleza, las antipatías, las simpatías, las aspiraciones y las opiniones de los historiadores; y que por lo tanto no es posible emplear esta composición ideal en la vida que se mueve con todos los sus elementos descompuestos y dispersos. Y mucho menos esperaba extraer del presente normas o previsiones para el porvenir; es más, hacía justo lo contrario: se situaba idealmente en el porvenir para mirar hacia el presente, y lo veía como pasado.

   Hacía pocos días, por ejemplo, que se había muerto una hija. Un amigo fue a verlo para darle el pésame por la desgracia. Pues bien, se lo encontró consolado como si aquella hija suya llevara muerta más de cien años.

   Su desgracia, recientísima, la había alejado en el tiempo sin dudarlo, la había mandado al pasado y allí la había recompuesto. ¡Había que ver con qué estatura y con qué dignidad hablaba de ella!

   En suma, con aquel método suyo el doctor Fileno se había hecho como un telescopio invertido. Lo destapaba, pero no para ponerse a mirar hacia el porvenir, donde sabía que no habría visto nada: persuadía a su alma de que se contentase con mira por la lente más grande, a través de la pequeña, dirigida al presente; de manera que todas las cosas se le aparecían enseguida pequeñas y lejanas. Y llevaba varios años dedicado a la composición de un libro, que sin duda iba a ser época: La filosofía de lo lejano.

   Durante la lectura de la novela me había parecido evidente que el autor, ocupado por completo en anudar artificiosamente una de las tramas más manidas, no había sabido tomar plena conciencia de este personaje que, conteniendo en sí, él solo, el germen de una verdadera creación, en un determinado momento había conseguido escapar al control del autor y sobresalir durante un largo trecho con vigoroso relieve por encima de los casos narrados y representados, corrientísimos; luego, de repente, deformado y rebajado, se había dejado doblegar y someter a las exigencias de un desenlace falso y necio.

   En el silencio de la noche, permanecí largo rato con la imagen de este personaje ante los ojos, dejando volar la imaginación. ¡Lástima! ¡Había en él materia suficiente para producir una obra maestra! Si su autor no lo hubiese conocido tan mal y no lo hubiese descuidado tan indignamente, si hubiese hecho de él el centro de la narración, incluso todos aquellos elementos artificiosos de los que se había servido hubieran cobrado vida de inmediato. Y una gran pena y un gran coraje se apoderaron de mi por aquella vida miserablemente malograda…”

Chico Buarque, sus letras, las imágenes y la gente

Logró trascender hacia el gran público a través de su faceta de cantautor y músico. Más tarde, sus letras fueron llegando en formato de textos literarios los que, empujados por la curiosidad de sus adeptos y su buen hacer como escritor, fueron ganando una cuota cada vez mayor de lectores en lengua portuguesa primero y de otras partes del orbe después.

Buarque de Holanda (Río de Janeiro, 1944) proviene de una familia de intelectuales, que se volcó en la creación hasta llegar a ser considerado uno de los embajadores de la denominada “nova canco” brasilera. Pero -como a muchos otros- la vida y sus sucesos: un golpe militar que sacudió los estamentos de la sociedad del país sudamericano, le obligaron a replantearse su existencia y  como consecuencia directa, su marcha al exilio en Italia.

De regreso en Brasil su quehacer fue observado como pocos, tuvo que emplear por ello el mejor ingenio para sortear la censura imperante del gobierno de facto, adaptando y utilizando el doble sentido en sus composiciones; con gran repercusión cuando algunas de sus letras se convirtieron en verdaderos himnos en favor de las libertades perdidas.

La crítica velada conformó también parte de la trama de sus novelas, con títulos como Budapest; Leche derramada o El hermano alemán. Fue autor además de obras teatrales, títulos como Gota de agua; La ópera del pícaro o Leva, entre otras; y tuvo oportunidad de incursionar en su faceta de actor, con papeles en filmes de variada repercusión.

Su carrera literaria le ha valido el reconocimiento con la concesión de distintos galardones, como el premio Jabuti, y más recientemente el prestigioso premio Camoes, distinción otorgada por su trayectoria dentro de las letras portuguesas impulsada, que duda cabe, por ser uno de los mayores representantes de la cultura brasilera del último medio siglo.

En su última novela, de reciente aparición, utiliza el género epistolar. En ella expone a la realidad como si de ficción se tratase, y donde cada epístola contiene una historia en sí misma; para reflejar los hechos de la cotidianidad que rodean al protagonista. Por ello, para apreciar una parte de su literatura, de Esa Gente, los textos a continuación:    

3 de enero de 2019

El contable ha llamado para comunicarme que tengo el saldo del banco en números rojos. ¿Y ahora qué? Y ahora qué, pregunto. Son las nueve de la mañana, hace calor, los geranios de la ventana están agostados. Hay pan de molde en la nevera, mantequilla, dos lonchas de jamón, y he aprendido a preparar café en la cafetera eléctrica. A la chica de la limpieza se le daba bien regar los geranios, pero cuando lo hago yo la vecina de abajo siempre se queja de que le cae agua. El periódico está en el recibidor; la primera página es falsa, es una imitación de primera página, donde todas las noticias son anuncios publicitarios. Cuando el gato arañaba el periódico y se meaba encima, solía cabrearme, pero ahora hasta lo echo de menos. Hay quien dice que los gatos angora son suicidas, aunque la chica de la limpieza asegura que saltó persiguiendo un colibrí. Me señaló el gato despachurrado en el parque infantil de la finca, pero preferí no bajar, así que le pedí que lo enterrara allí mismo, en el parterre. La chica solía llegar temprano a casa, se tomaba un café y tenía la abominable manía de hojear el periódico antes que yo. Intenté esconderlo, pero notaba los dobleces irregulares, como la raya de los pantalones mal planchados. También se le notaba que le fastidiaba tomarse el café recalentado, y a la chica sí que no la echo de menos. 

15 de enero de 2019

En vez de dirigirse hacia el sur, después de pasar rozando el Pan de Azúcar, el avión sobrevuela Río de Janeiro a baja velocidad. Me complace pensar que al piloto, como a mí, no le apetece irse de Río, ni tiene prisa en llegar a Sao Paulo. O que haya decidido dar una vuelta panorámica sobre la ciudad, con el fin de mostrar a los pasajeros nuestras playas, el bosque de la Tiyuca, el Cristo Redentor, el Maracaná, las favelas y demás atracciones turísticas. Finalmente, tomamos la ruta habitual sobre el océano, y en eso que el avión hace un viraje de regreso a Río, seguramente por problemas técnicos. Con el gesto risueño, la azafata avanza por el pasillo tranquilizando a los pasajeros que empezaban a mirarse con inquietud. Cuando ya nos dirigíamos a la pista de aterrizaje del aeropuerto Santos Dumont, en el último momento el avión acelera y remonta para sobrevolar la ciudad, en un intento, según entiendo de deshacerse de combustible antes de disponerse a aterrizar de nuevo. El problema empieza cuando las turbinas se ponen a soltar humo, y la azafata, sin perder la sonrisa, apenas si es capaz de contener el alboroto que se crea a bordo. Dicen que, en el instante de la muerte, la vida pasa de principio a fin como una película en nuestra cabeza. Y eso me ocurre, no como en una película, sino en el vuelo rasante que efectúa el avión sobre Río de Janeiro. Allí están el hospital donde nací, la casa de mis padres, la iglesia donde fui bautizado, el colegio donde insulté al cura, el campo de tierra donde marqué un gol de tacón, la playa en la que casi me ahogué, la calle donde me partieron la cara, los cines donde me enamoré, el edificio del curso preuniversitario, que dejé a medias, y cerca del cementerio, el avión vuelve a tomar impulso, levanta el morro, acelera y se introduce entre las nubes. No pasa ni un minuto, cuando el piloto decide regresar, pasando otras vez a ras del hospital de maternidad, la casa de mis padres, la torre de la iglesia, todo de nuevo. Es como si al volar en círculos el avión reprodujera con mayor fidelidad mi recorrido vital, haciéndome revisitar siempre a las mismas mujeres y las mismas películas, haciéndome volver a los mismos domicilios, disfrutar de repetir mis errores. La azafata busca el equilibrio apoyándose, ahora en una butaca, ahora en otra, para comprobar los cinturones de seguridad, y cuando alguien le pregunta si vamos a salir vivos de esta, ella responde con una sonrisa: solo saldremos vivos de milagro. A los gritos de desesperación, ahora se suma el clamor de las oraciones y, desde la ventanilla, me parece ver mi apartamento, un accidente de coches en la cuesta, un gato erizado, el ojo de un perro. El comandante se pone a rezar un avemaría al micrófono, mientras la azafata reparte rosarios y biblias que saca del carrito. Abro el Antiguo Testamento, pero mis gafas de lectura tienen la graduación obsoleta y no me permiten descifrar la letra minúscula. Mientras desgrano el rosario, trato en vano de recordar alguna oración y, con razón, mis compañeros de infortunio me lanzan miradas de odio. El avión está punto de estrellarse con un centenar de creyentes a bordo, por culpa de un ateo que perdió la fe en los milagros hace muchos años. Caen máscaras del techo para todos los pasajeros menos para mí, y no es hasta ese momento cuando me doy cuenta de que en el asiento de al lado está mi padre, que gira la cara y me niega una mísera inhalación de oxígeno. Desencantado, miro a la azafata haciéndome la señal de la cruz en la frente y susurro: mamá. Es el último soplo de vida. A continuación, me despierto envuelto en la sábana con la tele encendida: a partir de hoy, por decreto presidencial, puedo tener cuatro armas de fuego en casa...

Virginia Woolf, feminista, visionaria y versátil

Se la considera una de las plumas más importantes del siglo XX. Su nombre completo era Adeline Virginia Stephen (Londres 1882, Reino Unido – Lewes 1941, Reino Unido), pero se dio a conocer con el apellido de su esposo, Leonard Woolf, y al mundo a través de sus relatos breves, novelas, ensayos y obras teatrales, influenciada por su padre Leslie Stephen, que fue historiador, ensayista y novelista.

Woolf es reconocida como una de las figuras vanguardistas de las letras y al mismo tiempo una renovadora del idioma inglés. En sus textos subyacen sus convicciones feministas, que fueron expuestas en las reuniones del llamado Círculo de Bloomsbury, nombre tomado del barrio donde se estableciera con su hermana Vanessa luego de desaparecido su padre, y donde tuvieron lugar innumerables encuentros con integrantes de la clase media alta londinense, reuniones en las que participaron economistas, historiadores o filósofos, quienes hicieron suyas las teorías del ensayista inglés Walter Pater que tuvieron su peso a finales del siglo XIX.

Su primera novela fue Fin de viaje, y a esta le seguirían otras no menos exitosas: El faro; Orlando, con la que se sumergiría en el que para la época era el delicado tema de la sexualidad femenina; La señora Dalloway, donde volvería a la carga en contra de la represión sexual; y Las olas, que se convertiría en su texto más experimental. La autora fue una destacada conferencista en donde, como un impulso a una mejoría en la sociedad, bregó por el acceso de las mujeres a la educación; presentaciones que con posterioridad se publicarían en un ensayo bajo el título de Una habitación propia. Mantuvo una extensa correspondencia con personalidades de todo orden, además de sus diarios personales de vivencias.

Dueña de una salud frágil comenzó a tener cuadros depresivos desde muy joven, el primero luego de la temprana muerte de su madre. Crisis que se circunscribirían a lo que hoy se conoce como trastorno bipolar, enfermedad que no la abandonaría durante el transcurso de su corta vida. A pesar de estos contratiempos sostuvo -junto a su marido- su propia editorial, Hogarth Press, que además de publicar algunas de sus últimas obras, mediante la publicación del libro Tres guineas, mostró su rechazo al fascismo, movimiento que el matrimonio temía por sus posiciones absolutistas y racistas. Hasta una mañana de marzo del 1941 en una de sus tantos episodios con su dolencia, la escritora llenó su abrigo de piedras y se quitó la vida sumergiéndose en las aguas del río Ouse.

Su personalidad y su relevancia en el mundo anglosajón es tal que existe un texto teatral que lleva su nombre: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, del autor estadounidense Edward Albee, obra que se representa con asiduidad en los teatros del mundo y de la que se ha hecho incluso una versión cinematográfica. 

De uno de sus títulos más apreciados, La señora Dalloway, el pasaje con el que da comienzo la novela:

“La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores.

Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y entonces Clarissa Dalloway pensó: qué mañana diáfana, cual regalada a unos niños en la playa.

¡Qué fiesta! ¡Qué aventura! Siempre tuvo esta impresión cuando, con un leve gemido de las bisagras, que ahora le pareció oír, abría de par en par el balcón en Bourton y salía al aire libre. ¡Qué fresco, qué calmo, más silencioso que éste, desde luego, era el aire a primera hora de la mañana…! como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante, y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, que eran los que entonces contaba) solemne, con la sensación que la embargaba mientras estaba en pie ante el balcón abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir; mirando las flores, mirando los árboles con el humo que sinuoso surgía de ellos, y las cornejas alzándose y descendiendo; y lo contempló en pie, hasta que Peter Walsh dijo: ‘¿Meditando entre vegetales?’ -¿fue eso?-, ‘Prefiero los hombres a las coliflores’ -¿fue eso? Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una mañana en que ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Regresaría de la India cualquiera de estos días, en junio o julio, Clarissa Dalloway lo había olvidado debido a lo aburridas que eran sus cartas: lo que una recordaba eran sus dichos, sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, sus malos humores, y, cuando millones de cosas se habían desvanecido totalmente ¡qué extraño era!, unas cuantas frases como esta referente a las verduras.

Se detuvo un poco en la acera, para dejar pasar el camión de Durtnall. Mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (quien la conocía como se conoce a la gente que vive en la casa contigua en Westminster); algo de pájaro tenía, algo de grajo, azul-verde, leve, vivaz, a pesar de que había ya cumplido los cincuenta, y de que se había quedado muy blanca a raíz de su enfermedad. Y allí estaba, como posada en una rama, sin ver a Scrope Purvis, esperando el momento de cruzar, muy erguida. Después de haber vivido en Westminster, ¿cuántos años llevaba ahora allí?, más de veinte, una siente incluso en medio del tránsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy segura, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensión (aunque esto quizá fuera debido a su corazón afectado, según decían, por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical, luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.

Sí, porque el mes de junio estaba mediando. La guerra había terminado, salvo para algunos como la señora Foxcroft que anoche, en la embajada, se atormentaba porque aquel guapo muchacho había muerto en la guerra y ahora un primo heredaría la antigua casa solariega; o como Lady Bexborough quien, decían, inauguró una tómbola con el telegrama en la mano, John, su predilecto, había muerto en la guerra, pero había terminado; a Dios gracias, había terminado. Era junio. El rey y la reina estaban en palacio. Y en todas partes, pese a ser aún tan temprano, imperaba un ritmo, un movimiento de jacas al galope, un golpeteo de palos de cricket; Lords, Ascot, Ranelagh y todo lo demás; envueltos en la suave red del aire matutino gris azulado que, a medida que avanzara el día, lo iría liberando, y en sus céspedes ondulados aparecerían las saltarinas jacas, cuyas manos con sólo tocar levemente el suelo las impulsaban hacia lo alto, y los muchachos arremolinándose, y las rientes chicas con sus vestidos de transparente muselina que, incluso ahora, después de haber bailado durante toda la noche, daban un paseo a sus perros absurdamente lanudos; e incluso ahora, a esta hora, viejas y discretas viudas hacendadas pasaban veloces en sus automóviles, camino de misteriosas diligencias; y los tenderos se asomaban a los escaparates para disponer los diamantes falsos y los auténticos, los viejos y preciosos broches verde-mar con montura del siglo XVIII para tentar a los norteamericanos (pero hay que economizar, y no comprar temerariamente cosas para Elizabeth), y también ella, amándolo cual lo amaba, con una absurda y fiel pasión, ya que antepasados suyos habían sido cortesanos en el tiempo de los Jorges, iba aquella misma noche a iluminar y adornar, iba a dar una fiesta…”

«Estamos tan pendientes de la inmediatez, que parece que solo importa la noticia siguiente en el mundo digital y especialmente en las redes. Se analizan muy mal los acontecimientos que ocurren porque no les damos tiempo a sedimentarse, a ser interiorizados, a descifrar los mensajes que nos transmiten»  ( Màrius Carol )

Maggie O’Farrell, Shakespeare y los otros

Originaria de Coleraine (1972), pequeña población cercana a la costa en Irlanda del Norte, sus primeros años de vida transcurrieron entre Escocia y Gales. Su procedencia marcó además su niñez y adolescencia, ya que por su condición de norirlandesa tuvo que padecer la burla y la discriminación en la escuela, cuando sus compañeros y hasta sus profesores bromeaban acerca de su filiación como “posible terrorista del IRA», en referencia al católico Ejército Republicano Irlandés, un hecho que la marcó e hizo que fortaleciera su carácter.

Sus tempranos antecedentes ligados a la escritura fueron bien lejos de su isla natal, primero en la ciudad oriental de Hong Kong, en la costa de China, y luego ya en Londres. Con esa valiosa experiencia a cuestas se volcó en la enseñanza de escritura creativa en la Universidad de Coventry en primer lugar, y nuevamente en la metrópoli del Támesis. De allí en más ya a abocarse definitivamente en la composición de sus novelas: Después que te fuiste; El amante de mi amante; Instrucciones para una ola de calor; y las de mayor repercusión: La extraña desaparición de Esme Lennox; La primera mano que sostuvo la mía; y la última y más exitosa: Hamnet, basada en la figura del escritor William Shakespeare y su familia, con la que su nombre ha alcanzado trascendencia internacional.

Casada con el escritor William Sutcliffe, su primer crítico y lector, residen junto a sus tres hijos en la escocesa ciudad de Edimburgo. También y más allá de sus textos de ficción, la autora ha publicado un libro de memorias, Sigo aquí, que en conjunto a sus trabajos literarios le ha llevado a alzarse con varios galardones, como los premios Costa Novel; Somerset Maugham; el premio a la Ficción Femenina y el Nacional de Críticos literarios.

El pasaje a continuación surge de las páginas de Hamnet, una de las novelas más elogiada de los últimos años, en la que con un estilo compacto, descriptivo y pleno de detalles, la escritora se inmiscuye en los antecedentes del bardo de Stratford-upon-Avon para jugar en absoluta libertad con la trama, con elementos que surgen de la veracidad histórica y otros de su más fecunda imaginación:

“-¿Me enseñáis el… el ave?

   Ella frunce el ceño.

   -¿El ave?

   -¿Acaso no os vi hace un rato salir del bosque con un ave en el brazo? Un halcón. Lo más curioso que…

   Por primera vez aflora una emoción al rostro de la mujer: preocupación, inquietud, un atisbo de temor.

   -No se lo digáis a ellos –dice, señalando hacia la granja-, por favor. Me habían prohibido sacarla hoy, pero estaba agitada, hambrienta, y no podía soportar tenerla encerrada toda la tarde. Por favor, no le diréis que me habéis visto, ¿verdad? Que he salido.

   El preceptor sonríe. Se acerca a ella.

   -Jamás diré una palabra –logra responder consoladora, pomposamente. Le pone la mano en el brazo-. Perded cuidado.

   Ella lo mira a los ojos. Se contemplan de cerca. Él ve unos ojos casi dorados, con un círculo de un profundo color ámbar alrededor del centro. Unos puntitos verdes. Unas pestañas largas y oscuras. Una tez clara con pecas en la nariz y en los pómulos. Ella hace algo inusitado: pone la mano encima de la que él tiene puesta en su brazo. Se la sujeta por la piel y el músculo que hay entre el pulgar y el índice y aprieta. Aprieta con firmeza, con insistencia, con una curiosa sensación de intimidad, es casi doloroso, le hace contener el aliento y la cabeza le da vueltas. Es muy real. Cree que nunca lo ha tocado nadie en ese sitio ni de esa forma. No podría retirar la mano sin brusquedad ni aunque quisiera. Lo sorprende que tenga tanta fuerza… y, curiosamente, lo excita.

   -Yo… -empieza, aunque no sabe hacia dónde va ir la frase ni lo que quiere decir-. ¿Vos…?

   Ella le suelta la mano inmediatamente, retira el brazo. Él nota caliente y muy desnuda la zona que le ha apretado. Se frota la frente con esa mano, como para devolverle la normalidad.

   -Queríais ver el ave –dice ella como si no hubiera pasado nada, dueña de la situación.

   Saca una llave de una cadena que lleva escondida entre las faldas, abre el cerrojo, empuja la puerta. Entra y él, aturdido, la sigue.

   Es un espacio reducido, oscuro, angosto, que huele a algo conocido, a algo puesto a secar. Aspira: aroma de madera, de tila, ligeramente dulce y fibroso. Con un matiz seco y almizclado. Y la mujer que está a su lado: nota el olor de su pelo y de su piel, y uno de los dos lleva un ligero toque de romero. Está a punto de tocarla otra vez: el hombro, la cintura están tentadoramente cerca y ¿para qué, si no, lo iba a llevar ahí dentro si no pensara también en…?

   -Ahí está –susurra ella, apremiante, en voz baja-. ¿Lo veis?

   -¿A quién? –dice él, distraído con la cintura, con el romero, con las baldas que hay alrededor y que ahora se ven mejor en la oscuridad, a medida que la vista se acostumbra a la escasa luz-. ¿Qué?

   -A mi halcón –dice ella.

   El preceptor avanza unos pasos y, al fondo, ve una percha alta en la que está posada un ave de presa.

   Lleva una caperuza, tiene las alas recogidas a la espalda y se aferra a la percha con unas garras escamosas de color ocre. Está encogida de hombros, como si le lloviera encima. Las plumas de las alas son oscuras, pero tiene el pecho claro y rizado como la corteza de un árbol. Le resulta extraordinario encontrarse tan cerca de un ser tan de otro elemento, del viento o del cielo, y tal vez del mito

   -Dios mío –se oye decir.

   Ella se vuelve y, por primera vez, sonríe.

   -Es una cernícala –murmura-. Me la regaló un sacerdote amigo de mi padre cuando era solo un pollito. La saco a volar casi todos los días. No voy a quitarle la caperuza ahora, pero sabe que estáis ahí. No os olvidará.

   El preceptor no lo duda. Aunque el ave tiene los ojos y el pico tapados con una capucha en miniatura, de piel –de oveja o tal vez de cabritilla, se sorprende pensando, y le fastidia-, ladea la cabeza o la vuelve con cada palabra que dicen, con cada movimiento que hacen. Se da cuenta de que le gustaría ver la cara del ave, verle los ojos, saber lo que hay debajo de la caperuza.

   -Hoy a cazado dos ratones –dice la mujer-. Y un topillo. Vuela –continúa, volviéndose hacia él- en silencio absoluto. No la oyen llegar.

   El preceptor, envalentonado por esa mirada, alarga una mano. Encuentra la manga de ella, luego el jubón y por fin la cintura. Curva la mano alrededor con la misma firmeza con la que ella lo ha tocado antes e intenta atraerla hacia sí…”