Margaret Atwood, convicciones, pensamientos y literatura

La escritora canadiense (1939, Ottawa) es poseedora de una extensa obra literaria a sus espaldas y que alcanza a casi todos los géneros literarios. Conocida con suficiencia en los países de habla anglosajona, su nombre se ha hecho masivo al gran público a través de la versión televisiva de su ficción El cuento de la criada.

Ávida lectora desde temprana edad, comenzó a escribir sus primeras historias a los 16 años. Ya mayor y en busca de ampliar sus conocimientos, se graduó en filología inglesa en la Universidad Victoria de Toronto, estudios que con posterioridad complementaría en la estadounidense Universidad de Harvard. Con los años y su experiencia a cuestas, harían que terminase impartiendo clases en la Universidad de la Columbia Británica, en la de Alberta y también en la de Universidad de Nueva York.

Su obra se extiende al ensayo, el relato, la crítica y la poesía, en este último caso, con los compendios Doble Perséfona, El juego del círculo, Historias verdaderas o La puerta. Es autora  también de obras teatrales, guiones para televisión y novelas, de las que ha escrito casi una veintena de ellas, entre las más renombradas: La mujer comestible, Nada se acaba, La novia ladrona, El asesino ciego, Penélope y las doce criadas, y Los testamentos, que conforma la segunda parte de El Cuento de la Criada.

Toda esta pulsión creativa le ha valido reconocimientos de todo tipo, entre otros  el Toronto Book Award, el Commonwealth Literary Prize, el premio Booker y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, siendo su nombre uno de los que desde hace unos años suenan en consideración para alzarse con el Nobel de Literatura.

Mujer solidaria, sus orígenes de clase y sus profundas convicciones democráticas hacen que haya secundado distintas iniciativas, así ha donado el dinero de premios para la defensa de causas ambientales, ha suscripto textos por la libre elección de las féminas en cuestiones de aborto, adhesión por la que ha cosechado elogios y críticas por igual, y ha secundado iniciativas en contra de métodos en la sociedad moderna hacia el denominado trabajo esclavo; en sus palabras, «no dudo en secundar una causa si la considero cierta y justa».

El pasaje a continuación pertenece El huevo de Barba Azul, incluido en su colección de relatos breves Un día es un día, en los que se sumerge entre los afectos y el desgaste que trae la cotidianidad en las sociedades occidentales:

“Sally oye que la puerta de atrás se abre y se cierra. Siente que Ed se acerca, que recorre los pasillos de la casa hacia ella, como un viento suave o una bola de electricidad estática. Se le eriza el vello de los brazos. A veces le hace tan feliz que le parece que está a punto de estallar; otras veces le parece que está a punto de estallar sin más.

   Ed entra en la cocina y ella finge no darse cuenta. La rodea con los brazos por detrás y le besa el cuello. Ella se recuesta, se aprieta contra él. Ahora deberían ir al dormitorio (al salón, incluso al estudio) y hacer el amor, pero a Ed no se le ocurre hacer el amor en pleno día. Sally lee a menudo artículos de revistas sobre cómo mejorar la vida sexual, que le dejan una sensación de frustración o evocan ciertos recuerdos: Ed no es su primer y único hombre. Pero sabe que no debe esperar demasiado de él. Si Ed fuera más dado a experimentar, si le interesara más la variación, sería otro hombre: más astuto, más taimado, más observador, más difícil de tratar.

   El hace el amor siempre igual, una y otra vez, cada movimiento sigue al anterior en idéntico orden. Sin embargo, al parecer eso le satisface. Por supuesto que le satisface: es fácil saber cuando un hombre está satisfecho. Es Sally quien después se queda despierta. Viendo las imágenes que desfilan ante sus ojos cerrados.

   Sally se aparta de Ed y le sonríe.

   -¿Cómo te ha ido hoy con las mujeres? – le pregunta.

   -¿Qué mujeres? –dice Ed, distraído, yendo hacia el fregadero. Sabe a qué mujeres se refiere.

   -Las que están ahí fuera, escondidas entre las forsitias. He contado al menos diez. Están esperando su oportunidad.

   Se mete a menudo con él hablándole de estos ejércitos de mujeres que lo siguen a todas partes, invisibles para Ed pero más claros que la luz del día para ella.

   -Apuesto que se pasean ante la puerta del hospital, esperando a que salgas. Apuesto a que se ocultan en los armarios de las batas y saltan sobre ti desde atrás, y a que fingen que se han perdido para que las lleves por el camino más corto. Es por culpa de la bata blanca. Ninguna de esas mujeres puede resistirse a una bata blanca. Las ha condicionado la serie del doctor Kildare.

   -No seas tonta –dice Ed, sin inmutarse. ¿Le han salido los colores, está avergonzado? Sally examina su rostro de cerca, como un geólogo inspeccionaría una fotografía aérea en busca de señales reveladoras de tesoros minerales: marcas, protuberancias, cavidades. Todo en Ed encierra un significado, aunque a veces resulta difícil concretar cuál.

   Se lava las manos en el fregadero para eliminar la tierra adherida. Dentro de un minuto se las secará con el paño de cocina, en lugar de utilizar la toalla. ¿Hay cierta complacencia en la espalda vuelta hacia ella? Es posible que de verdad existan esas hordas de mujeres, a pesar de que es ella quien las ha inventado. Es posible que de verdad se comporten de esa forma. Ed tiene los hombros ligeramente alzados; ¿trata de ocultar algo?

   -Yo sé lo que quieren –prosigue Sally-. Quieren meterse en esa habitación oscura contigo y subirse a la mesa. Creen que eres delicioso. Te devorarán. Te comerán a cachos. No quedará nada de ti, salvo el estetoscopio y los cordones de los zapatos.

   En otras ocasiones, Ed se reía de las ocurrencias, pero hoy no lo hace. Es posible que Sally haya repetido lo mismo, o algo muy parecido, con excesiva frecuencia. De todas maneras, Ed sonríe, se seca las manos con el paño de cocina y abre la nevera. Le gusta picar.

   -Hay un poco de rosbif frío –dice Sally, desconcertada…”    

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