Según el argentino, su infancia fue brumosa y con un sentido del tiempo y del espacio diferente al de los demás. Tal vez ello haya alimentado esta meticulosa observación que, como suele suceder, traduce un estado y un pesar que en este caso logra cristalizarse en texto. En voz del propio Cortázar: El aplastamiento de las gotas
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Distopías en los textos literarios
Hablar de las distopías en la literatura en la prolongación de los tiempos pandémicos presentes hasta nos ayuda a simplificar las cosas, es decir, lo que muchos escritores llegaron a imaginar en un futuro para el ser humano, puedan parecer ideas contenidas ante la realidad que nos circunda. El texto a continuación habla de historias que se alimentan del pasado y también de otras que se arriesgan en el futuro, con las licencias lógicas que se pueden otorgar a quienquiera sumergirse en cualquier obra de ficción, a pesar de que lo que nos parecía surgido de imaginaciones altamente fantasiosas, lo veamos en el presente como más cercano y palpable
‘No pienses mucho en el futuro, pues lo desconocido solo trae temor y angustia, pero lo único seguro es que la muerte te espera’, Dyfred Brazam.
La novela de anticipación siempre ha sido el mejor vehículo para mostrarnos un futuro bastante oscuro, aunque se la ha utilizado como una forma de advertirnos y de criticar los males de la sociedad actual y sus previsibles consecuencias si los seres humanos no tomamos conciencia de lo mal que actuamos y lo permisivo que somos ante los abusos del poder. Es el poder premonitorio de la imaginación.
Si rastreamos en la literatura lo que Orwell nos señaló hace 70 años en su novela 1984, podemos retroceder en el tiempo y buscar indicios de un futuro caótico en el Libro de las Revelaciones de San Juan, El Apocalipsis, que nos avisa de un tiempo en donde el hombre tendrá que luchar contra las fuerzas del mal.
Todas las religiones vislumbran en sus textos futuros terribles para el hombre, Mary Shelley en su novela El último hombre imaginaría un mundo destruido por una gran peste, con una sociedad acabada y donde el último hombre civilizado está en franca agonía, ese mismo tema lo tomaría en el siglo XX, Richard Matheson en su obra maestra Soy leyenda, donde la sociedad está gobernada por mutantes vampiros y el hombre no es más que una leyenda, un triste recuerdo destruido por su propia naturaleza.
La literatura fantástica y de ciencia ficción en sus primeros años muestra optimismo, confianza en que el hombre aliado con la tecnología y la ciencia creara un futuro de esperanza y progreso, de eso nos habla Karel Capek en su obra RUR, donde el hombre crea al robot, un avance científico para la humanidad, pues la palabra robot viene del checo ‘robotik` que significa trabajo, conciliando trabajo y tecnología en beneficio del ser humano.
El siglo XX con las dos hecatombes mundiales, genocidios y el horror atómico hizo pedazos ese anhelo, el hombre es lobo del hombre y su naturaleza es la destrucción y el poder de dominar a su semejante, el triunfo de la sinrazón y la locura estaba a la orden del día.
Fue Kafka el precursor de ese estilo angustiante y pesimista, nadie ha expresado mejor que él, el absurdo de las sociedades burocráticas y totalitarias; pues describe una naturaleza agonizante que señala el destino de la humanidad, el Joseph K protagonista de la novela El proceso no sabrá jamás de que se le acusa y por qué va a morir en manos de un sistema intolerante y brutal.
Con el equilibrio del terror, producto del enfrentamiento entre las dos grandes potencias, las novelas de ciencia ficción dejan en sus páginas mensajes pesimistas, lo que nos espera en el futuro no es nada bueno, el hombre será absorbido por la masa social, el individualismo, la libertad será aniquilada, novelas como 1984 de George Orwell plasma el horror de la sociedad totalitaria, todo manejado por un carismático dictador llamado Gran Hermano, Farenheit 451 de Ray Bradbury, una novela cruda, donde los libros son la amenaza y el que los posee es un disidente peligroso, o la obra de Aldous Huxley, Un mundo feliz, escrita en los años 30, se aborda la problemática de la manipulación genética, la eugenesia, buscando la perfección de los humanos y desechando a los imperfectos, anticipación del horror del nazismo.
Mientras más avanza la tecnología el hombre abusa de ella, es el mensaje que nos dejan novelas como El planeta de los simios de Pierre Boulle, el ocio y la pereza producto del uso indiscriminado de la técnica revierte la condición del hombre convirtiéndolo en el último estadio de la escala zoológica.
La naranja mecánica de Anthony Burgues, el hombre sometido a la voluntad del Estado y objeto de la experimentación médica para convertirlo en sujeto sin voluntad. O los llamados replicantes que se terminan cansando de vivir tan poco y se rebelan del dominio del hombre y buscan a su creador pidiendo respuestas a su existencia, hermosa alegoría sobre el hombre y sus milenarias preguntas a Dios que Phillip K. Dick nos entrega en Blade Runner.
La escritora española Rosa Montero nos ofrece su trilogía futurista de la detective Bruna Husky, un androide que tiene más humanidad que sus creadores humanos, su labor se desenvuelve en medio de un mundo aséptico exteriormente pero con la podredumbre que lo corroe por dentro, novelas ágiles que tienen esa inspiración orwelliana pero con toques tan abrumadoramente pesimistas como si Joseph Conrad las hubiera inspirado.
Pero qué sucede cuando ese Estado se disuelve y deja al hombre a merced de sus más primarios deseos, nada bueno puede salir de eso, ¿pero en medio de eso qué nos puede permitir seguir siendo humanos? Eso es el tema de reflexión de dos novelas como son Ensayo de la ceguera de José Saramago y La carretera de Corman McCarthy, por más grande que el mundo se haya degradado siempre habrá personas que a pesar de todo no perderán la humanidad.
Sociedades inmersas en gobiernos teocráticos y machistas como es el mensaje de Cuentos de la criada de Margaret Atwood, la mujer objeto de sometimiento brutal y cómo busca por todos los medios su liberación.
En los siglos XVII y XVIII, los moralistas mediante el uso de la fábula y el cuento, invitaban a sus contemporáneos a tomar conciencia de las debilidades y miserias de la sociedad. En este mundo postmoderno, los autores de ciencia ficción nos invitan a reflexionar sobre el devenir de nuestra especie, sobre los límites del progreso y el buen o mal uso que se puede hacer de la ciencia.
Pero la imaginación de los autores y de los lectores tiende siempre a fabricar mundos casi perfectos pero la realidad es a veces más terrible que la imaginación, solo en manos del hombre está al leer estas obras no como simple diversión sino como una siniestra advertencia.
(El autor del texto principal es Freddy Avilés Zambrano, y fue reproducido en El Universo de Ecuador)
«Los estados deberían invertir más en educación, inteligencia, creación y fomentar el acercamiento al arte y a la cultura. De lo contrario, sólo nos quedará el centro comercial» (Gilles Lipovetsky)
Sylvia Plath, escrituras y confidencias
Se la vincula con las escritoras que con su obra han alimentado el género de la denominada “poesía confesional”. Quizás por ello sus textos han despertado cuestionamientos a través de la particularidad de su existencia, ya que la autora estadounidense (Boston, Estados Unidos, 1932 – 1963, Londres, Reino Unido) tuvo una vida corta en compañía de sus estados clínicos depresivos que, de una u otra manera, se vieron siempre reflejados en su obra. Rasgo que la emparenta con la argentina Alejandra Pizarnik, que sufrió consecuencias idénticas de la enfermedad, quien además conforma parte de las autoras que a edad temprana pusieron fin a su vida, y a quien se la adhiere al mismo género literario.
Hija de un profesor universitario que no quiso tratarse de su diabetes y por ello cargó con las consecuencias físicas y una muerte temprana, la bostoniana supo ser la niña prodigio que alcanzaba a desempeñarse bien en disciplinas como la pintura o el piano y quien, a los ocho años, escribió su primer poema, habilidad esta última que le hizo adjudicarse una beca para perfeccionar su escritura en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Sería en sus aulas donde conocería al poeta Edward Hugues, con quien tendría un corto matrimonio y dos hijos.
En los treinta años de su existencia tuvo oportunidad de crear una obra no muy extensa pero significativa, compuesta de sus diarios personales de vivencias, sus relatos cortos, compendios de poemas con títulos como El Coloso o Ariel, y una única novela, La campana de cristal, ya que una segunda fue destruida por la propia autora antes de ver la luz. Aun así, fue una de las pocas escritoras que en 1982 recibió un reconocimiento póstumo con un premio Pulitzer por el conjunto de sus poemas.
La suya es una poesía visceral despojada de todo aditamento artificial, sentimiento puro que sin contención alguna es lanzado hacia la percepción del lector, hecho que hace que sus textos sean objeto de una reedición constante. Tal vez los poemas que acompañan este texto con sus títulos, contengan en parte esa carga emocional que en el momento de su escritura acompañaron a la autora:
Temores
Esta pared blanca sobre la que el cielo hágase a sí mismo:
infinita, verdad, intocablemente intocable.
Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.
Mi medio son.
El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.
Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.
¿C6mo salir de la mente?
Los pasos a mi zaga se concentran en un pozo.
Este mundo carece de árboles y de pájaros,
solo hay agrura en él.
La pared roja no hace más que sobresaltarse:
un puño rojo se abre y se cierra,
dos papelosas bolsas grises:
he aquí mi materia, bueno: y terror también
a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.
Irreconocibles pájaros en una pared negra:
torciendo el cuello.
¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!
Dos frías balas muertas se nos aproximan:
con mucha prisa vienen.
Espejo
Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto hace que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan sin cesar
Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja
Una vida
Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.
Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.
A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.
Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.
En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.
Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.
Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.
El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.
«El orgullo es un defecto muy común. Mis lecturas me han convencido de que la naturaleza humana es extremadamente propensa a él, y de que hay muy pocas personas que no se sientan satisfechas de sí mismas por tal o cual condición real o imaginaria.» ( Orgullo y prejuicio – Jane Austen )
La frase
«Me molesta que mi hija de dieciséis años, después de estar horas mirando el teléfono, suspire cuando le sugiero que le dedique quince minutos a leer un libro» ( Stefan Malmström )
Pedro Mairal, idiosincrasia rioplatense
El autor argentino (Buenos Aires, 1970) ha logrado alcanzar el renombre literario luego de abarcar variedad de géneros en su obra. Según sus propios lectores, fueron muchos los que en un principio se habían acercado a sus textos a través de la efectiva recomendación del boca a oreja, hecho que llevó al bonaerense a trascender mucho más allá de lo que reflejaban la cantidad de ejemplares vendidos.
Con antecedentes laborales como colaborador en distintos medios de comunicación, Mairal es dueño de una producción literaria que incluye a la novela: Una noche con Sabrina Love, que fue llevada con éxito a la pantalla grande, El año del desierto y Salvatierra. El relato, con el volumen Hoy temprano; y la poesía, con los compendios Tigre como los pájaros, Consumidor final y tres recopilaciones de sus Pornosonetos. Por último, también ha visto la luz el volumen El equilibrio, con una selección de sus mejores escritos periodísticos.
Abarcar esta policromía de géneros no le ha impedido para que transite por otras facetas dentro de la variada expresión artística, como lo hacen otros escritores -desde el brasileño Chico Buarque al galés Ken Follett-, para unificar la labor de cantante y la de músico. Aunque pareciera que el bonaerense tiene bien en claro su predilección, cuando ha manifestado que es en la escritura donde encuentra refugio a su caos existencial.
Concisión, frescura en la exposición de los hechos, y búsqueda del golpe de efecto, son las propiedades esenciales en las que apoya su estilo de escritura y por las cuales, en el año 2007, fue reconocido por el Festival de Bogotá como una de las mejores voces de jóvenes escritores latinoamericanos.
Su último trabajo de ficción conocido hasta el presente es La uruguaya, novela en la que se exponen las características antes mencionadas; de la que también se han adquirido los derechos para ser adaptada a la versión cinematográfica. En ella el protagonista, un joven escritor en horas bajas, retrata su inquietante presente, un día a día en el que también se podrían ver reflejadas muchas de las particularidades de los jóvenes habitantes de las ciudades a ambas orillas del Río de la Plata.
Como una pequeña muestra de lo mencionado, de La Uruguaya, el texto a continuación:
“…-¿El rápido a Colonia? –me preguntó el empleado.
-Sí, y el ómnibus a Montevideo.
-¿Vuelve en el día con el buque directo?
-Sí.
-Bien… -me dijo mirándome un poquito más tiempo de lo normal.
Imprimió el pasaje, y me lo dio con una sonrisa de hielo. Le evité la mirada. Me incomodó. ¿Por qué me miró así? ¿Podía ser que estuvieran marcando y metiendo en una lista a los que iban y volvían en el día?
Subí por la escalera mecánica para hacer Aduana. Pasé la mochila por el escáner, di vueltas por el laberinto de sogas vacío. <Adelante>, me dijeron. El empleado de migraciones miró el documento, el pasaje. <A ver, Lucas, parece frente a la cámara por favor. Perfecto. Apoye el pulgar derecho… Gracias> Agarré el pasaje, el documento y entré en la sala de embarque.
Estaba toda la gente formando una larga fila. Por el ventanal vi que el buque hacia las últimas maniobras de amarre. Pagué el café y la medialuna más caros del mundo (una medialuna pegajosa, un café radioactivo) y los devoré en un minuto. Me sumé al final de la fila y escuché a mi alrededor unas parejas brasileñas, unos franceses, y algún acento de provincia, del Norte, quizá de Salta. Había otros hombres solos, como yo; quizá también iban por el día a Uruguay, por trabajo o a traer plata.
La fila fue avanzando, caminé por los pasillos alfombrados y entré al buque. El salón grande, con todas esas butacas, tenía algo de cine. Encontré un lugar junto a la ventana, me senté y te mandé el mensaje: <Embarcado. Te amo>. Miré por la ventana. Ya estaba aclarando. El espigón se perdía en una neblina amarilla.
Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde:
<Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las dos?>
Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.
Digo <La idea> porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalinas ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails… En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasvasábamos en el otro. No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas.
El buque Zarpó. La dársena fue quedando atrás. Se veía un pedazo de la costa, se adivinaba apenas el perfil de los edificios. Sentí un alivio enorme. Irme…”
La frase
Escritores en la sombra
La figura del «negro literario», sin connotación racista alguna, designa a la persona que escribe para otra, usualmente de mayor a fama; y si bien percibe pago por ello, en momento alguno aparece en los créditos de la obra. De esta manera, grandes nombres de la literatura se vieron beneficiados del trabajo oculto de estos autores en la oscuridad, aunque son pocos los casos en que se ha podido corroborar este fraude al lector. Algunas de estas colaboraciones contaron con la anuencia de los editores de esos textos, aunque en nuestros días el autor (o quien aparece en los créditos) intenta que el hecho no gane trascendencia. Este artículo hace referencia a algunos ejemplos que han ganado publicidad en el transcurso de la historia contemporánea
La capacidad de producción del escritor francés Alexandre Dumas (1802-1870) es legendaria. El autor de Los tres mosqueteros presumía en voz alta de haber escrito 1.200 obras aunque, según los expertos, habría que rebajar esta cifra a tan solo 300 –entre ellas, ochenta novelas–, que ocupan, según los que se han entretenido en contarlas, más de 100.000 páginas, en todos los géneros (poesía, teatro, novelas, cuentos, ensayos…). “Nadie ha leído todos los libros de Dumas… ni siquiera él mismo”, se bromeaba ya en vida del escritor, que ocupa un lugar de honor en la historia de la literatura.
Entre sus numerosos colaboradores, un total de 63 en diferentes etapas, según propia confesión, destacó Auguste Maquet, que trabajó con él entre los años 1839 y 1851. Tras cosechar diversos rechazos literarios a una obra suya, Maquet se la mostró a Dumas, quien la retocó y la ofreció al editor Girardin, pidiendo que se publicara con el nombre de ambos. La respuesta fue clara: “Un folletín firmado por Dumas vale tres francos por línea, pero firmado por Dumas y Maquet solo 30 centavos”. Se trataba de El caballero de Harmental, que finalmente apareció solamente con el nombre de Dumas.
Dumas recibía los argumentos y las estructuras de algunas novelas por parte de sus colaboradores, sobre los que luego realizaba retoques, caracterizaba más detalladamente a los personajes, y añadía diálogos y escenas de acción. Las cuantiosas ofertas económicas que le hicieron, a raíz del éxito de Los tres mosqueteros, dispararon este método, basado no solo en los colaboradores sino en su inmensa capacidad de trabajo, con jornadas diarias de hasta catorce horas.
Dumas no ha sido el único autor con colaboradores aunque sí uno de los ejemplos del que existen más evidencias. Sigue flotando el enigma de William Shakespeare, con teorías que aparecen y desaparecen según las épocas, y que implican a nombres como Christopher Marlowe, Francis Bacon o Edward de Vere como posibles coautores de algunos textos. Asimismo, algunos estudiosos apuntan que el auténtico autor de la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España no sería Bernal Díaz del Castillo, quien la firma, sino el mismísimo Hernán Cortés. Pero hay casos más graves… En el 2005, se destapó la conocida como “la estafa literaria del siglo” al saberse que detrás de las tres novelas del estadounidense J.T.Leroy estaba en realidad una mujer llamada Laura Albert, quien además hacía disfrazarse a su cuñada para interpretar al autor en las fotos en que aparecía. Leroy, supuestamente chapero y adicto, habría sido víctima de abusos sexuales, que nutrían su creación literaria.
Un chiste de la época de Dumas le muestra en el entierro de uno de sus negros. Un desconocido le da el pésame y exclama: “¡Ahora, manos a la obra!”. “¿Usted quién es?”, pregunta Dumas. “¿Quién voy a ser? ¡El negro de su negro!”
(El texto pertenece a Xavi Allén, y fue reproducido en La Vanguardia de Barcelona)
La frase
«Es embarazoso escuchar a otros hablar de su escritura como si fuera una labor monumental. Contar tu verdad nunca es comparable a hacer un turno de trabajo de 10 horas. No crecí con la idea de que escribir fuera un trabajo, y todavía me cuesta aceptarlo» ( Zadie Smith )




