«Todos somos capaces de la mayor solidaridad y de la indiferencia más absoluta ante la deshumanización; somos bondadosos y somos canallas, atentos e indiferentes. Algunas de las personas de las que más he aprendido, eran homicidas» ( Francisco Moita Flores )
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Joyce Carol Oates, conciencia crítica de América
Se la considera una de las damas vivientes de las letras y de las voces más respetadas de la literatura contemporánea de los Estados Unidos.
Lejano queda hoy el momento en que Oates (Lockpot, Nueva York, 1938) con 26 años publicó su primera obra de ficción: The Shuddering Fall. A la fecha, su prolífica obra abarca un amplio espectro donde se incluyen más de sesenta novelas, entre las más renombradas: El jardín de los placeres terrenales, Ellos, Las hermanas Zinn, Solsticio, La hija del sepulturero, Mujer de barro, Cartago y otras; a las que se le suman relatos de todo tipo, libros de poesía, teatro y textos de no ficción. Una extensa producción que le ha valido el aplauso de crítica y público en su país y el extranjero; por la que ha recibido distinciones y galardones, como el Premio Nacional del Libro de Ficción o la Beca Guggenheim, además de ser una de las integrantes permanentes de la Academia Estadounidense de las Artes y de las Letras.
Como suele suceder, la escritora admite que su estilo recibe una vasta influencia de otros tantos autores, en un amplio abanico que va desde William Faulkner a Bob Dylan, quienes le han llevado a ir modificando su temática a lo largo de los años. Aunque más allá de las influencias, no cabe duda que en sus textos subyace una observación aguda y crítica de la sociedad americana, de sus gentes, de las costumbres arraladas y de las mutaciones a través de los tiempos; no en vano se ha hecho merecedora de la Medalla Nacional de Humanidades, que el presidente del país impone a distintas personalidades, quienes por su trabajo han dado a conocer los atributos humanos que componen a la nación toda.
En su última novela publicada Un libro de mártires americanos, tal vez con una crudeza nunca vista en sus textos, se hace explícito el choque entre las dos grandes corrientes de pensamiento que habitan la sociedad estadounidense: una atávica y tradicionalista y la otra liberal y más permeable a los cambios. Posturas que en su relato lo sintetizan dos familias: los Dunphy y los Voorhees, quienes con su accionar, obligan a tomar partido a la comunidad en la que habitan.
De Un libro de mártires americanos, el siguiente pasaje:
“’…Di una sola palabra y mi alma será salva`.
El Señor me dio la orden. En todo lo acontecido no vaciló su mano.
Se oyeron gritos.
_¡Atrás!
Apunté en primer lugar a Voorhees. El médico abortista dijo con su voz ronca y cortante:
_¡Atrás! ¡Baje esa Arma!
Y otros gritaron:
_¡No! ¡No!
El Señor ejecutó mis movimientos tan deprisa que los ojos del enemigo ni siquiera tuvieron tiempo de reflejar miedo o alarma. No manifestaron terror alguno, tan solo sorpresa pura y simple. Al avanzar por la entrada para automóviles tras la estela de la furgoneta Dogde de los abortistas con el arma apoyada ya en el hombro y los cañones alzados, hubo muchos que me miraron con asombro y sobrecogidos porque a los manifestantes se les había prohibido expresamente congregarse allí, al igual que desde hacía varios años se nos había prohibido presentarnos con nuestras pancartas o incluso rezar en el patio delante del Centro para Mujeres de Broome County; sin embargo allí estaba uno de nosotros, un soldado del Ejército de Dios, y del que algunos sabían que era Luther Dunphy, quien, desobedeciendo audazmente aquella prohibición, superó la barrera y sin la menor vacilación siguió a la furgoneta por la entrada de coches más deprisa de lo que nadie esperaría de un hombre de su tamaño.
_¡Dios guía mi mano! Dios no permitirá que fracase.
El enemigo conocido como Augustus Voorhees acababa de apearse de la furgoneta. Eran las 7.26 de la mañana. El centro para mujeres no empezaba a recibir a su clientela (es decir, mujeres embarazadas y mujeres convencidas de que no deseaban ser madres) hasta las 8.00. Al médico abortista (casi exactamente de mi misma altura, que es un metro ochenta y dos, y de pelo entrecano despeinado muy semejante al mío) se le había ocurrido llegar pronto para evitar así a los manifestantes y entrar por la puerta trasera del centro, pero pecó de insensatez en su astucia, porque la policía de seguridad de Muskegee Falls no solía presentarse hasta las 7.30 (y algunas veces más tarde), y para cuando la llamaran aquella mañana, Voorhees, herido de bala, se habría desangrado ya como un marrano. El abortista no me vio hasta que me encontraba a menso de dos metros tras él, acercándome muy de prisa, y la expresión en el rostro de su acompañante hizo que se volviera con un gesto de total sorpresa y conmoción.
_¡No! ¡Atrás! ¡No…!
Ya en aquel instante apretaba yo el gatillo, los cañones apuntándole por encima del pecho, así que el disparo del primer cañón derribó a Augustus Voorhees y le arrancó la parte inferior de la mandíbula y la garganta, dejando una herida terrible de ver, como si el Señor hubiera mostrado su cólera con un único zarpazo de una garra enorme; porque previsoramente yo había apuntado alto, dado que ignoraba si el asesino abortista llevaba chaleco antibalas. (Más adelante se supo que no se protegía así, desdeñoso del destino que le esperaba). A pesar de aquel espectáculo, cuando aún resonaba la ensordecedora descarga, el Señor dio firmeza a mis manos mientras con toda tranquilidad encañonaba a su ´acompañante` y cómplice, muy cerca ahora, que gritaba ´¡No! ¡No! ¡No dispare!` con torpe desesperación mientras trataba de alejarse y se protegía débilmente el cuerpo con brazos y manos; pero aquellas palabras llegaron demasiado tarde, y les hice tan poco caso como a los graznidos de los pájaros de plumas negras agolpados en el cielo invernal sobre nuestras cabezas mientras el segundo disparo le destrozaba la cara y gran parte de la garganta, proyectando hacia atrás su cuerpo ya sin vida al igual que había sucedido con el de Voorhees, también inerte, los dos cadáveres junto sobre el asfalto, delante de la furgoneta, derramando sangre en abundancia en muy pocos segundos, tal como Dios lo había querido.
Con el éxtasis del Señor recorriéndome los brazos y las manos como se tratara de electricidad, apenas me impactó el retroceso del arma en el hombro, semejante a la coz de una mula; solo sentí el entumecimiento posterior, y el dolor en lo más hondo del hueso.
_¡Dios se apiade de ti! Que Dios te perdone…”
La frase
«Todos hemos atravesado a una mujer para salir a este mundo. De hecho, las primeras diosas fueron maternidades. Por eso creo que los sacerdotes deberían ser mujeres, porque son un canal de verdad y de resistencia. A pesar de que, desde el Neolítico, han sido aplastadas» ( Manuel Vicent )
La frase
«Fui aspirante al suicidio y estuve reventada por la drogas y la locura. Vivía en una película de terror. Mis padres, a los que entonces aborrecía, fueron los que me salvaron la vida, hicieron por mí lo que unos padres convencionales no hubieran aguantado, porque yo era absolutamente insoportable» ( Clara Usón )
Paolo Cognetti, la montaña como metáfora de vida
Con nacimiento y primera juventud transcurrida en la industriosa y pujante Milán, Paolo Cognetti (1978) sintió desde muy joven una gran atracción por las altas cumbres. Tuvo en los cercanos Alpes su sitio para poder canalizar esa pasión que luego trasladó a su obra literaria; títulos como El muchacho silvestre son prueba fiel de ello.
Quizás esa necesidad de dar testimonio haya alimentado también su vertiente para con el cine documentalista, y ello le haya impulsado a cruzar el charco e instalarse en la monumental ciudad estadounidense de los rascacielos. Allí, mezcló lo testimonial y lo ficticio para la génesis de textos como Nueva York es una ventana sin cortinas o Sofía se viste siempre de negro.
De regreso de su experiencia americana vuelve a reinstalarse en la metrópoli lombarda aunque siempre con un pie en su montaña amada; a punto que hoy divide su tiempo entre la ciudad y un estratégico refugio en las pendientes alpinas. Fruto de todas esas vivencias produjo su obra de ficción más aplaudida: Las ocho montañas, premiada en Italia con el premio Strega y en Francia con el Médicis, con la cual el escritor italiano logra un texto sensible, tierno y cargado de frescura. Basada en la amistad entre Piero y Bruno, el primero un chico de la ciudad que envidia la libertad con que Bruno vive en su montaña; mientras que éste último anhela las posibilidades que se le brindan a su amigo y que ve difíciles de alcanzar. Aún estas diferencias, su relación se va consolidando solidificada con los componentes de lealtad, experiencias y tiempo, que hacen que su amistad se agigante y perdure a través de los años.
Cognetti se consagra con la composición de un texto sostenido por una acuarela de relaciones interpersonales guiadas por la pureza de sentimientos, pleno de descripciones de situaciones que van aflorando durante el trayecto de vida compartido por los dos jóvenes. Para destacar a la montaña como el gran antídoto a todos los males donde, arropados por la inmensidad alpina, el silencio y el viento cobran un significado mayor que mil palabras.
De Las ocho montañas el pasaje a continuación:
“…Se llamaba Bruno Guglielmina. El apellido era el de todos los habitantes de Grana, quiso explicarnos, pero el nombre Bruno lo tenía solo él. Apenas era unos meses mayor que yo, pues había nacido en 1972 pero en noviembre. Devoraba las galletas que mi madre le ofrecía como si no hubiese comido nunca en su vida. El último descubrimiento fue que no solo lo había estudiado yo a él, sino que él me había estudiado a mí mientras ambos fingíamos ignorarnos.
-Te gusta el torrente, ¿verdad? –me preguntó.
-Sí.
-¿Sabes nadar?
-Un poco.
-¿Pescar?
-Creo que no.
-Ven, voy a enseñarte algo.
Dijo eso y bajó de un salto de la silla, yo crucé una mirada con mi madre y salí corriendo tras él sin pensarlo dos veces.
Bruno me llevó a un sitio que conocía, donde el torrente cruzaba a la sombra del puente. Cuando estuvimos en la orilla, en voz baja me ordenó que me mantuviese lo más callado y oculto que pudiera. Luego se asomó por una roca, apenas lo suficiente para poder vigilar desde allí. Con una mano me indicó que esperase. Mientras esperaba, lo observé: tenía el pelo rubio cáñamo y el cuello quemado por el sol. Llevaba unos pantalones que no eran de su talla, los bajos enrollados en los tobillos y con el tiro caído, la caricatura de un hombre adulto. Tenía también las maneras de un adulto, una especie de gravedad en la voz y en los gestos: con un movimiento de la cabeza me ordenó que le diera alcance y obedecí. Me moví de la roca para mirar hacia donde miraba él. No sabía qué debía mirar: ahí detrás el torrente formaba una pequeña cascada y una charca umbría, que llegaría quizá hasta las rodillas. El agua estaba turbia en la superficie, que agitaba el fragor de la caída. En los bordes flotaba un dedo de espuma y una larga rama atravesada había acumulado hierbas y hojas podridas. Aquel espectáculo no era nada, solo agua que descendía por la montaña, y sin embargo me encantaba cada vez más y no sabía por qué.
Cuando llevaba un rato observando la charca vi que la superficie se quebraba levemente, y noté que dentro había algo vivo. Una, dos, tres, cuatro sombras ahusadas con el morro contra la corriente, lo único que se movía era la cola, despacio y en horizontal. A veces una de las sobras se desplazaba de golpe y se detenía en otro punto, y a veces emergía el dorso y luego volvía al fondo, pero siempre mirando hacia la pequeña cascada. Nos encontrábamos más abajo que ellas, por eso aún no nos habían visto.
-¿Son truchas? –susurré.
-Peces –dijo Bruno.
-¿Y siempre están allí?
-No siempre. A veces cambian de agujero.
-Pero ¿qué hacen?
-Cazan –respondió él, a quien aquello le parecía completamente natural.
En cambio era algo que yo estaba aprendiendo en ese instante. Siempre había pensado que un pez nadaba en el sentido de la corriente, lo que sería más fácil, y no que derrochaba sus fuerzas nadando contracorriente. Las truchas movían la cola lo suficiente para permanecer inmóviles. Me hubiera gustado saber qué cazaban. A lo mejor los mosquitos que veían revoloteando por la superficie del agua y que se quedaban como atrapados. Observé un momento la escena procurando comprenderla mejor, antes de que Bruno se hartase de golpe: se puso de pie de un salto, agitó los brazos y al instante las truchas desaparecieron. Me acerqué a ver. Habían huido del centro de la charca hacia todos los lados. Miré el agua y cuando vi fue a la grava blanca y azul del fondo, pero enseguida tuve que marcharme para seguir a Bruno, que ahora iba corriendo por el borde opuesto al torrente.
Un poco más arriba, un edificio solitario daba a la orilla como si se tratase de la casa de un guarda. Se estaba cayendo a pedazos entre ortigas, zarzas de frambuesa, nidos de avispas que se secaban al sol. En el pueblo había muchas ruinas así. Bruno pasó las manos por los muros de piedra, allí donde se unían en un canto lleno de grietas, se dio impulso y enseguida estuvo en la ventana de la primera planta.
-¡Venga! –dijo asomándose desde arriba.
Después, sin embargo, se olvidó de esperarme, quizá porque no le parecía, porque no se le pasaba por la cabeza que pudiera necesitar ayuda o solo porque estaba acostumbrado a ser así, o sea, a que cada uno se las arreglase solo, sin importar lo fácil o difícil que fuera lo que hubiera que hacer. Lo imité como pude. Sentí la piedra áspera, tibia seca bajos los dedos. Me arañé los brazos en el antepecho de la ventana, miré dentro y vi que Bruno estaba bajando al sótano por un hueco del suelo valiéndose de una escalera de mano. Creo que había decidido que iba a seguirlo a todas partes…”
La frase
«De joven era increíblemente tímido. Estaba paralizado por el terror de que alguien me hiciera una pregunta que me obligara a hablar. Me había fabricado una teoría a mi medida: me decía que escribir era mi salvación, mi modo para poder conversar con un gran número de personas. Pero quizás esa teoría era apenas un muro de protección para esconder las verdaderas razones que me inducen a la escritura. Tal vez ni quiero conocerlas». ( Julian Barnes )
La frase
«Sabiendo con pruebas y hechos constatados que el gobierno nos ha robado a manos llenas y nos han usurpado vilmente derechos y libertades, intentar eludir impuestos demuestra inteligencia e incluso dignidad. Tan disculpable como tragarte un anillo cuando ves venir al ladrón» ( Rosa Tamés )
Arnaldur Indridason, entre géisers y ventiscas
En verdad, pronunciar el nombre de la ciudad tiene su dificultad: Reikiavik; capital de un país como Islandia que, hasta hace no mucho tiempo, pocos podían situar sobre un mapa. De esas tierras gélidas proviene Arnaldur Indridason (1961), considerado uno de los maestros de la novela policial nórdica.
Bien es cierto que bajo el adjetivo nórdico, varios son los escritores que desde hace décadas vienen incursionando con éxito en la novela negra. Por nombrar algunos: Stieg Larsson, Camila Läckberg, Henning Mankell, Jo Nesbo o Asa Larsson, quienes llenan estantes en librerías y gracias a buenas historias vienen ganando la fidelidad de muchísimos lectores.
Indridason, autor de títulos como En el abismo, Las marismas, Invierno ártico, El hombre del lago o Pasaje de las sombras, tiene en el oficial de policía Erlendur Sveinsson su alter ego literario. El inspector Sveinsson es un personaje contradictorio, solitario y con una desprolija vida privada; hábil y eficiente en su puesto pero incapaz de abordar las zonas más oscuras que atormentan su personalidad.
En La mujer de verde el islandés hace suyos los condimentos de rigor que componen la novela policial: un oscuro caso por resolver, una muerte dudosa, una ardua investigación; todo ello aderezado con los avatares propios y cotidianos de los propios investigadores que entorpecen la resolución del caso en cuestión. Condimentos todos que en esta oportunidad el autor hace coincidir con la historia reciente de su localidad de nacimiento, y también de Islandia como joven país.
De la novela La mujer de verde el pasaje siguiente:
“…Baddi estaba de portero en un local de striptease llamado Conde Rosso, situado en el centro de Reikiavik. No estaba en la puerta cuando llegó Erlendur, en su lugar había una montaña de músculos, de constitución corporal extraordinaria, que le indicó dónde encontrarlo.
-Está vigilando el show- dijo el portero.
Erlendur puso cara de no entender. Se quedó mirando al hombre.
-El show privado -dijo el portero-. El baile privado- y puso cara de desesperación.
Erlendur entró en el local, que estaba iluminado con bombillas rojas de luz mortecina. En el salón había una barra, mesas y sillas y unos cuantos que miraban a una chica joven que se frotaba contra una barra de hierro en una pista de baile sobreelevada, siguiendo un monótono signo pop. La joven miró a Erlendur y se puso a bailar delante de él como si se tratara de un cliente en potencia, y se soltó el diminuto sujetador. Erlendur la miró con una compasión tan profunda que la muchacha se quedó confusa, dio un paso equivocado, recuperó el equilibrio y se fue alejando de él hasta que dejó caer el sujetador al suelo aparentando desenvoltura, en un intento por mantener la dignidad.
Intentó adivinar dónde podían tener lugar los shows privados, y vislumbró un oscuro pasillo enfrente de la pista de baile, y fue hacia allá. El pasillo estaba pintado de negro y al final había una escalera que descendía al sótano. No se veía apenas, pero bajó dificultosamente la escalera y entró en otro pasillo pintado de negro. Una solitaria bombilla roja colgaba del techo, y al final del pasillo se alzaba una montaña de músculos coronada por una cabeza extremadamente pequeña, con los fuertes brazos cruzados sobre el pecho, mirando a Erlendur fijamente. En el pasillo que se extendía entre ambos había seis habitaciones, tres de cada lado. Oyó el sonido de un violín en alguno de los cuartos, una melodía nostálgica.
La montaña de músculos avanzó hacia Erlendur.
-¿Eres Baddi?- preguntó éste.
-¿Dónde está tu chica?- preguntó la montaña de cabeza pequeña, que se erguía como una verruga sobre el grueso cuello.
-Eso iba a preguntarte yo- dijo Erlendur, extrañado.
-¿A mí? No, yo no organizo lo de las chicas. Tienes que subir a por ellas y luego vuelves a bajar.
-Ah, de modo que es eso- dijo Erlendur cuando se percató de la confusión-. Estoy buscando a Eva Lind.
-¿A Eva? Lo dejó hace tiempo. ¿Estuviste con ella?
Erlendur se quedó mirando fijamente al hombre.
-¿Qué lo dejó? ¿A qué te refieres?
-Venía aquí a veces. ¿De qué la conoces?
Se abrió una puerta del pasillo y asomó un hombre joven subiéndose la cremallera de los pantalones: Erlendur vio a una chica desnuda inclinarse para recoger su ropa del suelo de la habitación. El hombre se escurrió entre ellos dos, le dio un golpecito a Baddi en el hombro y desapareció escaleras arriba.
-¿Quieres decir aquí abajo? –dijo Erlendur anonadado-, ¿Eva Lind venía aquí abajo?
-Hace mucho. En esta habitación hay una que se le parece mucho –dijo Baddi servicial como un vendedor de coches, señalando una puerta-. Es una estudiante de medicina, de Lituania. La chica del violín. ¿La oyes? Está en alguna escuela famosa de Polonia. Ellas viene aquí a sacar dinero y luego se vuelven a seguir estudiando.
-¿Sabes dónde puedo encontrar a Eva Lind?
-Nunca decimos dónde viven las chicas –dijo Baddi, poniendo un curioso gesto de santurrón.
-Yo no quiero saber dónde viven las chicas –dijo Erlendur con cansancio. No podía perderse el lujo de perder el control de la situación. Sabía que tenía que andar con cuidado, que tenía que buscar la información con prudencia aunque nada deseaba más que arrancarle esa verruga del cuello-. Creo que Eva Lind tiene problemas y me pidió que la ayudara –dijo con toda la tranquilidad de la que fue capaz.
-Y tú quién eres, ¿su papaíto? –dijo Baddi burlón, soltando un bufido.
Erlendur lo miró pensando si sería posible agarrar una cabeza tan pequeña. La sonrisa burlona se congeló en el rostro de Baddi al percatarse de que había dado en el blanco…”
La frase
«Para los de mi generación y desde el punto de vista intelectual, el mundo se entendía leyendo a Marx y Freud. El comunismo era un avance de la justicia. Pero poco a poco nos fuimos desengañando. Tampoco de manera absoluta. No creo que haya que tirar a la basura a Marx y Freud, simplemente no es la medicina que cura todos los males, sí algún síntoma» ( Eduardo Mendoza )
De amistad y otras hierbas
Es de público conocimiento, la estación estival favorece el tiempo lúdico y la relajación, propicios para el fluir del libre pensamiento. Luego nos aproxima a la evaluación de nuestro entorno, de nuestros actos y por lógica, de nuestros afectos y devociones.
En la Grecia antigua cuando Aristóteles se refería a la amistad, mencionaba que la había de tres clases: la basada en el placer; la que lo hacía en pos de la utilidad; y por último la que se basaba en el bien o la virtud de la persona que se estima. A ese respecto, y desde una arista diferente, vino a mi memoria este dicho: “A los amigos se los elige; a la familia se la hereda”, frase que en más de una oportunidad he ido recordando a lo largo de los años.
El tema desde luego no es innovador, y ha movilizado la inquietud de muchos escritores a lo largo de los tiempos. Uno de ellos fue el polémico Oscar Wilde (1854-1900), el autor de novelas tan difundidas como El retrato de Dorian Grey, Salomé o La importancia de llamarse Ernesto. Además de sus obras el literato irlandés ganó fama por muchas de sus citas, pero fue mucho menos conocida su faceta en textos poéticos; si bien fue ganador del prestigioso Premio de poesía Newdigate.
Es evidente que la materia mueve a miles de enfoques y sentimientos, y dio y dará bastante de sí en el transcurso de muchas generaciones. No cabe duda que en el caso de Wilde, tuvo un cúmulo de sensaciones movilizadoras y, hace ya más de un siglo atrás, así lo plasmó en su poema Locos y santos:
“Escojo a mis amigos no por la piel u otro arquetipo cualquiera, y sí por la pupila.
Tiene que tener un brillo cuestionador y una tonalidad inquietante.
A mí no me interesan los buenos de espíritu ni los malos de hábitos.
Me quedo con aquellos que hacen de mí un loco y un santo.
De ellos no quiero respuesta, quiero mi opuesto.
Que me traigan dudas y angustias y aguanten lo peor que hay en mí. Para eso sigo siendo loco.
Los quiero santos, para que no duden de las diferencias y pidan perdón por las injusticias.
Escojo a mis amigos por la cara lavada y por el alma expuesta.
No quiero solo el hombro o el regazo, quiero también la mayor de sus alegrías.
Amigo que no ríe con uno, no sabe sufrir con uno.
Mis amigos son todos así: mitad estupidez, mitad seriedad.
No quiero risas previsibles ni llantos piadosos.
Quiero amigos serios, de aquellos que hacen de la realidad sus fuente de aprendizaje, pero luchan para que la fantasía no desaparezca.
No quiero amigos adultos ni aburridos. Los quiero mitad infancia y mitad vejez.
Niños, para que no olviden el valor del viento en el rostro y viejos, para que nunca tengan prisa.
Tengo amigos para saber quién soy yo.
Pues viéndolos locos y santos, bobos y serios, niños y viejos, nunca me olvidaré de que NORMALIDAD es una ilusión imbécil y estéril”
(Traducción del original de Rosa Corgatelli)
FLF.-