Siri Hustvedt, noruega, aunque bien de Minnesota

Es común que su nombre resuene ligado al que fuera su marido, el fallecido escritor Paul Auster; pero bien es cierto que la escritora estadounidense (Northfield – 1955), ha cimentado su propio camino con textos en los distintos géneros de la literatura

Proviene de una familia de migrantes noruegos establecidos en uno de los estados de las anchas planicies del medio oeste de América del Norte, aunque su vida dio un completo giro cuando en busca de su futuro se trasladó a la cosmopolita Nueva York. Allí tuvo la oportunidad de formarse, licenciándose primero en Historia en el Olaf College y luego graduándose en Letras por la prestigiosa Universidad de Columbia.

Sus comienzos en la literatura vinieron a través de la poesía, entre otros, con textos como Leer para ti. Luego fue la novela: Todo cuanto amé, Elegía para un americano, El verano sin hombres, o Recuerdos del futuro. Finalmente, el ensayo: Una súplica para Eros, Vivir, Pensar, Mirar, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Madres, padres y demás o Apuntes sobre mi familia real y literaria. A estas ficciones habría que sumarle sus aportes en diferentes trabajos para revistas sobre psicología y filosofía.

Toda esta extensa producción fue jalonada con distintos reconocimientos, premios como el Fémina francés o el Premio Internacional Gabarrón de Pensamiento y Humanidades. Fue distinguida además con premios Honoris Causa por las Universidades de Oslo, la Universidad Stendhal de Grenoble, Francia, y la Universidad Maguncia de Mainz, Alemania. Por último, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España.

En cuanto a sus obras, es frecuente que la autora incluya algunas de las anécdotas de sus años de niñez y adolescencia, o que se refiera a las carencias de sus primeros tiempos en la ‘gran manzana’. Que mencione la fragilidad del pasado: ‘Dime dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación`. En su novela Recuerdos del futuro, destaca la cercanía entre la coherencia y la locura, y remarca cómo de quebradizos se vuelven los días con los años. En ellos se representa una parte el gozo, mientras que se hace necesario mantener las sombras a prudente distancia.

La escritora compone su texto con una mezcla de estilos, cuando por momentos se permite estructurarlo como un diario personal de experiencias; mientras incluye elementos propios del ensayo y, por supuesto, de la ficción más novelada. Abundan también algunos bosquejos a modo de caricaturas para acompañar la descripción de situaciones y personajes. Componiendo una obra cuanto menos particular y diversa.

El pasaje a continuación da comienzo Recuerdos del futuro, donde Hustvedt intenta captar desde el inicio nuestra mejor atención para acometer su escrito:

   “Hace años dejé las extensas llanuras de Minnesota para dirigirme a la isla de Manhattan en busca del héroe de mi primera novela. Cuando llegué allí en agosto de 1978, más que un personaje era una posibilidad rítmica, una criatura embrionaria de mi imaginación percibida como una serie de compases métricos que se aceleraban o ralentizaban con mis pasos al recorrer las calles de la ciudad. Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro. En Nueva York no buscaba felicidad ni comodidades sino aventuras, y sabía que la persona aventurera debe someterse a un sinfín de pruebas por tierra y por mar antes de regresar a casa, o acaba sucumbiendo a manos de los dioses. Entonces no sabía lo que ahora sé: que al escribir también me escribía. El libro había empezado a escribirse mucho antes de que yo dejara las llanuras. En el cerebro tenía grabado múltiples borradores de una novela de misterio, pero eso no significaba que supiera qué iba a salir. Mi héroe aún por formar y yo nos dirigíamos a un lugar que era poco más que una brillante ficción: el futuro.

   Me había dado doce meses exactos para escribir la novela. Si al final del verano siguiente mi héroe había nacido muerto o fallecía aún en pañales, o si resultaba ser un zopenco cuya vida no merecía ni un comentario; en otras palabras, si no era realmente un héroe, los dejaría atrás tanto a él como a su novela, y me pondría a estudiar a los antepasados de mi criatura muerta (o fallida), los moradores de los volúmenes que llenan las ciudades fantasma que llamamos bibliotecas. Me habían concedido una beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, y cuando pregunté si podía posponerla para el año siguiente, las autoridades invisibles me enviaron una carta interminable en la que aceptaban mi petición.

   Una habitación oscura con una cocina pequeña, un dormitorio aún más oscuro, un diminuto cuarto de baño de baldosas blancas y negras, y un armario con el techo de yeso lleno de protuberancias en el número 309 de la calle Ciento nueve Oeste me costaban doscientos diez dólares al mes. Un piso lúgubre en un edificio destartalado y lleno de desconches y grietas, si yo hubiera sido diferente, si hubiera tenido un poco más de mundo o hubiera leído un poco menos, la pintura verde ácido y las vistas a dos paredes sucias de ladrillo en el sofocante calor del verano me habría desinflado a mí y mis ambiciones, pero en aquel momento no existía el grado de diferenciación, por ínfimo que fuera, que eso requería. Lo feo era hermoso. Decoré las habitaciones alquiladas con las frases y los párrafos embrujados que sacaba a mi antojo de los numerosos volúmenes que tenía en la cabeza.

    Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de prudencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía para él no había otra historia más cierta en el mundo.

   Los primeros momentos que pasé en mi piso conservan en mi memoria una cualidad radiante que nada tiene que ver con la luz del sol. Están iluminados por una idea. Entregada la fianza, pagado el alquiler del primer mes y cerrada la puerta en la cara de mi achaparrado y risueño conserje, el señor Rosales, con las axilas de mi camiseta empapadas de sudor, salté sobre las tablas del suelo en lo que creía que era una giga y lancé los brazos al aire, triunfal.

   Tenía veintitrés años y una licenciatura en Filosofía y Literatura Inglesa en el Saint Magnus College (una pequeña escuela de Humanidades de Minnesota fundada por inmigrantes noruegos); cinco mil dólares en el banco, un fajo de dinero que había ahorrado al acabar la carrera trabajando de camarera en Webster, mi ciudad natal, y durmiendo gratis en casa durante un año; una máquina de escribir Smith Corona, un juego de herramientas, una batería de cocina que me había dado mi madre y seis cajas de libros. Construí un escritorio con tablones y una plancha de contrachapado. Y compré dos platos, dos tazas, dos vasos, dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas contando con el futuro amante (o serie de amantes) con quien, después de una noche de sexo delirante, pensaba compartir un desayuno de tostadas y huevos sentados en el suelo, pues no tenía mesa ni sillas…”     

«La Australia moderna fue construida por europeos que llegaron sin pedir permiso a los nativos. Yo emigré, con permiso de las autoridades, desde Sudáfrica a Australia en el 2002. Soy consciente de lo afortunado de vivir donde quiero. Mientras otros funcionarios, australianos u occidentales en general, mediante una política deliberada, hacen la vida de los refugiados miserable. Su conducta es inhumana, tan inhumana como la conducta de los electores que les respaldan» (John Maxwell Coetzee)

Fotografía: Nasa – Wikipedia

Brasil: reducción de la pena del recluso por lectura

En 2012, el Ministerio de Justicia de Brasil implementó una ley que permite a los reclusos reducir sus condenas mediante la lectura de libros.

Brazilian inmates in a prison

(FBAC, Brasil)

Reducción de la pena por lectura

Nombre de la OrganizaciónSecretaría Nacional de Política Penitenciaria (SENAPPEN)

País: Brasil

Fecha de inicio: 2012

Palabras clave: Alfabetización, rehabilitación, lectura, reducción de la pena, disminución de condena

Organización ejecutora

En 2012, el Ministerio de Justicia de Brasil implementó una ley que permite a los reclusos reducir sus condenas mediante la lectura de libros. La Ley de Ejecución Penal, aprobada en 1984, establece que el Estado debe preparar a los reclusos para su reintegración social. Inicialmente, la reducción de la pena se basaba en el número de días trabajados, pero en 2012 la ley fue modificada para poder incluir la reducción por estudios y lectura (Torres da Silva, 2017).

Antecedentes

Brasil tiene uno de los sistemas penitenciarios más problemáticos del mundo, afectado por el hacinamiento, condiciones deficientes, pandillas, drogas y violencia. Alberga a una de las poblaciones reclusas más numerosas a nivel mundial. Actualmente, el país cuenta con más de 830.000 personas privadas de libertad y una tasa de reincidencia superior al 80% (Reeves, 2017; Franco, 2023)

Objetivos del programa

  • Fomentar la mejora de la alfabetización y el gusto por la lectura
  • Ayudar a los presos a reducir sus condenas
  • Aumentar la capacidad de autorreflexión y empatía de los reclusos
  • Apoyar la rehabilitación

Descripción del programa

Los reclusos que participan en el programa seleccionan un libro para leer de la colección de la biblioteca penitenciaria y, luego, redactan una reseña que demuestre su comprensión del texto. La colección de la biblioteca debe incluir libros en braille o audiolibros para personas con discapacidad visual, intelectual o dificultades de alfabetización. También debe contener libros en idiomas extranjeros para satisfacer a internos de diferentes orígenes lingüísticos. El acceso a esta colección está garantizado para todas las personas que han sido arrestadas o están en detención preventiva.

El recluso dispone de entre 21 y 30 días para leer el libro y diez días para escribir la reseña, la cual es evaluada y analizada por una comisión de validación que puede incluir al personal responsable de las políticas de educación en el sistema penitenciario, como docentes y bibliotecarios, así como a representantes de organizaciones de la sociedad civil.

Para la evaluación de reseñas de internos con bajos niveles de alfabetización, es necesario proporcionar asistencia, que puede consistir en estrategias específicas como lectura entre pares, audiolibros, informes de lectura oral para personas no alfabetizadas o visualizaciones alternativas del contenido leído, por ejemplo, mediante dibujos.

Por cada reseña de libro aprobada por la comisión, los participantes obtienen cuatro días de reducción de la pena. Los reclusos tienen la oportunidad de presentar hasta 12 reseñas por año, lo que equivale a un máximo de 48 días de reducción de la pena en total (Conselho Nacional de Justiça, 2021).

Impacto

El proyecto Redención de la pena por la Lectura busca rehabilitar a los reclusos ayudándoles a convertirse en lectores críticos, creativos e informados, al tiempo que les permite desarrollar una mayor autonomía que les será útil en el mundo exterior (Torres da Silva, 2017). Las autoridades esperan que el proyecto inspire el amor por la lectura entre los internos, reduzca la reincidencia y ayude a los reclusos a vislumbrar un futuro más prometedor.

Uno de los defensores del proyecto es el recluso Edson Reinehr, quien afirma que la iniciativa lo ha ayudado a estimular su mente y evitar que se centre en pensamientos negativos. Ajda Ultchak, docente de Edson, añade que el programa va más allá de simplemente leer libros y reducir las condenas; su objetivo fundamental es transformar las vidas de los reclusos: «Esperamos crear una nueva perspectiva de vida para ellos. Se trata de adquirir conocimiento y cultura, y de poder acceder a otro universo» (Reeves, 2017).

La editorial brasileña Carambaia, en asociación con Artplan y con el apoyo del Consejo Nacional de Justicia, ha donado libros a los reclusos para que escriban reseñas. Posteriormente, Carambaia ha utilizado estas reseñas para promocionar sus libros. Según un estudio del Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadística, los reclusos brasileños leen nueve veces más que el promedio nacional que es de cinco libros al año (Branding News, 2018). En un comunicado de prensa, el Director Creativo de Artplan declaró: «Carambaia es una editorial enfocada en los apasionados por la lectura, y descubrimos que nadie lee más que los reclusos. Al darles voz y utilizar los textos que produjeron, le mostramos a la sociedad que son seres pensantes, críticos y con opiniones propias que deben ser respetadas» (Branding News, 2018).

<Publicación del Instituto para el Aprendizaje de Toda la Vida de la Unesco>

«Era invierno, y la luz del amanecer pintaba la ciudad con colores imprecisos, casi irreales. El agua de los canales, lisa como un espejo, parecía reclamar por las heridas que le abría la embarcación, y de pronto, en el reflejo de aquella Venecia todavía dormida, vi la silueta de un hombre viejo rumiando el silencio del alba, la única manera de aceptar la imposibilidad del amor hacia una mujer mucho, demasiado, más joven, y no por un prejuicio derrotista o una superchería moral, sino por salvar la capacidad de amar de esa mujer»

Texto de las Historias marginales de Luis Sepúlveda

Crédito fotografía: Pexels – Jarod Barton

Las existencias de Romain Gary

Su vida que desarrolló a través de múltiples disciplinas, mientras que edificó su obra literaria haciendo uso de los géneros más variados. Siendo reconocido con el premio Goncourt, convirtiéndose en el único escritor en recibirlo en dos oportunidades

Sin lugar a dudas, su larga y multifacética trayectoria hizo que su figura se constituyera en uno de los grandes nombres que contribuyeron a alimentar la ‘grandeur’ de la Francia contemporánea. Nacido en el seno de una familia judía bajo el nombre de Roman Kacew en Vilnius, Lituania, en 1914, desde muy joven se interesó por la música y el violín, pero, exigente consigo mismo, pronto se juzgó poco virtuoso para dedicarse a ello.

Luego, con la separación de sus padres, el pequeño Romain quedó al cuidado de su madre, trasladándose ambos a Varsovia, Polonia, y poco tiempo después, a la Niza francesa, ciudad que le despertó sus ansias de escritor. Pero la Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina, y terminó por enrolarse como piloto en el ejército del aire. Su valeroso desempeño en el campo de batalla le llevó a ser condecorado con la Cruz de Guerra, y a ser nombrado Héroe de la Liberación y Caballero de la Legión de Honor por el gobierno galo.

Superado el conflicto, decidió terminar sus estudios de Derecho y, con ellos, ingresar en la carrera diplomática. Su dominio de varias lenguas (inglés, alemán, ruso, polaco) le facilitarían un rápido ascenso, para desempeñarse con posterioridad en distintos cargos en las delegaciones de Los Ángeles y Nueva York, en los Estados Unidos, y en países tan disímiles como Bolivia y Bulgaria, e incluso llegó a desempeñarse como representante de Francia en las Naciones Unidas.

Esta variedad de experiencias las trasladó también a su obra y las de sus alter ego literarios, ya que era común que firmara sus escritos con su nombre y el de otros tantos seudónimos. Constituyéndose hasta la fecha, en el único escritor que ha ganado el prestigioso premio Goncourt de novela en dos oportunidades, una de ellas bajo el nombre ficticio de Émile Ajar, lo que en su momento ocasionó una gran controversia.

Trabó amistad y frecuentó a autores ilustres, como André Malraux o Albert Camús, entre otros. Mientras que en el plano sentimental se relacionó con la actriz estadounidense Jean Seberg, con la que llegó a casarse, unión de la que nació su hijo Alexandre. Más allá que en círculos intelectuales y gubernamentales, se llegara a aseverar que su bohemia y su polifacetismo le habían impedido alcanzar metas políticas e intelectuales aún mayores. Y si bien a ojos del mundo pareciera que hubiera vivido varias existencias, fue él mismo quien trágicamente decidió cuándo y cómo terminar con la suya.

Autor prolífico, con una obra extensa, apreciada y respetada, incursionó en todos los géneros: novela, ensayo, relato e incluso guiones cinematográficos, además de actuar él mismo en otros tantos filmes; llegando a dirigir dos películas en la que su mujer era la protagonista. De todos sus textos destacan las novelas La promesa del alba, y las ganadoras del Goncourt: Las raíces del cielo (con su nombre), y La vida ante sí (con el seudónimo Émile Ajar), novela en la que describe la París de posguerra, con una trama donde describe la soledad y también, retazos de la solidaridad necesaria entre sus habitantes para poder renacer en esos años grises. De ésta última ficción, el pasaje con el que da comienzo la narración:

  “Lo primero que puedo decirles es que vivíamos en un sexto sin ascensor y que para la señora Rosa, con los kilos que llevaba encima y con solo dos piernas, aquello era toda una fuente de vida cotidiana, con todas las penas y los sinsabores. Así nos lo recordaba ella cuando no se quejaba de otra cosa, porque, además, era judía. Su salud tampoco era buena, y también puedo decirles que esa mujer merecía un ascensor.

   La primera vez que vi a la señora Rosa tendría yo tres años. Antes de esa edad, uno no tiene memoria y vive en la ignorancia. Yo dejé de ignorar con tres o cuatro años y a veces lo echo de menos.

   En Belleville había otros muchos judíos, árabes y negros, pero la señora Rosa tenía que subir los pisos ella sola. Decía que el día menos pensado se moriría en la escalera, y todos los chiquillos se echarían a llorar, porque es lo que se hace cuando alguien muere. Unas veces éramos seis o siete los que estábamos allí dentro y otras veces puede que más.

   Al principio, yo no sabía que la señora Rosa solamente me cuidaba para cobrar un dinero que recibía a fin de mes. Cuando me enteré, tenía seis o siete años y, para mí, saber que era de pago fue todo un golpe. Creía que la señora me quería sin más y que éramos algo el uno para el otro. Estuve llorando toda la noche. Fue mi primer desengaño.

   Al verme tan triste, la señora Rosa me explicó que la familia no significaba nada y que incluso hay gente que se marcha de vacaciones dejando los perros atados a un árbol y que cada año tres mil perros mueren así, privados del cariño de los suyos. Me sentó sobre su regazo y me juró que yo era los más valioso que tenía en el mundo. Pero entonces me acordé del dinero que llegaba todos los meses y me fui llorando.

   Bajé al café del señor Driss y me senté delante del señor Hamil, que era vendedor ambulante de alfombras en Francia y había visto de todo. El señor Hamil tiene unos ojos tan bonitos que da gusto verlos. Cuando lo conocí era ya muy viejo, y desde entonces no ha hecho más que envejecer.

   -¿Por qué sonríe siempre, señor Hamil?

   -Para dar gracias a Dios todos los días por mi buena memoria, mi pequeño Momo.

   Yo me llamo Mohammed, pero todos me llaman Momo porque es más corto.

   -Hace sesenta años, cuando era joven, conocí a una muchacha que me quería y a la que yo también quería. Aquello duró ocho meses, hasta que ella se mudó de casa, y ahora, al cabo de sesenta años, todavía me acuerdo. Yo le decía: No te olvidaré nunca. Pasaban los años y no la olvidaba. A veces tenía miedo, porque aún me quedaba mucha vida por delante y ¿cómo podía yo, un pobre hombre, mantener mi palabra cuando es Dios quien tiene la goma de borrar? Pero ahora estoy tranquilo. No voy a olvidar a Djamila. Ya me queda poco tiempo, me moriré antes.

   Pensé en la señora Rosa, dudé un momento y le pregunté

   -Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?

   No contestó y bebió un poco de té de menta que es bueno para la salud. Desde hacía una temporada, el señor Hamil llevaba siempre una chilaba gris para que, si llegaba la hora, no le pillara con la americana puesta. Me miró y guardó silencio. Seguramente pensaba que yo era todavía un menor y que había cosas que no debía saber. Entonces yo tendría siete años o tal vez ocho, no puedo decírselo con exactitud porque yo no tengo fecha, como verán cuando nos conozcamos mejor, si consideran que vale la pena.

   -Señor Hamil, ¿por qué no contesta?

   -Eres muy joven y cuando se es tan joven es mejor no saber ciertas cosas.

   -Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?

   -Sí -dijo, y bajó la cabeza como si le diera vergüenza.

   Yo me eché a llorar.

   Durante mucho tiempo no supe que era árabe porque nadie me había insultado. No me enteré hasta que fui a la escuela. Pero nunca me peleaba con nadie; cuando se pega a alguien siempre duele.

   La señora Rosa había nacido en Polonia, como judía que era, pero se había buscado la vida muchos años en Marruecos y en Argelia, y hablaba árabe como usted y como yo. Por ese motivo, sabía también judío y hablábamos a menudo en esa lengua. La mayoría de los inquilinos de nuestro edificio eran negros. Hay tres casas de negros en la calle Bisson y en otras dos calles más, en las que viven por tribus, como en África. Los más numerosos son los sarakollé y luego vienen los toucouleurs, que no son pocos. Hay muchas más tribus en la calle Bisson, pero no tengo tiempo de nombrarlas a todas. El resto de la calle y del bulevar de Belleville es principalmente árabe y judío. Y así hasta la Goutte d’Or, donde empiezan los barrios franceses…”

(Fotografía: Wikipedia)

«Las sociedades se alimentan de la cultura, del teatro, de los libros, de la música, de la danza, de los árboles… Eso forma un mundo habitable que convive con uno que no lo es, el de la violencia, el del yo, yo, yo, el del daño y la envidia, todo ese aspecto siniestro que es bastante trágico» ( Núria Espert )

Sócrates, Borges y el arte del desacuerdo

Decían y dijeron que Sócrates había combatido en varias batallas de la guerra del Peloponeso, y que en una de ellas, se quedó extasiado observando a lo lejos. Decían y dijeron que jamás escribió nada y era enemigo de la escritura porque de algún modo, pensaba que escribir era una falta de respeto con el otro y los otros, que ante lo escrito, no tenían manera de rebatir nada, más allá de que también era una falta de respeto con la lógica, pues lo escrito, escrito quedaba, y el ser humano jamás era el mismo. Quien escribía, al día siguiente había cambiado, y con los cambios era realmente imposible afirmar algo, o en último caso, si se decía o escribía, había que dejar muy en claro que lo dicho y escrito, se había dicho y escrito en tal o cual fecha.

Decía que el oficio de la escritura haría que quienes lo aprendieran descuidaran la memoria, “ya que, fiándose a la escritura, recordarán de un modo externo, valiéndose de caracteres ajenos; no desde su propio interior y de por sí”, como lo plasmó Platón en su texto sobre “Fedro o la belleza”. Unas líneas más adelante, el Sócrates protagonista de la obra de Platón comentaba que la escritura no era el elixir de la memoria, “sino el de la rememoración”, y “la apariencia de la sabiduría, no su verdad”, para concluir que transformaría a los estudiosos en “eruditos sin verdadera instrucción”, que se habrían de convertir en “sabios en su propia opinión, en lugar de sabios”. Como una especie de apéndice, sostenía que era muy difícil soportar la compañía de los eruditos.

Jorge Luis Borges cerró su ciclo de conferencias de 1971 en las que habló de la literatura y el aprendizaje del escritor en la Universidad de Columbia con una frase de Gilbert Keith Chesterton: “Only one thing is needful, everything” (Sólo una cosa es necesaria, todo). Luego dijo que un escritor necesitaba soledad, camino, vivir y amar, y sería amado y amante. “Un escritor necesita amistad. De hecho, un escritor necesita el universo. Ser escritor es, en un sentido, ser el que sueña despierto; vivir una suerte de doble vida”. En esa doble vida, la de la realidad y los sueños, la de la experiencia y la imaginación, decía que debía haber conversaciones, discusión, debates, caminos, encuentros, “el arte del acuerdo, y lo que es acaso más importante, el arte del desacuerdo”.

<El texto de este artículo pertenece a Fernando Araújo Vélez. Fue publicado en el diario El Espectador de Colombia>

«A ver, yo no sé si Delacruz hacía trampas o no, ni me interesa. Me caía bien porque se quedaba con el dinero de todos aquellos malnacidos. Esa noche los dejé bebiendo alrededor de la mesa, a punto de empezar a jugar, y salí fuera. Fingía que barría el portal. Al cabo de diez minutos vi a Delacruz, que subía desde la calle Almogàvers. Cuando lo tuve lo bastante cerca, le dije en voz baja que fuera con cuidado. Se detuvo, me miró extrañado y me preguntó por qué. <Hoy el jefe y sus amigos tienen malas pulgas>, le dije, <se han conchabado y te preparan alguna>. Me dio las gracias. <El poli lleva una pistola y todo, pero no te preocupes porque no está cargada>, añadí en el último momento. Entró en el bar como si nada. Con qué seguridad. Al cabo de un rato, cuando volví adentro, ya estaban jugando. Delacruz estaba sentado de espaldas a la barra, como siempre, y no le veía la cara, pero su presencia me infundió mucho respeto. Tan centrado e inmóvil, se habría dicho que se encontraba con los ojos tapados ante un pelotón de ejecución…»

Texto de la novela Maletas Perdidas de Jordi Puntí

Crédito fotografía: Fernando Díaz del Castillo

El escritor y el hombre público: Mario Vargas Llosa

Persona de convicciones, a veces cambiantes, nunca dejó de ser un observador privilegiado de la sociedad que lo vio nacer, la peruana y la latinoamericana, que bien reflejó en muchos de sus textos, y que los lectores supieron apreciar a nivel mundial

Su fallecimiento reciente y su presencia masiva en las pantallas en los últimos años hacen de él una figura reconocida por un público variopinto de diferente edades, estrato social y color personal. Y es que la vida del peruano (Arequipa, 1936 – Lima, 2025) ha tenido capítulos de todo tipo, que bien merecerían una detallada biografía que excedería lo acotado de este espacio.

Nacido en una familia de clase media del sur de la geografía peruana, desde temprana edad sintió la inclinación hacia el mundo de las letras. Aunque bien es cierto que, en la medida que iba desarrollando sus primeros escritos, jamás hubiera imaginado alcanzar un lugar tan destacado entre los personajes de la literatura mundial. Ni tampoco que en conjunto con nombres como los de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, entre otros, se convirtiera en uno de los padres del denominado Boom latinoamericano.

Practicó el artículo de opinión, el ensayo, la obra teatral, hasta la actuación teatral y por supuesto, la novela; con seguridad el género que le otorgó la mayor proyección y aceptación a nivel global. De ellas destacan, por nombrar unas pocas, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La casa verde, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, que le otorgaron reconocimiento como uno de los grandes autores en lengua española.

Si larga fue su trayectoria también así fue la cosecha de reconocimientos lograda: Premio Rómulo Gallegos, Biblioteca Breve, Planeta, Príncipe de Asturias de las Letras, Cervantes y el, por supuesto, el Nobel de Literatura. <además, y aún sin conocérsele ningún texto en esa lengua, le fue otorgado un asiento como miembro de la Academia Francesa de la Letras, idioma que el autor dominaba con cierta fluidez.

Como muchos otros personajes conocidos de distintas áreas del quehacer en Latinoamérica, en 1990 fue tentado a participar en la agitada vida política de su país. Y aún con públicos antecedentes de haber abrazado en un pasado ideas de izquierda, lo hizo como candidato de una coalición de centroderecha, elecciones en las que fue derrotado por otro político del variopinto orden populista, Alberto Fujimori, conocido como «el chino», ya que era hijo este de emigrantes japoneses.  

Quizás fruto de esa elección y de los acontecimientos que tuvo que afrontar el gobierno del “chino” frente a las guerrillas que operaban en vastas zonas del país; o quizás por la acción de personajes como el superministro Vladimiro Montesinos, apodado el “doctor” para hacer y deshacer a su antojo en el país, que le dieran ideas para que el laureado escritor reflejara en la novela Cinco esquinas esos tiempos sórdidos, con las posiciones acomodaticias que tomaron la burguesía, las fuerzas políticas y otros tantos grupos de la sociedad peruana de entonces. 

De Cinco esquinas el texto a continuación:

“Apenas sintió que el individuo que iba detrás de ella en el ómnibus de Surquillo a Cinco Esquinas se le pegaba con malas intenciones, la Retaquita sacó la gran aguja que llevaba prendida en el cinturón. La retuvo en la mano, esperando el próximo bache del vehículo, pues era en los baches cuando el vivazo aprovechaba para acercarle la bragueta al trasero. Lo hizo, en efecto, y ella, entonces, se volvió a mirarlo con sus enormes ojos fijos -era un hombrecillo insignificante, ya mayor, que en el acto le apartó la vista- y, metiéndole la gran aguja por la cara, le advirtió:

   – La próxima vez que te me arrimes te clavo esto en esa pichula inmunda que debes tener. Te juro que está envenenada.

   Hubo algunas risas en el ómnibus y el hombrecillo, confundido, disimuló haciéndose el sorprendido:

   – ¿Me habla usted a mí, señora? Qué le pasa, pues.

   – Estás prevenido, concha de tu madre- remató ella, secamente, volviéndole la espalda.

   El sujeto encajó la lección y, seguramente incómodo y avergonzado con las miradas burlonas de los pasajeros, se bajó en el siguiente paradero. La Retaquita recordó que esas advertencias no siempre servían, pese a que ella, en dos ocasiones, había cumplido con las amenazas. La primera, en un ómnibus de esta misma línea, a la altura de cuartel Barbones; el muchacho, que recibió el agujazo en plena bragueta, dio un chillido que sobresaltó a todos los pasajeros y llevó al chofer a frenar en seco.

   – ¡Así aprenderás a frotarte sólo con tu madre, maricón! – gritó la Retaquita, aprovechando que el vehículo se había detenido para saltar a la calle y echar a correr hacia el jirón Junín.

   La segunda vez que clavó la aguja en una bragueta a un sujeto que se le frotaba, fue más complicado. Era un mulato grandullón, lleno de granos en toda la cara, que la samaqueó, frenético, y la hubiera maltratado si otros pasajeros no la atajaban. Pero el asunto terminó en la comisaría; sólo la soltaron cuando descubrieron que llevaba carnet de periodista. Ella sabía que, por lo general, los policías tenían más miedo al periodismo que a los forajidos y atracadores.

   Hasta que el ómnibus llegó a Cinco Esquinas, volvió a pensar en lo que estaba pensando antes de notar que se le pegaba este sujeto por la espalda: ¿habían desaparecido los emolienteros? Siempre que veía en la calle a un tipo jalando un carrito se acercaba a espiar y era por lo común un heladero o un vendedor de refrescos y chocolatines. Rara, muy rara vez, un emolientero. Se estarían acabando, pues, otra muestra de lo supuestos progresos de Lima. Pronto no quedaría ni uno y los limeños del futuro ya ni siquiera sabrían qué era un emoliente.

   Su niñez era inseparable de esa bebida criolla tradicional, hecha con cebada, linaza, boldo y cola de caballo, que había visto preparar a lo largo de su infancia a su padre y un ayudante, un cojito medio tuerto al que apodaban Cojinova. En esa época los carritos de los emolienteros estaban por doquier en el centro de la ciudad, sobre todo en las entradas de las fábricas, en los alrededores de la Plaza Dos de Mayo y a lo largo de la avenida Argentina. <Los mejores clientes que tengo son jaranistas y obreros>, solía decir su progenitor. Ella lo había acompañado mil veces de niña y adolescente en sus recorridos jalando el carrito con los grandes tarros de emoliente preparados por él mismo y Cojinova en la pequeña quinta donde vivían entonces, en Breña, al final de la avenida Arica, allí donde terminaba la parte antigua de la ciudad y empezaban los descampados que se alargaban hasta La Perla, Bellavista y el Callao. La Retaquita recordaba muy bien que, en efecto, los clientes más fieles de su padre eran los trasnochadores que se habían pasado horas bebiendo en los barcitos del centro y los trabajadores que entraban al alba en las fábricas de las avenidas Argentina y Colonial y los alrededores del Puente del Ejército. Ella ayudaba sirviendo las tacitas de vidrio a los clientes con un papelito recortado que hacía de servilleta. Cuando su padre la dejaba en la escuelita del barrio y comenzaba la vida de la ciudad con la aparición de los barrenderos y los policías del tráfico, el emolientero llevaba ya por lo menos cuatro horas trabajando. Oficio duro; un trabajo matador y peligroso. A su padre lo habían asaltado y despojado de todas las ganancias del día varias veces, y, lo peor de todo, arriesgar tanto para ganar miserias. No era raro, pues, pensándolo bien, que los emolienteros estuvieran desapareciendo de las calles de Lima…”

“Me encantan las novelas que están llenas de ideas, con multiplicidad de matices y capas». Así, ateniéndonos a los hechos, un personaje ficticio de su novela El bastardo de Estambul, sostiene que el Imperio Otomano había cometido un genocidio con los armenios durante la Primera Guerra Mundial. Y, si bien lo expuesto surgía de un texto de ficción, determinó que la autora fuera juzgada durante un año por un fiscal turco. “En todo ese tiempo, hubo grupos en las calles quemando edificios y banderas, escupiendo mis fotografías y llamándome traidora; situación que hizo que tomara la decisión de exiliarme en Londres. Hoy, ojalá pudiera decir que ha pasado mucho tiempo y que hemos progresado desde entonces, pero no es así. Creo que en mi país se está volviendo una situación cada vez más difícil para los escritores” (Elif Shafak)

(Crédito fotografía: Wikipedia)