Grandes de las letras: Juan Rulfo

Dicen que pocos como él retrataron al México rural. De pueblos sumergidos en el sopor del mediodía, de tierras yermas y ganado duro, de patrones omnipotentes y labriegos silenciosos. De un país con profundas desigualdades, donde germinaba la necesidad de cambio que luego se plasmaría en sangrientas revoluciones.

Dueño de una obra reducida, donde destacan sus cuentos y relatos cortos de El llano en llamas, Juan Rulfo (1917-1986) supo captar la esencia del hombre agreste del secano en los albores del siglo veinte, con sus quehaceres cotidianos, sus necesidades y sus legítimos anhelos.

Tantoes así que fruto de la trascendencia y como reconocimiento a su obra, en 1983 le fue otorgado premio Príncipe de Asturias de las Letras.

El texto que sigue es un extracto de su única novela publicada, Pedro Páramo, cuya aparición en 1955 representó la definitiva consagración del autor:

Al amanecer, gruesas gotas de lluvia cayeron sobre la tierra. Sonaban huecas al estamparse en el polvo blando y suelto de los surcos. El pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después.

Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos. Sus ojos pequeños se alegraron. Dio hasta tres bocanadas de aquel sabor y sonrió hasta enseñar los dientes.

“¡Vaya! –dijo-. Otro buen año se nos echa encima.” Y añadió: “Ven agüita, ven. ¡Déjate caer hasta que te canses! Después córrete para allá, acuérdate que hemos abierto a la labor toda la tierra, nomás para que te des gusto.” Y soltó la risa.

El pájaro burlón que regresaba de recorrer los campos pasó casi frente a él y gimió con un gemido desgarrado.

El agua apretó su lluvia hasta que allá, por donde comenzaba a amanecer, se cerró el cielo y pareció que la oscuridad, que ya se iba, regresaba.

La puerta grande de la Media Luna rechinó al abrirse, remojada por la brisa. Fueron saliendo primero dos, luego otros dos y así hasta doscientos hombres a caballo que se desparramaron por los campos lluviosos…

 

La frase

» Aprendí muy poco, salvo que la mayoría de las acciones que puede realizar el hombre, sean malas o buenas, obtengan recompensa, alabanza o reprobación, habían sido ya realizadas; y sólo podían aprenderse en los libros»  (William Faulkner)

El escritor y los tópicos

Nuestro mundo se nutre de dudas y certezas, realidades de las que no puede abstraerse la creación literaria. Aunque existe una tercera jerarquía: los tópicos, que también ocupan una buena parte de la cotidianeidad que nos circunda. Y si hiciéramos una rápida cuenta atrás, descubriríamos cuántos de estos conceptos se nos han ido archivando desde edad temprana en el disco duro de nuestra memoria.

A su vez, la historia de la humanidad nos habla de muchos de los narradores que se decidieron a indagar en estos tópicos. Desde la Rusia zarista de Fiódor Dostoyevsky a la Inglaterra victoriana de Oscar Wilde; del agreste México de Juan Rulfo a la domesticada sociedad norteamericana de Arthur Miller, por solo nombrar algunos de ellos.

Más recientemente,  la estadounidense Annie Proulx es otro de los autores, aunque no tan reconocido, que se ubica dentro de este grupo. Escritora que además de romper con una norma de su género, irrumpió en el coto vedado del rudo oficio de los vaqueros, adentrándose en la relación amorosa entre dos jóvenes braceros del medio oeste americano. El texto siguiente pertenece al relato Brokeback Mountain(Siglo XXI), cuya adaptación fue llevada a la gran pantalla por el taiwanés Ang Lee:

Joe Aguirre les pagó, habló poco. Después de echar un vistazo a las arremolinadas ovejas con gesto agrio dijo:   -Algunas de estas no subieron allí con vosotros. –Tampoco el recuento le salió como era de esperar. Los patanes de los ranchos nunca hacían el trabajo como es debido.

     -¿Vas a volver a hacerlo el próximo verano? –le preguntó Jack a Ennis en la calle, ya con un pie en su camioneta verde. El viento soplaba en poderosas ráfagas frías.
– Tal vez no. – Un penacho se elevó del suelo nublando el aire con fina arena y Ennis entornó los párpados. Como te he dicho, Alma y yo nos casamos en diciembre. Voy a tratar de colocarme en un rancho. ¿Y tú?- Desvió la mirada de la mandíbula de Jack, amoratada como consecuencia del potente puñetazo que él le había pegado la víspera.

– Si no me sale al paso nada mejor. He pensado que quizás vuelva a casa de mi padre a echarle una mano en invierno, y luego quizás ponga rumbo a Tejas en primavera. Si no me reclutan.

– Bueno, nos veremos supongo. –El viento arrastró por la calle una saca vacía que fue a engancharse bajo la camioneta.

– Claro- dijo Jack, y se estrecharon la mano, se dieron una palmada en los hombros y luego ya estaban a doce metros el uno del otro y no quedaba más
que seguir caminando en direcciones opuestas. Ennis no había recorrido mucho más de un kilómetro cuando sintió como si estuvieran sacándole las tripas, un metro con cada tirón. Se detuvo en la cuneta y, en medio de los remolinos de la nevada, trató de vomitar sin conseguirlo. Se sentía peor que en toda su vida y esa sensación no lo abandonó en mucho tiempo…  

Grandes de las letras: Herman Melville

¿Quién no ha oído hablar alguna vez sobre Moby Dick?, historia mundialmente conocida a través de la novela sobre el capitán Ahab y de su implacable persecución de la gran ballena blanca. Su autor Herman Melville (1819-1891), es uno de los grandes escritores de todos los tiempos.

El estadounidense fue un autor que incursionó en los géneros más variados, ya que la poesía, el ensayo y también el cuento formaron parte de su obra literaria.

El texto siguiente forma parte del que es quizás su texto breve más celebrado: Bartleby, el escribiente; cuya traducción del original recayó en las manos de Jorge Luis Borges. Y como sucede en casi todo buen texto, el relato guarda una absoluta atemporalidad.

Ya he concluido con él, pensaba, al fin, cuando pasó otra semana sin más noticias. Pero al llegar a mi oficina, al día siguiente, encontré varias personas esperando en mi puerta, en un estado de gran excitación.

-Éste es el hombre, ahí viene-  gritó el que estaba delante, y que no era otro que el abogado que me había visitado.

-Usted tiene que sacarlo, señor, en el acto- gritó un hombre adelantándose y en el que reconocí al propietario del nº X de Wall Street. Estos caballeros, mis inquilinos, no pueden soportarlo más; Mr. B. -señalando al abogado- lo ha echado de su oficina, y ahora persiste en ocupar todo el edificio, sentándose de día en los pasamanos de la escalera y durmiendo en la entrada, de noche. Todos están inquietos; los clientes abandonan las oficinas; hay temores de un tumulto, usted tiene que hacer algo inmediatamente.

Horrorizado ante este torrente, retrocedí y hubiera querido encerrarme con llave en mi nuevo domicilio. En vano protesté que nada tenía que ver con Bartleby. En vano: yo era la última persona relacionada con él y nadie quería olvidar esa circunstancia. Temeroso de que me denunciaran en los diarios (como alguien insinuó oscuramente) consideré el asunto y dije que si el abogado me concedía una entrevista privada con el amanuense en su propia oficina (la del abogado) haría lo posible por librarnos del estorbo. Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso, sentado sobre la baranda en el descanso.

-¿Qué está haciendo ahí, Bartleby?- le dije.

-Sentado en la baranda- respondió humildemente.

Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.

-Bartleby-dije-, ¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?

Silencio.

-Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿le gustaría volver a emplearse como copista?

-No, prefería no hacer ningún cambio.

-¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?

-Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor en una tienda; pero no soy exigente.

-¡Demasiado encierro-grité-, pero si usted está encerrado todo el día!

-Preferiría no ser vendedor- respondió para cerrar la discusión.

-¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.

-No me gustaría, pero como he dicho antes, no soy exigente…

La frase

«Procura primero satisfacerte a ti mismo, que luego el lector no podrá de dejar de recibir la comunicación telepática y la excitación mental, pues en su cerebro actúan las mismas leyes que en el tuyo»  (Jack Kerouac)

De conciencias y fantasmas

Estos días un buen film ocupa un espacio de la cartelera, se trata de El escritor. Protagonizada por Pierce Brosnan, cuyo personaje supuestamente está escribiendo sus memorias y Ewan McGregor, en el papel de negro literario o autor de las mismas. El guión o pertenece a Roman Polanski, quien también la dirige.

El argumento tiene su origen en el thriller del inglés Robert Harris, Ghost Writer, éxito de venta en los países de habla inglesa, publicado por el sello Grijalbo, bajo el título de El poder en la sombra.

La película, como la novela en su día,  ha levantado muchas suspicacias acerca de si el político acusado de crímenes contra la humanidad a quien se hace referencia, representa en realidad al ex premier británico Tony Blair. Sobre el cual, al menos en la cinta, su mujer ejerce una gran influencia, hasta llegar a convertirse en partícipe de todas las grandes decisiones de éste.

Pero lo que en verdad llama la atención es la actitud que adopta el autor por encargo. Más aún cuando éste decide saltar la valla del obediente a sueldo hasta tornarse en un peligroso escritor de investigación, quien con sus pesquisas llega a poner en jaque a su propio empleador.

Según el diccionario de la Real Academia de las Letras, «Negro es el que trabaja anónimamente en trabajos literarios para lucimiento y provecho del otro»  De esta manera la mayoría de ellos hace su trabajo en la sombra, de allí la referencia a lo oscuro de su condición.

Personajes de todos los ámbitos han echado mano de los negros literarios en cuestión, aún así, son muy pocos los que logran emerger a la superficie y con ello obtener el merecido reconocimiento. Sucede cuando las figuras para las cuales escribe prefieren, por honestidad con quien ejecuta el verdadero trabajo, que éste aparezca en los créditos como coautor del texto. Eso siempre y cuando los hechos de la persona para la cual escribe no le lleguen a pesar en la conciencia.