Lucia Berlin y su manual de realidades

Cuando se lee la biografía de la desaparecida escritora estadounidense (1936 – 2004) se tiene la impresión que vivió apurando su vida hasta el último hálito. Como si, impulsada por el inconformismo, la quietud o el sosiego no hayan conformado nunca parte de su personalidad. La multiplicidad de lugares de residencia (Kentucky, Nueva York, Santiago de Chile, California, etc.) y de ocupaciones (limpiadora, telefonista o profesora de escritura), sumado a varios matrimonios, la crianza de cuatro hijos y su lucha por sus adicciones, nos hace sentir que más de un mortal le agradaría haber vivido tan solo una parte de sus experiencias en el doble de su tiempo terrenal.

Luego, ya insertos en la lectura, no se puede menos que agradecer el momento en que la escritora decidió poner negro sobre blanco para volcar algunas de sus vivencias y conformar sus relatos breves. Sus historias son chisporroteantes, desinhibidas, sincopadas, con una potente carga subyacente que impulsan al lector a seguir hasta el final. En su peculiar estilo se detiene por momentos en un instante para abordar una puntual secuencia en la vida de un personaje; en otros pasajes nos hace observar como fisgones por una rendija, hasta sumergirnos de manera paulatina en el centro del conflicto para convertirnos en sus observadores privilegiados, todo ello sin perder una pizca de frescura e intensidad.

Manual para mujeres de la limpieza es una recopilación de los mejores relatos cortos de la escritora y una acertada apuesta de sus editores (Alfaguara); quienes además rescatan a una autora que nunca antes había sido publicada en español. A continuación el comienzo del texto que da  nombre al volumen:

“42-PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braile; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencios, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas letras del cartel PRODUCTOS MACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.

La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir al centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.

Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.

Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con la cual puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.

Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos calderilla de los ceniceros.

A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.

En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: <Debajo de la almohada, detrás del inodoro verde sauce>. Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.

Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre se encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.

Me senté en el bordillo a espera el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en el Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.

Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos. (Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento.)

Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.

– ¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?

Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.

La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura…”

  

La frase

«Nuestro sistema, nuestros políticos, nuestra sociedad ya no funcionan. Dentro de quince años tendremos adultos de cuarenta que llevaran otros quince años en el paro. Entonces lo echarán todo abajo y tendrán razón. Quizás yo lo combato soñando que aún puede haber carisma, soñadores bellos y felices»  ( Jöel Dicker )

La mesura y el sentido

En la antigua Grecia, sobre los frontispicios de los edificios públicos, destacaba  una inscripción: “Pan, Metron, Áriston”, palabras que traducidas se podrían acercar a un “Todo en su justa medida y con armonía”.

Hoy, en plena evolución de modernidad, aquellos tiempos en los que se pregonaba los beneficios que otorgaban los equilibrios mencionados han quedado muy lejos, siendo perceptible la sobre exposición a los medios de todo tipo a los que estamos sometidos. ¿Es necesario advertir que conocer más de una noticia o acontecimiento no es sinónimo de estar verazmente más informado? Es evidente que son muchos los que sienten esta avalancha de datos casi como si de una injerencia se tratara, de una verdadera cacofonía a los sentidos.

Por todo ello y como respuesta se ha extendido un movimiento que no pretende otra cosa que proteger esa intimidad amenazada; para recuperar al menos una parte del necesario balance personal. El siguiente artículo publicado en la edición del diario argentino Perfil, se extiende sobre esta  tendencia que va ganando adeptos en todo el mundo:

‘Fiestas silenciosas’ de lectura para desconectarse por un rato del celular

Comparten un espacio común para leer sin hablar ni mirar el teléfono. Otras modalidades.

Por Rosalía Draletti.

Fiestas Silenciosas I (Diario Perfil)

En la planta baja del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), una multitud está sentada en el piso, leyendo en silencio, cada uno con su propio libro en mano y sin celulares a la vista. También ocupan las sillas y sillones colocados a lo largo del hall. Cada tanto, alguien se levanta a servirse una copa de vino o una taza de café que se ofrecen en forma gratuita y continúa la lectura silenciosa.
Se trata de la primera Winter Reading Party que se realizó el martes en el museo y que atrajo más de 250 personas en plena noche de invierno para hacer simplemente eso: juntarse a leer y despojarse de la tecnología por un rato. Detrás, un DJ coloca música funcional. Y quienes no llevaron su libro pueden pedirlo prestado en el puesto de la librería del centro cultural La Casa del Arbol, donde se hicieron las dos primeras ediciones del evento y en el que proyectan más fechas.
La iniciativa comenzó a implementarse en Seattle, en espacios tranquilos, y pronto se extendió por el mundillo cultural y under de las ciudades de Estados Unidos y Europa. A Buenos Aires llegó de la mano de Jeb Koogler y Andrés Wind, un estadounidense y un argentino que hace dos meses fundaron Disconnect, una iniciativa con la idea de promover espacios y eventos libres de tecnología, para hacer un “balance más sano entre la vida tecnológica y el mundo real”.
Ambos consideran a ésta como la ciudad perfecta para traer el evento: “Hay una tensión entre que acá se lee mucho, y a la vez se usa muchísimo el celular. La gente viene a estos lugares para pasar un rato desconectado, enfocarse en algo y despejarse de la vida diaria”, explica Koogler.
Entre los próximos proyectos, planean coordinar encuentros de escritura también offline para sentarse a escribir, a mano, sin notebooks.

Sin ruidos. La adicción al celular y a la tecnología en la vida diaria generó varios tipos de movidas y espectáculos inspirados en el unplugged. Así es como algunos bares de la Ciudad, Córdoba y Salta proponen dejar el teléfono a un lado, haciendo descuentos especiales a quienes sigan la consigna. El artista y músico Shoni Shed armó el espectáculo Club silencio, un “recital a ojos cubiertos” que, tomando el nombre de las películas de David Lynch, propone relax, taparse los ojos, desconectarse y entregarse a los sentidos. Y para ir a bailar, las discos “silenciosas”, inspiradas en las quiet parties estadounidenses, también llegaron hace unos años al país: allí, en vez de llevar un libro propio, los asistentes eligen qué música escuchar en los auriculares inalámbricos. “Puede ser en un boliche o en una fiesta particular: la gracia es que no se escucha ese ruido que detona la cabeza, elegís a qué DJ escuchar y qué volumen le querés dar”, explica Andrés Schnayman, de la productora Pez Líquido y la marca Silent Sounds.

Una tendencia mundial

Cómodas, silenciosas y privadas: así eran las primeras Silent Reading Parties, organizadas por el editor periodístico Christopher Frizzelle en Seattle como “club de lecturas en vivo” donde cada uno llevaba su libro y leía por su cuenta. La iniciativa, nacida en 2010, se propagó rápidamente por los Estados Unidos. En Nueva York, estas fiestas se organizan desde 2014 en bares y lograron conquistar el under intelectual europeo, manteniendo siempre la consigna de apagar los celulares.
En Londres, desde el año pasado, se organizan en The Ivy House, el primer bar comunitario de la ciudad construido en 1930, y ofrecen sidra casera gratis en las lecturas. En París, es una de las nuevas ofertas de la popular Nuit Blanche, un tradicional festival en el que doce DJ pasan música por auriculares. El año pasado reunió a más de mil personas en su stand de la Gare de Nord.

La frase

«Creo que la forma puede cambiar y que tal vez en un futuro cercano los libros en papel impreso sean objetos de colección; pero la literatura seguirá existiendo, aunque sea con un chip plantado en el cerebro, que nos haga soñar en una noche con una novela completa»                                                                                                                                                          Isabel Allende )

Samuel Beckett, más allá del crono

El paso del tiempo y sus huellas conforman muchas de sus imágenes fotográficas más conocidas, consecuencias que en la cara del escritor ya maduro se asemejan en mucho a los surcos de la sufrida tierra de su Irlanda natal. Por fortuna, más allá del mero detalle estético y para el beneplácito de millones de lectores, el multifacético autor alcanzó metas más importantes que el mero transcurrir de los años en su persona.

A pesar de lo expuesto Beckett (1906-1989) no pertenecía a ninguna familia de campesinos, ya que sus orígenes se situaban en el seno de una familia relativamente acomodada de los mejores barrios de Dublín. Hijo de un  aparejador y de una madre enfermera y profundamente religiosa fue un niño de salud quebradiza, elementos estos que a buen seguro influirían en una escritura despojada de artificios y más aún descreída respecto de las posibilidades del ser humano.

Egresado del renombrado Trinity College de la capital insular no tardó en relacionarse con un coterráneo y ya reconocido James Joyce, de quien fue discípulo primero y asistente después. Pero éste fue solo un paso, ya que sus múltiples habilidades le llevaron a trascender como traductor de francés;  como novelista luego: Molloy, Malone muere y El innombrable; como dramaturgo, con piezas que se adscribían dentro del denominado teatro del absurdo, entre ellas, Final de partida y la muy representada Esperando a Godot. Y finalmente destacó como director, cuando realizó la puesta de las suyas así como de otras piezas teatrales.

La calidad y temática de sus historias le valieron proyección mundial y varios reconocimientos, entre ellos, el Premio Formentor del Congreso de Editores en el año 1961 (que compartió con Jorge Luis Borges) y en 1969 el Nobel de Literatura. Según la academia sueca, por destacar en el conjunto de sus textos “una escritura que, en la miseria del hombre moderno, adquiere su elevación”.

El pasaje a continuación corresponde a su relato breve Primer Amor, que bien sirven como muestras de su escritura:

“¿…Entonces no quiere que vuelva?, dijo. Es increíble cómo la gente repite lo que uno acaba de decirles, como si temieran la hoguera si dan crédito a sus oídos. Le dije que viniese de vez en cuando. Conocía muy mal a las mujeres por aquel entonces. Sigo sin conocerlas por otra parte. Ni a los hombres. Ni a los animales. Lo que menos desconozco, son mis sufrimientos. Los pienso todos, cada día, se hace rápido, el pensamiento es tan rápido, pero no todos vienen del pensamiento. Sí, hay algunas horas, al principio de la tarde sobre todo, en que me siento sincretista, a la manera de Reinhold. Vaya equilibrio. Y encima también los conozco mal, mis sufrimientos. Eso debe de ser que no soy solo sufrimiento. He aquí la astucia. Entonces me alejo, hasta el asombro, hasta la admiración de otro planeta. Raramente, pero con eso basta. Ninguna bobada, la vida. No ser más que puro sufrimiento, ¡cómo simplificaría las cosas! ¡Ser doliente puro! Pero eso sería competencia, y desleal. Ya se los contaré a ustedes de todos modos, un día, si me acuerdo, y puedo, mis raros sufrimientos, detalladamente, y distinguiéndolos con cuidado, para mayor claridad. Les contaré los del entendimiento, los del corazón o afectivos, los del alma (bellísimos, los del alma), y luego los del cuerpo, los internos u ocultos primero, luego los de la superficie, empezando por los cabellos y descendiendo metódicamente y sin apresurarme hasta los pies, centro de los callos, calambres, juanetes, uñeros, sabañones, hongos y otras extravagancias. Y a los que sean tan amables que me escuchen les diré al mismo tiempo, conforme a un sistema cuyo autor he olvidado, los instantes en que, sin estar drogado, ni borracho, ni en éxtasis, no se siente nada. Entonces naturalmente ella quería saber lo que yo quería entender por de vez en cuando, vean a lo que uno se arriesga, abriendo la boca. ¿Cada ocho días? ¿Cada diez días? ¿Cada quince días? Le dije que viniera menos veces, muchas menos veces, que no viniera en absoluto de ser posible, y que si eso no era posible que viniera las menos veces posibles. Por otra parte al día siguiente abandoné el banco, menos a causa de ella debo decirlo que a causa del banco, cuya situación ya no respondía a mis necesidades, tan modestas sin embargo, ya que los primeros fríos comenzaban a hacerse sentir, y por otras razones de las que sería ocioso hablar, a gilipollas como ustedes, y me refugié en un establo de vacas abandonado que había localizado en el curso de mis paseos. Estaba situado en el ángulo de un campo que mostraba en su superficie más ortigas que hierba y más barro que ortigas, pero cuyo subsuelo poseía posiblemente propiedades remarcables. Fue en ese establo, lleno de boñigas secas y huecas que se hundían con un suspiro cuando las tocaba con el dedo, donde por primera vez en mi vida, y diría gustosamente por última si tuviese bastante morfina al alcance de mi mano, tuve que defenderme contra un sentimiento que se atribuía poco a poco, en mi espíritu helado, el horroroso nombre del amor. Lo que hace encantador a nuestro país, aparte por supuesto del hecho de que esté medio despoblado, a pesar de la imposibilidad de procurarse el más mínimo preservativo, es que todo está abandonado menos las viejas deposiciones de la historia. Éstas son recogidas encarnizadamente, son conservadas y paseadas en procesión. En cualquier lugar donde el tiempo haya producida una hermosa palomina repugnante ustedes encontrarán a nuestros patriotas, en cuclillas, resoplando el rostro encendido. Es el paraíso de los desalojados. Ésta es finalmente la explicación de mi felicidad. Todo invita a la prosternación…”

Entrevista: Toni Hill

Se reivindica como un ser inquieto en el momento de elegir lo que le motiva para escribir una novela. Tal vez luego sea su formación académica en psicología la que alimente su fascinación por el lado oscuro y la dualidad que subyace en todas las personas; quizás por ello admita que le seducen los personajes que ocultan más que aquellos que se manifiestan. En Los Ángeles de Hielo (Grijalbo) el escritor barcelonés compone un texto pleno de intriga donde aflora la vulnerabilidad y la necesidad de protección del ser humano, para consigo mismo y también contra la propia sociedad que le rodea.

DPL- En el año 2011 se publica -con muy buena repercusión- su primer trabajo: El verano de los juguetes muertos; Los buenos suicidas aparece solo un año después; Los amantes de Hiroshima lo hace en el 2014; y ahora, aún tibiecita, acaba de instalarse en las librerías Los Ángeles de Hielo. No está nada mal para quien hace tan solo cinco años no había publicado novela alguna, el menor adjetivo se puede expresar es prolífico…

TH –Visto así, supongo que prolífico sería una buena descripción aunque yo prefiero la de inquieto, jaja… En realidad, en cuanto entras en una serie, y más aún una trilogía, se impone un ritmo de publicación algo más apretado. También es cierto que tienes ya a los personajes principales creados, lo cual te ahorra un poco de esfuerzo. El verano de los juguetes muertos se publicó en 2011 y la idea era seguir con los otros dos títulos en años consecutivos (2012/2013), pero no pudo ser y la última acabó saliendo en 2014. Y ahora, dos años después, aparecen Los ángeles de hielo.

Hablemos de su reciente publicación Los Ángeles de Hielo, novela gótica construida con una gran dosis de intriga, ¿cuál fue o fueron las ideas que oficiaron como disparadoras de la narración, qué fue aquello que le movilizó a expresarse?

TH- Había varios temas que me rondaban por la mente ya cuando estaba en la tercera novela de la trilogía. Uno, que puede parecer frívolo, era el deseo de que la siguiente historia fuera muy distinta, sobre todo en ambientación y en el ritmo de narración. La novela policíaca clásica, como eran las de la trilogía, llevan consigo un ritmo marcado, de acción casi constante, y me apetecía mucho hacer algo distinto: empezar con una intriga sutil y dejar que ésta fuera tomando aire, creciendo, hasta impregnar toda la novela. Luego, en aspectos más temáticos, me interesaba mucho hablar de la represión (emocional y también sexual), el autoengaño, el lado oscuro que tenemos todos y la decepción. De esos conceptos salió un protagonista desencantado con su tiempo y toda una historia de secretos y obsesiones.

En el relato se menciona, entre otros, el mítico coche Hispano-Suiza, los amoríos y encuentros de la burguesía barcelonesa en el teatro Liceo, o la reciente admisión de las mujeres en la universidad, ¿además de la trama propiamente dicha, ha tenido la intención de trazar un fresco de la época?

TH- Sí, yo estoy bastante convencido de que cada historia tiene sentido en una época y que, sin abrumar al lector, sí hay que proporcionarle referentes para sumergirse en ese tiempo determinado. Los ángeles de hielo no es una novela histórica, sino una historia de intriga psicológica situada en un momento histórico concreto: las primeras décadas del siglo XX.

– Ha construido la historia situándola en 1916 dentro del escenario que representaba la Gran Guerra, conflicto que de una manera u otra está presente a lo largo de la novela. Pero salvo contadas menciones -como la que se hace de una violación- se observa la tendencia de no explicitar en demasía; hecho que sabiamente se deja librado a la tácita imaginación del lector. Ahora dado el peso específico, ¿qué es lo que le ha atraído de la conflagración como para utilizarla como gran marco de referencia?

TH- Debo confesar que soy un gran amante de las guerras desde un punto de vista literario. Representan un conflicto global, mayor, que envuelve a los personajes. En términos freudianos, una especie de súper-conflicto. Y en una guerra, que es una situación extrema, lo mejor y lo peor de los seres humanos sale a la luz: tanto existen actos de heroísmo como de absoluta crueldad, tanto en quienes luchan como en quienes los esperan y sufren las consecuencias del conflicto desde sus casas. Dicho esto, la novela no trata sobre la guerra y en realidad solo uno de los personajes, el protagonista, la ha conocido en persona. Eso le concede un halo casi romántico, atormentado por algo que nadie más de la novela ha vivido (ni tampoco los lectores). Podría haberle hecho explicar muchos más detalles, pero decidí dejarlo así: a veces los personajes resultan más interesantes por lo que ocultan que por lo que cuentan.

De los cuarenta y tantos personajes de diferente orden que aparecen en la historia hay dos que sobresalen por su importancia: Frederic Mayol el protagonista omnipresente y una “gran ausente” como lo es Águeda Sanmartín, a la que conocemos a través de las precisas pinceladas de su propio diario y quien en definitiva conquista la atención del lector hacia su persona. ¿Es ella el personaje gótico de la novela?

TH- Yo diría que no. En la novela los elementos góticos se encuentran en la ambientación (el internado ahora convertido en sanatorio, esas escaleras donde los personajes siempre suben sin poder evitar volverse hacia atrás, esos pasillos mal iluminados), en las visiones y enfermedades mentales de los pacientes y en los crímenes: desde la primera víctima, Clarisa, sabemos que alguien las degüella y les coloca un pájaro muerto en la boca. Águeda es un personaje poderoso, creo que uno de los más impactantes de la novela, pero en realidad es una mujer muy capaz, muy inteligente, que no quiere reconocer, ni ante sí misma, que en su vida hay unos huecos emocionales que necesita llenar. Puede parecer un personaje típico de finales del XIX, principios del XX, pero si lo pensamos bien veremos que existe también hoy en día: mujeres o hombres que trabajan sin descanso, en empleos que son o parecen vocacionales, y que esconden una falta de vida personal que, en algún momento, les estalla delante.

Declara el protagonista central: “Añoro los años pasados, antes de que esta guerra quebrara un mundo ordenado que se movía a un ritmo perfecto y tranquilo, como si un metrónomo lo dirigiera”; como él ¿siente que a partir de allí la humanidad se alejó de lo se definía como el romanticismo de la Belle Époque?

TH- Creo que sí, aunque habría que matizarlo mucho. Frederic está hablando desde un punto de vista privilegiado: chico burgués, universitario, con una vida sin excesivas complicaciones sociales o económicas. Esa Belle Époque tenía una cara B, que no era para nada “belle” sino bastante “bestial”. Si hablamos de los obreros de las fábricas, de los turnos inacabables, de los niños trabajando jornadas de adulto por menos de la mitad de sueldo, obviamente la perspectiva es distinta. Pero, puntualizado esto, sí que creo que, quizá llevados por un optimismo que parece acompañarnos en cada principio de siglo (yo solo he vivido el del XXI y lo percibí), la guerra sí truncó unos movimientos culturales y artísticos que recorrían Europa, una paz burguesa, unas corrientes ideológicas como el psicoanálisis. Si uno está luchando a muerte en una guerra, interpretar sus sueños no debería tener mucho misterio; y los traumas del pasado palidecen ante el gran trauma del momento. La guerra lo zarandeó todo, y sobre todo se cargó ese optimismo un poco ingenuo de las clases acomodadas europeas.

La trama en su desarrollo supera las 450 páginas aunque es de destacar que se sobrellevan sin esfuerzo. A pesar de ser un texto escrito con una estructura compleja, con distintas voces en el narrador, ha tenido particular esmero en el ritmo de la historia lo que le confiere cierto grado de adicción al lector. ¿Con cuál de los narradores se siente más identificado como autor?

TH- La verdad es que con todos. El narrador omnisciente es el que yo había manejado más hasta el momento, y siempre lo hecho acercándolo mucho a los personajes. Águeda y su diario, narrado en primera persona, eran un reto y sin embargo acabó resultando más sencillo de lo que había supuesto (dentro de la complejidad): se trataba de “ser” Águeda, de ver el mundo a través de sus ojos y contarlo a partir de su perspectiva. Fue agotador, eso sí, porque es un personaje potente que te deja un poco exhausto como autor. Y el tercer narrador, el doctor Freixas, al que llamo el narrador travieso, fue muy divertido. Me ofrecía la posibilidad de contar ciertas cosas sin que necesariamente tuvieran que ser ciertas, podía darle a una escena todo el dramatismo del mundo porque es un hombre mayor, un poco sobrepasado por la emoción de escribir. Disfruté mucho con él. Y todos ellos conforman ese ritmo que creo que es uno de los rasgos distintivos de la novela: la alternancia entre el narrador omnisciente y el diario de Águeda imprime uno muy marcado en las dos primeras partes; y las intervenciones, mucho más al azar, más inesperadas, de esos “solos” del doctor Freixas rompen con la narración convencional de las partes 3 y 4.

A lo largo de la historia muchos de los personajes manifiestan la dicotomía que subyace en todos nosotros. Por ejemplo, esas manifestaciones contrapuestas que hacían que la misma burguesía que amparaba y sufragaba las grandes manifestaciones artísticas, era la que con su anuencia impulsaba los pasos hacia la confrontación bélica con toda su destrucción de vidas y bienes que ello comportaba. ¿Se puede decir que esa dualidad es uno de los argumentos principales de la novela?

TH- Sí, desde luego es uno de los temas principales. La dualidad aparece en esa perspectiva social que comentas, en la enfermedad mental de uno de los personajes (que ve a su doble), en algún otro personaje más que no vamos a desvelar… Pero luego hay detalles que la refuerzan también: Frederic tiene dos amigos, por ejemplo, con quienes va a la guerra; uno de ellos muere en combate, no sólo eso, casi anticipa su muerte como si pensara dejarse matar, mientras que el otro descubre unos instintos violentos y crueles que le hacen, en cierto modo, disfrutar de la situación de guerra. El tema del doble es un clásico de la literatura, y más de la literatura gótica (pensemos en Dr. Jekyll y Mr. Hyde), y a mí me apasiona en cada una de sus vertientes: la más “perturbada” y la más adaptada… Porque todos tenemos, sino un doble, sí un lado oscuro o cuanto menos oculto, que intentamos no mostrar. Y es ese lado el que funciona muy bien en la literatura o en el cine.

En algunos pasajes se menciona a los integrantes de la familia de Sigmund Freud y la cercana relación del protagonista con Anna, hija del renombrado médico. ¿En este caso su formación como psicólogo le ha llevado a hacer un homenaje manifiesto al denominado padre del psicoanálisis?

TH- Es un homenaje manifiesto, pero no sé si por mis estudios de Psicología. Diría más bien que, sin Freud (sin sus teorías del inconsciente y la sexualidad, por cuestionadas que sean ahora), mucha literatura, mucho cine y mucho arte del siglo XX simplemente no habrían existido de la misma forma.

Del relato surge la frase “Los hombres deben tomar sus propias decisiones y aceptar sus propias condenas”, ¿es que estamos condenados?

TH- Estamos condenados a la muerte: vivir eludiendo ese hecho es nuestro mayor autoengaño. Pero no quiero terminar con un pensamiento tan duro. “Los hombres deben tomar sus propias decisiones y aceptar sus propias condenas” es una frase muy contundente, que, como siempre, se deja algo: la mayoría de nosotros tendemos a decidir echar la culpa a los demás (a nuestros padres, al entorno, a los amigos, a la mala suerte) y eso, en consecuencia, nos “absuelve” en lugar de condenarnos. Hay quien dirá que es algo un poco cínico, pero funciona bien y nos permite sobrevivir en un mundo que ya nos abruma lo suficiente… ¡No nos flagelemos más de la cuenta!

Buenos Aires designada capital mundial de las librerías

La gran metrópoli sudamericana se ha destacado siempre por una amplia vida cultural. Museos, teatros, salas de exposiciones y bibliotecas son algunos sinónimos de lo expresado en el acontecer cotidiano de la capital argentina.  A ello se suman editoriales y una infinidad de publicaciones con gran diversidad en contenidos y apariencias, que conforman también una parte importante en la oferta ilustrada de la denominada Reina del Plata. Tal vez por todo ello no  sorprenda el último hito de erudición con el cual ha sido señalada.

El artículo siguiente ha sido reproducido por la revista Leemos.

Un estudio del World Cities Culture Forum declaró a Buenos Aires como la capital mundial de las librerías, tomando como base que es la ciudad con mayor cantidad de locales de ventas de libros por habitante en todo el planeta.

Buenos Aires cuenta con una población de alrededor de 2,8 millones de personas, según el censo de 2010, y tiene por lo menos 734 librerías, es decir, aproximadamente 25 por cada 100 mil habitantes. Las únicas ciudades que se acercan a esa cifra son Hong Kong, que suma 22 librerías por cada 100 mil habitantes; y luego le siguen Madrid (España) con 16 y Londres (Inglaterra) con 10.

En declaraciones para un artículo del diario inglés The Guardian, Gabriela Adamo, expresidenta de la Feria del Libro de la ciudad, explicó que “el affaire de Argentina con los libros está relacionado con la ola de inmigración de finales del siglo XIX y principios del XX”. “El libro como objeto se convirtió en un símbolo cultural en aquel entonces. Y es algo que persiste en la actualidad“, dijo.

Antonio Dalto, gerente de la librería Ateneo Grand Splendid, señaló al mismo medio que “los argentinos todavía prefieren entrar y bucear por los libros”. Y explicó: “Tenemos una página web para la venta, pero que sólo representa a un porcentaje pequeño de los lectores. La usan más para elegir los títulos, pero después vienen a comprar el libro real acá, al negocio”.

“La cultura es muy importante para el pueblo de Buenos Aires. Incluso los jóvenes leen libros, los vemos acá cada día. Los libros para adolescentes representan una de nuestras mayores ventas”, agregó Dalto.

Según los datos relevados por el World Cities Culture Forum, Argentina es uno de los países editores de libros más prolíficos de América Latina. El estudio afirma que el número de títulos publicados ha crecido de manera constante en los últimos 10 años: de 16.092 en 2004 a 28.010 el año pasado, cuando el número de libros impresos llegó a 123 millones.

The Guardian señala que el amor del país con la lectura se vincula con su obsesión con el psicoanálisis. Virginia Ungar, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, le explicó el medio que “el psicoanálisis, la lectura y las artes en general están vinculados porque son todos una investigación de las profundidades de la personalidad. Tanto la literatura como el psicoanálisis trabajan con la palabra”.

The Guardian asegura que no sólo es el mercado de los nuevos libros el que está prosperando: “Buenos Aires también dispone de un total de 102 librerías raras y de segunda mano; después le siguen Londres con 68 o Berlín, con 6 […] la mayoría de ellas se ubican a lo largo de la Avenida Corrientes”.

Y continúa: “Lejos del centro de la ciudad, librerías locales también prosperan. Escondida en el bohemio barrio de Villa Crespo está La Internacional Argentina,  un negocio independiente que se especializa en las primeras ediciones de autores latinoamericanos”.

Francisco Garamona y Nicolás Moguilevsky, dueños del local y responsables de la editorial Mansalva, dijeron a The Guardian: “Es realmente sorprendente, a veces hasta 500 personas vienen, muchos de ellos chicos de corta edad. Y se quedan con dos o tres libros, por el precio que pagarían por sólo uno en las grandes librerías del centro”.

La frase

«¿La clase social, la etnia o la religión te condiciona y elige por ti o tú, en cambio, tienes la libertad individual y la actitud moral para decidir por ti mismo y no dejarte arrastrar por el grupo?»  Rafel Nadal )