Paul Auster, entre las volutas de humo de su último cigarrillo

Lamentablemente, sus libros no pueden reemplazar su presencia física”, fue lo que expresó en un acto Siri Hustvedt, la que fuera durante muchos años esposa del escritor. El estadounidense autor entre otros textos de ensayo y novela, con títulos como: La invención de la soledad, El país de las ultimas cosas, Leviatán, Trilogía de Nueva York, los que fueron premiados en distintas oportunidades (Premio Princesa de Asturias de las Letras o la Orden de las Artes y las Letras de Francia). Obras que a posteriori se constituyeron también en la esencia de muchos guiones para la pequeña y gran pantalla, algunos de ellos adaptados por el propio escritor. 

Fumador empedernido, en muchas de sus historias sobrevuela el aroma del buen tabaco. Aunque bien es cierto que su muerte fue causada por enfermedad pulmonar; aún así y a pesar del duro tratamiento al que fue sometido, logró desarrollar una última novela: Baumgartner. En ella, como suele suceder, la ficción y la realidad se entremezclan una vez más para homenajear en este caso a personajes significativos de la vida del americano, para saldar quizás antiguas cuentas pendientes o simplemente para intentar alcanzar la paz con el pasado. 

Consciente tal vez de la posibilidad cierta de que se convirtiera en su último escrito, el oriundo de Nueva Jersey se permitió ciertas licencias como pocas veces antes había hecho gala. Como, cuando buscando la complicidad con el lector, le pide sepa entender las circunstancias por las que atraviesa en la trama el personaje central.

También su mujer expresó haberse visto reflejada en el protagonista de la novela, debido a que según Hustvedt, ambos experimentan un intenso duelo. Aunque, más allá de su última ficción y para suerte de sus lectores, el autor de Nueva Jersey deja una obra respetable que abarca géneros muy variados que, a no dudarlo, será fruto en el futuro de constantes reediciones.

De Baumgartner el pasaje a continuación:

“Liberando la mano izquierda de su abrazo, Judith señala con un gesto la mesa de la cocina mientras Baumgartner deja caer los brazos a los costados y ella, con los acolchados pasos de sus elegantes zapatillas chinas, se dirige al frigorífico a coger una botella de vino fría. Entretanto, Baumgartner saca dos copas de un aparador sobre la encimera y un descorchador de un cajón de abajo, y cuando lo pone todo en la mesa, Judith deja la botella al lado. Cogen una silla cada uno, se sientan frente a frente en lados opuestos de la mesa y de pronto se le echa encima el gran momento.

   Baumgartner abre el vino y sirve dos copas. Alza cada uno la suya hacia el otro, dan un sorbo y cuando bajan las copas y las depositan de nuevo en la mesa, es Judith quien empieza a hablar.

   Han llegado juntos a esto y están de maravilla, dice, y con él se siente más feliz como ningún otro hombre que haya conocido. Eso es cierto. Ella lo quiere y sabe que él la quiere, aunque nunca se lo haya dicho con esas mismas palabras, y ahora que empieza a tener una impresión más matizada de la forma en que le funciona la cabeza, entiende que la cuestión de pasar más tiempo juntos es la manera que tiene Baumgartner de prepararse para la pregunta, mucho más importante, que piensa formularle en los siguientes tres o cuatro minutos.

   Me adivinas el pensamiento, ¿verdad?, dice Baumgartner.

   En realidad, no. Solo se me ha ocurrido esa idea una seiscientas veces en los últimos dos meses.

   ¿Y qué has decidido?

   He decidido que me emociono cada vez que lo pienso. He decidido que cada vez que lo pienso me asusto más. He decidido que necesito más tiempo para decidirme, y de momento seguir hasta ahora y dejar que el futuro decida lo demás.

   Cuando asimila las últimas palabras, Baumgartner empieza a entumecerse. Siente algo raro en la cabeza, como si el cráneo se le dilatara de pronto y empieza a llenarse de vacío, más y más vacío, está aturdido, mareado y flotando a la deriva lejos, muy lejos. Como un boxeador, piensa, como un púgil mal emparejado que librará un combate en una categoría de peso que no es la suya y le hubieran asestado un buen gancho con la izquierda, pero Baumgartner sigue consciente, aún no está fuera de combate, y mientras se levanta despacio de la lona con las piernas temblequeantes, logra decir lo siguiente: Antes de que empezáramos a acostarnos juntos, yo llevaba ocho años viviendo solo sin sentir demasiado la soledad, arreglándomelas con lo que cabía denominar una especie de aislamiento angustiado soportable, pero en cuanto llegaste a mí, mi vida cambió, pasó a ser una vida diferente, y ahora he llegado a detestar el hecho de vivir solo. Después de pasar la noche juntos en mi casa, te vas por la mañana y yo me quedo abandonado a mi suerte en la desolación de todas esas habitaciones, deseando que siguieras conmigo allí, y cuando pasamos la noche aquí, soy yo quien tiene que marcharse por la mañana y volver a esa casa vacía, embrujada. La soledad mata, Judith, y trozo a trozo va engullendo hasta la última parte de ti, devorándote el cuerpo entero. Una persona sin relaciones con los demás carece de vida, y si tiene suerte suficiente para mantener una relación profunda con otra persona, tan profunda que la otra persona es tan importante para uno como uno lo es para sí mismo, entonces la vida es más que posible, merece la pena.”   

«La ficción, los relatos, son mentiras con aviso para jugar; que no tienen que ver con los hechos alternativos o las ‘fake news’. Son una forma de acercamiento a lo que nos pasa, nos preocupa o nos angustia» (Irene Vallejo)

¿Cómo evolucionó y se difundió la escritura a través del tiempo?

Mediante un vídeo, el youtuber Ollie Bye ha desarrollado un mapa en el que se refleja la propagación de la escritura a nivel mundial y a lo largo de la historia

Como todo en la historia de la humanidad, la escritura no surgió de la noche a la mañana. Su invención y desarrollo fue un proceso largo, meditado, cuyo principal origen aún continúa siendo un misterio. Si algo tenemos bastante claro respecto a ella es que su valor es inconmensurable: gracias a la escritura tenemos conocimiento, estamos informados y comunicados, entre otros aspectos. Y es por ello que su cuidado es de vital importancia para la evolución de la sociedad. Según varios estudios, se inventaron a la vez hasta cuatro sistemas de escritura en diferentes lugares del mundo: la escritura cuneiforme en Mesopotamia -alrededor del 3.300 a.C.- y Egipto -alrededor del 3.200 a.C.-, así como un sistema en China. Por su parte, sobre el 900 a.C. nació otro en Mesoamérica, lo que demuestra hasta qué punto el ser humano, por muy diferentes que sean sus contextos y entornos, termina sintiendo en su esencia la necesidad de comunicarse de manera tanto oral como escrita.

El estudio de la evolución y desarrollo de la escritura es tan complejo como minucioso. Se deben tomar en cuenta ya no el origen de numerosos sistemas diferentes, sino también su expansión a nivel mundial, según diversas circunstancias, de manera que a día de hoy imperan en casi todo el mundo pocos alfabetos. Para esclarecer y demostrar su nivel de dificultad, cabe destacar un video difundido por el youtuber de historia Ollie Bye, quien ha creado un mapa en el que ilustra cómo los lenguajes escritos se propagaron por el planeta hasta hoy. Un vídeo sobre la evolución y difusión de la escritura bastante esclarecedor, y que demuestra cómo fue un proceso lento, pero que terminó conquistando el mundo.

Según se puede apreciar en el mapa del vídeo, titulado “The Spread of Writing: Every Year” (La propagación de la escritura: cada año), la primera evidencia de un alfabeto como el que hoy utilizamos fue: el fenicio, el sistema utilizaba símbolos que representaban consonantes y se difundió por el Mediterráneo, convirtiéndose en herramienta esencial para el comercio y la contabilidad. De este alfabeto nació el griego, y posteriormente el latín, raíz principal del alfabeto que hoy utilizamosAsimismo, en el mapa, tal y como se detalla en la introducción del vídeo, se puede observar cómo hasta 1800 solo las áreas de alta población se muestran como alfabetizadas. Solo a partir de dicho año zonas de baja población comienzan a alfabetizarse, hasta acaparar finalmente todo el globo.

<El texto del artículo le pertenece a Sofía Campos, fue publicado en el diario La Razón de España>

Amo las horas de mi ser en sombra

donde se profundizan mis sentidos;

he hallado en ellas, como en viejas cartas,

mi vida cotidiana ya vivida,

su legenda cercana y superada.

Por ellas sé que tengo espacio para

una segunda vida, ancha y sin tiempo.

Y algunas veces soy igual que el árbol

que, maduro y sonoro, en una tumba

cumple aquel sueño que el muchacho antiguo

(ceñido por su cálidas raíces)

perdió en melancolías y canciones.

Fotografía: Pexels – Eunhee Beckman

Texto del poemario Versos de un joven poeta de Rainer Maria Rilke

Corina Oproae, del ‘milagro’ rumano a su inexorable caída

La escritora, luego de años de residencia fuera de su país, se atreve con un texto que, reconoce, necesitó de un tiempo prudencial de vida antes de poderlo desarrollar

Afrontar la escritura de un texto en una lengua que no es la materna es siempre un reto. En el caso de la autora rumana (Fagaras, Transilvania, 1973), es tal vez la confirmación de su amor y vinculación por un idioma que, después de más de veinte años de residencia en España, considera como propio.

Graduada en su país en filología inglesa e hispánica, sus primeros textos fueron dentro del género poético, de las que vieron la luz una selección de cuatro compendios. Luego se atrevió con el ensayo: La mano que tiembla, escrito en castellano y que con posterioridad ella misma tradujo al catalán. Más allá de haber traducido a otros autores de su país, como Norman Manea y Marin Sorescu, además de la moldava-rumana Tatiana Tibuleac. Textos por los que se hizo acreedora al Premio Jordi Domènec de traducción poética.

Aunque la autora ha dado un paso más en su obra con la publicación de su primera ficción novelada, La casa limón; y la experiencia le ha valido el reconocimiento de la crítica y la obtención del Premio Tusquets de Novela. En ella, traslada la acción a la Rumanía de los años ochenta, en los que los sueños del comunismo de Nicolae Ceaucescu (‘El gran dirigente´) daban sus últimos estertores de vida. En los que, bajo la mirada de una curiosa e inquieta niña de diez años, no deja de preguntarse los porqués que se suceden a su alrededor. Así, la chica va tomando conciencia a pasos agigantados de la sociedad en la que habita, mientras que su padre enfermo la va perdiendo de manera inexorable.

La trama, compuesta con elogiable poder de concisión, va describiendo además el despertar sexual de la preadolescente. En una sociedad en que la delación es el pan de todos los días, bajo la vigilancia del mega aparato policíaco estatal de la `Securitate`. Y, mientras sus estómagos se sublevan por la cartilla de racionamiento, las voces de cambio van agigantándose, añorando ‘eso’ que pudo haber sido, pero que finalmente nunca sucedió.  

Aunque en este tránsito y como si de un realismo mágico se tratara, en una sociedad donde existen temas que jamás deben salir a la superficie, a la niña, tan solo por pensarlo, le hacen sentirse la culpable de que así sucedan. Como defensa, la pequeña encuentra su salvaguarda parapetándose en su mundo detrás de pilas de libros; lugar en que su imaginación alimenta esta historia cargada de metáforas y donde todos los sentidos, en particular el olfato, se hacen presentes, para hacer de este un texto único y singular. 

De La casa limón, el pasaje con el que, en voz de la pequeña e imaginativa protagonista, da comienzo a la narración:   

“No recuerdo cuántos años tengo, pero sí que vivo debajo de una gran mesa de madera, en un castillo infinito, cuyos muros están hecho de libros. Acaricio temerosa cada libro que cojo, como para asegurarme de que el castillo no se me derrumba. Huelo los libros uno a uno. Me chifla hacerlo. De la misma manera que en el colegio, donde lo único que me parece importante es acercarme a la maestra para oler las fresas que lleva colgadas al cuello, dentro de un sugerente medallón. Los olores me guían. Todo tiene olor. Las personas, las abejas que revolotean a mi alrededor, la voz lejana de papá, la hierba, las estrellas que contemplo cada noche tumbada en un banco de madera pintado de verde y colocado delante de casa con ese propósito.

   Ahí debajo de la mesa de madera maciza, voy creciendo poco a poco, mientras paso desapercibida por completo. Ya sé que hay niños que crecen al aire libre, otros agarrados a las faldas de sus madres, y que, según el lugar del mundo en que les haya tocado nacer, puede que jamás lleguen a ser adultos. Nunca nadie cuestionó mi forma de vida. Cuando oigo la voz de mamá llamándome a desayunar, a comer o a cenar, salgo de debajo de la mesa, sin prisas, y me reciben como si llegara de jugar con los niños que gritan y canturrean fuera, como si volviera sedienta y hambrienta después de mil aventuras vividas deprisa, pero con toda intensidad.

   Nadie pregunta por el castillo. Las cosas son de una normalidad asombrosa, y lo único que deseo es regresar a casa de la escuela, acabar pronto de comer, para volver a mi lugar predilecto. A medida que se me alargan las piernas y los brazos, los muros hechos de libros se ensanchan para hacerme lugar. Me sucede algo curioso. Abandono cada libro que cojo para empezar a leer, pero lo vuelvo a abrir, invariablemente el mismo libro, sin buscarlo, y lo comienzo de nuevo. Nunca paso de las primeras páginas. Lo que pienso es que cuando entienda todos los comienzos, sabré cuál es el libro que hará que pueda leer todos los demás. Porque intuyo que más adelante leeré en uno de esos libros que un libro es todos los libros.

   En mi castillo no existe el tiempo, sino una especie de ‘continuum’ fragmentado por las horas de escuela, por las comidas, por el baño con agua caliente para quitarme el frío o por la insistencia de mamá para irme a dormir. Tampoco la noche constituye una interrupción. Antes de acostarme, deslizo uno de los libros debajo del camisón y, cuando la casa queda en silencio, lo saco y lo dejo preparado debajo de la almohada, para poder volver a comenzar. Cuando ya no puedo leer en la oscuridad, continúo en sueños. Las paredes del castillo se amoldan con asombrosa naturalidad a los escenarios de cada sueño. Ahora sé que dentro de poco ya no habrá necesidad de salir.

   Recuerdo todas las palabras, pero tengo cierta dificultad para entender el conjunto. De todas formas, nunca doy señales del menor desánimo. Vuelvo a comenzar cada libro como si lo descubriera por primera vez, como si hubiera encontrado el más preciado de los tesoros. El rato que paso en la escuela es irrelevante para mí, por más que los que tengo alrededor se empeñen en querer saber qué he hecho allí, cómo me ha ido tal y tal clase, qué me han dicho los profesores sobre ese o aquel trabajo. Siempre contesto algo para que me dejen en paz cuanto antes, y funciona. No acabo de entender el entusiasmo que muestran mis padres por la escuela.

   Hay preguntas que nadie me hará, como por ejemplo si las abejas revolotean a menudo a mi alrededor o si las mariposas se posan sobre mi cabeza o en mi mano derecha, cuántas veces han cambiado de forma las nubes en la última hora o a qué huele la canción que papá pone invariablemente en el tocadiscos y que también suena en mi cabeza a todas horas. Pero, según parece, nadie tiene interés por ese tipo de cosas. Tampoco protesto. No sea que a alguien se le ocurra entrometerse luego en mis asuntos del castillo, que, por cierto, ya tiene una magnífica puerta de entrada y todas sus paredes bien edificadas y atestadas de libros…”

«¿Y por qué estoy hablando con un puñetero gato? Ni que pudieras entenderme…

Qué poco sabía, pensé mientras él apuraba el resto del café. Para demostrarle que sí lo entendía, me restregué contra sus piernas y le ofrecí el cariño que sin duda tanto necesitaba. Pareció sorprendido, pero no se apartó de inmediato. Decidí tentar a la suerte y salté a su regazo…«

Crédito de imagen: Claudia Bertucelli

Texto de la novela El gato que curaba corazones, de Rachel Wells

Lecciones de los autores clásicos para un mundo en crisis

El historiador griego Polibio (200 a. C.–118 a. C.) describió la decadencia de la democracia en Atenas utilizando como metáfora un barco en el que cada uno se ocupa de lo suyo, y los marinos son incapaces de ponerse de acuerdo en un mínimo común: “Unos pretenden continuar la travesía, mientras que otros presionan al capitán para echar el ancla, estos sueltan velas y aquellos se lo impiden. No solo se produce un espectáculo vergonzoso, sino que esta situación se convierte en un peligro para el resto de los pasajeros. A menudo, tras escapar de las tormentas más fieras naufragan en puerto”. Resultan inquietantes los ecos de esta cita en el presente, porque parece describir la división irreconciliable en varias democracias occidentales. Está incluida en El hilo de oro, el erudito y sorprendente libro del helenista David Hernández de la Fuente que en sus nueve capítulos presenta muchas de las lecciones que los autores clásicos pueden ofrecer para ayudar a leer el presente.

La obra de este escritor y catedrático de Filología Clásica de la Universidad Complutense es una de las muchas que han llegado a las mesas de las librerías tras el éxito de El infinito en un junco, de Irene Vallejo. El ensayo sobre la historia de los libros, que acumula ediciones, traducciones y premios, es a la vez la causa y la consecuencia de este auge. Su éxito ha provocado un efecto de arrastre, sin duda, pero es a la vez un síntoma del interés por el mundo antiguo que, como subraya Hernández de la Fuente, de 46 años, también queda reflejado en la cantidad de revistas sobre temas de historia o incluso en las películas de superhéroes. Paradójicamente, el latín y el griego tienen cada vez menos presencia en la enseñanza.

“El mundo clásico no es patrimonio de nadie”, señala en una terraza del parque madrileño del Retiro, adonde Hernández de la Fuente acude con la misma bicicleta con la que va a la universidad. “La asociación entre un pensamiento conservador y el latín y el griego nos ha perjudicado mucho. También ha sido asociado a una idea imperialista, de superioridad occidental y europea. Y no es así. Hay muchos ensayistas que han roto ese esquema y se están estudiando los clásicos desde muchos puntos de vista. El libro incide en la paradoja de que los clásicos son muy actuales. Hay una vieja cita que dice que Homero es joven cada mañana y que no hay nada tan viejo como el periódico del día anterior”.

Aprender de los errores

“Los clásicos son nuestro modelo: idealizados, falseados a veces, o pervertidos, pero como hemos construido nuestros Estados y sociedades sobre ellos conviene ver en qué no estuvieron tan afortunados. Cuando lees a Tucídides, que es el gran maestro de los politólogos contemporáneos, a Salustio o a Cicerón, ves, por ejemplo, las equivocaciones de la República romana a la hora de no incluir a grupos descontentos o de la democracia ateniense a la hora de confiar el poder a ciertas facciones, con corruptelas y demagogos. Son asuntos muy actuales. No hay que olvidar esos errores históricos que propician el cambio de régimen. Debemos ser conscientes de que Roma cayó, Grecia cayó, Troya en el mito también y Constantinopla. No tenemos garantizado no caer, no solo por una pandemia, que es un tema que me interesa también de la actualidad de los clásicos, sino porque se acabe la democracia, como ocurrió en Roma, cuando un liderazgo populista y absolutista acabó por destruirla”.

Entender al otro

“Los clásicos representan una escuela de valores y de humanidad. Homero nos enseña la humanidad, el respeto al otro. Esa es la gran lección de los clásicos griegos: Heródoto admira a los persas, a los escitas, aunque hablen otras lenguas, y Homero admira a los troyanos. No hay choque de civilizaciones. Las fronteras nacionales vienen después de la caída del mundo clásico. La verdadera patria de los clásicos es la lengua y la cultura. El ciudadano, el ser humano, debe formarse siempre. Es un ideal, nunca dejas de aprender, los ancianos también tienen que formarse. La idea es que, para mejorar como comunidad, tenemos que mejorar como individuos y eso significa seguir aprendiendo. Otra idea que marca la herencia clásica es la necesidad de trascender las fronteras étnicas, religiosas, nacionales. En el mundo heleno, después de Alejandro, los mejores escritores no son griegos, son sirios, son fenicios, son egipcios. La lengua, la cultura y la educación son la verdadera patria, otro valor indiscutible que nos aportan los griegos”.

Un tiempo de héroes

“Hay autores que sostienen que no tenemos una mitología viva en la sociedad y que parte de nuestros problemas vienen de ahí. Yo no lo creo, creo que tenemos una mitología: los superhéroes, La guerra de las galaxias, que se estrena el mismo año en que David Bowie canta su canción Héroes. Representa la vuelta del héroe, muy influido por las teorías de Joseph Campbell. ¿Por qué vemos películas de superhéroes? Porque representan el ciclo de la vida: la llamada, la reticencia, el cruce del umbral. Todos tenemos que descubrir nuestra misión, triunfar sobre nosotros mismos. De todo eso eran muy conscientes los griegos y los antiguos y por eso eran más libres a la hora de comprender muchas pulsiones y muchos modos de comportamiento que nosotros solo hemos entendido desde Nietzsche y Freud gracias a la psicología. Pero ellos no necesitaban ninguna aclaración. Utilizaban esos arquetipos del héroe, que en el fondo somos nosotros. Hay muchos héroes que son muy complejos, a veces son traidores y bastante negativos. Ulises, por ejemplo, es un mentiroso”.

Volver a los sofistas

“Me entristece mucho ver nuestro Parlamento, la decadencia de la buena retórica parlamentaria y también de la capacidad para ponerse de acuerdo. Los sofistas y la retórica tienen mala fama. Cuando se acusa a alguien de ser retórico es normalmente negativo. Y no digamos los sofistas. Pero su objetivo era muy importante: alcanzar un punto medio entre posiciones irreconciliables. Para eso es fundamental la retórica y la defensa de la moderación”.

<El texto pertenece a Guillermo Altares, fue reproducido en el diario El País de España>

«El humor no nos salvará, pero sí nos ayudará a no perder la inteligencia ni la esperanza. Es profundamente curativo y lo facilita todo» (Elvira Lindo)

Composición de imagen: Anete Lusina

César Aira, prolífico e inclasificable

Como si de un maná se tratase, el escritor sudamericano ha creado una obra variada y difícil de clasificar, en la cual caben todos los géneros y los no-géneros también

Cuando se aprecia con detenimiento la obra del argentino (1949, Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires) lo menos que se puede es catalogarla de variada y prolífica. En ella se incluye géneros como la novela, el relato corto, la nouvelle, el ensayo, y hasta obras teatrales, además una larga lista de traducciones de obras en francés (Antoine de Saint Exupéry), en inglés (Stephen King, Raymond Chandler), e incluso en alemán (Franz Kafka).

Es evidente que dada su aceptación, a lo largo de los años toda esta fertilidad creativa ha generado distintos reconocimientos. En principio, el autor ha sido beneficiario de una Beca Guggenheim, luego ha recibido los premios Roger Caillois y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, además del Premio Formentor de las Letras, y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el gobierno francés.  

En cuanto a su obra, muchos de sus textos estarían dentro de una definición cercana a lo inclasificable, generando para el bonaerense un halo de iconoclasta sobre lo establecido, ya que es usual que en sus obras utilice una conjunción de géneros y estilos en los que es frecuente que eche mano de muchos elementos de ciencia ficción, los que reflejan la licencia con que la que construye sus tramas. Situándolas en un sendero entre el cuento, la novela, y hasta la crónica de sucesos; permitiéndose muchas veces la libertad de dejar un final abierto e inconcluso.

Sería extenso enumerar por completo sus obras, aunque por nombrar algunas, dentro del ensayo encontramos su trabajo sobre los escritores connacionales Alejandra Pizarnik y Copi; luego el Diccionario de Autores Latinoamericanos, y también Evasión y otros ensayos. Dentro de la novela y el relato, destacan títulos como La Prueba, Como me hice monja, o El cerebro musical y también sus Relatos reunidos. 

Para apreciar en parte su técnica literaria, el texto del relato Sin testigos, incluido dentro de la selección de El cerebro musical, donde se puede apreciar las características mencionadas con anterioridad y con las que ha logrado el aval de sus lectores:

«Las circunstancias me habían reducido a la mendicidad callejera. Como el pedido directo no rendía, tuve que recurrir a la estafa, al engaño, siempre en pequeña escala, por ejemplo, hacerme pasar por paralítico, ciego, enfermo de alguna terrible enfermedad. No era nada agradable hacerlo. Una vez se me ocurrió que podía hacer algo más ingenioso, más fino, que aunque sirviera para una sola vez y no me diera gran cosa, al menos me dejaría la satisfacción de haber hecho algo pensado, casi artístico según lo veía yo. Necesitaba que algún incauto cayera, y preferiblemente que cayera en un sitio donde no hubiera testigos. Caminé un poco, sobre mis pies doloridos (de verdad) por las callejuelas que tan familiares me eran, ya que vivía y dormía de ellas, hasta encontrar un rincón por el que estaba seguro que no pasaría nadie. Ahí me tiré, al lado de un gran cubo de basura, a esperar a mi presa. Quedé recostado en la pared, a medias oculto por el tubo, en las manos la caja chata que había encontrado tirada y había recogido: era la que me había dado la idea de hacer el truco que me reportaría algún dinero. Debo aclarar que todavía no sabía qué truco sería ése. Lo improvisaría a último momento. De pronto se hizo de noche. Ese rincón estaba muy oscuro, pero acostumbrado como estaba yo a lugares tenebrosos, veía bastante bien. Y tal como lo había previsto, por ahí no pasaba nadie. Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme que no caería nadie. Debo de haberme dormido y vuelto a despertar, varias veces. Se había hecho un gran silencio. Sería la medianoche, calculo, cuando oí pasos: venía alguien. No me moví. Era un hombre, fue todo lo que pude decir; no había iluminación suficiente para los detalles. Y antes de que yo pudiera ponerme en movimiento, o llamarlo o chistarlo, vi que se dirigía al cubo y se ponía a hurgar. Era un mendigo, un buscavidas, como yo. Mal podía hacerlo víctima de un truco ingenioso para sacarle dinero. Aun así, lo había intentado, aunque más no sea para extraerle una moneda y no sentir que había perdido la noche. Pero antes de que yo hiciera el menor movimiento, el desconocido alzaba algo pesado de adentro del cubo y soltaba una exclamación ahogada. Miré, con mi penetrante vista nocturna: era una bolsa llena de monedas de oro. Pasó por mi mente como un relámpago la sensación más amarga de mi vida: era una fortuna, que había estado al alcance de mis manos durante horas, horas perdidas en la espera de un inocente al que sacarle mediante engaños una cantidad ínfima de dinero. Y ahora ese inocente aparecía y se alzaba con mi tesoro, delante de mis narices. Miró para ambos lados, para asegurarse de que nadie lo había visto, y echó a correr. No había advertido mi presencia ahí abajo. Yo no soy de reacciones rápidas, nunca lo fui, pero en esta ocasión, que se me antojó suprema e irrepetible, actué, movido por algo que se parecía a la desesperación. Simplemente estiré una pierna y lo hice tropezar. Él estaba tomando velocidad, su pie se enganchó con mi pierna y cayó cuan largo era; tal como yo había previsto, la bolsa de monedas cayó con él y las monedas se desparramaron por el piso, por el empedrado desparejo de ese callejón, con gran ruido metálico y brillos prometedores. Yo contaba con que el apuro a él lo llevara a recoger cuantas monedas pudiera y salir corriendo, mientras yo de mi parte también juntaba monedas, que él no me negaría; su caída, el desparramo de las monedas, nos ponía a los dos en la misma situación de apropiadores clandestinos. Pero para mi sorpresa y horror, no fue así. El hombre se levantó, ágil como un gato, y sin terminar de ponerse de pie, a medio levantar, se arrojó sobre mí al tiempo que sacaba un cuchillo enorme del bolsillo. A pesar de mi vida precaria en la calle, yo no me había endurecido. Seguía siendo un tímido, que escapaba a toda clase de violencia. En esta ocasión no pude soñar ni siquiera con escapar. Él ya estaba sobre mí y levantó el cuchillo y lo descargó con tremenda fuerza sobre mi pecho. Me penetró casi hasta salir por el otro lado, y debía de ser cerca del corazón. Sentí la muerte, con una absoluta convicción. Pero cual no sería mi sorpresa al ver que al mismo tiempo que me hería, le aparecía a él, en el pecho una herida igual en el mismo lugar, y empezaba a manar sangre. Su corazón también había sido herido. Él se miró el pecho, perplejo. No entendía, y no era para menos. Me había apuñalado a mí, y la herida aparecía también en él. Extrajo el cuchillo de mi pecho, y, ya con la mirada turbia por la muerte, como la mía, volvió a clavar, al lado, como si quisiera comprobar fehacientemente el hecho extraño. Y en efecto, en su pecho apareció la segunda herida. Empezó a manar sangre. Fue lo último que vi (o vio)».