Hoteles literarios: de cómo el hábitat hostelero condicionó la escritura de los autores

Son lugares con historia en los que todavía es posible alojarse, aunque en algunos de ellos a precios astronómicos, y que desafían el paso del tiempo exhibiendo orgullosos en su libro de registros el nombre de los grandes autores de la literatura. Los hoteles han sido escenario de novelas, de momentos significativos en la vida (y también en la muerte) de los autores, de sus miserias y sus aspiraciones  

(Crédito fotografía: CanFatih Alptekin)

Cecil Hotel. Alejandría

Poco queda del viejo encanto de la cosmopolita Alejandría que Lawrence Durrell, quien trabajó allí entre 1941 y 1945 como agregado de prensa en la embajada británica, dejó atrapado en su célebre ‘Cuarteto’ como una gota de ámbar. Sin embargo, el Cecil Hotel, uno de sus escenarios, sigue en pie en su enclave privilegiado junto a la ‘corniche’. Puede que su fachada neoasiria no reluzca como antaño y que el gran espejo del hall en el que se reflejaba la seductora y un punto perturbada Justine, donde el protagonista la vio por primera vez, tenga hoy desconchones pero ahí sigue como testigo ajado y orgulloso de su pasado literario. 

Hotel Continental. Barcelona

Aunque otros hoteles históricos barceloneses, como el Majestic (donde se alojó García Lorca durante cuatro meses) o el Oriente (en el que residió Hans Christian Andersen a finales del XIX) se disputaran el honor de ser el hotel literario en la ciudad, la estancia de George Orwell en el Continental merece capítulo aparte. Desde el número 138 de las Ramblas donde sigue estando el hotel, el autor británico fue testigo de todos los desmanes de la guerra civil y escribió allí su ‘Homenaje a Cataluña’ mientras se codeaba con periodistas extranjeros, agentes comunistas con revolver y granadas de mano, burgueses simpatizantes de los fascistas, camioneros y heridos de las brigadas internacionales. 

Hotel Adlon. Berlín

El hotel que se levanta orgulloso en el cruce de la Wilhemstrasse y de Unter den Linden es en realidad una reconstrucción del que en 1945 sufrió un incendio y fue demolido en los 80 después de que las autoridades de la RDA lo dejaran caer en el abandono. Vuelto a construir tras la unificación, tiene el privilegio de protagonizar una novela, ‘Gran Hotel’ (1929) de la por entonces superventas Vicky Baum, que refleja el ambiente cosmopolita del momento cuando era frecuentado por políticos, estrellas de cine y artistas de todo pelaje. Exactamente lo que reflejó su adaptación cinematográfica en la que brilló la divina Greta Garbo. En el Adlon se alojaba también uno de los amantes de Sally Bowles (Liza Minelli en ‘Cabaret’) en la novela ‘Adiós a Berlín’ de Christopher Isherwood. 

Pera Palas. Estambul

El huésped más publicitado entre los famosos que frecuentaron el Pera Palas fue Agatha Christie, de quien se dice que escribió allí buena parte de ‘Asesinato en el Orient Express’. El hotel, en cuyo ‘hall’ podría entrar hoy la escritora sin notar apenas el paso del tiempo, encierra un enigma sin resolver. En 1979 la más famosa médium de Hollywood aseguró haberse puesto en contacto con la autora fallecida tres años antes y haber recibido el mensaje de que la clave del misterio de la desaparición de Christie durante unos días en 1926 se encontraba en la habitación 411, la que habitualmente ocupaba. En el sitio indicado apareció una llave oxidada que no arrojó la menor luz sobre el caso y que todavía descansa en la caja fuerte de un banco.

San Domenico. Taormina

Para el siglo XXI, el San Domenico, antiguo convento y uno de los más hermosos y mejor situados del mundo, es el hotel de ensueño donde se rodó la segunda temporada de ‘The White Lotus’. Para el amante de la literatura del XX fue el lugar donde en 1950 coincidieron el trío gay formado por Truman Capote, Jean Cocteau y André Gide. El norteamericano fue testigo del encuentro de los dos grandes autores franceses que se odiaban profundamente y lo demostraron a placer en un momento de alto voltaje en el que Gide mandó callar a Cocteau invitándole mirar el sobrecogedor paisaje de los acantilados con el perfil del Etna a lo lejos.

La Mamounia. Marrakech

El mayestático hotel de Marrakech alardea sobre todo de haber tenido a Winston Churchill entre sus huéspedes habituales pero no de los numerosos escritores que pernoctaron en sus señoriales habitaciones, aunque no hay que olvidar que a Churchill le dieron el premio Nobel de Literatura por sus discursos y sus trabajos de historia. Paul Bowles lo evocó en sus ‘Memorias de un nómada’, aunque el prefiriese el menos ostentoso ‘El Minzah’ de Tanger y autores como Somerset Maugham, Julien Green, Ernest Hemingway, Marguerite Yourcenar, Joseph Kessel y William Burroughs se pasearon por sus salas moriscas. 

Hotel Savoy. Londres

En este legendario establecimiento, el primer hotel de lujo de Gran Bretaña que introdujo instalación eléctrica y baño en la habitación, tuvieron lugar algunos encuentros entre Oscar Wilde y su joven amante, Alfred ‘Bosie’ Douglas. El padre, empeñado en demostrar cómo su hijo había sido seducido por un ‘pervertido’, pagó a las camareras del hotel para que testificaran en contra de la pareja en el juicio que llevó al escritor a la cárcel de Reading. Los más mínimos detalles, incluidas las manchas de esperma en las finas sábanas del alojamiento, fueron aireadas por la prensa. 

Chelsea Hotal. Nueva York

Con el permiso del Plaza (donde Truman Capote convocó su fiesta en blanco y negro) y del Algonquin (donde reinó Dorothy Parker), el Chelsea es un monumento, a la vez techo y psiquiátrico, a la cultura bohemia. Al margen del célebre asesinato de Sid Vicious a su novia, Nancy, se diría que está especializado en la muerte de escritores célebres y alcoholizados, como Dylan Thomas, Brendan Behan y O. Henry (se alojaba cada vez bajo un nombre distinto). Allen Ginsberg también se destruyó bastante aquí, así como Tennesse Williams. En él pernoctaron y se inspiraron Mark Twain, Thomas Wolfe, Arthur C. Clarke (en la habitación 1008 escribió ‘2001’) y, por supuesto, Leonard Cohen que definió el establecimiento como un lugar donde te podías llevar a tu habitación a “un enano, un oso y a cuatro damas sin que a nadie le importe” y rememoró en una canción su encuentro allí con Janis Joplin. 

Ritz. París

Es difícil elegir un solo establecimiento en París. En el Meurice se alojaron Tolstoi (muy a disgusto porque de las 38 parejas alojadas, 19 eran adúlteras) y más sastisfactoriamente, Dalí. En el Crillon, Arthur Conan Doyle, Louis-Ferdinand Céline y Colette, entre muchos otros. Pero ninguno iguala la leyenda de Hemingway y el bar Ritz, que hoy lleva su nombre el autor que según su propio relato ‘liberó’ tras haber participado en el desembarco de Normandia, desde un cómodo puesto de observación. Al llegar al hotel con un fusil ametralladora anunció al director que venía a liberar el local. “Lo siento señor, hace horas que los alemanes se han marchado y no le puedo dejar pasar armado”, respondió este. Tras desprenderse del arma, el autor de ‘El viejo y el mar’ dejó sin pagar 51 dry martinis. 

Raffles. Singapur

La plana mayor de los escritores viajeros y aventureros durmieron en el más exótico y glamuroso de los hoteles. Kipling (en la habitación 107), Conrad (en la 119), Hermann Hesse (112), Malraux (116), Somerset Maugham (120), Noel Coward (121). Para Maugham, con desdén colonizador, el lugar “resumía todos los mitos del sudeste asiático”. Conrad, que fue uno de los primeros en hospedarse en el local, escribió allí buena parte de ‘Tifón’ y entre sus muros imaginó al desgraciado héroe de su novela ‘Lord Jim’. Además, su bar es el único sitio en Singapur -donde arrojar cualquier cosa a la calle está penado con una multa de 2.000 dólares- en el que no solo se puede sino que se te obliga a ello, tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo. 

Hotel Roma. Turín

El capítulo de escritores fallecidos en hoteles tiene su culminación en la muerte de Cesare Pavese, resistente antifascista y una de las conciencias intelectuales de Italia. Hipersensible, solía coquetear con quitarse la vida al menos dos veces al año. En marzo de 1950 escribe que si uno se mata no es por amor a una mujer: “uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra miseria, nuestro estado desarmado, nuestra desnudez”. Seis meses después con 42 años se toma un cóctel letal de barbitúricos en la habitación 346 de este céntrico y nada lujoso hotel turinés. En recepción había exigido contar con un teléfono. Se dice que hizo cuatros llamadas antes de morir, pero nadie le contestó. 

Hotel Danieli. Venecia

Ejemplo del lujo y la exquisitez más extrema, el Danieli, un capricho que el multimillonario Bill Gates se compró el año pasado, fue el hábitat natural de autores adinerados del XIX como Goethe, Lord Byron, Balzac, Dickens o George Sand (que vivió aquí un tórrido romance de Alfred de Musset) pero se le recuerda especialmente por la visita que Marcel Proust hizo en 1900 a la ciudad de los canales junto a su madre y su amante, Reynaldo Hahn. El objetivo era visitar los lugares de los que hablaba su admirado y recientemente fallecido John Ruskin, en ‘Las piedras de Venecia’, que él mismo había traducido. Aunque Proust estuvo mucho más vinculado al Ritz de París, fue aquí donde cristalizó su ideal de belleza. 

<El artículo pertenece a Elena Hevia. Fue publicado en las páginas del diario El Periódico de Barcelona, España>

-¿Qué pretendes? -le interrumpió Bernat, sin tener en cuenta entonces el gesto implorante de Mercè-. Sí, soy corsario y, como bien dices, he tenido mil mujeres. Tu hija lo sabe, se lo he confesado, hemos hablado de ello. Pero a ninguna le he dado mi apellido, y si algún hijo llegué a engendrar, solo será un bastardo. A Mercè le ofrezco mi nombre, mi título y mi patrimonio, y deseo tener hijos legítimos con ella.

Puedes optar a mujeres nobles y…

No me interesan, Hugo. No me interesan las mujeres nobles ni ricas, caprichosas y frívolas como ellas. No me gusta la corte real…»

Texto de Los herederos de la tierra de Ildefonso Falcones

Crédito de ilustración: Cadernos da história

Joan Didion renueva su magia

Era el mes de marzo del 2018 cuando hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo la abulia y el peso de los años. Aunque más allá del texto mencionado, la autora cuenta con una buena lista de obras que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse por un pasado alimentado por historias surgidas de la crónica periodística. Y que en su caso, fueron estructuradas en obras de ficción tanto sea bajo la fórmula del relato corto, la novela, e incluso el guion cinematográfico.

Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los tiempos pandémicos y las dudas que estos trasladaron al mercado, que muchas editoriales decidieron apostar por lo ya conocido y de probada trayectoria. Así resurgieron con fuerza nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otras, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, pero ahora con una repercusión que ha llegado mucho más allá de las fronteras de sus países de origen.

Y si en el caso de la mencionada Según venga el juego, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para poner a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en la historia de la desaparición del ser querido, y también en una crónica que se extiende por los vertiginosos movimientos de una sociedad que a su alrededor muta también con los personajes.

El escrito se transforma en casi una autobiografía, con pasajes que bien podrían constituirse en parte de un ensayo, convirtiendo a la ficción en una amalgama de diferentes géneros. Obra que muchos de los lectores de la autora californiana ubican en un plano incluso superior que aquella primera y laureada producción.

De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:  

“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.

   Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.

   En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.

   Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.

   Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.

   Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.

   Se   reveló otro torbellino.

   La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.

   John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.

   Y aun así…

   Cada noche me esperaba para cenar conmigo.

   Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.

   Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.

   La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”

Las lenguas autóctonas y la importancia de preservarlas

El mundo está en pugna entre los que ven en la homogenización un hecho aglutinante y simplificador, y a estos se le oponen aquellos que luchan por la aceptación de la diversidad que les rodea. Esto alcanza a áreas a todo orden, desde la economía, las posturas filosófico políticas, la educación, y de manera más específica al recurso vehicular que representa el uso de las lenguas que se hablan dentro de un mismo país.

Así, en los cuatro puntos cardinales del orbe, encontramos estados en los cuales existe una idioma oficial, que desde tiempo inmemorial convive con otros tantos lenguajes locales. Es el caso por ejemplo de la lengua de los samis en Laponia, región que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y parte de Rusia, que comparten con el noruego, sueco, finlandés o el ruso. En América del Norte están los pueblos inuit y yupik con sus propias lenguas diseminados tanto en Alaska como en Canadá. Se podría destacar también la convivencia de las diferentes lenguas que en países como China o la India, algunas de ellas aceptadas y otras en franco retroceso.

El hecho también se da en regiones de África y América del Sur donde el habla de los pueblos originarios se ve amenazada por el “idioma oficial”. Es el caso del quechua en vastas regiones de Argentina, Chile, Bolivia, Perú; las lenguas indígenas de la selva amazónica o el caso del guaraní en Paraguay, Argentina, Brasil o Uruguay. En cuanto a Paraguay, la situación se vio agravada como producto de la denominada Guerra de la Triple Alianza, en el que Brasil, Argentina y Uruguay se coaligaron en contra del estado paraguayo, ocasionándole la pérdida de territorios y de gran parte de su población. Con posterioridad y dadas las particulares circunstancias,, la defensa de lo original y propio adquirió una épica casi numantina. Hasta que muchos años después, el gobierno tuvo que aceptar aquello que a todas luces era evidente: el uso del guaraní estaba lo suficientemente extendido en la sociedad como para no pasarlo por alto.

Hoy castellano y guaraní son aceptados en igualdad de condiciones por el estado paraguayo y se percibe un renacer de la lengua autóctona, amparada por diferentes instituciones que fomentan su uso. Es así que desde hace unos años a esta parte se viene desarrollando la Feria del Libro Chacú – Guaraní que, más allá de oficiar como un gigantesco expositor de aquello que se publica, pretende ser un polo más de defensa y desarrollo del lenguaje autóctono.

En referencia a esto, el escritor uruguayo Eduardo Galeano supo resumir a través de estas significativas palabras por qué es necesario la defensa de un idioma considerado como propio:

«Al terminar el libro comprendí que había recorrido un camino tortuoso y llegaba al final limpia y desnuda. En esas páginas estaba tu vida luminosa y la trayectoria de nuestra familia. La terrible confusión de ese año de tormento se disipó: tenía claro que mi pérdida no era excepcional, sino la de millones de madres, el sufrimiento más antiguo y común de la humanidad…»

Imagen: Maternidad de Gregor Ritter (Grey85) – Pixabay

Pasaje del capítulo Días de luz y de luto, del texto La suma de los días de Isabel Allende

Paul Auster, entre las volutas de humo de su último cigarrillo

Lamentablemente, sus libros no pueden reemplazar su presencia física”, fue lo que expresó en un acto Siri Hustvedt, la que fuera durante muchos años esposa del escritor. El estadounidense autor entre otros textos de ensayo y novela, con títulos como: La invención de la soledad, El país de las ultimas cosas, Leviatán, Trilogía de Nueva York, los que fueron premiados en distintas oportunidades (Premio Princesa de Asturias de las Letras o la Orden de las Artes y las Letras de Francia). Obras que a posteriori se constituyeron también en la esencia de muchos guiones para la pequeña y gran pantalla, algunos de ellos adaptados por el propio escritor. 

Fumador empedernido, en muchas de sus historias sobrevuela el aroma del buen tabaco. Aunque bien es cierto que su muerte fue causada por enfermedad pulmonar; aún así y a pesar del duro tratamiento al que fue sometido, logró desarrollar una última novela: Baumgartner. En ella, como suele suceder, la ficción y la realidad se entremezclan una vez más para homenajear en este caso a personajes significativos de la vida del americano, para saldar quizás antiguas cuentas pendientes o simplemente para intentar alcanzar la paz con el pasado. 

Consciente tal vez de la posibilidad cierta de que se convirtiera en su último escrito, el oriundo de Nueva Jersey se permitió ciertas licencias como pocas veces antes había hecho gala. Como, cuando buscando la complicidad con el lector, le pide sepa entender las circunstancias por las que atraviesa en la trama el personaje central.

También su mujer expresó haberse visto reflejada en el protagonista de la novela, debido a que según Hustvedt, ambos experimentan un intenso duelo. Aunque, más allá de su última ficción y para suerte de sus lectores, el autor de Nueva Jersey deja una obra respetable que abarca géneros muy variados que, a no dudarlo, será fruto en el futuro de constantes reediciones.

De Baumgartner el pasaje a continuación:

“Liberando la mano izquierda de su abrazo, Judith señala con un gesto la mesa de la cocina mientras Baumgartner deja caer los brazos a los costados y ella, con los acolchados pasos de sus elegantes zapatillas chinas, se dirige al frigorífico a coger una botella de vino fría. Entretanto, Baumgartner saca dos copas de un aparador sobre la encimera y un descorchador de un cajón de abajo, y cuando lo pone todo en la mesa, Judith deja la botella al lado. Cogen una silla cada uno, se sientan frente a frente en lados opuestos de la mesa y de pronto se le echa encima el gran momento.

   Baumgartner abre el vino y sirve dos copas. Alza cada uno la suya hacia el otro, dan un sorbo y cuando bajan las copas y las depositan de nuevo en la mesa, es Judith quien empieza a hablar.

   Han llegado juntos a esto y están de maravilla, dice, y con él se siente más feliz como ningún otro hombre que haya conocido. Eso es cierto. Ella lo quiere y sabe que él la quiere, aunque nunca se lo haya dicho con esas mismas palabras, y ahora que empieza a tener una impresión más matizada de la forma en que le funciona la cabeza, entiende que la cuestión de pasar más tiempo juntos es la manera que tiene Baumgartner de prepararse para la pregunta, mucho más importante, que piensa formularle en los siguientes tres o cuatro minutos.

   Me adivinas el pensamiento, ¿verdad?, dice Baumgartner.

   En realidad, no. Solo se me ha ocurrido esa idea una seiscientas veces en los últimos dos meses.

   ¿Y qué has decidido?

   He decidido que me emociono cada vez que lo pienso. He decidido que cada vez que lo pienso me asusto más. He decidido que necesito más tiempo para decidirme, y de momento seguir hasta ahora y dejar que el futuro decida lo demás.

   Cuando asimila las últimas palabras, Baumgartner empieza a entumecerse. Siente algo raro en la cabeza, como si el cráneo se le dilatara de pronto y empieza a llenarse de vacío, más y más vacío, está aturdido, mareado y flotando a la deriva lejos, muy lejos. Como un boxeador, piensa, como un púgil mal emparejado que librará un combate en una categoría de peso que no es la suya y le hubieran asestado un buen gancho con la izquierda, pero Baumgartner sigue consciente, aún no está fuera de combate, y mientras se levanta despacio de la lona con las piernas temblequeantes, logra decir lo siguiente: Antes de que empezáramos a acostarnos juntos, yo llevaba ocho años viviendo solo sin sentir demasiado la soledad, arreglándomelas con lo que cabía denominar una especie de aislamiento angustiado soportable, pero en cuanto llegaste a mí, mi vida cambió, pasó a ser una vida diferente, y ahora he llegado a detestar el hecho de vivir solo. Después de pasar la noche juntos en mi casa, te vas por la mañana y yo me quedo abandonado a mi suerte en la desolación de todas esas habitaciones, deseando que siguieras conmigo allí, y cuando pasamos la noche aquí, soy yo quien tiene que marcharse por la mañana y volver a esa casa vacía, embrujada. La soledad mata, Judith, y trozo a trozo va engullendo hasta la última parte de ti, devorándote el cuerpo entero. Una persona sin relaciones con los demás carece de vida, y si tiene suerte suficiente para mantener una relación profunda con otra persona, tan profunda que la otra persona es tan importante para uno como uno lo es para sí mismo, entonces la vida es más que posible, merece la pena.”   

«La ficción, los relatos, son mentiras con aviso para jugar; que no tienen que ver con los hechos alternativos o las ‘fake news’. Son una forma de acercamiento a lo que nos pasa, nos preocupa o nos angustia» (Irene Vallejo)

¿Cómo evolucionó y se difundió la escritura a través del tiempo?

Mediante un vídeo, el youtuber Ollie Bye ha desarrollado un mapa en el que se refleja la propagación de la escritura a nivel mundial y a lo largo de la historia

Como todo en la historia de la humanidad, la escritura no surgió de la noche a la mañana. Su invención y desarrollo fue un proceso largo, meditado, cuyo principal origen aún continúa siendo un misterio. Si algo tenemos bastante claro respecto a ella es que su valor es inconmensurable: gracias a la escritura tenemos conocimiento, estamos informados y comunicados, entre otros aspectos. Y es por ello que su cuidado es de vital importancia para la evolución de la sociedad. Según varios estudios, se inventaron a la vez hasta cuatro sistemas de escritura en diferentes lugares del mundo: la escritura cuneiforme en Mesopotamia -alrededor del 3.300 a.C.- y Egipto -alrededor del 3.200 a.C.-, así como un sistema en China. Por su parte, sobre el 900 a.C. nació otro en Mesoamérica, lo que demuestra hasta qué punto el ser humano, por muy diferentes que sean sus contextos y entornos, termina sintiendo en su esencia la necesidad de comunicarse de manera tanto oral como escrita.

El estudio de la evolución y desarrollo de la escritura es tan complejo como minucioso. Se deben tomar en cuenta ya no el origen de numerosos sistemas diferentes, sino también su expansión a nivel mundial, según diversas circunstancias, de manera que a día de hoy imperan en casi todo el mundo pocos alfabetos. Para esclarecer y demostrar su nivel de dificultad, cabe destacar un video difundido por el youtuber de historia Ollie Bye, quien ha creado un mapa en el que ilustra cómo los lenguajes escritos se propagaron por el planeta hasta hoy. Un vídeo sobre la evolución y difusión de la escritura bastante esclarecedor, y que demuestra cómo fue un proceso lento, pero que terminó conquistando el mundo.

Según se puede apreciar en el mapa del vídeo, titulado “The Spread of Writing: Every Year” (La propagación de la escritura: cada año), la primera evidencia de un alfabeto como el que hoy utilizamos fue: el fenicio, el sistema utilizaba símbolos que representaban consonantes y se difundió por el Mediterráneo, convirtiéndose en herramienta esencial para el comercio y la contabilidad. De este alfabeto nació el griego, y posteriormente el latín, raíz principal del alfabeto que hoy utilizamosAsimismo, en el mapa, tal y como se detalla en la introducción del vídeo, se puede observar cómo hasta 1800 solo las áreas de alta población se muestran como alfabetizadas. Solo a partir de dicho año zonas de baja población comienzan a alfabetizarse, hasta acaparar finalmente todo el globo.

<El texto del artículo le pertenece a Sofía Campos, fue publicado en el diario La Razón de España>

Amo las horas de mi ser en sombra

donde se profundizan mis sentidos;

he hallado en ellas, como en viejas cartas,

mi vida cotidiana ya vivida,

su legenda cercana y superada.

Por ellas sé que tengo espacio para

una segunda vida, ancha y sin tiempo.

Y algunas veces soy igual que el árbol

que, maduro y sonoro, en una tumba

cumple aquel sueño que el muchacho antiguo

(ceñido por su cálidas raíces)

perdió en melancolías y canciones.

Fotografía: Pexels – Eunhee Beckman

Texto del poemario Versos de un joven poeta de Rainer Maria Rilke