«Solo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres y reírte de ella» ( Milan Kundera )
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Grandes de las letras: Federico García Lorca
“Provincia de Granada, en algún lugar entre Víznar y Alfácar”, así se sitúa el paraje incierto donde fue ejecutado el escritor. La muerte a los treinta y ocho años, delatado por sus propios vecinos y bajo las balas del pelotón de fusilamiento, del que se considera uno de los mayores autores de las letras hispánicas del siglo XX, ejemplifica aquello que fue definido como el “desencuentro entre las dos Españas”.
Integrante de la denominada Generación del 27, entre los que se incluyen literatos como Jorge Guillén, Pedro Salinas o Rafael Alberti por nombrar solo algunos, tuvo oportunidad de coincidir en uno de los momentos de mayor efervescencia creativa de la Residencia de estudiantes de Madrid, coincidiendo con otros ilustres como el cineasta Luis Buñuel o el pintor Salvador Dalí, en particular este último con quien compartió amistad, experiencias y veraneos.
En su corta existencia (1898-1936) tuvo oportunidad de componer material literario diverso, que abarcó compendios de poemas como Romancero Gitano, Poeta en Nueva York o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías entre los de mayor proyección y, sobre todo, sus obras teatrales: Mariana Pineda, Bodas de sangre o Yerma.
De forma posterior a la Guerra Civil sus escritos fueron prohibidos por las autoridades, por lo que muchos de ellos vieron la luz en latitudes muy lejanas. Así sucedió con La casa de Bernarda Alba, obra póstuma del autor andaluz, la que en 1945 y bajo la dirección de su compatriota Margarita Xirgu, fue estrenada en el teatro Avenida de la ciudad de Buenos Aires. Con esta pieza eminentemente femenina, García Lorca quiso retratar a los fantasmas que alimentaban -y aún hoy alimentan- el atavismo que persiste en las sociedades, de forma particular, la española. A continuación un breve pasaje de la misma:
El dueño de casa –don Antonio Benavides- acaba de fallecer, dejando a su mujer Bernarda y a sus cinco hijas…
(Por el fondo, de dos en dos, empiezan a entrar mujeres de luto con pañuelos grandes, faldas y abanicos negros. Entran lentamente hasta llenar la escena) (Rompiendo a gritar) ¡Ay Antonio María Benavides, que ya no verás estas paredes, ni comerás el pan de esta casa! Yo fui la que más te quiso de las que te sirvieron. (Tirándose del cabello) ¿Y he de vivir yo después de verte marchar? ¿Y he de vivir?
(Terminan de entrar las doscientas mujeres y aparece Bernarda y sus cinco hijas)
Bernarda: (A la Criada) ¡Silencio!
Criada: (Llorando) ¡Bernarda!
Bernarda: Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar. (La Criada se va sollozando) Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias.
Mujer 1: Los pobres sienten también sus penas.
Bernarda: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.
Muchacha 1: (Con timidez) Comer es necesario para vivir.
Bernarda: A tu edad no se habla delante de las personas mayores.
Mujer 1: Niña, cállate.
Bernarda: No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse. (Se sientan. Pausa) (Fuerte) Magdalena, no llores. Si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?
Mujer 2: (A Bernarda) ¿Habéis empezado los trabajos en la era?
Bernarda: Ayer.
Mujer 3: Cae el sol como plomo.
Mujer 1: Hace años no he conocido calor igual.
(Pausa. Se abanican todas)
Bernarda: ¿Está hecha la limonada?
Poncia: (Sale con una gran bandeja llena de jarritas blancas, que distribuye.) Sí, Bernarda.
Bernarda: Dale a los hombres.
La Poncia: Ya están tomando en el patio.
Bernarda: Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí.
Muchacha: (A Angustias) Pepe el Romano estaba con los hombres del duelo.
Angustias: Allí estaba.
Bernarda: Estaba su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no lo ha visto ni ella ni yo.
Muchacha: Me pareció…
Bernarda: Quien sí estaba era el viudo de Darajalí. Muy cerca de tu tía. A ése lo vimos todas.
Mujer 2: (Aparte y en baja voz) ¡Mala, más que mala!
Mujer 3: (Aparte y en baja voz) ¡Lengua de cuchillo!
Bernarda: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.
Mujer 1: (En voz baja) ¡Vieja lagarta recocida!
La Poncia: (Entre dientes) ¡Sarmentosa por calentura de varón!
Bernarda: (Dando un golpe de bastón en el suelo) ¡Alabado sea Dios!
Todas: (Santiguándose) Sea por siempre bendito y alabado.
Bernarda: ¡Descansa en paz con la santa compañía de cabecera!
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con el ángel San Miguel y su espada justiciera
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con la llave que todo lo abre y la mano que todo lo cierra.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con los bienaventurados y las lucecitas del campo.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con nuestra santa caridad y las almas de tierra y mar.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.
Todas: Amén.
Bernarda: (Se pone de pie y canta) «Réquiem aeternam dona eis, Domine».
Todas: (De pie y cantando al modo gregoriano) «Et lux perpetua luceat eis». (Se santiguan)
Mujer 1: Salud para rogar por su alma.
(Van desfilando)
Mujer 3: No te faltará la hogaza de pan caliente.
Mujer 2: Ni el techo para tus hijas.
(Van desfilando todas por delante de Bernarda y saliendo. Sale Angustias por otra puerta, la que da al patio)
Mujer 4: El mismo trigo de tu casamiento lo sigas disfrutando.
La Poncia: (Entrando con una bolsa) De parte de los hombres esta bolsa de dineros para responsos.
Bernarda: Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.
Muchacha: (A Magdalena) Magdalena…
Bernarda: (A Magdalena, que inicia el llanto) Chist. (Golpea con el bastón.) (Salen todas.) (A las que se han ido) ¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo que habéis visto! Ojalá tardéis muchos años en pasar el arco de mi puerta.
La Poncia: No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.
Bernarda: Sí, para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.
Amelia: ¡Madre, no hable usted así!
Bernarda: Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada.
La Poncia: ¡Cómo han puesto la solería!
Bernarda: Igual que si hubiera pasado por ella una manada de cabras. (Poncia limpia el suelo) Niña, dame un abanico.
Amelia: Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.)
Bernarda: (Arrojando el abanico al suelo) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
Martirio: Tome usted el mío.
Bernarda: ¿Y tú?
Martirio: Yo no tengo calor.
Bernarda: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
Magdalena: Lo mismo me da.
Adela: (Agria) Si no queréis bordarlas irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.
Magdalena: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
Bernarda: Eso tiene ser mujer.
Magdalena: Malditas sean las mujeres.
Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón…
La frase
«El conocimiento no garantiza un buen comportamiento, pero la ignorancia es una garantía virtual de mala conducta» ( Martha Nussbaum )
Narrativa japonesa: Takashi Hiraide
Su biografía detalla un pasado como redactor en una editorial y también como traductor, que sus antecedentes literarios se ubican dentro del mundo de la poesía, y, por último, que El gato que venía del cielo (Alfaguara) es su primera novela.
Aunque el escritor nipón nos revela algo más de su persona cuando en un texto compacto y no muy extenso hace gala de una sensibilidad y de una imaginación prodigiosa, que expresa a través de un lenguaje poéticamente bello y directo.
El relato, de corte minimalista en escenarios, ubica la acción en un espacio casi cercano a lo atemporal. Los personajes se sumergen en situaciones que ahondan en la fragilidad del ser humano, rozan lo efímero de la existencia, mientras redescubren el placer que se halla en los detalles de las acciones cotidianas.
Nada mejor para ejemplificar lo antedicho que el pasaje siguiente:
“A mediados del mes de julio, la estación de las lluvias llegó a su fin. Sobre una roca expuesta al sol al borde del estanque, se plasmó la silueta azulada de una libélula. ¿Era el vástago de la que venía a refrescarse el verano pasado bajo el arceo aéreo del agua de la manguera? Aquel macho azul y la hembra amarilla, acoplados en elipse amorosa, volaron de matorral en matorral a lo largo y ancho del jardín. ¿Era acaso la criatura concebida por los amantes alados?
El macho con el que había llegado a familiarizarse había desaparecido cuando se consumían los últimos días de agosto. La visión de aquel jardín abandonado por los abuelos, sus legítimos dueños, me había entristecido aún más cuando se marcharon también mis compañeros alados. Ahora sin embargo tenía la impresión de que aquella misma libélula revivía al calor de la luz de verano. Conmovido por la crueldad de la desaparición y lo ilusorio de un nuevo renacimiento, recordé a los que ya no estaban, a los que nunca volvería a encontrar.
Un mediodía de finales de julio, el sol lanzaba sin compasión rayos despiadados. Salí al jardín y miré hacia las rocas que bordeaban el estanque: no había rastro de libélulas. Di dos palmadas, como antaño. En alguna parte el aire vibró imperceptiblemente. Una silueta transparente, límpida, voló hacia mí. El insecto se acercó, feliz ante la visión del arco refrescante que formaba el agua de la manguera. Aleteó en todas direcciones. Supe que era él.
Evitó la sutil trampa tejida por una araña. Parecía como si recuperase antiguos hábitos al recorrer el jardín de un extremo al otro, un jardín cada día más abandonado. Una idea me asaltó de improviso. Cerré la manguera. El arco de agua desapareció. Levanté el dedo índice de la mano izquierda. La libélula dio una vuelta en torno a mí a una prudente distancia. Después se acercó de prisa, giró frente a mis ojos sin darme tiempo apenas para apreciar el pequeño círculo que describía, voló en dirección al dedo tendido y se posó.
Mi corazón saltó de alegría. Sí. Definitivamente era él. Todo sucedió en un momento fugaz que duró eternamente. En mitad de aquel jardín que ya no iba a recibir más visitas, a salvo de miradas indiscretas, la libélula aterrizó en mi dedo con sus cuatro alas transparentes y me miró con sus ojos saltones.
Debió notar un ligero temblor, porque levantó el vuelo de nuevo para volver a posarse inmediatamente después. Otra vez el tiempo se detuvo.
Un zorzal despegó desde lo alto del olmo, lanzó un grito estridente y desapareció. Sorprendida, la libélula se alejó, voló ascendió ascendiendo en círculos hacia el cielo. Esperé con el dedo extendido. Después de revolotear a un metro de altura sobre mi cabeza, se posó de nuevo en él, como si quisiera instalarse allí…”
La frase
«Vuelvo a marchar. Buscando dondequiera un lugar para tener una vida distinta y sentirme en casa» ( Roberto Saviano )
Grandes de las letras: Joaquim Machado de Assis
Es tal vez el mayor exponente de la literatura brasileña de todos los tiempos, Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908) incursionó en el periodismo, el ensayo, la poesía, la novela, el cuento y también en textos teatrales.
De formación autodidacta, desde temprana edad se volcó al aprendizaje de idiomas (francés, inglés, español, alemán) y luego, con quince tempranos años, lograba la publicación de su primer poema. De allí en más su obra ya no se interrumpiría, destacando las novelas Quincas borba, Don Casmurro y Memorias póstumas de Blas Cubas, considerada esta la obra que marca el inicio del realismo en Brasil; luego en poesía, los compendios Crisálidas y Occidentais; y en cuento Historias sin fin, Papeles diversos y Varias historias.
Sus textos, sus logros como escritor y su visión de futuro, le llevaron a la fundación de la Academia Brasileña de las Letras. Por ello nada mejor para apreciar la calidad de su pluma que el pasaje a continuación, perteneciente a uno de sus cuentos más festejados, Unos brazos:
«Al escuchar los gritos del procurador, Ignacio se estremeció; recibió el plato que este le presentaba y trató de comer, bajo una tempestad de apóstrofes: malvado, cabeza hueca, alocado, estúpido.
– ¿Dónde andas que nunca oyes lo que te digo? Le contaré todo a tu padre, para que te sacuda la pereza del cuerpo con una buena vara de membrillo, o con un palo; sí, aún estás en edad de que te azoten, no creas que no. ¡Estúpido! ¡Alocado!
– Y afuera es lo mismo que usted ve aquí –continuó, volviéndose hacia doña Severina, señora que vivía con él maritalmente desde hacía algunos años. Me confunde todos los papeles, confunde las casas, va a una notaría en vez de otra, cambia los abogados: ¡es un tunante! Y tiene el sueño pesado y continuo. De mañana, ya se ha visto, hay que romperle los huesos para que se despierte… Deje nomás; mañana usaré la escoba para despertarlo.
Doña Severina le tocó el pie, como pidiendo que terminara. Borges lanzó aún algunos improperios, y quedó en paz con Dios y con los hombres.
No digo que quedara en paz con los niños, porque nuestro Ignacio no era propiamente un niño. Tenía quince años cumplidos. Cabeza inculta, pero bella, ojos de muchacho que sueña, que adivina, que indaga, que quiere saber y termina sin saber nada. Todo esto sobre un cuerpo no desprovisto de gracia, aunque mal vestido. Su padre era peluquero en Cidade-Nova, y lo puso de agente, escribiente, o lo que sea, donde el procurador Borges, con esperanzas de verlo en el foro, porque le parecía que los procuradores ganaban mucho. Ocurría esto en la calle de Lapa, en 1870.
Durante algunos minutos no se escuchó más que el tañer de los cubiertos y el ruido de la masticación. Borges se hartaba de lechuga y carne; se interrumpía para puntuar la frase con un golpe de vino y luego continuaba silencioso.
Ignacio iba comiendo lentamente, sin atreverse a levantar los ojos del plato, ni siquiera para ponerlos donde estaban cuando el terrible Borges lo había increpado. Verdad es que eso sería muy arriesgado ahora. Nunca ponía él los ojos en los brazos de doña Severina sin que se olvidase de sí mismo y de todo.
La culpa era también de doña Severina por traerlos así desnudos, constantemente. Usaba mangas cortas en todos los vestidos caseros, medio palmo más abajo del hombro; desde ahí sus brazos quedaban al descubierto. En verdad, eran bellos y carnosos, en armonía con su dueña, más bien gruesa que fina, y no perdían en color ni en suavidad por vivir expuestos al aire libre; pero es justo explicar que ella no los llevaba así por gusto, sino porque ya había gastado todos los vestidos de manga larga. De pie era muy vistosa; caminando, tenía movimientos gráciles; él, en tanto, casi solamente la divisaba en la mesa, donde, aparte de los brazos, mal le hubiera podido mirar el busto. No se puede decir que era bonita; pero tampoco fea. Ningún adorno; el mismo peinado era muy sencillo; alisaba sus cabellos, los reunía atrás, los ataba, y los fijaba en lo alto de la cabeza con un peine de tortuga que su madre le había dejado. En el pescuezo, un pañuelo oscuro; en las orejas, nada. Todo esto con veintisiete años floridos y sólidos…»
La frase
«Por qué uno corre a toda prisa hacia la propia ruina?; ¿por qué la destrucción resulta tan fascinante?; ¿por qué, cuando uno está en la cumbre, no puede sino saltar? Nadie lo sabe, pero así son las cosas. ( Oscar Wilde )
Escritoras + reconocimientos
Es una verdad contrastada, la historia nos demuestra que las mujeres no han sido de las más galardonadas con premios literarios. Si nos atenemos al lauro de mayor renombre mundial, el Nobel, desde su primera entrega en el año 1901 han tenido el honor de recibirlo un total de trece féminas: Selma Lagerlöf (1909); Grazia Deledda (1926); Sigrid Undset (1928); Pearl Buck (1938); Gabriela Mistral (1945); Nelly Sachs (1966); Nadine Gordimer (1991); Tony Morrison (1993); Wislawa Szymborska (1996); Elfriede Jelinek (2004); Doris Lessing (2007); Herta Müller (2009) y Alice Munro (2013).
Como se aprecia, la mayoría de las distinciones fueron otorgadas en los últimos veinticinco años. Muchos serían los elementos sociológicos para destacar en cuanto a los porqués en el incremento de esta ecuación, aunque podemos deducir en que el acceso a las fuentes de educación y una mayor posibilidad de expresarse, han sido factores de importancia para que esto suceda. Y las perspectivas llevan a inferir que previsiblemente este número se irá multiplicando en los próximos años.
Por las razones que fueren, bienvenidos sean los reconocimientos para las féminas quienes con textos como el siguiente, hacen que se convierta en un verdadero placer abordar una lectura. De la premiada por la Academia Sueca como “Maestra del cuento corto contemporáneo”, la canadiense Alice Munro, incluido en la recopilación Mi vida querida (Lumen) el comienzo del relato Tren, donde se destaca la precisión del lenguaje con que se sumerge al lector en el paisaje y la atmósfera propios a las que súbitamente se ve abocado el protagonista:
“A pesar de que es un tren lento, aminora todavía un poco antes de tomar la curva. Jackson es el único pasajero, y faltan unas veinte millas para la siguiente parada, Clover. Después vienen Ripley, Kincardine y el lago. Está de suerte y no debe desperdiciarla. Ya ha sacado el resguardo del billete de la ranura del portaequipajes.
Arroja el macuto y ve que aterriza justo entre los raíles. No hay vuelta atrás: el tren no va a ir más despacio de lo que va en ese momento.
Se la juega. En un hombre joven y ágil, en la plenitud de su forma física. Y aun así el salto, la caída, lo decepcionan. Se nota más rígido de lo que pensaba, la inercia lo empuja hacia adelante al caer en tierra firme y las palmas de las manos se le clavan en la grava entre las traviesas, levantándole la piel. Los nervios.
El tren ha desaparecido de la vista y empieza a ganar velocidad al dejar atrás la curva. El hombre se escupe en las manos doloridas, sacudiéndose la grava. Luego recoge el macuto y empieza a desandar el camino que acaba de hacer el tren. Si siguiera el tren llegaría a la estación de Clover bien entrada la noche. Todavía estaba a tiempo, podría lamentarse de haberse dormido y decir que al despertarse, con la cabeza embotada, pensó que se le había pasado la parada. Confundido, había saltado y luego le había tocado caminar.
Nadie se extrañaría. Volviendo a casa desde tan lejos, volviendo de la guerra, era normal que se hubiera hecho un lío. Aún no es demasiado tarde, antes de medianoche llegaría a donde debía estar.
Sin embargo, mientras va pensando estas cosas no deja de caminar en la dirección opuesta.
No conoce el nombre de muchos árboles. Arces, ese lo sabe todo el mundo. Abetos. Y poco más. Al principio creyó que había saltado en medio de unos bosques, pero los árboles solo flanquean la vía, formando una hilera espesa en el terraplén, más allá de la cual se entrevén campos de labranza. Campos verdes u ocres o dorados. Pastos, cultivos, rastrojos. Poco más puede precisar. Aún es agosto.
Y, una vez la oscuridad se traga el ruido del tren, el hombre se da cuenta de que a su alrededor no hay el perfecto silencio que imaginaba. Ruidos aquí y allá rompen la quietud, un temblor de las hojas secas de agosto que no ha provocado el viento, la algarabía de pájaros invisibles que lo reprenden.
Se suponía que saltar del tren era una cancelación. Levantar el cuerpo, preparar las rodillas para entrar en un bloque de aire distinto. Se va en busca del vacío, y en cambio ¿qué encuentra? La inmediatez de una avalancha de paisajes nuevos que exigen una atención que no pedían cuando ibas en el tren mirando por la ventanilla, sin más. ¿Qué haces aquí? ¿Adónde vas? Una sensación de que te observan cosas de las que no sabías nada. De ser un intruso. De que la vida que te rodea llega a conclusiones sobre ti desde ángulos privilegiados que no puedes ver…
La frase
«Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio; que es bueno para mi salud. Pero yo nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista: ‘tienes que leer`» ( José Saramago )
El escritor en tiempos de beligerancia
Se cumplen cien años de uno de los conflictos más desgarradores sufridos por la humanidad, la primera Guerra Mundial o la Gran Guerra. Un enfrentamiento que llevó a las grandes potencias de principio del pasado siglo a enfrentarse por ambiciones territoriales y materias primeras para su desarrollo. Nunca se supo la cantidad exacta en coste de vidas de civiles y de jóvenes generaciones de soldados, pero según varias fuentes el número se acercó en los cuatro años de beligerancia (1914-1918) a veinte millones de muertos y otros tantos en heridos o mutilados; más allá de dejar exhaustas a las arcas de los países beligerantes. En esa sangría de músculo e inteligencia fueron diversos los escritores que de una manera u otra se posicionaron. Algunos se enrolaron por propia voluntad y convicción, como Gabriele D’Annunzio quien combatió como piloto de la incipiente aviación italiana; el ucraniano Mijaíl Bulgákov que sirvió como auxiliar sanitario en las filas zaristas o Guillaume Apollinaire que luchó en la infantería francesa. Otros como los británicos Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, fue convocado para utilizar sus dotes con la palabra pero esta vez como propagandista o Bertrand Rusell, decididamente opuesto al conflicto cuando defendía la libre consciencia del individuo para negarse a combatir si sus ideas así se lo impedían, postura por la cual fue sometido a juicio. También hubo los que por influencias pudieron eludir ser llamados a filas, tal el caso del poeta checo Rainer Maria Rilke; y finalmente los que como el ruso Boris Pasternak se constituyeron en observadores privilegiados, en su caso concatenando el conflicto con el enemigo exterior y luego la revolución que terminó con la dinastía de los Romanov, experiencia de la que se sirvió para acometer su obra capital, Doctor Zhivago.
Aunque ninguno de ellos pudo olvidar las consecuencias de semejante conflagración. Tal el caso del alemán Erich Maria Remarque, herido en la contienda y quien no dudó en denunciar las atrocidades cometidas por ambos bandos en pugna. El texto a continuación pertenece a su novela Sin novedad en el frente (1929), uno de los textos bélicos más reimpresos: …Kantorek era nuestro profesor; un hombre pequeño y severo, con levita gris y cara de musaraña. Tenía, poco más o menos, la misma estatura que el suboficial Himmelstoss, el «terror de Klosterberg». Resulta cómico, por otra parte, que la desgracia en este mundo venga tan a menudo de la mano de hombres cortos de talla. Son mucho más enérgicos que los altos. Siempre he evitado formar parte de compañías mandadas por hombres pequeños; en general son inaguantablemente necios. Kantorek, en las horas de gimnasia, nos atiborró de discursos hasta que toda nuestra clase, con él a la cabeza, fuimos a la Comandancia del distrito para alistarnos. Todavía lo veo delante de mí, preguntándonos con los ojos relampagueantes tras los cristales de las gafas y la voz conmovida: —Iréis todos, ¿no es cierto? Estos pedagogos llevan, con excesiva frecuencia, los sentimientos en el bolsillo del chaleco; ciertamente de esta forma pueden distribuirlos en cualquier momento. Pero nosotros, entonces, no lo sabíamos. Sólo uno se resistió a venir. Joseph Behm, un muchacho gordo y bonachón. Más tarde, sin embargo, se dejó convencer. No tenía otra alternativa. Quizás otros pensaran como él, pero era muy difícil confesarlo, pues en aquella época incluso nuestros padres tenían presta la palabra «cobarde» para echárnosla al rostro. Y es que entonces nadie presentía lo que iba a pasar. Los más razonables eran, sin duda, la gente sencilla y pobre; en seguida consideraron la guerra como un desastre, mientras que, por el contrario, los acomodados no cabían en su piel de alegría; y sin embargo, ellos, mejor que nadie, pudieron prever las consecuencias. Katczinsky dice que de eso tiene la culpa la educación, que nos atonta. Y pensad que cuando Kat afirma algo, es que antes lo ha meditado bien. Casualmente, Behm fue de los primeros en caer. Recibió una bala en los ojos durante un combate y lo dejamos por muerto. No pudimos recogerle porque debimos retroceder precipitadamente. Por la tarde lo oímos gritar y vimos cómo se arrastraba por el campo. Sólo había perdido el conocimiento. Como no podía ver, zigzagueaba loco de dolor, sin aprovechar ninguna defensa, sin cubrirse. Así le mataron a tiros desde el otro lado, antes que nadie de nosotros hubiera podido salir a buscarlo. Naturalmente eso no puede ser relacionado con Kantorek; ¿cómo terminaríamos, si no, empezando por ver ahí una culpabilidad? Existen miles de Kantoreks y todos están convencidos de que lo que hacen, tan cómodo para ellos, es lo mejor que pueden hacer. Precisamente en esto consiste su fracaso…
